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Full text of "Revista de España"

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ITALIA-ESPAÑA 




EX-LIBRIS 
M. A. BUCHANAN 




PRESENTED TO 

THE LIBRARY 

BY 

PROFESSOR MILTON A. BUCHANAN 

OF THE 

DEPARTMENT OF ITALIAN AND SPANISH 

1906-1946 



REVISTA DE ESPAÑA. 




S. REVISTA 



DE ESPAÑA. 



TERCER AÑO, 



TOMO X.V1. 



MADRID, 

limCCION T ADlHlSTRACm, I TIPOGRAFÍA DE «tEGORIO GSTRlDt, 

Paseo áel Prado, 22. I Hiedra , 7- 

1870. 






GO 



EL COMERCIO DE AMÉRICA 

Y LOS FILIBUSTEROS. 



(Conclusión.) 

V. 

Aun cuando, exceptuado Portug*dl, ninguna otra nación de 
Europa disputó á España su soberanía sobre el continente ameri- 
cano explorado por sus generales y conquistadores , era imposible 
que regiones tan vastas que desde el fuerte Maulin , en las costas 
de Chile, á la misión de San Francisco, en California , abarcaban 
468.460 leguas cuadradas, sin contar las islas, permanecieran 
herméticamente cerradas á los extranjeros. La calentura del oro 
por otra parte , no tardó en apoderarse de estos, como se habia apo- 
derado de los conquistadores españoles, y les empujaba con irresis- 
tible fuerza hacia los países que producían el mineral del Potos!, 
la plata de Zacatecas , las perlas de Cubagua , las esmeraldas y 
los diamantes del Brasil. 

Durante el siglo XVI nuestra dominación en América fué poco 
combatida, porque España, aparte de su supremacía en Europa, 
seguía siendo potencia marítima. Todavía en el reinado de Fe- 
lipe III , sino podíamos poner en la mar escuadras como la que 
triunfó en Lepanto, de ciento treinta y cuatro bajeles, bien equi- 
pados y tripulados , ni como la Gran Armada compuesta de ciento 
diez velas, con diez mil hombres de desembarco, pudimos enviar 
contra la Gran Bretaña otra escuadra de cincuenta velas , si bien 
con el mismo éxito infausto que la Invencible. En 1605 las fuer- 
zas navales de España se componían de diez y seis naves gruesas , 



6 EL COMiíEClO DE AMÉRICA 

las mayores que entonces surcaban la mar, para escolta de la flo 
ta y navegación á América, de cinco galeras ordinarias en Lisboa, 
y ocho en el Mediterráneo ; el reino de Ñapóles mantenia y sumi- 
nistraba dieciseis; Sicilia diez, y dieciseis Genova, mediante asiento 
ó contrato ; la mayor parte de estos buques estaban mal armados 
y los buenos marineros iban ya escaseando. 

Si en vez del sistema de la navegación en conserva ó en buques 
de guerra , España hubiera puesto todo su cuidado en mantener 
en América el suficiente número de buques guarda- costas ligeros 
y bien tripulados, estableciendo cruceros en el golfo de Méjico, y 
el canal de Bahama , y haciendo que una pequeña escuadra pro- 
tegiese las Antillas, quizá con la misma fuerza naval que em- 
pleaba en convoyar á ios buques mercantes , hubiese podido lim- 
piar los mares de América de corsarios y contener el contrabando; 
¿pero cómo habia de vigilar las costas del Nuevo Mundo sino acer- 
taba á defender las 'de la Península de los corsarios berberiscos? 
En 30.000 se calculaba, en el siglo XVII, el número de Espa- 
ñoles cautivos de aquellos corsarios , que gemian en los baños ó 
en las mazmorras de Argel , de Oran y de otras poblaciones afri- 
canas ; y suponiendo el rescate de cada uno de aquellos en mil 
pesos, eran treinta millones de pesos los que nuestra patria pagaba 
al África por aquel triste concepto. Asi vemos en la división mili- 
tar de España en aquellos tiempos mantenidos hasta el siglo XVIII 
los distritos ó capitanías generales de la costa, sin carácter marí- 
timo, con regimientos de la costa, además de los llamados de la 
Armada, de Bajeles, etc., y todo inútil, porque lo que se necesi- 
taba era buenos buques y mejores marinos. 

Los corsarios berberiscos representan un papel muy importante 
en la historia de España de los siglos XVI y XVII, y son más cono- 
cidos que los filibusteros. ¿Quién ignora la suerte de la galera 
El Sol en que el Manco de Lepante navegaba desde Ñapóles á 
España cuando la salió al paso y cautivó Dalí Mamí uno de los ca- 
pitanes de la mar ó cabezas de aquellos piratas? El P. Haedo en 
su Historia y topografía de Argel nos ha conservado algunas 
noticias de la organización de tan terribles enemigos de España, 
cuyo poder alcanzó su apogeo cuando Haradino Barbarroja, sepa- 
rándose del servicio de Carlos V se puso al de Solimán. Habia en 
Argel, Túnez y Trípoli tres capitanes de la mar, cabezas de los 
corsarios, á quienes estos obedecían siempre, estando obligados á 



Y LOS FILIBUSTEROS. 7 

seguirles y acompañarles cuando salían á corso: los tres eran nom- 
brados por el Sultán y tenían el 1 por 15 de cuanto robaban ó 
apresaban aquellos. Pocas veces, sin embargo, pasaban el Estre- 
cho, y asi eran más perjudiciales al comercio y comunicación de 
España con el Levante y con sus posesiones en Italia, que al comer- 
cio de América; pero en cambio en los puertos de Fez y de Mar- 
ruecos, en Larache, Rabat y Salé no abundaba menos que en Ar- 
gel y Túnez aquella planta parásita y venenosa por cuya razón 
tanto como por temor á las escuadras inglesas ú holandesas, la na- 
vegación de las flotas y galeones desde Cádiz hasta las Azores se 
hacia como hemos dicho en orden de batalla y con las mayores 
precauciones. 

Antes de terminar el reinado de Felipe II, España había perdido 
su supremacía naval: Inglaterra primero y luego Holanda la sus- 
tituyeron en ella. La constitución de esta última nacionalidad, hos- 
til por origen, por religión y por necesidad á España, fué en aque- 
lla época el peligro más grave para la doble exclusión territorial 
y mercantil que caracterizaba la política española en América. Por 
espacio de largo tiempo el contrabando que constituía, como he- 
mos dicho, la mayor parte de aquel comercio, fué indirecto y dejó 
alguna utilidad á los comerciantes españoles Estos se proveían en 
las industriosas ciudades de Flándes y del Norte de Francia de 
paños, sedas, lienzos y tejidos de todas clases, y haciéndolos venir 
á Cádiz, los embarcaban en la flota como nacionales, merced á la 
interesada complacencia de los Jueces Oficiales, Visitadores y de- 
más empleados de la Tabla de Indias. Mas cuando la guerra entre 
España y Francia fué perpetua, y cuando el sistema de las confis- 
caciones, embargos é indultos que Carlos V y su hijo aplicaron á 
aquel comercio convenció á los extranjeros de que no lograrían 
utilidad segura mientras dependiesen de nosotros, emprendieron 
hacer el contrabando directo, navegando á América y procurando 
penetrar en ella ó tomar posición ventajosa en algunas de las infi- 
nitas islas de que se halla cercado aquel continente. 

Entonces fué cuando comenzó el establecimiento de Franceses, 
Ingleses y Holandeses en las Antillas y en las islas con que forma- 
ron sus colonias, cuyo origen, debido al contrabando y á la pira- 
tería y cuya historia plagada de crímenes y de crueldades debiera 
haber hecho á sus respectivos escritores menos severos con los 
conquistadores españoles de Méjico y del Perú, á quienes si domi- 



8 EL COMERCIO DE AMERICA 

naba como aquellos la sed del oro, ennoblecían en cambio el amor 
á la patria, el celo religioso y la disciplina junta con el valor, que 
ni por asomo conocieron los conquistadores de la Jamaica y de 
Santo Domingo, los contrabandistas de Curacao y de San Eusta- 
quio y los filibusteros de San Cristóbal y de la Tortuga. 

Mientras nuestra patria en el breve espacio de menos de sesenta 
años habia realizado el prodigio de descubrir y explorar todo el 
Nuevo Mundo desde Chile hasta California y de establecer en tan 
inmenso territorio y en las Antillas su dominación; mientras fun- 
daba y organizaba con elementos españoles sobre las ruinas del im- 
perio Azteca y del de los Incas los dos grandes vireinatos de Mé- 
jico y el Perú y las capitanías generales que de ellos dependieron, 
más adelante de Goatemala, Nueva Granada, Caracas, Buenos Ai- 
res, Chile, etc. ; mientras trasformaba á Méjico en una grande y 
hermosa ciudad europea y fundaba á Veracruz en 1519, á Cuma- 
ná en 1520, á Porcobeloy á Cartagena en 1542, á Caracas en 1567, 
á Acapulco, Lima, Panamá y la Concepción de 1530 á 1550; en 
tanto, decimos, que realizaba estas maravillas, de que no ofrece 
ejemplo la historia de ninguna otra nación, la sed del oro que nos 
echan en cara atraia á las costas americanas á los extranjeros es- 
peranzados de poder cortar el paso á alguno de los buques que 
Cortés ó Pizarro enviaban á España con grandes cantidades de oro 
ó que llevaban á la metrópoli los productos de las minas del Cibao. 
Hasta el primer tercio del siglo XVII no hallamos con todo esta- 
blecidos á los Holandeses en la isla de San Eustaquio en 1632, ni 
en la de Cura9ao en 1634, ni á los Franceses en la Guadalupe y la 
Martinica, ni á los Ingleses en la Jamaica hasta 1655, aunque ya 
desde 1642 poseían la Barbada. Mas para caminar con más seguro 
paso y para ver con claridad los antecedentes y los orígenes de la 
dominación extranjera en las Antillas, retrocederemos al si- 
glo XVI, á la época en que la Isla Española, hoy de Santo Domin- 
go, descubierta por Colon en su primer viaje, la mayor de las islas 
de aquel archipiélago y matriz de las posesiones españolas en el 
Nuevo Mundo, se hallaba pacificada y gobernada por el Comen- 
dador D. Nicolás de Ovando. 



Y LOS FILIBUSTEROS. 



VI. 

Tiene la isla de Santo Domingo, situada entre las de Puerto- 
Rico y Cuba, 160 leguas de E. á O. y 30 por lo más estrecho de 
ella: sus costas miden 350 leg-uas de rodeo; pero incluidos sus cabos 
y espaciosas bahías, sumarán 600, seg-un algunos autores (1). Es- 
tuvo dividida hasta el siglo XVIII en cinco grandes secciones, una 
de las cuales era la famosa Vega Real, espacioso y fértil valle de 
80 leguas de largo y 10 de anchura por algunas partes, regado 
por diez rios grandes é infinitos arroyos. Allí se encontraban las 
minas de oro de Cibao, famosas antes de que comenzasen á rendir 
sus productos las del Potosí y de Guanajato, y tan ricas, que, se- 
gún el P. Charlevoix, aunque el cálculo nos parece exagerado, en 
los tiempos de la administración del Comendador Ovando salían 
todos los años para España de la Isla Española 460.000 marcos de 
oro. Mas cierto es, que el Rey Católico D, Fernando tuvo situa- 
dos 500.000 escudos de oro al año sobre las rentas de la Isla, las 
cuales no provenían solamente del laboreo de las minas, sino de la 
industria azucarera trasplantada allí desde las Canarias por Gon- 
zalo Velosa, que fundó el primer ingenio, así como de otros ramos 
de la agricultura a que la población española se dedicó. 

Breve fué, con todo, el período de prosperidad de la Isla Españo- 
la. Aunque por mucho tiempo recogió la corriente de la inmigra- 
ción europea que á ella se dirigía, con mayor celeridad la vertía 
sobre las demás Antillas, sobre el Yucatán, Méjico, la Florida, 
Goatemala, el Itsmo de Darien, el Perú y Chile, durante el glo- 
rioso período de los descubrimientos y conquistas. La población 
indígena, menos robusta que la del continente americano, indo- 
lente, sin cultura, y acostumbrada á no producir sino lo estricta- 
mente preciso para su sustento, disminuyó con aterradora rapidez 
al contacto de una raza superior, llena de fuerza, de necesidades 
y de exigencias. 

Otra causa contribuyó á la decadencia y despoblación de la Isla 



(1) Historia de la Isla Española, 6 de Santo Domingo^ por el P. Pedro 
Francisco Charlevoix, de la Compañía de Jesús. In. 4.°, 2 volúmenes. Impresa 
en París año de 1730. 



10 EL COMERCIO DE AMERICA 

Española. En 1512, el activo conquistador y poblador de Puerto- 
Eico, Ponce de León, corrió todas las islas del canal de Bahama, 
examinando sus circunstancias y las de aquellos mares, y sus ob- 
servaciones dejaron sentado que, para volver á España, era aquel 
canal el mejor camino. Desde entonces el puerto de la Habana 
comenzó á llamar á si el comercio de Europa, con grave perjuicio 
de la Española, «pues al ir desde España, — dice un autor, — todos 
van á Puerto-Rico, y al volver van á la Habana, porque con eso 
á la entrada y á la salida del canal tienen favorables las cor- 
rientes.» 

Reducidos á poblaciones los numerosos Indios que habitaban la 
Isla al ser descubierta, según un sistema tal vez necesario para sus 
adelantos en la cultura europea, pero funesto para aquella raza en 
las Antillas como en el continente, los campos y los montes se 
vieron en gran parte abandonados y desiertos. Con la abundancia 
de bayas, frutas y raices que los últimos ofrecían, los ganados que 
los Españoles introdujeron en la Isla se multiplicaron prodigio- 
samente; pero en particular los perros y losgerdos, hasta que, fal- 
tos aquellos carnívoros de alimento, dieron en los cerdos de tal 
modo, que fué preciso hacer una gran mortandad de perros para 
conservar la raza porcina, que era de un gusto exquisito por los 
frutos y raices de que se nutria. Los caballos, que durante los tiem- 
pos de la conquista tuvieron un precio exorbitante en América, 
eran otro ramo de riqueza de la Española, que exportaba también 
cueros en abundancia, sebo, azúcar y víveres de que se proveian 
las expediciones y las islas vecinas. 

El primer buque extranjero que se presentó en estos mares fué 
una nave mercante inglesa que en 1520 arribó á Puerto-Rico; y 
desde este instante se manifestó la política española en materia de 
comercio y comunicación de sus posesiones americanas con las 
otras potencias. Habiendo pasado desde aquella isla á la Española, 
la fortaleza de Santo Domingo hizo fuego sobre él, con lo que twro 
que dar la vuelta á Puerto-Rico, donde en un pequeño pueblo de 
la costa desembarcó y vendió como pudo su cargamento. La Corte 
de Madrid sintió mucho que no se le hubiese apresado, y manifes- 
tó su descontento. Desde entonces hasta fines del siglo XVIII este 
sistema jamas fué abandonado, sino mantenido con el mayor ri- 
gor; testigo el Presidente de la Audiencia de Santo Domingo, que, 
acusado á mediados del sigio XVII de tolerar el comercio con los 



Y LOS FILIBUSTEROS. 11 

Holandeses, so pretexto de proveer de esclavos negros la Isla, fué 
preso, depuesto y llevado á Sevilla, donde se le hizo su proceso, se 
le condenó á ser degollado y se ejecutó la dura sentencia (1). 

Cualesquiera que fuesen la vigilancia y la inflexibilidad de Es- 
paña para excluir á los extranjeros , la fiebre del oro podia más 
que ella. El P. Charlevoix cuenta refiriéndose al ano 1527, que 
como ya en este tiempo los corsarios ingleses y franceses iban 
con frecuencia á robar á los españoles de Indias , y estos por su 
parte introducian contrabandos, el Arzobispo de Santo Domingo, 
que después lo fué de Méjico, D. Sebastian Ramírez de Fuenteleal, 
varón ejemplar y docto, con consulta de los hombres notables de 
la Isla, propuso al Rey y al Consejo de Indias, «que, obligando 
á todos los navios que iban de España á Indias á que se dirigiesen 
á Santo Domingo, y á cuantos de Indias volvieran á Europa á que 
hiciesen escala en el mismo puerto y previniendo que llevasen 
guias, se podría evitar los insultos de los piratas.» Por entonces 
no fué aprobada esta proposición ; pero ya hemos visto como trein- 
ta años más tarde se dispuso la navegación en flota , y el rumbo 
forzoso á la Habana, que habia sustituido á aquella ciudad en la 
supremacía comercial y marítima. 

Ni fueron solamente corsarios montando un solo buque los que 
de Europa acudieron á los mares de América á arrebatar á los 
Españoles el oro de los Reyes Aztecas ó de los rescates exigidos 
por Pizarro y por sus capitanes á los infortunados descendientes 
de Manco Capac : expediciones más considerables , mandadas por 
célebres marinos, fueron allá con parecido objeto, aunque de tarde 
en tarde durante el siglo XVI. En 1586, el terrible corsario in- 
glés Francisco Drake, azote de España, atacó , sitió y destruyó la 
ciudad de Santo Domingo, que tardó poco en levantarse más flore- 
ciente de entre las ruinas; en 1591, el holandés Cristóbal New- 
port hizo lo propio en Jaguana , en la misma isla ; pero su com- 
patriota Abraham de Verne, que en 1606 amenazó á Cuba, no 
tuvo tan buena suerte, pues fué at&cado y derrotado en las costas 
de aquella isla por la flota española. 

Del primer tercio del siglo XVII datan las empresas de los ex- 
tranjeros para sentar el pié en las pequeñas Antillas , que siendo 
tan numerosas no podían todas ser bien guardadas por los Espa- 



(1) Charlevoix, Historia de la Isla Española, part. II, lib. 7.**, pag. 27. 



12 EL COMERCIO DE AMERICA 

ñoles. Ingleses y Franceses reunidos se apoderaron en 1625 de la 
Isla de San Cristóbal, que dos años después dividieron por un tra- 
tado entre ambas naciones. 

No gozaron mucho tiempo tranquilamente la posesión de tan 
corto territorio. Cuando en 1630 fué enviado de España al Brasil 
el General D. Fadrique de Toledo, para que arrojase de aquella 
provincia á los Portugueses que se habian apoderado de ella , re- 
cibió orden de recobrar al paso la isla de San Cristóbal. Hízolo 
asi, é Ingleses y Franceses fueron expulsados, aunque no tarda- 
ron en volver á su guarida. No corta porción de los Franceses 
que con sus barcos pudieron escapar de la primera derrota, fueron 
á parar á las costas de la Española , y viendo lo despoblado de la 
tierra, su gran extensión y la multitud de ganado vacuno y de 
cerda que en ella y en las pequeñas islas adyacentes se encontra- 
ba, faltos de víveres, perseguidos y hambrientos sentaron alli sus 
reales y comenzaron á dedicarse á la caza. Imitando lo que veian 
practicar á los Indios, secaban al fuego la carne de las reses que 
inmediatamente no consumian, y de esta vianda asi conservada, 
que se llamaba carne bucanada , ó seca al fuego , vino á estos 
aventureros cazadores el nombre de bucaneros, que entonces se 
les dio y les conserva la historia. 

Muy próxima á la gran Isla Española , habia descubierto Colon 
en su primer viaje una pequeña, á la que, por su configuración, 
dio el nombre de La Tortuga, que en la época á que nos referi- 
mos se hallaba en parte cultivada y poblada , y abundaba en ga- 
nado. Temerosos los bucaneros de los Españoles de Santo Domin- 
go, que no les consentian en su territorio, y les daban caza, como 
ellos á sus reses, se reunieron en cuerpo y cayeron sobre La Tor- 
tuga , de la que se apoderaron , arrojando á los Españoles de siete 
grupos de población que en ella habia. La isla tiene ocho leguas 
de largo, dos de ancho , y no dista de la Española más que otras 
dos leguas : cultivábase ya en ella la caña de azúcar y el tabaco, 
pero el principal recurso de sus moradores era el ganado de cerda, 
muy abundante. 

Señoreados de este corto territorio los primitivos bucaneros, 
cambiaron de costumbres : parte de ellos continuó dedicándose á 
la caza, ya en La Tortuga , ya en la isla Ibaca , denominada por 
los Franceses A^achCy ya en las costas de la Española, y una parte 
más considerable se dedicó á la piratería. Estos recibieron el nom- 



Y LOS FILIBUSTEROS. 13 

bre de filibusteros , que sig-nifica ó quiere decir , gente que hace 
la guerra en la mar por el botin. 

El padrastro de la Tortuga incomodaba en extremo á los Espa- 
ñoles de Santo Domingo , que aunque decaídos de su antiguo po- 
der, jamas toleraron la vecindad de los extranjeros, haciendo 
constantes y heroicos esfuerzos por librarse de ella. Aprovechando 
la ocasión de hallarse en la mar la mayor parte de los filibusteros, 
al mando de Willis, el primer capitán de esta gente, inglés de na- 
ción, que hallamos mencionado , los Españoles recobraron la Tor- 
tuga y ahuyentaron por algunos años á aquellos ; pero no pudien- 
do guarnecerla, volvieron á ocuparla los filibusteros que se habian 
salvado, y reforzados por otros se establecieron de nuevo, no sola- 
mente en esta isla , sino también en la costa occidental de Santo 
Domingo, donde sucesivamente se fueron extendiendo tras de nu- 
merosas vicisitudes. 

Los que quedaron en la Tortuga, Franceses casi todos, vivian con 
independencia de la metrópoli y sin relaciones con ella ; reforzados 
por la emigración de no pocos calvinistas perseguidos en la últi- 
ma, los vemos en 1643 con un principio de Gobierno, pues reco- 
nocían como jefe y casi como soberano al pirata Levasseur que en 
aquel año tuvo la fortuna de rechazar una nueva acometida de los 
Españoles. La soberanía de Levasseur terminó sin embargo trági- 
camente , como era de esperar del carácter de sus subditos , pues 
en 1652 fué asesinado por ellos. En el mismo año comenzaron las 
relaciones entre los filibusteros y el Gobierno francés. El caballe- 
ro de Fontenay, con comisión y poderes del Gobernador de San 
Cristóbal , pasó á la Tortuga con dos buques , y procediendo con 
arte, supo hacerles reconocer la soberanía de Francia , recibir co- 
lonos y comenzar á cultivar el terreno , sin que por eso dejara de 
ser la principal industria de la Isla la piratería. 

Inglaterra , bajo el gobierno de Cromwell , siguió en breve á 
Francia á las Antillas con más fortuna que aquella. En 1655 una 
escuadra muy considerable para aquel tiempo , compuesta de die- 
cisiete buques de guerra con gran número de los de trasporte, 
desembarcó en la Isla Española hasta 10.000 hombres, con ánimo 
de apoderarse de Santo Domingo ; pero los Españoles , auxiliados 
por las circunstancias del terreno y clima, los rechazaron. Reem- 
barcándose entonces, hicieron rumbo á la Jamaica, muy poco po- 
blada de Españoles, quienes hallándose incapaces para resistir en 



14 EL COMERCIO DE AMERICA 

campo abierto, huyeron á los montes. Desde ellos hacían cruda 
guerra á los invasores, causándoles gran daño. Para contenerles ó 
exterminarles, los Ingleses se valieron de un medio contrario á las 
leyes de la guerra, y más si es de invasión : pusieron á precio las 
cabezas de los refugiados en las montañas, y llamaron á la Jamai- 
ca á los filibusteros de la costa occidental de Santo Domingo, quie- 
nes acudiendo al cebo de la ganancia, y llevando consigo perros, 
como en otro tiempo los Españoles respecto de los Indios , destru- 
yeron ú obligaron á capitular ó á emigrar á los Jamaicanos no so- 
metidos. Inglaterra estableció en la isla un Gobierno militar, y 
guarneciéndola bien, supo conservar su dominio; la Jamaica no 
fué ingrata con los filibusteros , porque durante la segunda mitad 
del siglo XVII les sirvió de asilo en sus desgracias como en sus ex- 
pediciones, de abrigo siempre, de mercado para sus robos y de lu- 
gar de placer y descanso para los que momentáneamente ricos 
pasaban en ella largas temporadas dedicados al juego , al vino y 
las mujeres, hasta que la necesidad les obligaba á volver á la mar 
en busca de aventuras. De esta índole fueron los orígenes de la 
dominación extranjera en las Antillas. 

Proseguía entre tanto sin tregua y sin cuartel la guerra entre los 
filibusteros y los Españoles de Santo Domingo, así en esta isla como 
en la Tortuga. Alguna vez los últimos lograron arrojar á los prime- 
ros de su guarida predilecta; pero entonces se refugiaban en otras 
islas pequeñas, donde continuaban secando ó bucanando la carne 
robada en la Española y carenando sus barcos. Su principal refu- 
gio en estas ocasiones eran unas islas pequeñas situadas en la in- 
mensa bahía de Manzanillo. Desesperando los Españoles de li- 
brarse de tan peligrosa é indigna vecindad, acudieron á un recurso 
heroico, que prueba hasta qué punto llegaba su odio al extran- 
jero. Poniéndose de acuerdo y empleando en ello todas sus fuerzas 
útiles, hicieron por espacio de muchas semanas una caza general 
en las posesiones de la costa que más frecuentaban los bucaneros: 
destruyeron cuanto ser viviente encontraban al paso; toros, vacas, 
cerdos, cabras y perros: los bosques quedaron en una extensión 
inmensa despoblados y silenciosos: el sacrificio fué completo, pero 
aun cuando por el momento produjo el efecto que se deseaba , no 
logró sino que el mal variase de localidad; porque bucaneros y 
filibusteros trasladaron el teatro de sus hazañas á Puerto Paz , al 
grande y al pequeño Goave y á Leogane. Con ei tiempo, sin em- 



Y LOS FILIBUSTEROS. 15 

barg-o, esta población iba subdividiéiidose y trasfor mandóse. Pri- 
meramente no hubo más que bucaneros ó cazadores furtivos ; des- 
pués ñlibusteros ó piratas, y por último colonos y labradores. 
En 1665 la Tortuga quedó ya definitivamente en su poder, y la 
población francesa habia arraigado y multiplicado de manera en 
Santo Domingo, que no fué posible expulsarla y sostuvo la guer- 
ra, no regular, porque era de exterminio, pero si con igualdad de 
condiciones con la población española. 



VIL 

Las costumbres de estos piratas eran tales como podia esperarse 
de su género de vida y de la imposibilidad en que se veian de 
constituir familia por la falta de mujeres, hasta que M. Colbert co- 
menzó á enviarles de Francia las que acá estorbaban por su pro- 
fesión pública , las cuales el Gobernador de la Tortuga sabia 
venderles á subido precio. El mismo P. Charlevoix conviene en 
que no parece sino que el bautismo que sufrían los filibusteros al 
pasar la linea, arrojándoles sus camaradas al mar atados con una 
cuerda si no pagaban rescate en vino ó dinero, les infundía tan 
prodigiosa virtud, que no habia fechoria ni maldad de que no fue- 
sen capaces. Refinados eran en los tormentos que aplicaban á los 
Españoles para hacerles declarar dónde tenian su dinero ó en qué 
paraje de los montes ocultaban sus ganados ; y entre ellos merece 
mencionarse por lo cruel el que consistía en atar los cuatro remos 
del paciente á otros tantos árboles próximos entre si , colgándole 
por enmedic del cuerpo una soga con gran peso pendiente de sus 
extremos, la cual á veces concluía por serrar el tronco. La sabrosa 
carne del puerco silvestre criado con írutas , asada con su propia 
manteca lentamente sobre estacas, era el alimento principal de los 
bucaneros y de los filibusteros en tierra. Sn traje poco se diferen- 
ciaba del de los Indios, á no ser que el saqueo de una población 
les hubiera proporcionado las ropas que no podian adquirir por 
falta de regular comercio; y en este caso no era raro que al lado 
de pieles toscas se viera brillar el tisú de oro ó de plata. 

Buques holandeses de vez en cuando llegaban á la Tortuga á 
venderles armas y municiones á cambio de cueros y de los pro- 
ductos de sus robos; pero desde 1655 la Jamaica fué su mercado 



1(5 EL COMERCIO DE AMERICA 

para uno y otro objeto. Sucesivamente fueron extendiendo sus ex- 
pediciones desde las Antillas al Yucatán , las Floridas , Nicaragua, 
Tierra Firme , el Darien , Coro y las lagunas de Maracaybo ; mas 
cualquiera que fuese el éxito, siempre vivieron pobres y misera- 
bles, disipando en ¡pocos dias las riquezas que hablan usurpado. 
En el mar de las Antillas y golfo de Méjico , tenian estaciones des- 
de donde acechaban á la ida ó á la vuelta á los buques españoles, 
principalmente en el cabo de San Antonio , en el Catoche y Cor- 
rientes. Para carenar sus embarcaciones se ocultaban en los Cayos 
del Sur , al Mediodía de Cuba , ó iban á la Boca del Toro , á la 
costa de Castilla del Oro ó á la misma Tortuga Con frecuencia se 
perdian en los bosques , ó perecían de hambre , ó á manos de los 
Indios si se libraban de los Españoles. Estos , en su continua guer- 
ra con los de Santo Domingo , empleaban diez guerrillas ó tropas 
de á cincuenta hombres, que se hallaban en incesante movimien- 
to , y no daban cuartel : jamas quisieron tratar de limites , ni en- 
trar en trato alguno que implicara el reconocimiento del hecho, 
ni menos del derecho de la ocupación francesa. En la mar emplea- 
ban en la persecución de los filibusteros cuatro embarcaciones lla- 
madas galeotas, de 90 pies de largo por 18 de ancho , de treinta 
y seis á cuarenta y cuatro remeros, con dos velas y cuatro pedre- 
ros, y tripuladas por ciento veinte hombres , las cuales eran muy 
veloces y muy temidas de los piratas ; pero reforzándose y reno- 
vándose los últimos por la emigración de Europa , y siendo apo- 
yados y sostenidos indirectamente al principio y directamente 
luego por el Gobierno de Francia, hubiera necesitado el negli- 
gente de España mayor vigilancia , una expedición considerable 
y mantener después el número suficiente de cruceros para extir- 
par aquella dañosa excrescencia y librar las costas y el comercio 
de América de tan peligrosos enemigos. 

La segunda mitad del siglo XVII , cuando ya era manifiesta la 
decadencia del poder español y hablamos dejado de ser potencia 
marítima, fué el periodo de mayor vigor de los filibusteros; la 
época de sus grandes expediciones á Venezuela, Panamá, Porto- 
belo y al mar del Sur, en las que saquearon y quemaron grandes 
poblaciones , reuniendo para ello tropas que entonces podían ser 
consideradas en América pequeños ejércitos y escuadras de buen 
número de velas: insuficiente y despreciable todo si España hubiera 
sido una nación bien gobernada ; de incalculable daño y sonrojo 



1 



Y LOS FILIBUSTEROS. 17 

cuando España era un gran cuerpo sin cabeza , insensible y sin 
movimiento. 

Ya en esta época los gobernadores de la Tortuga y de la costa 
occidental de Santo Domingo obtenian su titulo del Gobierno de 
Francia ; pero no variaron por eso las cosas , pues los filibusteros 
siguieron gozando de la misma libertad que antes. Asi lo vemos en 
el largo gobierno de d'Ogeron, que de capitán del regimiento de 
Ja Marina, se convirtió en corsario ó hizo vida común con éstos. 
Tres veces habia intentado, con permiso de la metrópoli, fun- 
dar una colonia en Santo Domingo y siempre habia fracasado, 
aunque llevó á Puerto Margot colonos de su país, el Anjou, y ob- 
tuvo de M. Colbert que le enviase un centenar de mujeres públi- 
cas. El periodo de su mando coincidió con el apogeo de los filibus- 
teros. Pedro Legrand, natural de Dieppe, y Miguel, apellidado el 
Vasco, adquirieron renombre en Francia por haber entrado en sus 
puertos con ricas presas, pues cuando éstas eran de consideración 
no las vendían en la Jamaica ó en la misma Tortuga. El filibustero 
más célebre y más funesto á los Españoles de los que adquirieron 
nombre durante este periodo, fué el llamado el Ollonois, por ha- 
ber nacido en las laudas ó arenas de Olonne. Apellidósele el azote 
de los Españoles, y no usurpó el titulo. Habia comenzado por asar 
carne sirviendo de criado á un bucanero, y pasó luego á servir á 
un filibustero ; de modo que en tierra y en mar pudo enterarse bien 
de los detalles de la profesión, y adquirir numerosos conocimien- 
tos. Apenas se vio en posesión de un barco, se lanzó por su cuenta 
á las aventuras y comenzó á dar pruebas de su valor y ferocidad. 
El fué de los primeros que atacaron ciudades del continente, ca- 
biéndola esta triste suerte á Campeche ; pero la resistencia de los 
Españoles fué dura , y el Ollonois, gravemente herido y cubierto 
de sangre, hubiese perecido si no se hubiera ocultado entre los ca- 
dáveres, fingiéndose muerto. Llegada la noche, pudo obtener de 
unos esclavos negros que le dieran una barca, por cuyo medio hu- 
yó á la Tortuga. No mucho tiempo después, le vemos apresando 
cerca de la Habana una fragata española, cortando la cabeza á 
sus tripulantes y, según consignan escritores franceses, bebiendo 
sangre de sus victimas . La expedición que le dio mayor reputa- 
ción fué la que llevó á cabo en 1666 contra Venezuela en unión con 
otro filibustero, Miguel el Vasco : mandaban entre ambos seis bu- 
ques, á los que añadieron dos naves españolas que navegaban á 

TOMO XVI. 2 



18 EL COMERCIO DE AMÉRICA 

Santo Doming'o y f aeren por ellos apresadas. Con estas fuerzas se 
dirigieron á la isla de Curacao, de la que desde 1635 se habian 
apoderado los Holandeses, juntamente con las de Benaire, las Aves, 
Aruba y alguna otra, situadas bácia el desagüe del Orinoco. Cura- 
gao servia á los Holandeses de depósito de contrabando y á los fi- 
libusteros de estación en sus expediciones al continente americano, 
pues alli se refrescaban, se reunían si las tempestades habian dis- 
persado sus escuadras, adquirían noticias y completaban su arma- 
mento y municiones. Desde Cura9ao, el Ollonois y el Vasco se di- 
rigieron sobre el lago de Venezuela ; pero los Españoles , defendien- 
do valerosamente su entrada, dieron lugar á los habitantes de 
Maracaybo á embarcar cuanto de valor tenian y refugiarse en el 
pueblo de Gibraltar situado en la orilla opuesta. Aqui vinieron 
también á atacarles los filibusteros, y aunque en el combate per 
dieron 100 hombres, quedaron los bastantes para robar los tem^ 
píos, dar muerte á hombres, mujeres y niños y regresar con rico 
botin á la Tortuga, adonde llegaron el dia de Todos los Santos del 
año mencionado, repartiendo entre los que habian sobrevivido has- 
ta 400,000 pesos. Prosiguiendo sus hazañas el Ollonois, atacó, sa- 
queó y quemó la villa de San Pedro enlabahia de Honduras, fué re- 
chazado en Goatemala, perdiendo mucha gente, y tuvo un fin digno 
de su vida, pues habiendo desembarcado en las islas Varú, hacia la 
parte de Cartagena, los Indios caribes le cogieron vivo con algu- 
nos otros filibusteros, y celebraron con ellos uno de sus festines (1). 
No estaban tampoco ociosos en tierra los bucaneros. El Viernes 
Santo del año de 1665 fué dia funesto para los habitantes de la 
ciudad de Santiago , en Santo Domingo , pues en él vieron pene- 
trar en sus muros hasta 400 de aquellos , mandados por Delisle, 
los que según su costumbre la saquearon, llevándose hasta los 
vasos sagrados. Obrando en este tiempo de acuerdo los Franceses 
de la Tortuga y de Santo Domingo y los Ingleses de San Cristó- 
bal, se vieron en la mar hasta doce escuadras de corsarios que 
hacían imposible la navegación y el comercio de España en Amé- 
rica. En vano el Gobierno español, siempre que un tratado de paz 
como el de Aquisgram en 1668 le proporcionaba ocasión , se que- 
jaba al de Francia del amparo que prestaba á los filibusteros, por- 
que el último alegaba que no tenía jurisdicción ni inñuencia sobre 



31 

■-A 



(1) Charlevoix, Historia de la Isla Española, part. II. 



Y LOS FILIBUSTEROS. 19 

ellos ; no siendo cierto , pues como ya hemos visto , obedecían á 
d'Ogeron, y desde el principio los gobernadores de la Tortuga 
disfrutaban de una décima parte del botin, que los filibusteros 
escrupulosamente les reservaban en todas sus expediciones. 



VIII. 



Desde la gran empresa del Ollonois contra Venezuela , Honduras 
y Goatemala (1666), hasta la del Almirante Pointis y el Gober- 
nador Ducasse, asistidos por los filibusteros contra Panamá (1697), 
es decir , desde la paz de los Pirineos hasta la de Ryswiek fueron 
numerosas é importantes las expediciones de aquellos contra el 
continente americano : esta época , fatal á España , puede ser con- 
siderada como la edad de oro del filibusterismo , y en ella brilla- 
ron con siniestro fulgor los nombres del Ollonois, de Morgan, 
Grammont y Lorenzo Graff, por los Españoles apellidado «Lo- 
rencillo.» 

En este periodo , sin contar otras muchas de menor importancia, 
pero muy dañosas todas á los Españoles , registramos las siguien- 
tes grandes expediciones , además de la que llevó á cabo Delisle 
contra Santiago de los Caballeros en 1660, que dejamos referida. 

1666. — El Ollonois, apellidado azote de los Españoles, en unión 
con Miguel el Vasco ataca á Venezuela , pierde una parte de su 
gente, pero el robo importa más de 400.000 pesos; la expedición 
regresa á la Tortuga el dia de Todos los Santos de 1666. 

1670. — El pirata Morgan saquea á Panamá y á Portobelo: 
importa el robo, sin contar lo destruido, más de 300.000 pesos. 

1675. — Expedición d'Ogeron, gobernador de la Tortuga, nom- 
brado por la Compañía de América, asistido de M. de Povancey, 
gobernador francés de San Cristóbal contra la isla de Curacao, 
perteneciente á la Holanda. Al dirigirse á ella, los vientos le 
arrojaron contra la isla de Puerto-Rico , cuyo gobernador le re- 
dujo á prisión. D'Ogeron consigue escapar de la isla en una barca, 
y vuelve contra Puerto-Rico con nuevas fuerzas , pero no logra 
sino que el Gobernador español ahorque á los filibusteros que tenía 
en su poder, sin exceptuar más que 17 oficiales, 

1678. — Expediciones del filibustero Grammont á Santiago de 
Cuba, Puerto Príncipe y lagunas de Maracaybo. 



20 EL COMERCIO DE AMERICA 

1680. — Otra del mismo contra Venezuela y Puerto Caballo, 
donde es herido. 

1683. — Otra de Franceses y Holandeses, aquellos al mando de 
Grammont, éstos al de Lorenzo Graff contra Veracruz. La expe- 
dición , más considerable que las anteriores , se componía de diez 
buques con 1.200 filibusteros escogidos. Veracruz fué tomada; su 
obispo ajustó el rescate en 2.000.000 de pesos y 1.500 neg-ros, 
muchos de ellos libres. 

1685-1688. — Gran expedición al mar del Sur, por Grammont y 
Graff. Esta se compuso de varias cuadrillas de piratas que tomaron 
diversos caminos , yendo los unos por el Estrecho de Magallanes, 
otros por el golfo de Uraba y el rio Chica. Sobre Panamá cayeron 
1.100 de ellos en diez embarcaciones — 9 Julio de 1685. — Los In- 
gleses se apoderaron de Realejo y de León , los Franceses de 
Pueblo Viejo y Chiriquita — 1686. — En 20 de Abril del mismo 
ano, después de haberse apoderado de la ciudad de Granada , aco- 
metieron á Guayaquil. Aquí el rescate se concertó en un millón 
de pesos y 400 sacos de harina , á más de lo que hablan robado. 
Gran parte de la ciudad fué presa de las llamas. Más de novecientos 
cadáveres de Españoles insepultos corrompían el aire con sus ema- 
naciones, lo que obligó á los filibusteros á trasladarse á Puna. In- 
gleses y Franceses se [hablan antes ¡separado , porque los prime- 
ros — dicen los escritores de su nación — no podian sufrirla im- 
piedad y las crueldades de los últimos. Por aquí puede sacarse 
cuál sería la conducta de los soldados de Graff, sabiendo lo que 
entendían los de Grammont por rectitud y humanidad. La expe- 
dición duró más de dos años , y los historiadores estiman en cente- 
dares de miles las víctimas que causó. A pesar de esto, los filibus- 
teros no tocaron sino á 400 pesos cada uno, y sólo unos 200 vol- 
vieron á Santo Domingo , habiendo perecido los más á manos de 
los Españoles, ó por las enfermedades y el hambre. 

1697. — Expedición contra Cartagena de Indias. En esta los 
filibusteros fueron en calidad de auxiliares de las fuerzas regu- 
lares de mar y tierra mandadas por Pointis y Ducasse ; pero el re- 
sultado vino á ser el mismo para la ciudad española , porque la 
capitulación fué violada y aquella saqueada por los filibusteros, 
que repartieron á mil pesos. El Gobierno francés desaprobó la con- 
ducta de Pointis; mandó devolver la plata robada á las iglesias, é 
hizo grandes demostraciones de sentimiento , como si la culpa no 



Y LOS FILIBUSTEROS. 21 

fuese suya por haber admitido la cooperación de aquellos ban- 
didos. 

La paz de Ryswiek fué mejor g-uardada por los Franceses de 
América que las de los Pirineos y Nimega y la tregua de Ratis- 
bona, y los filibusteros fueron contenidos por los gobernadores de 
Santo Domingo. Con el advenimiento al Trono de España de lo 
Casa de Borbon y la larga guerra que le siguió , los Españoles y 
los Franceses de América tuvieron necesidad de vivir unidos ; y lo 
que los últimos no hablan podido lograr en doce lustros de guer- 
ra, lo consiguieron por la paz , que fué extenderse por la mayor 
parte de la Isla y consolidar su dominación. 

Aparte de la Historia de la Isla Española, del P. Charlevoix, 
que, como hemos visto , contiene copia de noticias y pormenores 
acerca de los filibusteros y bucaneros, existe otra obra exclu- 
sivamente dedicada á este último asunto, y en extremo curiosa. 
Titúlase Historia de los fílihiisteros y bucaneros que más se 
han distinguido (1), y la escribió en idioma francés uno de ellos, 
Alejandro Ollivier Oexmelin , cirujano de aquella nación que les 
asistió por largo espacio de tiempaen sus expediciones. 

El autor, cuya clientela en Francia no era muy numerosa, acep- 
tó las proposiciones que le fueron hechas á nombre del gobernador 
de la Tortuga, y se embarcó con ajuste en la rada del Havre de 
Gracia en 2 de Mayo de 1666 para aquella isla. Ejerciendo su 
profesión asistió á varias expediciones, y vivió continuamente en- 
tre los filibusteros, cuyo género de vida, hechos y costumbres des- 
cribe con abundancia de datos , como quien tan de cerca los ob- 
servaba. 

Leemos en los dos tomos de que consta su obra, que los Franceses 
adoptaron la profesión de filibusteros incitados por el ejemplo de 
los Holandeses, aunque es de creer que todavía más que ese ejem- 
plo les impulsó á tan peligroso é inmoral género de vida el ali- 
ciente de las ricas presas con que aquellos mares brindaban. Según 
el mismo autor, M. Du Rossey que de bucanero habia llegado á 
ser jefe de filibusteros, fué quien primeramente logró echar de la 
isla de la Tortuga á los Españoles y establecer en ella á los de su 
nación; y añade que, como Francia y España estaban entonces en 



(1) In octavo^ París, año de 1699, por Jacobo Lefebure, impresor, calle de 
la Harpe. 



22 EL COMERCIO DE AMERICA 

paz, los filibusteros tomaban patentes del nuevo Rey de Portu- 
g-al (1) y pasaban por subditos portugueses, eludiendo de este 
modo el tratado de los Pirineos. 

D'Ogeron, que sucedió á Rossey en el irregular gobierno de la 
Tortuga, fué, dice Oexmelin, quien comenzó á construir habita- 
ciones y casas y á llevar de Francia á aquella isla, á Puerto-Paz 
y Puerto-Margot menestrales, labradores, mujeres y personas de 
diversas profesiones, como el mismo Ollivier. Curiosas noticias bio- 
gráficas contiene esta obra de los principales filibusteros , tales 
como el inglés Luis Scott, Pedro Legrand, natural de Dieppe, Ro- 
que de Groninga, tan cruel con los Españoles que llegó á tostarlos 
vivos; no obstante lo cual, habiendo sido hecho prisionero en Cam- 
peche y enviado á España, el Gobierno de aqui, como si ignorase 
lo que en América sucedía, le dejó escapar á Inglaterra, de donde 
regresó al Nuevo Mundo y á su antigua profesión, atacando en 
unión con otros jefes la ciudad de Mérida en el Yucatán. Legrand 
saqueó á Campeche, el holandés David á Nicaragua ySan Ag-ustin 
de la Florida; las hazañas del Ollonois, el Vasco -^ oivo?> filibusteros, 
ya las dejamos referidas. Hablando Oexmelin del saqueo de Vera- 
cruz en 1683, que importó próximamente seis millones de pesos, 
intercala unas frases que debemos reproducir, porque dan idea de 
lo que era entonces el poder de España en América, y de la osadia 
y fuerza de los piratas que asolaban sus costas como las de la Pe- 
nínsula los de Argel y Marruecos. Extraña Ollivier que los ex- 
pugnadores de Veracruz se hubiesen contentado con tan poco, y 
dice: «si no es que su objeto fuese no arruinar del todo á los veci- 
nos, á fin de tener con qué contentarse cuando les pareciere vol- 
ver; porque ellos se apropian de tal modo todo lo que es de lo^ 
Españoles, que cuando sus gastos y deudas les obligan á volver á 
salir en corso, se les vé al cabo de algunos años ir á pedir los inte- 
reses de lo que dejaron, pretendiendo que se les deben réditos, como 
si fuesen los propietarios y los Españoles estuviesen obligados á 
darles cuenta de su administración» (2). 

En efecto, ¿qué eran los Españoles sino meros administrado- 
res de los filibusteros, que á cada momento les ponian á rescate y 
se apoderaban de todos aquellos de sus bienes muebles que no se 
les antojaba destruir? 

(1) Ollivier Oexmelin, tomo I, cap. V, pág. 64. 

(2) Ollivier, tomo I, parte 3.*, cap. I, pág. 341. 



T LOS FILIBUSTEROS. 23 

El capitán Lorencillo^ de quien largamente habla Ollivier, no 
se descuidaba en pedir cuenta de los réditos de su capital imag^i- 
nario á los Españoles. Su nombre era, como ya hemos dicho, Lo- 
renzo Graff: era holandés, habia servido de marinero en la armada 
de España, y héchose temible á los filibusteros. Habiendo caido 
prisionero de éstos, se aficionó á la profesión, y tomó partido con 
ellos. En este periodo de su carrera dio muerte á otro filibustero, 
también holandés, llamado Van Horn; pero habiendo logrado pa- 
sar con su buque per medio de una escuadra española, el Gobierno 
francés le perdonó y le otorg-ó carta de naturaleza. 

Morgan era un labrador del condado de Gales , en Inglaterra, 
que, atraído por la fama de las riquezas que los filibusteros adqui- 
rian en América, pasó allá, y no tardó en distinguirse en el oficio. 
En la expedición del capitán Manswelt, también inglés, contra la 
isla de Santa Catalina, con quince barcos y 600 hombres, Mor- 
gan fué de segundo jefe, quedando de primero á la muerte de 
aquel. 

En calidad de tal, con cuatro buques y 700 filibusteros france- 
ses é ingleses, concibió el proyecto de una expedición á Panamá, 
«para apoderarse de todos los frailes y clérigos de esta ciudad y 
exigir por ellos buen rescate;» pero se decidió al cabo por saquear 
la villa del Principe, en la isla de Cuba , lo que realizó con gran 
daño de los Españoles, pero sin obtener las riquezas que codiciaba. 
Habiéndose desavenido Franceses é Ingleses, se separaron; mas re- 
forzado á poco Morgan con otro jefe filibustero que le llevó nueve 
buques y 470 hombres, se dirigió sobre Portobelo. En el puerto 
del Pontón, á cuatro leguas de aquella ciudad, dejaron los buques 
y tomaron pequeñas embarcaciones, con las que navegaron hasta 
el estero de Longalemo-, allí saltaron en tierra, y , guiados por un 
inglés que conocía bien el pais, entraron de noche en la ciudad, 
dieron muerte á los hombres , y se apoderaron de los frailes , mu- 
jeres y niños refugiados en las iglesias. Murieron muchos de los 
filibusteros; los que quedaron pasaron á las costas de Cuba, donde 
se dividieron el robo, que ascendía á 260.000 pesos, porque era 
infinitamente más lo que destruían que lo que robaban ; y , como 
de costumbre, concluyeron su expedición en la Jamaica, donde en 
pocos dias, merced al juego, al vino y á los placeres, quedaron sin 
blanca. Poco después, Morgan, con quince buques y 960 filibuste- 
ros, sin los marinos, se daba de nuevo á la mar, y después de re^^ 



24 EL COMERCIO DE AMERICA 

correr las costas de la Española, sufriendo mucho por las tempes- 
tades, se repuso en la isla de Oruha, perteneciente á Holanda, é 
hizo rumbo á Maracaybo, que los Españoles abandonaron, aunque 
el fuerte hizo mucho fuego: lo mismo les sucedió en Gibraltar; 
pero corriendo la tierra en todas direcciones, en el espacio de quin- 
ce dias hicieron muchos prisioneros, á los que aplicaban cruelísi- 
simos tormentos para hacerles declarar dónde tenian sus caudales. 
Cuando Morgan juzg-ó que era tiempo de reembarcarse, al salir del 
lago de Maracaybo halló el fuerte guarnecido de Españoles y la 
entrada defendida por tres fragatas. Por medio de un ardid el fili- 
bustero logró incendiar dos de estos buques y apresar el otro con 
dieciseis cañones Vencido el peligro , Morgan se fué á la Ja- 
maica, y los Franceses, entre los que se contaba el cirujano Olli- 
vier, á Santo Domingo. El robo ascendió á 250.000 pesos, pero lo 
destruido importarla seguramente diez tantos más. 

La tercera expedición de Morgan fué aún más perjudicial á Es- 
paña, y es una de las mayores manchas de la historia de la domi- 
nación de la Casa de Austria en el siglo XVII. Juntos en Puerto- 
Congon, de la Isla Española, veinticuatro naves y 1.600 filibuste- 
ros, sin la gente de mar, envió Morgan delante cuatro de aquellas 
con encargo de reunir víveres en las costas de Cartagena, las cua- 
les apresaron en el rio del Hacha un buque cargado de maiz, y se 
apoderaron del lugar y ranchería del mismo rio, que hallaron 
abandonados por sus habitantes. Cargados de víveres, se incor- 
poraron á la nota, resolviéndose entonces ir sobre Panamá, to- 
mando primero la isla de Santa Catalina ó la Providencia , para 
que los prisioneros que en ella había sirviesen de guia á la expe- 
dición. 

Arreglóse entre los filibusteros la forma en que se había de re- 
partir el botín , dieron título de almirante á Morgan, nombraron 
dos vicealmirantes, y dividieron la armada en tres escuadras, 
dándose á la vela en 16 de Diciembre de 1670. El 20 del mismo 
mes llegaron á la isla de Santa Catalina, donde encontraron poca 
resistencia ; allí tomaron un mulato y dos indios para que les guia 
sen á Panamá. Llegando á la costa , atacan el fuerte de San Lo- 
renzo, hacen saltar el polvorín, y después de heroica defensa 
de los Españoles y de algunos Indios , que costó á los filibusteros 
mucha sangre y el buque almirante , se apoderaron de él. Dejólo 
Morgan bajo la custodia de 500 hombres, otros 150 para guardar 



I 



Y LOS FILlBüfcTEROS. 25 

los navios, y con 1.300 subió por el rio en dirección á Panamá (1). 
La marcha fué muy penosa por falta de viveres ; los Indios huian 
y quemaban sus aldeas para que no pudieran servir á los invaso- 
res, á quienes apellidaban herejes. Más adelante, pasado el lugar 
de la Cruz, distante ocho leg-uas de Panamá y en donde comenzaba 
el rio á ser navegable, los Indios mataron diez filibusteros é hirie- 
ron otros tantos. El 26, éstos encontraron ya mucho ganado, cuya 
carne comieron con ansia sin detenerse en asarla. El 27 pusieron 
en desorden un cuerpo de tropas españolas y ahorcaron á unos re- 
ligiosos de San Francisco. Por un capitán herido supieron que Pa- 
namá estaba abandonada , porque los habitantes , con sus familias 
y riquezas, se habian refugiado en las islas de Tanoga ; los hom- 
bres capaces de manejar las armas habian salido al campo y so- 
los ciento les esperaban tras de los muros. La artillería hizo en ellos 
no poco daño, pero la defensa no fué larga y los filibusteros que- 
daron dueños de la ciudad. Contaba entonces Panamá, según Olli- 
vier Oexmelin, siete mil casas, ocho conventos, la catedral, una 
parroquia y un hospital general. El pais era abundantísimo; á Pa- 
namá venían todas las riquezas y mercancías del Perú y allí se em- 
barcaban para este vireinato las procedentes de Europa. Llenos de 
ellas estaban sus almacenes, y pobladas de ganados sus cercanías. 
Morgan la prendió fuego, y toda ardió, menos el palacio del go- 
bernador y un arrabal con dos conventos y hasta seiscientas casas, 
pereciendo en el incendio muchos esclavos é infinito ganado (2). 
Las riquezas de que se apoderaron los filibusteros en la ciudad 
y en varias correrías afortunadas , fueron muy grandes. En fin, 
en 5 de Marzo de 1670, Morgan embarcó algunos Españoles y mu- 
chos frailes que no pudieron rescatarse, ciento cincuenta esclavos, y 
la plata de las iglesias hecha pedazos para que no abultase. 443.000 
libras de plata con multitud de joyas y piedras finas, fué el produc- 
to del saqueo. Pero en la repartición no hubo equidad; porque á la 
vuelta, Morgan con cuatro navios en los que iba la mayor parte 
del botin, se separó de la escuadra y se fué á Jamaica. Su fin parece 

(1) Según los datos y cifras de este autor, el número de los fihbusteros 
debió ser 2.140 por lo menos, y no 1.300 como al principio dijo. Tampoco 
parece más exacto en otros puntos de su narración. 

(2) Posteriormente los Españoles reconstruyeron á Panamá en paraje más 
acomodado, á alguna distancia de la ciudad incendiada y con mejor puerto 
en el rio llamado Grande. 



26 EL COMERCIO DE AMÉRICA 

que no correspondió como el del Ollonois á tan brillante carrera ; 
porque el cirujano Oexmelin nos dice, que se casó en aquella isla 
con la hija de un oficial y que vino á ser el más poderoso y opu- 
lento ciudadano de ella. Los demás compañeros abandonados por 
él no tuvieron la misma suerte , pues después de muchas aventu- 
ras y trabajos llegaron á las costas de Cuba muy mermado su nú- 
mero y destrozados. En esta isla el cirujano Ollivier se embarcó 
para Europa, cansado pero no harto de la vida de filibustero, pues- 
to que, ya con los Holandeses, ya con los Españoles, continuó ha- 
ciendo varios viajes á América, donde se halló en el sitio y saqueo 
de Cartagena en 4 de Mayo de 1697, del cual nos dice, que fué 
herido el gobernador de Santo Domingo M. Ducasse, que man- 
daba los filibusteros ; que la resistencia de los Españoles fué gran- 
de, y que aqaellos repartieron á mil pesos. 

El tercer tomo de la obra del cirujano Ollivier no es menos in- 
teresante que los anteriores , aunque no está escrito por él , sino 
agregado á aquella al imprimirse. Titúlase, Voy a ge a la Mer du 
Siid, par les Mihustiers , y, como en el primer caso, es su autor 
uno de de ellos , M. Ravaneau de Lussan , hijo de París , aunque 
por su nombre, y todavia más por sus hipérboles, pudiera creér- 
sele natural de Gascuña. Ofrece asimismo esta historia de ro- 
bos y de piratas la particularidad característica de estar dedicada 
al Ministro de Marina y Comercio de Francia, M. de Seignelay, 
sobrino de Colbert, asi como la de ir precedida de una certificación 
en forma del gobernador de Santo Domingo, M. Cussy, en la que 
hace constar que el Sr. Ravaneau de Lussan es «uno de los dos- 
cientos sesenta filibusteros que han vuelto á Santo Domingo, de 
los que pasaron al mar del Sur contra los Españoles.» 

Habia Ravaneau de Lussan hecho tres campañas en Flándes, ó 
al menos él lo asegura, sin provecho ni adelantos , y fuese por esta 
causa , fuese tentado de la codicia, se decidió á pasar á Santo Do- 
mingo. Aquí estuvo al servicio de un francés «el más cruel hom- 
bre del mundo » hasta que seducido por el ejemplo y lleno de deu- 
das , pues el Sr. Ravaneau tenia desmedida afición al libro de las 
cuarenta , se hizo filibustero. En calidad de tal asistió á la expe- 
dición de 22 de Noviembre de 1684, mandada por Lorencillo y el 
Vasco, contra las costas de Tierra-Firme, y luego á la gran expe- 
dición al mar del Sur, mandada por Grammont y Lorencillo, que 
duró tres años, — 22 de Abril de 1865, 8 de Abril 1868, — acerca de 



T LOS FILIBUSTEBOS. 27 

la cual da numerosos pormenores mezclados, como en la narración 
de Ollivier, con descripciones geográficas y estadísticas del país de 
no escaso interés. 

Dice Ravaneau y su relato lo prueba, que los Españoles de la 
mar del Sur no sabían servirse de las armas de fuego ; tan pro- 
funda era la paz en que en el siglo XVII vivían los descendientes 
de Almagros y Pizarros , hasta que los filibusteros fueron á tur- 
barla y á hacerles recordar el uso del canon y del mosquete. Del 
incendio de León y de Realejo, del saqueo de Pueblo- Viejo y Chí- 
riquíta, de la toma de la ciudad de Granada, de las disensiones 
y choques entre los filibusteros franceses y los ingleses , de las 
hambres que pasaron , de los que murieron á manos de los Espa- 
ñoles ó de los Indios, ó picados de víboras, ó comidos de caimanes, 
ó perdidos en los bosques y acosados del hambre dijimos ya algo 
en su lugar; pero el libro de M. Lussan contiene noticias prolijas, 
de mayor interés que una novela. En 50.000 calcula el autor el 
número de Españoles é Indios á quienes dieron muerte los filibus- 
teros en los tres años que duró la expedición , y en trescientos los 
hombres que perdieron los últimos. Los que sobrevivieron llegaron 
á Santo Domingo destrozados y pobres , pues no había diez de ellos 
que hubiesen conservado más de cincuenta pesos, habiéndose visto 
obligados á arrojar su preciosa carga en las marchas y fugas y gas- 
tado lo demás donde y como podían. Sólo M. Ravaneau, que sabía 
manejar las cartas, aunque él dice que era afortunado en el juego, 
y cuya educación era superior á la de sus groseros compañeros, 
logró hacer algún caudal , pero insignificante todo en compara- 
ción de los peligros y trabajos que habían sufrido, y todavía más 
de lo infinito que habían robado, saqueado y destruido . 



IX. 



Al concluir el siglo XVII , ya las mismas naciones enemigas ó 
rivales de España, despreciaban y aborrecían á los filibusteros, y 
reconocían la necesidad de limpiar de ellos los mares de Amé- 
rica. Sobre haberlos también empleado en sus guerras Ingla- 
terra contra Holanda y Francia contra Inglaterra , y sobre acon- 
tecer que los filibusteros no distinguieran entre amigos y enemi- 
gos , y trataran á unos y otros de la misma manera, habían ya 



28 EL COMERCIO DE AMÉRICA. 

advertido aquellas naciones , que siendo suyas casi en totalidad 
las mercancias que los filibusteros apresaban ó quemaban en lo» 
pnertos, no las convenia en manera alg-una favorecer y alentar 
sus empresas. Ya en 1683, habiendo Francia enviado á Santo Do- 
mingo dos Comisarios , MM. Saint Laurent y Bégon para que la 
informasen del estado de aquella colonia , y habiendo éstos pro- 
puesto que se tratara con blandura , ó que se alentara á los fili- 
busteros , el Conde de Blenac , después gobernador de la misma 
isla, se opuso resueltamente , calificando de disparatada la idea, 
porque la mayor parte del comercio de España con América era 
de géneros franceses, y se hacia por cuenta de los mercaderes de 
esta nación. 

Otra causa más poderosa que la repugnancia que iban inspi- 
rando los filibusteros , contribuyó á la desaparición de estos al 
comenzar el siglo XVIII. Poco á poco los Franceses habian ido 
estableciéndose en Santo Domingo, cultivando y poblando su fértil 
terreno. Al gobernador du Rossey, delegado por el de San Cristó- 
bal en la Tortuga, sucedieron los nombrados por la Compañía de 
América, d'Ogeron y Povancey ; tras de estos, Cussy y Ducasse 
lo fueron ya por el Gobierno de Francia , y su autoridad fué más 
respetada. Los filibusteros fueron convirtiéndose en colonos , á lo 
que ayudó la paz con España y la alianza íntima establecida en- 
tre ambas naciones desde 1701. Seis años más tarde, en lo más 
fuerte de la guerra de Sucesión , llegó por gobernador á Santo 
Domingo el Conde Choiseul de Beaupré, quien, juzgando que po- 
drían serle muy útiles para hacer la guerra á las posesiones in- 
glesas, se empeñó en restablecer los filibusteros. Tenia ya reuni- 
dos y preparados , aunque sin buques , buen número de ellos, 
cuando fué mal herido , y apresado su navio por los Ingleses á la 
vista de la Habana. Murió en 1711 , y le sucedió el Conde de Ble- 
nac, quien redujo á los filibusteros á aceptar tierras en Santo 
Domingo . La paz de Utrecht fué en extremo favorable á esta 
colonia, que prosperó y se extendió por territorio español conside- 
rablemente (1). 

Del siglo XVIII y del advenimiento de la Casa de Borbon al tro- 
no de España datan también las reformas verificadas en el sistema 
mercantil y colonial de nuestra patria, que aunque lentas y par- 

(1) Charlevoix, Historia de la Ida Española^ tomo II. 



Y LOS FILIBUSTEROS. 29 

cíales promovieron la resurrección del comercio y de la marina. 
Una de las primeras y más importantes filé la Real Cédula de 8 de 
Mayo de 1717 por la que se trasladaron á Cádiz los tribunales y 
oficinas que existían en Sevilla. En 1718 se concedió permiso «por 
término ilimitado» á las islas Canarias para comerciar con las In- 
dias, si bien fijando el número de toneladas que podria emplearse 
y repartiéndole entre dichas islas. En 1728 se creó la Compañía 
de Guipúzcoa, á la que se concedió que pudiese despachar regis- 
tros á la sola provincia de Caracas desde el puerto de San Sebas- 
tian. Mas al reinado de Carlos III corresponden las más importantes 
y más necesarias de dichas reformas. El Real decreto de 16 de Octu- 
bre de 1765 varió esencialmente el sistema seguido por más de 
doscientos años: fiíeron por él habilitados para el comercio con las 
islas de Cuba, Santo Domingo, Puerto-Rico, Santa Margarita y 
Trinidad los puertos de Cádiz, Sevilla, Alicante, Cartagena, Má- 
laga, Barcelona, Santander, la Coruña y Gijon, aboliendo los de- 
rechos de palmeo, toneladas, extranjería, seminario de San Telmo, 
visita, habilitaciones y licencias. Después se concedieron algunas 
otras fi*anquicias, y se establecieron los correos quincenales á la 
Habana, y por último en 2 de Febrero de 1778 se amplió la pri- 
mera concesión á los navios que se despachasen para Buenos Aires, 
Chile y el Perú, y en 12 del mismo mes se extendió el permiso á 
todas las Indias, habilitando para este comercio trece puertos en la 
Península, las Baleares y las Canarias. Sólo quedó excluido el co- 
mercio de las exentas provincias Vascongadas. Las flotas que- 
daron extinguidas, si bien continuaron los repartimientos de to- 
neladas hasta 1789 (1). Desde 1788 habían cesado los asientos 
para el comercio de esclavos africanos y los permisos concedidos 
á nacionales y extranjeros con el mismo objeto, declarándose 
libre este abominable tráfico y señalándose puertos para la intro- 
ducción. 

Estas medidas bien calculadas no bastaron para contener el con- 
trabando extranjero, aunque reanimaron algo el comercio nacio- 
nal. Careciendo España de industria, no era posible mantener 
aquella exclusión. La territorial prosiguió con vigor y fortuna 
hasta la guerra de la independencia de la América española. Hoy 
el único testimonio de afecto que los Españoles podemos dar á nuei- 



(1) Antunez Acevedo, Memorias históricas. 



30 EL COMERCIO DE AMERICA Y LOS FILIBUSTEROS. 

tros hermanos del Nuevo Continente es renovar la historia y recor- 
darles, que si España incurrió en errores y faltas políticas respecto 
de ellos, jamas les trató como á colonos sino como á Españoles; que 
participaron de nuestros males , pero disfrutando bienes que aqui 
apenas se conocian; y que, contrastando con esta conducta, los ex- 
tranjeros que tanto han calumniado la dominación de España en 
América y declamado contra ella, emplearon la mayor parte del 
siglo XVII en asolar aquel, arruinar el comercio, incendiar ciuda- 
des, exterminar pueblos civilizados , ricos y pacíficos para sentar el 
pié en aquellas regiones, protestando con las armas contra la ex- 
clusión sistemática de que eran objeto. 



Joaquín Maldonado Macanae. 



ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

EN EL SIGLO XVIL 



CAPITULO V. 

LITERATURA, CIENCIAS Y ARTES. 

De los muchos literatos ing-leses que florecieron en el reinado de 
Carlos II , pocos son los que han conseguido trasmitir sus nombres 
á la posteridad. Sus obras, que se componen en gran parte de poe- 
sías laudatorias ó escritos de circunstancias, murieron con la época 
que las vio nacer. 

El literato de la Restauración era un ser frivolo, egoísta y mer- 
cenario, sin verdadero amor á las letras, ni verdadera capacidad. 
Ocupábase con preferencia en dedicar odas á los principes , y sone- 
tos á las damas; inventaba charadas en las tertulias, y componía 
zarabandas en los saraos. Algunos se engolfaban en la poesía me- 
tafísica, por presunción ; otros se dedicaban al drama, á la novela 
y á traducir del francés : otros, en fin , y eran los más, pasaban la 
vida escribiendo folletos, pasquines y sátiras, que, de todos los gé- 
neros de composición, era el que mejor cultivaban. 

Entre los literatos de primera categoría podemos citar á Dry- 
den, el padre de los poetas, primer genio satírico de su época; 
Waller, poeta lírico , que , según Pope , era el más correcto de to- 
dos: Butler, que era comparado á Cervantes: Southern, purista de 
la lengua inglesa: Otway, Cowley, Sedley, Sackville, todos poe- 
tas : Lee, conocido por sus poesías orientales : Shadwell , que se 
alababa de escribir un drama en treinta dias : Wicherley, maestro 



32 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

teórico en el arte dramático : Settle, escritor político : Cronne, pe- 
dante en su leng^uaje, pero exacto en sus descripciones: en fin, 
Welmot y Buckingham, que pasaban por dos genios rivales en la 
agudeza. 

El café de Wills era el punto de reunión de estos literatos. Des- 
de la entrada se observaba el color popular que lo distinguía. El 
humo de las pipas, el sucio entarimado , el vestido poco curioso de 
los concurrentes , el confuso murmullo de mil voces que se dispu- 
taban la atención, todo, en fin, revelaba á primera vista el carác- 
ter distintivo de aquella sociedad. Allí asistían , como primeras 
notabilidades , el Conde de Dorset , condecorado con la Liga y la 
Estrella : el capellán Sprat , en traje de sotana : el clásico escritor 
Creech, vestido de bayeta , y el estudiante Otway, no mejor ade- 
rezado. En el centro del salón se veia sentado , junto á la chime- 
nea , como en sitio de preferencia, al famoso Dryden , poeta lau- 
reado y patriarca de las letras , emitiendo su opinión en alta voz 
sobre las obras de Boileau, Racine, Moliere, ó Shakespeare, con un 
tono doctoral que no admitía réplica. Rodeábanle una turba de 
seudo-poetas y literatos en ciernes , que disputaban á los verdade- 
ros hombres de ietras el honor de acercarse al grande ingenio, con- 
siderándose feliz el que merecía un consejo de su boca , una pal- 
madita en el hombro, ó un polvo de su dorada tabaquera. 

El literato, antes de darse á conocer , escogía su Mecenas entre 
los ricos señores de la corte, y le enderezaba una epístola laudato- 
ria para llamar su atención. Si tenía una mediana facilidad para 
escribir versos, empezaba por componer un anagrama, un epigra- 
ma, ó una canción obscena, con lo cual se captaba la voluntad del 
Monarca ; y ya aceptado como poeta , seguía por la misma senda 
adulando, mintiendo, vendiendo su pluma al más generoso , y di- 
sipando con sus compañeros el fruto de tan vergonzoso comercio. 
Una prueba de la servil adulación con que acataban los poetas á 
los que podían premiar sus afanes , está patente en los panegíricos 
de Waller y en las estancias de Dryden á Carlos II, escritos en que 
llaman Príncipe virtuoso, sano juicio, y defensor del protestantis- 
mo, á aquel Rey tiránico, irreligioso y disoluto por esencia, que 
cambió tres veces de religión , y que vendió á Luis XIV una parte 
de sus Estados para poder seguir manteniendo sus escandalosos 
vicios. 

Las obras que daban á luz aquellos privilegiados literatos, solían 



I 



EN EL SIGLO XVII. 33 

obtener premios exorbitantes , y esto era lo que más alentaba á los 
aspirantes, por poco capaces que fueran. Un epigrama grosero, 
una sátira envenenada, liacian la fortuna de muchos. Las nobles 
damas de la Corte rara vez se resistían al encanto de una declara- 
ción en verso. La Duquesa de Drogheda brindó con su mano y su 
fortuna al autor de una triste imitación de Moliere. Southern ven- 
dió su Principe Persa en 500 libras. Una sola representación del 
Caballero de Alsacia valió á Shadwell 130 libras. Los dramas de 
Dryden se vendían comunmente á 100 libras, y, á veces, en lici- 
tación pública. 

No era la literatura el único campo que espigaban los poetas. 
Traficaban con la religión y con la política ; y por cierto que na- 
die pensaba en vituperar la apostasia , porque la velan diariamente 
autorizada con el ejemplo de los Cecils, los Spencer, los Arlington 
y hasta del mismo Carlos II. Así sucedía que el literato era tan 
pronto ateo como católico , anglicano ó reformista. Unas veces le 
con venia cantar en público la fe protestante y vilipendiar el cato- 
licismo: otras, por el contrario, aseguraba que la Virgen María 
se le habia aparecido llamándole al seno de la verdadera religión: 
otras, en fin, siguiendo las nuevas creencias de la corte , se pre- 
sentaba en el teatro envuelto en una sábana blanca, empuñando 
una antorcha encendida , y recitando en verso profano su vuelta 
al mundo y á los placeres. West fué el héroe de esta última aven- 
tura , y parece increíble que pueda llegar á tal punto la degrada- 
ción del hombre. 

En política, el literato se jactaba de no ser juguete de ningún 
partido ; esclavo, sí , de quien mejor le pagaba. De este modo con- 
seguía vender pasquines , sátiras y calumnias contra el orador , el 
ministro ó el empleado público : y si el injuriado quería vengarse 
de sus enemigos , comprábale su pluma á mayor precio , y en el 
mismo instante el escritor tory se convertía en whig, blandiendo 
su lengua de víbora contra sus primeros protectores. 

En sociedad, el poeta sólo era comparable á la impura cortesana. 
Ambos vendían su honor por un puñado de oro , que malgastaban 
en el dia, seduciendo la una con la hermosura de su rostro; cauti- 
vando el otro con la afluencia de su musa. Pero luego que el tiem- 
po inexorable los derribaba del pedestal de la moda, trocábanse en 
espinas sus laureles; al vaivén de los placeres sucedía el infier- 
no de la miseria , y la muerte venia por fin á sorprenderlos en 

TOMO XVI. 3 



34 ESTADO OENBRAL DE INGLATERRA 

una triste buhardilla, ó en el lecho limosnero de un hospital. 

Esta comparación nos induce á recordar el nombre de una mu- 
jer célebre . que descollaba entre las cortesanas por sus aventuras 
romancescas , y se distinguía entre los literatos por su talento poé- 
tico. África fué el país de su primera juventud; África le dio sus 
ojos negros , sus cabellos de azabache , su corazón de fuego : Áfri- 
ca se llamaba. Decíase hija del General Johnson, pero en realidad, 
su nacimiento era un misterio impenetrable. Sus galanteos con el 
Principe Orvonosko , le dieron un inmenso prestigio en la capital 
de Inglaterra , donde se disputaban sus favores desde el opulento 
banquero hasta el mismo Carlos II. Su casa era el punto de re- 
unión de los más distinguidos literatos: Dryden, Southern, Welh- 
mot y Buckingham, todos corrían atributarle homenaje, unos 
dedicándole sus versos, otros pidiéndole amores. África triunfaba: 
gloria, amor , fortuna , ¿ qué más podía apetecer? Su vida era una 
orgia perpetua. Del lecho de los placeres pasaba á la mesa del fes- 
tín , y de allí , trémula y convulsa , corría á traducir los furores de 
su musa delirante. Así vivió envidiada de sus rivales; pero al fin, 
I pobre África! los anos vinieron á sumergirla en la desgracia. Su 
juventud se consumió en el volcan de las pasiones: marchitóse la 
flor de su hermosura: huyeron sus fementidos amantes: la veleido- 
sa fortuna voló tras un nuevo ídolo : la miseria, cubierta de hara- 
pos, le prestó un báculo para sosten de su vejez. jPobre África! 
ayer escribía poemas ; hoy importuna á sus amigos con humildes 
conmonitorios. Entonces distribuía limosnas; ahora se muere de 
hambre en un pobre desván. Sus novelas, sus dramas, sus traduc- 
ciones, no le valieron un socorro á la hora de su muerte. Su epi- 
tafio nos da á entender que todo murió con ella. — «Aqui yacen 
África y sus obras. Su muerte nos prueba que el genio no es in- 
mortal.» 

Hé aquí el último tributo que le pagó la ingratitud. 

Igual ó peor suerte cupo á muchos de los amigos de la poetisa. 

El autor de Venecia salvada murió, como ella, de hambre. Settle 
espiró en un hospital de monjes Cartujos. Dryden, Welhnot y 
otros , concluyeron su carrera entre horribles padecimientos del 
cuerpo y del alma . 

Otra tertulia frecuentaban también los literatos , que llegó á no 
tener rival en su clase , después de la muerte de África ; y era la 
de Hortensia Mazarino, mujer de imponderable belleza y de fina 



EN EL SIGLO XVTI. 35 

instrucción. En su casa se reunían, además del enjambre de poe- 
tas, que tanto hemos nombrado, otros muc'ios hombres eminentes 
en la política y en las ciencias : Vossius , Saint-E vremond, Buc- 
king-ham, personas, en fin de alguna reputación en la corte. Allí 
se discutía con más gravedad ; se trataban más á fondo las cues- 
tiones de literatura. 

La bondad de las lenguas era entonces materia muy manoseada 
en aquellos círculos. Unos proclamaban la superioridad del idioma 
castellano, que según ellos era el que más se prestaba á lo he- 
roico, á lo sublime y á lo patético; que reunía al sentimiento de 
la lengua árabe la majestad de la latina; que era, en una palabra, 
la lengua de Dios. Otros daban la preferencia al idioma francés, 
diciendo que era á la vez sencillo y grande, mientras el castellano, 
hinchado y retumbante, sólo servia para llenar la boca y agradar 
al oído. Esta última opinión fué la que predominó entre los críti- 
cos, y desde entonces se abandonó el estudio de nuestro idioma en 
Inglaterra, que siempre se había creído necesario á todo hombre 
de letras. Se decidió que era de mal tono el citar sentencias lati- 
nas, y en su lugar se introdujeron los galicismos con tal profusión, 
que á duras penas podían entenderse unos á otros en las socieda- 
des del gran tono. Y esto sucedía muy á menudo por la dificultad 
que han tenido siempre los Ingleses para pronunciar la lengua de 
sus vecinos; pero nada les arredraba en su nueva manía: «To 
smatter French ís merítoríous.» «El chapurrar el francés es ya 
cosa meritoria.» Así decían y sin piedad chapurraban. 

Los escritores franceses podían contar con censores en Ingla- 
terra si llegaban á faltarles en su país . Bossu , catedrático de be- 
llas letras en la Universidad de París, escribió un tratado sobre el 
poema épico, que llamó mucho la atención de los literatos del café 
de Wílls. Opinaba aquel que la Iliada era una fábula , que Homero 
compuso con el objeto de reconciliar los ánimos de los Griegos, 
divididos entonces en bandos políticos. Los Ingleses contestaban 
que ¿por qué, siendo así, escribió Homero su Odisea con intención 
contraría? O el argumento de Bossu era falso, ó bien Homero 
no podía ser autor de ambos poemas. 

Dividíanse entonces los literatos , así Ingleses como Franceses, 
en dos partidos opuestos que pretendían seguir diferentes escuelas: 
unos eran defensores de los clásicos antiguos, y otros imitabau y 
aplaudían á los escritores modernos. Chapelaín había agotado seis 



36 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

ediciones de su Pucelle , y esto era un triunfo para sus amigos. En 
la tertulia del gran Conde se comparaba este poema á la Iliada; 
n© pasaba noche sin que se leyeran las estrofas de Chapelain con 
aplauso de los tertuliantes. «¡Qué célá est beau!» decian. «¡Qué 
versos tan hermosos! En otras partes, por el contrario, no se podia 
tolerar la lectura del poema. — Qué fastidio! exclamaban. — «¡Qué 
célá est ennuyeux!» Boileau fué el campeón de Homero, y Perrault 
el defensor de Chapelain. La cuestión penetró en la Academia 
francesa. Boileau y Racine, abogando por los clásicos, hubieron 
de hacer frente al terrible Fontenelle que se habia declarado por 
los modernos; y sus argumentos , pasando de Paris á Westmins- 
ter, iban á ser de nuevo impugnados y defendidos por los literatos 
ingleses . 

Racine y Moliere eran la pesadilk de los autores dramáticos. El 
primero, que se dio á conocer como tal en 1660 , continuó sur- 
tiendo de dramas al teatro francés por espacio de diecisiete años. 
Fedra fué el último que compuso; y el público, juzgándolo infe- 
rior á sus anteriores producciones, lo silbó desapiadadamente: 
nuevo triunfo para los modernos. Los amigos del poeta clásico de- 
cían que Fedra era sin disputa el mejor de sus dramas ; sólo una 
pandilla de mercenarios pudo silbarlo con tan poco decoro. Sin 
embargo, los imparciales se adherían al partido que desaprobaba, 
y excusaban al autor diciendo «que el genio se oscurece con los 
años.» Desde entonces quedó sentado que Fedra era una composi- 
ción indigna de Racine; pero para ello mediaron de una parte y 
de otra disputas, diatribas y sátiras sin cuento. Cada uno de estos 
acontecimientos promovía entre los Ingleses una guerra literaria. 

Murió Moliere en 1673, y el clero de Francia le negó la sepul- 
tura. Este hecho produjo en Inglaterra una profunda sensación; 
tanto más, cuanto que entonces se afanaban los Ingleses por de- 
cretar leyes penales contra los católicos. Moliere , al decir de su 
esposa, merecía un altar, y el público la comprendía; pero aparte 
de los quebrantos domésticos de aquel hombre célebre, que cierta- 
mente lo hacían acreedor á otra recompensa, sus amigos no podian 
ver asi despreciados los restos mortales del gran escritor dramáti- 
co, del inimitable cómico á quien era deudora la Francia y la Eu- 
ropa toda de la regeneración de la comedia. Los comediantes in- 
gleses se resintieron de esta intolerancia del clero , porque sabian 
que los mismos que negaron sepultura á Moliere hablan anatema- 



EN EL SIGLO XVII. 37 

tizado á Barón. Este célebre actor inglés servia de modelo á los 
mismos oradores sagrados, que ocultos tras las celosías de los pal- 
cos escénicos estudiaban, sin ser vistos, su gesto y entonación; 
pero esto no era un obstáculo para que luego lo censurasen y con- 
denasen desde el pulpito 

Los literatos ingleses , siguiendo las huellas de los de Francia, 
tuvieron también en esta época sus guerras intestinas , sus rivali- 
dades; tuvieron que luchar con la envidia de los ignorantes y con 
el despotismo de los sabios. Dryden, como hemos dicho ^ era el cen- 
tro de toda autoridad literaria; el presidente perpetuo que dirigía 
las discusiones por la senda que más le convenia; el juez , en fin, 
que allanaba con su fallo todas las dificultades. Sus émulos empe- 
zaron por desentenderse de esta supremacía. El libre-exámen, la 
disputa razonada, la envidia y la malicia se reunieron para com- 
batir al gran poeta y derribarlo de su encumbrado trono. En los 
salones de Wills, de África y de Hortensia Mazarino empezaron á 
agitarse los innovadores , los enemigos de la escuela antigua y de 
toda reputación literaria: tales eran Buckingham, Settle, Willmot, 
Shadwell y otros. Dryden, como poeta laureado, recibía una pen- 
sión de 100 libras anuales; y en esto, al par que en su talento, es- 
tribaba su autoridad, siendo el poeta de oficio, cuyas obras repre- 
sentadas en la corte, sallan luego al público con una reputación 
ya hecha. Resuelta, pues, la guerra, Settle salió el primero á cam- 
paña y compuso un drama titulado La Emperatriz de Marruecos. 
Buckingham, que era á la sazón primer Ministro, ofreció hacerlo 
representar en la corte; y obrando así, se creia que Dryden, resen- 
tido al verse desairado por un advenedizo , baria dimisión de su 
empleo. Pero no fué asi. El poeta, despreciando la intriga, se dis- 
puso á combatir á sus amigos con las armas que le eran propias. 
Hasta entonces, su talento satírico habla estado oculto: la ocasión 
oportuna se le presentaba para darse mejor á conocer y hacer tem- 
blar á sus enemigos. 

La política supo aprovecharse de esta guerra literaria. Los inno- 
vadores, capitaneados por Buckingham, se bautizaron como whigs 
ó liberales rabiosos; y Dryden, que recibía mercedes de la corte, 
se alistó entre los conservadores ó torys. Entonces , mojando su 
pluma en el veneno de Boileau, dio á luz su famosa sátira Ab salón 
y Arckitopel, que aún hoy se considera como la primera de las 
modernas. En ella llama rebeldes á aquellos de sus discípulos que 



38 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

aún no habían aprendido lo bastante para salir de su primitiva 
estupidez y ya volvian las armas contra sus maestros. Buaking-ham, 
bajo el nombre de Zimri, y Settle, bajo el de Doeg", son los que 
más experimentan la furia de sus golpes. Juzgue el lector de la 
mordacidad del poeta por las siguientes lineas que traducimos sin 
pretensiones. Habla de Shadwell, y dice asi: 

* Maduro ya en estúpida experiencia, 

Shadwell tan sólo, entre mis torpes hijos, 
Ajeno se mantiene á toda ciencia. 



Algunos suelen en escritos varios 
Tratar de decir algo que se entienda; 
Pero Shadwell jamas mudó el lenguaje 
Ni al sentido común rindió homenaje 

El efecto que produjo esta publicación fué maravilloso. Todos 
querían poseer un ejemplar de la obra. No hubo aldea en Ingla- 
terra, donde no se leyeran con aplauso aquellas satíricas semblan- 
zas. De este modo consiguió Dryden acallar* por algún tiempo la 
rebelión de sus compañeros. Animado con su triunfo, los persiguió 
por mucho tiempo sin misericordia. No le bastaba herirlos de 
muerte; quiso dejarlos exánimes, maldecirlos, y pronosticarlos un 
triste porvenir. Y se ha observado que las predicciones de Dryden 
se cumplieron en muchos casos con fatal exactitud. Settle, conde- 
nado por él á escribir sainetones para los cómicos de feria, y á ha- 
cer el papel de payaso ambulante, se vio en efecto reducido á esta 
cruel extremidad; sin embargo, nc por eso concluyó la pugna li- 
teraria. 

Uno de los géneros de literatura que más cultivaban los Ingle- 
ses, era el dramático. Asomaba también de vez en cuando alguna 
novela satírica á imitación del Quijote, como el Hudibras de 
Butler; ó un poema metafísico, como las odas de Cowley; pero es- 
tas obras no caracterizan la época que estamos describiendo. El 
drama era para unos, instrumento político y de venganza; eratam 
bien un campo de batalla para los que aspiraban á conquistarse 
un nombre y fama postuma Nació en España con Calderón, pasó 
allende los Pirineos, recorrió gran parte de la Europa, y fué, por 
último, á descansar en la patria de Shakespeare, pero ya desnatu- 
ralizado y corrompido. Entre nosotros se llamó comedia heroica; 
los Ingleses le llamaron keroic drama j y hoy día, si viviera con su 



EN EL SIGLO XVII. 39 

antiguo carácter, le llamariamos drama romántico. Tal se le con- 
sideraba en Inglaterra. 

El keroic drama era un poema absurdo é inverosímil, sin uni- 
dad en sus partes, ni exactitud en los caracteres. En él los héroes 
eran verdaderos monstruos, que se formaban una idea extrava- 
gante de la heroicidad, y que animados de pasiones injustificables, 
marchaban atropellándolo todo, en busca de un desenlace para el 
poeta. No asi nuestra comedia heroica, que con todos sus vicios 
y extravagancias tenia originalidad en los caracteres, rasgos de 
generosidad, pasión y movimiento. Parécenos que al copiar á Cal- 
derón, Dryden le tomó al vuelo sus defectos sin comprender sus 
bellezas; lo cual hubiera evitado, si en vez de imitar al Francas, 
hubiera estudiado el original en España. El drama llegó, pues, á 
ser una mezcla de lo trágico y de lo heroico, donde siguiendo los 
pasos de una perniciosa exageración, se convirtió el amor en pa- 
sión, la pasión en incesto y adulterio, y el heroísmo en suicidio ó 
asesinato. Las expresiones de que se valian los poetas para califi- 
car estos hechos eran tan inexactas, que á duras penas podemos 
combinar la gravedad de los unos con el sentido incierto de las 
otras. Mas no es esta ocasión de censuras literarias. Por lo demás, 
cualquiera de los dramas ingleses de aquella época, podrá satisfa- 
cer al lector acerca de la justicia de nuestras observaciones. 

Pero el romanticismo chocaba abiertamente con la Índole de la 
sociedad inglesa, y de aqui era fácil preveer que su preponderan- 
cia no seria duradera. El público, en efecto, empezó por admirar 
lo que no comprendía, y concluyó por fastidiarse con tanta extra- 
vagancia. El carácter de los Ingleses se prestaba á la inmoralidad, 
á los vicios; pero no á los grandes crímenes ni á las pasiones vio- 
lentas. Comprendían el adulterio y la avaricia: el puñal y el vene- 
no causaban horror; nada más que horror. 

Dryden era el jefe de la escuela romántica. Butler, Clifford y 
el capellán Sprat, sobresalían en el bando contrario, á cuyo frente 
se hallaba el infatigable Buckingham. Según éste, nada era más 
antipático al carácter de los hombres, en general, que aquel es- 
túpido sentimentalismo, morador de los sepulcros, que no halla- 
ba más medios de felicidad que el suicidio y el asesinato. ¿Quién 
Bo se cansa, decía, de escuchar los interminables arrullos de dos 
amantes selváticos, y las quejas importunas de un misántropo ena- 
morado? El público, anadia, está mejor dispuesto para la risa que 



40 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

para el llanto: sigamos, pues, la senda de Cervantes y el drama 
romántico se hundirá para siempre. Buckingham conocía bien el 
espíritu de su siglo. En tiempo de Isabel Tudor, hubiera sido in- 
sensato el hablar de aquella manera; pero en la Corte de Car- 
los II era un simple visionario el que usaba otro lenguaje. Dryden 
tal vez lo conocía; pero ciego con sus triunfos y con la protección 
del Monarca, sólo pensó en hacer de nuevo frente á sus enemigos, 
que esta vez, al menos, salieron vencederos. Y en efecto, animados 
aquellos literatos por su misma emulación, pusieron en escena el 
año de 1671 la pieza cómica titulada el Rehearsal (el ensayo), 
cuyo objeto era ridiculizar los vicios del romanticismo. El público 
ansioso ya de novedad, la acogió con entusiasmo; los innovadores 
fueron aplaudidos, y el drama heroico desapareció de la escena. 

Remplazóle la comedia de costumbres. Moliere sucedió á Raci- 
ne. De modo que el teatro ingles no ganó nada en punto á origi- 
nalidad. Argumentos, costumbres, estilo, y hasta las decoraciones 
y vestuario, eran copias y traducciones del teatro francés. Del Mi- 
santrope salió el Plain Dealer; del Tart%ffe,*ú HipocrUyoi Non 
juror. Lecole des femmes, sirvió de modelo al Country Wife y al 
Country girl: Le medecin malgré lui, al Mbck Doctor; Z'Avare 
al Miser; y Lesfourberies de Scapin se tradujeron The cheats of 
Scapin . Ya no se pensaba más que en dichos agudos, juegos de 
palabras y expresiones de doble sentido. Pero la lengua inglesa no 
se prestaba tanto como la francesa á las sales cómicas; y de aquí 
era que un chiste picante de Moliere, se convertía en una verda- 
dera grosería trasplantado al teatro ingles. Así fué con el tiempo 
degenerando la comedia hasta caer en la obscenidad más desenfre- 
nada, como puede verse por las producciones de Willmot, Middle- 
sex, Sedley, Etheredge y otros muchos. En ellas aparece siempre 
el vicio triunfante y la virtud en derrota; se ataca abiertamente el 
matrimonio, y se predica la inmoralidad, poniendo en boca de las 
damas expresiones indecorosas, que no usaría ciertamente el galán 
más libertino en nuestros teatros. A veces los mismos actores se 
escandalizaban de los desbarros del poeta. La Maravilla de Cen- 
tlivre causó tan mal efecto entre los cómicos, que uno de ellos, 
Wílks, confesó que no se atrevía á desempeñar su papel; y más 
tarde, cuando el mismo autor escribió su Entrometido, toda la 
compañía cómica se negó á ponerla en escena, fundándose en que 
el público no podría tolerar tantas desvergüenzas. La censura solía 



EN EL SIGLO XVIÍ. 41 

condenar muchas de aquellas producciones; pero como el mal no 
estaba en uno ni en muchos escritores, sino en todos ellos, se veia 
precisada á transigir con el mal gusto de la época. Por otra parte, 
bórrese de las citadas comedias la parte escandalosa, y quedarán 
reducidas á la nada. Urfey, aquel lúbrico poeta, amigo de Car- 
los II, no consiguió jamás dar al público una sola comedia suya, 
porque, según él decia, la censura las despojaba de todas sus gra- 
cias. No encontramos en toda aquella época un autor dramático 
que perteneciera á la escuela moralista. El mismo Dryden, que era 
el menos impuro de todos, disculpaba los deslices de su pluma di- 
ciendo; — «Más disparates escribió Fletcher que yo.» 

La comedia de costumbres cedia algunas veces el puesto al dra- 
ma de gran espectáculo , especie de mamarracho que el público 
acogía con suma benevolencia , porque le deslumhraba el ver re- 
yes y emperadores en la escena , batallas campales , pomposas de- 
coraciones, todo lo que fuese ruido , confusión y movimiento. De 
este género eran La Emperatriz de Marruecos, de Settle ; La des- 
trucción de Jerusalem, de Crowne; El Principe persa, de Sou- 
thern, y El sitio de Rodas, de D'Avenant. Allí sallan á relucir las 
lentejuelas y el papel dorado; llenábase el escenario de vistosas 
comparsas , habia sangrientas refriegas , chocábanse las espadas, 
sonaban los timbales, y morian los guerreros lo más naturalmente 
posible. Estas escenas causaban gran entusiasmo entre los espec- 
tadores , así es que á cada paso habia tajos y mandobles ; y como 
en tales lances suelen también poseerse los actores mismos , con- 
vertíase la fingida batalla en un verdadero apaleo. En el Mustafá, 
sale aquel príncipe defendiéndose de sus genízaros, que inten- 
tan asesinarle. Muchos son ellos, pero el valor de un principe 
vale por todos ; y eso se propone demostrar el poeta, mandando ex- 
presamente que no concluya la escena hasta que no quede vivo un 
solo genízaro. La cuestión es de paciencia y nada más, Mustafá la 
emprende con tesón : vence después de combatir media hora , y sa- 
le del foro sudando á mares. — En estos casos, era indiferente que 
el actor se expresase bien ó mal , pero muy importante que accio- 
nase con toda la verdad posible. Si le tocaba, por ejemplo , morir 
de una cuchillada , debia tener á mano algún licor rojizo para que 
viese el público que habia sido de veras ; porque la regla era caer 
bañado en sangre , «bathed in blood. » 

Otras veces el teatro se convertía en palenque político, y entón- 



42 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

ees el escándalo era indescriptible. Los poetas «whigs» (liberales) 
sallan a la escena para decantar sus doctrinas , y los católicos y 
protestantes se presentaban al público del mismo modo para apos- 
tatar de sus creencias religiosas. Esto se ejecutaba leyendo una 
composición, un epilogo alusivo al caso; y el público, tomando par- 
te ya por unos , ya por otros , pedia alternativamente la sangre de 
los católicos , de los quakeros , de los puritanos , liberales ó con- 
servadores. Figúrese el lector una asamblea revolucionaria, un 
circo romano , donde la plebe , enconándose contra las víctimas, 
gritaba con furor ; j Cristianos á los leones ! Afortunadamente la 
justicia no estaba en manos de los alborotadores ; pero todo esto 
contribuía á agriar el ánimo del pueblo contra los católicos y disi- 
dentes , que aguardaban su triste suerte en las prisiones del Es- 
tado. 

Respecto de la tragedia, debimos decir que murió al mismo tiem- 
po que la comedia heroica. El inmortal Shakespeare, interpretado 
tan fielmente por el célebre Bitterton , fué destronado , expulsado 
del teatro de Drury Lañe, y sustituido porFletchery Beaumont, con 
beneplácito del público. Pepys , cuyo criterio era tenido en mucho, 
decia , hablando de Shakespeare : « que conocía muy pocos dramas 
»que fuesen inferiores al Macbeth^ y que no encontraba en toda 
»aquellaobra tres versos que valieran los del MatdenQueen de Flet- 
»cher. » Para poner en escena alguno de los dramas de Shakespea- 
re , se creia forzoso corregirlos y adaptarlos al gusto moderno ; y 
así fué como el Tempest logró reaparecer refundido por un litera- 
to y un empresario de teatros: Dryden y D'Avenant. Esta correc- 
ción es la que corre hoy dia ; y en cuanto al original, está sepulta- 
do en algunas ediciones antiguas , que son más raras y preciosas 
cada dia. 

Por lo que llevamos dicho, puede inferirse que si bien abunda- 
ban en aquella época los autores dramáticos , era escasa la origi- 
nalidad, y muy raros los talentos. No hay un período en todo el 
siglo XVII , ni aun en los anteriores , en que hayan salido á luz 
mayor número de dramas. Dryden compuso 18, Shadwell 14, 
África 14, Sedley 7, Otway 10, sin contar los de Etheredge, Sher- 
burne, Southern, etc. etc. También es forzoso declarar que nunca 
se escribió peor , y por eso los nombres de aquellos literatos han 
caído en un justo olvido. Sus producciones , como dijimos al prin- 
cipio de este capítulo , murieron con la época que las vio nacer. 



EN EL SIGLO XVII. 43 

Hoy dia sólo llamarian la atención por la obscenidad que las ca- 
racteriza. 

La causa de la decadencia del drama en Inglaterra, creemos ha- 
berla apuntado suficientemente al señalar las que produjeron la 
corrupccion de las costumbres. La literatura extranjera se habia 
entrometido en aquel país remplazando á la nacional , del mismo 
modo que el lenguaje , usos y modas de la Francia cambiaron por 
completo el carácter de los Ingleses. Moliere era, sin duda , un 
buen modelo que imitar , pero no lo imitaban : copiábanle sus de- 
fectos, exageraban su liviandad, y de aquí la bastardía délas obras 
literarias. Por otra parte, no cabe duda en que el público contri- 
buye, con el actor y el autor, á la formación del arte dramático. 
Atenas debió crear á Sófocles y Aristófanes : Paris á Racine y á 
Moliere ; y si estos autores hubieran nacido en Esparta ó en Mos- 
cow, probablemente hubieran vivido oscurecidos. Pero esta ilustra- 
ción que preconizamos , no es la que proviene de una civilización 
corrompida é ilegitima , como lo era la inglesa. En efecto , el pú- 
blico que asistía á los teatros de Londres era ilustrado , escogido, 
aristocrático, porque el verdadero ' pueblo los aborrecía. Y esto 
causó en gran parte la muerte del drama original , pues que la 
depravación del gusto se hallaba precisamente en las clases altas. 
No sucedía lo mismo en el teatro francés, donde el auditorio, com- 
puesto en su mayor parte de artesanos , tenia el sello de la nacio- 
nalidad, y era por naturaleza inteligente. 

Hemos dicho que el hombre del pueblo en Inglaterra aborrecía 
el teatro , y la causa de este desvio tenia su origen en el fanatis- 
mo religioso. Decíase que la Opera era importación de los papis- 
tas, asi como la Comedia y el Ballet eran invenciones de los corte- 
sanos de Luis XIV, á quien llamaban el tirano de Europa. El pu- 
ritanismo que se habia introducido entre la plebe , exagerando es- 
tas ideas hasta el fanatismo , cambió aquella animosidad en odio 
irreconciliable. Actores y poetas, cantantes y bailarines, todos 
participaban del anatema: todos eran ateos. En la época d^ Sha- 
kespeare, esto es, en la más gloriosa para el teatro inglés, el ilus- 
tre Hampden llamaba «prostituta notoria» á la mujer que salia á 
la escena pública , y condenaba á la execración del pueblo al poe- 
ta que compusiera un drama. Quedaba , pues , el teatro para la no- 
bleza, para los literatos y los elegantes. Sin ellos, ciertamente qu^ 
hubiera en aquel país desaparecido el arte de Thalía. Llegó á ser 



44 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

cosa de buen tono el patrocinar á los artistas. Todo actor ó autor 
que conseguía distinguirse , podia contar desde luego con la pro- 
tección de un opulento Mecenas. El Rey mantenía á su costa 
una compañía dramática; el Duque de York sostenía otra; el Conde 
de Plymouth protegió á Otway; el de Dorset á Betterton; Sir Este- 
ban Fox á Susana Centlívre; la bailarina Davies y la cómica Molí, 
fueron favoritas de Carlos II y de su Ministro ; y la célebre trági- 
ca Miss Ti ves, debió mucho de su reputación al príncipe Ruperto. 
Dos teatros contaba Londres en el tiempo que vamos describien- 
do. Durante la revolución, la rigidez de los principios puritanos 
no admitía este público pasatiempo ; pero apenas asomó el año de 
1660, volvieron los aficionados á ocuparse de ellos con calor. Pi- 
dióse y fué otorgada licencia para abrir uno en el reñidero de ga- 
llos de Drury Lañe ; y allí reaparecieron los dramas de Shakespeare 
con los de Fletcher y Beaumont. Pero pronto se echó de ver que 
aquel miserable anfiteatro era indigno de una capital que quería 
rivalizar con París y Versalles. Fabricáronse, pues, dos nuevos tea- 
tros; uno en Drury Lañe, que es el que hoy* existe, y otro en Lí- 
eoln's Inn Fíelds. Se les decoró y habilitó con lujo, á la manera de 
Francia, para lo cual, el empresario D' Avenan t y el actor Bítterton 
pasaron á aquella corte á estudiar las mejoras que se habían intro- 
ducido en el ramo. Así pudo el pueblo inglés admirar por primera 
vez las escenas movibles, las decoraciones adecuadas, el costume 
italiano, la orquesta y otras varías cosas indispensables hoy día en 
el más miserable teatro, pero que aún no se conocían en Inglater- 
ra. Una de las novedades que más sensación causaron , fué el ver 
desempeñados por mujeres los papeles propíos de su sexo, que 
hasta entonces habían sido ejecutados con harta impropiedad por 
niños. Con éstas mejoras vinieron otras que eran consiguientes, 
como el lujo, la etiqueta, el buen comportamiento de los especta- 
dores. Tiempos atrás, el auditorio que iba á admirar el ingenio de 
Shakespeare, se componía de gentes de todas clases, confundidas 
sin orden ni distinción, que aplaudían ó silbaban interrumpiendo; 
y que reñían á puñadas, ó arrojándose cascaras de nueces y na- 
ranjas, cuando no estaban acordes sobre el mérito del drama. Tam- 
poco se usaba descubrirse durante la representación, y muchos se 
tendían á lo largo en los bancos, fumando la pipa y conversando 
familiarmente con sus amigos. Pero todas estas malas costumbres, 
se reformaron por medio de una policía interior, bien dirigida al 



EN EL SIGLO XV!I. 45 

principio, si bien se hizo después harto molesta, por la necia com- 
postura que se exigió de los concurrentes. 

Drury Lañe era el principal y más concurrido de los dos teatros 
que hemos nombrado. Alli reinaban; Dryden como autor dramá- 
tico, D' Avenant como empresario, y Bitterton como actor trágico. 
Este último habia adquirido una inmensa reputación por su in- 
disputable talento en el arte de la declamación. Cuentan que, en 
sus principios fué Bitterton un pobre dependiente de un librero. 
Su amo, que veia su afición á la tragedia, lo animaba al estudio 
facilitándole cuantas obras poseia; hasta que en 1660, viéndose el 
librero con un empleo en la guardaropia del teatro, consiguió in- 
troducirlo en la compañía dramática , abriéndole de este modo las 
puertas del porvenir. Pero la naturaleza quiso sin duda cortar las 
alas á su ingenio, dotándole de un físico horroroso ; pues era pe- 
queño y contrahecho, ancho de espaldas y endeble de piernas, de- 
forme de pies y manos, y tenia sobre todo un eco de voz en extre- 
mo desagradable. Pero Bitterton supo hallar el equilibrio de sus 
defectos. Ensayando su voz constantemente con la ayuda de un 
instrumento sonoro, llegó á adquirir una entonación subida que no 
le era natural, pero que sorprendia por esto mismo más á los que 
le conocían. Estudiaba las posiciones que podian producir más efec- 
to, disimulando la fealdad de su persona. Todo era artificio en 
aquel segundo Esopo ; y sus trabajos fueron merecidamente pre- 
miados, porque llegó á ser el primer trágico de la Europa del Nor- 
te. Sus admiradores le aplaudían sobre todo en su ejecución de los 
dramas de Shakespeare. Cuando Hamlet, trémulo de pavor ante la 
sombra de su padre, esclamaba: 

iiAngels and ministers oí grace, defend us! 
iiBe thin a spirit of health or goblin damn'd, 



entonces se echaba de ver el talento histriónico del actor. El color 
naturalmente sanguíneo de su rostro, se trocaba por la palidez de 
la muerte ; sus ojos se desencajaban ; sus labios se vestían con la 
púrpura de la violeta ; su lengua parecía querer pegarse al paladar: 
y sus amigos, aun aplaudiéndole, temian de buena fé por su vida. 
Ya que hablamos del teatro, justo nos parece dedicar algunas 
lineas en favor de un grandioso espectáculo que acababa de ser in- 
troducido en Inglaterra. Hacia poco más de medio siglo que los 
Venecianos habían dado á conocer la ópera en las cortes europeas, 



46 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

con general aprobación. Voltaire , que fué uno de sus entusiastas, 
decia, que para que la ópera fuese una ilusión dichosa y completa, 
era preciso construir teatros á propósito, donde al par del aparato 
escénico se admirasen los ingenios del pintor y del arquitecto, 
«porque la ópera, decia, es un palacio encantado donde reinan la 
»pintura la poesía, las artes, el baile y la música; donde todo 
»conspira para ofuscar nuestra vista y cautivar nuestro corazón.» 
En Venecia , Ñapóles , Roma , Paris y Madrid, se gozaba ya de este 
espectáculo; pero los Ingleses, aunque seducidos por las descripcio- 
nes de los dilettantiy no se atrevieron á introducirlas en su escena, 
porque el público en general lo consideraba como perjudicial á la 
religión y á las costumbres. Los actores dramáticos, por convenien- 
cia propia, se declararon en guerra abierta contra los músicos, y 
decian, que aparte de ser una diablura católica, la ópera pecaba 
en lo sublime del ridiculo, pues nada era en efecto más extrava- 
gante que el cantar arias en el momento de la muerte, y bailar 
medio desnudo al derredor de las tumbas. Habia, según ellos, algo 
de infernal en aquellas danzas y cantares , y sobre todo en aquel 
idioma particular de los Romanos que los Ingleses no podian com- 
prender. Fácil es presumir que todos estos cargos, partian prin- 
cipalmente del clero protestante , pero en vano luchaban con el es- 
píritu del siglo. La opera se introdujo finalmente en el teatro in- 
glés, con la sola condición de que se cantara en el idioma del país. 
Psiché fué la primera que se compuso, siendo sus autores Shadwell 
y Lock, el primero de la letra y el segundo de la música. El año 
de su ejecución fué el de 1673, el mismo en que el gran Moliere 
exhalaba su último suspiro. 

Como era natural , la música inglesa estaba entonces en el pri- 
mer periodo de su vida : en el estado de barbarie , como decia el 
célebre organista Purcell. No se cultivaba más género que el sa- 
grado, ni estaban en uso otros instrumentos que el órgano. La gui- 
tarra y el violin sólo ocupaban la atención de la gente frivola, pues 
la música que componían Gibbon y Lock para estos instrumentos, 
eran madrigales, pavanas, zarabandas y coplas menores, muy 
buenas para el dilettante de los salones, ó para los músicos de calle. 

La música italiana se distinguía entonces por su majestuosidad 
y dulzura, y la francesa por su ligereza y aire coplista. Imitando 
las bellezas de la una y eludiendo los defectos de la otra, se conse- 
guirla formar una escuela nacional que superase á todas ; y éste 



EN EL -SIGLO xvn. 47 

era el gran proyecto de Purcell, que como hemos dicho era un há- 
bil organista de la abadía de Westrainster. Pero Purcell juzgaba 
del genio de sus compatriotas por el suyo propio : sin que tampoco 
se pueda asegurar que su talento para componer Motetes, Te 
Deums, Jubilates y Antífonas, fuera capaz de abarcar un género 
nuevo profano, y que tanto se diferencia de la improvisación sa- 
grada. El público de Londres no tenia preparados los oidos para la 
música de ópera. Los cortesanos que no hablan oido más conciertos 
que los que formaban los 48 violines de la capilla real de Versa- 
lles, no concebían que lo que llamaban Orquejsta fuese superior á 
aquellos. El mismo Dryden, queriendo dar su voto en lo que no en- 
tendía, dijo que la nación inglesa no producirla nunca un músico 
como el francés Grabut, que era en realidad un artista adocenado, 
é inferior á Purcell por todos conceptos. Pero tal era la ignorancia 
de los Ingleses en punto á música , que ni siquiera hacian caso de 
nuestros compositores del Mediodía. 

El Napolitano Scarlatti era entonces el asombro de los Españoles 
é Italianos. Discípulo del Conservatorio de San Onofre, en Ñapóles, 
instituto debido á la munificencia de- los Vireyes de España, Scar- 
latti fué un genio superior, y sin rival en su época, amigo de la 
Reina Cristina de Suecia, que lo creó caballero, y patrocinado por 
los más distinguidos personajes de la Europa culta: él fué el inven- 
tor de los Rittornelli y de los Dacapo\ compuso durante su vida 
100 óperas, 200 misas y un sin número de canciones y piezas suel- 
tas que ascienden á más de 3.000. Purcell lo tomó por modelo en 
su género, y consiguió, según los inteligentes, serle superior en 
punto á armonía y expresión. Pero la Inglaterra fué para él un 
campo estéril, una prisión en que murió su ingenio,, sin haber lo- 
grado extender sus alas. 

Con la Opera vino el Ballet, que tomó el nombre de «comedie- 
ballet» cuando la pieza que le antecedía era un drama; y «ópera- 
ballet >> cuando servia de epílogo á un melodrama. El primero era 
simplemente una pantomima, y el segundo una especie de opereta 
ó tonadilla donde se cantaba, se recitaba y se bailaba alternativa- 
mente. 

Pero ya es tiempo de que volvamos á tomar el hilo de nuestra 
narración. Hemos querido pintar el cuadro de la literatura ingle- 
sa, á mediados del siglo XVII, presentándolo á la vista del lector 
como un extenso panorama. Para ello hemos sacrificado necesa- 



48 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

riamente los primores del colorido á la exactitud y complemento 
de los detalles. Réstanos ahora describir el estado de las ciencias 
y de las artes; materia delicada y digna de pluma más erudita 
que la nuestra, pero que el carácter y proporciones de nuestra 
historia nos dispensan de tratar con la profundidad que se merece. 

La revolución política de 1640 descubrió, con el ímpetu de sus 
sacudimientos, un abismo profundo, donde quedaron sepultadas 
las ciencias por espacio de 28 anos. Si exceptuamos á Newton, cuya 
celebridad pertenece á una época posterior, no encontraremos uno 
sólo entre los 200 Académicos del « Royal Society » que pudiera 
rivalizar por sus conocimientos científicos con los sabios de París 
y de Florencia, ó con los muchos Jesuítas eminentes que en Espa- 
ña y en todo el continente se conocían. Cuando la política absorbe 
los ánimos, la filosofía permanece como un ídolo solitario, elevado 
sobre su pedestal, pero sin incienso ni adoradores. 

Llegó el año de 1660; la Restauración sucedió á la Revolución. 
Entonces empezó á desarrollarse la idea de crear sociedades cien- 
tíficas. Ñapóles había dado el ejemplo á mediados del siglo XVI, y 
á imitación suya fundó Roma la Academia de Lyncci en 1609; 
Florencia, la del Cimento, en 1657 ; Madrid y Viena, las de «Na- 
tura Curiosorum,» en 1652; París, TAcademie des Sciences, en 
1666; y Londres fundó su Royal Society, en 1660. Pero el espíritu 
científico cambió de objeto y de tendencias; la filosofía moral cedió 
el puesto á la natural. Galiléo, Rípler y Ticho Brahé, fueron los 
patronos de la ciencia favorita. 

La Sociedad científica de Londres se componía, como hemos di 
che, de 200 miembros, entre los cuales podemos citar con alguna 
distinción á Wallis el matemático, Wren el arquitecto, Wilkins, 
literato; Petty, economista; Boy le, físico; Ward, astrónomo: con 
Goddard , Bathurst, Rooke, Evelyn, Neíle, Crowne, y otros muchos 
que contribuyeron con los primeros á la fundación de aquel insti- 
tuto. Su objeto fué «procurar, por medio de la mutua cooperación. 
»el adelantamiento de la nueva filosofía,» esto es, de la filosofía 
mecánica ó físico-matemática, en la que estaban comprendidas la 
química, la medicina, la geometría, la astronomía, la mecánica, el 
magnetismo, la navegación, la ñsica experimental y la economía 
ó aritmética política. Se declaró que las cuestiones políticas y teo- 
lógicas eran ajenas al objeto de la Sociedad, y que en prueba de 
ello, serian admitidos en su seno, como socios de número y de mé- 



KN EL SIGLO XVII. 49 

rito, todos los sabios del continente sin distinción de secta ó patria. 
Las formalidades requeridas para la admisión de un socio, consis- 
tian en una votación secreta , si el aspirante era noble, y en un 
severo escrutinio, además, si era plebeyo ó poco conocido. Con 
objeto de hacer públicos sus trabajos, redactaban los socios un 
periódico titulado PhüosopMcal Transactmis , y asiconseg-uian, no 
sólo extender los conocimientos del saber humano, sino rectificar 
sus propios errores, abriendo el campo de la discusión general. 
Hooke se dio entonces á conocer, por ser el redactor en jefe de 
aquella publicación,. Los extranjeros distinguidos podian presen- 
ciar las sesiones de la Sociedad, y aun á veces solia concederse 
igual favor á las señoras de la alta nobleza, que, como la erudita 
Duquesa de Newcastle, no tenian más impedimento que su sexo 
para pertenecer á una academia de ciencias. 

El establecimiento se sostenía con los productos del Hospital de 
Chelsea, y con las cuotas que satisfacían los socios, que eran por 
cierto insignificantes, pues no pasaban de 30 rs. las de entrada, ni 
de 5 rs. las mensuales. Pero en cambio llovían los donativos. El 
Conde de Arundel dotó á la Sociedad con la rica biblioteca que sus 
abuelos hablan comprado á Corbino, Rey de Hungría. M. Colwell 
legó en su favor un museo de historia natural. El Instituto de 
Gresham le cedió sus salones, que ocupaban toda el ala izquierda 
del piso principal de la Bolsa; y además puso á disposición de los 
socios su gabinete de física y su laboratorio de química. 

Asi consiguió la Sociedad científica de Londres inaugurar sus 
tareas con cierto esplendor y sostenerse con decoro. Desde luego 
trabó correspondencia con las Academias del continente, creó cá- 
tedras públicas, envió comisionados á recorrer la Europa en busca 
de fenómenos naturales, y estimuló á la juventud estudiosa cele- 
brando certámenes científicos, y distribuyendo medallas á los que 
llegaban á distinguirse. 

Existia también en Londres otra Sociedad de eruditos que cul- 
tivaban ciencias opuestas á la nueva filosofía: se ocupaban de an- 
tigüedades, lengnas clásicas, historia y teología, y celebraban sus 
reuniones en un café conocido con el nombre de «Rainbow,» esto 
es, el Arco Iris. A juzgar por los individuos que componían esta 
asociación y los que figuraban en la Academia científica, podemos 
decir que esta última era el foco aristocrático, y aquella el club 
plebeyo de la ciencia. Allí concurrían los altos personajes del reino 

TOMO XVI. 4 



50 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

y los extranjeros de distinción; aqui, los más notables eran toga- 
dos ó miembros del clero anglicano. No es, pues, de extrañar que 
existiese entre ambos cuerpos una rivalidad constante, que casi 
rayaba en aborrecimiento. Butler, Stubbe y Crosse, miembros del 
Rainbow, tachaban de papistas á los académicos porque admitían 
entre sus filas á los católicos; y anadian , que las tendencias de 
aquella Sociedad eran fatales al protestantismo y aun al cristia- 
nismo. Decian que el estudio de las ciencias físicas predisponía los 
ánimos al ateísmo; y que los académicos eran perniciosos revolu- 
cionarios, porque, lejos de seguir la huella de los antiguos, se eri- 
gían en doctores infalibles, despreciando las verdades reveladas: á 
estos ataques respondió el Doctor Sprat en nombre de la Sociedad, 
en su interesante obra titulada History oftJie Roy al Society. «La 
Sociedad científica, decia aquel escritor, respeta y se somete á la 
autoridad de los antiguos en las materias probables; pero quiere 
al mismo tiempo juzgar de la verdad de los hechos por medio de 
la discusión, á ejemplo de los Griegos, que, guiados por la antor- 
cha de su inteligencia, admitían ó desechab^LU de la ciencia egip- 
cia lo que les parecía justo y conveniente.» A esto añadía, que el 
estudio de las ciencias físico-matemáticas era útil y sano, muy 
diverso del de la filosofía moral, que sólo había servido hasta en- 
tonces para engendrar el racionalismo y la indiferencia religiosa. 
A esto se reducían las eternas disputas de aquellas dos socieda- 
des rivales, sin que dejaran una y otra de tener razón. En efecto, 
los Académicos habían hecho olvidar el estudio de las ciencias 
morales , apagando de este modo el espíritu revolucionario ; pero 
es indudable que la nueva filosofía predisponía las inteligencias en 
favor del materialismo. Un célebre filósofo ha dicho con justicia, 
que la poca ciencia aleja al hombre de su Dios , pero la mucha 
ciencia lo atrae de nuevo al rebaño espiritual : la sociedad cientí- 
fica de Londres se hallaba entonces en el primer caso, así es que 
en aquella época de noviciado para los filósofos , prevaleció entre 
los Ingleses el ateísmo. Para probar su ignorancia, nos basta citar 
los ridiculos informes que presentaban al examen de la sociedad ^ 
y que para satisfacción del lector incrédulo existen hoy dia en le- 
tras de molde. Uno daba cuenta de un proyecto para poder volar; 
otro precisaba el modo de hacer un viaje á la Luna. Cual discur- 
ría sobre los habitantes de los planetas y sobre el modo de comer- 
ciar con ellos ; cual , en fin , aseguraba haber hallado la piedra 



EN EL SIGLO XVIÍ. 51 

filosofal. Hubo informe que analizaba la supuesta virtud del palo 
del Brasil para atraer á los peces del mar, y otro que hablaba del 
modo de matar arañas con polvos de cuerno de unicornio. 

Esta era empero la sociedad que más tarde debia contar en su 
seno á Newton, á Herschell y Arag-o. La ciencia que en un princi- 
pio habia sido cuestión de novedad , lo fué de estudio en lo suce- 
sivo. Aquellos mismos que se sorprendían al ver las propiedades 
de la piedra imán y la virtud profética del barómetro, debian con 
el tiempo inmortalizarse observando las manchas del Sol , las va- 
riaciones de la atmósfera , la declinación de la aguja magnética, 
la ley de gravitación y el curso de los astros. 

Newton, aquel célebre filósofo matemático, físico y astrónomo, 
cuya portentosa celebridad superó á la del mismo Galileo , fué el 
primero que operó esta revolución cientifica. De su tiempo datan 
los grandes descubrimientos de los fenómenos naturales ; pero New- 
ton tuvo que luchar por mucho tiempo con la envidia y la igno- 
rancia. El fijó primero la teoría que Mercator expuso más tarde en 
su LogaritmetecJinie, sin que nadie, se tomase el trabajo de com- 
prenderlo. El inventó el teorema binomial, estableció los princi- 
pios de la doctrina del cálculo , publicó el sistema de analizar por 
medio de ecuaciones infinitas , introdujo el método diferencial , y 
en fin, estuvo desempeñando algunos años la cátedra de matemá- 
ticas en la Universidad de Cambridge, antes que la sociedad cien- 
tífica de Londres se dignase incluirlo en el número de sus elegidos. 
Newton era ya un genio superior, y Leibnitz no le conocia ni aun 
de nombre. Los aristocráticos miembros del Roy al Society, no po- 
dian convenir en que el hijo de un pobre arrendatario de Wool- 
thospe, fuese capaz de hacer un descubrimiento científico ; y los 
sabios del continente, preocupados entonces con el sistema de Des- 
cartes, no hacían caso de un hombre desconocido en su propio 
país. Es verdad que Newton no podía demostrar palpablemente lo 
que concebía, y por esta razón, temeroso de la crítica, se abstuvo 
por mucho tiempo de revelar sus secretos. Pero un acontecimiento 
inesperado vino á prestarle ayuda. Pícard y La-Híre publicaron el 
grado del meridiano que habían obtenido en su medición de París 
á Amiens , y entonces Newton , recapacitando de nuevo sobre su 
teoría de la gravitación, pudo rectificarla y probar su evidencia. 
Tras de esto vino la célebre disputa que sostuvo con Leibnitz sobre 
los principios del cálculo ; disputa que conmovió profundamente 



52 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

los cimientos del mundo científico y le atrajo gloria y renombre. 

La mecánica se hallaba muy atrasada en Inglaterra ; y esto será 
tanto más de extrañar, si se tienen en cuenta las obras de cons- 
trucción que por aquel tiempo emprendieron los Ingleses , como 
eran la catedral de San Pablo, los diques de Lincoln, las numero- 
sas flotas que estaban armándose á toda prisa , y los trabajos de 
disecación en las lagunas de Bedford. Bossut fué el primero que 
supo apreciar la fuerza del agua, y Smeaton logró emplear el aire 
como agente. El cabrestante, máquina que veian pintada los In- 
gleses en los cajones chinescos de mercaderías , no empezó entre 
ellos á funcionar hasta que Echkart la dio á conocer cien años 
después. No se conocía tampoco la máquina de Atwood que descu- 
bre la ley de gravitación de los cuerpos. Usábase la polea españo- 
la, la pesa romana, la noria arábiga, y el tornillo común que se co- 
nocía antes de Hunter. Ni Ximenez ni Coulomb hablan explicado 
aún la ley de la fricción, ni Watt habia ensayado la fuerza del 
vapor. Wren y Wallis hablan ya comprendido mejor que Descar- 
tes la colisión de los cuerpos; pero esto no obstante, la mecánica 
estaba mucho más adelantada en las demás naciones, como puede 
juzgarse por la fábrica del palacio de Versalles, las fortificaciones 
de Dunquerque y los diques de Amsterdam. 

La hidrostática debia entonces significar otra cosa diferente de 
lo que hoy se enseña, puesto que se creia que el agua no era un 
cuerpo elástico. Corroboraban esta creencia los infinitos experimen- 
tos que habia heí^-ho la Academia Florentina del Cimento, y Boyle, 
que fué el que más se distinguió en este ramo entre los físicos in- 
gleses, apoyaba de mil modos la misma opinión. Fué pues necesa- 
rio que naciera Cantón para probarles que el agua es compresible 
y por consiguiente elástica. No se conocía el fuelle de Ferguson, 
ni la prensa de Bramah, ni el hidrómetro de Sykes, ni el areóme- 
tro de Parcieux. 

La hidráulica y la náutica estaban mucho más adelantadas. 
Newton habia investigado las curvas de los fluidos y traducido á 
Vitrubio. No se conocían empero más medios de extraer el agua 
que la rueda Persa, la serpiente de Arquímedes , la noria arábiga 
y la bomba de La-Hire. Los resultados de esta última, dieron mar- 
gen á una invención tan feliz como importante. Torricelli, guiado 
por la conocida máxima de su maestro Galileo « la naturaleza tiene 
horror al vacio», inventó el barómetro en 1647. La Europa se con- 



EN lüL SIGLO XVII. 53 

movió al disputarse la herencia del ilustre italiano. Descartes en 
Francia, Huygens en Holanda y Hooke en Inglaterra, se empeña- 
ron en perfeccionar este instrumento. Hooke consiguió hacer lo que 
los Ingleses llamaron a play-tJiing, un juguete, y era una especie 
de reloj-barómetro que marcaba las variaciones primordiales del 
tiempo. Por su parte Boyle, después de haber escrito varias obras 
sobre la elasticidad, peso y densidad del aire, encontró el perfec- 
cionamiento de la bomba aérea, construida por primera vez en 1654 
por Guerrick. Este perfeccionamiento consistía en no hacer uso del 
agua. 

Entonces tampoco se hacía un estudio separado de las propie- 
dades del calor, ni se daba á este agente universal la importan- 
cia que hoy tiene. Esto no obstante debió llamar la atención de 
los sabios el Thermómetro de Santorio, que Boyle introdujo en 
Inglaterra. Reaumur y Farenheit no compusieron los suyos has- 
ta 1720 y 1730. 

La óptica se cultivaba con bastante buen éxito. Gregory en su 
« Óptica promota , » precisó con Descartes la forma necesaria del 
lente para que los rayos paralelos que se le trasmitiesen conver- 
gieran en un foco con exactitud matemática. Newton en su obra 
«Optics , » descubrió el fenómeno de la imagen prismática , y con- 
cluyó de aquí que la luz no era hemogénea, sino compuesta de 
rayos más ó menos refrangi bles : con esto se transformó completa- 
mente la ciencia óptica. Todavía no se tenía idea del espejo de 
Bufón, ni del periscopio de Wollaston, ni del microscopio de Ami- 
cio, ni del pirómetro de Luc, ni de los kaleidoscopios y theinos- 
copios ; pero ya adornaban los gabinetes de física el telescopio de 
Galileo y los de Sheiner, Huygens y Newton, así como el micros- 
copio de Fontana y el micrómetro de Auzet. Se tenía ademas un 
conocimiento exacto de la naturaleza del Arco Iris , de la igual- 
dad de los ángulos de incidencia y reflexión, de la estructura 
y funciones del ojo, de la cámara oscura y de la reflexión y re- 
fracción de la luz. 

Las demás ciencias físicas como son: la electricidad, el galva- 
nismo, el magnetismo y el electro-magnetismo, yacían en la os- 
curidad. No se tenía la menor idea de la pila de Volta ni de la de 
Zamboni, como tampoco de la redoma de Leiden, ni del electróme- 
tro de Bennet. Sulzer, Oersted y Coulomb no habían nacido to- 
davía. 



b4 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

Nada podemos decir de notable acerca de la química, botánica, 
zoología y geología. Boyle Sloane, Ray y Woodward, que las in- 
terpretaban, no habían adelantado un paso en ellas. 

La astronomía era universalmente considerada como la ciencia 
de Dios, y el que la poseía era mirado con un respeto casi divino. 
Por esto mismo hubo muchos charlatanes que, bajo el nombre de 
astrólogos, forjaron mil patrañas sobre el curso de los astros, atra 
yéndose las burlas de los dos genios coetáneos de la sátira , Butler 
y Quevedo. Pero el verdadero profesor de la ciencia era un tesoro 
inapreciable , cuya posesión se disputaban los principes y grandes 
de la tierra. Los Jesuítas fueron los que mayor partido sacaron 
de la astronomía, por varios conceptos, pues ademas de haber 
hecho en ella descubrimientos importantes , consiguieron , por su 
medio, introducirse en el misterioso imperio de la China. Sus re- 
lojes solares , sus péndolas y sus calendarios llenaron de admiración 
á la corte de Pekín, y fueron causa de que se decretase en la China 
la libertad del culto católico. 

La Inglaterra, siguiendo el impulso que tomaba esta ciencia en el 
continente , produjo también una larga serie de observadores , en- 
tre los cuales merecen particular mención Ward, Hamstead, Ha- 
lley, Hooke y Newton. Pero estos hombres estudiosos hubieron de 
luchar á porfía con grandes dificultades , pues según asegura Wa- 
Uis , la astronomía no era más que un nombre extraño en las uni- 
versidades inglesas. Parece ser que los mismos Kepler y Ticho 
Brahé, eran poco buscados y menos hallados en aquellas públicas 
bibliotecas. Se asegura , no obstante , que Harriot descubrió antes 
que Galileo las manchas del Sol, y que Gasgoigne inventó un ins- 
trumento parecido al micrómetro de Auzet , antes que éste diera 
á luz el suyo. Pero si así fué, los Ingleses no supieron aprovecharse 
de estas invenciones ; y es lo cierto, que en todo el siglo XVII, no 
descolló en Inglaterra un solo astrónomo que pudiera acercarse á 
Kepler, Galileo, Riccioli , Cassini ó Sheiner. Newton fué propia- 
mente un físico : toda su ciencia astronómica está resumida en su 
teoría lunar que derivó de Harrock. 

La Inglaterra, sin embargo, podía presentar dos hechos culmi- 
nantes en honor de la astronomía : la rectificación del catálogo 
planetario, y la construcción del observatorio Greenwich . Hasta 
entonces no se tuvo idea fija del movimiento regular de los plane- 
tas, ni se sospechaba que pudieran medirse las distancias que 



EN EL SIGLO XVII. 55 

guardan entre sí los cuerpos celestes. Halley persuadido de que 
era imposible descubrir cosa alguna de provecho sin la ayuda de 
buenas tablas planetarias , se trasladó á la isla de Santa Helena, 
con el fin de rectificar el catálogo incorrecto de Kepler. Mientras 
él operaba en el Sur, Hamstead y Hevelius operaban la misma 
rectificación en el Norte. La primera observación dio por resul- 
tado la precisión de 350 estrellas : la segunda inspiró á Newton 
su teoría lunar. 

La fundación del observatorio de Greenwich inaugura, según 
Baily, la época de la astronomía moderna. Ya hacía tiempo que 
los navegantes buscaban el medio de poder saber en alta mar la 
longitud en que se hallaban. Un francés, Saint Fierre, dijo que 
esto se conseguiría cuando se pudiera predecir con exactitud la 
revolución de la Luna antes de hacerse los buques á la vela. Hams- 
tead, recogiendo la especie, declaró que era necesario construir un 
observatorio para realizar aquel plan, y en efecto, en 1696 se 
construyó el de Greenwich bajo la dirección del mismo Hamstead. 
La corte de Carlos H no demostró en este caso su liberalidad, pues 
además de ser muy pobre el material del establecimiento , se señaló 
á Hamstead el mezquino sueldo de 100 libras anuales, ó lo que es 
lo mismo, 10.000 reales no cumplidos, mientras durasen las 
obras. 

El estudio de las matemáticas estaba entonces muy desatendido. 
No se las consideraba como ciencia , sino como parte de las artes 
mecánicas , bien á pesar de Torricelli , Clarius , Cavalieri y Victi 
que las habían ennoblecido. Los Franceses, que siempre han pecado 
por jactanciosos, solían enviar carteles de desafio á los matemá- 
ticos de Inglaterra, proponiéndoles problemas más ó menos difíci- 
les de resolver. Fermat, por ejemplo, los retaba de esta manera: 

«A cualquier matemático Inglés , propongo : — hallar un número 
» cúbico, que unido á sus partes alícuotas dé un número cuadra- 
»do. — Sí nadie se atreve á resolver este problema, yo le resol ve- 
»ré. » Wallis era siempre quien recogía el guante. 

La cuadratura del círculo , problema de que sólo se ocupan en 
el dia algunos entusiastas, con mengua de su propio crédito, tenía 
entonces muchos defensores. Newton fué uno de ellos: Wallis, 
Gregory y Halley combatían su opinión. De aquí se formaron dos 
bandos, que Montocla llama cuadr atores y anticuadratores , cuyas 
interminables disputas murieron de fastidio, y es de desear que no 



56 ESTADO aiSNEÜAL DE INGLATERRA 

resuciten. Por lo demás, los Ingleses solían ocuparse en formar ta- 
blas de log-aritmos, á ejemplo de Napier, que fué quien las inventó 
é introdujo en el Continente. 

La trig-onometria y la ciencia general contaba en^re sus secta- 
rios á Newton y Moore; pero desgraciadamente éstos no ade- 
lantaron un paso más allá de Euclides y Arquimedes. Muchos años 
hubieron de pasar para que el inmortal Marcheroni (1797) dijera 
que los í5Ír culos podian suplir á las lineas rectas en las construc- 
ciones fundamentales de la Geometría. 

La ciencia de Hipócrates tenia muchos profesores en Inglaterra, 
entre los cuales citaremos á Wíllis, Sydenham y Radcliffe. Willis, 
á pesar de sus ideas religiosas y su vida caritativa , no pudo exi- 
mirse de caer en el craso error del materialismo : así lo prueba su 
obra De Anima Brutorum , que tantos sinsabores le acarreó en el 
curso de su vida. Sydenham , á quien sus enemigos tachaban de 
empírico, era en realidad un fiel discípulo de Hipócrates y un 
constante observador de la naturaleza. Radcliffe , en fin , era el 
médico de la corte, hablador chistoso y superficial. Despreciaba la 
ciencia, y decía públicamente que él curaba por dinero , no por 
adquirirse reputación de docto. Su máxima favorita era : Use all 
mankindill; abusar del género humano para hacer íortuna. Pero 
en medio de este cinismo se citaban de él tantas y tan portentosas 
curas , que en vano trataríamos de hacer callar al eco de su fama. 

Además de estos doctores prácticos , se conocían otros muchos 
eruditos que cooperaban con asiduidad al adelanto de la ciencia. 
Estos, á decir verdad , no debían su educación al claustro de Ox- 
ford , sino á las academias de París y Montpeller , donde general- 
mente cursaban sus estudios. La Italia, sobre todo , se atraía gran 
número de estudiantes, y aun doctores, que corrían á escuchar 
las lecciones de Caserío y Fabricio Mínadao. Pero, vueltos á su 
país, los Ingleses supieron cultivar la medicina y rivalizar con los 
profesores del Continente. En toda la época de la Restauración no 
cesó el ya citado periódico PhüosopMcal Transactions de comen- 
tar y dar á luz nuevas doctrinas sobre la hidropesía , la gota, la 
fiebre, las viruelas, etc. Se anatomizaron el cerebro y el hígado; 
se supo distinguir la sensación de la percepción , y se publicaron 
largos y luminosos tratados sobre el vientre y los intestinos. Glís- 
son descubrió la prolongación del tejido celular, llamada desde 
entonces «cápsula de Glísson.» El fué el primero en explicar la 



EN EL SIGLO XVII. 57 

propiedad de la fibra muscular que Haller llamó después irritabi- 
lidad, y fué también quien describió la raquitis , enfermedad que 
apareció entonces por primera vez en Inglaterra. 

Poco nos queda que decir en conclusión. La vida de las artes, 
que ha formado siempre una de las más bellas páginas en la histo- 
ria de nuestros pueblos del Mediodía, deja un vacio en los anales 
históricos de Inglaterra, que en vano procuramos llenar. Limitán- 
donos á la época de la Restauración , vemos que de todos los artis- 
tas que en aquel país figuraron, sólo Wren era inglés de nación; 
Lely era alemán ; Gibbon , holandés ; Cibbers , dinamarqués , y 
Verrio, italiano. De modo que puede decirse , sin riesgo de caer en 
error, que los Ingleses no han tenido gusto ni vocación para las 
bellas artes. 

Wren era el Herrera de la corte de los Estuardos. Todos los edi- 
ficios y monumentos públicos de aquella época son debidos á su 
ingenio. Wren, que habia recorrido la Europa y admirado las 
grandes obras de nuestros artistas , ideó inmortalizarse con un pro- 
yecto que sólo una imaginación insana y febril pudiera acariciar. 
Consistía éste en edificar un Londres nuevo, derribando al intento el 
viejo Londres, que tan mal jparado quedó con el incendio de 1666; 
pero, arredrado, sin duda, por las dificultades que ofrecía un parto 
tan monstruoso , se contentó con echar el resto de su ciencia en la 
abultada fábrica de San Pablo. La primera piedra de este edificio 
se colocó en 21 de Junio de 1675, y en 1697 se inauguró su aper- 
tura con el servicio divino anglicano. Los que hayan visitado la 
capital de Inglaterra habrán tenido ocasión de examinar este tem- 
plo (no sin pagar á la puerta un vergonzoso tributo), que sólo lla- 
ma la atención por su similitud con el de San Pedro de Roma, y, 
sobre todo, por su cúpula, sus torreones y sus enormes columnas. 
Tiene 460 pies de longitud , 240 de latitud y 344 de elevación; 
pero á pesar de estas grandiosas dimensiones , y de haber costado 
cerca de 74 millones de reales , carece totalmente de los principios 
que constituyen la arquitectura religiosa. 

Entre las demás obras de Wren se citan los hospitales de Santa 
Brígida y San Clemente, los palacios de Hampton-Court y Marl- 
borough House, Cambridge Library, Sheldoman Theatre, Queen's 
College, Chelsea Hospital, etc. También fué obra suya la Bolsa? 
la Aduana, la Columna de 1666, el Observatorio de Greenwich y 
el Museo Amúlelo. Todos estos edificios son inferiores al de San 



58 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA EN EL SIGLO XVII. 

Pablo, y están sellados con el carácter dórico-romano , que era el 
que entonces dominaba. 

Por lo que toca á la pintura y escultura, ya hemos dicho que los 
que cultivaban estas artes eran extranjeros. Y no se crea que los 
Principes Estuardos les negaron su protección ; pues Lely llegó á 
llamarse Sir Peter, y Kneller se tituló Sir Godfrey: los dos Ale- 
manes Vandewelde fueron por mucho tiempo pintores de Cámara, 
y Verrio recibía diariamente pruebas marcadas de la generosidad 
de Carlos II. A pesar de esto , ninguno de aquellos artistas podia 
figurar al lado de nuestros pintores de segundo orden , mucho me- 
nos si los comparamos á Cano , Coello , Murillo , Salvator Rosa, 
Rembrandt, Teniers y Dow, que fueron sus coetáneos. 

Cibbers y Gibbon eran los dos escultores extranjeros que cam- 
peaban sin rivales en Inglaterra. Pero ¿cómo es posible que pros- 
perara su bellísimo arte en una nación donde se aborrecían las 
imágenes , y donde no se comprendía el uso de las estatuas , obe- 
liscos, fuentes, balaustradas, relieves, y tantos otros objetos que 
ostentaban con orgullo y profusión la Italia, la España y la Francia? 

Finalmente, el arte del grabado, que hoy ha llegado en In- 
glaterra á su mayor perfección mecánica , estaba entonces no me- 
nos atrasado por falta de artistas propios de este ramo. Un solo he- 
cho citaremos, para concluir , en apoyo de lo que decimos, y es: 
que los que diseñaron el cuño de la moneda inglesa , reinando 
Carlos II, fueron prestados de Francia. 

i Se concluirá.) 

Isidoro Gutiérrez de Castro. 



ESTUDIOS SOBRE LA EDUCACIÓN 



DE LAS 



CLASES PRIVILEGIADAS DE ESPAÑA 

DURANTE LA EDAD MEDIA. 



ÍX. 

BELLO IDEAL DE LA NOBLEZA. — LA CABALLERÍA. 

Determinadas ya, en la forma conveniente, la constitución 
personal y la organización gerárquica de la nobleza española, 
fácil será á nuestros lectores el reconocer que , aun siendo par- 
cialmente distintos los fines de cada uno de los estados que la 
constituyen , no podia diferir sustancialmente el helio ideal de la 
educación común de todos. Evidente parece no obstante, pues, que 
unos estados estaban llamados á mandar , mientras vivian otros 
sujetos á la obediencia , que llegando la educación y enseñanza de 
los nobles á cierto punto , se hicieran en ella sensibles ciertas dife- 
rencias , bastantes á señalar exteriormente la variedad de aquellas 
dos principales categorías. 

Contábanse en efecto los condes y los ricos-homes en la primera: 
pertenecían á la segunda los infanzones ; y tras ellos aparecían los 
caballeros y los fíjo-dalgos. En su calidad de señores, que obtenían 
á la continua el mero-misto imperio , y lo trasmitían á veces á sus 
vasallos, aproximábase bajo multiplicados conceptos la educación 
superior de los condes y ricos-homes á la educación de la realeza, 
debiendo por tanto resplandecer , en ellas y por ellas , las mismas 
virtudes personales que formaban el bello ideal de los principes 



60 ESTUDIOS SOBRE LA EDUCACIÓN 

Así, pues, la clemencia y la benignidad, la justicia y la tem- 
planza, la liberalidad y la mag-nificencia debian ser respecto de 
proceres y magnates digna corona del esfuerzo y de la fortaleza ^ 
para perdonar , tener en paz, galardonar y defender á sus natu- 
rales y vasallos, según los casos, tiempos y lugares. Todo conde ó 
rico-home que hollara la justicia, ó quebrantare á sabiendas, y con 
daño de los suyos la ley, forzándolos, vejándolos ó envileciéndo- 
los , indigno era del señorío y corría cuando menos el humillante 
riesgo de verse abandonado de los que le honraban y servían, 
dado el derecho del desnatnr amiento y de la despedida : por eso 
el helio ideal de su educación como tales dignatarios , uno y con- 
forme con los fines que debía llenar en la república y contrapuesto 
siempre á todo sistemático abuso ó tiranía , como á todo exceso de 
fuerza ó de poder, cifrábase principalmente en el ejercicio de las 
mismas virtudes , que legitimaban y enaltecían , en el concepto 
universal del pueblo, á la realeza española. 

Colocados los condes y ricos-liomes entre ésta y las demás clases 
sociales, y llamados, no ya sólo á defended, al lado de los reyes, 
y á engrandecer con ellos la república (1), merced al esfuerzo de 
su corazón y de su brazo , mas también á constituir los grandes 
Consejos de Estado en los momentos solemnes en que la salud de 
la patria lo exigía (2), debian ser para con el rey «compiídos en 
»lealtad et en verdad , sanos de sesso et entendimiento , para co- 
)>nocer su bien é guardar su buenandanza, bien acostumbrados et 
»de buenas maneras, para servir de ejemplo á los demás del 
»reino , y finalmente esforzados é recios , para amparar á su Señor 
»et su tierra é para acrescentar el regno, á honra del é dellos (3).» 
Pero si á estos superiores dignatarios de la república hablan de 
exornar tan altas cualidades , ya por la condición de seTiores , ya 
por la de vasallos ó naturales , habida consideración á que se ele- 

(1) Partida II, tít. IX, ley VI. 

(2) Los primitivos cronicones de la reconquista, mencionan estos Consejos de 
Estado , que tuvieron el triple carácter de políticos, guerreros y religiosos, durante 
los siglos IX, X y XI, con estas ó análogas formas: "Habito magnatorum concilio 
iigenerali;— habito conventu magnatorum;— fideli concilio regni , etc.rf Algunas veces 
hicieron oficio de tribunal supremo, como sucede por ejemplo el celebrado en Zamora 
para juzgar á Jimeno Sánchez y su hermano, Señores de Briviesca que habian lla- 
mado á los Moros contra su patria (Septem-Barrios), y el tenido más tarde en Toledo 
para sentenciar á los famosos Condes de Carrion, yernos del Cid. De ambos se apo- 
deró la musa popular á la raíz misma de los hechos. 

(3) Paí-tida II, tít. IX, ley citada. 



DE LAS CLASES PRIVILEGIADAS DE ESPAÑA. 61 

vaban de continuo á tan alta g-erarquía en hombros de sus propios 
merecimientos y bondades, «que era cosa que ennoblecía al orne, 
faciéndole complido» (si gozaba ya de hidalguía), no era de ma- 
ravillar, y antes bien muy conforme á la índole de la institución 
de la nobleza, que se ajustara y ciñera fundamentalmente, en todo 
lo demás que á su educación tocaba , el bello ideal de condes y 
ricos-homes al helio ideal del caballero. En éste se reflejaban, y por 
él vivían de nuevo entre los hombres todas las virtudes , ahuyen- 
tadas, en medio de la barbarie, por la tiranía y por la fuerza: por 
él se hdbian rehabilitado en tal manera los sentimientos de la 
equidad y déla justicia, que no sólo habían tomado asiento y 
puesto su trono en el corazón de los que, á nombre de la humani- 
dad y de la religión, protestaban contra la opresión ejercida sobre 
los débiles y humildes, sino también en el ánimo de los mismos 
opresores. Y como nada habia más generoso , nada más meritorio 
y levantado en el suelo de la Península ibérica que la redención 
de la patria, usurpada por los sectarios del Islam (1), y era esta 
guerra perpetua escuela de heroísmo, de piedad y de caridad 
evangélica al propio tiempo , nada pudo oponerse en España irre- 
sistiblemente al desarrollo y triunfo de aquellos altos sentimientos, 
que vivificaban y robustecían al par la institución de la caballería. 
Por ellos , tomaba también realidad histórica en todas las esferas 
sociales , no exceptuada por cierto la de la realeza , cual demues- 
tra palpablemente , además del estudio hasta ahora realizado , el 



(1) Que 69 esta una idea capital en la cultura española lo demuestra palma- 
riamente, entre otros mil hechos, que pudieran alegarse, los testimonios siguientes. 
Narrados por el monje de Albelda los sucesos preliminares á la empresa de Pelayo, 
califica la guerra por él emprendida con título de "eíerwa lid, sostenida (dice) dia y 
noche contra los Sarracenos, á quienes sin tregua combatían los Cristianos hasta que 
la Providencia (Praedestinatio divina) consintiera arrojarlos del suelo iberon (nú- 
mero XLVI); y enaltecidas las hazañas de Alfonso TU, anadia: "De aqiu adelante, 
I (humillado y nunca ensalzado el nombre los Ismaelitas, arrójelos sin tardanza la Di- 
II vina Clemencia de nuestras provincias del lado allá de los mares y conceda el reino 
iiá los fieles de Cristo, para que sea perpetuamente poseído (núm. LXXXIII). Don 
Juan, hijo del Infante D. Manuel reiteraba los mismos votos, en su Libro de los Es- 
tados, asegurando, que hasta arrojar á los Moros de España, ni Dios sería servido, ni 
se cumplirla lafacienda de los reyes, de los condes, de los ricos-komes y de los caba- 
lleros , con todas las gentes comunales. Don Alfonso de Cartagena repetía lo mismo 
en su Oracional y Doctrinal de Virtudes, declarando que la guerra contra los Maho- 
metanos era guerra de Dios y lamentándose como Juan de Mena, en su Laberinto, de 
su vergonzoso olvido. El hecho no sólo era presentido por todos los corazones, sino 
proclamado por todas las más nobles inteligencias. 



62 ESTUDIOS SOBRE LA EDUCACIÓN 

no recatado afán con que acuden á ceñir la espada y calzar la 
espuela del caballero príncipes y reyes (1). 

Bosquejar el lello ideal de la educación del caballero , es pues 
bosquejar, con toda evidencia de acierto, el bello ideal de la edu- 
cación de la nobleza española. — «En España (escribe el Rey Sábi®), 
»llaman caballeria, non por razón que anden cavalgando en caba- 
»llos ; mas por que , bien assi como los que andan á caballo , van 
»más honradamente que en otra bestia , otro si los que son esco- 
»g'idos para caballeros , son más honrados que todos los otros de- 
>yfensores. Onde, assi como el nombre de la caballeria fué tomado 
»de compaña de ornes escogidos para defender , otrosí fué tomado 
»el nombre de caballero de caballeria >-> (2). Representaba, en con- 
secuencia , la alta consideración general en que era tenido el caba- 
llero , la idea de la elección á que le daban derecho sus mereci- 
mientos ; y esta elección que determinaba la nobleza por sabiduría 
y por bondad, de la suerte que dejamos reconocida (3), lográbase 
por tres caminos: el primero, por linaje, el segundo, por saber-, y 
el tercero, por excelentes hechos de armas, *(i por costumbres y ma- 
neras (4). — Estudiemos, por tanto, sabido el concepto del linaje, 
lo que eran ó debian ser estas costumbres y maneras ; reconozca- 
mos qué hechos de armas granjeaban la consideración de la caba- 
lleria, y en qué consistían los saberes propios del caballero-, y he- 
cho esto , no cabrá ya dudar de que tendremos discernido, con en- 
tera seguridad, el helio ideal de la educación de la nobleza espa- 
ñola, bajo sus más positivas relaciones. 

Necesarias eran, ante todo, á los caballeros cuatro virtudes 
principales, á saber: cordura , fortaleza , mesura y justicia, Al- 



(1) Fácil nos sería el poner aquí largo catálogo de reyes de Castilla, Aragón, 
ÍJavarra y Portugal que mostraron gran honra en dar y recibir la Orden de la caba- 
llería. Para demostración de nuestro aserto, nos bastará observar que estas ceremo- 
nias españolas alcanzaron tal celebridad, fuera de la Península , que vinieron á Cas- 
tilla muy esclarecidos príncipes á solicitar la honra de ser investidos caballeros por 
nuestros reyes, señalándose en las crónicas nacionales estos no peregrinos sucesos, 
como naturales y corrientes. 

(2) Partida II, tít. XXI, ley 1.*. — Libro de la Caballería de Mossen Sent Jordi, 
ley VIII. — Doctrinal de Caballeros, Lib. I, tít. I, ley ó Rubrícela II. 

(3) Véase el artículo anterior, pág. 358 del núm. 43 de la Revista.— Z>ocírma¿ de 
Caballeros, Lib. I, tít. I, Rubrícela III. "Estos que ganan caballería por su sabiduría 
é por su bondat son por derecho llamados nobles (id., id.) 

(4) Partida II, tít. XXI citado, ley II. — Libro de la Caballería de Mossen Sent 
Jordi, ley IX. » 



DE LAS CLASES PRIVILEGIADAS DE ESPAÑA. 63 

canzaban por la cordura á obrar en pro de la Iglesia , del rey y 
de la patria, sin menoscabo ni daño propio ; g-anaban por la forta- 
leza la perseverancia en las empresas que acometian ; aprendían á 
ser templados y sobrios en todas sus acciones por la mesura , y 
enseñábales, por último, l'd Justicia á obrar en razón, ley y dere- 
cho. Para lograr estos fines, debian los caballeros ser expertos 
en el manejo de las armas, tanto defensivas como ofensivas, las 
cuales se simbolizaban en la espada y que tenian obligación de 
ceñir de continuo, recibida la honra de la caballería (1). Cum- 
plíales asimismo ser entendidos, sabidores, bien acostumbrados, 
arteros y mañosos, mansos en sus palabras y acciones , sobrios y 
convenientes en el vestir, mesurados en el comer, beber y dormir, 
inclinados á todo acto de humildad, piadosos para el necesitado y 
débil , enérgicos en el increpar y fuertes en el resistir á los tiranos 
y opresores, y sobre todo consecuentes en el bien y leales. No otro 
era el conjunto de bondades (virtudes), costumbres y maneras, 
que había menester el caballero para ser digno de tal nombre 
y merecer el respeto de los pequeños y la benevolencia de los 
grandes. 

Dábale en efecto la claridad de entendimiento aquella necesaria 
aptitud , que distingue el bien del mal , abriendo el camino de la 
piedad, de la lealtad y de la justicia. Por ella huiría el caballero 
de « amar á los que oviesé de querer mal » y de « desamar á los 
»que oviesse de querer bien,» porque la rudeza de entendimiento 
«le farie seer esforzado do non lo debier seer , et cobarde allá do 
»debrie aver esfuerzo,» asi como «cobdiciar lo que non debrie 
»aver, et olvidar aquello que debería cobdiciar» (2). Mas como no 
basta al hombre tener entendimiento , sin que sepa hacer uso de 
tan precioso don, era necesario al caballero ser sabidor, para saber 
obrar de su razón, conforme á lealtad, piedad y justicia. Sólo 
en tal manera podría ser cumplido defensor de la patria y ampa- 
rador cuerdo y legítimo de la virtud mancillada ú oprimida; y 
porque la obra «era así como espejo en que se mostraban la su 



(1) La espada simbelizaba en efecto de un modo eficaz las expresadas cuatro vir- 
tudes, el mango ó empuñadura representaba la cordura-, la manzana ó pomo la for- 
taleza', el arriaz ó gavilanes la mesura^; y el hierro ú hoja finalmente la justicia (Par- 
tida II, tít. XXI, ley lY.—Lihro de la Caballería de Mossen Sent Jordi, ley XI). 

(2) Partida II, tít. XXI, ley Y L— Libro de la Caballería, de Mossen Sent Jordi, 
ley XII. — Doctrinal de Caballeros, libro I, tít. I, ley Vi. 



64 ESTUDIOS SOBRE I- A EDUCACIÓN 

» voluntad é el su poderío» (1), necesitaba de limpias, sobrias y 
derechas costumbres. En virtud de ellas conveníale ser , por una 
parte fuerte y bravo y por otra manso y humilde (omildoso); pues 
asi como les asentaba perfectamente el usar de modos y palabras 
enérg-icas y nada contemplativas con los malos y con sus enemi- 
gos, así también eran propias de su bondad é hidalguía «las man- 
»sas é omildosas para falagar et alegrar á los que con él fueren, 
»faciendoles buen gasajado» (trato obsequioso). 

Érale no menos conveniente el ser mañoso y artero , esto es, 
conocedor del arte de la guerra. Por maña, entendía no ya sólo en 
lo que al arreo y defensa de su persona, al manejo de todas armas, 
ofensivas y defensivas , y al cabalgar lijera y bizarramente con- 
cernía, sino también en lo que al conocimiento técnico de las re- 
feridas armas y al de la naturaleza, índole y aptitud de los caba- 
llos de guerra tocaba : porque de ignorar una ú otra cosa , podría 
caer en peligro de muerte ó de cautiverio (prisión). Hacíase en 
verdad indispensable al caballero, el saber si eran ó nó buenos el 
hierro, el fuste (madera), y el cuero, de que se hacían las armas de- 
fensivas; debía de igual suerte serle familiar el discernir del temple, 
proporciony demás condiciones, en fortaleza y lijereza de las ofen- 
sivas, así como también había menester apreciar por la estampa, el 
color, la talla y buena proporción de miembros, el valor, la resisten- 
cia y la agilidad de los caballos, en cuya educación y corrección de 
perjudiciales resabios, lo mismo que en la causa de sus dolencias, 
debía ser extremadamente perito (2). Por arteria , ó lo que era lo 
mismo , por estrategia , aprendía el caballero el movimiento con- 
certado y siempre útil de las huestes que llevaba bajo su capitanía 
ó conducta, cualquiera que fuese el número ó naturaleza de las 
mismas; y adquiría también el modo de vencer con pocos á mu- 
chos, ora usando de las celadas (emboscadas), del torna- fuye, ó 
del rebato, ora de las algaras ó cabalgadas, ora esforzándose para 
salir de los grandes peligros, cuando en ellos cayere con los suyos, 
ora inventando nuevos ingenios y maneras de combatir las forta- 
lezas , villas y ciudades , ya en fin , proveyendo á su defensa con 
nuevos y nunca vistos pertrechos y reparos. 

(1) "La obra es axi com espil, en que mostra la sua voluntat et seu poder 
qual es. II {Libro de la Cahalleria, de Sent Jordi, ley XIII). 

(2) Doctrinal de Caballeros, lib. I, tit. I. Rubrícela XI, 3. — Libro de la 
Gaballeríay á<i Mossent Sent Jordi, ley XVII.— Partida II, tit. XXI, ley X. 



DE LAS CLASES PHIVILEGIADAD DE ESPAÑA. 65 

Modelo de las restantes clases sociales debia ser el caballero en 
todos los demás actos de su vida ; mas obrando y hablando siem- 
pre de manera, que desde el momento de recibir la honra de la 
cahalleria, no pudiera ser fácilmente confundido su estado con 
otro alguno. Era permitido á los caballeros jóvenes (noveles), du- 
rante su mancebía (juventud), vestir panos de colores, ya cárde- 
nos ó bermejos, ya jaldes ó verdes, «porque les diesen alegría é 
les crecieran los corazones , para ser más esforzados y valientes : » 
los de mayor edad, podian usar de mayor templanza en sus trae- 
res ; más nunca vistiendo paños pardos ó prietos , ni de otro color 
que moviese á tristeza, y procurando conservar la antigua apos- 
tura. A ninguno , mancebo ó viejo , era sin embargo licito apa- 
recer en público , dada la bondad del tiempo , ya en paz, ya en 
guerra, sin el correspondiente manto cahalleresco (caballeroso), el 
cual debia ser amplio y largo hasta cubrir los pies , anudándose ó 
afiblándose sobre el hombro derecho , por tal arte que pudiere el 
caballero «meter et sacar la cabeza, sin ningún embargo (1).» 
De igual manera habia de cabalgar en la ciudad ; mas en el cam- 
po , así entre sus compatriotas como al frente de sus enemigos, 
érale forzoso el ir armado para evitar toda ocasión de recibir 
daño y aprovechar las de hacerlo, siendo ofendido. Vedado estaba 
al caballero cabalgar en asno , ú en otra bestia vil , dentro de la 
ciudad, ni llevar persona alguna á la grupa de su caballo ; « por- 
que estas cosas eran las que peor parescian en el caballero,» por 
escandalosas y desapuestas. A pié ó cabalg'ando , en campo ó en 
poblado, no podia, so pretexto alguno, dejar de ceñir la espada, 
hábito y símbolo de la caballería (2), según arriba indicamos. 

Cosas naturales para todos los hombres , y muy más necesarias 
que el vestir, eran el comer, el beber y el dormir, de que nadie 
era dueño de excusarse. No podia, sin embargo, el caballero sa- 
tisfacer estas necesidades de la vida sin tiempo , medida y apostu - 
ra. Debia en consecuencia comer dos solas veces al día ; y así 
como en tiempo de paz no habia dificultad en que usase en una 



(1) Partida II, tít XXI, cap. VVlll. — " Fahiénlo de guisa quen podien metre et 
trer lo cap, sens algún embargament, et aquest mantell apeUeren mantell Cavaileros. 
{Libre déla Caballería, de Sent Jordi, ley XXV). ^Doctrinal de Caballeros, lib. I, 
tít. 1, Rubricela XIX. 

(2) Partida II, tít. XX, leyes XVll y XVlU.-'Lihre de la Caballería de Mosseu 
Sent Jordi, leyes XXIY y XXV. ^Doctrinal de Caballeros, Ub. I, tít. I, Rubrí- 
cela XVIU. 

TOMO XVI. 5 



66 ESTUDIOS SOBRE LA EPT'C ACIÓN 

j otra comida de buenos manjares sabrosamente adobados , así 
cuando guerreaba , debia tomar en la mañana un leve refrige- 
rio, reservando el mayor comer para la tarde ; con lo cual evitaba 
el hambre y la sed , y estaba dispuesto á más fácil curación , dado 
que fuese herido en batalla. Los manjares habian de ser carnes 
frescas y sanas : el vino poco y aguado , de tal modo, que no le 
turbase el entendimiento; y durante el estío érales conveniente, 
para esquivar las fiebres, beber ciertas vinagradas «que le acre- 
centasen la salud y la vida.»— Porque era siempre dañoso al cala- 
llero el excesivo dormir, y grandemente perjudicial en la guerra, 
estábale vedado usar de ropas muelles y blandas, «para su yacer,» 
y antes bien, debia procurar no despojarse de todas las piezas de 
la armadura, conservando principalmente el perpunte ó la jaceri- 
na , no sólo para abreviar el sueno con su dureza y pesadez , más 
también para estar mejor dispuesto á echar mano de las armas , si 
acaecía algún rebato en el real, por sobrevenir el enemigo. La 
sobriedad y templanza del caballero en el comer , el beber y el 
dormir traían , demás de lo dicho , extremado provecho para la 
hacienda privada y aun la pública , porque sobre serles no poco 
económicas, lo cual era de grande efecto « para complir los fechos 
grandes,» facilitaba el movimiento de las huestes, con notorio 
beneficio del Estado y ventajas incalculables para la guerra. 

Recatado , comedido y siempre oportuno y congruente , más 
extremo, decidido y constante necesitaba ser el caballero en sus 
maneras, ya en dicho, ya en hecho. Por Id, palabra, demás de lo 
que debía á sus iguales y á sus inferiores en los hechos de la guer- 
ra, hallábase forzado á huir de toda villania, como de toda or gu- 
illa y vanagloria', éranle reprensibles por igual medida, la adula- 
ción y la mentira, que sólo cabían en pechos apocados y ánimos 
viles y mezquinos ; y estábale prohibido jurar en vano ó con leve 
ocasión , como era para él gran pecado el maldecir ó blasfemar, 
«porque estas deshonras manchas eran que aviltaban (envilecían) 
toda caballería, é oficio solo de malsines (1).» Por el hecho, cum- 
plidor exacto de sus promesas, y esclavo, sobre todo, de los jura- 
mentos prestados al recibir orden de caballería , no podía excu- 
sarse de los peligros á que tan altos deberes le llamaba (2). Obli- 



(1) Libre de la Caballería de Mossen Sent Jordi, leyes XXIII y XXIY.-Doc- 
irijuil de Caballeros, lib. I, tit. I, Rubrícela XXll. 

(2) Conviene dejar aquí recitado , que el juramento exigido en España al que era 



DE LAS CLASES PRIVILEGIADAS DE ESPAÑA. 67 

gados á socorrer y amparar á todo «caballero ó dueña, que viese 
en cuita de pobreza,» ó victima de alguna injusticia (tuerto), «de 
que non ptidiessen aver derecho,» no le era dado vacilar en tomar 
por suya la demanda, usando de todo su esfuerzo y poderlo , ya 
por lid soltera (riepto), ya por lid campal (de poder á poder) 
hasta obtener satisfacción ó enmienda. Llamado á la defensa de la 
patria (pro comunal), ó del Rey ó Señor natural, hallábase en 
toda ocasión dispuesto y pronto á pelear contra sus enemigos , sin 
parar mientes en su calidad, ni detenerse á contarlos. Llevado 
últimamente por su deber de cristiano , al acrecentamiento de su 
ley (religión), holgábase de poner su pecho al peligro de muerte, 
seguro de alcanzar en tal caso la palma del martirio (1). 

No por otras sendas debia encaminarse la educación del caba- 
llero para lograr el bello ideal á que aspiraba dentro de las esfe- 
ras morales , políticas y religiosas , y con relación al arte de la 
guerra, principal oficio de los defensores. Mas esta educación no 
podia ser perfecta , sin el cultivo de la inteligencia ; y no ya sólo 
en los primeros años de su vida fué ocupación digna del caballero 
el estudio de las artes liberales, como comprobaremos luego , sino 
también en su edad viril, alternando siempre con el ejercicio de la 
caza, las justas y los torneos, lo fué la contemplación de las gran- 
des hazañas de los antiguos caballeros , conservadas por la tradi- 
ción y por la historia. Porque no de otro modo que en tiempo de 
guerra aprendían los hechos de armas , cual testigos presenciales 
y actores, debían en tiempo de paz nutrir su espíritu con la nar- 
ración de los mismos, á fin de que naciera y arraigara en sus co- 
razones el deseo de imitarlos y aun eclipsarlos. Conveniente era al 
propósito, y muy loable costumbre de la caballería , ya en las co- 
midas, ya en las veladas , el leer « las hestorias de los grandes 
»fechos de armas que los otros (caballeros) fecieran , et los sesos 



elevado ala caballería, en el triple concepto, ya del linaje, ya de la, sabiduría, ya de la 
bondad, era esencialmente político -religioso. Después de declarar que " quería ser ca- 
ballero, n recibir el manto, calzar las espuelas y ceñir la espada, juraba teniéndola 
desnuda en su diestra : L° Morir por su ley^ si menester fuese : 2.° Morir por su Rey 
ó Señor natural : 3.° Morir en defensa de su tierra (patria). (Partida II , tít. XX í^ 
ley XIV ). Las demás obligaciones, se derivaban mas principalmente de las costum- 
bres, que se alimentaban de las ideas en (lue estribaba el organismo gerárquico de la 
nobleza, y aún de las que emanaban de la misma institución general de la caballería, 
tal como habia ésta nacido fuera de España. 

(1) L^ro de ios Estados. 1." Parte, cap. LXXW.— Doctrinal de Caballeros, lib. I, 
tít. I, Rubrícela XXII. Partida 11, tít. XXI, ley XXI. 

* 



68 ESTUDIOS SOBRE LA EDUCACIÓN 

»(las discreciones), et los esfuerzos que ovieron para saber vencer 
»et acabar lo que querian (1).» Y no era menos plausible en ver- 
dad, dado que faltaran las referidas historias, el hacer que los 
caballeros buenos y ancianos que las presenciaron, refiriesen á los 
más jóvenes las mencionadas proezas , como no lo era , en último 
caso , el obligar á los trovadores y juglares á que sólo cantasen ó 
recitaran ante ellos cosas históricas de gusto , « ó que fablaren de 
fechos de armas (2).» 

De esta manera se perfeccionaban y fortalecían en el cabal- ero 
las facultades físicas é intelectuales , encadenándose al par y ha- 
ciéndose una, en las esferas de la idealidad, la vida de lo pasado y 
la vida de lo presente, que trasmitía con igual aplauso á las gene- 
raciones futuras la memoria de tan varias y altas virtudes. Como 
la más preciada, en que se encerraban y tenian todas verdadero 
compendio y corona; como la madre y alma de todas resplandecia la 
lealtad, sin la cual no se concebía la existencia del caballero. Her- 
mana de la gratitud, arraigaba, brotaba, florecía y fructificaba en 
él, siendo al par faro constante de su corazón y de su inteligencia. 
Por lealtad guardaba el buen caballero la honra de su propio linaje 
y la de todos sus compatricios , como guardaba la honra de la re- 
pública: por lealtad cumplía sus juramentos de vasallo y sus pac- 
tos (posturas) de sefíor, huyendo de la ignominia de los traído-- 
res (3): por lealtad era obligado á obedecer y á honrar toda su 
vida al rico-home, conde ó Príncipe, que le habia dado la orden de 
caballería, no pudiendo hacer armas, ni llevar hueste contra él, á 
menos que tuviese guerra con su señor natural, debiendo en tal 
caso esquivar, cuanto le fuere posible, herirle ó matarle, salvo si 
viera que heria ó amenazaba de muerte á su expresado señor: por 



(1) Partida II, tít. XXI, ley XX.-^Doctrinal de Caballeras, lib. I, tit. I, ley XXI. 
Libre de la Caballería de Mossen Jordi, ley XXVII. 

(2) ídem id. , id. ; etc. 

(3) "Traydor non puede ser orne sinon por tres cosas. La primera, por matar á sii 
iiseñor ó por fablar su muerte ó por ser en consejo ó en consentimiento de la sumuer- 
itte, é sabergela et non gela descobrir nin le guardar della. La segunda, por traer (en- 
iitregar) castillo de su señor ó por fa9érgelo perder, ó por combatir castillo de su señor, 
tiá tiempo que su señor non lo puede acorrer, nin i)oner y (en él) recabdo, cual debe. 
iiLa tercera, por facer tuerto con la mujer de su señor ó con las dueñas que andan en 
hsu casa ó con las doncellas que y andan, ó con las cobijeras ó con las otras mujeres 
iiservientes de casa, etc. {Castigos é documentos del Rey Don Sancho cap. XLIII). 
Don Sancho establecía aquí solamente las relaciones entre señoi' y vasallo: los traido- 
res á la patria lo eran por otras causas más generales. 



DB LAS CLASES PRIVILEGIADAS DE ESPAÑA. 69 

lealtad, debia asimismo todo respeto al padrino, que le desceñía la 
espada, después de armado caballero , quedando por el espacio de 
tres años en la oblig'acion de ayudarle contra todo el que le qui- 
siera hacer mal , exceptuados sólo el señor , el padre , el hijo ó el 
hermano del caballero: por lealtad^ en fin, y como deuda que nun- 
ca prescribía, llevaba siempre en su corazón y en su memoria la 
imagen y el nombre de su amada (amiga) , «siendo cosa guisada 
»( ordenada, conveniente) ementarla en las lides, porque le creciere 
>más el corazón, é oviese mayor vergüenza de errar» ante los 
otros caballeros (1). 

Mas no se entienda en modo alguno que la lealtad del caballero 
respecto de su dama, excediendo de las regiones de la vida real, se 
confundía lastimosamente en nuestro suelo con la falsa adoración 
de la mujer; adoración que, naciendo en el mundo fantástico de la 
caballería andantesca, la deificaba y la envilecía al par con impo- 
sibles virtudes y torpes ó lamentables flaquezas. La mujer histó- 
rica de nuestra Edad Media, la rica-hembra de Castilla y de Ara- 
gón es una mujer de carne y hueso, cuya educación corresponde 
directa é inmediatamente á las necesidades íntimas de la vida so- 
cial , en que tiene no pequeña influencia. Apta para heredar los 
bienes, los títulos y el señorío de sus mayores, se sujeta al imperio 
del hombre, a quien le unen el amor y el sacramento del matri- 
monio, sin que baste por sí á ennoblecer á sus propios hijos, si por 
ventura se enlaza con hombre no hidalgo ó villano (2) : su repre- 
sentación cede, por el contrario, inmediatamente ante la de su ma- 
rido, porque, como enseñaba umversalmente el adagio, en Gas- 
tiella el caballo lleva la siella. 

La sumisión que á la autoridad del marido presta la mujer es- 
pañola en todo momento y ocasión, el respeto que le tributa hasta 
mostrarle cierta manera de vasallaje, besándole la mano (3), nacen 
pues, de las ideas que dominan poderosamente en el mundo de la 



(1) Partida II, tít. XXI, ley XXll.—DoctriTial de Caballeros, lib. 1, tít. I, ley ó 
Rubrícela XXIIl. — Ordenaciones de los Caballeros de la Vanda, citadas en otro lugar. 

(2) La establecia sobre este punto; "El fijo de (mujer) fijadalgo et de villano non 
es derecho que sea contado por fijodalgo, porque siempre los ornes el nombre del pa- 
dre paran (ponen) siempre delante: et otrosi la madre nunca serie ementada (nombra- 
da) que á denuesto non se tornase del fijo et della." (Partida II, tít. XX, ley III.) 

(3) Son muchos los hechos históricos que pudiéramos aducir sobre este particular: 
para no ser difusos, nos contentaremos con recordar aquí la forma en que Ximena, 
esposa del Cid, esto es , del caballero español por excelencia , recibia frecuentemente 



70 ESTUDIOS SOBRE LA EüC ACIÓN 

realidad y tienen firme apoyo , tanto en su educación religiosa y 
moral, como en su significación en la familia. Si la educación de 
los hijos de los Reyes y de los Infantes, de los Condes y de los ricos- 
homes pide y solicita grande esmero y cuidado para llenar los altos 
fines de la caballeria , la educación de las hijas de los Reyes , que 
se unen frecuentemente en matrimonio con los hijos de los Condes 
y de los ricos-homes, y aun con los ricos- liomes recientemente su- 
blimados por su personal esfuerzo, demanda y exige, como la edu- 
cación de las hijas de aquellos magnates, mayor guarda y esmero 
para no hacer frustráneos aquellos mismos fines. Adoctrinadas en 
la moral y la religión, ya por sus propias madres, ya por ayas no- 
bles, leales y de intachables costumbres, obligadas estaban «des- 
»que ovieren entendimiento para ello, á aprender leer, en manera 
»que lean bien cartas et sepan rezar en sus salterios (1).» Mesura- 
das y apuestas en el comer y el beber, en el hablar y el vestir, 
continentes en sus acciones y afectos , sobre todo en los arranques 
y movimientos de la ira, mañosas y entendidas en todo linaje de 
labores propias de su sexo, las damas y ricas-hembras de Aragón 
y de Castilla eran, para valemos de la bella expresión del egregio 
Marques de Santillana, corona del varón (2). Por eso, no ya sólo 
en los doctrinales que reglan y moderan la educación de los Prin- 
cipes y los caballeros ( 3) , sino también en las más libres produc- 
ciones del arte español, ya en las esferas eruditas, ya en en las po 
pulares (4) , sólo pudieran brillar y campear , y sólo brillaron y 



á su esposo. El Poema, que es uno de los primeros monumentos de la musa espafíola 
dice, al pintar la llegada de Ruy Diaz al monasterio de Cárdena: 

El Qid á doña Ximena íbala abrazar; 
doña Ximena al ^id la mano V va besar. 

No se olvide que doña Ximena era de estirpe regia, ni el besar la mano era la fór- 
mula especial del vasallaje. 

(1) Partida II, tít. VII, Ley XI. 

(2) Proverbios de gloriosa doctrina y fructuosa enseñanza , escritos para la educa- 
ción de Enrique IV, estrofa XLIV, cap. VI. 

(3) Pueden consultarse sobre este punto los capítulos LXXVII y LXXVIII de los 
Castigos é Documentos del rey Don Sancho, en que establece las relacionesque existian 
entre marido y mujer, conforme á los principios de la religión y de la moral, y sus 
mutuas obligaciones, sin que haya asomo alguno del falso caballerismo andantesco. 

(4) Demás de la bella y genuina pintura que hacen de continuo los autores popula- 
res de la mujer española, llamamos la atención de nuestros lectores sobre el bellísimo 
tipo que de la misma nos revelan el citado Poemxi del Cid, así como la Leyenda de las 
Mocedades del mismo héroe, y más adelante el Poema de Fernán González y el Libro 
del Conde de Lucanor, de que en breve hablaremos. Ni la citada Ximena, ya en su ju- 



DE LAS CLASES PRIVILEGIADAS DE ESPAÑA. 71 

campearon, en efecto, las altas virtudes que exornaban á la mujer 
histórica española, haciéndola digna de aquel solemne recuerdo de 
los caballeros en el trance de la sangrienta lid , como la hicieron 
después merecedora de la predilección, del celo y de las vigilias de 
los instituidores de la nobleza, á fin de mejorar y sublimar su edu- 
cación, siguiendo las invencibles leyes del humano progreso. 

No hay para qué decir , conocidas las multiplicadas órbitas en 
que se desenvolvía el bello ideal de la educación del cahallero, que 
buscaba ésta su más ancha y duradera base en los principios de la 
religión, la cual presidia al par todos los actos de su vida. El caba- 
llero no podia recibir orden de tal sin prepararse á ello por medio 
de actos religiosos: limpio su cuerpo con repetidas abluciones , en 
que le servían y auxiliaban otros donceles y escuderos, sus igua- 
les, disponíase á purificarse por la oración y el ayuno , para velar 
las armas al pié del altar , mostrando asi la firme resolución en 
que estaba de abrazar y seguir tan nueva y difícil vida: «la vigi- 
»lia de los caballeros noveles (decía el Rey Sabio) non fué estable- 

»cida para juegos nin para otras cosas, sinon para rogar á Dios 

»que los guie et los adeliñe (encamine) como á hombres que entran 
»en carrera de muerte (1).» Ni era tampoco dado al caballero acer- 
carse á ceñir la espada, calzar las espuelas, y recibir l^. pescozada 
y el beso del que le otorgaba la orden, sin haber antes oído devo- 
tamente misa, y rogado á Dios que, dispensándole su gracia, con- 
dujese siempre á término feliz y á su servicio todos sus hechos. La 
orden así recibida, era continuamente confirmada por los actos del 
caballero ; pues que jamas le era lícito acometer empresa alguna, 
ni entrar en lid , sin ratificar en su corazón , con limpia concien- 
cia, todos sus juramentos. 

Hé aquí, pues, en suma, cuanto constituía el catálogo de los de- 
beres y perfecciones del caballero español , tal como le bosquejan 
las leyes patrias y le revela la historia. Gozaba, en cambio de esta 
vida de abnegación y de perpetuo sacrificio, que voluntariamente 
se imponía, muchas y muy preciosas preeminencias. Dentro de las 
iglesias, sólo podían anteponérseles á oir las horas y oficios, tomar 

ventud, ya en su edad madura, ni doña Sancha, Infanta de León y esposa del Cond» 
Fernán González, ni doña Bascuñana, rica hembra de Castilla, mujer de Alvar Y^añez 
de Minaya, tienen nada de común con las liviandades de Elisena y las debilidades de 
Oriana, modelos en la esfera déla caballería fantástica de damas y de reinas. 

(1) Partida XI, tít. XXI, ley XIW.— Doctrinal de Caballeros, lib. 1, tít. 1, Rubrí- 
cela XIV. — Libre de la Caballería de MossenSentJordi, ley XX. 



72 ESTUDÍOS SOBRE LA EDUCACIÓN 

el agua bendita y recibir la paz , los prelados y los reyes ; en pú- 
blico estaba prohibido al que no fuera noble ó fijodalgo burlar 
con él, y sentarse á su mesa al que no tuviera orden de caballería, 
ó lo mereciera por sus personales virtudes (bondades); nadie podia 
allanar su morada , ni tomarle sus caballos ni sus armas sin ex- 
preso mandato del rey ó por razón de justicia, en cuyo caso que- 
dábanle á salvo el caballo y las armas de guerra ; érale permitido 
responder en juicio , aun terminado el plazo prefijado al intento 
por las leyes; no podia ser sometido al tormento sino por hecho de 
traición contra el rey ó el Estado; no debia ser condenado á muerte 
vil ; gozaba de entera inmunidad mientras asistia á la hueste ó 
servicio especial del rey; y le era, por último, permitido hacer tes- 
tamento , alterando hasta cierto punto en sus disposiciones las le- 
yes comunes. 

Pero todas estas prerogativas, de gran precio é importancia en 
ios tiempos medios, se anublaban y oscurecían, como se oscurecia 
y anublaba la gloria del caballero ante sus yerros y sus crímenes. 
La honra y nobleza de la caballería se trotaba efectivamente en 
baldón y vileza: primero, cuando el caballero, estando en hueste 
ó en frontera, vendiese el caballo ó las armas , los perdiese en el 
juego de dados, los diese á malas mujeres, ó los empeñase en ta- 
berna ó tafurería: segundo, cuando hurtase, ó hiciese hurtar á sus 
compañeros las armas: tercero, cuando armase caballero á hombre 
indigno de serlo : y cuarto , cuando vendiera públicamente por sí 
alguna mercancía, ó usase de algún oficio vil para ganar dinero, 
no siendo cautivo de guerra. El caballero caia, además de perder 
sus honores, en pena de muerte: primero, cuando huyera cobarde- 
mente de la batalla: segundo, cuando desamparase á su señor, que 
fuere rico-home, conde ó rey, ó abandonara el castillo ó fortaleza 
que tuviese en su guarda y custodia: y tercero, cuando viendo en 
peligro de prisión ó de muerte á su rey ó señor, no acudiese en su 
socorro, ya negándose á darle el caballo, si le habían muerto el 
suyo, ya abandonándole en el peligro , ya dejándole en poder de 
sus enemigos, pudiendo librarlo por su persona y su valia. En unos 
y otros casos era el caballero pública y solemnemente degradado: 
la degradación consistía en ceñirle la espada y calzarle las espue- 
las por mano de un simple escudero , quien le cortaba luego con 
un cuchillo el bálteo ó talabarte por la espalda , y lo mismo las 
correas de las espuelas, despojándole ignominiosamente de una y 



73 

otras. Desde aquel momento perdía el nombre, la honra y la pre- 
eminencia de la caballería: el que era simplemente deg-radado, no 
podia ya servir oficio alg'uno real ni concejil , ni menos acusar, ni 
retar á caballero alguno (1). 

Como de todo con entera eficacia se deduce, la honra y prez del 
caballero que habitualmente se obtenían por sabiduría y bondad y 
se acrecentaban y sublimaban por magnanimidad y íealtady llaves 
del verdadero heroísmo, perdíanse y trocábanse en infamia y mi- 
seria por cobardía y vileza. La infamia era mil veces más terri- 
ble que la muerte en la España de la Edad Media 



X. 

EDUCACIÓN DE LA NOBLEZA.— MEDIOS MATERIALES.— MEDIOS INTELECTUALES. 

Indudable cosa será, para todo el que medite un momento, que 
dado el doble fin del bello ideal de la educación de la nobleza, no 
habían de taltar por cierto los medios* de realizarlo, como no falta- 
ron respecto de la realeza, según saben ya los lectores. La ley, que 
le había infundí do larga vida y contribuía, con no agotada efica- 
cia, á su engrandecimiento, debía necesariamente cumplirse; y sí 
no los más propios y adecuados al desarrollo superior de una civí - 
lizacion rica ya y floreciente, debían ser los más conformes con el 
genio de la cultura española y los más aptos para lograr el objeto 
de todos apetecido, los medios ensayados al intento. Formar un 
hombre robusto, ágil y saludable, para que no fueran invencibles 
ni las fatigas del hambre y de la sed, ni las crudezas del tiempo; 
prepararle gradualmente y avezarlo á los ejercicios corporales, que 
no solamente contribuyeran á fortalecer su constitución física, sino 
á iniciarlo en el manejo de las armas, así ofensivas como defensi- 

(1) Doctrinal de Caballeros, lib. I, tít. 1, ley ó Rubrícela XXVI. — Libro de la Ca- 
ballería de Mosen Sent Jordi, ley XXXll; Partida 11, tít. XXI, ley XXV. 

El libro catalán de la Caballería de Sent Jordi (Santiago) está falto al final de esta, 
ley. Es, en suma, una versión del tít. XXI de la XI Partida, aunque el rey ü. Pe- 
dro IV (En Pere) declara en el Preámbulo que lo ordenó é hizo (ordenam et fem) para 
él y sus sucesores (per Nos et nostres succidors). Esto nos recuerda el Libre del Rige- 
ment de tots los officials de la Cort, que se atribuyó el mismo D. Pedro, siendo obra de 
D. Jaime de Mallorca. Como quiera, el Libre de la Caballería de Mossen Sent Jordi 
hubo de tener influencia en las esferas de la nobleza aragonesa, y alcanzó desde luego 
realidad histórica, que es lo que ahora imi)orta á nuestras investigaciones. 



74 ESTUDIOS SOBRE LA EDUCACIÓN 

vas hasta llegar á su dominación absoluta; desarrollar al propio 
tiempo, y por no desemejantes grados, su inteligencia, despertan- 
do en su corazón sentimientos levantados y generosos ; nutrir esa 
misma inteligencia con las salvadoras máximas de la religión y la 
moral, con la doctrina de las artes gramaticales y liberales y con 
las enseñanzas de la historia; establecer, en fin, esa manera de 
equilibrio y maridaje entre la práctica y experiencia de las cosas y 
del mundo, el conocimiento de las artes bélicas, y la perspicuidad 
y sabiduría, que debían servir de fundamento y norma á todas sus 
acciones, ya como señor ya como vasallo; hé aqui la obra que es- 
taba llamada á realizar la educa^non de la nobleza, conforme al 
helio ideal del cahallero. 

Semejante obra, nada fácil en verdad, si bien más cumplidera 
de lo que han sospechado los que se abrogan el privilegio de adi- 
vinarlo todo, dirigiéndose á dos diferentes esferas, necesitaba rea- 
lizarse por su propia naturaleza, y se realizaba, en efecto, merced 
á dos distintos linajes de medios. Obraban los primeros sobre la 
educación física: dirigíanse los segundos áda educación moral; y 
mientras pedían los unos la iniciación, el aprendizaje y el perfec- 
cionamiento en cuantos ejercicios habían de contribuir á labrar la 
aptitud corporal, para cumplir los fines del guerrero, exigían los 
otros, así en la niñez, como en la juventud y la edad viril, el cul- 
tivo graduado de las facultades intelectuales, con el estudio de 
cuanto debía saber el noble, ya para gobernar á los hombres, ya 
para ser él mismo gobernado. Esta dualidad de la educación de la 
nobleza, negada desdichadamente por el escepticismo ó la ignoran- 
cia que la ha condenado ciegamente á la barbarie, resolviéndose 
de antiguo en una unidad, á cuya sucesiva perfección contribuía 
el progreso de los tiempos ( 1 ), llegaba á constituir, por último, un 
verdadero sistema, empleado de continuo en la crianza é instruc- 
ción del caballero. Salvados por fortuna de la injuria de los siglos, 
y aun de la indolencia destructora de nuestros mayores, los monu- 
mentos que nos ministran, en el doble concepto indicado, luz bas- 



(1) Recorriendo los primitivos cronicones de la Reconquista, hallamos no sin fre- 
cuencia estas ó análogas frases: "Rex... filios ita censuit instruere, ut primo discipli- 
"nis liberalibus, dein, ubi aetas patiebatur, more hispanorum, equos cursare, armis- 
"et venationibus exercere fecit." {Chronicon Silensey mna.. LXXXII y otros). Según 
costumbre de los Españoles decia el Silense: no se olvide que escribia durante el rei- 
nado de Alfonso VI. La educación consuetudinaria de los Españoles sirvió pues, al 
mediar el siglo XI, de modelo para la de los hijos de Fernando I. 



DE LAS CLASES PíüVILEGIAüAS DE ESPAÑA. 75 

tan te para trazar el animado cuadro de aquella educación, falta 
imperdonable fuera ya en los cultivadores de la historia patria, y 
pecado grande en nosotros, el olvidarlos ó desdeñarlos. 

Pedia en efecto la educación de la nobleza española, en los di- 
versos estados que la componian, el mayor esmero y cuidado desde 
la misma cuna. Empeño era muy eficaz de los padres el no confiar 
la lactancia de sus hijos sino á nodrizas de la más limpia y linda 
sangre (1) que les fuera posible, y de muy recatadas costumbres; 
porque «cierto es (decia uno de los más respetables moralistas de 
»la Edad Media) que del padre ó de la madre en afuera, non hay 
»ninguna cosa, de que los homes tanto tornen, nin á que tanto 
»salgan, nin á que tanto semejen en sus voluntades et en sus obras, 
»como á las amas, cuya leche mamaren (2). Ni era menor la soli- 
citud paternal, confiando los primeros años de la vida de los hijos, 
desde que comenzaran á andar y hablar, al cuidado de jóvenes 
bien adoctrinados, para que presidieran á sus juegos (trebejos), 
trocándolos más adelante por hombres buenos y entendidos, quie- 
nes con su palabra y su ejemplo fuesen inculcando en ellos máxi- 
mas de virtud y sanas costumbres, asi- en el comer, como en el be- 
ber y dormir, hasta llegar á la edad de cinco años. Cumplidos es- 
tos, comenzábanlos á iniciar en la lectura; mas poco á poco, con 
halago y sin fatiga (premia), á fin de que no la aborrecieran, por- 
que ó no habia nacido ó nótenla aún general aplicación aquel bár- 
baro y cruel adagio, llegado infelizmente á nuestros dias, que pro- 
clamaba como principio pedagógico, el que la letra con sangre en- 
tra (3). Mientras asi se aleccionaban, costumbre era muy loada el 
subir á las veces á los educandos en bestias mansas, «con ornes en 
pos,» que los tuvieran, hasta sostenerse firmes ellos solos: logrado 
lo cual, dábanles caballos para que se aficionasen á montarlos, y 
les perdiesen todo miedo, castigándolos y dirigiéndolos á su placer 
con espuelas y freno. 

(1) Sangre linda significa sangre de antiguo y conocido linaje: la voz lindo se apli- 
có en la Edad Media para determinar á los cristianos viejos, en contraposición de los 
conversos del judaismo, á quienes se dio el título de nuevos. 

(2) D. Juan Manuel, Libro de los Estados, primera parte, cap. LXVI. La idea de 
que la primera leche ejercia grande influencia en toda la vida, se hace tan popular en 
España que llega á producir, ya en la Edad de oro del teatro, otras tan singulares y 
características, como Lospechos privilegiados de D. Juan de Alarcon. 

(3) Son notables las palabras de D. Juan Manuel, al propósito' "Desque pasare 
(el niño) "de cinco años adelante deben comenzar poco á poco á le mostrar leer; pero 
"confalago etsin premia, n {Libro de los Estados, primera parte, cap. LXVII), 



76 EBTüDlOS SOBRE LA EDUCACIÓN 

Cambiaban estos ejercicios, como cambiaba el orden de los 
estudios, al llegar el hijo del conde, rico-home, infanzón ó caba- 
llero á los siete anos , y sometiéndose entonces su educación á un 
régimen ordenado y racional , empleábanse en ella todos los dias 
de la semana . Oida misa el domingo ( y con preferencia la can- 
tada), divertíase durante la mañana, hasta la hora de comer, ca- 
balgando y ejercitándose en juegos ecuestres, con otros tiernos 
garzones, sus iguales: levantados los manteles, departía algu- 
nos momentos con personas de seso , descansaba después , ó dor- 
mía no larga pieza (1), y á la tarde tornaba á cabalgar, ó en- 
síiyábase en la carrera ápié, según más le agradara, cenando luego 
y hablando ó jugando á las tablas después ; pero sin velar mucho, 
ni leer libro alguno. Madrugando el lunes cuanto le fuera hacede- 
ro, oía misa y preparábase á salir de caza , cualquiera que fuese 
la crudeza del tiempo. Al intento debía cubrir sobre mucha ropa 
tabardo ó gambax grueso y pesado, llevando en la mano diestra 
lanza, azcona ú otra vara ó pértiga, y en la izquierda un azor ó 
falcon ; todo con el fin de preparar el cuerpo para el peso de las 
armas , y acostumbrar los brazos , el derecho á saber herir y el 
izquierdo á usar del escudo, para la propia defensa. Ya en el 
monte , debía poner espuelas al caballo en lugares quebrados ó 
ásperos, para hacerse gran ginete (cabalgador) y no recelarse 
nunca del peligro. Vuelto de la caza, y hecha la comida, consa- 
graba la tarde á proseguir la enseñanza intelectual , ora perfec- 
cionándose en la escritura, ora iniciándose en la aritmética (en 
dezmar), ora oyendo las explicaciones de la lengua latina, en que 
debía adelantarse hasta saberla hablar y entender perfectamen- 
te (2). Dedicábase el martes de lleno á la educación intelectual; 
por la mañana , muy temprano , oía el garzón misa , y después su 
correspondiente lección, ocupando todo el tiempo restante, hasta la 
hora de comer , en tomar de memoria los pasajes señalados por el 
maestro al propósito: después de holgar breve rato con otros jóvenes, 
tornaba al estudio, repetía sus lecciones, y venida la hora del recreo, 
paseaba ó corría á caballo, recogiéndose al anochecer en el palacio 

(1) Observamos que esta prescripción reconoce por fundamento el conocido afo- 
rismo de la Medicina salernitana : "Post prandium dormiré , n etc. 

(2) Don Juan Manuel, que nos sirve de guia en este punto, dice , tratando de la 
enseñanza referida : "En la tarde debe (el educando) oyr lección et facer conjugación^ 
et declinar, et fazer proverbio.... et este leer deve ser tanto, á lo menos fasta que 
sepa fablar é entender latin.n Libro de los Estados, I parte, cap. LXVII. 



DK LAS CLASES PRIVILEGIADAS DE ESPAÑA. 77 

Ó castillo donde moraba , y hecha la cena, de partía ó jugaba pa- 
cíficamente por algunos instantes con personas mayores y de seso. 
Empleábanse de igual suerte los cuatro restantes días alternan- 
do al estudio y la caza : el sábado debía el educando « repetir et 
»confirmar todas las lecciones de la semana , et en los días que 
» fuere á caza, cuidar que tardase alguno mucho el comer, hacién- 
dolo otro más de mañana ,» y aun ensayándose estotro, con tomar 
sólo un pedazo de pan, sin vino ni otro manjar ni bebida, á fin de 
avezarse á las fatigas del hambre y de la sed,'para cuando realmen- 
te las hubiere. Cuidando que «no dexára por el leer (estudiar) lo 
»que había de saber de caballería, ni por lo ar(lo déla caballería) el 
»leer, porque unas cosas non empescen (estorban) á las otras, ibase 
»ental manera formando la educación del futuro conde, rico-orne, 
»infanzon ó caballero, hermanándose el cazar y el correr del mon- 
»te , el bofordar y el armarse , el alanzar á tablado y el practicar 
»todos los demás juegos é cosas que pertenescían al estado de no- 
»bleza (1), » con la enseñanza délas artes gramaticales ó ingenuas 
en que tenían lugar señalado la retórica y la historia. Por la 
retórica aprendía el futuro caballero á xbien fablar é razonar 
cuerda é sabrosamente señoreando las ajenas voluntades , refre- 
nando en tiempo y lugar su propia ira y elevándose luego á la 
sciencia de gobernar la ciudad y aun la república, que era el ma- 
yor y más granado saber de los hombres , según el sentir del filó- 
sofo (2) ; por la historia ponían delante de si las fructuosas ense- 
ñanzas de los tiempos antiguos , tomando placer en las corónicas 
de los grandes fechos , et de las grandes conquistas et de los fe- 
chos de armas et de caballería,» y por ella sabia también por 
cuál arte y camino llegaron los esforzados y magnánimos varones 
á grandes estados, y cómo por falta de fortaleza y bondad dejaron 
otros mala fama, tras desdichada vida (3), con el aprendizaje de 
los <isiete saberes j maestrías sotílesé nobles, falladas por saberlas 
cosas ciertamente et obrar deilas, segunt conviene (4), poníase tér- 



(1) Es digno de tenerse en cuenta lo que el referido D. Juan, hijo del Infante Don 
Manuel , observa, resi^ecto de las costumbres , con que debia familiarizarse el caba- 
llero, para ahuyentar toda molicie y connaturalizarse con las mayores privaciones. 

(2) Libro del Tesoro^ III Parte , cap. II.— El filósofo por excelencia en los tiem- 
pos medios lo era Aristóteles (Aristotil). 

(3) Libro de lofi Estados de D. Juan Manuel , I Parte, cap. LXVI citado, 

(4) Libro del Septenario del Bey Sabio. Véase la Historia critica de la literatura 
española, t. III, cap. X. 



78 ESTUDIOS SOBRE LA EDUCACIÓN 

mino y corona á la educación intelectual del joven que entraba 
desde lue^o en la categ-oria general de los escuderos : los hijos de 
los condes , y aun de los ricos-horaes empezaban á ejercitarse al- 
tivamente en el gobierno de las tuestes y en la guarda de castillos 
y fortalezas , como quienes estaban llamados á heredar directa- 
mente la fortuna y <4 poderlo de sus mayores.» 

No era dudoso, trazado en la forma indicada el doble camino, 
que debia llevar la educación de la nobleza española, que así como 
respecto de la enseñanza activa tenian no pequeña parte la dis- 
creción y la experiencia de caballeros ancianos y prácticos en las 
cosas de la guerra , asi también se eran menester, para labrar la 
instrucción moral del caballero novel oportunos catecismos , que 
sobre ofrecerle las nociones generales, ya en orden á las artes gra- 
maticales é ingeniosas, ya en orden á las artes bélicas , le presen- 
taran, como en selecto ramillete, las máximas y principales avi- 
sos, capaces de moderar sus pasiones y propios para servirle de 
guia y de faro en todos los actos de la vida^ Ni podia tampoco te- 
merse que, demás de estos doctrinales, dejaran de escribirse otros 
más especiales y concretos, destinados á perfeccionar en las más 
altas regiones la educación del caballero , toda vez que era este 
llamado á ejercer en ellas determinada influencia y poderlo , no 
exentos en verdad de contradicciones, asechanzas y peligros. Era 
asi como se enriquecía el catálogo de los catecismos regios , que 
por la generalidad de la doctrina, podian tener aplicación á la 
vida del caballero , con muy preciosas producciones , llegando el 
momento en que los mismos reyes se tuvieran por honrados con 
poner mano en obra tan meritoria y fructuosa. Apenas ensayada 
en efecto, el habla castellana en las narraciones históricas, aquel 
mismo principe que habia procurado buscar modelos del perfecto 
monarca en las esferas eruditas (1), declarando por último en su 
peregrino Libro del Septenario que se atesoraban y tenian purí- 
simo espejo en su heroico padre todas las dotes y extremadas vir- 
tudes del rey y del caballero (2), no vaciló en trazar un especial 
tratado de cuanto pertenecía, é inmediatamente tocaba al estado 



(1) Véase el art. VI, publicado sobreesté asunto en la Revista. 

(2) Pueden consultarse los últimos capítulos de lo publicado del Septenario en las 
Memorias para la vida del Santo Rey Don Fernando (II Parte ad finem). Don Al- 
fonso atribuye la prosperidad de su padre á la posesión y ejercicio de todas aquellas 
virtudes. 



DR LAS CLASES PRIVILEGIADAS DE F,SPAÑA. 79 

de la caballería, punto á que daba también no exiguo bulto é im- 
portancia, como legislador, en el código inmortal de las Parti- 
das (1). 

Siguió en breve sus huellas D. Juan Manuel , no apartando por 
cierto sus miradas de cuanto la institución del principe y del ca- 
ballero debia al Rey ü. Sancho IV. Con intento más universal, sin 
embargo, y deseoso de discernir perfectamente los grados de la edu- 
cación nobiliaria, escrito primero el Libro de la caballería (1325), 
componia después el del Caballero del Escudero (1326). Era este, 
como lo persuadirá sin duda á nuestros lectores su mismo titulo, 
(conocida ya la organización gerárquica de la nobleza española) , 
singular catecismo, en que bajo la forma didáctico-simbólica, apo- 
derada á la sazón de la literatura vulgar, se exponian las nociones 
más generales , que debian exornar la inteligencia del escudero : 
tenia aquel por objeto cimentar en sólida doctrina las acciones del 
conde, rico-home, infanzón ó íijodalgo, que recibida ya la orden 
de la caballería, entraba de lleno en el ejercicio de todas sus pre- 
eminencias, honras y derechos. Ambos ofrecían un sentido más 
especulativo que práctico, si bien atesorando el segundo copiosas 
noticias respecto de la vida de actualidad , tanto en las altas esfe- 
ras de la religión y de la política , como en las más particulares, 
que al gobierno personal de cada individuo , en relación con sus 
iguales , amigos ó adversarios , y con sus inferiores y superiores, 
concernían. Don Juan Manuel , adunando estas obligaciones mo- 
rales con los deberes del caballero , tocante á su representación 
militar, había trazado también, ya valiéndose de la ajena ya de 
la propia experiencia, el peregrino Libro de los Eugenios (2), cuyo 
precio é importancia eran en la estimación de los guerreros, tanto 
mayores cuanto más grande se hacía c ida momento la reputación 
que de entendido en el arte de la guerra y de la tormentaria lo- 
graba D. Juan, ufanándose él mismo de haber perfeccionado cier- 
tas máquinas y trabucos é introducido el uso de nuevos reparos. 



(1) Hace especial mención de este libro del Rey D. Alfonso X su docto sobrino 
D. Juan Manuel {Libro de la caza, Bibl. Nacional, cód. S 34, fól. 201 v.) 

(2) Algunos escritores han sospechado que pudo D. Juan Manuel comprender bajo 
esta voz á los poetas ó escritores de su tiempo ; pero con visible error y notable falta 
de sentido histórico. Ni en el siglo XIV ni en el XV recibió la palabra ingenio la acep- 
ción que tuvo en los siguientes y conserva en nuestros dias, conforme á la índole máa 
general ed la dicción latina ingeniuiri. 



80 ESTADIOS SOBaE LA EDUCACIÓN 

para defensa de muros, torres y barbacanas (1). Y conio cuadraba 
íntimamente desde la edad primera á la educación del caballero 
«el correr monte», ora en el ejercicio de la venación, ora en el de 
la cetrería, no olvidó el discreto magnate que tratada y expuesta 
la teoría por el Rey D. Alfonso su tío, era digna la práctica de la 
estimación de los caballeros, dando á luz su precioso Libro de la 
caza con aquel deliberado propósito, y declarándola cosa «noble, 
apuesta é sabrosa (2).» 

Mas si en todos estos notables documentos para la educación de 
la nobleza, bacía el hijo del Infante D. Manuel un verdadero ser- 
vicio á la cultura española, y sobre todo á la privilegiada clase so- 
cial áque en primer término pertenecía, mayor, más intenciona- 
do y de resultados más duraderos, fué sin duda el que se personi- 
ficaba en el renombrado Libro del O onde Lucanor ó de Paíronio, 
á que parecía poner cima el no menos intencional de los Consejos 
y castigos á su hijo D. Fernando. Inspirábale el primer tratado, 
que bastó por sí sólo para vincular su nombre en la historia de la 
literatura patria con gloria imperecedera, el espíritu de clase : en- 
gendraba el segundo el ínteres de familia y aun el orgullo perso- 
nal triunfante en una guerra de quince anos contra su propio rey, 
que era por cierto uno de los más enérgicos y afortunados prín- 
cipes que habían ceñido la corona de León y de Castilla. «Desean- 
»do (decía en la advertencia preliminar del primero) que los ho- 
»mes fizíessen en este mundo tales obras que les fuessen aprove- 

»chosas de las onras et de las faziendas et de los estados puso 

»en él (don Johan) los enxiemplos más aprovechosos que él supo 
»de las cosas que acaescieren , porque los omes puedan fazer esto 
»que dicho es. Et seria maravilla, sí de qualquier cosa que acaez- 
»ca á qualquier ome (de estado), non fallare en este libro su se- 
»mejante que acaesció á otro.» No con tan general propósito, es- 
cribía al frente de los Consejos et castigos : « Teniendo que el saber 
»es la cosa por qué ome mas debía fazer, por ende asmé (procuré) 
»de componer este tractado, que tracta de las cosas que yo mismo 

(1) Libro de los Estados, ca.Tp. JjXXVll. 

(2) Pueden consultar los lectores que lo juzguen conveniente, el examen que de 
este libro hicimos en el cap. XVIII, del t. IV de nuestra Historia crítica de la litera- 
tura española. D. Juan Manuel mencionó en él á los más celebrados cazadores del 
reinado de D. Sancho IV, declarando que consultó su libro con Sancho Ximenez de 
Lancharez, Garci Alvarez, Ruy Ximenez de Mesco, Fernán Gómez y "otros caballeros 
de Gallicia (dice) que saben mucho deste arte" (prólogo). 



DE LAS CLASES PRIVILEGIADAS DE ESPAÑA. Rl 

»prové en mi mismo et en mi fazienda , et vi que conteció á otros, 
»de las que fiz et vi fazer et me fallé en ellas, asi bien et yo et los 
»otros.» Aceptando la forma literaria del arte simbólico, iniciada 
desde los tiempos de Fernando III, su abuelo, elegía D. Juan en el 
primer libro á un conde ^ para que recibiese de Patronio, su insti- 
tuidor ^ las lecciones religiosas, morales y políticas, que debian 
reglar la vida de aquel estado superior de la nobleza, en medio de 
la deshecha borrasca que á la sazón estaba corriendo en Castilla : 
siguiendo el significativo ejemplo del Rey D. Sancho, atendía en 
el segundo á formar el alma de su hijo de una manera más directa 
y ejecutiva, tomando para si la pla?a de Patronio y asignando al 
joven educando la del Qonde (1). 

Mientras de esta manera, y con empeño tal que contrasta gran- 
demente con su vida turbulenta y sus crecientes y no domadas am- 
biciones, contribuía el hijo del Infante D. Manuel á perfeccionar la 
educación de la nobleza, no escaseaban, ya en uno ya en otro sen- 
tido, los esfuerzos para proseguir la obra^ que habla alentado con 
su repetido ejemplo el Rey Sabio, señalándose como su imitador, 
por lo que á la enseñanza práctica concernía, el glorioso vencedor 
del Salado. No atribuyéndose, como equivocadamente se ha su- 
puesto, la originalidad del famoso Lihro de la Montería^ escrito 
por su bisabuelo, sino completándolo con muy peregrinas noticias, 
debidas á su propia experiencia , en lo tocante á la descripción de 
los montes, más abundosos de cazg,, hasta mediar el siglo XIV, 
pagaba también su tributo á la creciente cultura de Castilla el úl- 
timo de los Alfonsos (2). Atendía tal vez en esta forma ^ saldar la 
quiebra producida en la educación de su primogénito con el olvi- 
do, censurado por los magnates de Castilla, á que puso también 
enmienda con el Regimiento de los Principes y la Historia Tro- 
yanay escuelas teórico-práctlcas del principe y del caballero; y por 
cierto no fué adelante estéril su ejemplo. 

Era el siglo XIV la edad de oro del arte de la cetrería : por la 
gentileza y variedad de sus lances : por lo pintoresco de sus extre- 
madas suertes, llegaba á sobreponerse en la estimación general á 



(1) Los lectores que lo desearen, pueden consultar la exposición literaria que de 
una y otra obra de D. Juan Manuel hacemos en el t. IV, cap. XVIII de nuestra His- 
toria crítica de la literatura española. 

(2) Tratamos este punto con la extensión y copia de datos que ^^i r^polucion pedia 
eñ el t. III, cap. X, de nuestra Historia crítica de la literatura española. 

TOMO XVI. 6 



82 ESTUDIOS SOBRE LA EDUCACIÓN 

la venación, antes tan frecuentada, convidando á so ejercicio, no ya 
sólo á los más gentiles caballeros , sino también á las más apues- 
tas damas. Magnificencia de reyes y de grandes señores era el te- 
ner crecido número de aves de gran precio, y cazar con ellas en 
valles y riberas ; y apenas si se contaba en toda España un conde 
ó rico home, infanzón ó caballero, que no aspirara á grangearse 
opinión de entendido en tan aplaudida arte. Fama de extremado 
cetrero gozaba en Castilla el Rey D. Pedro, y no la merecían me- 
nor en Aragón y Portugal sus coronados homónimos : rodeaban al 
primero, cuya largueza le hacia dueño de los más afamados falco- 
nes (1), el Comendador de Santiago, Ruy González de Illescas. 
Alfonso Méndez y D. Gonzalo de Mena, después Obispo de Burgos 
y uno de los más reputados maestros en todo lo concerniente á la 
volatería, y tras ellos se hacia notar D. Juan Alfonso de Guzman 
y Ramiro Lorenzo, Comendador de Calatrava, con el Alguacil ma- 
yor del Rey, Juan Martinez de Villazan, el Comendador de Mon. 
talvan, Fernán Gómez de Albornoz, y otroSi muchos: estimulaban 
al segundo, que daba señalado lugar en las Ordinations de la 
sua cort á los falconeros (2), un vizconde de Illa, un D. Pedro Jor- 
dán de Urríes, Mayordomo mayor de palacio, y el rico-home Don 
Pedro Fernandez de Ixar, con otros no menos renombrados ; y dis- 
tinguíase sobre todos al lado del tercero, para quien subian de pun . 
to las aficiones mostradas por sus mayores desde el reinado del es- 
pléndido D. Dionis (3) , los muy peritos Pedro Minino y Pedro 
Fernandez, autores de sendos tratados sobre la cetrería, crianza, 
adoctrinamiento y guarda de los falcones. 

Con extraordinaria suntuosidad mandaba el Rey D. Pedro de 
Castilla escribir y exornar de grandes y vistosas miniaturas un li- 



(1) Sabemos que con los nombres de la Doncella^ Botafuego, Pristalejo y PicañgOf 
poseyó D. Pedro, entre otros, los más celebrados falcones, baharíes, tagarotes y torzuelos, 
conocidos á la sazón en toda España; y teniendo en cuenta que un neblí pollo altanero 
costaba cuarenta francos de oro, sesenta un garcero y setenta un mudado, se compren- 
derá fácilmente que no esquivó el hijo de Alfonso XI gasto ni sacrificio para lograr 
los mejores. 

(2) Véanse los cap. XXlll y XXIV de las Ordinations fetes per lo molt alt senyor 
en Pere, Bey d^Arago sobre lo Begiment de tots los officials de la sua cort, — donde 
señala las atribuciones del falconero mayor y sus subordinados. 

(3) Es de tenerse en cuenta, que ya imitando á su abuelo D. Alfonso X, ya cedien- 
do á la general inclinación de su tiempo, se distinguió D. Dionis dictando leyes pro- 
tectoras sobre la cria de los falcones, que figuran por cierto al frente de todas las que í 
de él conocemos. í 



DE LAS CLASES PRIVILEGIADAS DE ESPAÑA. 85 

bro de cetrería, en que sobre recog-er los más importantes avisos 
respecto de los sitios más aptos para dicha caza , se veia represen- 
tado con sus magnates y falconeros, en los más variados y gallar- 
dos lances de grullas , de ánades y de garzas (1). Atesorando la 
experiencia de los más autorizados cazadores que conocía y trata- 
ba, así en la corte del Rey D. Pedro, como en las de Felipe de 
Francia, Pedro de Aragón y Fernando de Portugal, componía, 
dentro del mismo siglo (1386), el ilustre Pero López de Ayala su 
celebrado Lihro de la Cetrería, compilación rica y selecta de cuan- 
tas reglas debían observarse, ya en la cria de azores, falcones, ga- 
vilanes, esmerejones y alcotanes, ya en la elección y enseñanza 
de los falcones, baharíes, tagarotes, gerifaltes, borníes y alfane- 
ques, ya finalmente en el cuidado y cura de sus mudas y enfer- 
medades. Años adelante, entrado ya el siglo XV, repetía Juan de 
San Fahagund, cazador de D. Juan II de Castilla, y aumentaba 
notablemente de su propia cosecha, las mismas reglas y prescrip- 
ciones de tan estimada arte , dando á conocer al propio tiempo sus 
más celebrados cultivadores. Extremábanse entre ellos en el reino 
de Castilla, Pero Carrillo de Huete, falconero mayor del Rey, 
Martin Alfonso de Montemayor, Juan Fernandez de Toledo, Mar- 
tin Sánchez de Vite, Martín Fernandez Puertocarrero, el Comen- 
dador de Oros, hijo de Juan Ramírez de Guzman,y sobre todos el 
Almirante D. Alfonso Enriquez : señalábanse en Aragón D. Luis 
de Ixar, hijo del Conde de Aliaga, D. Felipe de Urríes, autor de 
muy estimado libro, asimismo de volatería, y con ellos otros ricos- 
homes é infanzones de nota. Los ensayos de Ayala y de San Faha- 
gund tenían no sólo imitadores, sino émulos: jactábase D. Beltran 
de la Cueva , primer Duque de Alburquerque, de añadir adverten- 
cias y aun de enmendar errores en uno y otro, merced á la mucha 
práctica de su cazador mayor, Diego de Loarte, y á la suya pro- 



el) Tenemos á la vista una preciosa carta del ilustre deán de Sevilla, D. Manuel 
López Cepero, ya difunto, en que nos describia, con fecha 30 de Julio de 1856, este 
precioso códice, que examinó repetidamente en la cartuja de Santa María de las Cue- 
vas de Sevilla, desde 1814 á 1815, en que permaneció preso en dicha casa. El códice 
fué vendido por el último prior de la Cartuja, don F. Francisco Domínguez, á un lord 
inglés á muy buen precio. De éste ó análogo modo han desaparecido del suelo espa- 
ñol muchas preciosidades artísticas é históricas. Por lo que toca al Rly D. Pedro, no 
parecerá inoportuno consignar aquí, que al reconstruir el Alcázar de Sevilla, hizo es- 
culpir en algunos frisos de sus magníficos salones (tarbeas) lances y suertes de volate' 
ría y veimcion, dignos de estudio. 



84 ESTUDIOS SOBRE LA EDUCACIÓN 

pia (1); y segundados por otros sus esfuerzos, llegábase al siglo XVI 
en que el renombrado Luis de Zapata, señor de las villas del Cebel, 
movido al par del anhelo del poeta y de la gallardía del caballero, 
aspiraba á imitar las Geórgicas de Virgilio con un poema didácti- 
co, juzgando digno asunto de intento semejante, el arte de la ce- 
treria (2). 

No estaban ociosos entre tanto los escritores, que aspiraban á 
perfeccionar las nociones encaminadas á reglar la vida del caballe- 
ro, ya en el orden moral, ya en el político. Contribuían á este fin 
con los instituidores de la realeza, oportunamente mencionados, 
insignes prelados, entendidos legistas y poderosos proceres, y aun 
Príncipes de la sangre. A D. Juan 11 dedicaba en 1444 su Espejo 
de verdadera nobleza Mossen Diego de Valera: en 1446 ofrecía 
Gutierre Diez Oamez, en su Víctor ial de Caballeros, ejemplo vivo 
«á los buenos caballeros et fidalgos que habían de usar oficio de 
»armas et arte de caballería;» algunos años después traía al ro- 
mance de Navarra el desdichado cuanto do^cto Príncipe de Viana 
el tratado de la Condición de la Nobleza, de Angelo de Milán, re- 
cordando el Libro de la Caballería de Leonardo Bruno de Arezzo; 
departía en el expresado año de 1444 con D. Iñigo López de Men- 
doza (en breve primer Marqués de Santillana) el docto Obispo de 
Burgos, D. Alfonso de Cartagena, sobre el origen de la caballería, 
compilando después el Doctrinal de Caballeros á ruego de Don 
Diego Gómez de Sandoval, Conde de Castro; y con más determi- 
nado propósito escribía en 1453 el ya memorado Marqués de San- 
tillana su muy aplaudido Doctrinal de Privados. Agregábanse á 
estos documentos, con el loable anhelo de despertar el sentimiento 
heroico de la nobleza española, míseramente adormido y extravia- 
do en medio de los disturbios civiles, los preciosos tratados del se- 
ñor de Batres, intitulados: Libro de los clarox varones y Las ge- 
neraciones é semblanzas-, y para obrar en las más nobles esferas de 
la educación, adoctrinando á las damas de Aragón y Castilla con 
«1 ej-eí^nplo ^e las virtuosas mujeres de la antigüedad, escribíanse, 

(1) Biblioteca nacional, cod. L. 86. 

(2) Id.^ id., T. 296. Este poema, á pesar de las declaraciones de su autw, es de poco 
mérito literarario, pero ofrece grande interés histórico, sobre todo comparado con los 
ya citados Libros de Cetrería. Zapata manifestaba su propósito por estas palabras : 
" Procuré de imitar con el Cario famoso que hice en diez y siete años á las Eneidas de 
Virgilio y á las Geórgicas en esta i^etrería que 4iiee en cuarenta dias" (Píólogo al 
poema.) 



DE LAS CLASES PRIVILEGIADAS DE ESPAÑA. 85 

en fin, crecido número de doctrinales, no desdeñando el mismo 
D. Alvaro de Luna, arbitro de los destinos de Castilla, de poner 
mano en esta meritoria labor, consag-rándole sus más preciados 
ocios, que daban por fruto el Libro de las claras é virtuosas mu- 
jeres ( 1 ) . Enlazábanse con estos tratados el del Liiro Binario^ 
consagrado á la educación de los hombres, y el de Los castigos é 
documentos que un sáhio daba a sus fijos, aptos ambos para abrir 
las puertas de \ú sociedad, tfetfato á \k 'hóUeza, tíomd á la ciudada- 
nía, cuya estrecha é indestructible alianza pregonaban. 

A estos y otros importantes doctrinales, entre los cuales no son 
para olvidados él Tratado de la guerra ni el Libro de las bata- 
llas CAMPALES de Diego Rodríguez de Almela, que completaba el 
pensamiento del compuesto bajo igual titulo por D. Alfonso de 
Santa Maria, su maestro, como no es tampoco de preterir el escri- 
to en lengua latina por Alfonso V de x\ragon con titulo De Gastri 
Stabilimento, fué, pues, debido el perfeccionamiento de la educa- 
ción de la nobleza española en todas las esferas en que se desenvol- 
vía hasta fitíes del siglo XV. Los esfuerzos de la Reina Católica, 
no menos que el invencible poderlo de los hechos acaecidos al finá.1 
de aquella centuria, y de laá ideas, íjüé hábian dado el tritítifo al 
Renacimiento, la llamaron desde aquelloá memorables dias á nie- 
vas sendas , ^üe debiaií conducirla á muy distantes reg^iones de 
aquellas en que habia arraigado piol- tantos siglos, COn honra su^a 
y beneficio de k patria. ¿Ganaba la nobleza espartóla con esta in- 
esperada trasfofmacion, que ño pudo ó no supo resistir á tiempo, ó 
era aquella la pi-imera señal y el sintonía más evidente y següío 
de sü futura decadencia y átiulacibn en el Estado ? Cuestiones son 
estas que nos saldrán al paso con entera oportunidad, lufeg'O que 
hayamos estudiado la Constitución y el bello ideal de las detñás Glasés 
sociales que coexisten ó se desarrollan al pat* de la %ohleza. Para co- 
nocer del todo lo que ésta fué y quiso sei*, ora Considerada en si, ora 
con relación á las referidas clases, lícito hós sfei-á ya fijar üuestt-as 
miradas eh la doctrina de los mencionados catecismos caballeí-esóos. 



(1) Los principales libros á que aludimos fueron debidos al Obispo D. Alfonso de 
Santa María y D. Fray Francisco Ximenez de Elna, y Juan Rodríguez del Padrón. 
— El movimiento que determinan en la cultura española procuramos apreciarlo cum- 
plidamente en el tomo VI de nuestra Historia critica, caj). XI. 



Setiembre, 1S69. 



JesÉ Amado» de los Ríos. 



DE LA CAPACIDAD POLÍTICA 

EN LOS SISTEMAS REPRESENTATIVOS. <^^ 



VI. 

Para las personas acostumbradas á estudiar los problemas polí- 
ticos , no superficialmente . sino en su fondo* y buscando á la par 
el primer principio y la última consecuencia de las doctrinas, bien 
podemos decir que en las páginas que llevamos escritas se con- 
tiene virtual y sintéticamente toda la cuestión que planteamos co- 
mo epíg-rafe del presente artículo. Delinear y contornear el espí- 
ritu de las dos escuelas que lucban á brazo partido en el terreno 
de la capacidad política; señalar sus inconvenientes; condensar 
en reducido cuadro sus rasgos típicos y descollantes ; desentrañar 
la base sobre que reposan y el fin á que se encaminan ; exponer y 
formular después la opinión propia del escritor sobre el asunto que 
desenvuelve , es realizar , siquiera en bosquejo , el levantado pro- 
pósito que movió su pluma. 

Sin embargo, á ley de sinceros confesamos que, si diésemos aquí 
por ultimado y redondeado nuestro estudio , quedara incompleto 
todavía. Y se comprende perfectamente. Las escuelas políticas no 
siempre presentan al desnudo el principio de que parten , ni el fin 
á que se enderezan sus propósitos. Las más de las veces afectan 
rendir tributo de deferencia á los adversarios tomando, como suele 
decirse, del enemigo ei consejo ; manifiestan aprovecharse de las 



(1) Véase el núm. 60 de esta Revista. 



DE LA CAPACIDAD POLÍTICA, ETC. 87 

enseñanzas de la historia ; convienen en los puntos de vista gene- 
rales de la ciencia ; separan las cuestiones del terreno absoluto 
para plantearlas en el puramente relativo, y si pregonan el prin- 
cipio radical, es por efecto de una evolución práctica muy hábil 
difiriendo de las escuelas conservadoras casi únicamente en la 
apreciación de las circunstancias . 

Esta observación, pues, nos pone en el caso de ahondar un poco 
más en el tema que nos ocupa. Asi en apoyo del sufragio univer- 
sal, como en refutación del censo, se han señalado nuevos puntos 
de vista que apenas si tienen nada de común con los argumentos 
hasta ahora presentados ; y no pudiendo sostenerse en el terreno 
del derecho estricto, cuya teoría tiene hoy escasísimos partidarios, 
como lo observaba recientemente en el seno de las Cortes Consti- 
tuyentes un joven Diputado, el Sr. Marqués de Sardoal, se ampa- 
ra de conceptos diversos, reviste las fases de la conveniencia, de la 
educación política general y de los hábitos y usanzas que respec- 
tivamente desarrollan en los estados ; cuyas consideraciones puede 
decirse que á la hora presente influyen sobre la opinión de la de- 
mocracia de un modo mucho más eficaz que las lecciones de la fi- 
losofía del derecho. 

Necesario es, por lo tanto, que en obsequio á la cuestión y como 
tarea complementaria del trabajo emprendido, continuemos la do- 
ble empresa de impugnar el sufragio universal y vindicar el rela- 
tivo ó limitado, dando mayor latitud á la cuestión y retirando un 
poco los hitos y mojones del estadio en que sentamos nuestra 
planta. 

No puede haberse olvidado que, al declarar por todo extremo 
peligroso el sufragio universal, lo hicimos significando ahincada- 
mente el desacuerdo en que se halla, á nuestro modo de ver, con 
la capacidad positiva del mayor número. 

Pues bien; en el momento histórico que alcanzamos, éste es pre- 
cisamente el terreno que escogen como predilecto los partidarios 
del radicalismo democrático. Niégase redondamente la suposición 
de los partidos medios, relativa á la incapacidad del pueblo, y se 
apoya esta negación en varias razones. 

Una de ellas, y quizás la más deslumbradora, es la siguiente. 

Es en vano, dicen, que se hable de la incapacidad política del 
hombre mayor de veinticinco años, desde el momento en que la ley 
le autoriza para la plenitud de los derechos civiles independiente- 



88 DK LA CAPACIDAD POLÍTICA 

mente de condiciones taxativas ¡que determinen la aptitud y capa- 
cidad. Quien hace lo más, ¿no es justo que se halle habilitado para 
practicar lo menos? Cuando se permitie á tbdo ciudadano constituir 
una familia y la ley le adjudica la doble potestad patria y marital, 
¿es lógico poner en tela de discusión si tiene capacidad bastante, 
no ya para legislar directamente, que de ésto no se trata, sino para 
indicar quiénes sean las personas más notoriamente aptas para el 
ejercicio de semejante tarea? Dispone libremente de sus cosas, tie- 
ne en su mano la educación de los hijos, ejerce un ministerio tan 
venerando como el de la autoridad marital , ¿ y dudaremos de su 
competencia para ejercitar un mero acto de sentido común? Pues 
qué, para rendir tributo al mérito y á las virtudes, ¿no son los más 
significativos los oráculos de la opinión? 

No se dirá que hemos tratado de amenguar la fuerza del razo- 
namiento. Este, sin embargo, no es más que un sofisma vulgar, 
fundado en la confusión que se hace de dos elementos , la capaci- 
dad civil y la política. Pero es el caso que los mismos que en este 
punto concreto aceptan la completa identificación de una y otra, 
dentro de su misma idea no son lógicos con el criterio que procla- 
maron. Pues si de la capacidad civil se deduce ya la política , los 
que dan derechos civiles á la mujer, deben ser consecuentes otor- 
gándole, en determinados casos, funciones políticas. Otro tanto 
diremos de los mencl-es que tienen en ciertas materias capacidad 
civil relativa. Nadie ignora , en efecto , que la tendencia general 
de los códigos modernos es contraria á la idea del derecho romano 
que vinculaba en el sexo masculino los atributos de la autoridad 
doméstica; y que poco á poco va ganando terreno, y prevaleciendo 
el principio de que « la madre sucede al padre en la patria potes- 
»tad con todos sus derechos y obligaciones ( 1 ) . » Asimismo , los 
menores de edad , aunque no alcancen la plenitud de su vida civil, 
tienen derechos más ó menos amplios pot* lo relativo á la sucesión 
y á los peculios castrense, cuasi castrense y adventicio extraordi- 
nario. Pues dado este precedente , que de cierto no se oculta á los 
partidarios del sufragio universal, la consecuencia precisa, lógica, 
indeclinable, es que la capacidad política vaya siempre subordinada 
á la capacidad civil. 

( l ) Entre los muchos datos justificativos que pudiéramos aducir, citare- 
mos únicamente el art. 184 del Libro I.** del Código civil en proyecto presen- 
tado á las Cortes por D. Antonio Romero Ortiz. 



EN LOS SISTEMAS JlEPRESENTATlVOS. 89 

Posible sería — no lo negamos — que, llév-ádtíá del espiritada 
sistema , nuestros adversaridá reconociesen un diá cbmo naturales 
y legítimos todos lo.^ corolá.i'ios de la doctrina 'qúh cdti tátltb féi*- 
vor preconizan , y que á la tiiujei* y á los menores de édkd , re- 
uniendo ciertas condiciones , les diesen libré entrada en los Comi- 
cios electorales : nosotros no por esto Capitularíamos con liiíá idea 
que , á nuestro juicio, disloca de todo punto la cuestión é identi- 
fica y confunde capacidades completamente heterogéneas. 

Es un mal , y mal gravísimo , que todas las personas á quienes 
la ley reconoce aptitud suficiente para toüiar estado , los que en 
uso de su derecho Constituyen una nueva familia , lo¿ qtie no va- 
cilan en aceptar la tremenda responsabilidad que lleva coüsigo el 
nudo matrimonial, no se hallen muchas veces á la altura del 
sailttí vinculo que contraen : la Iglesia misíüa ha debido recdñócfer 
este mal, y procura, en cuanto puede, atenuarlo y suáviÉarlÓ; pe- 
ro á ménbs de buscar el remedió proclamando la absurda doctrina 
de la absorción del individuo por el Estado , y dé resucitar aque- 
llas odiosas reminiscencias de la república, cuya traza dio el filó- 
sofo Platón , este es un mal necesario que la previsión dé los legis- 
ladores ño logrará nunca extirpar. 

Una consideración hay , sin embargo , qué atentiá ¡considerable- 
mente estas dificultades, ya que ñó logre desvanécetelas del todo. La 
experiencia patentiza que en el sosegado y apacible santuario de 
la familia, el sentimiento del deber ejerce una autoridad y predo- 
minio eminentes , que no alcanza en ninguna oti*a dé las esferas de 
la vida civil. Los vínculos de la sangre , lá cadena dé amor purí- 
simo que enlaza y estrecha á sus individuos , el justo áúhelo que 
tiene el padre de realzarse á los ojos de su esposa y de dignificar á 
sus hijos, son otros tantos incentivos vehementes, podéi-bsos resor- 
tes del corazón que le encaminan y empujan hacia la senda del 
bien , siquiera no esté preparado por la inñuencia de una acertada 
y bien dirigida educación. La madre menos púdica y celosa de su 
honra , el padre más desnaturalizado arden en el deseo de que el 
niño conserve limpio é incontaminado el tesoro de sus ilusiones 
virginales , de que se eduque en los hábitos de la sobriedad y la 
honradez, de que el hálito ponzoñoso de la corrupción inundana üo 
amancille la tersura de sus sueños , y llega uü dia en qué si el 
arrepentimiento tiene entrada en su corazón, si renuncia á los des- 
varios de su pasada ingloriosa conducta, es por la sombra inortí- 



90 BE LA CAPACIDAD POLÍTICA 

fera que puede proyectar sobre el porvenir de sus pequeñuelos. 
i Disposición maravillosamente providencial que convierte la vida 
de familia en el gran Jordán de las culpas humanas , y hace que 
el hombre , por ruin y depravado que sea , no salve jamas sus 
áureos dinteles sin tratar de mejorarse y enaltecerse ! 

Ahora bien; ¿puede aplicarse igual observación á las tareas de 
la vida pública? Cuando se trata de emitir el sufragio, el hombre 
ineducado, el de malas costumbres, ¿obedecen al sentimiento del 
deber, sienten la voz de la conciencia del mismo modo que en lo 
relativo á sus intereses inmediatos de familia? Ah! Que no es asi 
prácticamente, ni hay términos hábiles para que esto suceda. La 
empresa de conocer y elegir á los mejores entre los buenos al tra- 
vés de la espesa polvareda que levantan las malas pasiones y el es- 
píritu del partido, la de discernir la mayor justicia, oportunidad 
y alcance entre los diversos programas políticos , es sobrado difí- 
cil y compleja para entregarla sin apelación á los erráticos im- 
pulsos de una muchedumbre antojadiza y vanagloriosa. Precisa- 
mente sucede en estas materias el reverso de lo que se advierte en 
la vida civil. 

El deseo de mejorar la suerte de la esposa , el amor á los hijos, 
la honda contrariedad que producen las privaciones y los reveses, 
la avidez de prosperar y enriquecerse en poco tiempo, trabando 
encendida refriega en su corazón, debilitan su espíritu ya contur- 
bado y enfermizo hasta el punto de engañarle lastimosamente y 
de hacerle tomar por]práctica y positiva realidad las halagüeñas y 
embriagadoras perspectivas de la utopia , no de otra manera que 
en las vastas soledades del desierto africano el sediento viajero 
toma algunas veces por abundantes y cristalinos manantiales de 
agua ciertos efectos de la luz solar al quebrarse en las áridas ver- 
tientes ó perderse en el ocaso de confusa lejanía. 

VIL 

Otro argumento de vasto sentido y ^poderoso alcance fundan 
los partidarios de la democracia en el decaimiento moral , en la 
gangrena de la corrupción que suponen haberse introducido len- 
tamente en el campo de los conservadores, mientras el pueblo, 
por fortuna, conserva virgen é incontaminado todavía el cristal de 
sus esperanzas é ilusiones. Como se descubre á primera vista, este 



EN LOS SISTEMAS REPRESENTATIVOS. 91 

argumento tiene más importancia que el anterior, por cuanto })ro- 
pende á vindicar la capacidad electoral de las clases inferiores, no 
ya en el terreno intelectual , sino en el de la moralidad y la con- 
ciencia. 

Empecemos por confesar que es sumamente cómoda la táctica 
de ciertas escuelas radicales. Cuando se trata de las personas colo- 
cadas en los altos peldaños de la escala social , manifiestan dis- 
tinguir con toda lucidez la importancia y trascendencia de las fun- 
ciones políticas, los abusos, supercherías y cabalas á que se prestan, 
la necesidad de poseer determinadas condiciones para ejercerlas en 
menoscabo del bien público, los perjuicios que irroga á la colectivi- 
dad su perversión y falseamiento. Ya no bastan entonces el instinto' 
ineducado , el acicate de la conciencia , el sentimiento del ínteres 
personal como prendas de buen acierto. jSntre el hombre y la socie- 
dad se atraviesan desdichadamente los móviles bastardos , las mi- 
ras interesadas, el oro corruptor que pone tasa á las conciencias y á 
los corazones. En cambio, cuando el problema se considera en rela- 
ción con las clases inferiores, las reglas del criterio son distintas; 
ya no hay que temer las cabalas ni las supercherías; la ignoran- 
cia deja de ser peligrosa; ya el oro pierde su tentadora influencia; 
ya la voz del instinto y de la conciencia basta para hacer rostro á 
las asechanzas del genio del mal ; ya no hay espíritus degenera- 
dos, ni almas cobardes y enflaquecidas, ni hombres miserables 
que se revuelquen en la ciénaga inmunda de las pasiones. 

Hé aquí el fruto de las enseñanzas del tiempo ; hé aquí la gran 
fórmula del progreso democrático. 

Pero es el caso que no á todos convencen, ni mucho menos, estas 
vaguedades y generalizaciones : al lado del genio que las inventa 
y de la grandilocuencia que las populariza, y de la muchedumbre 
que bate palmas al escucharlas, se percibe de cuando en cuando la 
voz de la reflexión sobria y modesta, los acentos del hombre obser- 
vador que se atreven á poner en duda — ¡quién lo diría! — toda la 
certeza y autoridad de esos precedentes de hecho que se invocan y 
sobre los cuales se levantan erguidas y majestuosas las nuevas 
construcciones intelectuales. Oigamos á los adversarios del pro- 
grama democrático, ya que antes concedimos la palabra á sus pa- 
negiristas. 

Desde luego llama la atención que las premisas del razonamien- 
to democrático , lejos de ser una novedad como suponen sus adep- 



95 ÜE LA CAPACIDAD l>bLl'TlCA 

tos , son aplicaciones más ó menos especiosas y abrillantadas de la 
doctrina dé J. J. Rousseau. Vanalíientfe se trata de büscár el eslá- 
botláiüientb, \h genealogía de las nuevas ideas feñ Ist éVóliicidñ que 
experimentó la filosofía germánica desde el advenimiento dé Eánt: 
está influenbia nunca ha sido popular en los países iüéridíotiáíes: 
la piedra ang-ular, la verdadera raíz está eh las {Járádojá^ ^ Ó írítí- 
pt; en los sentimientos del filosofó gihebrinó. «Que todo sale büfefío 
»de las manos de Dios y degenera en las del hombre ; que lá edü- 
»cabion parece estar reñida tion él instinto de bondad y de püt*e¿a 
«que Dios depositó en el fondo del corazón humano ; que á medida 
»qüe el hombre sube en la escala de la ciéhcia decae eü dtro sen- 
»tidb; Ique los gobiernos separándose déla naturaleza Suelen la- 
»brar la desventura de las naciones ; que la sóbiedad es el fbüto 
»del contrato, y por lo mismo la soberanía radica en los contra- 
tantes;» hé aquí el abolengo de la democracia. Por esto desconfía 
ínstiütivatnente de la inteligencia social, y abre los brazos ál tjué, 
no habiendo estudiado nada , no pudo contaminarse ; pof esto pitJ- 
clama que la riqueza , en vez de constituir un valladar, un muro 
de defensa para la sociedad , es su gran peligro moral ; por esto 
emplea las voces de oro y corrupción en perfecta sinonimia ; pdt* 
esto, mientras anatematiza la gradual perversión de las clases ri- 
cas, encubre con un cortinaje purpúreo y recamado los vicios y 
las pasiones de los pobres ; por estd se paga más del númel-b que 
de la calidad y las virtudes de los ciudadanos ; por esto vive siem- 
pre recelosa contra la autoridad constituida ; por efeto nb conbibe 
la soberanía ni la legitimidad de ningún J)odef' fuera de la elec- 
ción popular directa ; poí esto exagera y sublima los fueros de la 
razón hasta Convertir al hombre en eje del mundo moral y Dios 
de sí mismo. 

Ahora bien: ¿hay uña sola de las proposiciones de Rousseau que 
pueda contar de presente con la autoridad de la ciencia? Sin vaci- 
lar respondembs que nó ; y si bn algo han adelantado las cienbias 
morales y políticas de nubstra época, es precisamente en állbgar y 
reunir los datos tiecesarios para destruirlas. 

El buen sentido enseña ya naturalmente que si la corrupción 
fuese patrimonio especial de las clases superiores , la obra de la 
corrupción popular, atribuida á los doctrinarios, hubiera sídó im- 
posible. No se concibe la venta sin el doble concurso de lois cbm- 
pra;dt)res y los vendedores; no fee explica el sobbrno éiri la existen- 



EN LOS SISTEMAS REPRESENTATIVOS. 93 

cia simultáaea del sobornante y del sobornado. Por otra parte , si 
el desarrollo de la inteligencia se obtiene é, cgsta de la pureza del 
corazón, ¿porqué dar tanta importancia i la instrucción pública? 
¿ No vale cien veces más Ja rectitud del instinto en lo que tiene de 
espontáneo, que una educación meng-uada y siempre incompleta? 
En tal caso conviene aceptar el principio en su integridad : no im- 
pongáis sacrificios á las naciones en beneficio de la instrucción po- 
pular ; no llaméis civilizados á los pueblos donde la ignorancia, va 
perdiendo terreno de cada dia , y si consultáis las páginas de nues- 
tra estadística, no sea para sacarnos los colores al rostro, sijio pa- 
ro bendecir á la envidiable idiosincrasia española y á la suspicacia 
tradicional de sus Crobiernos que ban hecbo cuantos esfuerzos ban 
estado en su mano para impedir que los bijo3 del pueblo pp^'dieran 
su pureza originaria al contacto délas letras y de los conocimierjtos 
útiles. Sed lógicos, detractores de la inteligencia: si esta se desen- 
vuelve á precio de la bendad natural del bombreyl^. rectitud de sus 
instintos, bendecid á los tiranos que, procurando reducir el circulo 
de los iniciados y cubriendo los tesoros de la ciencia con el velo 
tupido de Isis , dieron señalada y relevante muestra de amor al li- 
naje bumano, y eran los ángeles custodios de la felicidad social. 
¿Os repugnan estos principios, no es cierto? — Pues sed lógicos 
rechazando inexorablemente sus derivados y ramificaciones. 

Tampoco debe admitirse como cierto que las sociedades sean más 
libres en cuanto más se acercan al estado primitivo. El estudio de 
las ciencias morales y políticas, hecho en nuestros diascon mayor 
copia de datos y unidad de conjunto del que le consagraban sus 
amadores y entusiastas en la edad antigua y durante los siglos me- 
dios , ba demostrado y patentizado que fuerg, del Paraiso y desde 
qu^ lias gicne raciones se derramaron por la sobrehaz de la tierra, el 
progreso , en sus div^ersa^s ramas , no es una idea primaria, sino un 
resultado , un frufo tardío de la actividiad y del trabajo. En lo mo- 
ral no basta el amor platónico de la yerdad sin la resolución .de lu- 
char por ella y vencer los obstáculos y domeñar la inñnenieia de 
las malas pasiones ; en Lo económico , la riqueza no se alcanza sin 
la acumulación de perseverantes esfuerzos ; en lo intelectual , el 
alma humana está necesitada de un cultivo armópico y biefj dírí- 
gido ; en lo político , los jGrobiernos regulares y progresiyos se fun- 
dan sobre condiciones positivas die capacidad intel«Gtua,l y mpr^,!. 
En todos los órdenes de ideas el espectáculo es el mismo ; suprima- 



94 BE LA. CAPACIDAD POLÍTICA 

se la actividad , el esfuerzo , la ley del trabajo , y la obra de la ci- 
vilización se descompone y sucumbe. Vanamente le pediréis al de- 
recho natural , como innato , lo que , aun estando perfectamente 
de acuerdo con la naturaleza antropológica , sólo se descubre á la 
larga y después de grandes caldas y redobladas investigaciones; 
en vano trataremos de internarnos en las profundidades de la con- 
ciencia para que nos rinda frutos sazonados , si de repente le falta 
el alimento de la educación relativa, inherente á cada periodo his- 
tórico ; por último , la misma religión natural que hoy trata de im- 
ponerse como cosa espontánea, como revelación instintiva del gé- 
nero humano, perderá de súbito su brillantez y su transparencia, 
y todo lo más dará de tarde algún destello fulgurante , una que 
otra ráfaga de luz combatida y amenguada seguidamente por una 
densa, densísima capa de preocupaciones y tinieblas. ¡ Ah! Que es 
fácil y socorrida tarea la de hablar de los elementos naturales de 
nuestra constitución , de las creencias instintivas , de los impulsos 
espontáneos del hombre aun en el seno de la iarharie, después que 
largos siglos de paciente elaboración nos hstn desbrozado y fran- 
queado el camino ; después que se dictaron los sublimes preceptos 
del Decálogo en la cresta del Sinai ; después que el Oriente y el 
Occidente , el Norte y el Mediodía prestaron sus tributos y ofren- 
das á la civilización ; después de diez y nueve siglos de santa in- 
fluencia cristiana ; después que la indomable y aguerrida cohorte 
de los mártires de la religión y de la ciencia enrojeció con su san- 
grefel dilatado itinerario del progreso. 

Y lo que decimos de este último en general , es perfectamente 
aplicable á la libertad política. No hace muchos anos que un pu- 
blicista, Carlos Dunoyer, cansado de oir preconizar las ventajas y 
excelencias de la libertad como principio abstracto , como un don 
del cielo que germinaba y florecía en la tierra por simple recono- 
miento y proclamación de los gobiernos, dedicó un precioso capí- 
tulo de su clásica obra La libertad del trabajo, á combatir la que, 
sin escrúpulo, calificó de liviana y mal cimentada teoría. Nó, ex- 
clamaba Dunoyer ; la libertad no es un axioma, sino un producto, 
un resultado ; inútilmente se gloría y envanece de haberla con- 
quistado el que no tiene discreción bastante para dar útil y racional 
empleo á sus facultades , el que aprisionado en las áureas cadenas 
del vicio destructor no acierta siquiera á vislumbrar la verdad, el 
que por su retrasada educación moral é intelectual vive desaperci- 



EN L©S SISTEMAS REPRESENTATIVOS. 95 

bido á todas horas contra las asechanzas del error j de la mentira. 

La teoría que formuló Dunoyer no ha sido como esas brillantes 
paradojas, exhalaciones meteóricas que viven y mueren en un dia 
y pasan sin dejar huella en el terreno de la ciencia. Notóse desde 
lueg-o su armonía con el sentido de la histeria y de las ciencias, y 
á la hora presente le rinden tributo los mismos que por sus senti- 
mientos y aspiraciones debieran impug-narla . La extensión y pro- 
pagación de esta teoría y su continuada influencia es la que ha 
modificado de un modo directo el sentir de las gentes ilustradas en 
materia política , haciendo perder gran parte de su importancia á 
los problemas de carácter externo y formalista, y convirtiendo su 
atención hacia otras cuestiones más hondas, como por ejemplo, las 
que planteó y dilucidó en sus memorables obras Alejo de Toc- 
queville (1). Con efecto ; la demostración de que en nuestra época 
la libertad se pierde generalmente por estar subordinada á la 
igualdad y de que los abusos centralizadores atribuidos á la revo- 
lución francesa no nacieron con ella, sino que son un legado del 
antiguo régimen, pertenecen á un orden de investigaciones políti- 
cas enlazado en sus fundamentos con la doctrina de que los pueblos 
acaban por tener siempre el sistema de que son dignos. 

Y cuenta que no á otra cosa tendía Dunoyer al proclamar la ne- 
cesidad de que el hombre sea al mismo tiempo moral é inteligente 
para que su libertad pueda hacerse efectiva, ó, lo que es igual, que 
los pueblos si llegan á ser Uhres, es tan sólo por el desarrollo con- 
certado de su inteligencia y su moralidad. 

Lo verdadero, por lo tanto, se halla en un principio enteramente 
opuesto al que sentaba Rousseau : el estado natural es precisa- 
mente el de sociedad ; el progreso se determina como la obra lenta 
y trabajosa de la educación en los dos elementos moral é intelec- 
tual ; y si algo hay en este mundo sublunar que corone digna- 
mente la grandeza de la creación , no es el hombre en un estado 
de primitiva ignorancia , sino el individuo en la plenitud de su 
naturaleza finita, en el desenvolvimiento armónico y proporcional 
de las facultades con que á Dios le plugo favorecerle. Y no se 
oponga á este raciocinio el uso pervertidor y funesto que la impiedad 
y la ciencia á medias hacen á veces de los estudios literarios y los 
conocimientos útiles en los tiempos que corremos; porque una mayor 



(1) La democratie en Amerique.—L* anden régime et la revolution^ 



96 DE LA CAPACIDAD POLÍTICA 

ciencia cprreg-irá esta preocupación y hará comprenderá los pueblos 
que ningún sistema de educación puede llamarse tal, sino tiene por 
preámbulo y coronamiento, por alfa y omega, la idea de Dios. 

En cuanto á la de soberanía, seg-un la explicaba Rousseau, ha 
perdido también toda importancia científica. Desde el punto en que 
la sociedad no existe por pacto y obra de cada uno de los hombres, 
no es condición inherente á la individualidad; existe en el pueblo 
como entidad y conjunto para darse las instituciones políticas que 
mejpp le cuadren, viniendo determinada en el orden práctico por 
la m^,yor ipfluencia y la mayor capacidad relativas dentro de los 
elementos peculiares que cada pueblo atesora. Por manera que. 
sólo en un sentido convencional y limitado, cabe admitir la sobe- 
ranía del pueblo, pues el hombre es un ser contingente y, como 
sujeto á la ley imperiosa del deber, responsable de sus actos. ¡Po- 
bre pueblo! ¿Qué es lo que queda de tu soberanía cuando has cum- 
plido con lo que debes á Dios, lo que debes al prójimo y lo que te 
debes á ti mismo? Y en la práctica de la vida, ¿á qué queda re- 
ducido tu decantado derecho; qué significan 4a independencia y la 
libertad de qi^e tanto te enorgulleces, si al fin y al cabo vives en 
perenne estado de servidumbre espiritual, y estás reducido á la 
mísera condición de trabajar siempre por cuenta ajena? 

Y hasta en el terreno filosófico han perdido su autoriplad las con- 
cepciones de Ju^n Jacobo. Aunque la democracia moderna afecta 
rechazarlas, no será malo que formulemos sobre ellas algunas con- 
sideraciones, pues la verdad es que si se han modificado bastante 
los procedimientos, la tendencia del escritor á que aludimos per- 
manece en pié desgraciadamente 

Desde la aparición del cartesianismo en Europa se observa una 
tendencia marcadamente subjetiva en el campo de los estudios 
filpsófixíos, y que afecta de rechazo á las demás ciencias que toman 
prestados sus fundamentos; tendencia justa y digna de encomio 
cuando se limita á recomendar al hombre la observación de sus 
facultades anímicas y el conocimiento de sí propio como punto de 
partida de la especulación filosófica; tendencia injusta y abusiva 
cuando lo sacrifica todo al elemento geométrico, con virtiendo al 
alma y al cuerpo en tipos abstractos de pensamiento y exten- 
sión (1); cuando considera al hombre como eje único del mundo 



(1) Los predecesores y discípulos de Descartes, por Emilio Saisset. 



«N LOS SISTEMAS RBPRHSRNTATIVOS. 97 

moral y lo explica todo por la razón; cuando hace del sugeto y sus 
formas la realidad única del campo metaíisico; cuando vse lanza á 
investigar de lleno las leyes de lo absoluto por medio de procedi- 
mientos rítmicos y trascendentales, cuyo primer carácter es poner 
al filósofo en abierta y declarada pugna con los oráculos y reve- 
laciones del sentido común. Los peligros de esta tendencia, legí- 
tima en su origen, los demostró ya el panteísmo de Spinosa si- 
guiendo tan de cerca á la fórmula cartesiana, y modernamente los 
errores del idealismo subjetivo y de la identidad absoluta que bro- 
taron y aparecieron en Alemania como consecuencia de la revolu- 
ción filosófica verificada por Kant. Hoy por hoy se conoce bien lo 
peligroso de semejante tendencia, y de todos los ángulos del terreno 
filosófico, en sus variadas ramificaciones, se levanta un prolongado 
clamoreo contra los abusos de la tendencia individualista. Por más 
importancia, por más autoridad que tenga el hecho de conciencia, 
decía Gioberti, yo no soy un elemento disgregado en la tabla ar- 
mónica de la creación; yo, que existo, soy contingente; podiamuy 
bien no haber existido, y, antes que yo, es la necesidad de mi cau- 
sa, mi Dios. Igual reacción se observa en el campo de los estudios 
jurídicos desde la obra de Federico Julio Stahl (1), habiéndose 
hecho importantísimos esfuerzos para colocar el principio del de- 
recho en el terreno objetivo y fuera del Yo-, porque, como lo dice 
ya el sentido común, una cosa es que únicamente en el hombre 
resida el sujeto del derecho, y otra que este último deba conside- 
rarse, en su esencia, como producto de la razón. Todo lo contra- 
rio: el mundo moral obedece á las leyes de la proporción y de la 
armonía, ni más ni menos que el orden cósmico; y si el hombre 
tiene facultades intelectuales, no es para emplearlas contra el Ser 
divino, ni subvertir temerariamente sus condiciones y sus leyes, 
sino para interpretarlas y contribuir en la medida y alcance de sus 
escasas fuerzas á la realización de los planes de la Providencia. 

Ni una palabra más sobre la cuestión filosófica, ajena del pre- 
sente artículo. 

Las consideraciones precedentes , que parecen encerrar única- 
mente otras tantas reglas de criterio en el campo filosófico, tras- 
cienden de lleno á la cuestión social y dejan ver con toda claridad 
el absurdo sobre que descansan las teorías de Rousseau, prohijadas 



(1) Hütoria de la Filosofía del Derecho, trad. italiana de Comfort!, 1853. 

TOMO XVI. 7 



98 DF LA CAPACÍDAD POLÍTICA 

en su espíritu, sino en su letra, por la democracia moderna . Contra 
la capacidad insuficiente, el remedio adecuado es un conocimiento 
ims amplio y perfecto, no la ignorancia: los abusos de la inmora- 
lidad deben corregirse por la moralidad positiva, y no por el pro- 
cedimiento empírico de contraponer los pobres á los ricos y supo- 
ner en los primeros unas virtudes de que carecen: la poca capaci- 
dad política se hará menos sensible á proporción que exista la 
debida responsabilidad por las contravenciones y los torpes ma- 
nejos, no revistiendo con la investidura de la representación á una 
masa de personas conocidamente inhábiles y que, sobre todos los 
inconvenientes de los favorecidos hasta aquí, tienen las circuns- 
tancias agravantes de menor desarrollo intelectual y de vivir en 
la corriente del odio y la sobreexcitación que producen en nuestros 
dias la penuria y el malestar. 

Ningún hombre político dotado de mediano sentido moral ne- 
gará realmente que de los antiguos sistemas se abusó mucho por 
efecto del egoísmo y de las miras bastardas; pero al conocer la Ín- 
dole del mal, es imposible que caiga en la inocente candidez de 
buscar el correctivo por las vias que hoy se indican. Las dolencias 
del cuerpo social no se curarán con puras reformas políticas y 
mucho menos llegando á consolidar un estado de cosas en que el 
niño mimado sea el materialismo : en que la religión se arrumbe 
por innecesaria ; en que de los móviles morales el único que sobre- 
viva sea el sentimiento de la utilidad personal ; en que la idea del 
deber se torne de mal gusto, y en que todos los hombres se igua- 
len, no ante la virtud ó la inteligencia, pedestal verdadero de las 
libertades públicas , sino ante el acto material de emitir un voto 
en las urnas electorales. Este por si sólo, y cuando carece de los 
elementos morales que le dan energía y significación positiva, es 
un ridículo simulacro; no merece el nombre de función pública, es 
una forma puramente irrisoria. Por el momento halaga á la mu- 
chedumbre, supuesto que la considera como la varita mágica de 
las halagüeñas esperanzas: cuando éstas se desvanezcan vendrá la 
reacción del cansancio y del desaliento , y á la postre puede suce- 
der muy bien que el resultado de tanta exageración, de tanto vo- 
cerío y de tanto vértigo sea la pérdida de aquella misma libertad 
que , con ser limitada y todo , sólo habla podido establecerse en el 
mundo como resultado de pacientes desvelos y de penosas y san- 
grientas luchas. El dia en que las clases superiores de la sociedad 



EN LOS SISTEMAS REPRESENTATIVOS. 99 

se^ coQvenzau efectivamente de que la libertad y el orden son ideas 
^n la formay si no en el fondo antitéticas, híihrk llegado la última 
hora de la libertad: una vez más triunfará la soberanía de la inte- 
ligencia á. despecho de las vaguedades y generalizacione» demo- 
cráticas. Presintiendo toda la extensión de este peligroy un emi- 
nente hombre de Estado , el inglés Burke , decia en una ocasión 
memorable: «Guardémonos de que esta libertad que tanto amamos 
acabe por ser impopular.» 



vm. 

La doctrina del sufragio universal encuentra , por decirlo asi, 
su último reducto en los que lo defienden como medio de estimu- 
lar la educación política. Hay personas que» aun teniendo en 
cuenta sus inconvenientes momentáneos, tran^gen con él por 
tendencia casi instintiva y puro sentimiento. Son, como diria 
Littré , los grandes colaboradores de la idea reformista ^ porque 
hablan el verdadero lenguaje del corazón , destilando auaviaimos 
acentos de dulzura y de paz. Excusado es advertir que sus racio - 
cináos producen bastante efecto en los hombres llamados conser- 
vadores. Cierto, dicen, que en su primera época produce inconve- 
nientes, y no escasos, ofrecer k todos los ciudadanos el ejercicio de 
la capacidad política; pero poco á poco se van allanando las difi- 
cultades: la exageración cae por si misma, el buen sentido recobra 
su imperio , y á la larga triunfa el pueblo que tiene fe en los des- 
tinos de la libertad. El antagonismo que hoy existe entre las. ala- 
se» desaparecerá; conociéndose mejor, tratándose naás intimamente 
vendrán al hermanamiento y á la concordia. Y si esto puede al- 
canzarse, como es seguro, no será poco el adelanto obtenido : las 
sociedades habrán salido de las mallas de una política artificiosa 
para colocarse en las condiciones de su vida natural', no oiremos 
hablar ya de la capacidad relativa , ni de su criterio regulador, 
cosa que falsea y violenta las atribuciones del poder, sino quie to- 
do» los varones,, llegando k la mayor edad, por este sola hecho 
entrarán en el lleno de su capacidad política. 

No se dirá que tengamos por sistema debilitar la fuerza de los 
argumentos contrarios. 

Por educación y temperamento somos inclinados á los medios 



100 DE LA CAPACIDAD POLÍTICA 

conciliatorios; pero nuestra credulidad no es tanta que acoja irre- 
flexivamente cualquier programa , por absurdo que sea , con tal 
que se formule á la sombra de un estandarte de conciliación. 

Los razonamientos de que hemos dado cuenta se apoyan sobre 
dos suposiciones , que nosotros bajo ning-un concepto admitimos: 
primera, que los inconvenientes del sufragio universal procedan 
de la falta de práctica en su ejercicio ; y segunda, que los Gobier- 
nos , sólo por un abuso y violentando sus atribuciones , regulari 
cen y determinen las condiciones de la capacidad política. 

Para corregir los defectos de intolerancia que puedan surgir 
en el periodo electoral , para evitar colisiones y choques sangrien- 
tos en la materialidad del acto , convenimos en que servirán de 
mucho las costumbres que se formen y las lecciones de la expe- 
riencia ; pero ésta , como á primera vista se comprende , no es la 
cuestión que á nosotros nos ocupa. Tal reflexión puede satisfacer 
únicamente á ciertos conservadores miopes que nada ven más allá 
de lo inmediato, y llaman ordenados y puestos en razón todos 
aquellos actos eii que no debe intervenir la autoridad por cuestio- 
nes de fuerza . 

Nuestro punto de vista en la cuestión es más alto , mucho más 
alto : la capacidad que nosotros exijimos es la moral , es la positi- 
va, la que tiene conciencia clara del bien y pone en juego los me- 
dios necesarios para realizarlo ; no nos damos por contentos , ni 
mucho menos, con que cada uno de los electores salga de su casa, 
se acerque á los comicios, deponga en la urna una pequeña tira de 
papel , y se retire tranquilo á su casa sin perturbar el orden , ni 
atentar contra la libertad de los demás. Porque aun sucediendo de 
esta manera puede labrarse la desventura de la patria (1) ; pue- 
de investirse con la toga de los legisladores á hombres poco inte- 
resados en el bien del país, ó mejor dispuestos para alcanzar triun- 
fos oratorios predicando ideales imposibles que para constituir fir- 
memente el poder dentro de sus condiciones regulares y en armo 
nia con los elementos de que la sociedad dispone. 

Además , ningún conservador digno de este nombre debe sus- 
cribir á la especie de que no está en las atribuciones del poder con- 
dicionar y limitar la capacidad política. 

(1) En este terreno es mucho lo que le falta al pueblo. Proudhon , en su 
Teoría del impuesto^ ha debido reconocer que ningún soberano del mundo ha 
estado menos á la altura de su misión que la democracia del siglo XIX. 



EN LOS SISTEMAS HEPRESÍ2NTAT1V0S. 101 

Sospechamos que esta idea es una reminiscencia de preocupa^- 
ciones caducas que debieran haberse condenado al olvido. Ün dia. 
cuando el romanticismo estaba en su periodo álgido y habian em- 
pezado á tramontar el Pirineo las corrientes de la revolución so- 
cial, un poeta español de esplendorosa fantasía y formado en la 
escuela de Byron, tronaba en inspiradas estrofas contra la pena de 
muerte , y buscando circunstancias atenuantes á la odiosidad de 
que el mundo reviste siempre la figura del verdugo, preguntaba; 

iQuién al hombre del hombre hizo juez? 

Más tarde la política se apoderó de la generosa aspiración de 
los poetas y, reaccionada contra los excesos de un sistema exage- 
radamente centralizador y tiránico , se puso por sistema del lado 
de la personalidad contra los actos y gestiones del poder que , se- 
gún dijimos en los primeros capítulos de nuestro ensayo, simboli 
za en el fondo el triunfo del principio social y la realización de la 
libertad colectiva. La preponderancia de las clases superiores , el 
derecho de penar, los sacrificios impuestos á nombre del orden, 
los tributos, la conservación de los elementos históricos , la custo- 
dia de los altos intereses morales, la misma idea de Gobierno, todo 
fué combatido á nombre del individualismo. Parecía que la auto- 
ridad era el enemigo del ciudadano , y que todo el triunfo de la 
ciencia consistía en quebrantar los lazos de la cohesión y la disci- 
plina hasta sacar triunfante la an-arquía proudhoníana. Pero, por 
fortuna , en el terreno de la legislación civil y penal duraron poco 
las utopias. La necesaria conservación de lo tuí/o y lo mió, pasión 
incontrastable del corazón humano, detuvo los embates del espíritu 
reformador en esta materia : el derecho de penar se salvó también 
merced á los esfuerzos de Rossi y sus discípulos. Por una serie 
de peripecias y evoluciones, que no es del caso referir, la ciencia 
política acabó siendo el baluarte donde se refugiaron los inno- 
vadores. En ella tuvieron entrada las ideas que en las demás es- 
feras se rechazaban sin escrúpulo , favorecidas señaladamente por 
la impresionabilidad popular que recibe como aceptables las fórmu- 
las que le halagan , sin preguntar nunca por su filiación y proce- 
dencia . Desde entonces se reivindica como propio de todos los ciu- 
dadanos el ejercicio de la capacidad política, y se sostiene que li- 
mitarlo es monopolizarlo . Y cuando nosotros decimos que el Esta- 
do se halla en el caso de discernir entre la capacidad relativa de 



102 DE LA CAPACIDAD POLÍTICA 

Icys ckmeatos sociales , se nos pregunta con aire de d««d^osa in- 
diferencia : 

¿Quien al hambre dd hombre hizojmf^? 

Esta consideracioíi , sin embargo , no resiste «,i escalpelo d* ia 
critica, y del mismo modo que ha sucumbido en sus aplicaciones 
al derecbo civil y penal , debe ser relegada al olvido en la di©n«m 
política. Cotí más razón todavía; que al fin y al cabo limitar la nsa- 
pacídad política no es hacer, ni con mucho, lo que se permiten <ei 
derecho civil y el penal para salvar los fueros del orden público. 
El derecho civil limita y condiciona hasta la nimiedad. El poder 
patrio, el gobierno marital, la contratación, la persona de los im- 
púberes y sus bienes, el uso de ciertos peculios, las suees¿oaes, k 
curadoría ejemplar en determinados casos , las donaciones ¡no m^ 
muneratorias, etc., etc., son fehacientes testimonios de k) que de- 
cimos. En cuanto al derecho penal es inútil que en -él nos deten- 
gamos, porqiie sus varias sanciones abarcan y recorren todo lo q«c 
de estimable y leg'ítimo tiene la naturales humana. ¿Y esto que 
acontece con el verdadero derecho, no habia de ser extensivo á las 
funciones políticas, que, como digimos'ántes, no se ejercen siquiera 
en provecho propio, sino en utilidad común? La potestad, ó a® 
existe, ó es integra, ha dicho un amigo nuestro. Sino cabe escoger 
y discernir en política, tampoco es procedente esta tarea en dere- 
cho civil y penal; que al fin y al cabo dictados por los hombres 
han sido todos los Códigos de la tierra. El argumento nos parece 
tan fuerte y robusto, que sin vacilar lo entregamos á nuestros ad- 
versarios esperando su contestación. 

Digamos ahora por qué razones no abrigamos la risueña ¡espe- 
ranza de que vayíwa disminuyendo los antagoni&mos entre las di- 
versas clases y gerarquías, y de que al fin los ignorantes ejerzan 
su derecho de sufragio bajo la autoridad moral , bajo el patronato 
de las clases superiores. 

En este raciocinio despunta un carácter de candidez, por no de- 
cir de diakura solapada é hipócrita , que nos obliga á pedir por 
breves momentos la atención de nuestros lectores. 

Preparar mi estado de ideas del todo hostil al interés conserva- 
dor y ahogar su voz y su representación para demandarle después 
que capitule y transija, constituye uji verdadero sarcasmo. Lo que 
se decora con el nombre de ¡transacción, quiese significar en (puri- 
dad un completo ¡avasallamiento. Y^n tal estado, ¿puede esperarse 



EN LOS SISTEMAS REPRESENTATIVOS. 103 

que el elemento preponderante se someta á la dirección , á la auto- 
ridad moral del vencido? Cuando todos los poderes, aun los más 
icg-itimos, cuando todas las soberanías tienden á perderse y malo- 
grarse en la embriaguez, en el paroxismo de las exageraciones, 
¿podemos dar abrigo á la esperanza de que la cordura y la mode- 
ración presidan en el ánimo del proletariado triunfante y le con- 
duzcan á emplear su influencia en beneficio de la armonía y de la 
concordia social? 

Si áprioH pudiésemos sostener esta proposición, la experiencia 
la destruiría. Abrase por cualquiera de sus páginas el libro de la 
historia, y se observará el mismo resultado ; desde las repúblicas 
de Grecia basta nuestros tiempos , los primeros impulsos se dan á 
favor de la justicia ; el objeto visible, el propósito deliberado es una 
cuestión de contrapeso y de equilibrio ; más tarde el que se consi- 
dera vencedor, dicta sus condiciones al vencido, y gracias sino He 
ga un día en que se consuman los más negros y ominosos críme- 
nes bajo el nombre de represalias. 

IX. 

Todos los inconvenientes , todos los peligros que ofrece la cues- 
tión electoral sacada de su terreno y convertida en arma de guerra, 
desaparecen al restituirle su carácter propio, al darle de nuevo su 
naturaleza primitiva y originaria. Empleada en el sentido de la 
conveniencia social discernida por el Estado, utilizada como medio 
práctico para realizar una buena constitución del poder habida 
consideración á los elementos particulares y relativos de que cada 
sociedad dispone , no puede ser el obstáculo de la libertad , ni en- 
gendrar el desorden. I^s agitaciones y los conflictos , si alguna 
vez los promueve, serán momentáneos; los elementos positivos de 
la capacidad ahogarán los malos instintos y los gérmenes de per- 
turbación. 

No se olvide, sin embargo, que, como antes digímos, en el siste- 
ma electoral de los gobiernos representativos jueg^a siempre una 
doble influencia: primera, el ínteres de que la capacidad sea posi- 
tiva y se aprecie en sus dos fases moral é intelectual ; y segunda, 
que en lo posible y dentro de las exigencias del bien público se 
procure ampliar el »ámeío de los electores, para que las leyes ex- 
presen y traduzcan el sentido real de la nación. 



104 DE LA CAPACIDAD POLÍTICA 

Distinguidos publicistas se pierden en esta materia por no dar la 
merecida importancia á la dualidad de los fines que acabamos de 
señalar. Si todo fuera cuestión de aptitud intelectual, el problema 
seria fácilmente resuelto ; del mismo modo si únicamente se bus- 
cara el concurso efectivo de las clases, prescindiendo de las condi- 
ciones de capacidad y moralidad. Y porque la cuestión se presenta 
complexa, es que no cabe resolverla de ligero y mediante fórmu- 
las empíricas, sino ahondándola en toda su latitud. 

En estos tiempos no puede decirse que los publicistas la hayan 
mirado con indiferencia. Por el contrario, nunca habia dado lug-ar 
á más serios estudios. La escuela doctrinaria francesa profundizó 
señaladamente la primera parte de la cuestión, ó sea, el problema 
de la capacidad en sus relaciones con la soberanía ; los Ingleses se 
han fijado particularmente en la segunda , examinando la repre- 
sentación pública en sus relaciones con el estado del país y esco- 
gitando los medios oportunos y conducentes para que en la ges- 
tión total de los intereses sociales dejen sentir su influencia las 
minorías activas. 

Y aunque el objeto de este articulo no es hablar de la represen- 
tación pública en su mayor latitud , sino en la parte que hace re- 
ferencia á la capacidad del cuerpo social , consideraríamos mu- 
tilado este trabajo si no hiciésemos alguna indicación sobre el 
primer punto. 

Buscar la solución del problema electoral planteando y afian- 
zando un mecanismo que dé por resultado la expresión de la inte- 
ligencia media , el nivel ordinario de los sentimientos y aspiracio- 
nes de la sociedad, se presenta ocasionado á un inconveniente, el 
de que los partidos radicales no alcancen ninguna representación , 
y que esta circunstancia los aleje del terreno legal con perjuicio 
del sistema establecido. Para evitarlo, se han propuesto varias 
combinaciones , y entre ellas la de la acumulación de votos entre 
los distritos electorales, de manera que el candidato que obtiene un 
número mayor entre todos los distritos sumados sea preferido al 
que relativamente tuvo una votación más numerosa en cada uno 
de los distritos. A primera vista se comprende que, si se exagerase 
este sistema, se caería en el mal de subordinarlo todo á la política, 
y dejar sin representación propia los intereses particulares de los 
pueblos y las provincias: oportunamente limitado, reconocemos 
que puede ser de alguna utilidad , ó cuando menos , dar ocasión y 



EN LOS SISTEMAS REPRESENTATIVOS. 105 

servir de punto de partida para ulteriores y más perfectas combi- 
naciones (1). 

Como quiera que sea , el interés primario del asunto que nos 
ocupa no está en la representación determinada de uno ú otro par- 
tido, sino en que la función electoral se desempeñe por personas 
capaces de hecho, j de modo que el principio social aparezca por 
encima de las pretensiones y exigencias particulares Y en la pro- 
fesión de este principio, por fortuna, están conformes los grandes 
maestros del sistema representativo , asi los Franceses como los 
Italianos y los Ingleses. 

A primera vista pudo parecer que J. Stuart Mili trataba de con- 
trariarla en su obra intitulada Bl Gobierno representativo ; creyóse 
por algunos que su propósito inmediato era atacar de frente las 
miras del doctrinarismo ; pero un estudio más razonado y com~ 
pleto del libro á que nos referimos , hizo ver la intima afinidad y 
consonancia que tenia con las ideas propagadas anteriormente por 
la escuela francesa. ¿Y qué mucho, si al fin y al cabo en esta es- 
cuela es donde se hallan precisamente los más importantes mode- 
los y las mejores enseñanzas? 

No se nos oculta que á la hora presente el juicio que acabamos 
de estampar sorprenderá á muchas personas ; es ya cosa convenida 
hablar en son de menosprecio de la escuela doctrinaria y permi- 
tirse contra ella todo linaje de libertades y vituperios aun los es- 
critores más superficiales. El tiempo, sin embargo, desvanecerá 
esta preocupación , y á medida que se comprenda que la democra- 
cia misma tiene injusto medio y su doctrina del más y del menos, 
irán cayendo en el ridiculo que merecen ciertas irónicas censuras 
que lo único que revelan en el fondo es una estúpida ignorancia. 

Y ya que por incidencia hemos tocado este asunto , permítase- 
nos una leve digresión. 



(1) Entre todas las combinaciones que al efecto se proponen , nos parece 
la más discreta y conveniente la del voto acumulado , según la explica el ma- 
logrado publicista Prevost-Paradol en su obra La France nouvelle. Con el sis- 
tema actual, dice, el elector que está llamado á elegir tres Diputados debe 
escribir tres nombres distintos, de manera que la minoría del colegio electo- 
ral queda necesariamente sofocada. Otra cosa sería si al elector que ha de 
elegir tres Diputados se le permitiera escribir tres veces el mismo nombre, 
porque en tal caso la opinión que contase en su favor la tercera parte de los 
electores tendría ya la seguridad de sacar triunfante un candidato. 



106 DC LA CAPACIDAD POLÍTICA 

Los enemigos del sistema representativo, alardeando un espíritu 
de imparcialidad con que se hallan mal avenidos en )a práctica, 
hacen gala de respetar profundamente á los publicistas ingleses, 
reconcentrando toda la saña de sus odios y rencores contra la es-- 
cuela doctrinaria. Al obrar de esta suerte demuestran ya indirec- 
t^amente la mayor autoridad científica que prestan á la segunda; 
autoridad merecida bajo todos conceptos , porque los doctrinarios 
franceses han sido — y lo dirá la historia — una de las primeras in- 
fluencias científicas de nuestro siglo. Ellos son los que, ahuyen- 
tando las sombras del materialismo, salvaron la causa del espíritu, 
y restauraron el alma en el hombre, como decía Villemain ; ellos 
son los que generalizaron la literatura filosófica de Alemania ; ellos 
los que enriquecieron los anales históricos con profundísimas in- 
vestigaciones ; ellos los que fundaron la teoría doctrinal del siste- 
ma representativo y vulgarizaron sus principios y ejemplos por 
medio de obras, revistas y periódicos nutridos de enseñanza y sal- 
picados con el polvo de oro de su castiza y elegante dicción. Por 
una de esas aberraciones, que sólo consiente la política , se quiere 
argüir del partido contra la escuela, de la Monarquía de Julio 
contra la autoridad científica de sus escritores. En odio á la plé- 
yada traspirenaica se exagera el mérito y el alcance de la inglesa; 
siendo así que entre una y otra la diferencia, más que de princi- 
pios, es de carácter, por revelarse en sus obras respectivas las fór- 
mulas y la fisonomía particular de la nación á que pertenecen. 

Volviendo ahora al libro de Stuart Mili, diremos que cuando 
empezó á ser conocido creyóse que su propósito era impugnar la 
soberanía de la inteligencia, remplazándola con la doctrina del 
ínteres social, representado por cada uno de los ciudadanos. Díjose 
que este publicista era adversario áel justo medio (1), y que abra- 
zaba el principio de libertad sin reservas ni limitaciones. «La «o- 
»beranía — había escrito este autor — pertenece á la sociedad por 
»entero, y la razón está en que cada uno es el mejor custodio de 
»sus intereses y sus derechos.» Pronto, sin embargo, y en cuanto 
se abrazó todo su pensamiento, hubo de observarse que Stuart Mili 
hacía de la capacidad de hecho la base de la capacidad de dere- 

(1) Un distinguido publicista. Carlos de Remusat, observó con razón que 
la antigua teoría del ^i^sío medio debe llamarse más propiamente de ii^s¿«jyro 
por«ion entre los elementos á que obedece la sociedad. Art. "Justo medio" del 
Dice, de Pol, por M. Block. 



EN LOS SISTEMAS REPRESENTATIVOS. 107 

ch©; que retracedia ante el sufragio universal, mientra» la educa- 
ción general no le allanase el camino; que en el terreno práctico 
excitiia áe ks funciones públicas á hm que no supiesen leer, escri- 
bir y contar; y finalmente, que, para prevenir la con-tiog*encia de 
que el número sofocase á la razón, proponía el establecimiento del 
su fra^io plural, ó sea la concesión de varios votos en favor de los 
que estaban en determinada gerarquia social y poseían mayores 
condiciones de presunta inteligencia. 

Afcíora bien: dejando aparte si el hecho de saber leer, escribir y 
contar es garantía de capacidad política, cosa que nosotros recha 
zanaíos paladinamente, ¿quién no vé que Stuart Mili, á pesar desús 
protestas rjadicales, acaba por aceptar fundamentos análogos á los 
de ia es&uek doctrinaria? Exigir conocimientos previos para el 
ejercicio del smífe^gio, ¿no es separarlo ya de la órbita cl«l derecho 
individual? Dar al Estado la potestad de fijar las condiciones pre- 
vias d-el -sufragio, ¿¿no es tratar el asunto como de conTenien<cia y 
fuerfi del -campo jurídico? 

PoiT otra parte, la concesión de mayor número de votos á favor 
de la inteligencia presunta (1), ¿no implica virtualmente el reco- 
nocimiento de tque en todo sistema regular las influencias legiti- 
mas no deben estar supeditadas á la razón del número? 

Estos argumentos, de puro sencillos, bastan para convencer á 
cualquiera que de buena fé inquiera la verdad, y á la hora presente 
empieza á comprenderse ya que entre los escritores de Francia y 
de Inglaterra lo que resalta principalmente es una diferencia de 
método y. de lenguaje. Los doctrinarios tienden casi siempre ádar 
á su exposición un carácter más levantado y espiritualista; los in- 
gleses consideran las cuestiones políticas ea el terreno relativo y 
práctico, procurando armonizarlas con la corriente de los intere- 
ses. Así el principio de la soberanía explicado por Royer Colkrd 
viene á ser como un reflejo, una irradiación terrenal de la inteli- 
gencia superior que dirige y regula el orden cósmico-, en el criterio 
de Stuart Mili , la sociedad toma el carácter de una compañía 
anónima, en que la representación es adecuada y proporcional al 
ínteres de los capitales que en ella se han invertido. Y si formuk 
el deseo de que todos tengan una parte activa en los hustings, no 



(1) Véase el cap. VIII de la obra de Stuart Mili, trad. francesa de 1862, 
pág. 191. 



108 DE LA CAPACJDAD POLÍTICA 

es como individualista y para sacar indemne la integridad del de- 
recho personal, sino para que la ley positiva aparezca revestida de 
autoridad y se imponga como una emanación directa de la con- 
ciencia pública. 

X. 

Tratándose de la capacidad política, la emisión del sufragio 
aparece inmediatamente como la cuestión más culminante dentro 
del tema; pero no estarla en lo cierto quien creyese que por su 
importancia abarca toda la extensión del mismo. El problema es 
más vasto, y en ello conviene la generalidad de los publicistas. 
Disienten éstos, sin embargo, en la tarea de fijar sus verdaderos 
limites, existiendo varias opiniones acerca del particular. 

La mayor parte comprende en el circulo de la capacidad la 
cuestión del derecho electoral en sus elementos activo y pasivo; es 
decir, el censo de los electores y el censo de los elegibles. Alejo de 
Tocqueville, fijándose en el ejemplo de los Estados-Unidos y recor- 
dando que el ideal de los demócratas es que el ciudadano como tal 
reúna la triple calidad de elector, elegible y jurado, hace entrar 
estos tres elementos en la determinación del problema. 

Finalmente, escritores hay que dan á la materia mayor ensan- 
che todavía comprendiendo en ella toda la tabla de los derechos 
políticos del ciudadano, según se establecen y garantizan por las 
Constituciones. Así, con ocasión de la capacidad política, reivin- 
dican los derechos de reunión y asociación, la libertad de impren- 
ta, etc., etc. 

Veamos, entre estas opiniones, cual es la más aceptable. 

Empezando por la que últimamente hemos indicado, diremos 
que en cierto sentido es innegable que el buen ó mal uso de los 
derechos constitucionales representa en el fondo una cuestión de 
mayor ó menor capacidad política; pero en honor de la verdad 
debemos añadir que esta última no es la que nos ocupa, ni la que 
explicamos en el capítulo 11 de nuestro trabajo. Recuérdese que 
hablamos entonces de la capacidad activa y de la que contribuye 
directamente á la organización de los poderes públicos, no del 
modo como deben ejercerse los derechos políticos en su más lata 
acepción. 

Menos vaga, y en cierto sentido justificada por la experiencia. 



EN LOS SISTEMAD REPRESENTATIVOS. 109 

se presenta la de Tocqueville cuando indica que en algunos siste- 
mas modernos que tienen por base la representación ó la delega- 
ción de poderes, la capacidad del ciudadano se desenvuelve en una 
triple ramificación, á saber: como elector, elegible y jurado. No 
obstante, si, dejando á un lado estas razones de autoridad, ahonda- 
mos en las entrañas del asunto, veremos que, aunque la institución 
del jurado sea de una influencia eficacísima en el orden político, 
sn objeto y su fin inmediato no pertenecen á la política, sino que 
caen de lleno en el campo de la administración de justicia; de for- 
ma que el tercer elemento á que se refiere Tocqueville no es esen- 
cial en la resolución del problema, sino un puro accidente que no 
dejará de ser tal porque en nuestros tiempos facilite tal vez el des- 
envolvimiento de la educación pública. Además, observa con ra- 
zón el Conde Russell en la obra que ya una vez hemos citado (1), 
que en la cuestión del Jurado la mira y el interés del bien general 
resaltan sobre el derecho personal aún más que tratándose del 
sufragio, y asi que de cada dia se propende mayormente á sacar 
las personas que han de ejercer dicha magistratura de una parte 
de la sociedad civil que ofrezca garantías positivas de inteligencia 
y moralidad. Y si así no fuese, añadiremos nosotros, ¿quién duda 
que contra la constitución viciosa del jurado obrarán con más fuer- 
za todavía todas las razones que hemos apuntado en contra del su- 
fragio universal? 

Por eliminación, pues, viene á quedar en pié únicamente como 
racional y admirable la interpretación de que la capacidad política 
tiene un sentido más propio reduciéndose al problema electoral en 
su doble sentido : censo de los electores y censo de los elegibles. 

Y una vez dijimos ya sobre el primero todo lo que estimamos 
oportuno, désenos que formulemos brevísimas consideraciones acer 
ca del segundo. 

Donde el hecho de tomar parte en las funciones electorales está 
condicionado, parece que son inútiles y hasta embarazosas las pre- 
cauciones en punto á la elegibilidad. Por esto, sin duda, un malo- 
grado publicista español, el Sr. Alcalá Galiano, recordaba á pro- 
pósito de la misma, y después de ventilar ampliamente la que sue- 
le precederla en el campo jurídico, la epigramática pregunta de la 



(1) Ensayo sobre la historia del Gobierno y de la Constitución {británicas. 
Introducción, pág. 36. 



lio DE LA CAPACIDAD POLÍTICA 

reina de Suecia cuando decia : — Si rejas, para qué votos? — ¿Si vo- 
tos, |)a»ra qué rejas ? 

Con efecto : donde el sistema de elección corresponde á las nece- 
sidades reales del pais y asegura la prepotencia de los elementos 
más capaces que encierra un estado en cada periodo histórico, no 
es justo ni consecuente abrigar recelos y temores de que, por falta 
de disposiciones preventivas sobre la materia, la elección recaiga 
en personas ineptas ó que estén notoriamente privadas de condicio- 
nes de respetabilidad é independencia. 

Sobre este punto nos hallamos conformes , y nada tenemos que 
observar. Diferimos de otros, sin embargo, en apreciar la conse- 
cuencia que de tal precedente se deriva. Una cosa es que consti- 
tuido un cuerpo electoral ilustrado y digno no sea justo temer ya 
el prevalecimiento de personas indignas, y otro que no deban impo- 
nerse á los elegibles condiciones previas de ninguna clase. Algu- 
nas hay de que no puede prescindirse y son las que se desarrollan 
y eslabonan como cuestión de consecuencia , de unidad de sistema 
dado el fin del organismo constitucional y la* necesidad de que en- 
tre las varias partes del Gobierno exista la debida regularidad y 
correspondencia. Nos explicaremos. Una vez el sistema represen- 
tativo, por ejemplo, prefiere á una sola Cámara, la dualidad de las 
Asambleas deliberantes y encomienda al Senado el desempeño de 
una misión propia y especial de carácter conservador, é¡ primera 
vista se comprende que la capacidad de sentarse en los escañoa de 
la Cámara senatorial, no puede ser concedida á todos ios ciudada- 
nos, sino á los que por su posición particular no sean óbice y em- 
barazo al fin positivo de la institución. Y aun con referencia ai 
Congreso, si al fin y á la postre la capacidad de emitir un voto 
está regularizada y condicionada hasta cuando se admite el sofra*- 
gio universal, seria un contrasentido que la elegibilidad no tiivie- 
ra, cuando menos, el limite y la valla de las condiciones y requi- 
sito=5 que se consideran como minimuín necesario para ser elector. 
Esto en el puro terreno doctrinal ; porque prácticamente debe con- 
tarse además con muchas otras limitaciones y exclusiones que se 
fijan con el nombre de « incompatibilidades », Estas últimas suelen 
ser, en su mayor parte, la justa reacción contra los abusos y loe 
escándalos que determinaron los grandes sacudimientos revolucio- 
narios ; en su consecuencia tales leyes tienen un carácter marcado 
de circunstancias, y mejor que á la índole normal del sistema re- 



EN LOS SISTEMAS REPRESENTATIVOS. 111 

ppesentativo, responden á necesidades transitorias cuando las vir- 
tudes cívicas escasean j se han aflojado lastimosamente los lazos 
de la vida moral en las naciones. 

XI. 

Como remate y coronamiento de estos mal hilvanados apuntes, 
daremos á conocer brevemente la idea que ha presidido á su re- 
dacción. 

A medida que se perfecciona el cultivo de las ciencias sociales, 
se pone más de relive todo el vacío , toda la candidez de aquellos 
repúblicos que, ganosos de impulsar el desenvolvimiento armónico 
é integral de la sociedad en los gérmenes y elementos que atesora, 
fiaban á la letra de una constitución más ó menos artística y cin- 
celada el logro de sus propósitos y el éxito cumplido de sus espe- 
ranzas. Detrás de lo que se ve en el sistema político de cada país, 
existe la constitución interna tan poderosa como el primer elemen- 
to; las convicciones, las virtudes, los sentimientos, las creencias, 
los hábitos, el carácter, la capacidad positiva. 

Para el hombre previsor, por lo tanto, los problemas del orden 
político no deben resolverse como cuestión metafísica , sino en el 
teatro de la vida real ; bajo cuyo supuesto un distinguido escritor 
ha dicho, y es la verdad, que en el desarrollo de las ciencias acia- 
les la gran tarea del siglo estriba en armonizar las aspiraciones 
de la ciencia con el buen sentido, ó, por decirlo de otra manera, en 
aplicar las soluciones de la razón práctica á los problemas de la 
razón política (1). 

Pero si las Constituciones han sido impotentes para curar de 
golpe las enfermedades morales y físicas de los estados y derramar 
sobre ellos todo linaje de beneficios , tampoco es cordura esperar 
que los males de la sociedad moderna deban extirparse mediante 
reformas de carácter principalmente político. El sistema represen- 
tativo no acertó á destruirlas, es- cierto ; pero tampoco es la cansa 
que las produce. Así la reacción por tantos deseada y ambicionada 
hacia la monarquía tradicional, nos parece una nueva utopia que 
ha de ser tan estéril como las anteriores. Oeci fuera cela, decimos 
j en este punto con el gran poeta francés ; no se cura de una plu- 

ía>^' (1) Filosofía del derecho, por Dimitry de G-linka. 



112 DE L\ CAPACIDAD POLÍTICA 

mada el cáncer que devora las entrañas del mundo, y lo que hizo 
fracasar hasta ahora los más dignos propósitos malogrará también! 
las renacientes esperanzas. Y gracias si una impremeditada reac-j 
cion en las esferas políticas , si el deseo de conjurar en un dia loí 
peligros de la increencia , del espíritu igualitario y la falta de su-^ 
bordinacion no agravan todavía la dificultad , desencadenando en 
mal hora pavorosos huracanes y haciendo estallar el rayo de la 
cólera popular sobre las mal guarecidas cabezas de los reforma- 
dores. 

El periodo que alcanzamos, tan rico de peripecias y preñado de 
vicisitudes, no se ha fijado lo bastante en el sentido y alcance de 
una obra modernamente publicada, obra de gran concepción y al- 
teza de propósitos y que en cualquiera otra época habria ocupado 
por largo tiempo la atención de los políticos. Nos referimos al libro 
de Tocqueville, L'ancien régime et la revolution. Sabido es que 
este autor, cansado de oir pregonar y repetir que la revolución 
francesa habia creado la centralización y el espíritu de igualdad 
tan contrarios á la libertad verdadera , tratd de poner en contacto 
lo pasado con lo presente para compararlos á plena luz é inquirir 
lo que hubiese de cierto en la proposición expresada. El resultado 
fué la demostración, la evidencia de que entre las edades pretéri- 
tas y las actuales no existe solución de continuidad; de que los 
errores y los males presentes vienen de largo tiempo preparados y 
traídos, y por último, de que esta centralización tan aborrecida y 
anatematizada en nuestros dias es un resto, un triste resto del 
antiguo orden de cosas que los incautos quisieran todavía evocar y 
rehabilitar. 

Examinando la historia del absolutismo en España , llevando la 
antorcha del análisis a los reinados más brillantes y ostentosos de 
las dinastías austríaca y borbónica y comparándolos con la época 
que nos ha cabido en suerte , muchas veces nos ha herido y sub- 
yugado la consideración de que, siguiendo las huellas de Tocque- 
ville, podría escribirse una obra crítica por todo extremo luminosa, 
justificando y desenvolviendo su misma tesis con relación á Es- 
paña. Porque la verdad es que todas nuestras dolencias y obstácu- 
los de hoy tienen un remoto , remotísimo abolengo en esta mal- 
aventurada nación. El orgullo, el espíritu aventurero y levantisco, 
la falta de subordinación , la inmoralidad , la desidia , la ligereza 
y precipitación en los juicios, el desamor á los medios naturales 



EN LOS SISTEMAS REPRESENTATIVOS. 113 

de prosperar y enriquecerse , la exageración de los sentimientos y 
las doctrinas , los antagonismos y malquerencias entre las diversas 
clases y gerarquias ; todo es anterior , muy anterior al plantea- 
miento del sistema constitucional y al fragoroso estallido de la re- 
volución de 1789; todo arranca de periodos más lejanos que los 
recomendados por los arcaistas de ogaño como enseñanza , mode- 
lo y prototipo (1). Tan cierto es esto , que aun en los dias de ma- 
yor pujanza y cuando el sol no se ponia jamás en la redondez de los 
dominios españoles , los mismos extranjeros que contemplaron la 
gloria de España con ojos atónitos , nunca estuvieron en el caso de 
envidiar la dicha alcanzada por sus hijos. Francisco de la Torre 
hablaba de su época como gloriosa, aunque no apetecida; otros 
poetas , y sobie todo los dramáticos , dejan ver al desnudo las lla- 
gas de su tiempo , y los teólogos y los economistas ensordecen el 
aire con sus querellas, denunciando casi siempre males idénticos á 
los que hoy lamentamos. 

Pues bien ; si la causa del malestar estriba esencialmente en los 
vicios del sistema monárquico -representativo, no hay para qué za- 
parlo en sus raices á pretesto de sacar triunfantes programas de 
mejoramiento y regeneración que no han de verse cumplidos. El 
absolutismo que antes no hizo nuestra prosperidad, es impotente 
para realizarla en los dias que alcanzamos. 

Más cuerdo y patriótico , pues , que esperad la salvación de la 
patria de aventuras imprudentes y condenarla á sufrií todo linaje 
de ensayos y evoluciones , nos parece contribuir á depurar y mejo- 
rar- la organización existente, señalar sus vicios , remover los em- 
barazos que le salen al encuentro , y servir la causa del sistema 
constitucional establecido en España , sino del todo afianzado , co- 
mo fruto de porfiados y cruentos sacrificios. Qué , aún asi , no es 
leve ni de poca importancia la tarea para el qué de buena fé des- 
ciende al estadio de las luchas políticas , y alienta el noble deseo de 
ser útil á su patria y á sus contemporáneos. 



( I ) Véanse los excelentes estudios del Sr. Cánovas del Castillo sobre la 
casa de Austria. 

JosE Leopoldo Peu . 
Barcelona, Mayo de 1870. 



TOMO XVI. 



UNA TEMPORADA EN EL MAS BELLO DE LOS PLANETAS. 



CAPITULO XXX. 



EL CAPE. 



Acabábamos de comer, cuando me dijo Silíiydi : 

— Vamos al café; no hagamos esperar á Soletty. 

— Vamos, — le respondí. 

Una vez en él, experimenté, como ya dije me sucedia siempre 
que entraba en cualquier establecimiento de Romalia , una sensa- 
ción sumamente grata. Y no podia ser otra cosa , puesto que al 
mayor espacio y grandiosidad del edificio, se unia una ostentación 
de qué los terrícolas no podemos tener cabal idea : lo que sobre to- 
do me impresionaba, era la novedad que veia en la arquitectura, 
en el trabajo de los muebles, y en el ornato de las habitaciones. 

Habia mucha gente , pero, excepto algunas personas de edad 
madura, todos eran jóvenes. ¿Creéis que encontré allí aquellas ri- 
sotadas, aquellas posturas grotescas, aquellas nubes de humo, ni 
aquellas expresiones groseras y á veces indecentes, que son tan 
frecuentes en los cafés de la Tierra? No, no habia nada de eso ; y 
en medio de que unos hablaban, otros reian, otros jugaban y otros 
ieian con más ó menos atención, no observé sino la mayor finura 
en las maneras, y el mayor miramiento en las palabras. ¡ Qué lec- 
ción ésta para los cafés de nuestra Tierra ! . . . 

El Sr. Soletty, que estaba con dos amigos, vino al punto á en- 
contrarnos, y nos condujo á su mesa, alrededor de la cual nos sen- 
tamos. 



,n 



UNA TEMPORADA EN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 115 

Después de los saludos de costumbre, y de haber tomado, no 
café, sino una infusión parecida á la de la semilla de esta planta, 
dijo el Sr. Silaydi : 

— De qué hablabais ? 

— De una forastera, — dijo el Sr. Soletty, — que llegó ayer á Ro- 
malia, y que según dice Ricary, es hechicera. 

— A mi, — dijo un elegante joven, — y á todos los que la hemos 
visto esta mañana, nos pareció encantadora. 

— Y quién es? — preguntó Silaydi. 

— Hé aquí lo que no puedo deciros , querido, — dijo el señor Ri- 
cary; — nadie la conoce. 

—Y viste bien? — pregunté yo. 

— La mujer más á la moda no tendría nada que criticarle , — 
respondió Ricary. — Sólo nos pareció.. .. 

— Qué ? — preguntó Silaydi . 

— Nada, nada; seria una aprensión nuestra. 

— Pero vamos , decid ; aqui todos somos de confianza . 

— Hombre , qué sé yo 1 -—contestó Ricary ; — nos pareció que te- 
nia un aire algo descarado , un aire que no es el de una niña que 
se educa con el esmero y recogimiento de las nuestras ; pero ya 
digo, no nos creáis, pues muy bien pudimos equivocarnos: en 
todo caso vos mismo juzgareis, si, como es de inferir, vais al 
paseo. 

— Y la acompañaba alguien? — dijo Silaydi. 

— Es probable. 

— Y dónde la visteis ? 

— En una tienda donde estaba haciendo algunas compras. 

— Iban ápié? 

— Nó, en un carruaje. En fin, ella, por su traje y apostura, 
parece una persona principal; pero en cuanto á sus maneras.... 
Vamos, de eso vos mismo juzgareis cuando la veáis. 

Aqui estábamos de la conversación, cuando entró en la sala un 
jovencito muy estirado, alegre , y tan satisfecho de sí mismo , que 
nos sorprendió. Su traje era flamante y tan extremadamente rico, 
que chocaba. Parecía más bien un señorito de provincia, que no 
uno de aquellos jóvenes que , educados en la corte y entre perso- 
nas distinguidas , poseen naturalmente maneras aristocráticas. Era 
de regulares facciones , pero antipático , y hasta fastidioso , por la 
poca expresión de su semblante. Cuando entró, saludó á uno y 



116 UNA TEMPORADA 

otro lado con la mayor afectación : se le contestó con una inclina- 
ción de cabeza ; pero á pesar de sus maneras tan raras , por no 
decir extravagantes , observé que nadie se burló de él , á lo menos 
de una manera notable. 

—Quién es ese fenómeno? — preguntó el señor Soletty, 

— Es — respondió Ricary — el señor Cattarrulo , hijo único de un 
grande de Catilia. Educado como tal, es decir, haciendo su genio, 
y sin estudiar absolutamente nada , es un ente insignificante , á lo 
menos en Romalia , porque en Catilia es tenido entre los tontos 
por uno de sus elegantes. Ahora acaba de llegar de Sameyda , y 
desprecia todo lo de Romalia como en su pueblo despreciará todo 
lo de Tolayda (1). Es, señores, uno de esos mentecatos que, fiados 
en su posición y en sus riquezas , se miran como hombres de im- 
portancia, llegando, á fuerza de pensar en ello, á creerse tales, y, 
á fuerza de las ^adulaciones de los necios , á creerse sabios. Mirad- 
, y admirad lo satisfecho que se halla de si mismo y con cuánto 
aplomo habla. 

En efecto , hablaba y gesticulaba descompasadamente con un 
joven que le escuchaba con la mayor paciencia y sin reirse. 

— Y cómo le conocéis? — preguntó el señor Soletty. 

— Porque vino recomendado á papá , y éste me mandó que le 
enseñase la ciudad. Ya veréis cómo se acerca á mi tan pronto como 
me vea. 

Y así fué, en efecto; pues apenas le percibió el joven, cuando, 
despidiéndose de su compañero, se vino al instante hacia Ricary. 
Saludó á éste, nos saludó á nosotros con la cabeza, y dijo bas- 
tante alto, sin duda para que le oyésemos : 

— i Vos aqui, querido , y yo no lo sabia ! ¡ Cuánto es mi placer 
al veros , y cuánto mayor sería si este encuentro se hubiese verifi- 
cado en los cafés espléndidos de Sameyda ! ¡ Oh , amigo , aquellos 
sí que son cafés! Bien que allí todo es grande y admirable. Habéis 
estado en Sameyda? 

— Nó, — le respondió el señor Ricary. 

— Nó ! — dijo el joven aparentando la mayor sorpresa; — ¿no ha- 
béis estado en Sameyda ? Pues , amigo , haceos cargo que no ha- 
béis visto nada. Desgraciado del que no sale de su casa, pues 
nunca será más que un pobre diablo. Yo , antes de abandonar la 



(1) La capital de Catilia. 



EN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS 117 

mia, era un ignorante; pero ahora que he viajado, y, sobre todo, 
desde que estuve en Nostracia. . . . 

— Sois un sabio, eh? — dijo interrumpiéndole el señor Ricaíy. 

— Hombre , tanto como sabio , no diré ; pero es lo cierto que 
hallo en mi una diferencia extraordinaria; nada me sorprende; 
me parece que todo lo sé , y hablo de las ciencias como si las hu- 
biese estudiado á fondo ; en una palabra , rompo y rasg'o sin aque- 
lla cortedad que tenía antes, y que me hacía pasar por tonto. Que- 
réis una prueba de ello ? 

— Averia? . .^^^í hoívU'\ 

—Ahora mismo, me dijo Nittrady, aquel joven de quién acabo 
de separarme , que hablaban los periódicos de un cometa , que, 
según cálculos de los mejores astrónomos , debia chocar ooíi Sa- 
tumu. Pues bien; antes de viajar , yo lo hubiera creído, y aun 
me hubiera aterrado esta noticia*; pero ahora.... 

—No la creéis, verdad? — dijo, interrumpiéndole de nuevo el 
señor Ricary. 

— Yo! No faltaba más. ¡Cómo si fuese posible saberlo que pasa 
en el cielo ! Quién fué á verlo? Se puede subir más allá de nuestra 
atmósfera? He oído á un sabio de la Nostracia que ni aun hacia el 
medio de ella podríamos ya vivir. Con que ya veis, querido, que 
caminando ese cometa en dirección al Sol , como dice el periódico, 
y, por consiguiente, muy por encima de la atmósfera , mal podre- 
mos saber si ha de tropezar con Saturno, ó nó. 

— Nos tranquilizáis, amigo, — dijo el señor Ricary,— pues aquí 
no dejábamos de tener algún cuidado. 

! — Vosotros? Os burláis, Ricary. Mirad, sucede con estas cosas 
lo que con las religiones. Las religiones.... Supongo que estos se^ 
ñores serán de confianza, eh? 

— Oh, mucho. 

— Despreocupados, nó? 

— También. 

— Pues aquí para entre nosotros ( y bajaba la voz con gran mis- 
terio ) , las religiones no son más que una engañifa de que se var- 
íen el gobi jrno y ciertas gentes para tener sujetos á los igno- 
rantes. 

-*Me asombráis, querido, — dijo con socarronería el señor Ri- 
cary. 

— Lo he oído mil veces i una infinidad de amigos qué tengo 



118 UNA TEMPORADA 

aqui y en otras partes; con que ya veis si el viajar es cosa útil. 

— Prodigiosa, amigo, y basta oiros para no tener de ello la me- 
nor duda. 

— Y el vestir? — continuó impertérrito el locuaz joven; — el 
vestir.... 

— Nos vamos, señores? Es ya muy tarde , — dijo con impacien- 
cia el señor Silaydi. 

— Cuando gustéis, — respondió el señor Ricary. 

— Queréis , dijo á éste Silaydi , venir con nosotros para ense- 
narnos esa niña? . 

— No tengo inconveniente. 

Y volviéndose al amigo que le acompañaba, añadió : 
— Nos acompañas, Tolutto? 

— Bueno, — contestó éste; — pero no me parece que quepamos 
todos en el coche de Silaydi: si es así, iremos nosotros en el tuyo. 

— Nó, nó, cabemos en el mió perfectamente, — dijo Silaydi. 

— Con que vais al paseo, eh? — dijo al punto Cattarrulo ; — ha- 
céis bien; hoy debe estar muy concurrido, y no pienso faltar á él. 
En viendo , señores , un elegante montado en un brioso caballo de 
Sameyda, ese soy yo; y para que me conozcáis mejor, os advierto 
que llevaré detrás á mi ayuda de cámara montado en otro caballo, 
también de Sameyda, porque ahora, señores, trajes y trenes, todo 
lo gasto de Sameyda. Con que hasta luego. 

Y sin esperar respuesta , se marchó ; pero aún no habia andado 
ueinte pasos, cuando volvió y dijo: 

—Las señas de los caballos son azul y verde en el cuerpo , y en- 
teramente negras las cabezas , bien que ya tendré cuidado de salu- 
daros para que no me confundáis con otro. Adiós. 

Y se alejó tarareando una aria de una ópera entonces muy enboga. 
— Qué torbellino! — dijo el señor Silaydi. 

— Oh, amigo ! — dije yo ; — Dios os perdone el haberme privado 
de uno de los ratos más agradables de mi vida. 

— Pero, querido, — dijo el señor Silaydi; — es posible qwe tengáis 
paciencia para oir tan grandes desatinos? Qué mérito encontráis 
en esa barabúnda de despropósitos? 

— Infinito, Silaydi; porque disparatar con tanta candidez y 
tanto aplomo se ve muy raras veces , y el amigo Cattarrulo estaba 
dispuesto, si no le hubieseis interrumpido, á decir un mar de cosas 
graciosísimas. No tenéis gusto , querido Silaydi. 



EN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 119 

— Ya, — me dijo éste; — ^¿y no contais por nada estar uno reven- 
tando de risa, y, á veces, de rabia sin poder manifestarlo ? Porque 
aquí, Mendoza, se mira como una falta gravísima, como la prueba 
más completa de una mala educación, el burlarse de otro. 

— Y esa costumbre es muy laudable, Silaydi. 



CAPITULO XXXI. 

EL PASEO. 

Entretenidos en esta conversación, llegamos al paseo. 

Qué longitud y anchura la de aquel sitio ! qué árboles tan igua- 
les y corpulentos! qué asientos, qué fuentes y qué estanques! 

Las fuentes no tenian caños , y el agua que derramaban , ya en 
forma de cascadas, ya haciendo juegos sorprendentes, producían 
un murmullo dulce , muy en armonía con el ruido sordo y confuso 
que hacian las copas de aquellos inmensos árboles agitados por un 
blando céfiro. 

Mil carruajes, á cual más lujosos, recorrían, llenos de bellezas, 
las calles destinadas para ellos, mientras que por los lados camina- 
ban á pié, y cogidas del brazo, parejas que hablaban y gozaban, 
á porfía , de la grata y tumultuosa variedad que ofrecía aquel re- 
cinto delicioso. 

Apuestos y gallardos jóvenes, montados en fogosos corceles, ga- 
lopaban por otra calle que se hallaba en medio de la destinada para 
los coches. 

— Está la forastera? — preguntó el señor Silaydi. 

— No, — respondió Ricary : — á lo menos hasta ahora no la veo; 
pero calla , allí me parece que viene con la señora mayor , y un 
joven que no conozco. SI, ellas son; miradlas, Silaydi. 

— En efecto, es hermosísima, — dijo Silaydi ; —pero ¡diantre! — 
añadió sorprendido; — el que viene con ellas es Nottely. 

— Nottely ! — dije yo. 

—Sí, Mendoza , miradle, ahora que vuelve la cara hacia este 
lado. 

No cabla la menor duda ; era Nottely sentado enfrente de una 
niña de interesante figura, vestida con magnificencia. Al lado de 
esta niña iba una persona mayor , vestida también con lujo. Tan 



120 UNA TEMPORADA 

pronto como el carruaje que las conducía se colocó en fila , excitó 
la curiosidad de todos la singular belleza de la joven. 

Cuando nosotros, que marchábamos por la fila opuesta , llega- 
mos enfrente de ellos , nos saludó Nottely, pero nó la niña que no 
hizo más que mirarnos con una insistencia que nos sorprendió. 

— No os habéis equivocado, Ricary,- dijo el Sr. Silaydi; — esta 
joven no posee aquel candor ni aquella modestia virginales, que 
tanto encantan en su edad. Qué decís, Mendoza? 

— Pienso lo mismo, Silaydi, y esta joven me parece.... 

— Algo sospechosa, verdad? — ^dijo interrumpiéndome el señor 
Ricary. 

— A lo menos no me satisface, — contesté. 

—Ni la señora que la acompaña, — repuso Silaydi. — Reparadla, 
Mendoza ; ese aire y esa postura son estudiados , no son natural- 
mente aristocráticos. 

— Pero cómo las acompaña Nottely ? 

— La cosa es clara, — dijo Tolutto; — será su amigo, 

— Sin embargo, observo una cosa, — dijo el Sr. Silaydi. 

En este momento pasó, casi á escape, el Sr. Cattarrulo, desha- 
ciéndose en cortesías y besamanos, á los que no pudimos contestar 
por lo mucho que nos llamaban la atención las forasteras ; pero él 
no se dio por ofendido , pues siguió de largo haciendo saludos á 
una y otra parte, y atropellándolo todo. 

— Qué observaste, Silaydi? — dijo el Sr. Soletty. 

— Que aunque la joven habla con visible interés al embajador, 
éste no le contesta sino con frialdad; y aun me parece que dirige 
miradas extraviadas, á uno y otro lado, como si buscase á alguien. 
Reparadlo, señores, y veréis si me equivoco. 

— No, en verdad, el embajador está triste, y parece , en efecto, 
inquieto, — dijo el Sr. Soletty. 

— Y no sólo está triste é inquieto, — repuso Silaydi, — si no que 
cualquiera diría que va cumpliendo un deber penoso. No lo com- 
prendo , á fe mía. 

— Ni yo, — le contesté;' — pero juraría que hay en esto algún 
misterio. 

— Bien puede ser, — dijo el Sr. Silaydi. 

En esto vimos pasar á caballo al Sr. Nomatty, acompañado de 
dos jóvenes catilianos. Cuando llegaron junto á nosotros , nos sa- 
ludaron profundamente ; pero cuando pasaron junto á las foraste- 



EN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 121 

ras, las miraron con tal fijeza, que me dio mucho en qué pensar. 
También éstas los miraron á ellos. 

— Qué hay aqui, — decia para conmig-o, — que no comprendo? 
Pero haya lo que quiera, ¿qué va á suceder cuando Aneyda vea á 
Nottely en compañía de esa joven? 

Aún no habia acabado de hacer esta reflexión , cuando oi decir 
al Sr. Soletty : 

— Ahí tienes á tu madre, Silaydi. 

En efecto, en un carruaje tirado por seis caballos , venian la 
princesa, au hija, la señora Notissa y Nassala. El Sr. Notty iba 
con ellas. 

— No te molestes, Silaydi,— le dijo la princesa al pasar, — pues 
ya ves que nos acompaña Notty. 

— Bien, mamá, — respondió Silaydi, — pero querrás ir al teatro, 
ño es verdad? 

—-Si, pero también va Notty con nosotras. 

^— Corre de mi cuenta, Silaydi, — dijo el Sr. Notty: — Diviértete. 

Dicho esto, desaparecieron. 

Iba Aneyda pálida y con visible repugnancia por lo mucho 
que habia sufrido la víspera ; pero cuando viese á Nottely con la 
forastera, qué pensarla? Esto me tenia inquieto. 

Y tanto me preocupaba esta idea, que no pude menos de seguir- 
la con la vista. Iba dejando absortos á cuantos la miraban , pues, 
aunque alg-o desmejorada , eclipsó al punto todas las jóvenes del 
paseo, como eclipsa el sol los más bellos astros cuando aparece 
sobre el horizonte. 

xll fin se pusieron uno en frente de otro los dos coches, es decir, 
el de la princesa y el de las forasteras. 

Nottely entonces perdió el color y se quedó petrificado. 

En cuanto á Aneyda, si bien no pude observar su fisonomía, 
porque estaba lejos, algo debió haberla sucedido, puesto que la 
señora Notissa se levantó precipitadamente, y se inclinó hacia ella. 

El carruaje de la princesa paró , y vi que lo sacaban de la fila. 

— No se qué ha sucedido en el coche de la princesa , Silaydi; 
acaban de sacarlo de la fila. 

— Es verdad, — dijo asustado el joven; — corramos, señores. 

Y en dos minutos, estábamos junto al coche. 

Aneyda acababa de volver en si; pero con el semblante profun- 
dament3 descompuesto. 



122 UNA TEMPORADA 

— Qué lia sido eso ? — dijo Silaydi , cada vez más asustado, é in- 
terrogando al Sr. Notty con la vista; pero antes que éste contes- 
tase, dijo la niña con extraña volubilidad, y procurando sonreirse: 

—-Nada, nada, un lig-ero desvanecimiento que me acometió de 
pronto. Ya pasó, mamá, no te asustes, Silaydi; estoy buena, me 
siento perfectamente. 

— No tanto, Aneyda, no tanto j'—dijo el Sr. Silaydi, — pues es- 
tas muy descolorida. 

Y volviéndose á los que nos acompañaban, añadió: 

— Señores, dispensadnos, pues Mendoza y yo nos pasamos al 
carruaje de mamá. Ahí os queda el mió; disponed de él como 
gustéis. 

Y despidiéndonos de ellos con la mano , nos pasamos al coche 
de la princesa , que en pocos minutos nos condujo al palacio de 
Nomara. 

Como este acontecimiento fué tan rápido , nadie se apercibió de 
él más que los del coche, y aun de estos, nadie sospechó la verda- 
dera causa más que la princesa, que , Dios me lo perdone, me pa- 
rece que no le disgustó, Nassala y yo. Nadie más? Ah, si, el señor 
Silaydi, pero esto no lo supe hasta el dia siguiente. 

Oh, muy irritado estaba en aquel momento contra Nottely : ver- 
dad es, que me parecía incomprensible su conducta, y que me re- 
sistía á creerle culpado. 

Mas sosegados todos, dijo la princesa: 

— Cómo te sientes, Aneyda? 

— Yo, mamá, perfectamente; no lo ves? 

—Te lo pregunto, — dijo la princesa, porque si aún te sientes 
mal, dejaremos el teatro, á pesar de que Notissa y yo pensábamos 
ir esta noche. 

— Y qué importa eso, princesa? — dijo la señora Notissa; — de- 
jaremos el teatro , y haremos compañía á Aneyda. 

— Pues precisamente esta noche, — dijo la niña procurando son- 
reírse, — era cuando yo quería ir, porque me parece que el dis- 
traerme me haria provecho: no te parece lo mismo, Silaydi? 

— Hija, respondió éste , tu gusto es el mió , y si te sientes bien 
y lo deseas, por mi vamos. 

— Pues iremos, mamá, si quieres, — dijo Aneyda. 

— Iremos, — contestó con bastante dulzura la princesa. 

Y haciendo sonar un timbre de oro, entró un ayuda de cámara. 



EN EL MÁS BELLO DR LOS PLANETAS. 123 

— De beber, — dijo la princesa. 

Mientras bebiamos, tres cosas me llamaron la atención, que fue- 
ron : cierta afabilidad que dispensaba la princesa á su bija desde 
el lance del paseo ; la distracción de Silaydi , y una alegría desu- 
sada, bulliciosa, y casi febril, que aparentaba Áneyda. Y digo que 
aparentaba, porque Aneyda tenia la muerte en el corazón. 



CAPITULO XXXII. 

EL TEATRO. 

Llegada la hora nos fuimos al teatro. 

Era éste uno de los principales de Romalia y también de Sa- 
turno. Para construirlo y adornarlo se hablan explotado las artes 
hasta un punto notabilísimo, aun en el mundo superior en que me 
encontraba. Allí las estatuas parecía que iban á abandonar sus pe- 
destales; las figuras se veian destacarse de los frescos; las molduras, 
relieves, alegorías, etc.,* eran portentos de ejecución, de inventiva, 
de travesura y de originalidad. 

Ah, la arquitectura, la pintura y la escultura habían llegado, 
en sus esfuerzos, hasta lo ideal, casi hasta lo imposible, 

El teatro estaba alumbrado por una luz suave y plateada , como 
la de nuestra luna. ¡Qué efecto tan extraordinario producía aque- 
lla luz ! ¡ De qué magia revestía los objetos , y con qué vivos des- 
tellos se reflejaba en los brillantes de que, con tanto placer, se 
adornaban las mujeres! 

Pero á todo esto yo no veía arañas, ni quinqués, ni globos de 
cristal iluminados. De dónde, pues, provenia aquella luz? Se lo 
pregunté á Silaydi. 

— Es la luz eléctrica, — me dijo, — que se elabora con» un aparato 
colocado en lo alto de las bóvedas, y á cuyo través pasa por aber- 
turas hechas de propósito. Además, á esa luz se le hace perder 
gran parte de la intensidad que le es propia por un procedimiento 
nuevo de uno de nuestros físicos. 

— Díantre! — exclamé; — estáis muy adelantados, querido. 

Y seguí contemplado el teatro. 

Todos los palcos estaban ocupados, á excepción de uno frente al 
nuestro que aún permanecía vacío, 



124 UNA TEMPORADA 

A pesar de la gran concurrencia no habia calor, porque nume- 
rosos ventiladores, colocados en sitios convenientes, renovaban 
continuamente el aire. Respirábase, pues, un ambiente fresco; y, 
según la costumbre de Romalia, embalsamado. El telón no era de 
lienzo: era un espejo grandísimo rodeado de pedrería ; de manera 
que, sin volverse y mirando al frente, velamos los espectadores. 

Se representaba la Corattila, princesa de Battalia, que era una 
de las naciones más cultas de aquel continente, la cual, robada 
por un principe de una nación limítrofe, dio lugar á una guerra 
sangrienta. El príncipe amaba con delirio á Corattila; pero ésta 
amaba á Coranto, uno de los jóvenes más liberalmente dotado por 
la naturaleza, pues era un tipo perfecto : era, además , intrépido 
guerrero y entendido capitán , de manera que , después de varios 
encuentros y batallas, consiguió matar al príncipe en un desafio 
que tuvo lugar en medio de los dos ejércitos. Entre el rapto y la 
muerte del príncipe hay escenas tierní simas entre Corattila y Co- 
rantto, que consigue verla disfrazándose unas veces de criado, 
otras de jardinero, otras de traficante, etc.; y es imposible descri- 
bir, no viéndolo, la perfección suma y la naturalidad con que des- 
empeñaban aquellos actores sus papeles. 

Ni una palabra oí mientras el telón estuvo corrido . El más pro- 
fundo silencio reinaba en el local todo el tiempo que permanecían 
los actores en la escena: se miraba como un desacato, no ya el ha- 
blar, sino el murmullo más ligero. Si á tí no te gusta la comedia, 
decían ellos y tenían razón, no vengas á oírla; y sí vas, respeta el 
gusto de los demás, ó, si tienes que hablar, espera á que el telón 
se baje. 

Iba á terminar el primer acto cuando se abrió la puerta del 
palco que teníamos en frente y entraron en él la forastera, la se- 
ñora mayor y el señor Nottely . 

Cuando el embajador vio á Áneyda se inmutó visiblemente; pero 
reponiéndose al punto , la saludó con una inclinación de cabeza. 
Aneyda contestó al saludo; pero su rostro, blanco como el encaje 
que rodeaba su cuello, daba bien á entender la impresión que le 
habia hecho la presencia del joven al lado de la forastera. La prin- 
cesa no se movió. 

El telón corrido impedía hablar; pero cuando se bajó, dijo la 
princesa á Notty con gesto desdeñoso : 

—Conocéis esa forastera, Notty? 



BN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 125 

— No ; la he visto en el paseo por primera vez , y la veo ahora 
en el teatro. 

— Es hermosa, — repuso la princesa, — pero 

Y calló. 

— Qué, señora? — dijo sonriendo el Sr. Notty. 

—A lo menos la señora mayor, no me parece muy señora, ver- 
dad, Notissa? 

— Ni la menor, — respondió ésta, — y si lo son, serán de ayer. 
Tan aristocráticas eran estas señoras, que á la primera ojeada 

conocían á qué clase pertenecía una mujer. Ya no me cupo la me- 
nor duda que la madre y la hija , ó la tia y la sobrina , no eran 
personas de distinción. Pero entonces, quiénes eran? ¿por qué las 
acompañaba Nottely? 

Ardia por hablar á éste, pero como no conocía á las señoras que 
estaban con él, no me pareció prudente ir á su palco. 

En esto se abrió la puerta del nuestro, y entró el Sr. Rodulio. 

Después de saludarnos con su naturalidad acostumbrada, dijo: 

— No me estimes la visita , princesa , ni vos tampoco Notissa, 
porque no es por vosotras, ni por éstos señores por quienes vengo 
aqui. 

— Gracias, amigo, — dijo sonriendo la princesa, — entonces por 
quién vienes? 

— No lo adivinas? 

— Lo presumo, — repuso la princesa , — pero dimelo tú por si 
acaso me equivoco. 

— Diantre! diantre! —dijo el Sr. Rodulio como sino hubiese oido 
á la princesa, — y en efecto, es preciosa. Vaya un palmito de cara I 
y el cuerpo? divino. 

— Hola, parece que os gusta, eh? — dijo la señora Notissa. 

— Lo bueno á todo el mundo gusta, querida, — respondió el se- 
ñor Rodulio, — y algo daría yo por ocupar ahora el lugar del em- 
bajador. 
• Sin poderme contener dije yo entonces : 

— No conozco á esas señoras , ni sé por qué el embajador las 
acompaña ; pero lo que sé es, por lo que he visto esta tarde, y por 
lo que veo ahora, que el embajador no se halla á gusto con ellas. 

— No se halla á gusto con ellas ! — dijo la señora Notissa, — 
buena es esa, pues por qué no las deja entonces? 

— Señora, — le respondí, — hay ciertas cosas que no se penetran' 



126 UNA TEMPORADA 

fácilmente; pero pueden ser tales los motivos que obliguen al se- 
ííor Nottely á acompañarlas, que tenga que hacerlo á pesar suyo. 

— Y yo pienso lo mismo que Mendoza, — dijo con nobleza, y 
á riesgo de disgustar á su madre, el Sr. Silaydi. 

— Y yo también, — dijo el Sr. Notty, — pues observo que á pesar 
del aían y maneras insinuantes de la forastera, Nottely no la mira 
siquiera. 

— Y tenéis razón por vida mia, — dijo el Sr. Rodulio,— porque 
Nottely parece una estatua junto á ella. Diantre, no comprendo 
esto. Quién será esa forastera? 

— No la conocemos, — respondió la señora Notissa. 

— Y vosotros, señores, la conocéis? 

— Tampoco, — respondieron Silaydi y Notty. 

— Voto al diantre, pues es preciso conocerla, — dijo el Sr. Rodu- 
lio, — y ahora mismo voy. ... 

No acabó de pronunciar la frase , cuando se abrió la puerta del 
palco, y entró el Sr. Nomatty. 

— Ah, justamente venís á tiempo, querido. * 

En lugar de atender al Sr. Rodulio, dijo el Sr. Nomatty hacien- 
do profundas inclinaciones : 

— Señoras señores 

— Dejaos de cumplimientos, — dijo con su peculiar viveza el Se- 
ñor Rodulio, — y decidnos al instante una cosa. 

— Qué Cosa? 

— Si conocéis á esas forasteras. 

— Si no las conozco personalmente, sé á lo menos quiénes son. 

— Acabáramos con mil y más; quiénes son, decid. 

—La señora mayor es la hermana del Storny (1) de Nattricia, 
y tia de aquella señorita que habla con el Sr. Nottely. Esta es 
huérfana y no tiene más parientes que esa tia y un hermano de 
esta, que van á ver ahora á Sameyda (2) donde se halla hace dos 
años desempeñando una comisión de su gobierno. 

— Y la niña, qué tal, eh? — dijo el Sr. Rodulio , — es de mérito, 
verdad? 

— Oh, — respondió el Sr. Nomatty, — me han dicho que es per- 
fecta. Tiene mil habilidades y otros tantos adoradores, sin que has- 



(1) Equivale á Gran Almirante. 

(2) La capital de la Nostracia. 



EN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 127 

ta ahora se haya podido gloriar ninguno de haber obtenido prefe- 
rencia. En cuanto á su físico, ya lo veis; y sus riquezas, según me 
han asegurado son muy grandes. Buen partido , á fe mia , no es 
verdad, principe? 

— Ya lo creo, — respondió el Sr. Rodulio, — ¿pero quién os ha 
dado esas noticias? 

— Un empleado de nuestra embajada que estuvo mucho tiempo 
en Nattricia, Esa niña llamó ayer la atención en Romalia, y nos 
devanábamos los sesos por saber quién era, cuando ese empleado, 
que se hallaba allí afortunadamente, nos sacó del apuro, dándo- 
nos los pormenores que acabo de referir. 

— Y sabéis, — dijo el Sr. Rodulio, — cómo la conoce Nottely? 

— Lo ignoro, — respondió Nomatty, — pero sé que solo él, hasta 
ahora, ha tenido esta fortuna. 

— De la que no me parece muy ufano, — repuso el Sr. Rodu- 
lio, — porque nunca lo he visto más frió ni más displicente : ¿no es 
verdad, señores? 

La forastera hablaba entonces animadamente con Nottely: éste 
la escuchaba distraido. La forastera, supongo que para llamarle 
la atención, le alargó con una sonrisa encantadora una magnifica 
flor que tenia en la mano ; pero Nottely no levantó la suya para 
tomarla. La forastera, por lo que pudimos inferir de sus ademanes^ 
insistió con una mirada suplicante , y entonces Nottely cogió la 
flor. 

Yo, que no apartaba los ojos de Aneyda, vi que temblaba á pesai* 
de los esfuerzos que hacía para contenerse. 

El Sr. Nomatty, dijo entonces : 

— Sin embargo, príncipe, reparad cómo Nottely ha tomado la 
flor. 

— Y ha hecho bien, — dijo antes que respondiese el príncipe la 
señora Notissa. — Pues qué! ¿no es digna una señorita de que se 
acepte su fineza? A qué partido mejor podría aspirar él? Si es tal 
como Nomatty nos ha dicho, se dará por muy servido de que ad- 
mita sus obsequios. Pensáis lo mismo, Sr. Nomatty? 

— Yo lo creo, — respondió éste, — y en su lugar me daría por 
contento. 

— Y yo no, con el permiso, se entiende, de la señora Nottissa y 
del caballero Nomatty, — repuso con sumo gozo mío el ilustre an- 
ciano, — porque Nottely vale mil forasteras, y si me apuráis mu- 



128 UNA TEMPORADA 

cho, mil princesas. ¿Dónde encontráis vos, señora, y vos, caballe- 
rito (mirando alternativamente á uno y otro), un joven que posea 
el mérito y las relevantes prendas de Nottely? Si lo hay en toda la 
Roquelia, quiero que me le claven en la frente. 

El Sr. Nomatty no se atrevió á responder; pero la señora Notissa 
dijo alg-o picada : 

— Vos no sois voto, principe, porque todo el mundo sabe vuestra 
predilección por ese joven. 

—Y me g-lorio de ello, Notissa , tanto más , cuanto que todo el 
mundo le hace la misma justicia que yo, excepto vos, por supues- 
to, y el caballero Nomatty, que sois en verdad muy singulares. 

— Es que yo, señor, — contestó éste, — no niego su mérito al se- 
ñor Nottely; pero poseyéndolo también la forastera, ¿tiene algo de 
particular que le guste y que le dedique sus obsequios? 

— Y yo, caballero, — dijo con bastante sequedad el Sr. Silaydi, 
— no concedo á esa joven, pese á vuestro amigo de la embajada de 
Catilia, las cualidades que le atribuis ; porque excepto la hermo- 
sura, que es en efecto grande, su aire y sus maneras la recomien- 
dan poco. 

Nomatty se puso pálido. 

— Bravo!— dijo riéndose el Sr. Rodulio, —Silaydi, me envanezco 
con verte de mi partido. Y vos, Notty, qué decis? 

— Yo señor, — respondió éste, — pienso enteramente como Silaydi. 

— Magnifico! — dijo, no ya riéndose sino dando grandes carca- 
jadas el Sr. Rodulio. — Con que, señora Notissa, y vos, caballero 
Nomatty, por esta vez al menos quedáis vencidos. Y eso que no 
quiero preguntar á Nassala , ni al caballero Mendoza , porque la 
una por respeto á su mamá, y el otro por consideración á la prin- 
cesa, se verianmuy embarazados para responder; que sino.... que 
sino.... 

Y renovó sus carcajadas. 

Bien quisiera la princesa decir algo; pero como no podia ni de- 
bía tomar parte en aquella conversación, tuvo que callar, aunque 
llena de disgusto y de despecho. 

El telón se levantó, y cesaron las conversaciones. 

El Sr. Rodulio se despidió y se fué á su palco. 

Ningún incidente digno de contarse ocurrió en el resto de la no- 
che; pero al salir, tuvo Aneyda que sufrir otro martirio, viendo á 
la forastera cogida del brazo de Nottely, á quien hablaba con ca- 



EN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 129 

lor, y á quien se acercaba tanto , que casi tocaba su cara a la del 
joven. Nos acompañaron á casa la señora Notissa , Nassala y el 
Sr. Notty. Abrumada Aneyda por el dolor, ya no reia ni hablaba 
con la volubilidad febril de aquella tarde. 



CAPITULO XXXIII. 



REVELACIÓN DE SILAYDI Á MENDOZA. 

Ardia porque pasase la noche, pues pensaba al dia siguiente ir 
á ver á Nottely. En efecto, así que amaneció, me vestí y ya iba á 
salir, cuando con no poca sorpresa mia vi entrar en mi cuarto al 
Sr. Silaydi. Chocóme su aire grave y meditabundo, tanto más, 
cuanto que era naturalmente alegre. 

— Adonde vais tan temprano, Mendoza?— me preguntó, 

— A ver á Nottely, querido. 

— Lo sospechaba. 

— Ah, y por qué? 

—Eso no importa; venid, tengo que hablaros. 

—Y adonde? 

— A la huerta. 

— Vamos, pues, á la huerta. 

Bajamos efectivamente, aunque jnuy afectado yo con la grave- 
dad de Silaydi. En la huerta ya, me dijo: 

— Ibais á ver á Nottely, no es verdad? 

—Sí. 

— Pues no vayáis. 

— Y por qué ? 

— Porque Nottely no acompaña á las forasteras, sino forzado. 

— Forzado, por quién? 

— Por la necesidad, Mendoza; no tengáis en ello la menor duda. 

— Pero cómo sabéis que iba á verle con este objeto ? 

— Porque sé lo mucho que amáis al embajador, y no dudando 
que nos amáis también á nosotros un poquito , y por consiguiente 
á mi hermana Aneyda , vuestro noble corazón no os permite ver 
padecer á esta pobre niña. 

Me quedé estupefacto, y no pude proferir una palabra. 

TOMO XVI. 9 



130 UNA TEMPORADA 

— Os admira que haya acertado tan bien? Pues vais á saber 
por qué. 

Ayer, — continuó el Sr. Silaydi, — cuando llegamos á casa , nos 
fuimos, vos á vuestro cuarto y yo al de mamá. Juzg-ad de mi sor- 
presa , Mendoza , cuando al entrar vi á ésta muy irritada , y á 
Aneyda en cama, pálida y derramando lág-rimas. 

— Qué es eso, mamá? Qué ha sucedido que te veo tan irritada, 
y á Aneyda llorando? 

— Déjame, — me contestó; — tu hermana ha de acabar conmig-o. 

— Pero por qué, mamá? 

— Porque después del compromiso que la familia y ella misma 
ha contraído con Nostrendy , busca ahora mil pretextos para re- 
tardar su cumplimiento. 

— Pero, mamá, — dijo Aneyda llorando, — yo nada ofrecí á Nos- 
trendy; bien lo sabes. 

— Mamá , Mendoza , entre mil excelentes cualidades , tiene la 
desgracia de ser muy irritable, y á veces hasta violenta; asi es que 
no sufre contestación de nadie, ni aun de papá , que , de más ta- 
lento que ella, suele dejarla; por eso yo , temiendo que si Aneyda 
hablaba las cosas empeorasen, le dije: 

— Calla, Aneyda, y deja hablar á mamá. 

Y volviéndome á esta, añadi: 

— Pero vamos; ¿tiene mi hermana algún motivo para rechazar 
á su primo? Yo crei que este era un asunto concluido. 

— Y lo era, — dijo con viveza la princesa, — y aun ella misma 
consentía en casarse, si no hubiese llegado á Romalia ese funesto 
embajador 

— Mamá, mamá! — gritó Aneyda sin poderse contener: — ah, por 
Dios, me estás matando. 

— Silencio! — dijo mamá llena de ira. — ¿Por ventura no sé yo 
que desde entonces has cambiado tú ? ¿No veo á ese hombre devo- 
rarte con la vista á todas horas y en todas partes ? ¿No le oigo sus- 
pirar? ¿No percibo su emoción cuando se te acerca? ¿No te veo á 
ti poco menos conmovida que él cuando te habla? ¿No te he visto 
próxima á desmayarte cuando le hirió el Príncipe de Nomara? 
¿Crees tú que esas cosas se escapan á una madre? Pero yo te pro- 
testo ante Dios que primero he de verte muerta , que casada con 
ese hombre. 

— Mamá , Mendoza, tiene también la debilidad de tributar un 



SN BL MÍS bello DB LOS PLANETAS. l3l 

culto casi religioso á la nobleza de raza, y mira con horror un ca- 
samiento de una persona ilustre con otra que no lo sea : asi es que 
prosiguió diciendo: 

— Cómo ! la hija de los Tolumas y de los Saldys habia de enla- 
zarse con un hombre oscuro, con un hombre que no tiene más que 
su destino, con un representante, en fin, de una nación republica- 
na ! Jamas, á lo menos mientras yo viva. 

Y diciendo esto , se paseaba con violencia , casi ahogada por la 
cólera. Temblando por ella, dije al momento: 

— Cálmate, yo te lo ruego. No ves que puedes caer mala? Aney- 
da nunca dará un paso que pueda disgustarte, y yo respondo que 
se ceñirá á la razón. 

— Pues que lo haga, — dijo la princesa, — y tendrá en mi la ma- 
dre más cariñosa. 

Juzgad ahora, querido Mendoza, cuál me quedarla al saber un 
amor del cual no tenia la menor noticia; y si os acordáis de la con- 
versación que tuve con Nostrendy la vispera de su marcha, debéis 
inferir cuánto este amor me contraria, toda vez que si Aneyda in- 
siste en no casarse con su primo, mi enlace con la hermana de éste 
se hace cuando menos muy dudoso. 

— Y yola amo, querido Mendoza, — continuó Silaydi conmovi- 
do, — yo amo á Silody, cuyas prendas, si la conocieseis, os la ha- 
rían mirar con interés. 

Dos lágrimas, que á su pesar rodaron por las mejillas de Silay- 
di, me hicieron conocer cuan grande era su pasión. 

— Ya veis, Mendoza, — continuó el joven, — cómo las cosas se 
van poniendo en el palacio de Nomara; pues aún no es esto lo peor. 

— Cómo asi? Explicaos, por Dios. 

— No lo adivináis? 

— No, á fe mia. 

— Que yo no puedo reprobar el amor de mi hermana á Nottely. 

— Qué decis? 

— Si, Mendoza, — continuó con gravedad, el Sr. Silaydi. — Pri- 
mero Aneyda nada prometió á Nostrendy; permitió, si, que la ob- 
sequiase y que hiciese todo lo posible por agradarla, dispuesta co- 
mo lo estaba á aceptarle por esposo si su carácter congeniaba con 
el de ella ; pero no sucedió asi desgraciadamente. Nostrendy con 
sus celos, y continuamente excitado por su carácter violento, vino 
á hacerse insoportable para Aneyda , y cuando ya le miraba con 



132 UNA TEMPORADA 

frialdad, según ella misma me dijo, se presentó en Romalia el em- 
bajador de la Nostracia. Vos lo sabéis, Mendoza; Nottely no es un 
hombre; es casi un Dios, y nada extraño que hubiese conocido su 
mérito: conocido éste, era preciso amarle, y este amor, Mendoza, 
debió hacerse inmenso cuando se vio correspondido. Sé que nada 
se han dicho todavía; pero ¿qué importa si sus corazones se en- 
tendieron? 

Ahora bien ; el mérito de Nottely , no sólo hace disculpable este 
amor á mis ojos, sino que lo santifica. Estoy seg-uro que papá no 
se opondrá á este matrimonio, porque sabe muy bien que hará la 
felicidad de su hija, y yo que le debo la vida, yo, á despecho de 
mamá, y casi seg-uro de que hago mi desgracia, yo, Mendoza, 
estoy dispuesto á apoyarle. 

— ¡Cómo , amigo! ¿Habláis de veras? 

— Lo que ois, Mendoza. 

— Oh que noble sois , querido Silaydi! — dije abrazándole. 

— Si algún dia pudisteis dudar de mi aprecio , esa duda desapa- 
recerá completamente , viendo cuan sin limitéis es la confianza que 
os hago hoy. 

— Y la merezco, Silaydi, — contesté sin vacilar. 

— Lo sé, — me dijo. — Ahora escuchadme, y compadeced á vues- 
tro amigo. 

— Pues qué hay? — le pregunté con inquietud. 

— ¿ No habéis observado que un hombre se me acercó ayer en 
el teatro? 

— Ah, si, ahora me acuerdo; un hombre como en traje de 
camino. 

— Es verdad; venia de Catilia, y me entregó esta carta: ieedla. 

Cogí la carta que Silaydi me entregó con mano trémula , y leí 
lo siguiente : 

«Son de tal naturaleza las cosas que me pasan, querido Silaydi, 
que no puedo menos de escribirte. Cuando yo esperaba el consen- 
timiento de Nostrendy , que me hablas ofrecido remitir por el cor- 
reo, llegó aquel ayer por la mañana, tan pálido, abatido y triste, 
que apenas le conocia. ¿Qué ha sucedido ahí que causó en mi her- 
mano tal mudanza! No lo entiendo, y me confundo. En todo el 
dia apenas habló conmigo , y le vi siempre pensativo ; pero por la 
noche me dejó helada cuando me dijo que era imposible mi matri- 
monio coQtigo , puesto que , bajó juramento , me habia ofrecido á 



¿N EL MÁS BELLO ÜE LOS PLANETAS. 133 

Nomatty. — Cómo! querido Nostrendy, — le dije; has ofrecido mi 
mano, sin consultarme , á un hombre que , lejos de serme simpáti- 
co, me inspiró siempre repugnancia? — No te canses, Silody ,— re- 
puso Nostrendy con voz sorda; esto no tiene remedio; sufre, pues, 
tu suerte como yo sufro la mia. Y al decir esto crei que se ahogaba: 
era tal su agitación, que se marchó sin decir otra palabra. Juzga 
cómo quedaria. Sola ya, y sin que él lo sepa , te escribo esta carta 
que te mando por mi fiel Nollapo, para preguntarte, primero, qué 
ha sucedido en Romalia; y segundo , para rogarte que te compa- 
dezcas de tu Silody , que te amará mientras viva , y que se dejará 
matar antes que dar su mano al odioso Nomatty, Quema esta carta. 
— Silody, 

Me quedé atónito. 

— Qué decís, Mendoza? 

-—Que la carta me revela lo que vale esa interesante niña; que 
las cosas se ponen de tal modo serias , que necesitáis de una pru- 
dencia suma para manejarlas , y que la causa de lo que sucede en 
Catilia y en Romalia, es, no vacilo en asegurarlo, ese Nomatty que 
ha llegado á dominar á Nostrendy, y que lo conducirá, por últi- 
mo, á su ruina. 

— Si, sí, Mendoza, — dijo el Sr. Silaydi'clavando los ojos en mí, y 
luego en la carta que le devolvía ; — puede que tengáis razón , y 
quiera Dios que no ande él en el asunto de la forastera . 

— Sabéis que lo he sospechado? Cuando ayer vi que la encomia- 
ba tanto.. . 

— Dejemos eso, Mendoza, que ya lo averiguaremos. Ahora 
exijo de vos una cosa. 

— Qué cosa? 

— Que no digáis una palabra á Nottely del modo como yo pien- 
so acerca de su amor á Aneyda , mientras yo no os autorice para 
ello. Me lo prometéis? 

—Sí. 

— A fé de caballero? 

— A fé de caballero . 

— Basta. Mañana marcho á Catilia. 

— Qué decís? 

— ¿Queréis que yo abandone á esa pobre niña, cuando la veo su- 
jeta á un poder tiránico capaz de llegar hasta la violencia? Nunca. 
Necesito ver á Nostrendy para preguntarle qué aciaga influencia 



134 UNA TEMPORADA 

le obliga á casar á su hermana con un hombre indigno de ella, 
cuando la ama otro que es amado, y que tiene su misma sangre/ 
Después, ya me entenderé con Nomatty. 

— En hora buena, le contesté, y no me opondré á vuestra de- 
terminación si me concedéis otra cosa. 

—Cuál? 

— Ir con vos. 

— Sois muy noble, Mendoza, pues esa súplica me revela el afecto 
sincero que me profesáis ; pero no puede ser , amigo. 

— Y por qué? 

— Porque seria alarmar á papá, que nada sabe de este amor. 

— Pues no pensabais decírselo? 

— Si, tan pronto como obtuviese el consentimiento de Nostren- 
dy para que los dos enlaces se efectuasen juntos. 

Iba á contestar á Silaydi , cuando apareció en la puerta un gen- 
til-hombre de palacio. 

— Qué hay? — dijo apenas le vio el Sr. Silaydi. 

— S. M. os llama, señor — dijo el gentil-hombre. 

— Decidle que corro á ponerme á sus 'órdenes. 

Inclinó la cabeza el gentil- hombre y marchó. 

Pocos momentos después', se dirigía á palacio Silaydi. 

Yo corri á casa del embajador. 

No estaba en ella ! 

— Adonde ha ido? — pregunté á uno de sus criados. 

— Me parece que á palacio, señor. 

Volvíamos para casa, cuando tropecé con el Sr. Sattulo. 

— De dónde venís? — le pregunté, después de haberle saludado. 

— De casa del Sr. Nolatto. 

— Tan temprano ?. . . 

— Sí , tuve que ver un enfermo en la misma calle, y subí á pre- 
guntarle á qué hora era la conferencia. 

— Y á qué hora es? 

— No hay conferencia, caballero. 

— No hay conferencia ! pues qué ha sucedido ? 

— Parece que los asuntos de Catilia se complican , y ha sido lia 
madoá palacio el Sr. Nolatto, donde permanecerá hasta muy tarde. 

— Quiere decir, que se aplazará la reunión para otro dia. 

— Se supone; bien que si los asuntos políticos empeoran, pasará 
mucho tiempo antes que nos reunamos. 



EN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 135 

— Será forzoso que nos conformemos. Vais al hospital? 

— Nó, porque subo á ver aquí otro enfermo. Dispensadme. 

— Adiós, doctor. 

Tan inquieto me hallaba con los acontecimientos de Silaydi, que 
no me pesó se hubiese suspendido la conferencia. Vacilaba entre ir 
á [palacio ó volver á casa ; pero reflexionando que estaría Nottely 
con el rey, y que se ocuparían de negocios graves , opté por el úl- 
timo partido. 

Cuando llegué, se paseaban por el salón el principe y M. Leynoff. 
Era admirable la diferencia que habia entre la calma de aquellos 
hombres que se ocupaban de política;, y mi extremada agitación. 

— De dónde venís, Mendoza? — me dijo el Sr. Nomara. 

— De ver á Nottely. 

—Y le visteis? 

— No estaba en casa. 

— Parece que los asuntos de Catilia no van bien , y entonces no 
es extraño que no le hallaseis. 

— Debo creerlo así, porque tampoco hay conferencia. 

— No hay conferencia! — dijo mirándome con fijeza el Sr. No- 
mara. 

— Así, á lo menos, me lo dijo el Sr. Sattulo. 

— Lo veis, Leynoff? — dijo el Sr. Nomara. — Nolatto habrá sido 
llamado á palacio como lo fué Siloydi, y por eso no habrá reunión. 
Vamos , veo que el rey de Catilia no posee la proverbial prudencia 
de sus antepasados , y que va á sufrir grandes disgustos. Dios le 
perdone á él los que á nosotros va á causarnos. 

— No comprendo— dijo M. Leynoff — cómo no se hace cargo de 
que tomando á Talussa, no sólo tendrá contra si la Nostracia y la 
Roquelia, sino casi todo vuestro continente. Dueña la Catilia de la 
Ciliana, será una potencia monstruosa, y una amenaza continua 
para las demás naciones. 

— Yo lo creo — repuso el Sr. Nomara; — pero la ambición, que- 
rido Leynoff, nos ciega, como ciega al rey de Catilia , que no ve 
más que las ventajas que de la posesión de Talussa han de seguír- 
sele, y olvida los peligros que su temeridad va á suscitarle. 

— ¿Y sabéis ya, — pregunté al príncipe — cuáles son las últimas 
noticias? 

— Exactamente nó, pero espero á Silaydi para que nos las diga. 
Allí viene. 



136 UNA TEMPORADA 

En efecto, con la cabeza baja, y al parecer muy pensativo, se 
volvía el joven á su casa. 

— Qué hay, Silaydi? — le dijo el principe asi que entró en la 
sala. 

— Que el rey se mantiene firme, y se niega resueltamente á re- 
tirar las tropas de la Ciliana: sólo en fuerza de sus instancias, se- 
gún dice Nostrendy, ha accedido á la conferencia. 

— Y qué dice el rey? 

— El rey se prepara á la guerra. 

— Y hace perfectamente. Qué te quería? 

— No lo adivinas? 

— Encargarte el mando de algún navio, nó? 

— De una escuadra , papá. 

— De una escuadra ! Oh, hijo mió ! ese es demasiado honor para 
tu edad, pues, aunque te has distinguido siempre en la marina, 
pasar del mando de un navio al de una escuadra , es mucho ho- 
nor, te lo repito , y debes estar contento. 

— Y lo estoy, papá, y procuraré hacerme digno de ese honor, 
yo te lo juro. 

— Ya lo sé Silaydi , y en medio de lo que debes suponer he de 
sufrir por los peligros que vas á correr, como se trata de la patria, 
de tu reputación y de tu gloria, callo y me resigno. 

— Oh! ya sé yo lo que tú eres — dijo el joven — y cuánta es la 
grandeza de tu alma. 

Y acercándose al anciano, estampó un beso en su frente vene- 
rable. 

Los ojos del Sr. Nomara se humedecieron al punto. 

Hubo un momento de silencio, pasado el cual dijo Silaydi. 

— Te advierto, papá, que hay revista esta tarde. El rey me ha 
encargad:) que te lo dijese, para que asistas con la familia y con 
tus huespedes , pues desea que vean nuestra armada. Es probable 
que concurra todo lo más escogido de Romalia, y voy á decírselo 
á mamá y á Áneyda, para que se preparen. 

Y haciéndome una sena, salimos juntos del salón. 

— Veis — me dijo — cuánta es mi desgracia? Ya no puedo dejar á 
Romalia. 

— Lo veo,— le contesté— y comprendo vuestro dolor; evitando 
por lo tanto recordaros que la honra es ante todo, pues lo sabéis 
perfectamente, voy á daros un consejo. 



EN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 137 

—Y cuál? 

— Que escribáis á Silody participándole que ibais á salir para 
Catilia; pero que una orden del rey, mandándoos que os encar- 
gueis de una escuadra, la cual debéis organizar inmediatamente, 
os lo impide. Añadidle que, si en virtud de la conferencia se alejan 
los temores de la guerra, que marcháis al instante ; y que si, por 
el contrario, se aumentan , que marcháis lo mismo, pero con la 
armada. Vuestro amor dirá lo demás. 

— Precisamente , Mendoza, era eso lo que pensaba hacer , y voy 
á efectuarlo al momento. 

— Corriente, y dado ese paso, dejad á los acontecimientos que 
os indiquen la marcha que debéis seguir. 

''Se continuará.) 

Tirso Agüimana dk Vega. 



REVISTA POLÍTICA. 



INTERIOR. 

El estado político del país no mejora, antes por el contrario al ya casi 
crónico malestar que de tiempo atrás viene haciéndose sentir, hay que aña- 
dir ahora la nueva perturbación ocasionada por el conato de alzamiento, 
pues no otro nombre merece la especie de homeopática guerra civil con 
quede cuando en cuando se han propuesto asustar á las gentes pacíficas los 
defensores del absolutismo. 

Más que indigna, avergüenza el espectáculo que con este motivo presen- 
ta la Nación española, pues no conocemos país alguno en Europa donde 
tengan lugar acontecimientos de índole análoga. A la larga serie por demás 
desdichada de nuestros pronunciamientos hay que añadir este perpetuo in- 
eficaz propósito de rebeldía, esta insuficiencia de rebelión probada por la fan- 
tasmagórica presencia y fuga de las partidas carlistas, cuya única misión sin 
duda se reduce á convencer á la Europa de que estamos aún muy distante 
de alcanzar la vida de los pueblos civilizados. 

¡Envidiable tarea la del par. ido que tiene la pretensión de representar por 
personal, tendencias y aspiraciones las virtudes hidalgas de nuestros mayo- 
res! Sin que sea digna de alabanza ninguna contienda promovida por agru- 
paciones políticas que por la fuerza de las ai mas intenten realizar sus aspi- 
raciones, todavía cuando la lucha es grande, levantada, cuando por la im- 
portancia misma de los elementos que entran en combate se descubre una 
gran fuerza social en movimiento, si no ante las leyes reales, ante el juicio 
definitivo de la historia, ante la moral universal puede encontrar disculpa; 
mas cuando por la naturaleza misma de los contendientes queda de mani- 
fiesto que aquella lucha no responde á verdaderas necesidades públicas , el 
acto de la rebelión se presenta rodeado de las circunstancias que le dan un 
carácter más repugnante. 



REVISTA POLÍTICA INTERIOR 139 

Por lo demás no puede dejar de suceder así; el carlismo es una causa muer- 
ta: un partido^ aun siendo numeroso, no puede quebrantar por su aislado 
impulso las leyes providenciales que dirigen á la humanidad, haciendo retro- 
ceder por el imperio de su voluntad la marcha progresiva de la civilización. 

Cuantos se oponen/ entre nosotros al desenvolvimiento natural de las ideas 
modernas, favorecen consciente ó inconscientemente estas vergonzosas y tris- 
tes perturbaciones, por otra parte ineficaces para detener en su triunfal ca- 
mino el espíritu del siglo en que vivimos. Existe , perdónesenos la frase, 
una especie de patrón ó modelo social , á que con leves diferencias tienen 
que sujetarse en la actualidad los pueblos europeos; de ahí que nosotros no 
hayamos combatido las reformas más trascendentales que en esa dirección ha 
presentado el Gobierno, por más que no aprobásemos tal vez algunos de sus 
detalles. Los partidos que no quieren conocer esto y que aún transigen con 
las antiguas preocupaciones, perderán, por conservar una fuerza efímera y 
pasajera, el gran apoyo que han tenido constantemente en el mundo los re- 
presentantes de las ideas reformistas que en la misteriosa marcha de los 
acontecimientos humanos se han abierto paso á través de los siglos. 

España sigue siendo, de la Revolución acá, elocuente ejemplo de cuanto ve- 
nimos diciendo. Ocho años antes de que cayera la monarquía empezamos no- 
sotros á defender en la prensa , con escasa fortuna por cierto , la necesi- 
dad en que se encontraban los partidos conservadores de seguir otra línea 
de conducta. En vano pusimos, por ejemplo , el carácter progresivo y la 
flexibilidad liberal, por decirlo así, del antiguo partido thory de la vieja 
Inglaterra; en vano sostuvimos la conveniencia y necesidad de aceptar, den- 
tro de la Constitución del Estado, el movimiento liberal del siglo; en vano 
defendimos de acuerdo con los tribunales, más previsores que los Gobiernos 
que á la sazón existían, la legalidad del partido democrático; en vano sos- 
tuvimos que en pleno siglo XIX la intolerancia religiosa era un anacronis- 
mo; nuestras palabras solían tener eco como arma de guerra en momentos da- 
dos, pero se olvidaban pronto sofocadas por la gritería de los aduladores del 
poder que nos l\skm.aha.n demagogos de salón , demócratas de corbata blanca j mil 
veces más perjudiciales, en el sentir de los que nos atacaban, que los ver- 
daderos revolucionarios. 

Los acontecimientos han venido aponer de manifiesto quién tenía razón, 
y la prueba, por lo que vemos, no ha terminado todavía. El pensamiento 
de aplicar en la Nación española las instii uciones representativas en toda su 
pureza, de permitir el libre desenvolvimiento del espíritu y tendencia que 
dominan en las sociedades modernas, era de suyo tan grande, tan legítimo, 
tan poderoso, que no sólo encendió el fuego que hizo estallar la Revolución 
de Setiembre, sino que después la sigue alimentando de tal modo, que á 
pesar de los desaciertos que han tenido lugar, de las faltas cometidas, de 
los errores perpetrados , de la división de los partidos que la llevaron ^ 



140 REVISTA POLÍTICA 

cabo, sin constituirse el país, sin que la nueva idea encame en un organis- 
mo sociíü acabado , ante ella se quiebran , como débiles cañas , los planes, 
conspiraciones y guerras que quieren inútilmente fraguar sus adversarios. 

No dice nada á cieríos ánimos la dificultad con que tropiezan para orga- 
nizarse los elementos hostiles á las conquis as revolucionarias. Al lado del 
Príncipe Alfonso están la mayor parte de la aristocracia moderna, y todo el 
mundo oficial de ayer. Por desdicha aún no se hallan completamente cicatri- 
zadas, en las fuerzas permanentes, las heridas de Santander, de Béjar y de 
Alcolea. Defienden á D. Carlos los viejos pergaminos, la nobleza rural y las 
democracias del antiguo régimen , y sin embargo , si se descubre un punto 
negro en el horizonte es la República, es decir, lo más contrario á lo que 
representan aquellas aniquiladas causas, aquellas envejecidas banderas. 

Somos los primeros en reconocer que hay mucho que enmendar en el ac- 
tual orden de cosas, que estamos muy lejos del bien estar social que disfru- 
tan los pueblos regidos por un verdadero ré;^imen representativo, pero cuan 
grande no será el prestigio Ce las nuevas instituciones, cuando no llegan á 
organizar elementos de importancia hostiles á ellas sus , sin duda , nume- 
rosos enemigos. 

Son en sentir nuestro además, poco defensores del reposo público, ti- 
bios amigos de la prosperidad nacional, los que Gustados ante la gran 
transformación que ha de sufrir la Nación española para hermanar su civi- 
lización con la que domina hoy en el mundo , prestan armas con su actitud 
temerosa á los adversarios de las libertades modernas, sin comprender que 
son aún de ellos más odiados que los intransigentes radicales , pues la na- 
turaleza ha puesto, por un interés recíproco, cierta secreta simpatía entre 
los extremos, entre los exagerados de todos los matices políticos. 

No existen por desdicha en España inteligencias elevadas que defiendan 
y representen en el campo católico el progreso que pudiera poner en armo- 
nía la civilización presente con la tendencia histórica de nuestro pueblo. No 
hay entre nosotros un Darboy, arzobispo de París ; un Dupanloup, obispo 
de Orleans; uu Maret, obispo de Sura; Falloux, Broglie, Cochin y tantos 
otros que modifican con su actitud, con una constante propaganda, la influen- 
cia perniciosa de los ultra-católicos. Liberales, hombres de su tiempo y de su 
país, al reñir formales batallas con los ultra-montanos, con los perpetuos 
representantes de las tinieblas de la Edad Media, hacen un gran servicio á 
la religión verdadera y á los intereses morales de Francia. 

Espíritus intransigentes , almas apasionadas , organismos de naturaleza 
contraria á cuanto la verdadera religión enseña, maldicen en nombre de la 
Iglesia, con una palabrería digna de los sectarios del terror, la sociedad 
presente, los descubrimientos de la física y de la historia natural, la filo* 
sofía, la literatura, la civilización, y como consigna una elegante escritora 
contemporánea, hasta la limpieza moderna. 



INTRRIOll. 141 

Es curiosa la opinión que tiene el célebre L. Veuillot del aseo propio 
de las personas medianamente educadas. 

«'Nosotros hemos llegado á ser, dice, dirigiéndose á los Franceses, un 
iipueblo demasiado limpio; hemos adquirido la costumbre de la limpieza: 
tipero sólo los pueblos que han descuidado este artículo tienen imperio so- 
"bre sí mismos y sobre el mundo, m 

Según el escritor ultra-católico, y permítasenos la digresión, los Prusia- 
nos deben ser los hombres más sucios del orbe, y los carlistas españoles es- 
pejos de compostura, elegancia, limpieza y atildamiento. 

"El imperio, añade, pertenece á los pueblos sucios {mal 'propres). Me 

.(basta anunciar esta gran verdad política Observad que todos los aman- 

iites de la limpieza son débiles, y debe ser así. Porque, dígase lo que se 
iiquiera, el cuerpo humano está hecho de porquería (sa/eíe). Dios lo sacó 
iidel fango; naturalmente no puede encontrar fuerza sino en sus principios 
1 1 constitutivos. Pero.... este estúpido cuerpo reniega de su origen, y se en- 
iitrega á todas las limpiezas imaginables, lo que lo enerva y mata." 

Esta literatura , filosofía ó lo que sea, es la que propalan en España las 
lumbreras del ultra-catolicismo ; filosofía que toma cuerpo y carne entre 
nosotros en las huestes carlistas capitaneadas por eclesiásticos que se hor 
rorizan de los principios de la civilización moderna, que por otra parte des- 
conocen completamente. 

Por eso nosotros , sin decidir si hubiera sido mejor que el matrimonio 
civil se estableciera como existe en Inglaterra, en algunos Estados de la 
Union Americana, en Suiza, Polonia, Portugal, Austria y Baviera, ó como 
se celebra en Francia, Holanda, Bélgica, Italia, las Kepúblicas del Sur de 
América, etc. , lamentamos la oposición que elementos eminentemente cul- 
tos le hacen, porque sirven sin querer á la causa más perjudicial para el- 
adelanto del país. Separar la religión de la política, es la tendencia de laso 
ciedad moderna, no para que se hostilicen , sino para que vivan en perfecta 
armonía, sin que ninguno de ambos elementos sirva de obstáculo al desai- 
rollo de los intereses materiales y al triunfo de la moral pública. En ningu- 
na parte ha de dar mayores resultados esta novedad que en España que 
tanto ha sufrido por vivir durante siglos bajo un régimen completamente 
contrario. 

La conducta de los reverendos obispos de Barcelona, de Almería y algu- 
nos otros , que nunca alabaremos bastante, contrasta con la ira vengativa, 
pues no merece otro nombre, con que hablan de esta reforma otros prela- 
dos: ellos con su lenguaje, y las personas que se dejan arrastrar por sus 
apasionadas peroraciones, engruesan las filas del absolutismo y dan fuerzas 
á los republicanos , creando verdaderos obstáculos á la prosperidad na- 
cional. ^ 

Con la aparición de las partidas carlistas , y acaso para combatirlas , ha 



142 EEVISTA POLÍTICA 

coincidido la promulgación del nuevo Código penal aprobado por la Asam- 
blea en los últimos dias del segundo período de su existencia; y aun cuando 
no hemos tenido el tiempo necesario para hacer de reforma tan imporpor- 
tante como compleja el estudio que merece y que no descuidará la Ee VIS- 
TA, la impresión que en nosotros ha producido la rápida comparación entre 
este Código y el antiguo ha sido favorable al primero. 

Combatidas por los buenos principios en materia de ciencia jurídica las 
penas perpetuas, los reformadores del Código de 1850 no se han atrevido, 
teniendo en cuenta consideraciones muy atendibles, á borrarlas por comple- 
to; pero han insinuado su propósito de llegar á este fin estableciendo que 
los sentenciados á esa clase de penas puedan ser indultados cuando la hayan 
sufrido durante treinta años , observando buena conducta y dando por con- 
siguiente inequívocas muestras de arrepentimiento; y en cuanto á la pena de 
muerte , han procurado economizarla todo lo posible los autores de la re- 
forma, dadas las condiciones de nuestro estado social. 

Es también otro progreso en el mismo sentido humanitario el no impo- 
ner en ningún caso como única pena la de muerte ni la de cadena perpetua, 
con lo que el prudente arbitrio de los jueces , la concienzuda aplicación de 
las circunstancias atenuantes y la mejora de las costumbres, que sigue una 
marcha paralela á la de la civilización, harán desaparecer de las leyes penales 
los lunares que en ellas han encontrado los filósofos y pensadores, un tanto 
inclinados á las abstracciones, pero que han señalado en todos los países y 
en todas las épocas un ideal á la humanidad. 

También se han tenido en cuenta al confeccionar el nuevo Código las 
censuras que habia merecido el de 1848, sobre todo después de la reforma 
de 1850, la severidad excesiva de las penas en todos aquellos delitos en que 
pudiera aparecer menoscabado el principio de autoridad, si bien hubié- 
ramos preferido que la reforma fuese en este punto más extensa y en un sen- 
tido análogo á la que ha tenido lugar en los atentados contra el derecho de 
propiedad, en que se distinguen muy especialmente los hurtos en pequeña 
cantidad de sustancias alimenticias, y convirtiendo en faltas ciertos hechos 
antes penados como delitos , para que no se repita el caso de tener que con 
denar como un verdadero criminal al infeliz que, hostigado por la propia 
miseria ó acosado por el hambre de sus hijos, se apropia indebidamente el 
alimento de que carece. 

En cuanto á la definición y clasificación de los delitos, también nos parece 
un progreso el Código reformado. En el de 1850, por ejemplo, no se hacía, 
como en el actual, la distinción entre el homicidio y el asesinato, aun cuan- 
do á ello tendia lo que en la nomenclatura jurídica se llamaba homicidio ca- 
lificado, lo cual no estaba conforme con la razón universal, y hasta en nues- 
tro propio idioma, que tiene palabras distintas para distinguir entre el hom- 
bre que, arrebatado por una pasión ó cegado por la ira, mata á uno de sus 



INTERIOR. 143 

semejantes en un acto y de un solo golpe^ y el que, acariciando en su alma 
móviles indignos, acecha á su víctima, la persigue sigilosamente, la asesta 
á traición el golpe, y se complace en aumentar bárbaramente sus dolores. 

Otra de las reformas penales consiste en haber incluido entre los delitos 
ciertos hechos que no podian ejecutarse cuando aún no se habian descu- 
bierto ó no se habian transportado á nuestra patria inventos como el vapor, 
el telégrafo eléctrico , la fotografía y otros muchos adelantos científicos. 

Por último, es también digno de llamar la atención en el orden de consi- 
deraciones puramente jurídicas, que venimos exponiendo, el método seguido 
al redactar el libro tercero del nuevo Código, que como el del Código ante- 
rior está consagrado á definir y penar las faltas , pues adoptando para éstas 
el sistema seguido al definir y penar ¡los delitos en el libro segundo, se ha 
evitado la confusión que resultaba en la legislación de 1850, por estar in- 
cluidas en un mismo artículo infracciones de ley de índole muy distinta. 

Pero si en el terreno puramente científico tiene importancia la reforma 
que nos ocupa , la tiene aún más desde el punto de vista político ; pues no 
sólo se ha extendido á suprimir los delitos contra la religión , lo cual era 
una consecuencia necesaria de la libertad religiosa proclamada por la Eevo- 
lucion de Setiembre, y á regular el ejercicio de los llamados derechos indi- 
viduales en un sentido que no podemos .rechazar á fuer de liberales amantes 
del orden, sino que además ae han incluido en el nuevo Código todas las 
disposiciones sustantivas que podría y debería contener una ley de respon- 
sabilidad ministerial. Si al mismo tiempo se hubiera dispuesto el procedi- 
miento que debería seguirse para hacer efectiva dicha responsabilidad, sólo 
tendríamos palabras de aplauso para una reforma tan reclamada por la opi- 
nión. 

No crean, sin embargo, nuestros lectores, que hayamos de incurrir en la 
candidez de creer en la suprema y decisiva eficacia del título que lleva por 
epígrafe Delitos contra la Constitución del Estado, y en el cual aparecen taxa- 
tivamente penadas por el legislador las principales infracciones del Código 
fundamental á que ya nos tienen acostumbrados los Gobiernos de todos los 
partidos. Bueno es que se haya determinado en el terreno legal lo que antes 
caia únicamente bajo la sanción de la moral pública; pero el Código penal 
no podría prever ni ha previsto ciertos hechos que sin revestir los alar- 
mantes caracteres de verdaderos atentados contra la Constitución , no son 
por eso menos perniciosos á la buena y acertada dirección de los negocios 
públicos. 

La moralidad política no estríba sólo en que los encargados del poder 
ejecutivo rindan un respetuoso culto á la independencia de los demás po- 
deres del Estado, sino en la sinceridad , en la rectitud con que ese culto se 
rinda, y en desterrar los abusos que el nepotismo, el favoritismo, y aun el 
mismo espíritu estrecho de partido han inoculado en nuestras costumbres. 



144 REVISTA POLÍTICA 

Respetando en la apariencia el precepto constitucional que permite á to- 
dos los Españoles, sin distinción, el acceso á los más altos puestos, puede 
perturbarse grandemente la administración pública y el bienestar del país, 
haciendo improvisaciones injustificadas ó separando con extrañeza general 
de puestos que necesitan una especial competencia, á hombres que han 
prestado grandes servicios , no á tal ó cual partido, sino al Estado, y que 
encarnan, por decirlo así, la tradición administrativa, los precedentes que 
son el todo de aquellos ramos del derecho que no pueden sujetarse á princi- 
pios fijos é invariables. La repulsión que sentimos á ocupar una sola línea 
de La Revista con asuntos enojosos, nos aconseja poner aquí punto; pero 
no será sin consignar que en esta materia, como en tantas otras, aguardamos 
mucho más de la reforma de las costumbres que de las alteraciones ó mo- 
dificaciones que es!ablezcan las leyes. 

Y aquí terminariamos el ligerísimo examen que nos habiaraos propuesto 
hacer del nuevo Código penal , si no tuviéramos el deber imprescindible de 
decir algo acerca de la nueva situación legal que la reforma ha creado á la 
prensa periódica. Después de haber hecho cuanto se hallaba á nuestro 
alcance para evitar que ciertas anfibologias pudiesen convertirse en graves 
peligros para los escritores públicos; después de haber tenido la fortuna de 
que la Asamblea y el Gobierno acogieran nuestras* palabras en ese sentido 
con una benevolencia que les agradecemos en el alma, no sabemos hasta qué 
fjunto debemos censurar la extensión que se ha dado á ciertos preceptos pe- 
nales respecto á la prensa y al conjunto de disposiciones que los reformadores 
del Código llaman faltas de imprenta, porque la verdad es, que con ese mo- 
desto nombre y con el procedimiento todavía más modesto que establecen 
nuestras leyes para la persecución y castigo de las faltas , puede arruinarse 
en pocos dias á la empresa periodística más abundante en recursos, y con- 
cluir sin ruidos, sin llamar la atención pública, con todo periódico, por me- 
surado que sea, que moleste al Gobierno dominante con su oposición. De- 
jamos á la consideración de nuestros lectores las multas que en el espacio 
de una semana podria imponer á un diario cualquiera un Juez municipal 
que pecase por exceso de celo. 

No seriamos, sin embargo, tan completamente justos como nos propo- 
nemos ser, si no añadiésemos que el mal de que nos quejamos tiene su 
principal origen en el empeño de rechazar sistemáticamente las legislacio- 
nes para la imprenta. Nosotros hemos profesado siempre y seguimos pro- 
fesando el principio de que no hay delitos especiales de imprenta; pero 
hemos creido y creemos que la imprenta es un medio especial de delinquir, 
y que, por consiguiente, sino es admisible la especialidad en la definición y 
clasificación de los delitos, es de todo punto indispensable en los medios para 
evitarlos y corregirlos. 

¿Pero el Código penal que ha publicado La Gaceta, es el Código penal 



INTERIOR. 145 

aprobado definitivamente por la Asamblea? Hé aquí una cuestión de 
gravedad suma que se ha suscitado en la prenBM . y acerca de la cual no 
tenemos datos bastantes para emitir juicio seguro. Por la comparación 
que hemos podido hacer entre el proyecto del Gobierno y la ley publi- 
cada en La Gaceta, las diferencias entre estas y aquel, si bien son nu- 
merosas_, no son esenciales ; pero falta el documento que con la discusión 
del proyecto podrían demostrar los grados de certeza que pueda tener lo 
que se dice sobre variaciones introducidas después de aprobada y sanciona- 
da aquella reforma por las Cortes. Este documento es el dictamen que debió 
presentar la Comisión, y que no hemos visto en el Diario de las Sesiones 
ni en ninguna otra parte; pero como además el Gobierno ha tardado más 
de dos meses en promulgar una ley que declara urgentísima, esos rumores 
de que se ha hecho eco la prensa, reviste cierto carácter de verosimilitud que 
no^t^endria de seguro si no se hubiera prescindido de trámites que no son 
solemnidades pro formula. 

Véase adonde conduce la intransigencia de los partidos , y cuan en lo 
justo estaban el Sr. González Marrón y los individuos de la fracción con- 
servadora, que por cierto ha sidf) en estas Cortes lo más celosa de las pre- 
rogativas parlamentarias, al pedir que estas leyes se discutiesen ampliamen- 
te y por todos los trámites reglamentarios, siendo en este punto nuestro 
juicio tanto más imparcial, cuanto, que en algunas de ellas, como la 
del matrimonio civil por ejemplo, no hemos votado con nuestros amigos. 

Sin las omisiones indicadas, hoy sería muy fácil demostrar si realmente 
se habían hecho esas alteraciones, ó era una suposición infundada cAianí o 
han dicho ciertos periódicos, y el Gobierno no tendría sobre sí, quizá injus- 
tamente, el peso de una acusación de íeleeáad, é cuando menos de usurpa- 
ción de las atribuciones del poder legislativo. 

No hubieran aparecido, en verdad, los proyectos de ley á que nos veni- 
mos refiriendo de este modo, lo que les perjudica, si, como acabamos de decir, 
la discusión hubiera sido amplia, cosa tanto más lamentable por otra parte, 
•íuanto que dichos proyectos entrañan trasformaciones de grande impor- 
tancia, que por la índole de la sociedad en que han de regir encontrarán 
obstáculos, los cuales no pueden menos de aumentarse por la irregularidad 
de los procedimientos que han acompañado su publicación. 

Pero el Gobierno, ó mejor dicho, los prohombres de su partido, desde el 
dia en que rompieron con los unionistas, han tenido gran empeño en llevar 
adelante las reformas de un modo tan ejecutivo, que no parecía sino que am- 
bicionaban más mortificar con ellas á los elementos conservadores de la 
Asamblea, que reunir para su aprobación la mayor suma de voluntades ¡30- 
siblas , á fin de que saliesen de la Cámara rodeadas del esplendor que da á 
las leyes un examen detenido, y la aprobación de elementos políticos, que 
por su número y naturaleza, representan mayor número de clases sociales. 

TOMO XVT. 10 



146 REVISTA POLÍTICA 

Si el Ministerio no abandona esta línea de conducta ; si no demuestra ini- 
ciativa verdadera; si se deja arrastrar por los que tienen un interés directo 
en quitarle el carácter imparcial propio de un Gobierno que trata de dotar 
al país de nuevas instituciones ejecutando la voluntad de una Asamblea 
soberana y quieren reducirlo á los estrechos límites de un Gobierno de 
partido^ ó mejor dicho , de fracción, será de todo punto imposible , no ya 
constituir el país, pero ni siquiera resistir al empuje de los defensores del 
federalismo, alentados y dispuestos á entrar en lucha por los sucesos de 
Francia. 

La actitud patriótica con que se ha presentado el Directorio del partido 
republicano español, no ha impedido que haya cierta alarma en Barcelona, 
Valencia y otros puntos en que la gente de acción cuenta con no escaso 
número de prosélitos. 

Descúbrense en los documentos más importantes que recientemente han 
dado á luz los hombres de primera fila entre los que defienden la Eepública, 
la esperanza de que pueda llegarse á aquella forma de gobierno por una 
votación en la Asamblea, lo cual no se opone ciertamente á la letra de la 
circular del Sr. Ministro de la Gobernación. 

Este documento , escrito en el estilo galano propio del Sr. Rivero, ha 
merecido las alabanzas de republicanos y monárquicos; en nuestro sentir, 
se refleja en él la imparcialidad propia de un Gobierno que quiere ser ejecu- 
tor de la voluntad de una Cámara Constituyente; pero ¿por qué no aparece 
esta misma cualidad en todas las cuestiones que puede resolver la Asamblea? 
Los republicanos no han perdido, pues, la esperanza de un triunfo más ó 
menos próximo ; el dia que la pierdan por completo , si tal sucede , grande- 
mente ha de variar la faz de las cosas. 

Por esto nosotros , teniendo en mucho la opinión de los que creen que 
es urgente abrir la Cámara, entendemos que la mayoría de la comisión 
permanente ha obrado ,con cordura y patriotismo esperando que los ánimos 
se serenen, que pase este torbellino de trascendentales acontecimientos que 
vienen todos los dias á sorprender la opinión pública para que la Asamblea 
reanude sus tareas, sin que se aumente la excitación presente por los dis- 
cursos de los arrebatados, y sí de una manera provechosa para los intereses 
públicos. 

Desengáñese el Conde de Reus, y sobre todo convénzanse sus amigos 
de que la libertad no es enemiga del orden, y de que antes, por el con- 
trario, en él tiene su más firmísima base; persuádanse de que las gran- 
des reformas no se aclimatan jamas sino contando con el concurso de todos 
los elementos sociales , y piensen al mismo tiempo los defensores de los 
intereses permanentes de este pueblo que ansia entrar en el concurso de las 
naciones europeas, que no se puede tomar parte en una Revolución tan 
trascendental como la que ha tenido lugar entre nosotros, sin estar dis- 



EXTERIOR. 14 1 

puestos á respetar escrupulosamente las nuevas leyes , sin aceptar el desen- 
volvimiento y las consecuencias de las instituciones de una manera favora- 
ble a] espíritu de los tiempos en que vivimos. 

Si uno y otro lado de la Asamblea tuviesen presente estas verdades real- 
mente vulgares, podia terminarse aún de un modo fecundo el período cons- 

1 ituyente. 

J. L. Albareda. 



EXTERIOR, 



Los desastres causados por la guerra á Francia son tales, tan grandes, 
tan rápidos, como jamas pudo soñarlos la ambición prusiana. La historia 
no recuerda catástrofe parecida. 

Todos son triunfos para el Rey Guillermo y el Conde de Bismark. El 
Hannóver, y los demás países que por el derecho de la conquista fueron 
agregados á Prusia en 1866, han permanecido unidos al conquistador, sin 
que se tenga noticia de que le hayan inspirado el menor temor acerca de su 
fidelidad. La Sajonia Real, los grandes Ducados, y los demás países, con 
que Prusia tuvo á bien formar la Confederación del Norte de Alemania, 
han servido sus planes con la abnegación más absoluta, ó con la sumisión 
más ciega. Loa" Estados del Sud han cumplido con religiosa exactitud los 
tratados de alianza defensiva y ofensiva que les impuso en 1866, y en vez 
de aprovechar la propicia ocasión que se les presentaba para rasgar aquellas 
páginas de humillación, han mostrado entusiasmo en el servicio de la na- 
ción que entonces los humilló. En Austria misma no se ha opuesto in- 
conveniente ni amenaza á las nuevas empresas de su rival, y se ha visto 
con calma el peligro, no sólo de que se consolide la obra de Sadowa, sino 
de que sean arrancadas todavía más provincias del viejo Imperio, en prove- 
cho de la nación que en el siglo pasado le quitó la Silesia, y en el actual le 
ha privado de la preponderancia y de toda influencia sobre los pueblos ger- 
mánicos. La unidad alemana está hecha; la sangre de los soldados de Ba- 
viera y de Wurtemberg, mezclada con la de los Prusianos y Sajones en los 
campos de batalla, la comunidad de las victorias y de los triunfos, la unidad 
de los sentimientos de gloria y regocijo que llenan hoy de entusiasmo á los 
habitantes de Berlin y de Dresde, de Munich y de Stutfgr.r ', han adelan- 
tado en un mes la magna empresa de fundir en un pueblo todos los Alema- 
nes, tanto como no hubiera podido, sin la guerra, avanzar en muchos años. 

Pero Francia, aun delante de toda la Alemania reunida, no tenía por qué 
temblar. No le era inferior en nada; ni en población, ni en espíritu militar, 



i 



148 REVISTA POLÍTICA 

ni en lo aguerrido de sub ejércitos, ni en el valor individual de sus solda- 
dos. Los que, peleando contra Rusia dentro de Rusia misma, la hablan 
vencido; los que combatiendo contra el Austria en la Lombardía, que el 
Austria poseia y defendía resguardada en el famoso cuadrilátero, le hablan 
arrancado aquella rica provincia, no debian creer superior á sus fuerzas el 
luchar en el Rhin, frontera de su patria. Es verdad que sus enemigos eran 
los vencedores de Sadowa; pero en frente de los Prusianos que hicieron la 
campaña brevísima de Bohemia, iban á ponerse los que pasaron un invier- 
no en las trincheras del sitio de Sebastopol, los que han vencido al Africano 
fanático en la Argelia, al Americano en Méjico, al Asiático en China. El 
fusil de aguja no podia ya causar una sorpresa, como en Sadowa; la táctica 
prusiana, con su uniformidad, su precisión, su acompasada organización, se 
habia puesto á prueba más de una vez con la impetuosidad francesa, y la 
historia suministraba más motivos de esperanza que de recelo á los solda- 
dos de la Francia imperial. 

Y para la hipótesis, que difícilmente admitían como posible los France- 
ses, de que su ejército fuese derrotado por el Prusiano, detrás del ejército 
quedaba un pueblo enérgico, en quien el patriotismo es indomable, que al- 
guna vez ha probado que sabe sacar recursos de la desesperación, y avasallar 
la victoria á fuerza de heroísmo. * 

Además de su ejército, que creia el primero del mundo, y de su pueblo, 
que juzgaba el más unido> el más compacto, el más poderoso de la tierra, 
Francia contaba también con no en(X)ntrar más que amigos ó neutrales en- 
tre las naciones europeas. Austria estaba directamente interesada en su fa- 
vor. Por primera vez en la historia moderna, la causa de Austria y de Fran- 
cia ora una misma. La diplomacia de Viena no podia permanecer pasiva en 
una lucha en que principalmente se trata de si Prusia ha de ser la nación 
preponderante en el centro de Europa, de si el Norte de Alemania ha de so- 
juzgar detinitivamente al Mediodía, de si el Protestantismo germánico hn 
de sobreponerse al Catolicismo, de si el Imperio alemán , con su corte en 
Berlín, ha de extender su territorio, hoy desde el Báltico hasta la Bohemia, 
mañana hasta el mismo Danubio. 

Y la comunidad de intereses con el Austria, aseguraba á Francia la 
alianza de Italia, que no puede colocarse todavía en una situación hostil 
á aquellos dos Imperios: le aseguraba además la amis ad de Inglaterra para 
el caso de que Rusia quisiera intervenir, porque los Ingleses no pueden, 
en ninguna combinación, colocarse al lado de los Rusos contra los Aus- 
tríacos ; y le prometía, en fin, introducir , por lo menos, la vacilación y la 
perplejidad en los Estados del Sud de Alemania, que por afinidades reli- 
giosas, políticas y sociales, tanto como por las necesidades de su geografía 
y de su política, tenían que preferir á la amistad de Prusia la de Austria, 
con quien pelearon unidas en 1866. 



EXTERIOR. 149 

Todas las naciones se declararon neutrales. Inglaterra, Rusia, Austria, 
Italia, Suiza, Bélgica, Holanda, España, proclamaron solemnemente que, 
á lo menos en el primer período de la guerra, no tomarían parte en ella. 
Dinamarca misma, á pesar de los recientes agravios recibidos de Prusia, 
vio comenzar las hostilidades sin prepararse á luchar. Francia, segura de su 
triunfo, veia hasta con placer la actitud espectante de las potencias. No te- 
niendo nada que agradecer á los auxilios ajenos , podría usar de su victoria 
sin consideración más que á sus propios intereses. 

Pero antes de que se disparase el primer tiro, el Emperador y los Ma- 
riscales empiezan á cejar. Los ejércitos franceses, salidos de Paris para 
invadir la Alemania, se detienen en las fronteras. Francia y Europa extrar 
ñan la detención, y la atribuyen en los primeros momentos á las medidas 
de defensa adoptadas por los Alemanes , que se guarecen al abrigo de los. 
ríos y de las fortalezas, y cortan puentes y ferro-carriles para impedir el 
paso á sus enemigos. Esta misma manera de comenzar la guerra los jefes 
de los ejércitos germánicos, parece una nueva prueba de la reconocida su- 
perioridad del francés. 

Pero, de repente, dos victorias conseguidas por el Rey Guillermo en un 
mismo dia, y, más que todo , el comentario angustioso con que las anuncia 
á Francia y al mundo el Emperador -Napoleón , hacen cambiar el estado de 
las cosas , en medio de la sorpresa universal. Los Franceses pierden la línea 
del BhiíJ, y la de los Vosgos en el Este, y las posiciones que hablan toma- 
do en su frontera del Norte. El Mariscal Mac-Mahon, en quien confiaba 
Francia más que en ningún otro de sus hijos , pierde no sólo un?, batalla, 
sino casi todo su ejército. 

Sin embargo, pasada la prímera impresión, se observa con buenas ra- 
zones que no hay motivo alguno para desalentarse. Sólo dos cuerpos de 
ejército franceses han combatido; ambos con una grandísima inferiorídad 
numérica; en uno y en otro, generales y soldados se han portado con he- 
roísmo , que Jos mismos enemigos se apresuran á admirar. Se adquiere la 
confianza de que siempre que peleen tantos á tantos , los Franceses tendrán 
desuparte la victoría. Para asegurarla, las Cámaras, apresurad^-nijente 
relindas en Paris por la Emperatriz Regente , votan con entusiasmo gran- 
des y extraordinarios armamentos. 

Pero la marea de la invasión alemana sube sin cesar. El ejército fran/ces. 
viéndose ante fuerzas tan superiores , se agrupa alrededor de l^s fortalezas, 
y toma posiciones defensivas. El Maríscal Bazaine, á quieíi el Emperador 
nombra general en jefe, cediendo al empuje de la opinión pública, unánime- 
mente pronunciada contra la organización anteríor, y contra el Emperador 
mismo, acusado de imprevisión, se propone hacer de Metz un dique contra 
el torrente germánico , ínterin se organizan en Francia los ejércitos nece- 
sarios para volverlo enérgicamente á su cauce. Piero las olas torrencigJLe^s 



150 REVISTA POLÍTICA 

aumentan su caudal y lo envuelven todo. Metz, la fortaleza virgen, jamas 
profanada por el extranjero _, en vez de servir de base de operaciones para 
el ejército francés, se convierte en su prisión. Un círculo de trescientas 
mil, ó de cuatrocientas mil bayonetas lo aprisiona allí. Cinco dias seguidos 
de combates, desde el 14 hasta el 18 de Agosto, presencian los heroicos, 
pero inútiles esfuerzos hechos por las armas francesas para romper aquella 
inmensa cadena de hierro y de fuego. Bazaine y sus soldados están, sin 
embargo, haciendo un servicio muy grande á sa patria: tienen entretenido 
al enemigo, ínterin por todas partes se organizan nuevos ejércitos france- 
ses , y París completa su armamento . Mac-Mahon tiene ya más de cien 
mil hombres en Chalons : la capital del Imperio coloca en sus baluartes tres 
mil cañones, servidos por quince mil artilleros, y ve elevarse á doscientos 
mil hombres el número de sus defensores. 

Entre tanto, la indignación del pueblo francés se manifiesta terrible con- 
tra el maquiavelismo de Bismark, que á fuerza de oro ha llenado de espías 
los ejércitos y las ciudades de Francia. En cada extranjero se cree ver un 
enemigo alevoso; en cada hombre que habla alemán, un oficial de Estado 
Mayor prusiano. Si un cervecero tiene bodegas para guardar sus botellas, 
se sospecha que haya construido minas para volar fortificaciones que distan 
kilómetro y medio : á veces basta que un hombre se pare en una calle para 
que se sospeche que está tomando noticias topográficas por encargo de Bis- 
mark: señoritas españolas que viajan por ferro-carril en dirección de los Pi- 
rineos, y toman notas, en una carterita, de algo de lo que ven en el territorio 
que atraviesan , son advertidas del peligro que corren, porque ha habido 
quien ha observado ese hecho inocentísimo , y lo mira con el recelo de un 
sentimiento patriótico extraviado. En un departamento se llega al espan- 
toso extremo de quemar vivo á un francés porque se entienden equivocada- 
mente algunas palabras de un violento discurso que está pronunciando con- 
tra la Prusia, y el error hace tomarle por un partidario de Bismark. 

Acaso la salvación de la patria exigía que se abandonase á sus propios es- 
fuerzos al ejército de Bazaine: tal vez el Emperador, que por comprender la 
probabilidad de que aquel ejército quedase incomunicado con Paris, lo ha- 
bía abandonado el 14 por la mañana para acudir á organizar la resistencia 
en Verdun y en Chalons, lo comprendía así. De Mac-Mahon, que en Woertz 
habia probado que sabía pedir á los jefes de los regimientos que se sacrifi- 
casen con éstos para servir á la patria, publicaron los periódicos unas fra- 
ses, según las cuales el bravo Mariscal creia que, al intentar socorrer á Ba- 
zaine, jugaba la suerte de la Francia contra la probabilidad remota de lle- 
gar á reunir sus fuerzas con las sitiadas en Metz; pero se decidía á acome- 
ter la temeraria empresa, ya por no dejar de hacer lo posible en auxilio de 
las tropas francesas que luchaban contra cuádruple número de enemigos, ya 
también porque no se atribuyera jamas á sentimientos personales de rivali- 



EXTERIOR. 151 

dad ó de ambición el abandono del compañero ^ que habia sido nombrado 
General en jefe. Si, en efecto^ lo pensó y lo dijo así Mac-Mahon, sería pre- 
ciso respetarla primera de esas razones, porque, en efecto, era demasiado 
duro abandonar en su comprometida situación al principal ejército francés, 
mientras hubiese alguna esperanza de socorrerle; pero la segunda no estaría 
á la altura de h grandeza de alma con que deben despreciarse todas las 
consideraciones personales, por noble y delicado que sea su espíritu, cuando 
se tiene la responsabilidad de los destinos de un ejército y de una nación. 
Decidida la empresa de unirse con Bazaine , Mac-Mahon comprendió la 
imposibilidad de llevarla á cabo marchando directamente de Chalons por 
Verdun á Metz. Una masa compacta de cuatrocientos mil Prusianos estaba 
colocada entre su ejército, que llegaba ya á ciento cuarenta mil soldados, y 
el de Bazaine, que estaba reducido á menor número después de los reñidos 
combates sostenidos. Sobre cualquiera de los dos que se moviera, caia in- 
mediatamente el grueso de las fuerzas enemigas, superior á ambos juntos, 
y fuertemente atrincheradas delante de Metz. Ideó, pues, Mac-Mahon el 
plan de correrse con sus tropas hasta la línea del ferro-carril de Meziéres á 
Thionville, en donde las fortalezas de estas dos poblaciones y otras varias 
intermedias, poseidas todas por los Franceses, parecía facilitar el movi- 
miento de aproximación, así como la cercanía de la frontera belga alejaba 
el peligro de que los Alemanes le envolvieran con la superioridad del nú- 
mero. Los inteligentes en estrategia formarán sus juicios acerca de este 
plan. Por lo que se vio, creian muy útil tenerlo, en lo posible, secreto los 
Generales franceses , puesto que ocultaron con tenacidad invencible toda 
noticia acerca de la situación y movimiento del ejército, á pesar de la natu- 
ral impaciencia del pueblo de París y de los Diputados del Cuerpo Legisla- 
tivo por enterarse de lo que sucedía. 

Entre tanto, el ejército alemán llamado del Sud, ó tercero, y mandado 
por el Príncipe Real de Prusia, se adelantó hacia Chalons, amagando mar- 
char contra Paris. Aunque parecía un paso demasiado imprudente intentar 
la toma de la capital de Francia, provista para la resistencia con grandes 
recursos de material y personal, dejando detras dos ejércitos franceses, si 
bien uno estuviese sitiado, ó poco menos, y no habiendo logrado apoderarse 
de ninguna plaza fuerte, se explicaba la atrevida expedición del Príncipe 
Real por la necesidad de obligar á Francia^á hacer la paz y recibir la ley del 
vencedor, antes de que se repusiese de su sorpresa. Se notaban síntomas de 
que Prusia no podia prolongar el esfuerzo que habia hecho arrojando todas 
sus fuerzas activas contra Francia desprevenida Se suponía que sus reser- 
vas de hombres estaban agotadas ; se sabía que sus ejércitos habían sufrido 
bajas enormes; le fué imposible ocultar el embarazo que le causaba la mu- 
chedumbre de heridos, y tuvo que pedir permiso á Bélgica y Holanda para 
enviarlos, á pesar de la neutralidad, á través de sus territoríos; permiso 



152 REVISTA POLÍTICA 

que aquellos dos Estados negaron_, por no haber consentido su concesión el 
General en jefe francés, con cuyo asentimiento creyeron necesario contar; 
el empréstito de 100 millones de thalers, que para las urgencias déla guerra 
habia querido contratar el Gobierno prusiano, encontraba dificultades, al 
mismo tiempo que el entusiasmo de la nación francesa cubría en un solo dia 
la suma de 1.000 millones de francos, superior á la que se habia pedido por 
el Gobierno francés, y daba á éste la seguridad de suministrarle otro tanto 
en cuanto b necesitase: iba, en ñn, siendo en todas partes opinión unánime 
que cada dia que trascurría sin suceso de importancia en las operaciones de 
la guerra, era una ventaja para los Franceses, que apresuraban sus arma- 
mentos, y una desgracia para los PrusianovS, cuya posición empeoraba en vez 
de mejorar. 

Como quiera que sea, Mac-Mahon hallaba, al parecer, un buen pretexto 
para abandonar á Chalons al acercarse el Príncipe Real de Prusia , sin ma- 
nifestar su propr^sito de buscar la unión con Bazaine por la línea de Mezié- 
res á Thionville. Retirándose á Reims, aparentaba evitar el combate con el 
objeto de quedar á retaguardia de los Prusianos, si éstos se atrevían á se- 
guir contra París, y de defender así la capital del Imperío de un modo más 
eficaz que si aceptaba una batalla, que podia perder. Pero Jos Prusianos, 
que probablemente no habían pensado en ir jamas hasta Paris sin derrotar 
antes á Mac-Mahon, y que acaso estaban perfectamente enterados , por sus 
espías, del plan de éste, ó lo hablan previsto, se arrojaron sobre las tropas 
del Mariscal francés, en cuanto, apartándose de Reims y atravesando el Mo- 
sa, se dirígieron hacia el Mosela. El 30 y el 31 de Agosto y el 1° de Se- 
tiembre, nuevas batallas, tan sangrientas como todi\s las de esta gueira, 
dan á los Prusianos, después de varias alternativas, una victoria decisiva. 
Comienza la lucha en Mousson y en Beaumont , pueblos respectivamente 
situados á la derecha y á la izquierda del Mosa, y concluye en Sedan, en 
donde el resto del ejército de Mac-Mahon tiene que capitular. De los 
140.000 hombres que lo componían, más de 7.000 caen prisioneros en el 
primer encuentro; se hace subir á la cifra honible de 32.000 los muertos y 
heridos; más de 60.000 son comprendidos en la capitulación; el resto se re- 
fugia en Bélgica,. en donde es desarmado. Mac-Mahon es herido; el General 
de Failly, á cuyo descuido se atribuye el que los Franceses hayan sido sor- 
prendidos también esta vez , busca la muerte , y ia encuentra en la boca de 
un cañón enemigo, ó de mano de las manos , excesivamente obedientes, <ie 
sus mismos soldados. Y para que el triunfo del Rey Guillermo sea mayor, 
el Emperador Napoleón IIT está entre los Franceses, encerrado en Sedan, 
y le rinde su espada constituyéndose su prisionero. 

De esta manera, Francia ve perdidas en un mes sus provincias de Aka- 
cia y de Lorena; derrotado parte de su primer ejército, titulado del Rhin, 
el dia 6 en las dos batallas simuháneas de Woerlh y de Sarrebruck; sitiado 



EXTERIOR. 153 

el resto en Metz; destruido en Sedan su segundo ejército; cien mil soldados 
de sus mejores tropas^ prisioneros en Alemania; otros cien mil, entre los 
cuales está la Guardia imperiaJ , j los veteranos de Argelia , próximos á 
capitular en Metz ; muertos ó gravemente heridos sus mejores generales; 
y su mismo Emperador en poder del enemigo. 

Napoleón III, desde a'gunas semanas antes, estaba completamente oscu- 
recido; no dirigia el Gobierno en Paris, y para dar una satisfacción al es- 
píritu público, se habia tenido que anunciar por los Ministros en el Cuerpo 
Legislativo que no ejercia mando alguno en el ejército. Sin embargo, era 
el jefe del Estado; habia sido el arbitro de la política en Europa; bajo su 
dirección se habia emprendido la guerra : teniéndolo por Monarca, Francia 
habia comenzado las hostilidades : su Gobierno estaba reconocido por todas 
las potencias del mundo civilizado : tenía ante el extranjero la representa- 
ción de Francia : su desprestigio entre los Franceses desde los combates 
del 6 de Agosto no puede impedir que su captura sea un desastre muy 
grande para Francia, y un trofeo de guerra muy glorioso para Prusia. 

El infortunio de la nación francesa, aunque sea tal que la historia no 
recuerda caida de otro pueblo tan rápida y tan profunda como k que ha 
sufrido en el espa<cio de un mes , ni es tan humillante ni tan definitivo 
como muchos gritan. Hay injusticia notoria en atribuirlo á decaimiento de 
su grandeza moral , á degradación de su carácter. Los soldados franceses 
en todas partes han luchado oon entereza heroica : los ciudadanos han ma- 
nifestado un entusiasmo enérgico , dispuesto á luchar á todo trance con la 
desgracia : los Prusianos, en campo abierto, no han logrado vencer á sus 
enemigos sino con la superioridad del número , y, en los sitios puíestos á 
las plazas fuertes, han encontrado una resistencia enérgica. Strasburgo no 
se ha intimidado con el bombardeo; Phalsburgo, Verdun, Thionville, 
Montmedy, Laon, Toul y Metz ios han detenido delante de sus puertas ; y 
París se ha preparado á resistirlos con firmeza. 

La inferioridad numérica no ha consistido en otra oosa que en kabergí^ 
resistido Francia á militarizar toda su población como lo habia hecho Pru- 
sia ; en haber creido que no debia someter su genio y su civilización al es- 
píritu de Federico 11. Puede creerse que eso ha sido un err^r; también es 
permitido juzgar que constituye una honra para Francia, Minq«e le haya 
producido un desastre tan grande; pero no puede afirmarse, oon visos de 
justicia, que semejante conducta pruebe una decadencia moral Francia se 
levantará de su caida, lo que no podria hacer si la debiese á la degeneración 
de su carácter. No hay razf»n alguna para que sus ejércitos no sean tan 
numerosos como los alemanes; y cuando lleguen á serlo, no liay motivo 
para poder asegurar que deberán quedar vencidos. 

Lo que acaso Francia, por liberal y expansiva, no logre organizar jatBfas, 
es ese espionaje prusiano con que la policía de Bismark, más que la es 



154 REVISTA POLÍTICA 

tTategia de Molke^ ha facilitado la aglomeración de las grandes masas de 
combatientes prusianos en los momentos y los sitios oportunos; pero tam- 
poco esto será consecuencia ni síntoma do degradación moral. 

Una prueba dificilísima está pasando en estos momentos el pueblo fran- 
cés, de resultas de la prisión de Napoleón y de la proclamación de la Kepú- 
blica, con que se ha apresurado á reemplazar el régimen imperial. El trán- 
sito de unas instituciones á otras no puede efectuarse sin una grave conmo- 
ción social; y esa conmoción, enfrente de un enemigo que avanza victorio- 
so, puede ser un grave peligro. Sobre todo, para dejar un sistema de fuerte 
organización del poder por la libertad republicana, no son los más oportu- 
nos los momentos en que es necesaria, más que nunca, la unidad de acción 
contra el enemigo extranjero. El recuerdo de 1792 engaña á muchos: en 
aquella fecha, por una combinación singularísima de circunstancias, la Con- 
vención representaba la única forma posible de la centralización del poder, 
centralización que exageró hasta el crimen, sin retroceder ante ningún 
horror. 

Para hacer la guerra popular, para armar por donde quiera cuerpos fran- 
cos y guerrilleros, no hay necesidad de que el Gobierno del país esté com- 
puesto de tribunos, cuyo nombramiento haya sido* aclamado en un tumul- 
to, en vez de hallarse formado por generales y estadistas que tengan reci- 
bido su poder de las instituciones legítimas de la nación. 

Para nada bueno tenemos fe en el desorden y la violencia; y menos que 
para ninguna otra cosa, para resistir á medio millón de soldados disciplina- 
dos, bien dirigidos y victoriosos. 

No discutamos sobre si era posible la continuación del Imperio después de 
la prisión de Napoleón III. En este punto la opinión ha parecido unánime 
entre los hombres políticos de Paris. Era notorio que, al dejar el mando en 
el ejército, no habia regresado á la capital por temor á una demostración 
popular hostil. Estaba ya moralmente destituido del poder, y sólo se lo hu- 
biera devuelto la victoria. Para él no ha habido defensores en estos dias so- 
lemnes, ai entre los mayores amigos de sus dias de buena fortuna: los más 
han enmudecido, muchos, sin duda,- porque el patriotismo les ha exigido el 
silencio en la crisis actual de su patria, y otros por sentimientos menos no- 
bles; algunos se han apresurado á hablar para condenar su memoria. Mise- 
rias de la humanidad, que todos los siglos han conocido. 

Y, sin embargo, acaso nadie se ha equivocado menos que el Emperador. 
Él no se atrevió en muchos años á emprender la guerra contra Prusia: sólo 
cuando un Ministerio parlamentario , menos sujeto á su dirección personal 
que los anteriores, ha manejado los negocios iJÚblicos, se ha decretado esa lu- 
cha desastrosa; los mismos que le censuran ahora porque Francia no estaba 
suficientemente armada, han estado reclamando muchos años contra lo que 
llamaban sus excesivos armamentos; la institución de la Guardia móvil. 



I 



EXTERIOR. 155 

ideada para contrarestar la landvjerh y la landsturm, los tuvo por acérrimos 
opositores. La voz de Napoleón III fué la única que sonó con melancólica 
gravedad en medio de la algazara con que empezaron las hostilidades ; su 
grito de alarma desde Metz, después de las derrotas del dia 6 , fué el único 
que correspondió á la grandeza del peligro, que nadie medía aún en su ver- 
dadera extensión j en la resignación con que oscureció su persona después 
del fracaso y del terrible desengaño sufridos , hubo quizas gran abnegación 
y mucho patriotismo. Pero, Monarca en virtud de repetidos plebiscitos, y 
según Constituciones en que tuvo empeño de consignar su responsabilidad 
personal ante el pueblo, no puede rechazar la que le toca por no haber co- 
nocido mejorías necesidades de su patria, ó por no haber resistido con en- 
tereza las tendencias que la iban á poner al borde del abismo : sea por im- 
previsión, sea por debilidad, apar:cia digno de la reprobación popular. So- 
br3 todo, habia como un pacto tácito entre el Imperio napoleónico y el pue- 
blo francés, según el cual el primer título en que aquel se habia de apoyar 
era la gloria militar. Y ésta ha quedado en Sedan tan menoscabada, como 
no lo estuvo nunca. ^ 

Pero, dado que fuera un hecho inevitable ó conveniente para la Francia 
la caida del Imperio, no era de necesidad que se realizase como se ha reali- 
zado. Tres sistemas se propusieron al Cu'erpo Legislativo. M. Jules Favre 
en la sesión de la noche del 3 de Setiembre, pidió que se delarase que el 
Emperador y su dinastía quedaban desposeídos de todos los derechos que 
les conferia la Constitución ; que se nombrase por la Cámara una Comisión 
revestida de todas las atribuciones del poder ejecutivo, con la misión de 
expulsar al extranjero , y que el General Trochu continuase siendo Gober- 
naxior militar de Paris. En la sesión del 4 , el mismo Conde de Palikao, 
Presidente del Consejo de Ministros, presentó una proposición para que se 
le nombrase Lugarteniente general de una especie de Kegencia, elegida por 
la Cámara, que usaria el nombre de Comisión de Defensa nacional', y fir- 
marla los nombramientos de los Ministros. Cambiando de esta manera su 
investidura de Jefe del Gobierno de la Emperatriz por la que solicitaba de 
la Cámara, Palikao dejaba sólo en suspenso el Imperio : podia sostenerse 
con buenas razones, que estando impedido de ejercer la suprema Magistra- 
tura del Estado el Emperador mientras se hallase en país extranjero en 
manos del enemigo, no podia tampoco la Emperatriz ejercer por delegación 
sus funciones, y no habia más remedio, en la urgencia del momento, que 
una providencia tomada por el Cuerpo Legislativo , representante de la 
universalidad de los ciudadanos, que la hablan elegido por sufragio univer- 
sal. Por último, con la firma de M. Thiers y de otros 145 Diputados, 
pertenecientes al centro derecho y al izquierdo, se presentó un tercer pro- 
yecto para que la Asamblea nombrase una Comisión de Defensa nacional, 
y cuando las circunstancias lo permitan, se convocasen Cámaras Constitu- 



156 REVISTA POLÍTICA EXTERIOR. 

yentes. Las tres proposiciones tenian razones en que apoyarse , y todas 
convenían en dar su debida importancia á la Bepresencion nacional , y en 
buscar el posible carácter de legalidad para ks trascendentales resoluciones 
que, al parecer, estaban en el ánimo de todos. 

Pero, como en tales ocasiones sucede siempre, decidió el tumulto. La sala 
de las sesiones fué invadida violentamente, la sesión no pudo continuar, el 
Cuerpo Legislativo fué atropellado; se formó fuera de su recinto, en medio 
del desorden, uu gobierno; antes de que terminase su formación, se intentó 
la constitución de otro en que figuraba Rochefort en primer lugar; y como 
término de avenencia, se creó, por fin, uno con los diputados por Paris, bajo 
la presidencia del General Trochu , que afortunadamente merecia la con- 
fianza de todos en aquellos críticos momentos eu que tan necesario era de- 
positarla, por común acuerdo, en quien pudiese dominar el desorden y diri- 
gir la acción y los esfuerzos hacia el único objeto de rechazar al enemigo, 
que volvia á amenazar á la capital del que ha dejado de ser por segunda ve?; 
Imperio, para ser la tercera república francesa. 

Se aproximan sin duda otros grandes sucesos ; y probablemente co» tal 
rapidez, que al llegai' éste artículo á manos de los lectores de La Revista, 
toda conjetura que se hiciere para ponerle fin, estaría ya desprovista de in- 
fceres en vista del éxito, ó resultaiia desacreditada por este. 

Fkenando Cos-Gayon, 






boletín bibliográfico. 



LIBROS ESPAÑOLES. 

Las DOCtRlNAS DÍJt DoCToR ILUMINADO RAIMUNDO LXJLIO (1270-1313), 
por D. F. de Paula Canalejas.— M.KdüAA, 1870.— Imprenta de la Sociedad 
Española de Crédito Comercial, calle del Tribulete, núm. 1. 

En un opúsculo de 124 páginas, expone el Sr. Canalejas los caracteres 
generales del Arle Luliano , y demuestra su superioridad sobre la lógica 
escolástica. Expone el orden que debe seguirse en su estudio; analiía sus 
principios y sus doctrinas ; compara algunas de estas con las de Santo To- 
más y otros doctores ; reseña las vicisitudes de la escuela de Lulio^ las 
acusaciones de herejía de que fu('í objeto; enumera los errores del filósofo 
mallorquin_, explicando sus causas Se detiene principalmente en lo más 
controvertido y más importante , que es la manera con que Raimundo Lu- 
lio comprendía las relaciones entre la razón y la fé; y concluye indicando 
en los siguientes términos la importancia de la Escuela Luliana en el futuro 
progreso de la filosofía española. 

"La Fé, como el saber, declaran hoy pensadores tenidos por radonalis* 
tas exaltados (1), es una relación de unión esencial del que cree con lo 
creido, y añaden que crece al compás del saber, y afirman que en todo 
espíritu finito, por elevada que pueda ser su cultura, la Fé, tanto como el 
saber^ ó más que el saber, decide y afirma en todo conocimiento. Como 
manifestación de la voluntad que quiere creer; como prosecución y práctica 
que origina la devoción en la vida de las idms ; ¡como certeza y seguridad 
en una verdad, en vista de su fundamento, la Fé tiene verdaderos carac- 
teres (áentíficos , si se la consigue despojar de las falsas vestiduras en que 



(í} Kmtise, Leonliai'dl, ÜCbergliien. 



158 boletín bibliográfico. 

la atavió el escepticismo teológico de los pasados y del presente siglo. Lulio 
y su escuela entendieron la Fé de modo semejante y análogo al que hoy 
declaran los pensadores citados. Y es este un nuevo testimonio de que al 
conocimiento y al amor de Dios no se va por la via del entendimiento tan 
sólo , ni basta seguir una laberíntica cadena de silogismos para amarlo y 
conocerlo. Es preciso que alma y vida^ razón y voluntad se ayuden y con- 
forten^ para que no tenga término, y por lo tanto cumpla su santo y reli- 
gioso fin^ el eterno ascenso de lo finito á lo infinito, del hombre á Dios. 

nSi consiste ó no la historia de la Filosofía en convertir las intuiciones 
de la edad primera en conocimientos ciertos y evidentes j si de esta manera 
se unen y enlazan la edad primera con la edad última , e 1 conocimiento in- 
tuitivo con el racional, hasta que una idea divina se complete, y represente 
en todas sus fases en la razón del hombre, y origine como una facultad 
nueva ó un elevado sentido teológico en nuestra especie, son puntos que, 
si no explano, por no ser esta ocasión, los tengo yo por evidentes y axio- 
ínáticos. La Teología popular del siglo XIII que Lulio expone, es el su- 
puesto de la Teología racional hoy enseñada por las escuelas teístas y espi- 
ritualistas de la Europa docta. Seis siglos de labor constante y de medita- 
ción asidua , han sido precisos para que la ciencia razone y acepte el testi- 
monio de la conciencia humana que siente á Dios en su seno. 

1 1 Si para la educación filosófica de nuestro pueblo es ó no camino más 
llano y fácil , el de exponer á Lulio interpretándolo latísimamente en el 
sentido moderno, que el importar enseñanzas extranjeras, muy propias de 
Sajones ó Germanos, pero antipáticas al genio de nuestra raza, y á la índole 
de nuestra aspiración y de nuestra historia , es tesis que hoy no resuelvo, 
pero que confieso me solicita con energía, quizá por el vivo deseo que me 
anima de que no se borre el sello individual , que presta tintas tan origi- 
nales á nuestro arte, á nuestra ciencia y á nuestra religión. 

fiEn lo político como en lo científico, las nacionalidades constituyen un 
organismo, necesario para que la verdad se produzca en el transcurso de 
una edad, bajo todas sus fases y en todas sus maneras. ¿No se atenta á esta 
ley histórica, cediendo al deseo de copiar y reproducir lo extraño, sin con- 
sultar lo propio ? jNo es preferible renovar y rejuvenecer que comentar, 
cuando el fin se alcanza mejor de aquella manera? n 

Tratado del cultivo de la vid en España, y modo de mejorarlo, por 
D. José de Hidalgo Tablada. — Madrid, 1870, librería de la señora viuda 
é hijos de D. José Cuesta, editores. 

Empieza este libro con un estudio preliminar de las materias siguientes:- 
1.°, del suelo con relación á su posición geográfica; 2.^, del clima físico y 
circunstancias que lo modifican; 3.**, de las zonas con relación á la altitud 
y temperatura; 4.°, de las regiones de la vid' según lá latitud, altura y tem- 



boletín bibliográfico. 159 

peral ura; 5.", de la extensión del cultivo de la vid y su límite; 6.°, délos 
instrumentos para apreciar el clima; y 7.*, délos instrumentos para conocer 
las cualidades del mosto. 

Después del estudio preliminar, hay trece capítulos que tratan respecti- 
vamente: 1°, de los instrumentos y máquinas á propósito para el cultivo de 
la vid; 2°, del suelo y de su composición en los principales viñedos de Es- 
paña y del extranjero; 3.°, de la influencia de la exposición del suelo en el 
cultivo de la vid; 4.°, de la elección de la clase de vid, sus especies, y con- 
fusión de nombres dados á una misma variedad; 5.°, de la propagación de 
la vid; 6.°, de los diferentes métodos conocidos para la plantación de la vid; 
7.°, del cultivo de la vid, labores, poda, abonos, según el uso á que la uva 
se destina; 8.°, de la influencia del clima de que procede una planta para su 
propagación en o'ro; 9.", de la importancia de introducir las especies de vid 
no conocidas en una localidad y celebradas en otra; 10.', de las causas acci- 
dentales que perjudican la propagación del cultivo de la vid; 11.*, de las en- 
fermedades de la vid; 12.°, del porvenir del cultivo de la vid en España; y 
13.°, vocabulario de los nombres técnicos citados en este libro. 

Lo ilustran grabados para mejor inteligencia de lo que en él se dice res- 
pecto de pesa-mostos, de arados, de extirpadores, hoces, podas, y otros ins- 
trumentos y operaciones del cultivo; y por último, una lámina representa 
las formas de los insectos que hacen daño á los viñedos. 



LIBROS EXTRANJEROS. 

ISCRIZIONI DELLE CHIESE E d'ALTRI EDIFICII DI RoMA , DAL SECÓLO Xl 

FINO Al GioRNl NosTRi, roccolte 6 puhhUcate da Vincenzó Forcella. — Vol. 1.° 
—Roma, tip. dalle scienze matematiche, fisiche, 1869.— Un volumen en 4.° 
mayor, de XII-592 páginas. 

El Sr. Forcella recoge y publica todas las inscripciones, que escritas so- 
bre mármol ó bronce, se leen aún en los sitios, para que primitivamente 
fueron hechos, ó en otros, adonde después han sido trasladadas. Son docu- 
mentos de interés histórico, científico, literario y artístico, á parte del que 
puedan tener para acreditar, con sus noticias genealógicas, los derechos de 
algunas familias. 

Habia ya muchas colecciones de esta clase, bien entre los manuscritos de 
las Bibliotecas de Roma, bien impresas en las obras de Al veri, Mellini, 
Cancellieri, Pier Luigi y otros. Pero Forcella pretende que en su libro las 
copias están sacadas con más exactitud , las indicaciones de los sitios son 
más acertadas, y sobre todo, el número de inscripciones coleccionadas es mu- 
chísimo mayor. 



160 boletín bibliográfico. 

El volumen primero, único que hasta ahora ha sido publicado, contiene 
las inscripciones correspondientes á los lugares que siguen : 1.° la plaza y 
palacios capitolinos; 2.'* Santa María in Aracoeli; 3.® Santa María ad Mar- 
tyres; 4.*" Santa Míu-ía del Popólo; y 5.^ Santa María sapra Minerva. 

A cada inscripción acompaña una reseña de su forma, signos, accesorios, 
y demás noticias necesarias para su perfecta inteligencia. 



Kbpertoire general de la marine marchande á votles et á vapeür. 
— Statistique genérale de la navigation de tous les pays maritimes; pvhliée 
par V Administratíon du Burean Veritas. — Paris, 1870. 

Este repertorio es una lista de los buques mercantes de todos los paí- 
ses marítimos del mundo, no contando los destinados al cabotaje. En un 
volumen de 1.350 páginas, hay 1.318 para los buques de vela, y el resto 
para los de vapor. Cada línea contiene lo relativo á un buque ; es decir, su 
nombre, el de su capitán, el número de sus toneladas, la nacionalidad de su 
bandera, el año de su construcción, los puertos en que fué construido y equi- 
pado, y los nombres de sus propietarios, ó los de sus agentes y comisio- 
nados. 



HlSTOIRE DES IDEES MORALES ET POLITIQUES EN FrANCE AU DIX-HÜITIEMK 

sieclb, par M. Jules Bami, — Tome deuxieme.— Paris, Gerwer-Bailliére. 

El primer tomo, publicado hace ya años, habla de Bemardino de Saint- 
Pierre, de Montesquieu y de Voltaire. El segundo, de Juan Jacobo Rous- 
seau, deDiderot y D'Alembert. ttReuniré en el tercero, dice M. Barni, con 
los Trboralistas Vauvenargues , Duelos, Helvetius , Saint-Lambert y Voiney, 
los comunistas Mably y Morelly, y los economistas Quosnay, etc. Y en el 
cuarto y último, siguiendo el movimiento de las ideas morales y políticas 
del siglo decimoctavo, en los publicistas, hombres de Estado, Turgot, Males- 
herbes, Necker, Mirabeau y Condorcet, presentaré esas ideas, pasando con 
ellos de la teoría á los hechos, y produciendo la Revolución francesa, lo que 
me conducirá naturalmente á exponer mi dictamen acerca del papel de la 
íilosofía en el siglo pasado. 

Aunque trata principalmente de las ideas morales y políticas^ cree deber 
dar esta explicación: "Me refiero á las ideas que interesan á las relaciones 
de los hombres entre sí, tanto en la vida privada como en la pública^ á las 
ideas relativas á la vida social ega general; pues en cua.nto á la Tuoral indivi- 
dual, por razones que es muy fácil comprender, y que tendré ocasión de in- 
dicar, hago con frecuencia caso omiso.'' 



Tipografía »b GREGORIO ESTRADA , Hiedra , 7 , MadrW. 



PRUSIA. 



ANTECEDENTES DE LA GUERRA DE 1870. 

LA GUERRA Y LA PAZ DE 1866. 



ARTICULO PRIMERO. 



Una persona que residía en Prusia durante los anos de 1865 y 
1866, y que ha seguido con interés las cuestiones alemanas, escri- 
bió sobre ellas en aquella sazón una serie de cartas, de las cuales es 
este articulo un extracto en la parte pertinente al objeto con que 
hoy se publican, que no es otro que el de servir como de introduc- 
ción al estudio déla nueva situación que, iniciada en 1866, está 
produciendo ahora todas las consecuencias que las previsiones más 
exageradas apenas podian esperar. La atención general se halla 
fija en estas grandes cuestiones, y esto podrá ser causa de que no 
carezca de atractivo la lectura de una parte de dicha correspon- 
dencia , que será seguida de otras más inmediatamente consagra- 
das á los grandes acontecimientos que son la preocupación actual 
de todos los ánimos. 

Omitiendo lo relativo á los hechos militares y políticos, cuya 
importancia era puramente circunstancial , se principia por aque- 
llas cartas que se referían ya á la terminación de la guerra, la ac- 
titud de la Prusia en aquella eventualidad y la política de la Fran- 
cia en tan solemne y trascendental ocasión. 

TOMO XVI. 11 



162 PRUSIA. 

Berlín 18 de Noviembre de 1865. 
Estado general de las cosas en Alemania. 



La situación, pues, bajo cualquier aspecto que se i a considere, 
ya en si misma , ya en las dificultades que tienen su orig*en en la 
naturaleza de las cosas , ya en los remedios y en los recursos que 
pudieran conjurar los peligros presentes, es muy seria y me parece 
suficientemente madura, para que empiecen á realizarse sus con- 
secuencias naturales. En medio de tanto desconcierto, de tanta 
complicación, de tanta imposibilidad, de circunstancias tan desfa- 
vorables para los intereses de los Estados medios y pequeños nada 
hay aquí de fuerte sino la Prusia ; ordenada como lo está y flore- 
ciente , grande como lo es relativamente por sus medios de acción 
en armas y dinero, poseida, como se halla, de la idea de su engran- 
decimiento y de su misión en Alemania , dominada como también 
lo está por el sentimiento de su debilidad real como gran potencia 
europea, y de la necesidad de consolidar tal posición, ahora artifi- 
cial. La Prusia sabe lo que quiere, puede lo que quiere, y todo in- 
duce á creer que quiere lo que puede. Ya, en efecto, ha intentado 
en la cuestión de los Ducados realizar sus aspiraciones , y hasta 
ahora lo ha conseguido; lo que le queda por obtener en esa cues- 
tión es menos de lo que ya ha obtenido. 

Los demás Estados Alemanes , sin excluir al Austria, no acier- 
tan con el camino que les convendria seguir en las circunstancias 
en que se encuentran ó están embarazados con preocupaciones in- 
teriores del mayor interés para ellos. Ni saben, pues, lo que quie- 
ren hacer, ni aun si lo supieran lo podrían. Nadie tiene ni particu- 
lar ni colectivamente en Alemania los medios de oponerse con 
alguna probabilidad de éxito á las miras de la Prusia. La situa- 
ción parece como creada expresamente para tentar su codicia y 
convidarla á servirse de los medios positivos, con que cuenta y 
de los negativos que le ofrecen las circunstancias para satisfacerla. 

Las observaciones que preceden, asi expuestas, dan una idea 
bastante exacta del estado de las cosas en Alemania , hacen com- 
prender los peligros que corren en estos momentos los Estados se- 
cundarios y explican las ambiciones que se atribuyen á la Prusia, 
asi como las probabilidades de que esas ambiciones se logren, con- 
siderando estas cuestiones puramente dentro de la órbita alemana. 



PRUSIA. 163 

Otros obstáculos, nacidos del extranjero, pudieran, sin embar- 
g'o, venir á atajar á la Prusia en su camino , y la posibilidad de 
que esto suceda es en realidad la única esperanza de alguna consi- 
deración que á la Alemania de los Estados medios queda de que la 
hora de su extinción podrá aplazarse todavía. 

No puede convenir, en efecto, ala Europa; no puede convenir, 
sobre todo, á la Francia , que el equilibrio europeo se altere tan 
profundamente como se alterarla si el Norte de la Alemania vi- 
niese á reunirse bajo una sola mano, formando un Estado cuya 
población se aproximaría en número á la de aquella potencia. Para 
que la Francia consintiese una modificación tan importante del es- 
tado actual de cosas, seria necesario ofrecerle compensaciones. Y 
¿cuáles podrían ser éstas? ¿Las provincias del Rhin, pretendidas 
en cambio y bajo la promesa para la Prusia de aumentos en el in- 
terior de la Alemania, que reuniesen y redondeasen su territorio? 
La Francia deberla tener, seg-un creo, más de una dificultad para 
aspirar á semejante compensación , aun en el caso de que pudiera 
obtenerla; porque no puede ignorar que aquellas provincias no se 
resignarán nunca de buen grado á dejar de ser alemanas ; que la 
Alemania entera se sublevarla contra su cesión; y por último, que 
la reacción del tenaz patriotismo de esta raza seria un peligro y 
una amenaza constantes para ella. ¿Y qué otras compensaciones 
pudiera ofrecerle la Prusia? ¿Seria por ventura la de la Bélgica, 
como parece indicar que allí se teme, la alarma recientemente re- 
velada de aquel país, y la preocupación continua y antigua ya del 
Rey Leopoldo ? Es posible , y aun no parece improbable , la exis- 
tencia de semejante proyecto; pero ¿seria cosa tan sencilla llevarlo 
á cabo? ¿Sería consentido por la Inglaterra? ¿No suscitaría las 
más serías dificultades? 

La esperanza, pues, que fundan los Estados secundarios en cau- 
sas extranjeras tiene alguna importancia; porque si no es fácil 
que se llegue á obtener por medio de compensaciones el consenti- 
miento de la Francia, y si en efecto no llega á obtenerse este 
acuerdo, es de presumir su oposición al engrandecimiento inmo- 
derado de la Prusia, que no podría intentarlo sino arrostrando di- 
ficultades que pudieran convertirse en su daño y comprometer su 
situación actual, produciendo el resultado opuesto al que prosigue 
su ambición. 

Tales son la situación interior de la Alemania y el estado de 



164 PRUSIA. 

cosas en ella existente, en sus relaciones con la situación de Eu- 
ropa. Las cuestiones, pues, que aquí están planteadas, son cues- 
tiones europeas ó mejor dicho son la cuestión europea de la ac- 
tualidad. En este concepto interesan vivamente á todos , y en mi 
opinión deben particularmente interesarnos á nosotros, porque 
por más remotas que parezcan ciertas eventualidades, no debemos 
olvidar que somos vecinos fronterizos de un poder obligado á ase- 
gurarse grandes ventajas, á cualquier precio, por cualesquiera 
medios, donde quiera que le sean posibles el dia en que desorga- 
nizada la Confederación germánica , llegue á consumarse el en- 
grandecimiento que la Prusia medita. 

Berlín^ 6 de Julio de 1866. 

Batalla de Koniggratz (Sadowa).— Situación que crea en Alemania 
y en Europa. — La Prusia y la Francia. 

La batalla de anteayer y la victoria de los Prusianos, obtenida 
según se dice á precio de 15.000 hombres entre muertos y heri- 
dos, han sido de la mayor importancia, á juzgUr por los pormeno- 
res que empiezan ya a saberse y que verá V. por el boletin adjun- 
to. No han tomado á lo que parece parte en dicha batalla, todos 
los cuerpos del ejército austríaco, pero si las tres cuartas partes al 
menos de sus fuerzas, mientras que los ocho cuerpos que compo- 
nen el ejército prusiano y la guardia, han entrado todos en acción. 
Si la derrota del ejército austríaco no ha sido, pues, total y abso- 
luta , es sin embargo bastante completa para que el resultado de 
la campaña pueda considerarse como decidido. Después de los tres 
grandes encuentros que precedieron á esta batalla , sirviéndole de 
preludio, y en que los Austríacos fueron vencidos y experimenta- 
ron pérdidas de mucha consideración , las que han tenido antea- 
yer han hecho subir lo menos á la cifra de 100.000 entre muertos, 
heridos y prisioneros el número total de hombres puestos á la 
hora presente fuera de combate en aquel ejército. A esto se agre- 
ga la pérdida de un gran número de cañones y de un inmenso 
material de guerra ; y para apreciar el estado moral en que el 
ejército austríaco debe hallarse , hay que contar por último que 
gran número de sus jefes, entre ellos algún Archiduque, han cal- 
do muertos ó heridos ó prisioneros en el campo de batalla. No 
sería, pues, extraño , antes parece probable , que en efecto el Ge- 
neral Gablenz haya venido como parlamentario al cuartel real 



PRUSIA. 165 

prusiano, y no sería tampoco improbable que á la misión de este 
general se siguiese un armisticio y quizás hasta los preliminares 
de la paz. 

El objeto de la guerra , en cuanto este objeto puede considerarse 
dentro de las cuestiones puramente alemanas , está ya plenamente 
conseguido por la Prusia , cuya superioridad y cuyo poder son in- 
contestables é incontrastables de hoy más en Alemania , donde no 
hay nadie que pueda disputarle ya ni la posesión de los Ducados, 
ni el papel que quiera atribuirse en la Confederación particular 
de los Estados del Norte , ó en cualquier otra combinación que hu- 
biese de remplazar á la Confederación disuelta. El antiguo presti- 
gio del Austria y de sus armas se ha desvanecido , si no para siem- 
pre , á lo menos para mucho tiempo , y en cuanto al poder militar 
y á la influencia política de los demás Estados alemanes , si nunca 
habia contado de una manera apreciable en los destinos de la Con- 
federación , ahora es más aún un elemento puramente pasivo que 
la Prusia no ha de tener en cuenta para las combinaciones de su 
política. 

Si la Prusia no se deja, pues , dominar por las sugestiones de la 
soberbia; si escucha la voz de la moderación, podría aprovechar 
la ocasión que ahora ó muy en breve se le ha de presentar para 
poner término á la campaña y para realizar el programa de las 
pretensiones que ha formulado , y que son la anexión de los Du- 
cados y la organización de la Confederación del Norte , según el 
proyecto que ya conoce V. Estas pretensiones relativamente mo- 
destas para sus triunfos, no han sido hasta ahora pura virtud; 
nada menos que eso ; una preocupación juiciosa por las explícitas 
manifestaciones de la carta del Emperador de los Franceses, ha sido 
su causa determinante, encerrándolas en términos tan moderados 
el recelo de atraer sobre la Alemania la intervención de las armas 
francesas. Pero ¿se contendrá ahora la arrogancia característica 
de los Prusianos, cuya exaltación debe ser grande en estos mo- 
mentos, dentro de los límites de la moderación? 

¿ No pretenderán ahora ensanchar los límites de sus pretensio- 
nes y aspirar á la anexión de la Sajonia, del Hannóver y del 
Electorado, cuya conquista han hecho? ¿No se creerán fuertes 
para resistir á las exigencias de la Francia , cuando pida las com- 
pensaciones que anuncia la carta del Emperador , para el caso de 
un engrandecimiento territorial que altere el equilibrio europeo? 



166 PRUSIA. 

Todo es de temer , en la situación presente , de las cosas, porque la 
Prusia , sea cualquiera el curso de la campaña , está visiblemente 
destinada á salir de ella victoriosa, y porque no sólo á los ojos del 
mundo , sino á los suyos propios , ha sido una verdadera revela- 
ción su inmenso poder militar , que debe no sólo á la organiza- 
ción y al espíritu de su ejército, sino también á su fusil y á su ca- 
non , contra los cuales no hay medio de que luchen las armas más 
perfeccionadas de los demás ejércitos europeos. 

La Prusia está sin duda muy cerca de creerse invencible con es- 
tas armas, y de convencerse, no sin fundamento á la verdad, de 
que con ellas puede batir á fuerzas dobles y aun en mayor propor- 
ción superiores, sin que basten á contrarestar su efecto los prodi- 
gios del valor más heroico. 

La experiencia de los combates con los Austríacos, y sobre todo 
la batalla de anteayer, lo han demostrado de una manera que no 
deja lugar á la menor duda. 

El triunfo de la Prusia está destinada en este concepto á ejer- 
cer una influencia considerable en los acontecimientos mismos que 
salen de la órbita de las cuestiones alemanas , porque aqui , según 
todas las probabilidades, no ha de hallar en adelante la Francia 
la temerosa condescendencia con que contaba , no ya para la ad- 
quisición de un territorio cualquiera del Rhin , pero ni siquiera 
para la menos considerable rectificación de fronteras en la parte 
de Sarrebruck; y no sólo no ha de hallar esa condescendencia, sino 
que habrá de mirarse mucho, si obra con prudencia, antes de ex- 
poner el prestigio de sus armas á una derrota , que el fusil y el 
canon de los Prusianos harían muy fácil. Mucho ha de doler cier- 
tamente al orgullo militar de la Francia el ver demostrada una 
posibilidad que no preveía; pero es lo cierto que esta posibilidad 
está probada, y que no hay medio de prescindir de ella obrando 
cuerdamente. 

Sólo sorprendiendo á la Prusia durante la lucha con el Austria 
pudiera la Francia lograr sus miras de compensación , porque en 
ese caso faltarían aqui los medios de acudir á ambos campos de 
batalla. Pero puede hacerse esto? Podria justificarse? 

De todos modos semejante éxito se deberla en tal caso más á las 
artes de la política que á las de la guerra , y tampoco seria defi- 
nitivo, porque la reacción de la Prusia, auxiliada entonces por el 
patriosismo alemán , no dejarla de disputarlo más tarde al Imperio. 



PRÜSIA. 16*7 

Berlín 5 de Julio de 1866. 
La Francia y la Prusia. — Iniciación de las complicaciones entre ambas. 

Escrita mi carta anterior se ha publicado un telegrama parti- 
cular de la Ag-encia aquí establecida, que traslada un articulo del 
Monitor francés de esta mañana, según el cual el Austria ha ce- 
dido la Venecia á la Francia, y el Emperador Napoleón se ha diri 
gido al Rey de Prusia pidiéndole el armisticio entre su ejército y 
el austríaco, que á nombre de éste habia venido ya á pedir al cuar- 
tel real el General Gablenz. 

Es notable que de estas noticias no hayan tenido comunicación 
alguna de Francia ni este Ministerio de Negocios extranjeros, lo 
cual respecto del primero podría explicarse porque el Emperador 
se haya dirigido directamente al Rey en su residencia actual , y 
en cuanto á ignorarse la publicación del Monitor en este Minis- 
terio de Negocios extranjeros, difícilmente puede comprenderse 
de otra manera , á ser el hecho cierto , que por ausencia momen- 
tánea ó descuido inconcedible del Embajador de Prusia en Paris. 

Razones serian estas para considerar como sospechoso el tele- 
grama á que aludo, sino lo confirmasen indirectamente otros que 
anuncian una alza considerable de todos los valores en la Bolsa de 
Paris, y aunque también pudieran ser estos otros telegramas, 
productos de la misma combinación , seria el suponerlo llevar tal 
vez demasiado lejos la desconfianza. 

Partiendo de la base de la exactitud del telegrama á que me 
refiero , no puedo decir á V. cuál es el efecto que aqui ha produ- 
cido, porque no hay nadie en estos momentos en Berlin sobre 
quien pueda estudiarse la impresión de la noticia , ó cuya opinión 
sobre el hecho tenga importancia alguna. El Rey y el Presidente 
del Consejo , directores supremos y únicos de la política , están en 
el teatro de la guerra; todo el personal que rodea á S. M., los 
Príncipes con los suyos respectivos, se hallan también allí; en 
cuanto á los demás Ministros de la Corona aquí residentes y á la 
sociedad del país, en las escasísimas proporciones en que esta 
existe ahora , no son frecuentes las relaciones con ellas. 

Digo, pues, meramente mi opinión al comunicar á V. que las 

noticias del telegrama á que me refiero, han debido causar el 

peor efecto en el ánimo del Rey , del Conde de Bismarck y de 

uantos en este país participan en la política , y esto no ya preci- 



168 PRÜSIA. 

saínente porque el esfuerzo del ejército del Véneto en el campo 
enemigo, aunque considerable, pudiera hacerles dudar del éxito 
final de la lucha con el Austria, sino porque la intervención fran 
cesa llega precisamente en las circunstancias que yo preveia en 
mi carta de esta mañana ; esto es , cuando de no aceptarla , la 
Prusia puede verse comprometida á la vez en la guerra con el 
Austria y en otra guerra con la Francia. 

Para no temer al Austria, aun reforzado su ejército con las 
fuerzas del Véneto, bastan á la Prusia, su carácter nacional, sus 
triunfos y su confianza en el armamento de sus tropas ; para que 
estas mismas causas produjeran igual efecto respecto de las exi- 
gencias de la Francia, y lo producirían inevitablemente, era nece- 
sario que la Prusia hubiese concluido su campana con el Austria. 
Pero las circunstancias son bien diferentes , cuando pendiente esta 
campaña el Emperador Napoleón parece dar á entender claramente, 
al pedir el armisticio , por una parte que está agradecido al Aus- 
tria por la cesión ;de la Venecia , y entiende ser su amigo y no 
dejar aniquilar su poder, y por otra parte qué no vé precisamente 
con buenos ojos el engrandecimiento militar desmesurado de la 
Prusia y la posición á que aspira de arbitra en Alemania. 

Pero á pesar del profundo disgusto que han de experimentar 
aquí al verse atajados en el camino de los triunfos que , con razón 
bastante , creian poder continuar, me inclino á creer que hablan 
al cabo de ceder ante la eventualidad que podrían provocar rehu- 
sándose á la iniciativa del Emperador, de ver un ejército francés, 
á que no pueden hacer frente en estos momentos , presentarse en 
las orillas del Rhin. 

Paréceme asimismo verosímil que , acordado el armisticio , los 
preliminares de la paz , y esta misma, no han de tardar mucho ; y 
aunque la Prusia ha logrado ya el gran ascendiente que resulta 
de sus victorias y de la manifestación que ha hecho de su poder, 
considero que las pretensiones que abriga ( aparte de la posesión 
de los Ducados, que tengo ya por lograda), no han de realizarse á 
medida de su deseo , esto es , que su proyecto de reforma federal 
destinado á excluir al Austria de la Alemania , ó su proyecto de 
confederación restringida con la mediatizacion disfrazada de los 
Soberanos de los Estados medios y pequeños del Norte de Alema- 
nia, pierden muchas de sus probabilidades de verificarse. Consi- 
dero, en suma , que realizada con la cesión de Venecia una parte 



PRUSIA. 169 

tan principal del programa que el Emperador de los Franceses ex- 
ponía en su carta á M. Drouin de Lhuys, el resto de este progra- 
ma , sobre todo en lo que tiene relación con la posición del Aus- 
tria en Alemania, habrá probablemente de realizarse también 
aproximativamente al menos. En cuanto á la mayor homogenei- 
dad de la Prusia, de que también hablaba la carta del Emperador, 
no es imposible que se verifiquen algunas modificaciones de fronte- 
ras, si no se considera que basta ya á satisfacer aquella parte del 
programa, la posesión de los Ducados. 

En otra suposición , esto es , en la de negativa de la Prusia á 
aceptar la intervención de Francia , las consecuencias no me pa- 
recen difíciles de prever. 

Hablaba á V. esta mañana del momento en que la Francia po- 
día únicamente, en mi opinión , intervenir y pedir con éxito, aun- 
que no durable , las compensaciones á que el engrandecimiento de 
la Prusia pudiera dar lugar. Esas compensaciones eran , según le 
indicaba á V., peligrosas y difíciles de obtener, y no muy seguras 
de conservar. La Francia , digo ahora , parece haber aprovechado 
aquel momento para impedir el engrandecimiento que las harian 
necesarias á sus intereses. Acaso renuncia á ellas, y aun es bien 
probable que asi sea , si quiere obrar cuerdamente ; pero , según 
las apariencias, no consiente en ese caso, y es natural que no lo 
consienta, que Prusia realice sus designios. La intervención fran- 
cesa, de todos modos, ha venido en el momento en que yo la pre- 
via ; y si para ella da la mejor y más oportuna ocasión la cesión de 
la Venecia, impuesta al Austria por su funesta derrota de anteayer, 
es de presumir que, aun sin dicha cesión , habria venido antes de 
que los Prusianos hubiesen definitivamente derrotado al ejército 
austríaco y llegado á las puertas de Viena. Los celos de la Francia, 
por el inmenso poder militar que ha desplegado la Prusia, se tras- 
lucen ya, por lo demás , en diferentes síntomas-, y no es imposible 
que un poco antes ó un poco después se dejen sentir sus consecuen- 
cias, si, como es de suponer el carácter prusiano , corresponde á 
esos celos con su genial arrogancia, que los triunfos recientes han 
de elevar á proporciones inconmensurables. 



170 PRUSIA. 

Berlín 8 de Julw de 18 66. 
La Francia y la Prusia. — Continuación de las complicaciones. 

Son exactas las noticias que dirigí ayer á V. , y según las cua- 
les el Rey habia contestado á la invitación del Emperador de los 
Franceses, aceptando la mediación propuesta, si bien sometiendo 
el ajuste del armisticio preliminar para las negociaciones poste- 
riores, á condiciones que habia de formular en Paris el Embajador 
de Prusia. De lo que nada se sabe todavía aquí de positivo es de 
esas condiciones ; pero por la contrariedad que la intervención del 
Emperador ha causado , por la energía y hasta la violencia con 
que la opinión se manifiesta , y por las gestiones que se hacen á 
fin de dificultar por medio de la Italia , la realización del proyecto 
imperial, se presume que han de ser exageradas. En la previsión 
probablemente de este caso , el Emperador ha hecho manifestar 
aquí anticipadamente su esperanza de que la Prusia le facilitará, 
por medio de su moderación sin duda, la obra que ha emprendido 
en interés de la paz y de la humanidad . *Esta manifestación es 
bastante significativa , como que establece la base de la situación 
que se va á crear entre la Prusia y la Francia, si empujada aque- 
lla por la pasión del país, ó embriagada por sus triunfos llegase á 
imposibilitar la empresa en que el Emperador cifra su gloria y la 
satisfacción de los intereses de su dinastía y los de la Francia. 

Entre tanto, habiéndose respondido subordinando el armisticio á 
condiciones previas, los movimientos y las operaciones del ejército 
han continuado, con mayor actividad que la que en otras circuns- 
tancias se habían empleado, después de la gran batalla del 5. El 
objeto es, por lo visto, ganar aún mayores ventajas sobre el ene- 
migo y justificar más por este medio las exigencias que se formu- 
len. Entre éstas es bien probable que consistan algunas en la 
ocupación, por vía de garantía, de una ó varias fortalezas de Bo- 
hemia, fortalezas, que con Praga mismo , no hubieran tardado en 
caer en manos de los Prusianos, pero que al cabo no han sido ma- 
terialmente ganadas hasta ahora. Si se tomara, pues, posesión de 
ellas antes del armisticio, es claro , que quedarían en poder de 
los Prusianos mientras aquel y las negociaciones posteriores du- 
rasen. 

Otro orden de condiciones para el armisticio , y sobre todo para 
la paz que aspira á restablecer el Emperador Napoleón , debe ser 



PRÜSIA. 171 

relativo á las posiciones respectivas que en lo futuro hayan de 
ocupar la Prusia y el Austria, en Alemania. — Las exigencias en 
este punto son aqui naturales y justificadas, preciso es reconocerlo, 
después de la victoria; pero el Emperador, no hay que olvidarlo, 
tiene contraidos los compromisos que expresó en su célebre carta . 
La situación es , pues , muy difícil para el Rey y para su Go- 
bierno , y la próxima reunión de la nueva Cámara , donde para 
esta cuestión es muy probable que se establezca la unanimidad de 
sentimientos , que la pasión popular deja ver ahora por todas par- 
tes , podria conducir á aquellos á la imprudencia de provocar un 
rompimiento con la Francia ; el vulgo sueña , en efecto , con la 
posibilidad de plantar la bandera prusiana al mismo tiempo en 
las torres de Notre Dame y en las de San Esteban, y las Cámaras 
populares suelen reflejar en circunstancias semejantes las pasiones 
del vulgo; pero los hombres formales, á pesar del orgullo que los 
domina, no pueden desconocer que es imposible la renovación de 
los tiempos en que el Gran Federico triunfaba de la Europa ente- 
ra. Es , pues , una crisis interior, al mismo tiempo que una gran 
cuestión exterior , la que aquí se ha iniciado con la proposición 
francesa; de ella puede salir el acuerdo, hasta ahora imposible, 
entre el país y la corona en las cuestiones pendientes ; pero la 
consecución de este importante objeto puede tener muy graves 
consecuencias para la Prusia, si su Gobierno se deja arrastrar por 
la pasión del país ó si por el contrario la resiste. Si no la satisfa- 
ce, como es probable que suceda;, una nueva causa muy eficaz 
aumentará el descontento y la división. 

Berlin 21 de Julio de 1866. 
La Francia y la Prusia. — Fracaso de la mediación francesa. —Triunfo de la 
diplomacia prusiana. —Situación creada. —Sus consecuencias probables. 

He considerado innecesario trasmitir á V. la noticia de la acep- 
tación de la tregua de cinco dias por el Austria, comunicada aquí 
de París en la mañana de hoy, porque habrá llegado directamente 
al conocimiento de V. desde aquella capital. 

Este resultado de los esfuerzos del Emperador de los Franceses 
no era ya de prever desde que las negociaciones para la tregua de 
tres dias habían fracasado, pocos antes, según comuniqué á V. en 
carta anterior, fecha de ayer, y ha de deberse sin duda al vivo 
empeño del Emperador de que su mediación no apareciese al mé- 



172 PRUSIA. 

nos tan completamente desairada, como en realidad lo ha sido, y 
de que la misión que se habia atribuido , y que la Francia celebró 
como el mayor de sus triunfos, no revistiese las apariencias de una 
derrota absoluta. 

Que la política que el Emperador se propuso hacer prevalecer y 
acerca de la cual no cabe tergiversación ni duda, porque estaba 
expuesta por el Emperador mismo en su célebre carta á su Minis- 
tro de Negocios extranjeros, ha quedado vencida en las negocia- 
ciones, es cosa demostrada ya á la hora presente. El engrande- 
cimiento de la Prusia y la absorción por ella de todas las fuerzas 
vivas de la Alemania, en términos de alterar profundamente el 
equilibrio europeo , no sólo es un hecho que la paz vendrá á esta- 
blecer definitivamente , sino también un hecho que la Francia 
consiente. El enflaquecimiento por otra parte del Austria y la 
desaparición de su gran posición en Alemania, que era otro de los 
artículos del programa imperial, es asimismo otro hecho que la 
paz establecerá con el consentimiento de la Francia. 

Tal es el espíritu general de las proposiciones que la Prusia ha 
logrado hacer aceptar al Emperador Napoleón, y que ésta ha tras- 
mitido á Viena , al mismo tiempo que en la prensa oficiosa de Pa- 
rís se ha verificado una evolución notable, encaminada á hacer 
aceptar á la opinión un orden de soluciones contrarias á las que 
la opinión exigía y esperaba. Las causas de esta variación , que 
aparentemente al menos deja en abandono intereses que la Fran- 
cia ha considerado siempre como permanentes , las condiciones y 
circunstancias en virtud de las cuales ha tenido lugar esa varia- 
ción, no están aún suficientemente claras para que sobre su con- 
junto pueda autorizarse un juicio completamente fundado ; pero 
soy de opinión por muchas razones que el Gabinete imperial no se 
ha hallado en esta ocasión bien informado sobre el verdadero es- 
tado de las cosas en Alemania, y que en los informes que ha tenido 
y en su resolución han influido considerablemente pasiones é inte- 
reses políticos de los que profesa el partido francés, cuyos órganos 
son la Opinión Nationale y el Siecle , pasiones ciegamente hosti- 
les á la Casa de Hapsburg. 

Creo asimismo que por más esfuerzos que se hagan para extra- 
viar la opinión, la decepción en Francia ha de ser grande en pre- 
sencia del resultado de la mediación, tan contrario á lo que se espe- 
raba , y á lo que los intereses de aquel país exigían , y que sean 



PRÜSIA. 173 

cualesquiera las consideraciones en virtud de las cuales se ha 
adoptado la política que ha prevalecido, la situación que se cree 
encierra el germen de complicaciones futuras de la mayor grave- 
dad; porque, si lo que no es de creer, ha sido obtenida por la Pru- 
sia en virtud de promesas de compensaciones territoriales en el 
Rhin, la Francia se creará con esta combinación una cuestión como 
la de la Venecia ; porque si obtuviese la pequeña rectificación de 
fronteras de que se hablado, en el país de Sarrebruck la compen- 
sación seria muy pequeña para lo que ha sacrificado y suscitará 
un profundo descontento ; y por último , porque si su consenti- 
miento á lo que sanciona es desinteresado , la creación de un Es- 
tado militar tan poderoso como ella en su propia frontera, lleva en 
si misma el germen de aquellas complicaciones. 

Sobre estas razones , cuya fuerza no puede desconocerse , tengo 
para pensar de este modo la manifestación expresa de opiniones 
competentes é interesadas, como que provienen de diplomáticos 
franceses , que informados del curso de las negociaciones , juzgan 
con indignación un resultado en que ven comprometidos los in- 
tereses de su país. 

Respecto de la tregua acordada, pero acerca de la cual no se 
tiene todavía conocimiento de la aceptación de la Italia (que acaso 
dificulte la derrota de su flota por la marina austríaca , sabida hoy 
por telégrafo) , debo decir á V. que dicha tregua no supone nece- 
sariamente la aceptación de los preliminares de paz por el Austria, 
sino la obligación en que el Gabinete de Viena se constituye de 
dar á conocer en el plazo de los cinco dias, su resolución de acep- 
tar dichos preliminares ó de continuar la guerra. Parece sin em- 
bargo probable que opte por lo primero , porque falto del apoyo 
de la Francia con que creyó poder contar, ninguna esperanza fun- 
dada puede abrigar de modificar la situación militar en su favor, 
aun logrando detener algún tiempo á los Prusianos delante de 
Viena. — Las fuerzas de éstos son mayores , y la victoria y el ar- 
mamento de sus tropas les dan también una superioridad incon- 
testable. 

Berlín 23 de Julio de 1866. 
La Prasia y la Francia. —Confirmación de las previsiones anteriores 

Las bases preliminares de la paz elaboradas por el Emperador 
de los Franceses sobre las pretensiones prusianas , aceptadas por la 



174 PRUSIA. 

Prusia, trasmitidas al Austria, y sobre las que el Gobierno de 
Viena debe manifestar su resolución en el plazo de los cinco dias 
de la tregua acordada , son las siguientes : 

«La monarquía austríaca , conserva su integridad territorial con 
la excepción de la Venecia. 

»Los Ducados de Elba son incorporados á la Prusia con excep- 
ción de ciertos distritos del Norte del Schlewig que vuelven á la 
corona dinamarquesa. 

»La Prusia podia verificar la anexión de una parte de los Esta- 
dos del Norte , bastante á asegurar la continuidad de territorio en- 
tre la parte del Este y la del Oeste de la monarquía. 

«La Prusia formará con los Estados colocados al Norte del Mein 
una Confederación , en la que tendrá la dirección y el mando de 
las fuerzas militares. 

»Los Estados alemanes del Sur podrán confederarse y formar 
una asociación internacional, independiente.» 

Estas bases son esencialmente el programa de las ambiciones 
prusianas, que por su aceptación quedarán «logradas. La incorpo- 
ración de los Ducados del Elba , la exclusión del Austria de la 
Alemania , la libre disposición de los Estados del Norte , y la coui 
tigüidad de su territorio , es todo cuanto la Prusia ha deseado , y 
cuanto podia aspirar á obtener al lanzarse en los azares de la guer- 
ra , y aunque á considerar estas cuestiones dentro de la órbita pu- 
ramente alemana , hay que reconocer que la Prusia , vencedora de 
la Alemania entera y dueña á la hora presente por sus armas de 
la mayor parte del territorio de esta , obtiene el minimun de lo que 
en su situación tendría derecho á reclamar ; y si no satisface las 
aspiraciones que se han apoderado de los Prusianos, es menester, 
sin embargo, no olvidar que la cuestión resuelta en el sentido de 
estas bases , es, á más de una cuestión alemana , una cuestión eu- 
ropea de primera y capital importancia. 

Lo que se propone , y va á realizarse , es en efecto la destrucción 
total y absoluta del derecho público de la Europa en una de sus 
partes más esenciales , y el establecimiento de las bases sobre que 
ha de levantarse el nuevo edificio. — La solución, pues, que se ofrece 
en perspectiva , afecta los intereses no sólo de la Alemania, sino los 
de todas las naciones de Europa , y especialmente los de las que 
figuran hoy en primer término , y son además vecinas fronterizas 
del nuevo y formidable poder que se levanta de este lado del Rhin. 



I 



PRUSIA. 175 

Suponiendo que las bases indicadas sean, como es probable, 
aceptadas por el Austria , queda pues por ver de qué manera se 
desenvuelven en sus pormenores y sus consecuencias ; de qué modo 
la Europa que tiene derecho á intervenir en la obra de la sustitu- 
ción de la Confederación g-ermánica , creada por ella , considerará 
la nueva organización que remplace al establecimiento de 1815, 
y si esta nueva organización habia de formar parte como la anti- 
gua del derecho público europeo , ó si, por el contrario, habia de 
considerarse como un hecho transitorio y al sostenimiento del 
cual no se tengan por ligados los demás Estados. 

Después de firmarse la paz, que será objeto de un tratado espe- 
cial entre las partes beligerantes , las cuestiones que quedan indi- 
cadas serán tratadas particularmente por cada uno de los Estados 
interesados ó acaso en una conferencia, y de uno ó de otro modo 
es de prever que han de buscarse garantías contra el exceso de 
poder que se acumula en la Prusia ; pero teniendo en cuenta que 
la creación de este poder no amenaza directamente á nadie más 
que á la Francia, puede presumirse que no se ha levantar en Eu- 
ropa con grande energía la voz de ios demás para ponerle trabas 
eficaces ; esto es, que ni la Inglaterra ni la Rusia opondrán una 
resistencia tenaz al engrandecimiento real que la Prusia obtiene 
ahora, ni acaso al engrandecimiento posterior que la influencia de 
la situación en que se la coloca le ha de dar en Alemania. 

Porque no sólo la Alemania del Norte, puesta en manos de la 
Prusia por las bases de la paz, sino también la atracción necesa- 
ria que ha de ejercer sobre el grupo de Estados del Sur á que se 
concede una existencia internacional independiente, atracción que 
bien probablemente se extenderá á los países alemanes del Aus- 
tria misma, esto es, á la Alemania entera, constituyen para Fran- 
cia una agravación tal del estado de cosas creado en estos países 
contra ella , que no se concibe ni se comprende la política del 
Emperador en la ocasión presente. — El empeño de destruir los 
últimos vestigios de los tratados de 1815, sería una verdadera 
puerilidad que supondría la imprevisión más completa , si al rea- 
lizarse viniese á establecer un estado de cosas verdaderamente 
peligroso y amenazador para la Francia , en el lugar de la situa- 
ción anterior exenta de todo peligro serio para ella. 

Esto es lo que en efecto ha sucedido ó va á suceder, y por eso 
no puedo atribuir sino á un conocimiento incompleto y equivocado 



176 PRUSIA. 

de las cosas en Alemania, producto de informes erróneos , la poli- 
tica que ha dejado llegar la situación presente , cuando hubiera 
sido fácil evitarla algún tiempo hace (al concluirse el tratado en- 
tre la Prusia y la Italia, por ejemplo) y que una vez llegada esta 
situación, interviene para ayudar á resolverla, precisamente en el 
sentido contrario al interés secular de la Francia, cuando, aunque 
tarde, todavía habia medios eficaces de cortar el vuelo á la ambi- 
ción prusiana. Por eso al ver levantarse de nuevo , rejuvenecido, 
vigorizado y en gran parte unificado el antiguo Imperio Germá- 
nico convertido en pueblo moderno, bajo una organización militar 
tan poderosa como la de la Prusia , con una organización finan- 
ciera que envidiarían los Estados mejor administrados, con un me- 
dio de influencia y dominación tan eficaz como el Zollverein, bajo 
la dirección de un pueblo que lleva en sí el germen de todos los 
adelantos, y de una raza que se distingue por su espíritu exclu- 
sivo, intransigente y dominador, he formado la opinión de que la 
situación creada encierra el germen necesario de luchas futuras 
para la Francia, y me ha sido absolutamente imposible compren- 
der de otro modo que por las causas que indicaba á V. anteayer 
como para esa lucha que bien probablemente no habria llegado 
ahora á estallar, obteniéndose sin embargo el resultado apetecido, 
no se ha preferido la ventajosa ocasión presente , á las ocasiones 
futuras en que este nuevo y grande poder estará consolidado, se 
verá libre de trabas que la guerra actual le impondría ahora , y 
arrastrará necesariamente consigo todos los elementos alemanes . 

No parece, pues, ser una política digna verdaderamente de este 
nombre, sino una intriga; no el interés más permanente del país, 
sino los manejos y las pasiones de un partido, lo que ha prevale- 
cido en Francia en la ocasión presente ; y por más que en la cos- 
tumbre que la Europa ha adquirido de creer en la alta sabiduría 
y en la casi infalibilidad del Emperador de los Franceses , seme- 
jante juicio parezca una aberración, — la Francia habrá de reco- 
nocer y de confesarse á sí misma en breve , como hubo de hacerlo 
dieciseis anos hace, que ahora también L*Empire est fait. — Pero 
esta vez no es el Imperio que viene á salvarla de la anarquía, sino 
un imperio que se levanta contra ella , y que sin embargo ella 
misma, por una falta sin ejemplo, ayuda á constituirse. 

Como esta situación encierra en sí peligros de los que no hay 
ningún Estado de Europa que pueda considerarse al abrigo, repetiré 



PRüSIA. 177 

aquí lo que discurriendo acerca de las eventualidades que entonces 
veia en el porvenir, dije en Noviembre últinio; lo liag-o únicamente 
porque creo que es ocasión la presente de reproducir con mayor 
motivo las indicaciones sobre las que á la sazón llamaba su atención. 

Decia, pues, en mi carta de 18 de Noviembre de 1865: «Tales 
»son la situación interior de la Alemania y el estado de cosas en 
»ella existente en sus relaciones con la situación de Europa. Las 
» cuestiones, pues, que aquí están planteadas son cuestiones euro- 
»peas, ó mejor dicho, son la cuestión europea de la actualidad. En 
»este concepto interesan vivamente á todos , y en mi opinión de- 
»ben particularmente interesarnos á nosotros , porque por más re- 
»motas que parezcan ciertas eventualidades , no debemos olvidar 
»que somos vecinos de un poder obligado á aseg-urarse grandes 
» ventajas á cualquier precio, por cualesquiera medios, donde quie- 
»ra que le sean posibles, el dia en que, desorganizada la Confede- 
»racion Germánica, llegue á consumarse el engrandecimiento que 
»la Prusia meditan 

El caso de la desorganización de la Confederación Germánica y 
del engrandecimiento de la Prusia; que era objeto de mis previ- 
siones cuando la opinión general no se preocupaba de aquellas 
eventualidades , se realiza en los momentos presentes. Me parece, 
pues, más necesario llamar ahora la atención de V. sobre el gran- 
de hecho cuya trascendencia he procurado establecer en las ante- 
riores lineas . 

Berlín 10 de Agosto de 1866. 

La Prusia y la Francia. — Las complicaciones entre ambas se acentúan más 

y más. 

No se ha hecho esperar mucho la reacción de la opinión en Fran- 
cia, que yo preveia en mis cartas' anteriores , como consecuencia 
necesaria del estado de cosas creado en este lado del Rhin por la 
paz, á que con tanta complacencia y sin darse cuenta de su ver- 
dadera importancia ha prestado su apoyo el Gabinete imperial. A 
pesar de la situación de la prensa de aquel pais; á pesar de la vi- 
gilancia que se ha empleado para evitar manifestaciones que so- 
brexcitaran la opinión ; á pesar del empeño que se ha puesto por 
las publicaciones aliadas de la Prusia y de la Italia, en adormecer 
á un tiempo al Gobierno y á la opinión ponderando las ventajas 
de la situación creada en Alemania y los ningunos riesgos que 
ofrece para la Francia; la fuerza de las cosas se ha abierto camino, 

TOMO XVI. 12 



178 PRUSIA. 

y todas las manifestaciones del sentimiento público que pueden 
producirse, demuestran el profundo recelo con que se ve en el Imperio 
el resultado de una política que, esta vez al menos, ha dejado en 
desamparo evidente intereses que la Francia ha considerado siempre 
como los más importantes entre los que son para ella permanentes. 

No podia esto dejar de suceder, ni tampoco podia faltar la con- 
secuencia necesaria de semejante situación. Asi es que la actitud 
benévola de la Francia respecto de la Priisia ha cambiado total- 
mente en estos últimos dias, desde que el Gabinete imperial ha po- 
dido convencerse de que hay aqui la resolución que era de prever, 
y que no se comprende no haya sido prevista por aquel Gabinete, 
de proceder á la anexión pura y simple del Hannóver, de Cassel y 
de Nassau, interpretando asi la base preliminar de la paz que es- 
tipulaba la contigüidad de territorio entre las provincias del Este 
y del Oeste de la monarquía prusiana. 

Se ha entrado , pues , en la faz más grave y más peligrosa de la 
situación creada por la guerra, porque la Francia quiere, y no 
puede menos de querer , impedir el engrandecimiento colosal á que 
la Prusia aspira, y porque la Prusia no quiere ni querrá renunciar 
á la realización de esas ventajas; porque de consentir la Francia 
ese engrandecimiento , no puede hacerlo sin compensaciones que 
restablezcan el equilibrio de las fuerzas , y porque la Prusia no 
quiere, ni acaso podria otorgar esas compensaciones, donde la 
Francia pueda desearlas; porque, en fin, la Alemania entera, in- 
clusos los Estados mismos del Sur, tan maltratados por la Prusia, 
no vaí^ilarian en unirse á ésta el dia en que se plantease la cues- 
tión de la revindicacion de un país cualquiera alemán por parte 
de la Francia. 

De la actitud del Gabinete imperial dan testimonio , á más del 
lenguaje explícito que aqui se emplea, otros síntomas, entre los 
que el llamamiento del Mariscal Mac-Mahon á París , la súbita 
partida del Emperador de Vichy, y el viaje también inesperado 
de M. Benedetti , que salió anoche para Paris , son los que más 
sensación han causado aqui, sobre todo porque han seguido inme- 
diatamente á una significación hecha por dicho Embajador á este 
Sr. Ministro de Negocios extranjeros, no sé todavía si de palabra 
ó por escrito, acerca de las condiciones que pondría la Francia á 
las incorporaciones de territorio que la Prusia entiende realizar. 

De la actitud prusiana , en vista de estos hechos , se puede juz- 



PBUSIA. 179 

gar por el lenguaje á que se abandonan , con menos reserva de la 
que es aquí habitual , cuantas personas de alguna posición se ha- 
llan actualmente en Berlin. Todas rechazan de la manera más 
absoluta las exigencias francesas, y hablan de guerra con una 
arrogancia y una convicción de su fuerza , explicable por sus re- 
cientes triunfos que les han dado la convicción de que son inven- 
cibles y pueden intentarlo todo. Esta libertad de lenguaje con- 
trasta singularmente con la reserva de que el Gobierno ha hecho 
uso , ya en el discurso de apertura de las Cámaras , ya en todos 
sus actos desde que la paz con el Austria fué acordada. 

Pero la reserva del Gobierno no significa que esté dispuesto á 
ceder , y en prueba de ello , previendo las dificultades á que puede 
dar lugar el estado embrionario todavía de la organización del 
Norte de la Alemania , se ha apresurado , á precaverlas provisio- 
nalmente por medio de un tratado de alianza ofensiva y defensiva 
con los Estados que han de formar parte de aquella organización. 
Tal es el grave estado presente de las cosas , primera consecuen- 
cia precursora de otras no menos trascendentales, de la situación 
que la Francia ha dejado establecer, imprevisoramente ó por 
apreciaciones equivocadas. Cualquiera que sea la solución que se 
dé á la cuestión que se ha suscitado , yo no veo á la larga en ella 
sino dificultades muy serias para la Francia y ventajas finales 
para la Prusia. 

Por eso en mi manera de comprender la situación que he ex- 
puesto en cartas anteriores , previendo el curso necesario de los 
sucesos , la Francia ha equivocado el papel que le correspondía en 
la crisis porque ha pasado recientemente la Alemania , y que o 
era otro que el de evitarla como era posible y aun fácil , impi- 
diendo que se verificase la acumulación de poder que había de 
reunirse en la Prusia, y que se reprodujeran para la Francia todos 
los peligros históricos , contra los cuales siempre ha combatido. 
Ahora esta situación se realiza , y para compensar sus riesgos la 
Francia tiene que venir, tarde ya , á exigir cesiones de territorio, 
que no obtendrá sino por la guerra , y que aun obtenidos, serán 
para ella una perpetua dificultad. Más cuerdo hubiera sido, pues, 
impedir la situación que la pone en esa necesidad peligrosa y re- 
presentar en la ocasión oportuna el papel entonces fácil y airoso 
de mediador desinteresado , conservando á la Francia su superio- 
ridad relativa sobre los Estados de este lado del Rhin. — X. 



TOMAS RIBEIRO. 



Em todas as especies e variedades de me- 
tros, Thomas Eibeiro apresenta a maior ua- 
turalidade e melodia, sendo difícil decidir 
qual seja o verso mais congenito á Índole 
musical do seu ouvido. Depois , que cheio e 
recheio em todos elles ! Como a idea Ihes en- 
tra voluntaria e fácil! Como fácil e rica, 
riquissima quasi sempre, Ihes acode a rima ! 
Sao todos estes uns primores de que em váo 
se procuraria ó mínimo vestigio em toda a 
nossa antiga poesia ; e bem poneos se encon - 
traram mesmo W moderna. 

A. F. DE Castilho. — Conversaíf, o 'pream- 
hular. Prologo a D. Jaime. 

A pesar de tudo, é um verdadeiro poeta o 
auctor de sons que passam. 

O Aristarco portuguez, pág-, 182. 



Exigir symetria nos meus cantos 
é condenar-me ao leito de Procustes. 
Tomas Ribeiro.— yl Delfiria do mal. 
Canto Vil. 



Nuestra tarea toca á su fin; tarea ímproba y prolija, pues pode- 
mos decir con Pedro Espinosa en sus Flores de poetas ilustres de 
España que, «para sacar esta flor de harina, hemos cernido dos- 
»cientos cahices de poesia, que es la que ordinariamente corre (Ij.» 

Hemos bosquejado , entre otras semblanzas de poetas portugue- 
ses contemporáneos, la de Francisco Manuel do Nascimento, el sa- 
cerdote volteriano, el emigrado purista; la de José Agustín de Ma- 



(1) Primera parte de las ñores de poetas ilustres de España , dividida en dos libros, 
ordenada por Pedro Espinosa. Valladolid, 1805. Debemos pagar aquí un tributo de 
gratitud á dos diligentes bibliógrafos que han puesto á nuestra disposición sus biblio- 
tecas particulares, el portugués D. Domingo García Pérez y el español D. Benigno 
J. Martínez. 



TOMAS RIBEIRO. 181 

cedo, el fraile díscolo, turbulento y libertino, el critico erudito, el 
émulo arrogante de Camoes ; la de Barbosa du Bocage, el filósofo 
tornadizo, el improvisador fecundo, el vate licencioso; la de Al- 
meida Garrett, el eminente autor dramático, y la de Antonio Fe- 
liciano de Castilho, el nuevo Ovidio. 

Réstanos tan sólo, para completar esta g-aleria de trovadores es- 
clarecidos , delinear el retrato del aplaudido y popular autor de 
Sons que passam, de B. Jaime y de ^ Del fina do mal. 

Pero antes queremos dar á conocer, siquiera sea rápida y some* 
ramente , otros rimadores del siglo actual , que sino han ganado 
tan alta nombradía en la república de las letras , merecen que se 
baga de ellos especial mención. Los expondremos por orden crono- 
lógico. 

NüÑo Pato Moniz nació en Lisboa el 18 de Setiembre de 1781. 
Discípulo de Bocage, pobre como él y como él desventurado, vivió 
del escaso producto de sus dramas , de sus loas y de sus trabajos 
periodísticos. Rencoroso, tenaz y violento enemigo del Padre Ma~ 
cedo, ha debido en gran parte su celebridad al Portuguez consti- 
tucional, diario político que fundó en 1820 y que le abrió dos años 
después las puertas de la Cámara popular. Sus artículos, redacta- 
dos con espontánea facilidad, se distinguen por la pureza de la dic- 
ción y principalmente por la elegancia del estilo, que su entusiasta 
admirador Costa e Silva comparó hiperbólicamente al de Lamar- 
tine. Poeta lírico de fecunda vena, ha brillado más por el estudio 
que por el ingenio. Su poema heroi-cómico la Agostinheida es uno 
de los mejores que en su género nos ofrece el Parnaso lusitano, 
quizá el primero después del ffyssope de Antonio Diniz, ahora 
imitado por Simoes Diaz en A hostia de otro. Los esbirros del ab- 
solutismo le arrancarron de la secretaría del Grande Oriente Lusi- 
tano, para deportarle á una de las islas de Cabo Verde, donde fa- 
lleció en el más triste abandono, en fines de 1827 (1). 



(1) Hé aquí una, nota de las obras que ha dejado Ñuño Alvarez Pereiro Pato Mo- 
niz. De las cuarenta composiciones dramáticas que ha dado al teatro, según él mismo 
ha consignado en la pág. 345 del exame analytico e parallelo do Oriente sólo han lle- 
gado á imprimirse las siguientes, citadas por Inocencio da Silva : "A queda do despo- 
tismo, m Lisboa, 1809.— Hay una edición de Rio Janeiro, 1810. — "A gloria do Océano, h 
Lisboa, 1809. — "A estancia do fado.n Lisboa, 1810. — "Dos triumphos bretoes se apraz 
Diana. 11 Lisboa, 1811. — "O mez das flores, ir Lisboa, 1822. — "O throno.n Lisboa, 1812. — 
"Elogio recitado no theatro nacional da rúa dos Condes, etc. ti Lisboa, 1810.— "O nome, 
elogio dramático que depois da batalha dos Arapiles, vindo á Lisboa o seu vencedor, 



182 TOMAS RIBEIRO. 

SoAREs DE Passos , poeta de talento profundo y de imag'inacion 
espléndida, murió cuando comenzaba á vivir, y su muerte ha sido 
una pérdida irreparable para la literatura portuguesa. Si hubiese 
alcanzado más larga existencia , su gloria eclipsarla la de todos 
los trovadores antiguos y modernos, desde los comprendidos en el 
Cancioneirinho de trovas antigás (1) , que acaba de salir á luz en 
Viena, hasta los coleccionados en el Parnaso lusitano por el Viz- 
conde de Almeida Garrett (2). La tisis pulmonar que le aquejaba, 
haciéndole presentir su próximo fin, dio un tinte de amargura 
melancólica á sus armoniosos versos. Siendo excelentes todas las 



lord, marquez de Wellington, etc. n Lisboa, 1813. — Inocencio da Silva posee los si- 
guientes dramas suyos inéditos: "Thermacia,ii tragedia en cinco actos: "Os captivos 
portuguezes em Argel, n drama en tres actos; y "O anti-sebastianista desmascarado,.. 
drama en tres actos. Con sus composiciones líricas podrian formarse ocho volúmenes : 
"Congratula(?áo a patria.ii Lisboa, 1808. — "Versos que a memoria e aos amigos de 
Victorino José Leite, etc.n Lisboa, 1811. — "Elmiro.n Sátira. Londres, 1812. — "Ver- 
sos gratulatorios, etc. n Lisboa, 1816. — "Apoteose da augustísima rainha D." María I.n 
Lisboa, 1816. — "Agostinheida, poemaen nueve cantos, n Londres, 1817. — "A appari(?áo," 
poema elegiaco en cuatro cantos. Lisboa, 1818. Ha insertado numerosas odas en dife- 
rentes publicaciones. Entre sus escritos en prosa merecen citarse Córrelo c¡a Penín- 
sula. Lisboa, 1809 á 1810. — Refuta/^ o analytica do foUieto que escreven o Sr. J. A. de 
Macedo e intitulou Os Sebastianistas. Lisboa, 1810. — Exame critico do novo poema 
épico intitulado O Gama. Lisboa, 1812. — Justa impu^naq o do celebre syllogismo que 
apoiou o libro os sebastianistas. Lisboa, 1810. — Exame anallytico eparallelo do poemM 
Oriente. Lisboa, 1815. — Sovano padre J. A, de Macedo. Lisboa, 1822. — O portuguez 
constitucional. Lisboa, 1820 y 1822. Son trep volúmenes. — Jornal da sociedade patrio- 
tica literaria de Lisboa, etc. 

(1) Cancioneirinho de trovas antigás coUigidas de iim grande cancioneiro da bi- 
blioteca do Vaticano, precedido de urna noticia critica do mesmo grande cancioneiro, 
com a lista de todos os trovadores que comprende, pela maior parte portuguezes e 
gallegos. Viena, 1870. El prólogo de este curioso libro que acabamos de recibir y que 
contiene poesías inéditas de D. Alfonso XI, el vencedor de Tarifa, del rey D. Denis y 
de su hijo Alfonso Sanchos, está suscrito por F. A. de V. 

(2) Parnaso lusitano ou poesias selectas dos autores portuguezes antigos e mudemos, 
illustradas com notas: precedido de urna historia abreviada da lingua e poesía portu- 
gueza. París, 1826 y 1827. En esta composición dirigida por Almeida Garrett se leen 
composiciones de los grandes poetas lusitanos, desde Sa de Miranda, Bernardos y Ca- 
moes, hasta Curvo Semmedo , Tolentino y Grar<?áo. El primer tomo se ocupa de los 
poetas épicos, el segundo de los descriptivos, didácticos y bucólicos; el tercero y 
cuarto de los epigramáticos, satíricos y líricos, y el quinto de los dramáticos. — Hay 
todavía otra colección de poesías de autores contemporáneos, publicada en el Brasil: 
Novo Parnaso lusitano ou poesias selectas dos mais afamados autores portuguezes mo- 
dernos. Rio Janeiro 18.... Son cuatro tomos. Hay también una colección puramente 
brasileña: Parnaso brasileiro ou colleg~o das melhores poesias dos poetas do Brazil, 
tanto inéditas como ya impresas. Rio Janeiro, 1829. Se ha publicado también otra 
colección de poesías de cincuenta y dos autores de la provincia de Marañon. Parnaso 
vfvaranhense. 



i 



TOMAS RIBElRO. 183 

poesías del inmortal Soares de Passos, abrimos á la ventura el único 
volumen que ha dejado (1), y trascribimos O firmamento. 

Gloria a Deus ! eis aberto o libro immenso 

o libro do infinito, 
onde em mil letras de fulgor intenso 

seu nome adoro escripto. 
Eis de seu tabernáculo corrida 
urna porta do veo mysterioso: 
desprende as azas, remontando a vida 
abna que anecias pelo eterno goso ! 
Estrellas que brilhaes n'essas moradas, 

quaes sao vossos destinos? 
vos sois, vos sois as lampadas sagradas 

de seus umbraes divinos. 
Pullulando do seio omnipotente 
e sumidos por fim na etemidade 
sois as faiscas de seu carro ardente 
ao volar a travez da immensidade. 
E cada qual de vos um astro encerra, 

um sol que apenas vejo 
monarcha d'outros mundos como a térra 

que formam seu cortejo. 
Ninguem pode contar-vos: quem podera 
esses mundos contar a que daes vida, 
escuros para nos, qual nossa esphera 
vos es ñas trevas da amplidáo sumida? 



E tudo outr'ora na mudez jazia 

nos veus do frió nada : 
reinava a noite escura: a luz do dia 

era em Deus concentrada. 
Elle fallou ! e as sombras n'um momento 
se dissiparam na amplidáo distante ! 
elle fallou! e o vasto firmamento 
seu veu de mundos desf raldou ovante ! 
E tudo despertou, e tudo gyra 

immenso em seus fulgores; 
e cada mundo e sonorosa lyra 

cantando os seus Ion ver es; 



(1) Poesmspor A. Soares de Passos. Porto, 1856. Passos nació en Oporto en 1826, 
y murió hace ya bastantes años. A los que encuentren ficultad en la traducción del 
portugués les recomendamos el Diccionario español-portugués y portugués -español 
que acaba de ver la luz pública. Es incompleto, pero no hay otro. Lexicón portuguez 
castelhuno e castelhano portuguez das palabras mais usadas na conversag o, por Car- 
los Barroso. Lisboa, 1870. 



184 TOMAS RIBEIRO. 

cantae o mundos que seu braceo impelle, 
harpas da creagao, f achos do dia, 
cantae louvor universal Aquelle 
que nos sustenta e nos espacios guia! 
Terra, glcvo que geras ñas entranhas, 
meu ser, o ser humano 
que es tu com teus vulcoes, com tuas montanhas, 

e com teu vasto occeano? 
Tu es um grao d'areia arrebatado, 
por esse immenso turbilháo dos mundos, 
em volta do seu trono levantado 
do universo nos seios mais profundos. 
E tu homem, que es tu, ente mesquinho 
que sovervo te elevas, 
buscando sem cessar abrir caminho 
por tuas densas trevas? 
que es tu com teus imperios e colossos? 
um átomo subtil de froixo alentó: 
tu vives um instante e de teus ossos 
so restam cincas que sacode o vento. 
Mas ah! tu pensas e o gyrar dos orbps 
a razáo encadeias; 
ta pensas, e inspirado em Deus te absorves 

na chamma das ideias; 
allegrate immortal que esse alto lume 
nao morre em trevas d'um jarigo escasso! 
gloria a Deus que n'um átomo resume 
o pensamento que trascende o espado! 
Caminha, o rey da térra, se inda es pobre 
conquista áureo destino, 
E de seculo em seculo mais nobre 

eleva a Deus teu hjrmno! 
E tu, o térra, nos floridos mantos 
abriga os filhos que em teu seio geras, 
e teu canto d'amor reúne aos cantos, 
que a Deus se elevam de milhóes d'espheras ! 
Dizem que ja sem forjas, moribunda 
tu vergas decadente : 
oh! nao de tanto sol que te circunda 
teu sol inda e fulgente. 
Tu es jovem ainda, a cada passo 
tu assistes d'um mundo as agonias, 
e tu rolas em tanto n'esse espado 
coberta de perfumes e armonias. 
Mas ai! tu Andarás! alem scintilla, 
hoje um astro brilhante : 
amanha ei-lo treme, ei-lo vacilla, 



TOMAS RIBEIRO. 185 

e fenece arquejante, 
ique foi? quem o apagouí f oi seu alentó 
que soprou essa luz ja fatigada: 
foram seculos mil, foi um momento 
^ue a eternidade fez volver ao nada. 
Um dia, quem o save? um dia ao peso 

dos annos e ruinas, 
tu cahiras n'esse vulcao accesso 

que teu sol denominas ; 
e teus hirmaos tambera, esses planetas 
que a mesma vida, a mesma luz imflamma, 
attrahidos em fim quaes borboletas 
cahiram como tu na mesma chamma. 
Entáo, o sol, entáo n'esse áureo throno 

que faras tu ainda 
monarcha solitario e em abandono 

com tua gloria findal 
tu findaras tambem, a fria morte 
alcanzara teu carro chammejante ; 
ella te segué, e prophetisa a sorte 
n*essas manchas que toldara teu semblante. 
jQue sao ellas? tal vez os restos frios 

d'algum antigo mundo, 
que inda referve em borbotees sombríos 

no teu seio profundo , 
tal vez envolta pouco a pouco a frente 
ñas cinzas sepulchraes de cada filho, 
debaixo d'elles todos de repente 
apagaras teu vacilante brilho. 
E as sombras poisaráo no vasto imperio 

que ten facho allumia ; 
mas que vale de menos um psalterio 

dos orbes na armonía 1 
Outro sol como tu , outras espheras 
viráo no espado descantar seu bymno 
renovando nos sitios onde iraperas 
do sol dos soes resplandor divino. 
Gloria a seu nome ! um dia meditando 

outro ceo mais perf eito, 
o ceu d'agora a seu altivo mando 

tal vez caia desfeito. 
Entáo mundos, estreias, soes brilhantes, 
qual bando d'aguias, na amplidao disperso , 
chocando-se em destro(;^os fumej antes 
dessabaráo no fundo do universo. 
Entáo a vida refluindo ao seio 

do foco soberano. 



186 TOMAS RTBEÍRO. 

pasara, concentrando-se no meio 

d'esse infinito occeano : 
e acabado por fin quanto fulgura, 
apenas restaráo na inmensidade 
o silencio aguardando á voz futura, 
o throno de Jehovah e a eternidade 1 

Juan de Lemos , hijo del Vizconde del Real x^grado , vino al 
mundo el dia 6 de Mayo de 1819. Es el representante más ilustre 
que tiene en su país la causa legitimista , el cantor más inspirado 
del antiguo Portugal Desde 1848 viene combatiendo en primera 
fila, como redactor del periódico a Nacdo, por su Dios, por su Pa- 
tria y por su Rey. Ha dedicado numerosas composiciones al exmo- 
narca D. Miguel, á encomiar sus virtudes, á llorar sus desdichas, 
y á fortalecer el ánimo abatido de sus dispersos secuaces. Los si- 
guientes versos nos revelan todo lo que hay de noble en esta tarea. 

Ai ! triste, que triste coisa 
vi ver assim !.. Pois nao e % 
lidar sempre n'uma loisa * 
pondo um cadáver de pe ! 

Cuando leemos sus odas llenas de unción religiosa , en las que 
se rinde ferviente culto á tiempos que no han de volver : cuando 
observamos la hidalga abnegación con que en ellas se acata y se 
venera á una dinastía proscrita de la que nada se debe esperar ya, 
sentimos vivas simpatías hacia el autor, cortesano generoso del 
infortunio. Pero cuando recordamos que esos cantos se entonan en 
alabanza de un Principe aborrecido , sacrificador cruel é implaca- 
ble de millares de victimas inocentes, nuestro encanto se quiebra, 
nuestra ilusión se desvanece , y exclamamos con el mismo Juan 
de Lemos en su Noite do Coliseu : 

Das mil figuras ja nao resta a imagem, 
como apagada essa visáo la vae, 
qual um retrato de gentil paisagem 
n'um lago em rugas se urna pedra cahe ! 

La más celebrada de sus rimas es a lúa de Londres. Todos sa- 
bemos que se aviva el amor de la patria cuando vivimos en país 
extraño , lejos del suelo querido donde se meció nuestra cuna, 
lejos de la tierra sagrada donde reposan los huesos de nuestros 
padres ; pero nadie había acertado á expresar este sentimiento con 
tan dulce melancolía. 



TOMAS RIBEIRO. 187 

E noite : o astro saudoso 
rompe a custo um plúmbeo ceu, 
tolda-lhe o rosto formóse 
alvacento, húmido veu : 
traz perdida á cor de prata, 
ñas agoas nao se retrata, 
nao beija no campo a flor, 
nao traz cortejo de estrellas, 
nao falla de amor as bellas, 
nao falla aos homens de amor. 

Meiga lúa os teus segredos 
onde os deixaste ficar 1 
deixas-te-os nos arboredos 
das praias d*alem do mar? 
f oi na térra tua amada 
n'essa térra táo banhada 
por teu límpido claráo 1 
f oi na térra dos verdores , 
na patria dos meus amores, 
patria do meu cora^ao. 

Oh ! que foi !... deixas-te o brilho 
nos montes de Portugal , 
la onde nasce o tomilho, 
onde a fontes de crystal, 
lá onde veceja a rosa, 
onde a leve mariposa 
se espaneja a luz do sol, 
la onde Deus concederá 
que em noites de primavera 
se escuta-se o rouxinol. 



Quem vio as margens do Lima, 
do Mondego os salgueiraes 
quem andou por Tejo ácima 
por cima dos seus crystaes , 
quem foi ao meu patrio Douro 
sobre fina aveia d'ouro 
raios de prata esparzir , 
nao pode amar outra térra, 
nem sob o ceu de Inglaterra 
doces sorrisos sorrir. 

Eu e tu , casta deidade 
padecemos igual dor, 
temos a mesma saudade, 
sentimos o mesmo amor : 
em Portugal o teu rosto 



188 TOMAS RIBEIRO. 

de riso e luz e composto 
aqui triste e sem claráo ;' 
eii la me sinto contente, 
aqui lembra-me pungente 
faz-me negro o coraqao. 

Ei-a pois, o astro amigo, 
voltemos aos puros ceus, 
leva-me, o lúa, contigo 
preso n'um raio dos teus ; 
voltemos ambos , voltemos 
que nem eu nem tu podemos 
aqui ser quaes deus nos fez : 
teras brilho, eu terei vida 
eu ja libre e tu despida 
das nuvens do ceu ingles (1). 

J. Palha, realista como Juan de Lemos y como Pereira da Cu- 
nha, debe principalmente su nombradla ala oda, A minka patria, 
resumen un tanto apasionado de la historia lusitana, que tomamos 
del único volumen que ha dado á la estampa (2): 

Vou erguer singello canto 
á minha térra natal, 
patria que inspire tanto 
nao houve, nao ha igual! 
Quem nao treme ouvindo a fama 
que os altos feitos proclama 
d' este nobre Portugal? 
quem nao sonha com amores, 
vendo o ceo e vendo as flores 
vendo o Tejo de crystal? 

Quem ñas margens do Mondego 
pode um suspiro abafar? 
quem alli sera tao cegó 
que de ver nao fique a amar"? 
o que for Mondego ácima 
dilo-ha rival do Lima 
no seu temo murmurar, 
ñas suaves brandas queixas 
que aos poetas mil endeixas 

(1) Juan de Lemos Seixas Castelho Branco, ha dado á luz: Cancioneiro , primer 
tomo: Flores e amores. Lisboa, 1858: segundo tomo Beligi o e patria. Lisboa, 1859.— 
Tercer tomo Impresdes e recordagdes. Lisboa, 1867. Hay otra edición brasileña menos 
completa. Poesías de Jo~o de Lemos Seixas Castello Branco. Kio Janeiro, 1847. — O 
livro d'Elysa:ÍTa,gmentos (en prosa y verso). Lisboa, 1845.— O christianismo. Coim- 
bra, 1843. Marta Paes Riveiro. Drama. 

(2) Poesías por J. Palha (segunda edición). Lisboa, 1868. 



TOMAS RIBEIRO. 189 

fizeram ambos soltar! 

Tu es, o patria formosa 
o mais formóse jardim! 
caíste aqui linda rosa 
da fronte de um cherubim! 
Nem a Alhambra, nem Granada, 
nem Veneza festejada 
tiveram belleza assim! 
Nao te escedeu em riqueza 
nem na rara fortaleza 
a decantada Peckiml 

Veio aqui soberba Roma 
a quebrar sua altivez: 
que com ferro e f ogo a doma 
Viriato-o montanhez! — 
ao bra(jo do lusitano 
verga e cae o audaz romano 
em sangue banhada a tez ! 
ainda as cinzas do imperio 
repetem no cimeterio 

Viriato o portuguezl 

Hoje ainda os mouros tremo m 
de Giraldo sem pavor', 
de raiva convulsos fremem 
recordando o seu valor! 
Em Ourique Affonso talha 
com sua espada a mortalha 
dos descrentes do senhor: 
ao som dos hymnos da guerra 
Joao segundo os enterra 

em Arcilla en Azancor! 

Hespanha, vaidosa Hespanha, 

gemendo curva a cerviz, 

que quasi a c'roa Uie apanha 

D. Joáo -Mestre d'Aviz — 

Portugal, bem fez teu povo 

quando em seu esfor<^o novo 

dom Joáo por seu rei quiz; 

f oi entao que a Espaha escrava 

tremendo seus olios crava 

na patria d*Egaz Moniz. 
A Ijuharrota! Valverde! 

repete do mundo a voz: 

ao longe o ecco se perde 

onde 08 gelos vivem sos! 
era a espada f ormidavel 
de dom Nuno o condestavel. 



190 TOMAS RIBEIRO. 

O sol dos nossos a vos! 
todos os loiros da gloria 
das batalhas a victoria 
tudo era entáo por nos. 

Onde vao essas galeras 
cortando as aguas do mar? 
onde váo— que novas eras 
Portugal ha de marcar? 
Ñas ondas que nao conhecem 
que nunca, nunca adormecem 
que tentam ellas buscar? 
Oh! quem e esse valente 
que olhando p'ra o oriente 
vae o caminho a apontar? 

Oh! quem e? como se chama 
esse guerreiro da cruz? 
e portuguez, e o Gama 
que a patria da nova luz! 
la brada - "nao temo a morte 
"que a vida confio a sorte 
"pormeu reí e por Jesús! 
"da patria o nome nao finde * 
"que Mozambique e Melinde 
"na sua historia eu ja puz." 

O vasco, teu alto f eito 
e grande mas tem rival, 
que os brios ardem no peito 
d' Alburquerque e de Cavral! 
Tambem em térra estrangeira 
pregaram nossa bandeira 
sem medo do vendaval: 
descobriram— conquistaram 
como tu tambem bradaram 
por Jesús e Portugal! 

Se o bra^o dos portuguezes 
era como o de sansáo, 
táo forte como os arnezes 
tambem era o coragao! 
Nem vis promesas, nem medo 
nem oiro dado em segredo, 
Ihes compra va uma trai^ao, 
que la*sta— e d'esso timbra 
o castello de Coimbra 
a lanzar esse pregáo! 

Mas nao foi somente a guerra 
quem tanto nome Ihe deu; 
que importam coisas da térra 



TOMAS RlBEIRO. 191 

a quem as teve do ceu? 
o oiro trocar-se em rosas 
n*essas eras milagrosas 
urna rainlia mer'cenü 
virtude na monarchia, 
meigo amor, doce poesía 
tudo deus nos conceden! 

Oh! que amor temo e constante 
foi esse da pobre Ignez! 
que o diga o cedro gigante 
que a escutou tanta vez, 
quando, triste e pensativa, 
vinha ao f osque fugitiva 
quebrar da noite a nudez, 
ai! que o repita, que o conté 
o murmurio d'essa fonte 
que vinha beijar-lhe os pes! 

E que amor-e que poesia 
teve Luiz de Camoesü 
foi o senhor da harmonia 
foi o rei dos coragoesü 
Curvae-vos genios do mundo 
que o Camoes nao tem segundo 
em táo sublimes can§5es! 
tu, o patria o rosto cobre 
que o teu Camoes morreu pobre 
da miseria ñas soidoes! 

Eu bem sei: sendo teu filho 
nao deberá assim fallar; 
mas desde entáo o teu brilho 
comeqou de se apagar! 
na batalha que perdeste 
tu— -cangada adormeceste 
do teu sceptro procurar! 
Camoes a patria desculpa, 
que a patria nao teve a culpa 
nao pode a tempo acordar! 

Tanto sangue derramado 
la nesse Alcacer-Kivir 
f ez-lhe o somno tao pesado 
que teus ais nao poude ouvir, 
que so deu signaes de viva 
quando da Hespanha captiva 
quiz o jugo sacudir! 
desde entao ate agora 
n'esse somno que a devora 
tomou de novo a cair! 



192 TOMAS RIBEIRO. 

Acorda ! que o tempo corre, 
que o dormir nao e viver ! 
urna nacáo tambem morre 
tambem a tumba a de ter ! 
patria, — patria ouve este canto 
de um filho que te quer tanto 
qual nenhum te pode qu'rer ! 
erguete desse teu leito 
que inda tens dentro no peito 
um coragáo a bater! 

Se os luiros murcharam tanto 
que se precisem regar, 
todo o meu sangue, o meu pronto 
aqui te venho offertar. 
Eu darei a minha vida 
por nao ver mais abatida 
a minha térra sem par! 
Oh! deixa de ser espectro 
patria toma o teu sceptro 
e tornaras a reinar. 

Raimundo Bülhao Pato nació en Bilbao en J830; y no es español 
únicamente por el lugar del nacimiento , lo es también por su as- 
pecto, por su ademan y por la entonación vigorosa de sus versos. 
Sus novelas, en las que figura siempre como protagonista, pudie- 
ran más bien llamarse memorias. Abundan en todas ellas las des- 
cripciones exactas, y los diálogos naturales, fáciles, vivos y chis- 
peantes; pero excede en mérito á las otras la que se titula Fallida 
estrella. Como poeta se propuso marchar por un nuevo sendero, 
distinto del romántico, en aquellos lúgubres tiempos en que la do- 
lorida musa portuguesa , pálida y llorosa , no osaba exhibirse sin 
una corona de ciprés en las sienes y un puñal ensangrentado en la 
diestra. No queremos juzgar su ^o^mdü Paquita, porque de él, como 
de El diablo mundo, solamente han salido á luz los primeros cantos. 
La versificación es fluida, robusta y armoniosa. Bulhao Pato que ha 
tomado por modelos á Byron y á Espronceda, abusa de los defectos 
de ambos , sembrando de episodios sus narraciones , y pasando re- 
pentinamente del estilo poético y sublime al más llano y familiar (1). 



(1) Este abuso de los episodios tiene también sus precedentes en la poesía antigua 
de Portugal, como nos lo prueba la siguiente octava del poema burlesco de Jacinto 
Freiré da Andrade, fábula de Polifemo e Oalatea. 

Ai de mim quantos criticos ag-ora 
diráo que me esqueci de Polifenig , 



TOMAS RIBEIRO. ♦ 193 

Um erro apenas,' urna falta leve, 
um pensamento rápido que seja 
a fonte pura te desbota em^ breve. 
Es como o lyrio que no prado alveja, 

qufe ao sol abrirá vecejante é bello, '*^ »—¡tíí) 

másqíie um so dia'd*exi^tendá teVe! ¡^ oiiiií ot 

Pobre innocencia e pobre áobre tudo juri y sí i 

de ti, leitor, que vendo de repente .^^^ HBiemoñ ena si . 
arrojar-se ao estilo campanudo ■ / r 

minha musa, cuidas cortamente 

que entrando nos dominios da elegia "^ Ql'^ii.tic .. w. • 
cómeíja á déclaíilár 'ém tbió. püiigente! kÍ íim píoto^íí í < ii 



Se o prisma engañador da juventude 
que aos olhos d'alma nos reflecte o mundo 
como um edem d'amor e de viitude 

nao trouxesse depois descrér profundo "O im'iQ'i 

quando se rompe desfa¿éndo o enlevo 
(Júe a razao por instantes 'nos illude. 

A vida entao Em fim seja cortada 

esta verva de ideas mal seguras: 

quebram-se os lances, fica a acgáo parada 

destroe— se a mise en scene das figurias ' ■::^.Ulil /, 

quando na parte principal db drama' i 1 , .' 

sfe dériiorá' o autor em conjeturas (1). 

Francisco Gómez de Amorim nació en Avelomar el dia 13 de 
Agostó de 1827. Siendo niño, pidió limosna en los caminos para 
sustentarse y sustentar á su madre. Cuando tuvo fuerzas para le- 
vantar del suelo una azada, le dedicaron á los duros trabajos de la 
agricultura; y asi pasó de mendigo á jornalero. Rendido por el 
trabajo material y ávido de fortuna, emigró al Brasil. Merece ser 
conocida la relación, hecha por él mismo, de sus aventuras, ó me- 
jor dicho de sus desventuras en aquel apartado Imperio. jQué 



e que me culpa Apollo esta demora 
pois tanto ao largo mar ei feiio remo , ; 
de poeta enfermey ja n'alguní hora, 
e aínda hoje os epizodlos temo : 
colhi minimo esta desventura 
curey-me com' Cámoés; eVrfey-me a cura. 

'" '^XPehiotteaoscidá, ttomo III, pág, 313). 
(1) Raimundo Bulhao Pato, escribiente efe él Mltíi^ét^o d« Obras públicas, ha dado 
á luz Poesías. Lisboa, 1850. — Versos.'lAéhoa, , l^2.-^Pótiquita , seis cantos com uma 
carta do Sr. Alexandre Herculano. JÁshóa, '186Q.->-'J>ignessotíse novellas. Lisboa, 1844.— 
Rebello da Silva ha publicado un estudio 'bibliogíáfiep-cijííiíío de Bulhao Pato en la 
Mevista contemporánea, tomo 1,-j^á.gi 5^. ii>K' ^jíT-t'-t t^-t 

TOMO xvr. 13 



194 TOMAS RIBEIRO. 

senda de abrojos ha recorrido para llegar á la modesta posición que 
hoy ocupa en el Ministerio de Marina , como teniente de la Arma- 
dal — «Me vendieron para el Brasil; y esa segunda patria, á la que 
»tanto amo y tanto debo , me vio muchas veces esconder mi des- 
»nudez y mi miseria en sus bosques, y me sustentó con los frutos 
»de sus florestas virgenes. Rasgué muchas veces no solamente los 
»piés, sino el cuerpo todo en los espinos de las llanuras ; he regado 
»con mi sangre sus campos, sus rios y sus lagos, trabajando como 
»los negros en las rocas, remando en las canoas dias y noches en- 
»teros, como los forzados de las antiguas galeras. Mis señores me 
»hacian ya carpintero, ya plantador, ya remero, según las conve- 
»niencias de su servicio ; no me daban siempre de comer, y se son- 
»reian con desdeñosa ironía cuando veian caer la piel de mi cuerpo 
»como sucede á las culebras , porque yo andaba casi siempre sin 
»camisa — por no tenerla — expuesto al sol de los trópicos. » 

Encorvado sobre la abrasada tierra brasileña ha sabido endere- 
zarse y erguirse, á fuerza de inteligencia y de^perseve rancia, hasta 
la intimidad de un hombre eminente, del Vizconde de Almeida 
Garrett. Pobre, humilde y oscuro bracero, ha arribado al alto ho- 
nor, envidiado y no conseguido por otr js que hablan nacido gran- 
des, de recoger como amigo el último suspiro y la postrer sonrisa 
del autor de F, Luis de Sousa! Maravilloso poder del talento! Sólo 
él explica los prodigios líricos y dramáticos de Gomes de Amorim. 
Entre sus poesías marítimas hay algunas de mérito superior, si 
bien se abusa en ellas del tecnicismo de la marina. Son bellísimas 
estas décimas de O deserto: 

Andae caminho de leste: 
vede-corno o sol discorre! 
se vos perdéis para oeste 
e mais um que por la morre. 
A galope como o vento 
quasi como o pensamento, 
vosso ca vallo arrancón! 
os lagos, o monte, a selva, 
os prados de verde relva 
ja tudo ao longe ficou! 

Livre sois em novo mundo 
um mundo de immensidade! 
Neste silencio profundo 
reina eterna a libertade. 
Mas o horisonte nao morre! 



TOMAS RIBEIRO. 195 

mais vosso cavallo corre, 
mais elle foge de vos! 
e na distancia uniforme 
dorme o ceo e a térra dorme, 
devastada, muda, atroz. 

Vendo cansar o cavallo 
cedéis tambem fatigado, 
nao sentís o mesmo abalo 
que vos tinha enthusiasmado; 

queréis voltar Para onde ! 

todo o vestigio se esconde! 
nada vos pode guiar! 
Nem o sol! do dia em meio, 
como vai ou donde veiu, 
ja nao podéis affírmar. 

Silencioso, frió e morto 
o deserto vos suspende: 
vossa vista sem conforto 
debalde ao longe se estende. 
Nem uma nascente pura! 

nem um ramo de verdura 
que vos libre do caler! 

o ar parece uma chamma 
que vossos pulmóes inflamma 
sob um ceo abrasador! 
O cavallo triste, inquieto 

sem alentó, afrouxa os passos: 

do paiz ao nudo aspecto 

como vos mede os espatos. 

Interroga o solo ardente; 

ve com magoa o chao candente, 

queimando a vegetacáo: 

ve so térras calcinadas 

e ñas plantas abrazadas 

refrigerio busca em vao. 
Busca em vao nos horizontes 

os bosques dos cacaveiros, 

o lago, a crista dos montes, 

as urnas dos cajueiros. 

De repente erguendo a crina 

co' a vista mede a campiña 

e parte e corre veloz! 

larga-e a redea ao cavallo! 

nao curéis de gobemal-o 

que save mais do que vos! 



196 TOMAS RIBEIRO. 

Su composición al Minho termina con esta sentida octava , que 

no se desdeñaría ciertamente de firmar ning'un gran poeta: 

, ' í . ' 

Se a fortuna que me odeia tanto, 
abrandar algum día seus rigores,' 
permitindo que eu torne a ver o manto 
com que te vestes de perpetuas flores, 
entao me pagaras o pobre canto • j 
dando-me quando findem minhas dores 
la onde se ouve' a rouxinol e a onda, 
um lengol de verdura que me esconda (1). 

Luis Augusto Palmeirim, empleado en el Ministerio de Obras 
públicas é individuo de la Academia Real de Ciencias , nació en 
Lisboa el 9 de Agosto de 1825. Tenia hace años inmensa popula- 
ridad en Portugal, sin duda porque su musa es esencial y exclusi- 
vamente lusitana. Ha cantado al Tajo y á Camoes; ha cantado las 
glorias y las tradiciones de su patria ; ha cantado esas leyendas 
romancescas que el pueblo refiere al amor deja lumbre en las lar- 
gas noches del invierno. 

Contra la costumbre de sus compatriotas lee á Espronceda, á 
Larra y á Zorrilla; y alguna de sus composiciones, como A cacada 
real, nos hace creer que lee también nuestros antiguos romanceros. 
Ha tomado versos españoles por epígrafes de sus letrillas, y hasta 
ha traducido en verso portugués una poesía de Bermudez de Cas- 
tro, bajo el título de O arave. O sehastianista nos va á dar una 
clara muestra de la especialidad de su talento: 

Que Undas barbas nevadas 
aqueUe belho nao tem ! 
foram nascidas creadas 
como nao pensa ninguem ! 
Corta-las! nao corta o velho 
sáo-lhe as barbas um espelho 



(1) Amorim ha dado á luz las siguientes obras: "Ghigui,i. drama original en cinco 
actos. Lisboa, 1827.— "Versos nt primer tomo nCántos matutinos, ti 1858: segundo tomo 
"Ephemeros.il Lisboa, 1866.— "TJma viagem ao Minho.. i Artículos publicados desde 
1853 á 1856 eu el Panorama. — *^ A. viuda, u comedia en dos actos representada 
en 1852. — 'O casamento e a mortalha.ii comedia proverbio en dos actos, id. en 1853. — 
iiO melodrama dos melodramas, n disparate carnavalesco en cuatro actos, id. en 1857. — 
"A escravatura branea,ii en cinco actos. — "A comedia da vida,ii en cinco actos. — Don 
Sancho II, n en cinco actos y un prólogo. Fué colaborador de los diarios políticos O 
Patriota, á Eege7iera,g^o, y á JReforTna. 



TOMAS RIBEIRO. 

da sua cren^a leal : 
dias e noités á barra 
consulta no- seu Bandarra (1) 
a sorte de Portugal. 

Consulta, tem fe n'aquillo, 
poz no libro o coragao ; - 
interpreta-lhe o siguió, 
lé n'elle sebastiao ! . 
conhece, soletra o dia 
em que a velha monarchia 
do sepulchro surgirá. : . 
E propheta ! ate nos marca 
as horas a que o monarca 
d*alem mundo voltará. 

D'alem mundo? da batalha 
por milagre s'escapou. 
Renegando da mortalha 
da e roa nao renegón 
Ha de vir. Ñas prophecias 
dos modernos Isaias, 
ha urna que diz assim : 
1 1 se conservarem a finco 
i.no anno de umtres e um cinco 
iiespere o povo por mim. '• . , 

Qnem se atreve a 1er as sinas 
d*este meu condao real 
soletre ñas cinco quinas 
os fados de Portugal. 
Traducidiis , couvinadas 
trazem as eras marcadas, 
as eras da redempgao; 
n&G n'as leiam os profanos 
qu'inda tem de passar annos 
antes d'essa traducgao t 

Portugal nunca vencido, 



197 



(1) Bandarra era un zapatero portugués. En nuestra Biblioteca Nacional existe 
una colección manuscrita de sus profecías. Eran tan numerosos los profetas á fines del 
siglo XVI en España, como puede verse en el Tratado de la verdadera y falsa profecía. 
Hecho por D. Juan de Orozco y Covarrabias, Arcediano de Cuellar en la Santa iglesia 
de Segovia. Con privilegio. En Segovia por Juan de la Cuesta, 1588. No debe por lo 
tanto extrañarse que hayan ganado tal popularidad en Portugal las profecías de 
Bandarra. En el Cancioneiro erontanceiro geral portuguez, por Theophilo Braga. 
Porto, 1867, tomo I, pág. 203, hallamos' citadas las siguientes obras de Bandarra: Pa- 
raphrase a concordancia de algumas /pvophecias de Bandarra. Pavia, 1603. — Trováis 
do Bandarra, apuradas eimpressars ¡per. ordem^e.vun. grande senhor de Portugal. Nan 
tes, 1644 ' . . t 



198 TOMAS RIBEIRO. 

antes sempre vencedor; 
pelo meu brazo remido 
cobrará novo vigor. 
Mais vera quem tiver vista, 
seguirem do rey a pista 
estranhos novos pendoes 
das térras d'alem do Ganges, 
avangarem as phalanges 
dos portuguezes leoes ! 

Ai 1 quem me dera no peito 
ter a fe que muitos tem ! 
ás prophecias af f eito 
nao n'as cederá a ninguem ! 
Fora-me o peito sacrario 
onde como em relicario 
guardara fe ao meu rei : 
em propheta me elevara 
como os mais interpretara 
altos segredos da lei. 

Fora-me á ilha encoverta 
iique muita gente ja viu" « 
deijara la por offerta 
o que meu peito sentiu. 
Aos que julgam o rei morto 
dizendo como o la vi; 
d'olhos pregados na barra, 
buscara no meu Bandarra 
a crenga que ja perdi. 

Montado no seu cavallo 
n'um dia de cerragao 
quem quizer pode ir espera-lo 
el-rei don Sevastiáo. 
N'ista térra que e táo minha 
haverá entáo rainha 
governando Portugal ! 
Mas quer Deus que haya en Lisboa 
quem do reino se condoa, 
dándome a voz do Real. 

Se alguem duvida do dia 
aqui Ihe ponho os signaes 
como resa a prophecia 
como ella resa nao mais. 
Como sagrada vedeta 
veras no ceu um cometa 
de grandesa colosal; 
o corpo de um grande santo 
^m térras de Portugal ! 



I ,J>0(l 



TOMAS BIBEIRO. ^^^ 

Andaram todos em guerra 
por essas térras d'alem, 
nem ñas cavanas da serra 
vivirá em paz ninguem. 
Por tres noites e tres dias 
haveráo mil agonías 
que en aquí Ihes nao direi: 
andará tudo de Incto , 
sem os campos darem fructo 
sem nemguem seguir a lei ! 

As arvores pendendo curvas 
seccaráo pela raíz : 
as f ontes correráo turvas .utumq 
como o propheta nos diz : '^ ' 

os peixes fugindo a sorte 
ñas turvas ondas do mar; 
nem o sol sera brilhante 

nem na serra mais distante máofi o o^. 

brilhará luz do luar. 

Mas pasados sete dias 
e sete noites tambem 
la dizem as prophecias 
nao deve temer ninguem. 
Nao deve. Que do nascente 
segundo ere muita gente 
vira vindo a cerraQao: 
e depois d'ella desfeita 
surgirá a velha seita 
d*el rei don Sebastiáo. 

E depois por muitos annos 
vivirá o bom do re! i' "^^ " ' ' 'i' 'J' *'" 

ensinando a nos prophanos^ .uiru,«im,.,r.>f.,R.m n <a«v 

a crermos na"sua lei. 
Tudo entáo sera feste>io 
parece que ja o vejo 
mo90 aínda govemar 
sem d' Alcacer ter saudade 
nem mesmo sequer vontade 
de novo por la voltar. 

Ate la tem muita gente ' *^^ "^"P >> 

de espreitar occasiáo, 
em que volte diligente 
el rei don Sebastiáo 
os signaes ja tem chegado 
em que o mo(,^o desejado 
cumpra a palavra real : 
em que se apresse de novo 



200 T0M4^S RIBEIRO. 



a íestejar»© sfeu povd - 
em térras de Portugal (1) 

José FREtRE de Serpa Pi^.^^tel, Vizconde de Gouvéa y Par del 
reino, nació en Coimbra en ISQ^, .% ha, su,¡)jiesto , ignoramos con 
qué fundamento, que él ha inventado los /Síolaos (2) como Cam- 



(1) Lilis Augusto Palmeii^im*Íiá'piiblicftd« Poesías^ i-Iisboa, 1851. Hay otras dos 
ediciones, una de 1853 y otra de 1859. ^ Divídese- «ste (velúmen en tres libros que se 
titnlaria,sí:l.'^ Poesías lyricas;2.(^'Poesia/8ijp»¥>ulaveiíi i Z.° Recordaqoes da Península. 
Ha dado á luz las siguientes comedias; •^'Qj.^apftteiro d'escada.n en un acto, 1856: 
"Como se sove ao poder^ir en tres-apto^. .Lisboa, J3p6-Trr"A Domadora de feras,it en 
un acto. Lisboa, 1857. — "Doiis casamentes d.c conveniencia,ri en tres actos. Lis- 
boa, 1857. — "A familia do Sr. Capitáo mor,;i cuadros de la vida de provincia. Lis- 
boa, 1854. — "Geórgica, fragmento de iim poema, n Lisboa, 1859. — "Fadario domestico 
de Joáo Grainha. — Joao de Andrade Corvo, ir estudio biográfico. Lisboa, 1860. 

(2) "O solao era um canto de añll)r, de origeln pniramfente provenzal, e tanto que 
iiso o achamos citado por Bemardim Ribeiro e Sa de Miranda, poetas cultos e palacia- 
iinos, em que e mais sensivel a influencia dos ^trovadorea Era pois o solao canto de 
I ¡amor, pelo que vemos dos versos de Bonifacio Calvo, cantando Alfonso X pela pro- 
wXñd^sno Q, Gaia Sóencía. u.t ,l .* , c\,n~ i -, 

Eu quer cab sai chaz e solatz, etc. 

•iDo solao nos fala Bemardim I^ibeiro.-T Valias recolhidas que ellas foram aquella 
iicamara da fresta, onde dormiam e pondosse a ama a pensar á menina, sua criada, 
iicomo sabia, como pesoa agastada de algum novador, se quin tornar as cortegos e co- 
iime<?ou ella entam contra a menina, que estaba pensando , cantar -Ihe um cantar a 
iimaneira de solao que era o que ñas cousas 'tristes se acostumaba n 'estas partes, if 

iiD'aqui procuraron deducir o carácter ^langente .-e rlyrico do solao: affirmava-o o 
Garrett— sem conhecer o seu origea-j'píov«n9aL.Blitteajife Moraes derivavam — o do la- 
\yuxQ. solatíum, consola^áo, allivi». ^, urna, pespa, se, ^eras hipoteses. Na lingua íí'oe 
iisolau quer dizer o sol; e assim conjo,^,ííívaí'<fÉ?« e,SL,. serenada eram caneces que tira- 
iivam a sua denomina<?áo da hora a que eram cantadas, o solao era um canto de amor, 
itsem outra differen^a mais do que ser cantado de dia.--E tal vez a redondilla que da 
lao solao um tanto do carácter narrativo do romance, que se nota do que d'elle affir- 
iima Sa de Miranda: 

Que se os velhos aolaoK íálam verdade 
bem save ella por prova, como amor 
mag-oa, e havera de mim piedade. 

in, . MiUViy rr.!; ;,;<, j^jy^^ 

iiSublinhamos estas palavras, pww •obsigpníairín.^s que nem sempre era o aolao para 
iicanto ainda que Sa de Mirai^da* em 9utfp lugar diga: 

Contando dos stus sollos 

que me fa^am merecer.., 

II A opiniáo de Garrett, a quem um senso esthetico profundo, uma intui^áo viva de 
iitodos os sentimentos fazia tocar a verdade mesmo ñas questoes mais controversas é 
nn'este punto infundada: — "o solao era sempre cantar triste, como indica Bemardim 
iiBibeiro. Narrativo e elle tambem, 'peloque-^tao claro nos diz Sa de Miranda. Mas 
(luma cousa nao exclue a outra. En inclino -me a ver que o sol o e um canto épico or- 
iinado, em que as effusoes lyricas acompanham a narrativa de tristes sucessos, mais 



TOMAS RIBEIRO. 201 

poamor ha inventado las Dolorásl El Sdlao; qué tiene su origen en 
el provenzal, es una leyenda breve, atiíique no tanto como la Do- 
lora, y expresa ordinariamente un • pensamiento triste. Traslada- 
mos aqui O Cid, que es unof'de4'OS'míás''boFtos. 

Está sentado ecb seíi'throno 
o senhor rei de*iieao, 
D. Fernando O poderoso 
o valente capitáo, 
a fazer justiga aos pavos 
c'os maiores dá nagao. 

Porta dentro capada ao cÍMto 
pesado lucto arraigando 
trinta novres escñdeiros 
cavisbaixos vem'emfcrkndo: 
vao-se apoz ellete de damas 
duas alas avistando. 

Eis no cavo k ttrais formosa, 
e tambem a maioral 
exparga a negra 'madeixa 
pelo seio angelical 
estendendo'iá rom d-e nevé 
para a diadema real. 
A dama, — En sou orplia^^eTílior rei 
orphá tua 'e' da rai^áo 
porque de lapada tía' mao 
Ihe guardott meu paea lei; 
que meu pae e mortoy rei 
vos o saveis ¡negra dor! 

E a cavega díic traÉidor 
que sobre'«tie'a'mao'algou 
que no chao morte^^o'deixou... 
essa cavega senhor... 

Donna XirtteAa mecbafeiam 
filha do conde Sousao 
cujas memoriíiá eift váo 
todos presain, todos amam ; 
vinganga as cinzas reolamam; 
ninguem ousa de 'ó^vingar, 
que o matador f oi Vivar 



^ "'.Vará^ch^^ét^'^^oí^^'síJliifeiellfeff do cpie paira os ^contar ptrntopor ponto. r-r"JEmoutro 
i.logar^acréscenla "o «oZaó'e mais "plangente e ly rico /''lamenta mais.do que raconta o 
ttfaeto: tem níenós'Ai'arogb b'mái^ carpir: as vezes como nO üolao da Arma em Bernar- 
iidim Ribeiro uáo há'feenáb'í^^lameilto' deaimai so'pessoa que vtle alludiudo a certos 
iisucessoáj^maá qué oi náó tontAy'' Historia deo poesía poímlar-púrtugueza, por Theois 
philo B!ri^á: Líáboá,'U867Viyá{j. 79. 



202 TOMAS RIBEIRO. 

foi O Cid aventureiro... 
se foras rei justicieiro 
o Cid havias matar. 
Mas es mau rei, meu senhor, 
que apadrinhas um vilháo, 
que nao ques dar-me razao 
a razáo da minlia dor. 
Es mau rei que ao lidador 
que tem pendón e castello 
que tem caldeira e cutello 
deixas impune viver; 
e que a uma fraca mulher 
negas justiga por elle (1). 

El rei.—Dom Rodrigo de Bivar 
esta dama ves aqui, 
filha do conde Sousáo, 
orphao por amor de ti. 
Por Ihe dar satisfaccao 
cedes-lhe um castello?— Nao. 
—Em vin ganga de teu pae, 
mui bom filho e mau vasallo, 
mataste o conde Sousáo: 
a niim cumpre resgata-lo 
e dar a filha razáo: 
das-lhe a tua espada? — Nao. 
— Rei sou, eu fago justiga; 
tu juraste-me o teu preito 
se estender a minba máo 
muito rei me cai subjeito 
quatro villas campeáo 
a Ximena cedes? — Nao. 
— Como monarcha na guerra 
tributarios ja ficeste; 
todos te deráo razáo 
vida a todos concedeste 
e negas satisfacgao 
a táo bella dama?— Nao. 

O Cid. — Rei senhor, nao arreceio 
tua senha e poderio: 
dentro do meu alvedrio 



(1) Encontramos muy naturales estos sentimientos de Jimena, pero difieren bas- 
tante de los que la misma expresa en la crónica e leyenda de las mocedaden de Rodrigo, 
citada por Amador de los Rios en su Hist. crit. de h, lit. esp., tomo III, pág. 89. 
355. — Quand Pvio Ximena Gomes | la mano I' fue a besar : 
Mercet, dixo, sennor \ non lo tengades a mal ; 
Mostrarvos he assoseg-ar Castiella | e a los regnos otro tal : 
Datme a Rodrigo por marido | aquel que mato a mió padre. 



TOMAS RIBEIRO. 203 

SO eu tenho senhorio: 
alguem que o negué, matei-o. 

Rei, cobarde nao sou eu 
que f erisse cual viláo, 
cravei ao conde Sousao 
um punhal no coragáo 
porque traidor me offendeu. 

E que seja rei ou papa 
ou de Roma imperador 
ou de deu mundos aenhor 
saiva eu que o vil traidor 
d'este ferro nao me escapa. 

Filha do conde Sousáo 
nao te dou castello ingente 
nem minha espada valente 
nem uma villa somente 
pois nao te devo ranáo. 

Mas roubei-te a protec9áo 
o carinho do pae teu, 
e dom Rodrigo sou eu; 
por nao ser devedor teu 
de esposo te offerto a.mao. 

E ñas faces da doncella 
despontou meigo rubor... 
el-rei descendo do throno, 
abra90u o campeador : 
dou-te mais oito castellos, 
generoso Mador. ^yy:^^y i^¡'¿\ 

E a mourisma n'esse día 
durante as bodas reaes 
sem temor de dom Rodrigo 
as correrlas f ataes , 
a vez primeira d'um jacto 
dormeu em seus arraiaes (1). 



(1) Serpa Pímentel ha publicado: Solaos. Coimbra, 1839.— Cancioneiro. Coini' 
bra, 1849. — l^radicóes caballeirosas da 7mnha patria. Coimbra, 1860. — A moura de 
Montemar. Novela, 1840. — D.^ Lucinda Moniz, solao en tres partes. 1842. — S. Tiago 
e Belzebuth, solao en seis partes. Lisboa, 1844. — ^s solidoes, poema do baráo de Oro- 
negk, trad. da escolha de poesías alemanas de Huber e algiimas poesías portuguezas 
feítas ao Biisaco en 1835. Coimbra, 1835. — "Dom Sísnando, conde de Coimbra,» dra- 
ma en tres actos. Coimbra, 1838. — "O Almanzor Aben-Afan, ultimo reí do Algarve,f 
drama en tres actos, premiado por el jurado de Oporto. 1840. — "D. Sancho II, m drama 
histórico en prosa. 1846. — "A boda em trages de frasqueira,ii farsa representada en el 
teatro da rúa dos Condes. "A actriz,., drama en tres actos i en prosa, representado eu 
el mismo teatro. "Uma judia na corte d'el rei D. Joa-o III, n drama en cinco actos y 
nueve cuadros. 1845. — "^ inorte da Infanta i).* María Telles, episodio. Coimbra, 
1841. — O infangcio das trovas : fragmentos de uma historia.. Coimbra, 1843, ■ 



204 TOMAS RIBRIRO. 

Teófilo Braga es un escritor, de vasta y profunda erudición, 
de excesiva erudición, porque en ocasiones aglomera de tal modo 
las citas y se remonta tanto en el estilo, que apenas puede se- 
guirle el lector. Si moderase sus altas y trascendentales aspiracio- 
nes filosóficas, y se expresase en )enguaje más llano é inteligible, 
gozaría mayor crédito. Oigamos estos versos suyos á Grecia: 

Oh Helade ! irmam gemea da harmonia, 
lindo sonho d'amor Virginio seio , 
alva concha do mar, densa engranada 
tens por nymphaa as cicladas dispersas 
e ten dosel esplendido um ceo puro 
quando te ergues risonha ^ deslumbrante 
do azul da vaga ionía ! 

,0h musa antiga, 
sao teus soltos cabellos ñuctuando , 
sonoras cordas de maviosa lyra ; 
tua fama um gemido d'harpa eolia, 
tua alma e o riso , a j.nf ancia Anacrepnte 
o beijo da poesia. Es áureo cinto 
que em mimoso tropel confunde as fragas ! 

Oh lyrio sobre a lapide nascido 
dos seculos pretéritos floresce, 
abre o cálice as lagrimas da aurora, 
deixa aspirar-te o matinal efluvio ; 
Grecia, lirio singelo , inmarcesivel ! 

En otro de sus volúmenes leemos estos endecasílabos 

A longingua soidáo d'ignotas plagas 
aonde a testemunha dá escriptura, 
em meio d^atras pontéagudás fragas 
dorme ha longa paz dá sepultura , 
ao pió d'aves neígras aziagás' 
que ali revoam pela noite escura , 
chega a campa o leáo robusto e velho, 
a dura garra asenta no evangelho: 
ára^áde Enobarbo em Gandió estua, 
ebria ao som de improperios friáis devassos! 
So a proterva paz coni que reflua 
jresto da vida para os inembros lassos ! 
ella oculta essa ulcera atroz, nua 
nos retalhos da purpura , pedagos 
arrancados da purpura do Christo. 

Sentiu se entáo na funda sepultura 
um ruido, como o d'ardida phalange! 
\* íjue viu sahir da horribil espesura 



i 



TOMAS RIBEIBO. 205 

máo ignota brandíndo ígneo alpliange ! 
nao' altera o vidente a impia loucura 
de Roma ; mas a ossada fria range 
ao pensar que esse vervo que elle adora 
Mollock um dia os filhos seus devora (1). 

Todavía existen otros müclíds poetas portug-ueses, entre los que 
lecordamos á Simoes Dias, sencillo, no siempre correcto y un tanto 
ribre en sus cuentos satíricos (2): á x\ugusto Lima, en cuyos can- 



il) Teófilo Braga ha publicado: vis o dos térrípos: antigüedade homérica : harpa de 
Israel : Rosa mística. Porto, 1864. — Tempestades sonoras : segunda parte da vis < o dos 
tempos. Porto, 1864. — Poesia do direito (en prosa). 1865. — Histoiña do direito portu- 
guez: os foraes. Coimbra, 1868. — Theses sobre os diversos ramos do direito, as quaes na 
universidade de Coimbra em 1868 defenderá Joaquin Theophilo Braga. Coimbra, 1868. 
Coritos phantasticos (prosa). Lisboa, 1865. — Oancioneiro e romanceiro geral portuguez. 
Coimbra, 1867. — Folhas verdes. Versos dos quinzeamios,^egmiáa,edac\on. Porto, 1869. 
En este libro de poesias hay cierta tristeza afectada , tristeza que el mismo autor 
confiesa en la composición e t-fiste a minha musa : 

é triste a minha musa 
como o correr da fonte 
como o gemer do mar ! 
triste como o horisonte 
como a visito confusa 
das noites de luar. 

Pero en cambio, hay sencillez y naturalidad en la forma. ¡ Qué fluidez en la bar- 
carola ! 

Minha barca porñosa 
sobre as ondas voluptuosa 

ai, sempre a sos, 
corre ñas azas do vento 
como corre o pensaraento 
mais veloz. 

(2) J. Simoes Dias, nació en 1841. Publicó O mujido interior, poesia líríba. Segun- 
da edición. Coimbra, 1867. — Goroa de amores, un volumen. — As peninsulares, can- 
eóos meridionaes. Elvas. 1870. — Una de las mejores poesias de as pennsulaires es a 
Barcarola. 

Meu amor e marinheiro; 
anda ñas ag-uas do mar 
quando elle a térra voltar 

ai, que prazer! 
Meu amor que anda no mar 
quem mo dera agora ver! 

Eu venho todas as tardes 
sentar-me a beira do mar 
constantemente a pensar 

que o vejo vir ; 
ai ! nevoas que andam no mar. 



206 TOMAS RÍBEIRO. 

tos hay cierta melancolía monótona (1): á Pinto Ribeiro, versifi- 
cador eleg-ante (2): á Alejandro José da Silva Braga, uno de los 
más ingeniosos discípulos de la escuela romántica (3): á Faustino 
Novaes, rimador satírico de claro talento y escasa instrucción (4): 



nao m'odeixam descobrir. 

Assoma ao long-e urna vela 
quera vira no alto mar ? 
Remos traz, vem á remar, 

¡ barca táo linda ! 
ai ! barca, fazes-te ao mar ; 
meu amor nao es ainda. 

Gaivotas que estaes pousando 
Das rivas da praia-mar 
dizei-rae se ha de voltar 

quem tanto adoro 
Ah ! se o virdes no alto mar 
dizel-lhe se en canto ou choro, 

Dizei-lhe que o seu amante 
com os olhos fitos no mar 
passa os días a chorar: 

erma e sosinha. * 

Dizei-lhe que junto ao mar 
sua triste amante definha. 
Mas alem cometa ag^ora 
perdido no azul do mar 
um pouto branco a alvejar,., 

¡ ai como o anhelo ! 
la vem, la vem no alto mar ; 
gra9as, meus Deus, torno a vel-o! 

Publicó además Simoes Días A liontia de oiro, poema heroi-cómico. El vas, 1869. — 
El diálogo del canto III entre Paulino y el canónigo D. Mateo, no se distingue cierta- 
mente por su austeridad. 

(1) Augusto José González Lima, nació en Odivelas en 21 de Diciembre de 1823. 
Publicó Murmurios, 1851. Estas poesías fueron muy elogiadas por Lopes de Mendon- 
9a, pág. 242. 

(2) Joaquim Pinto Ribeiro , nació en Oporto el 16 de Mayo de 1830. Vivió largo 
tiempo en Rio Janeiro. Dio a luz Lagrimas e flores. Porto , 1854. Hay otra edición 
posterior. O veterano e meíidigo , publicado en Lysia poética, magnifica colección im- 
presa en Rio Janeiro por Manuel da Silva Mello Guimaráes. — Loroas fluctvxintes. Lis- 
boa, 1854. — Este tomo de poesias ha merecido grandes encomios de Camilo Castello 
Branco en Prosistas e prosadores. Cartas a Ernesto Biester, 1864. 

(3) Alejandro José da Silva Braga, nació en Oporto en 14 de Marzo de 1829. Es- 
cribió Vozes da alma, Hay dos ediciones de este libro, ambas de Oporto, una de 1849 
y otra en 1857. 

(4) Faustino Javier de Novaes, platero, nació en Oporto en 1822. No ganando lo 
bastante en su oficio, emigró al Brasü en 1858. Publicó Poesias. Porto, 1856. Además 
dio á luz el mismo añO; y también en Oporto, con Antonio Pinheiro Caldas, O Bardo, 
diario de poesías inéditas. 



TOMAS RIBEIRO. 207 

á Luso da Silva, mediano poeta bucólico (1), y á otros que nom- 
braremos sin comentarios: Fonseca Naves (2),Pompilio Pompeu (3), 
Augusto E. Zuluar (4), Juan Bernardo da Rocha Loureiro (5), Car- 
doso de Menezes (6), Pinheiro Caldas (7), Silva Ferraz (8), Pereira 



(1) Augusto Luso da Silva, profesor de historia y geografía, nació en Oporto en 22 
de Febrero de 1827. Publicó Rimas. Porto, 1852. 

(2) Antonio Pinto de Fonseca Neves, nació en Oporto en 1784 , y murió en 183G. 
Publicó Obras poéticas. Lisboa. 1822. — Dialogo entre doíis corcundas. Bibeiro no seu 
Casal, e Casal no seu Ribeiro. Lisboa. \2Ql.—Resposta ao manifestó que o peccador 
convertido José Agostinho de Macedo fezanaq o portugueza. Lisboa, 1824. — Sunu 
no padre J. A. de Macedo e no seu apologista C. S. D. F. Lisboa, 1822. — O santifo 
xoé. Lisboa, 1835. 

(3) Arsenio Pompilio Pompeu de Carpo, nació en Funchal en la isla de la Madera, 
en 20 de Diciembre de 1792. Escribió Dedo de Pigtneu, colección de poesías. Lisboa, 
lSí)S.—Ao tribunal da opiniao publica. Lisboa, 1846. — Exposic o das circunstancias 
que acompanharan a viuda a Portugal de Arsenio P. P. de C. e sua prisáo e processo 
em Lisboa. Lisboa, 1846. Resposta as duas j)alabras por despedida do Sr. Joao Maria 
Ferreira do Amaral á A. P. P. Lisboa, 1846. —Contra él se ha publicado el libelo Bio- 
grafía ou vida publica de A. P. P.Rio Janeiro, 1846. 

(4) Augusto E. Zuluar, nació en Lisboa en 1825. Escribió Poesías. Lisboa ,1846. — 
Doves ejlores, poesías. Rio Janeiro, 1851. 

(5) Juan Bernardo da Rocha Loureiro, nació en Guarda en 1778. Publicó con Pato 
Moniz en 1809 el periódico i)olítico Correio da. península ou novo telegrapho. Emigró 
en 1812 á Inglaterra, donde fué colaborador hasta 1821 del diario O espelho. En 1822 
fué nombrado Cronista mayor del reino y agregado á la legación portuguesa de Ma- 
drid y elegido Diputado á Cortes. Emigrado por segunda vez, permaneció en Ingla- 
terra hasta 1835, en que fué investido de nuevo con el cargo de Diputado. Murió en 
Lisboa en 1835, y sin la caridad de algunos amigos hubiera concluido sus dias en un 
hospital. Agustín de Macedo , su implacable enemigo , hizo de él su protagonista en 
sn poema Os burros. Escribió " Refuta^áo analytíca do folheto que escreven o R. P. 
J. A. de Macedo e intítulou Os sebastianistas. " Lisboa, 1810.— "Exame critico do 
novo poema épico intitulado "O Gama.fi Lisboa, 1812. — "Justa impugna^áo do celebre 
syUogismo, que apoiou o libro intitulado Os sebastianistas." Lisboa 1810. — " O por- 
tuguez ou Mercurio commercial e lítterario, " Londres 1814 á 1821. — "Exame 
critico do parecer que deu a commisáo especial das cortes sobre os negocios do Brazil. " 
Lisboa 1822. -~ " Apostillas a enormísima senten^a comdennatoria, que sobre o 
supposto crime de rebeliáo, sedicáo e motín foí proferida em Lisboa aos 26 de Febreiro 
de 1829 e ahí executada em 6 de Mar^o seguinte.n Londres, 1829. — " Ode pyndarica 
ao nobre feito dos leaes portuguezes ñas praias da ilha Terceira aos 11 de Agosto de 
1829." Lisboa, 1852. — Letter to the editor of the Globe. Londres, 1829. — Apología do 
chronista do reino Joao Bernardo da Rocha. n Coimbra, 1838. — "O portuguez em Ca- 
dix.i. Cádiz, 1842.— "Revista de Portugal. m 1851.— "Amostras poéticas. n 1852. 

(6) José Cardoso de Menezes e Sonsa, nació en Sanctos en 1829. Jgscribió "Harpa 
gemedora,n poesía. Lisboa, 1849. 

(7) Antonio Pinheiro Caldas , nació en Oporto en 12 de Noviembre de 1824. Pu- 
blicó "Poesías. II Porto 1854, un tomo con el retrato del autoro 

(8) Joaquín Simoes dá, Silva Ferraz profesor en el liceo de Lisboa, naéió en Opor- 
to en 1834. Escribió "Harmonías da natureza.n Porto, 1852.— "Cantos e lamentos,» 
poesías. Porto, 1856. —"Varias poesías i. originales y traducidas , publicadas en el 



208 TOMAS. RIBEIBO. 

de,Chavy,(l), Martins de Gouvea¡(2}, Saiita,AAíia de ,Va^cpnj9e-^ 
líos (3), ,Lara de Carvalho (4). Correa, .d,e, Ahpi^,{b)j Oliveir^, Gi^-^ 
maraes <(6)j Ramos. Goelho (7), Saraiva 4ai, Silva (8) , Justino Pi- 
res!(9), Pepeirade> Carvalho (10), Saus?i,de IVtacedo, (IIJ, 

Archivo. -En el mismo periódico insertó "instrugáo publica. -Tentativa philosophica. - 
O «oleotismp e a.pliilosopljia allemá i o en^ijap d^s lingug,^. n ^^ t^aducid^ " o verme 
roedor das sociedades ou o paganismo níi^e,duc^9,M j\oi^ F, GaiJjín,e. P^rtp, 185§^ 
. (1).; Claudio Bernardo Per^i^a de Gbavy, c^^i^n d^ , ca^q,dpres , nació en Lisboa 
en 1818, Bubljcó: "M?igoas evJfl^ores," pqr C. Chaves^e Jj)ao Antonio de Sonsa. 185p7— 
"SoXleQs! posmeto, a,9 jquadvp original da noMB^m^^denom^nafao do Sr. Francisco Au- 
gusta Metraa.it 18^, —"Alí^j^^ia^ i^m^r ou l^vfp^dps quarji^^ia para l^.^n Lisboa, 
1857*r^ara 18594 Liabo^ , 1858, —Hay dos, tríij^iicpiprje^ , s^uy;?is^ (|el castellano : urna 
tarde em Magdalum : lenda Christa.ii Lisboa, 1854. — y "Do Porto a Lisboa. í'ragnien- 
toa4ewna,viag€W de-HespanhaaiPQijtugalfii lyis,\qa, l^g6,.— En lo^ t^ti-os de'tisboa 
s^^baíí, representado ,a,lgunoa drap^^tfaiJucidí^s poj|;;el^igis^^ 

lU^)' ^mXi.GÍBC.0 M;artina dp Goiiv;^ HpXWs ^W^Ut(^ wki^¡^9ñ\W/^%^^ ^¿^® 
MaiPWrde 1^3.. Publicó: Popsm. Porto, 1850, ' '^ 

(3)/ J^ntQ- Aiigusl}0 dg Santa AJXfl?^ e Vasqo^^cello^^ ^^£^ % ^* ^\^j ^f ^ Madera. 
Ha sido Dipu.tado en diferentes legislatura^. Publfcó i^n tomo ge poesias'titúlado -ríT- 
tríaeamor. Lisboa, 1852. — O gritp,(¡^ p^g^z, J^is\>(¿^, 185^.— C^f,¿g¿»«;^a7W, novela ira - 
dufikU del francés. Rio Japeirp, 184$^ 

(4) Juan Carlos Lara de Carvalho nació en. Lisboa ep 1.° de Octubre de 1792. Sir- 
vio como voluntario en la guerra de 1^ ]^ej?end,9;^jci^. I^J^ó á ^^quiríjp una fortuna 
mediana como abogado; perp ^a^ p^^r^ecuciot\(^s pp^ític^s lo arruinaron. Murió pobre y 
ci^go en 3 de Abril 4e 1850. Pubjicó "Veirsps e§9rip^03 na \pT^e de ^an Juliao cía Ba- 
rra eíik 1831 y 4832. lósboa, 1840. Pay otrj^ edición de ^^1. — '[i^riadné e "íliéseos.'* 
Lisboa, 18g2,-TT"Traduc9ao verso. ^ versp d^ ^legia 4.* do l^yro ^.° dos Anaores de 
Ovidjp,'> Es(?ribíi,ó en 1836 erj el Dk^rio do Gobernó. 

(5) J\\^n Cpr;-e^ Manuel de Aboin publicó" De v|p.eips poéticos. '^ Lisboa, 1842. — "O 
livro (Ja. wiflJis- ^m^." Ppe^fas. jElio J^í^ei|-,9, jL^....— "A^rc^e entrea' murta,"' come- 
dia, Lisbp?^, IB58. Fué red^ct,gf (^1 Fenfire^j-o^, ^l ^qr^i^^w^ y del Semanario aere- 
creio, etP' 

(6) Ja^9 Fr^qi^csp dg P^iveira í^xújfisff^s iji}]t>^có ;iP<;Jlle99ap (^e ^ogskis lyricas e 
heroicas." I(isbQ^, 1851. 

(7) José llamos ÍÜoelho nacj^ en 1834. PuJ^ligó í'Pi^jj.^<jig p9^^J}ipos. |; 1807.— ','Jeru- 
saleiti liberiíi,dft," traducción del Taso. 

(i8) Leopoldo .Francisco ^Saraiva da Suya ,Caldeira nació en 1832. Publicó "üma 
cordA da lyíra." Poesí^. List^ga, JL^^. — "Urna para tres.;' !Fa^sa en un acto. Lis- 
boa,, 1854. 

(9) ManuelJuiRtiíjp Pires ,n^ci<^ , en ,^Yas ^n 12 ^^ Octubre de 1813. Escribió "A 
morte, poema pl^ristiao e philpsophipo. " .Cpimbra, 18§6. — "CoUec^áo de poesias. Lis- 
boa, 1857. — "Golleccáo ,4e,cepi charadas.," Ji^sboa, J.^^^.— -"Compendio de gramática 
portuguesa, .expositíi.,/em ^y^^sp Jpara sp ^PQorar ,co;;a p;\ai^ ^J^apijidade.^' Xisboa, 1856.— 
"JRsinGipios de moral coordenados pay^ ]ii.§p c^ps seus {Ü8q^pi:ilos."^adajoz, Í8^.— "Tíu- 

dimentos da leitura portugueza. Lisboa, 18 — "F9g:|iul^i¿p^iitnnietico."— ''Epitome 

<3rt.<>g?pftphico. /'.TTT.» 'Entretenijpientp tjjey ptp J ' (y pjj^bra. 

(10) Valentín Pereira de Qar,Y^i|?,o, G^u^fliaraps nació ^^n ^prto en 12 de Mayo 
de 1820. iP^ublipó "Álbum ppeticp./'^jp.^an^iro, J^.— '(]R;0^^ceiro^ (to- 
moiJ) iúíiieo. iEiaJABeito, ,18^. 

uiW/ rÁax^io^áa.aQQS^ eySQttsa,4e^Ma,cQdo,,ex-I)>ip.utado, i^ació en Lisboa en 4 de 



TOMAS RÍBEIRO. 209 

Pero el que goza de más alto crédito, y el más popular entre 
todos, es Tomás Ribeiro. Antes de marchar á [la India, donde de- 
sempeña hace pocos meses un elevado cargo oficial, era diariamen- 
te solicitado para concurrir á los circuios más escogidos de Lisboa, 
que deseaban admirarle de cerca y aplaudirle. Los aficionados re- 
citan de memoria sus cadenciosos versos. Las ediciones de sus obras 
se agotan una tras otra con celeridad inverosímil. 

Tomás Ribeiro nació el 1." de Agosto de 1831. Siguió la carrera 
de jurisprudencia, como otros muchos poetas lusitanos, como Gil 
Vicente y Francisco Sa de Miranda, en el siglo XVI, y como An- 
tonio Sousa de Macedo, Gabriel Per eirá de Castro, Gregorio de 
Mattos Guerra, Manuel Mendes de Barbuda, Antonio Barbosa Ba- 
celar, Duarte Ribeiro de Macedo, Andrés da Silva Mascar enhas y 
Antonio Villasboas, en el siglo XVII. Si hemos de creer lo que 
Silva Gayo (1) nos cuenta en el prólogo de su drama D. Fr. Cae- 
taño Brandao, los recursos metálicos de Ribeiro eran asaz escasos 
cuando ambos frecuentaban las auks de Vizeu. 

Castizo como Filinto, pero más original (2); vigoroso como el 

Noviembre de 1824, Escribió "Asminhas saudades." Coimbra, 1844. — "Moliere, "dra- 
ma original en cinco actos. Lisboa, 1857. — "Adolpho e Virginia ou a festa pastoril." 
Lisboa, 1842. — "Estatistica do distrito administrativo de Leiria." Leiria, 1855. Fué 
fundador del periódico O Leirense. 

(1) Silva Gayo, cuya biografía bemos publicado en uno de los anteriores capítulos, 
acaba de fallecer en Coimbra. Agosto de 1870. 

(2) En la página 110 hemos copiado como original de Filinto el siguiente epigrama: 

Quando o cantor da Thracia, o Orpheo divino, 
as pousadas deseco do reino escuro, 
Plutáo por llie punir o desatino 
Ihe entreg-ou a mulher. 
Depois por um decreto mais maduro 
quiz-lhe honrar o talento melodioso 
que Ihe encheu os ouvidos de ampio g-oso, 
e tirou-lhe a mulher, 

JEste epigrama es un plagio casi literal del romance de Quevedo, que tomamos del 
Tesoro de los romanceros y cancioneros españoles, por D. Eugenio de Ochoa, pág. 449. 

Al infierno el Iracio Orfeo 
su mujer bajó á buscar, 
que no pudo á peor lugar 
llevarle su mal deseo. 

Cantó, y al mayor tormento 
puso suspensión y espanto, 
más que lo dulce del cauto, 
la novedad del intento. 
íüMí) XVI. 14 



210 TOMAS RIBEIRO. 

Padre Macedo, pero menos fecundo y menos erudito ; lírico como 
Garrett, pero más modesto; eco vigoroso de antiguas glorias, como 
Mendes Leal, pero de talento menos flexible, reúne la pureza de 
la frase y la corrección del lenguaje á la sencilla naturalidad de 
]as imágenes y á la llaneza del estilo Dos son las únicas fuentes 
de su inspiración: la humanidad y la patria. Dos son los sagrados 
objetos á que rinde culto: la caridad y la independencia. Si nos 
exigiesen que describiéramos su musa icnológicamente, la com- 
pararíamos á una zagala candida y pudorosa, ingenua en sus co- 
loquios, y más ataviada con las dotes de su natural hermosura que 
con el artificio de extrañas galas. 

Difícil es para nosotros dibujar la semblanza de este literato, y 
no, ciertamente, porque le desconozcamos, sino, al contrario, por 
las afectuosas relaciones que con él nos unen. Juntos hemos vivi- 
do en Lisboa durante los largos meses de nuestra última emigra- 
ción; y deseando evitar que se repute lisonja lo que es elogio me- 
recido , recelamos que el afán de aparecer imparciales nos haga 
ser injustos. 

Para salvar estos inconvenientes, nos limitaremos á copiar lo 
que acerca de él ha escrito en su estilo siempre galano y pintores- 
co el respetable Antonio Feliciano de Castelho. Dice asi: 

«Tomás Antonio Ribeiro Ferreira es un varón hecho ya en jui- 
»cio y en madurez. Abrió los ojos en la desahogada medianía que 
»Horacio llamó áurea: 

tutus caret obsoleti 

sordihus tecti, caret invidencia 
sohrius aula. 

»Hallóse al nacer heredero de honrada fama, acumulada de padres 
»á hijos, y mantenida como tesoro: generación limpia, sana y digna 
»de que se pongan en ella los ojos, como se diria en la buena habla 
»de nuestra tierra; apuntándose ya en la parentela algunos talentos 
«poéticos de más ó menos brillo En su aldea natal de Parada 



El dios astuto ofendido, 
con un extraño rigor 
la pena que halló mayor 
fué volverle á hacer marido. 

Y aunque su mujer le dio 
por pena de su pecado, 
en premio de lo cantado 
perderla facilitó. 



TOMAS IIIBEIRO. 211 

»de Gonta, en las frescas márgenes del Pavía, pasaron sus prime- 
>/ros años Tomás y su hermano Enrique, hoy abad y también poe- 
»ta. Están los campos del Pavia entre el ameno valle de Besteiros, 
»al pié del Caramulo y la majestuosa sierra de la Estrella, distan- 
»te apenas cinco leg'uas. Región más deliciosamente campestre no 
»la posee Portugal; y si á la hermosura se quiere unir la nobleza, 
»ni aun ese brillante accidente le falta. Del monte Herminio fué 
»aquel Viriato, que al frente de sus pastores escarmentó la omni- 
»potencia romana. El real de ese Annibal rústico, aún sirve hoy 
»dia de blasón á Vizeu, manteniendo el nombre de Oava de Vi- 
y>Hato. De Vizeu, sino fué del rio de Loba en su vecindad, salió el 
»pintor Gran Vasco, y de Avó, en las riberas del Alba, el poeta 
»Blas García de Mascare nhas, cantor del mismo Viriato. 

»Terminados en Vizeu, con gran crédito para sus maestros, los 
»estudios de las humanidades, pasó á Coimbra á cultivar la juris- 
»prudencia. El más constante companero de Tomás fué ya, desde 
»la escuela de latin en Vizeu, nuestro Virgilio. Con Virgilio ador- 
»mecia y amanecia; con Virgilio rusticaba^ con Virgilio iba á pes- 
»car en el Pavia y á cazar en los bosques: 

Flumina amem^ silvasque inglorias 

»Con el tiempo vinieron otros á visitarle más ó menos asiduamente 
»en su ermita virgiliana. Caíale en gracia Camoes por dos prendas 
»ó dotes : quería mucho , quería tanto como él á Portugal ; y ha- 
»blaba en Portugués de ley como todavía se usa hoy en las aldeas 
»de la Beira. El habla castellana es medio portuguesa cuando 
»ménos: Camoes y otros poetas de su tiempo la cultivaron tanto á 
»la par de la lengua patria, que hasta en ella fueron clásicos. Con 
»la lectura del castellano, si hoy dia la frecuentásemos como cum- 
»plia, muy fácil y muy agradablemente podríamos volver á nues- 
»tro hablar castizo que se va perdiendo Bajo la influencia de las 
»musas castellanas, compuso nuestro poeta un drama titulado 

»J mae do engeitado Los negocios de la república no siempre 

x>matan el estro, aunque sea esa la regla infelizmente. Véase á 
»Soares de Passos, que enterró la musa bajo los autos forenses, y 
»murió: véase á Alejandro Braga, que está mudo: á Juan de Le- 
»mos, á Pereira da Cunha, á Palmeirim; en fin, á tantos y tantos 
»que están mudos. Tomás Ribeiro fué administrador de Concejo, 
»fué Abogado, es Diputado, y poeta siempre. Este poeta, que por 



2l2 Tomas ribeiro. 

»sus maneras corteses y sin artificio no desentonaria en la sociedad 
»literaria de Luis el Grande de Francia: este poeta, que la natura- 
»leza y la suerte han dotado de todo lo necesario para serlo, ha 
»recihido además un don de presencia y una suavidad de voz tan 
»insinuante, que la buena poesia por él recitada adquiere nuevo 
»lustre.» (1) 

Sin poner nada de nuestra parte podemos añadir á estos datos 
biográficos el retrato moral de Ribeiro, hecho por él mismo, que 
nos le presenta bajo todas sus fases, como relig-ioso, como juris- 
consulto, como filósofo y como político. Hé aquí su profesión de fé. 

«Soy cristiano, soy abogado, y dicen que soy poeta. Como cris- 
»tiano, creo en Dios, en las tradiciones, en los preceptos y en la 
»poesía del Nuevo y Viejo Testamento : venero los cánones de la 
»Ig'lesia , y respeto la intención de todos los moralistas y Santos 
»Padres. Como jurisconsulto, creo en la justicia, de que soy sacer- 
»dote humildísimo , reverencio las leyes civiles y me sujeto á las 
»penales. Como poeta, desprecio ó deploro todos los absurdos dog- 
»matizados en los libros de moral y en los éódigos ; y deserté del 
»foro. Reclamo todas las franquicias que me son concedidas en la 
»carta constitucional otorgada por Horacio, y no concedo á nadie 
»el derecho de disputármelas ó cercenármelas. Ahí tenéis mi pro- 
»fesion de fé. Leed ahora esos fragmentos sueltos, extractados del 
^código íntimo de mis doctrinas. — Las virtudes sociales, son actos 
»conformes á la ley: los vicios se llaman crímenes. — La fortuna, 
»es casi siempre hija de circunstancias accidentales. — De un héroe 
»á un bandido, apenas hay más distinción que la de la fortuna. 
» — Todo lo que en el hombre es natural, debe ser legítimo. — Con- 
»denar al hombre por un sentimiento y al ciudadano por un acto 
»natural, es condenar á Dios.— La sociedad es la balanza en que 
»se mantienen en equilibrio los fuertes y los débiles. — El derecho 
»es el fiel de la balanza. — Las leyes son los pesos y los contrape- 
»sos : remedios para el doliente , amparos para el débil , respetos 
»para el fuerte, óbolos para el necesitado. Sólo tiene derechos el 
»ente que tiene necesidades, sea racional ó irracional. — El salvaje 
»defendiendo su vida contra las fieras, usa del mismo derecho que 
»la leona defendiendo sus hijos contra el hombre. — Así como la 
»fiebre es síntoma de dolor en las facultades físicas, el crimen es 



(7) Oonversa^ao preamhular, por A. Feliciano del Castillio. Prólogo al D. Jaime, 



TOMAS RIBEIRO 213 

»síntoma de dolor en las facultades morales. — El código penal debe 
»trasformarse en farmacopea, y el calabozo en hospital. El presidio 
»de hoy es la universidad del crimen, en vez de serlo de la virtud. 
»La ley criminal en vez de ser el compendio de la higiene moral, 
»es, bajo mejores formas, la consagración de la antigua vin- 
»dicta social — Cuando la sociedad se pone fuera de la justicia, en 
»nombre de la conveniencia ó de la ley, el perseguido tiene el de- 
wrecho y el deber de salir de la ley, en nombre de la justicia, rei- 
»vindicando de la caja social todos sus derechos de salvaje. — Ahi 
»me tenéis revolucionario y utopista. Me presento tal cual soy. 
» — Nuestras leyes en su mayor parte, me parecen insuficientes y 
»absurdas: el Código penal, sobre todo, me parece el primer crimi- 
»nal del Estado. — Nuestra organización política, que pasa por una 
»de las mejores de Europa, descansa exclusivamente sobre fórmu- 
»las: fórmulas que ni siquiera se cumplen. Dicen que es transito- 
»rio este estado: Dios le acorte la jornada. Podrán decir que tengo 
»una moral depravada y que profeso funestos principios de política 
»y de derecho : digan lo que quieran. Llegué á la edad en que 
»pueden y deben tenerse convicciones, y estoy emancipado. » 

Ya conocen nuestros lectores á Tomás Ribeiro como revolucio- 
nario y socialista. Considerémosle ahora como poeta. 

Las composiciones con que ha inaugurado su vida pública hace 
dieciseis años , están coleccionadas en un volumen titulado sons 
que passam. En ellas se descubre un fondo de bondad y un senti- 
miento de dulzura, que contrastan con la exaltación de su radica- 
lismo político. Ribeiro tiene siempre apoyo para el débil y lágri- 
mas para el desgraciado : propende constantemente á celebrar todo 
acto de caridad, todo rasgo de abnegación. El marinero oscuro que 
salva la vida de un náufrago con riesgo de la suya : el prelado que 
se despoja de diamantes para socorrer á los pobres, esos son los 
purísimos manantiales de su inspiración. 

Como versificador, no reconoce más regia que la onomatopeya; 
pero hay ocasiones en que la medida de sus versos, variada y ca- 
prichosa, no obedece á ninguna razón de armonía imitativa. Cita- 
remos como ejemplo el canto VIII de Don Jaime, copiando única- 
mente para que sirva de muestra, la primera mitad de cada es- 
trofa. 

Dentro no centro escuro, na habita^ao do vicio, 

a noite inda mais negra que aa nuvens da tormenta k. 



214 TOMAS RlBtílRO. 

Era a suprema orgia em sua imagem sórdida 
a fuma arremedando ó templo das bacchantes &. 
Que sonhos, que a mente sonhara táo placidos, 
que risos táo cheios d'amor e ternura &. 
E que amores encontra no prostibulo 
o peito juvenil d'amor sedento &. 
E que rosas postilas! e que ancias 
de carinhos que escondem hocejos &. 
A vida e o mar: luzes fosfóricas 
a tona d'agua: mil bandeiras &. 
Ai! que profundos misterios 
envolvem a negra vida &. 
Quem save que martirios 
o rosto mais sereno &. 
Quem julga os indómitos 
motejos da sorte &. 
Ao nauta placido 
pode um momento &. 
Almas impias 
risos tredos! &. 
Os reprobos 
do inferno &. 
Mártires 
taes 
sao. 

En el canto III de la Delfina do nal hay otra pirámide de ver- 
sos, cuyo vértice está en sentido opuesto. 

Morta ! 

De repente 

um grao clamor ! 
tumulto recrescente ! 
brada a voz do gef e em grita ! 
erguem-se os perros das davinas ! 
e eu sosinha a tremer ! a tremer ! 
a procurar meu filho e sem o ver 
e um brado horrendo, atroz, vein gelar-me toda ! 

Aquí se ha atendido solamente á colocar las lineas de mayor á 
menor, y de menor á mayor, formando figuras geométricas, como 
hacian en tiempos antiguos los editores de mal gusto con los títu- 
los muy largos en las portadas de los libros. Estos esfuerzos esté- 
riles nos traen á la memoria la época de los acrósticos y la escen- 
tricidad de José Joaquín Bórdalo, que tuvo la paciencia de escribir 



TOMAS RlBEÍRO. 215 

cinco novelas, omitiendo una vocal en cada una de ellas (1), á se- 
mejanza de Triphiodoro, poeta griego que compuso un poema so- 
bre la destrucción de Troya, en veinticuatro cantos, suprimiendo 
una letra del alfabeto en cada uno . 

Tomás Ribeiro sobresale entre todos los versificadores contem- 
poráneos por su talento descriptivo. No conocemos nada tan bello 
en ese género como las primeras estrofas de A judia: 

Corría branda a noite : o Tejo era sereno, 
a riva silenciosa, a viragao subtil ; 
a lua, em pleno azul, erguía o rosto ameno ; 
no ceo inteira a paz, na térra pleno abril. 

Tardo rumor longinquo; airoso barco ao largo 
bordava áureo listrao do Tejo ao manto azul; 
cedia a natureza ao celestial lethargo; 
traziam meigos sons as viragoes do sul. 

O noites de Lisboa! o noites de poesía ! 
auras chelas de aroma! esplendido luar! 
vastos jardins em flor! suavissima harmonía! 
transparente, profundo, ínfindo o ceo e o mar!.... 

Se a triste da judia ousse ter desejo 
de patria sobre a térra, aquí prendera o seu; 
um bosque sobre a praía, um barco sobre o Tejo, 
e eleito da minha alma um coragao so meu. 

¡Qué ternura en el siguiente pasaje de la misma poesía ! 

Cresci : meu pae imia noite 
disse-me— "E ja tempo agora 
"ergue-te ao romper da aurora 
"vamos partir amanhá; 
"vamos ver as térras santas, 
"sepulchros de teus monarchas 
"a patria dos patriarchas 
"desde o Egipto á Oanaam.» 



(1) Collecguo de cinco novellas, em cada urna das quaes se nao admite una letra vo- 
gal. Se reimprimió varias veces en Lisboa. En este trabajo de Bórdalo no hay origina- 
lidad. Alfonso de Alcalá y Herrera, poeta de principios del siglo XVII, portugués 
aunque oriundo de Castilla, publicó el siguiente libro : Varios effectos de amor en cinco 
novelas exemplares, y nuevo artiñcio de escrevir prosa y versos sin una de las cinco vo- 
cales. Lisboa, 1641. Dio á luz también D. Alfonso de Alcalá este otro libro: Novo mo- 
do curioso tractado e artificio de escrever..... com una vogal somente, excluindo as outras 
quatro. Lisboa, 1674. Bórdalo, que nació en Elvas en 1773, y murió en Lisboa en 1856, 
escribió además las siguientes piezas para el teatro: Jesu^ldo, tragedia, 1798. — Amisa- 
de, rectidao e constancia, comedia. Lisboa, 1822. — A jprotecg o de Venus, fasto histó- 
rico dedicado a anniversar o juviloso dia da restauro^ < o de Portugal em 15 deSetembro 
de 1808. Lisboa, 1851. 



216 TOMAS KIBEIRO. 

Fui : corrí o mapa inmenso 
das montanhas da Judea ; 
ai ! patría da raga hebrea 
ai! desditosa Siáo! 
que extensos montes em relva ! 
que paragens sem conforto ! 
onde se estende o mar morto 
e onde serpeia o Jordáo ! 

Aqui de Hemor os vestigios ; 
de Zife alem o deserto; 
longe o Sinai encoberto ; 
d'Horeb o morro, inda alem; 
d'este lado o mar vermelho ; 
d'aquelle.... nada! uns destrogos, 
ruinas, campas sem ossos ; 
e ao fundo Jerusalem ! 

Meu pae chorava, e eu chorava 
vendo morta e sem prestigio 
térra de tanto prodigio, 
maldita agora de Deus. 
Tudo silencioso, estéril! , 

tudo vastos cemiteríos 
onde ruinas de imperios 
ficavam por mausoleus ! 
— "Meu pae— disse eu —tenho sede.i 
— "Ve íilha a aridez do monte 
so deus dava ao ermo a f onte 
em que vivia Ismael. 
— "Pae cancei; mostra-me a patria 
quero dormir sem receio. 
— "Filha, encosta-te ao meu seio 
que nao tem patria Israel.. 



Em todo o mundo estrangeira ! 
toda a vida peregrina ! 
vede-se a mais triste sina! 
ser rica e nao ter um lar! 
sempre a lenda de Ahesvero! 
sempre ó decreto divino! 
sempre a espulsar-me o destino 
como Abráo a pobre Agar ! 

Que pode valer á hebrea 
sentir n'alma chamma infinda"? 
como a linda Esther ser linda, 
e amada como Eachel 1 
se o coragáo da judia 
se entr'abre de amor aos lumes, 



j 



TOMAS RIBEIRO. 217 

nao Ihe da tempo aos perfumes 
o seu destino cruel. 

Tomas Ribeiro ha enriquecido la literatura portuguesa con dos 
poemas, A Delfina do mal y I). Jaime (1). En el primero ha 
cantado la caridad, y en el segundo la patria. Dejemos que hable 
el mismo. 

«La Delfina do mal es un poema que yo consagro á la humani- 
»dad añigida , un libro que me he esforzado en rociar de bálsamos 
»para muchas heridas , de filosofía para muchos errores , de virtu- 
»des para muchos crímenes , de cauterios para muchas llagas gan- 
»grenosas y hasta de ridiculo para muchas aberraciones socia- 
»les ; un libro , en fin , que yo quise hacer de enseñanza y de pie- 
»dad (2).» 

La heroína, anciana desvalida , cubierta de andrajos y de lepra, 
vive en una choza aislada con la hermosa María , su hija única y 
su único amparo. Pobre Delfina ! El frió penetra por las anchas 
grietas de su desmantelada vivienda , y no tiene lumbre en su ho- 
gar, ni harapos suficientes para abrigar su llagado cuerpo. María 
se apasiona de Antonio, desertor del ejército: por él abandona á su 
madre infortunada , y con él huye al África, donde su infame se- 
ductor la vende como esclava á un traficante de carne humana. 

Pero la Providencia es justa ! María entra en el barco del com- 
prador, llevando en brazos el fruto de su amor criminal ; y cuando 
Antonio, que ha vendido á su amante, pero no á su hijo, se aper- 
cibe de que se los arrebatan juntos, es ya tarde. A sus gritos de 
desesperación contestan los desalmados marineros, desde la nave, 
que se va alejando de la orilla, con alegres cantigas. El infeliz se 
arroja al mar, desapareciendo para siempre debajo de las olas, des- 
pués de haber lanzado en ellas con satánica rabia el puñado de 
oro que fué el precio de su bárbaro delito. 

Dos niños, Serafin y Rosalina, recogen leña en el monte. Sera- 
fin es fuerte, atrevido y jactancioso: Rosalina débil, tímida y bue- 
na. Ella desea ofrecer un haz á la pobre Delfina , y él se niega, 
porque ha oido decir que Delfina es bruja. En esta disputa les sor- 
prende Josefina , el ángel de la aldea , la madre de los pobres , la 



(1) Hé aquí las obras publicadas por Tomás Ribeiro : Sons que passam , versos. 
Porto, 1868. — Z>. Jaime, poema. Segunda edición. Lisboa, 1863. — A Delfina do mal, 
poema. Lisboa, 1868. 

(2) A Delñna do mú,l, pág. VIL 



218 TOMAS RIBEIRO. 

reina de la hermosura : reprende á Serafín por la dureza de su co- 
razón , bendice á Rosalina , y los lleva consigo á socorrer á la le- 
prosa. 

Albano es un poeta pobre, sin más familia que la neg-ra Domin- 
ga, que le quiere con el afecto de una madre. Se enamora de Jo- 
sefina ; pero el padre de ésta, don Gastón , le cierra las puertas de 
su casa. Albano huye á América, desamparando á Dominga como 
María desamparó á Delfina. Cuando regresa , al cabo de algunos 
anos, Josefina ha perdido la razón. Entonces quiere suicidarse; 
pero la Providencia le detiene al borde del abismo. Ve pasar de- 
lante de si á la africana Dominga, ciega, y á Delfina la leprosa, 
apoyándose recíprocamente: compara dolor con dolor y miseria con 
miseria, y deja caer de su mano el arma fatal. Este es todo el 
poema , cuyos defectos ha reconocido el autor. Si se os ocurre , por 
ejemplo, que el estilo desciende á veces demasiado , antes se le ha 
ocurrido al poeta : 

O canto meu nao recusa 

nada por plebeu. * 

Si observáis que la acción languidece, dividiéndose , y que el 
personaje principal viene á ocupar un lugar secundario , antes lo 
ha observado Tomas Riveiro : 

o entrecho 

corre diffusamente : e frouxo o enredo; 

a ac^ao, partida aqui e alem ; e as vezes 

cometa um novo assumpto e esquece o antigo!.... 

de um poema surdiram dois poemas : 

a miseria e o amor ! ( verdade seja 

que nem sempre este motes sao diversos) 

Ha duas heroínas em vez de urna : 

Josefina e a leprosa!.... fins diversos 

se propoe cada acgáo.... os personagens , 

María e o desertor despareceram!.... 

A Delfina do mal protagonista 

quasi em olvido e já: absurdo! absurdo! — 

A critica f allou e eu curvo a fronte 

porque os preceitos da arte me f ulminam ! 

Aun á riesgo de extendernos demasiado, queremos trascribir el 
último diálogo de Albano con Josefina. 

— "Quem e 1 quem foi que chamou 
a pobrinha que morreu ? 

—'•Euíii 



TOMAS lUBEIRO. 219 

— "Olha O echo respondeu!.... 

dorme, coitado, acordou ! 
E a louca adoravel de rosto sereno 
ao longe atravessa na florea clareira ; 
phantastíca Virgem das lendas do Rheno, 
deixando entre as brumas luzente rastreira ! 
sao bramas, aereas as vestes que arrasta 
a fada nocturna, que a luz se evapora! 
esquiva, saudosa visáo meiga e casta 
que foge ante os beijos da aragem da aurora ! 

A lúa o silencio do quadro, a distancia 
do coro das aves táo meigo e táo vago, 
das húmidas flores a etherea fragancia, 
os prantos da fonte chovando no lago , 
e o inmenso mysterio das horas táo mortas 
nos mostram no vulto que vaga despertó, 
um anjo que espera que Deus Ihe abra as portas 
do lucido templo do eterno concertó. 

Recobra-se Albano ao vel-a! 

percorre a alameda inteira, 

e chega a vasta clareira 

onde a luz da sua estrella 

surgirá e se Ihe mostrara ! 

Albano para, e ella para!.... 

Olhan-se de frente a frente ! 

no centro espreita a desgrax^: 

de cima a esp'ranza vigia! 

Vae travar-se a estrema luta.... 
de repente 

compacta nuvem sombría 

de fronte da lúa passa, 

6 mais o quadro se enluta ! 

Nenhum se move, nem falla : 

ella hirta : eUe tremente : 

elle commovido a olhal-a 

ella pasmada e contente ; 

nelle a borbulhar o pranto, 

nella um riso a despontar; 

nelle o amor devoto e santo, 

nella o templo sem altar, 

sem luz, sem cantos, sem Deus ! 

Eram éxtasis de um crente 

que toma por divindade 

fugitiva sombra fatua ! 



— "Josefina!» esclama.... 
Ninguem Ihe responde ! 



220 TOMAS RIBEIRO. 

Ninguem Ihe enxuga os prantos que derrama 
na mesta face que ñas máos esconde!.... 

— "Triste! donde vens tul... Nao sei quem es! 
eu ja nao sou mulher; sou urna estrella, 
e desíjo a meia noute a meu jardim, 
quando nao ve ninguem, 
a chamar as florínhas para mim, 
e a entretecer a nupcial capella 
de laranjeira , e myrtos e jazmim.... 

e o noivo nunca vem!. ... 
Olha tao linda a minha c'voa, vesí 
juntei-lhe oje este ramo de cecem, 

e mais o amor perfeito.... 
mas amanha. veras tudo e desfeito! 
e eu volto a meia noute inda outra vez 

tecer outra capella 

um mimo de singela.... 

e o noivo nunca vem!.... 

se elle amanhá vier, 
vem ca se quer«s ver f elizes npivos 

em divinaes delirios!.... 

eu tomo a ser mulher! 
Nao e linda a capella?.... m 

Era de goivos, 

de cipreste e martyrios! 
— "O noivo o teu amor que tanto esperas, 

repara bem, sou eu ! 
Ai flor das malogradas primaveras ! 
Olha-me bem!.....i 

— "Nao es.... nao es.... morreu! 

Hontem um passarinho 

chamou-me do seu ninho , 
e disse-me : —Vem ca senhora bella ! 

eu sei do teu amor.... 
vive longe! mais alto inda que o sol! 
que Ihe queres mandar'? — Toma esta flor' 
e dize-lhe que venha , rouxinol ! 
subiu, subiu, subiu e entrou no ceu ! 
Eu subi atrás d'elle e fiz-me estrella, ir 
— "Oh deus! oh providencial 
tu queres que eu blasfeme? 
vaso de etherea esencia, 
minh'alma se evapora ! 
a fe vacilla e treme ! 



tu nao te lembras de Albano ? 



TOMAS RIBEIRO. 221 

1 — "Albano ! tu es Albano? 

— "O teu amante !m 

— "O poeta ?.... 
era um pintor que pintava 
retratos de Julieta....!. 
— "Junto a senliora do amparo....!. 
— "Sim! siml quando eu solugava.... 
Mas inda agora reparo ! 
no ceu a festas e eu falto ! 
Moro táo alto, ta-o alto! 

Ves] aleni, 
mesmo ao pe d'aquella estrella 

minha irniá ! 
Queres a minha capella 1.... 

O meu noivo inda nao vem.... 

tecerei outra amanhá...... 

E fugiu 

lucente meteoro ! 
a que o abysmo ethereo o seio abriu ! 

J). Jaime debe ser examinado bajo dos puntos de vista, litera- 
ria y politicamente. Literariamente encontramos en él, entre al- 
gunos lunares, bellezas de primer orden. El carácter principal y 
el más bien dibujado es el de D. Martin, que conserva como una 
reliquia sagrada el acero con que peleó á las órdenes del prior do 
Grato. Nadie más intransigente con los enemigos de la patria, y 
nadie tampoco más generoso con los pobres y desvalidos. De sus 
dos hijos , Jaime y Germán , el segundo es un poeta candoroso , y 
el primero , de carácter resuelto y audaz , se prenda de Estela de 
Aragón , perteneciente á una familia española. Pide su mano y se 
la niegan. Al saber esta triste nueva la apasionada doncella, supli- 
ca á D. Jaime que la deshonre , para que al verla deshonrada no 
se opongan sus padres á su anhelado enlace ; y no tan sólo le diri- 
ge este ruego impudente , sino que lo consigna en una carta ver- 
gonzosa : 

Antes Deus me fulminara 
na hora amaldigoada 
em que pedi a deshonra 
que nao querías ! fui eu ! 
juro-o a face do ceu ! 
para ver se deshonrada 
me davam ao teu amor, 
ou me deixavam na rúa : 



ggg TOMAS RIBEIRO. 

que antes quería morrer 
de que deixar de ser tu». 

A propósito de este acto inmoral , torpe y cínico sobre que des- 
cansa todo el poema , dice el autor que quien no comprenda su su- 
blimidad, es un eunuco del sentimiento. ¡Asi se extravian á veces 
las más claras intelig-encias ! 

Estela llega á ser madre , y sus dos hermanos le hacen pagar 
con la vida su torpe fragilidad. Aparece en aquel supremo instante 
D. Jaime , se arroja sobre el cadáver de su infortunada amante , y 
los asesinos le cubren traidora y cobardemente de puñaladas. Res- 
tablecido de sus heridas por un milagro del cielo, huye á España, 
toma diferentes disfraces, recoge en una cueva á dos bandoleros, y 
sirviéndose de ellos como instrumentos de su venganza , los lleva 
á Madrid vestidos de hidalgos. En medio de una orgia, y en el 
momento en que va á castigar á los matadores de su amada , éstos 
le aseguran que su hijo vive. Al oir tan inesperada revelación , su 
ira se aplaca , perdona á los que debia sacrificar , y vuelve á Por- 
tugal, donde es ajusticiado. Don Martin de*Aguilar, cuyos cuan- 
tiosos bienes hablan sido confiscados por el gobierno castellano, 
pierde la razón. 

Tal es el argumento del poema. En la familia de Aragón, orgu- 
llosa, cobarde y fementida , se propuso el poeta representar á Es- 
paña. Y ¿en quién ha representado al Portugal? En D. Jaime, jo- 
ven irreñexivo, violento, licencioso, que comienza por infamar á 
una doncella y concluye por hacerse salteador de caminos. 

El carácter político de la obra ha sido perfectamente expresado 
por dos literatos lusitanos. Ha dicho Castilho en su conversa^ao 
preamhular : «es una proclama á los hijos generosos de la tierra 
»portuguesa, para que mantengan su independencia, y cuando 
»algu'no se la dispute , mueran por ella , si tanto fuese necesa- 
»rio» (1); y ha añadido Reinaldo Carlos Montero en un estudio cri- 
tico: «Lo juzgaron muerto al Portugal de las viejas eras, le die- 
»ron un lug-ar en el mapa de las grandes nacionalidades : le escri- 
»bieron el epitafio en la glorificación del poema que señalaron 
»como único remedio de su vitalidad! De lo alto de las sierras del 
»monte , descendió un enviado del pueblo , un mancebo cuasi des- 
»conocido , con la aureola de los libertadores en la frente inspira- 



(1) Prólogo á D. Jaime, por Antonio Feliciano de Castilho. 



TOMAS RIBEIRO. 223 

»da, j su mano trazó sobre cien pág"inas de estrofas patrióticas esta 
»neg*ativa: — Mentís, extranjero! Portugal vive y quiere vivir!» 

Nada hay tan impopular en el país vecino como la idea de su 
anexión á España. De las prensas de Oporto y de Lisboa salen dia- 
riamente libros y opúsculos en contra de la unidad ibérica. Desde 
el dia en que bajó del trono Doña Isabel de Borbon han visto la luz 
pública numerosos folletos anti-peninsular es. Sobre la mesa tenemos 
los siguientes: Ponfos negros, por J. G. Barros e Cunha; A revo- 
lugdo de Hespanha e a questao ih erica y por José Pinheiro de Mello; 
A independencia nacional e a Iberia, por A. Riveiro Goncalves; 
As victorias dos portugiiezes em defeza de sua vidependencia, por 
Miguel Sotto Maior; Forcas defensivas de Portugal, hoje e 
amanM, por José Dionisio de Mello e Faro; Eccos de Aljubariota, 
por Guillermo Braga; Discurso pronunciado na noute de I."" de 
Decembro de 1868, por F. L. Coutinho de Miranda ; Questoes de 
acíualidade , por Juan Bonanza ; A Iberia , por Campos Júnior; 
Portugal e ffespanha, por Costa Goodolphim; A república e a 
Iberia, por J. Dubraz; Lyra civica, por Alberto Pimentel; Patria 
contra a Iberia, por Eugenio de Castilho. Además se han impreso 
anónimamente Os contrabandistas o fficiaes e particulares, Sitri- 
buido á Figueiredo Guimaraes; O almanak patriótico e anti- 
ibérico da dominagdo de Gastella em Portugal e da famosa insur- 
reicdo de 1640 (1); ^ restauracdo de 1640; A revolugdo em Res-- 
panha e a independencia de Portugal y Surge Luzitania (2). 

En las fiestas de las últimas clases sociales se cantan desde muy 
antiguo canciones contra España (3) . Los Portugueses aprenden en 



(1) Este folleto está traducido de la obra de M. de Bessieres titulada Histoire dea 
revolutions politiques. 

(2) De fecha anterior hay infinitos opúsculos anti -ibéricos: por ejemplo, A política 
de Napoleón III, a Inglaterra e a uni~o ibérica. Lisboa, 1861. — Propaganda patriótica 
liberal contra a pretendida uni to ibérica. Lisboa , 1867. — Hoje, por J. G-. de Ramos e 
Cunha. Segunda edición. Lisboa, 1868. Entre los folletos políticos posteriores á nues- 
tra Revolución de Setiembre , no recordamos más que uno favorable á la anexión: 
Iberismo ou o paiz e a situag o deante dos últimos acontecimientos de Ilespanha, por 
Alvaro Coutinho. Lisboa, 1868. En 1854 se publicó en Lisboa un periódico titalado O 
progreso, que sostuvo las mismas ideas; y posteriormente circuló un opúsculo escrito 

en igual sentido : A uniao ibérica ou reAexoes sobre a uni • o dos dois pavos da pe- 
nínsula, por Joaquin José Ribeiro. Lisboa, 1867. 

(3) Seguidilhas que as mulheres de Lisboa cantam pela paschoa na sepultura do 
Condestavel: 

Na Aljubarrata 
levou a vanguarda 



224 TOMAS liIBElRO. 

la escuela á aborrecernos. Tenemos á la vista un Compendio de la 
historia lusitana , libro de texto en las aulas del reino , aprobado 
por el Consejo de Instrucción pública, y de él tomamos , al pié de 
la letra , las siguientes preguntas y respuestas: 

«P. ¿Quién fué el décimo octavo rey de Portugal? — R. D. Feli- 
»pe I (1), el Prudente, aclamado y jurado en 1581, después que el 
»Prior do Crato D. Antonio fué derrotado por el Duque de Alba, 
»en 26 de Agosto del mismo año, junto al puente de Alcántara. — 
»P. ¿Qué hubo de notable en su tiempo? — R. La venta que Don 
»Juan de Mascarenhas, y otros, hicieron á Castilla de la patria en 
»lo80. — P. ¿Qué carácter y cualidades tuvo Felipe I? — R. Fué 
» monarca astuto , soberbio , inquieto , cruel y de poca habilidad 
»para gobernar el vasto imperio que su padre le dejó. Era de es- 
»tatura pequeña, presencia grave, ojos azules y labios gruesos. — 
»P. ¿Quién fué el decimonono rey de Portugal? — R, Don Felipe II, 
»el Pío, aclamado en 1588. — P. ¿Qué hubo de notable en su reina- 
»do? — R. La entrada y desembarque del Rey de Fez , Muley Xe- 
»que, en Villanueva de Portimao en 1609,* y la expulsión de los 
»Moros en 1610; medida imbécil, que privó al reino de más de 



com brazal e cota 
os castelhanos mata 
e toma o p endone , etc. 

(Cantigas que os moradores de Bestello (Belem) cantavam na segunda octava do Es- 
I)iritu Santo na sepultura do Condestavel: 

Todos.— Santo condestabre 

bone portugués, etc. 
Urna voz. — Por faison da patria 

todo esto lo fez 

mata castelhanos 

salva a nosa grey. 
Todos. — E mais otra vez 

e mais otra vez. 
Urna voz. — INo me lo digades 

quabondo lo sey 

librou as avelhinhas 

do leo de Castel, 

Cancioneiro e romanceiro geral portuguez p. T. Braga , tomo II, pág. 9. "Assim se 
tiia formando insensivelmente o romanceiro do Condestavel, como se formou o do Cid 
t.e de Bernardo del Carpió na Hespanlia: o sentimiento popular que se nao estinguia 
iiera o odio a Castella, que inspira a maior parte das prophecias nacionáes." El mismo 
tomo, pág. 203. 

(1) Sabido es que Felipe II, Felipe III y Felipe IV de España se denominaron res- 
pectivamente en Portugal Felipe I, Felipe II y Felipe III. 



TOMAS RIBEIRO. 225 

»400.000 brazos, y de caudales inmensos; y el terremoto de la 
»isla Tercera. — P. ¿Qué carácter y cualidades tuvo Felipe II? — 
»R. Fué monarca supersticioso, débil, neg-ligente, disimulado, in- 
»grato, cruel y sin habilidad. Era de estatura proporcionada, pre- 
»sencia agradable, cabello rubio, ojos azules y boca gruesa. — 
»P. ¿Quién fué el vigésimo rey de Portugal? — R. D. Felipe III 
»el Grande, aclamado en 1621. — P. ¿Cuándo perdió la Corona de 
»Portugal? — R. En l.° de Diciembre de 1640, en la gloriosa revo- 
»lucion que hizo el pueblo. — P. ¿Quién gobernaba entonces el rei- 
»no? — R. La Duquesa de Mantua, como Regente. — P. ¿Qué hubo 
»de notable durante su gobernación? — R. La reconquista de Vahia 
»en 1625, que los primeros Felipes hablan dejado perder con otras 
»posesiones de valia; la horrible erupción volcánica de San Miguel, 
»en 1630; los famosos disturbios de Evora, en 1637, y la muerte, 
»en 164.0, del traidor D. Miguel de Vasconcellos, que era Ministro 
»de Felipe en Portugal. — P. ¿Qué carácter y cualidades tuvo Fe- 
»lipe III? — R. Fué monarca perezoso, déspota, fanático y orgu- 
»lloso. Era de estatura ordinaria, ojos azules y boca gruesa. — 
»P. ¿Quién fué el vigésimo primero rey de Portugal? — R. Don 
»Juan IV el Restaurador, aclamado en 1.^ de Diciembre de 1640, 
»dia glorioso, en que Portugal se libertó del yugo castellano. — 
»P. ¿Quiénes fueron los gloriosos actores de la gloriosa aclamación 
»de D. Juan IV? — R. Juan Pinto Ribeiro y otros 39 caballeros, 
»entre los que ninguno descendía de las familias de los que ven- 
»dieron la patria á Castilla.» (1) 

Otra historia de Portugal, en verso, aprobada también por e 
Consejo de Instrucción pública, anda igualmente en manos de los 
niños. Juzgúese lo que será el tal libro por estas dos estrofas: 

Tres Felipes em ordem sucesiva, 
contra lei dictam leis no imperio luso: 
novas iras inflama, odios aviva, 
do poder usurpado o fero abuso. 
Lysia outr'ora nacáo potente e altiva 
geme ao verse sujeita ao mando intruso, 
qual o hebreu quando exhala as ternas queixas 
na térra Assyria em lúgubres endeixas. 
Por sesenta annos negregar medonho 



(1) Compendio de historia de Portugal para instruc^ao da mocidade e uso das esco- 
las, por Luiz Francisco Midosi; adoptado pelo Consellio de Instruc^ao publica. Undé- 
cima edi<?ao. Imprenta nacional, 1866. 

TOMO XVI. 15 



^2Ó *rOMÁS RIBÉIRO. 

viram os lusos túrbido horisonte : 
eis de repente amostra o sol risonho, 
dissipado o negrume a leda fronte. 
Qual quem desperta de terribel sonho 
em que viva o Cocyto o Phlegetonte , 
ou tetra imagem de infernal verdugo 
Portugal ve quebrado o férreo jugo (1) 

En otra obra semi-oficial, pues está escrita por un profesor de 
literatura de Lisboa (2), se lee el siguiente curioso párrafo: 

«Sobrevino después la invasión de Felipe II, y con ella recibie- 
»ron nuevos golpes de muerte las letras nacionales, por el odio que 
»todo dominador ilegitimo tiene siempre á los espíritus esclareci- 
»dos, que conocen y saben apreciar la iniquidad de la usurpación 
»y de la tiranía, asi como sus detestables efectos: uno de éstos, el 
»más atroz y funesto fué el asesinato de más de 2.000 sabios y 
»virtuosos portugueses (3) . » 

Asi se explica en todas las cátedras del vecino reino la historia 
de la administración española: así se educa á la juventud portu- 
guesa; y así se forma el espíritu de la nueva generación, 

Tomás Ribeiro es demasiado experto para dar crédito á las ab- 
surdas exajeraciones de los autores que atribuyen á nuestros añ- 



il) Bosquejo metHco da historia de Portugal, por Antonio José Viale, socio efectivo 
da Academia Real das Scie icias de Lisboa. Opúsculo aprobado pelo Conselho geral 
de Instruc9áo publica. 4.*^ edi^áo. Lisboa, 1866. 

(2) Primeiro ensaio sobre a historia litteraria de Portugal desde a sua mais remota 
origem ate o presente temi30, seguido de differentes opúsculos , que servem para sua 
maior illustra^ao, e off crecido aos amadores da litteratura portugueza em todas as na- 
ques, por Francisco Freiré de Carvalho, conego da se patriarcal metropolitana de Lis- 
boa, professor de oratoria, poética e litteratura clasica particularmente a portugueza 
no Lyceo nacional, socio da Academia real das sciencias, etc. Lisboa^ 1845. 

(3) Exageraciones como ésta son las que han dado lugar al juicio equivocado que 
algunos Españoles forman del carácter portugués. Después de leer esas palabras no 
falta quien tenga por verídico el siguiente cuento referido en un libro del siglo XVII, 
que tenemos á la vista. "Cuando el duque de Alba fué á tomar posesión del reino de 
itPortugal por Felipe II, llegó á la puente de Yelbes con aquel celebrado ejército de 
1 1 veteranos invictos.... para que pasasen desfilándose con orden y disciplina militar, 
tihicieron allí alto los escuadrones. Acertó á verlo un portuguesillo , que reclinado so- 
mbre la acitara de la puente entretenía la ociosidad en estar mirando al rio, y haciendo 
iireparo en la detención del duque y de su ejército, pensó tan magníficamente de su 
itpersona que le pareció que aquella demostración se hacia por su respeto ; y acercan - 
tidose un poco á la cabeza del puente, puestos los brazos en jarras, encarándose con 
ti el duque y su comitiva, con grande autoridad dijo: — "Passai, passai que naon vos 
iifarei mal. u—Arhitrage politico militar: sentencia definitiva del Sr. de la Garena, in- 
geniero ingenioso de las máquinas bélicas de España, pronunciado en el fantástico 
congreso, etc. Salamanca , 1683, pág. 13. 



TOMAS RIBEIHO. 227 

tepasados el asesinato de mas de dos mil sabios portugueses ; pero 
conoce el sentimiento anti-español de su país, y no tan sólo se deja 
inspirar por él, sino que se coloca á su vanguardia. 

El vulgo es necio, y pues lo paga es justo 
hablarle en necio para darle gusto. 

No seremos nosotros los que hagamos la apología de la detesta- 
ble política que siguieron los tres Felipes eñ Portugal, mientras 
esa provincia formó parte integrante de la monarquía española. 
A aquella política imprevisora, inquisitorial y ruinosa : á aquella 
política de favoritismo y de concusión, se ha debido precisamente 
la ruptura. En el alzamiento de 1640 entra por más la torpeza del 
Conde-Duque de Olivares, que el denuedo de Pinto Ribeiro. Pero 
no se juzga imparcialmente á los gobiernos prescindiendo de la 
época en que gobernaron , ni tendrían razón los Portugueses para 
quejarse de haber estado sometidos á un sistema distinto del que 
pesaba entonces por igual sobre los vastos dominios españoles. Ca- 
taluña y Aragón pudieran alegar agravios iguales, cuando menos, 
para separarse de Castilla. El despotismo de la casa de Austria co- 
menzó por comprometernos en sangrientas y estériles luchas exte- 
riores, y concluyó perdiendo sus conquistas de Ñapóles y de Sicilia, 
y el Rosellon y la Cerdaña y el Portugal; y si conservó á Cataluña 
fué porque Dios se apiadó de nuestros infortunios. No pretendemos 
recobrar una pulgada de la tierra que está más allá de nuestras fron- 
teras naturales ; pero tenemos profunda fé en que por medios pací- 
ficos, por la tendencia irresistible de las razas á su unificación, por 
las leyes de la geografía y de la historia , por el progreso de las 
ideas, y por la armonía de los intereses sociales, habrá de comple- 
tarse, más ó menos tarde, nuestra nacionalidad. El despotismo rom- 
pió los vínculos fraternales de España y Portugal : la libertad los 
reanudará. 

No queremos reseñar la historia lastimosa de las discordias pe- 
ninsulares (1). No queremos acordarnos de Alfonso Enriquez, sal- 



(1) Véase cómo describe un escritor portugués el origen d^ Portugal. — "En el reí- 
(inado de Alfonso VI de Castilla y de León, habiendo venido á la Península un fran- 
iices llamado Enrique, nieto de Roberto, Duque de Borgoña, aquel monarca le dio la 
iimano de su hija bastarda doña Teresa, y lo nombró gobernador de la provincia de 
iiPortugal, con el título de Conde. Dominado éste por la ambición se reveló contra su 
iisuegro, declarándole la guerra para hacerse independiente ; pero muriendo antes de 
iiconseguir su fin^ su mujer la continuó. Llegando su hijo Alfonso Enriquez á la edad 
iide 16 años, y llamando á sí el grueso del ejército, se rebeló contra su madre, y des- 



228 TOMAS RIBEIRO. 

vado en Guimaraes por el sacrificio de su ayo Egaz Moniz , y he- 
cho prisionero (1) y perdonado en Badajoz por Fernando II de León. 
Nada diremos de la guerra injusta emprendida por D. Juan I de 
Portugal (2), guerra en que no se disputaba una nacionalidad, 
sino una corona: lo cual ha sucedido frecuentemente en nuestras 
luchas con los Lusitanos. No fué el uno ni el otro estado, cuyo voto 
jamás se consultaba, quien se lanzó en guerras injustificadas. 
Fueron sus monarcas los que, movidos por interés de familia ó por 
ambición personal , llevando sus ejércitos al combate, recogieron 
el fruto de las victorias ó sintieron más vivamente la humillación 
de las derrotas. 

Tampoco comentaremos los desastres producidos por actos ema- 
nados exclusivamente de la iniciativa de los Reyes portugueses. 
Don Manuel ordenó en 1496 la expulsión de todos los Judíos en 
un breve plazo ; y no satisfecho con esta medida cruel ; dispuso al 
año siguiente que los hijos menores de los proscritos fuesen arre- 
batados á sus padres , bautizados y distribuidos en las ciudades y 
villas del reino, para que allí recibieran educación religiosa á eos 



tibaratando la parte de ejército que la permanecia fiel, tomó el poder y continuó la 
iiguerra iniciada por su padre y se aclamó independiente en 1139. De aquí data la com- 
iipleta separación de Portugal , pero no la separación de las razas, n A uni^o ibérica, 
ou rejlexoes sobre a uni lo dos doispovos da península^ por Joaquín José Ribeiro. Lis- 
boa, 1867, pág. 14. 

(1) A pertinacia aqui Ihe cusía cara 
assi como acontece muitas vezes , 

que era ferros quebra as pernas, inda aceso 
a batalha onde foi vencido e preso. 

(Lusiadas, Canto III, octava 70) 

(2) iiLa reina doña Leonor instigada del sentimiento de la muerte de su valido, ó 
iibien de los malos tratamientos que recibió de sus enemigos, ó de todo, incitó al rey 
iide Castilla B. Juan I á que viniese sobre Portugal, por el derecho que tenía á suce- 
iideren esta corona, como marido de doña Beatriz, hija única de Leonor y de Fer- 
iinando : además que las capitulaciones fueron que no habiendo hijo de ellos sucedería 
iiella, y ü. Fernando en su testamento la dejó nombrada en la sucesión. "Tan nuestro 
iifuera todo lo que deseamos, como Portugal entonces era de Castilla, y como Castilla 
iiliizounaguerrajustisima.il Lusiadas comentadas por Faria y Sousa. Canto I Y, pá- 
iigina 246. D. Juan no era rey ni de justicia le tocaba el serió: él inismo se llamaba de- 
iifensor, y cuando finalmente le eligieron en Coimbra esos pocos que le seguían, fué 
ticon poca fortuna y contra el derecho notorio de Castilla, y los que siguieron la voz 
1 1 castellana caminaban más seguros y más cristianos, n El mismo tomo, pág. 57.— "Si 
M algunos juraron rey á D. Juan, y tenían por esto obligación de seguirle , los hermanos 
iiy todos los otros que no le juraron, no cometieron traición contra él, assi por esso 
iicomo porque el derecho verdadero era q1 rey de Castilla por todos caminos. n El mis. 
limo, pág. 293. 



TOMAS RIBEÍRO. 229 

ta de sus propios bienes. En 19 de Abril de 1506 hubo en Lisboa 
una horrible matanza de cristianos nuevos (1). Entonces nó domi- 
naban ciertamente los Españoles en Portugal , asi como tampoco 
dominaban cuando D. Juan II daba de puñaladas al Duque de Vi- 
zeu , y mandaba envenenar al Obispo de Evora , y asesinar á don 
Gutiérrez en el fondo de un calabozo, y degollar y descuartizar 
en la plaza á otros hidalgos (2) : cuando se dejó morir al ilustre 
Camoes en un hospital ; cuando se hizo perecer en una hoguera al 
infortunado Antonio José ; ni cuando se encerró en una lóbrega 
mazmorra al esclarecido Garcao. Mejor trató el Gobierno de Ma- 
drid que el de Lisboa á los literatos lusitanos. Digalo sino Fran- 
cisco Manuel de Mello, que ocupando un puesto importante en el 
ejército de Cataluña, lo abandonó en 1640, al tener noticia de 
aquella revolución , para marchar á su país natal , y alli fué se- 
pultado en una cárcel, de la que salió, al cabo de diez años , des- 
terrado para el Brasil. Otra y muy distinta era la suerte de los 
poetas del país vecino, cuando Mousinho de Quevedo componia su 
poema castellano en loor de Felipe III. 

Detengámonos un instante y oigamos únicamente á escritores 
lusitanos. 

¿Era unánime entre los Portugueses, en 1385, año de la batalla 
de Aljubarrota, el odio á Castilla? Va á contestar Herculano. 

«El papel de una gran parte de las más nobles familias en la 
»grave cuestión de independencia que la muerte de D. Fernando 
»resucitara, no fuera por cierto, como el lector sabe , ni el del pa- 
»triotismo , ni el de la lealtad ; y los cálculos interesados ó las li- 
»gas de linaje se habian sobrepuesto entre esas familias á todas 
»las demás consideraciones. Muchos hidalgos siguieron la parcia- 
»lidad de Castilla, porque la fortuna parecia deber inclinarse de 
»aquel lado : muchos esperaban el desenlace de la contienda , con- 
»servándose en una situación ambigua : muchos , en fin , aun des- 



(1) Damiáo de Goes : Chronica do Sr. Rey D. Manuel. — Osorio de reb. Eman. — 
"Las casas de los cristianos nuevos fueron acometidas y entradas. Pasaban á hierro, 
ithombres, mujeres y viejos: arrancaban los niños de los pechos de sus madres, los 
H cogían por los pies y rompian sus cráneos en las piedras de los aposentos. Después 
iisaqueaban todo.... Doncellas y mujeres casadas, arrojadas del santuario, donde lia- 
iibian ido á refug"iarse, eran prostituidas y después arrojadas á las :Uamas.ii Histor'ia 
da origem e do estabelecimento dainquisiq o eni Portugal, -pov A. Herculano. Tomo I 
pág-. 143. 

(2) Splemnia verva. Segunda carta jjor Herculano. Lisboa, 1850, pág. 60. 



230 TOMAS RIBEIRO. 

»pués de las victorias del Maestre de Aviz , al primer capricho no 
»satisfecho , á la primera pretensión despreciada, no dudaban en 
»desertar de los estandartes sacrosantos de la patria para combatir 
»contra ella, á la sombra de los pendones extranjeros, j envolver 
»después, por disgustos con el Principe castellano, al servicio del 
»Rey natural que habían abandonado (1).» 

¿Rechazaban unánimemente los Portugueses en 1580 la anexión 
de su patria á España (2) ? Va á respondernos Sousa de Macedo. 



(1) o monge do Gíster, por A. Herculano. Tomo II, pág. 76. 

(2) A propósito de aquellos sucesos debe leerse el "Discurso y sommario de la 
I (guerra de Portugal y socessos della. Agora nuevamente ordenado por Francisco Diaz 
nde Vargas, natural de la ciudad de Tnigillo. En Qarago^a, 1581. Epitome de la vida 
ity hechos de D. Sevastian XVI rey de Portugal y único deste nombre. Jornadas que 
iihizo á las conquistas de África y su muerte desgraciada. Con discursos escolásticos, 
itpoliticos, historiales y morales , deducidos de la mesma historia. Dirigido a la sere- 
tinissima reina de los Angeles, Maria santísima Nuestra senhora con titulo de la Sole- 
iidad, por el licenciado D. Juan de Baena Parada, presbítero natural de la coronada 
iivilla de Madrid. 1682." No era tan impopular en Portugal como después ha querido 
suponerse la dominación española. Véanse las descripciones de las fiestas con que fué 
recibido en aquella corte el Rey Felipe, y se observará que aquellas ovaciones no fue- 
ron exclusivamente oficiales. "Certissima relación de la entrada que hizo su Magestad 
iiy sus Altezas en Lisboa y de la jornada que hicieron las galeras de España y de Por- 
iitugal desde el puerto de Santa Maria hasta la famosa ciudad de Lisboa. Donde se 
tirefiere las prevenciones, fiestas y grandezas que se hicieron en ellas y otras muchas 
M cosas notables sucedidas en esta f ación. Compuesta por D. Jacinto de Aguilar y Pra- 
"do, que en esta jornada se halló. Dirigida al conde de Saldaña, etc. Lisboa, 1619." 
"Fiestas reales de Lisboa, desde que el rey nuestro señor entró hasta que salió : por 
itFrancisco de Arce escrivano de S. M. Lisboa, 619." " Rece vimiento que la ciudad de 
iiLisboa hizo a la entrada de la católica majestad del rey D. Felipe III en dia de San 
I (Pedro y los dias siguientes. Dase quenta de todos los arcos^ Pirámides, Geroglificos, 
((invenciones, gastos de las naciones y modo de acompañamiento con los fuegos, cañas 
((y fiestas que en esta ocasión se hicieron, etc. Lisboa, 1619. "Tercera relación de las 
((grandiosas fiestas que la ciudad de Lisboa tiene prevenidas para recibir a la católica 
((magestad del rey don Felipe III nuestro señor en la insigne, noble y leal ciudad de 
((Lisboa, a veinte y nueve de junio, dia de los bien aventurados apostóles San Pedro 
((y San Pablo, á las cuatro de la tarde. Dase quenta del grandioso acompañamiento de 
((galeras, navios, barcos y otros vasos, que desde Belem á Lisboa fueron con S. M., y 
((Cstraordinarias invenciones de pescados artificiales en la mar, muelles, arcos, hiero- 
Kglíficos y pinturas en el lug"ar donde desembarcaron y en palacio. Ceremonias que 
((antes de entrar en Lisboa se hicieron. Entrada debajo de palio , paseo por la ciu- 
((dad, etc. Sevilla, 1619." "Maravilloso, insigne y costoso arco ó puente, que los ing"le- 
(ises han hecho en el Pelourinho viejo por donde ha de entrar S. M. en Lisboa. Refie- 
((rese el modo, tra<?a y architectura del, quadros de pintura, etc. Dase asimismo quenta 
((del grandioso presente que á S. M. hizo el duque de Bergan^a, y el número de cria- 
((dos que le acompañaron hasta donde lo fué á recibir y de las muchas provisiones y 
((bastimétos que tiene prevenidos para los grandes señores y criados, etc. Sevi- 
lla, 1619." "Coronación de la magestad del rey don Felipe III nuestro señor, Jura- 

( (mentó del serenísimo principe de España, su hijo. Celebrado todo en el real salón de 



TOMAS RIBEIRO. 231 

: «Tampoco puede decirse que cuando por muerte del Rey D. En- 
»rique sucedió en Portugal el Rey D. Felipe II, de Castilla, ven- 
>.cieron los Castellanos á los Portugueses . porque aquellas fueron 
»guerras civiles , que unos Portugueses eran por una parte , otros 
»por otra ; antes los más de los nobles de Portug*al eran por el Rey 
»Felipe, y asi los mismos Portugueses se hacian la guerra , y unos 
»de otros, y no de extranjeros, eran vencidos (1).» 

¿Fué tan mala la administración española de los sesenta años 
como pretende el apasionado y parcial historiador francés M. de 
la Clede? (2). Escuchemos á Rebello da Silva. 

«La administración de la Casa de Austria , acusada con tanto 
»motivo de ruinosa y de poco fiel á los intereses políticos del pais, 
»no justificó bajo muchos aspectos, según ya observamos, la cen- 
»sura absoluta de adormecida y de indiferente que le hicieron 
»nuestros escritores. Basta un examen imparcial para convencer- 
»nos de que Felipe III y Felipe IV no cuidaron menos de los me- 
»joramientos agrícolas que los reyes portugueses que más miraron 
»por ellos (3). Acerca de la producción pecuaria también el Go- 
»bierno de Felipe III probó sinceras intenciones de auxiliar sus 
»pr egresos (4). Dados los obstáculos y la situación que indicamos, 
»y que documentos contemporáneos nada sospechosos confirman. 



tipalacio de la ciudad de Lisboa. Dase quenta de la forma y ceremonia con que se ce- 
iilebraron estos solemnes actos, asistiédo su magestad y alteza, acompañados de los 
I. grandes, titulos, señores, prelados y procuradores de las ciudades de aquel reino. 
nQuien tomo el juramento á S. M. ¿y la forma y palabras del, etc. Y asimismo se dice 
iique dia se comentaron las Cortes , quien hizo por S. M. la proposición dellas donde 
1 1 se hacen al presente, y quantos dias han de du.rar. Y la grandeza que su magestad 
iihizo con la duquesa de Avero, etc. Sevilla, 1619." 

(1) "Flores de España y excelencias de Portugal, por Andrés Sonsa de Macedo. 
üCoimbra, 1737, pág. 197. — Despreció la Señora Doña Catalina la corona de Castilla, 
licuando la de Portugal que le pertenecía estaba sujeta menos al imperio de las armas 
iicastellanas, que á la envidia y emulación de sus grandes, que llamando al Rey Felipe 
1 1 se hicieron parciales de la tiranía, instrumentos de la 'ambición, n Theatro heroico, 
abcedario histórico e catallogo das mulheres illustres en armas, letras, ac^oes heroínas 
e artes liberaes. Por Damiao de Froes Perym. Lisboa 1736. Tomo I, pág. 284. 

(2) Histoire genérale de Portugal, par M. de la Clede. Tome premier ; contenant 
l'origine, les moeurs et les guerres des anciens lusitaniens ; leur etat sous la domina- 
tion des Tlomains: 1' invasión des Gots et cellos des Maores : l'erection du Portugal en 
Royanme; et les regnes de Henry et d' Alfonso, jusqu'a celui de D. Juan III inclusi- 
vemente. — Tome II, contenant les regnes de D. Sebastien, de Felipe II, etc., jusqu'a 
celui du Roí Jean, a present regnant. Paris, 1735. 

(3) Memorias sobre a populaba© e agricultura de Portugal desde a fundayao da 
monarquía a te 1865, por R. da S. Lisboa, 1868. Pág. 300. 

(4) El mismo volumen, pág. 305. 



232 TOMAS RIBEIRO. 

¿merece la administración de Felipe IV la nota de remisa ó de ma- 
)>liciosamente negligente en relación á los intereses de la agricul- 
»tura? Entendemos que no (1).» 

¿Disminuyó la población de Portugal durante esa administra- 
ción? Continúa hablando el mismo Rebello da Silva: 

«No admira, por lo tanto, que en el alistamiento ordenado por 
»los Gobernadores del reino en 1580 sólo diesen 180.000, propor- 
»cion correspondiente á poco más de un millón de habitantes (2). 
»No admira que la población correspondiese á estas condiciones 
» deplorables , no pasando de 1.100.000, ó cuando más 200.000 
»habitantes, como lo prueba el censo de 1636 (3).» 

Por qué se separó el Portugal en 1640? Demos la palabra á An- 
drade Corvo, antiguo Ministro de Luis I y Embajador no ha mu- 
cho tiempo de S. M. Fidelísima en Madrid: 

«La revolución que separó á Portugal de España tuvo lugar en 
»tiempo de Felipe IV, esto es, cuando las fuerzas de aquel reino 
»se hallaban quebrantadas del todo , cuando el Tesoro se hallaba 
»exhausto y la industria y el comercio paralizado. No fué el amor 
hde la patria y de la libertad — es triste decirlo pero es verdad, — 
»no fueron esos nobles sentimientos los que llevaron los nobles 
»portugueses á conspirar contra España: una causa menos noble, 
mI interés personal fué lo que les llevó á emprender aquel grande 
»hecho. El Conde-Duque de Olivares los habia privado de muchas 
»de sus regalías, y queria obligarles á partir para Cataluña, donde 
»estallaba una terrible revolución: los hidalgos prefirieron conspi- 
»rar á ir á hacer la guerra por cuenta de España (4).» 

Qué fué de la literatura portuguesa después de 1840? Consul- 
temos el voto del distinguido escritor Lopes de Mendouca: 

«Nuestros abuelos no hicieron cosa de provecho desde 1640: 

(1) El mismo volumen, pág. 315. 

(2) El mismo volumen, pág. 279. 

(3) Memorias sobre a popula9ao, etc. , por Rebello da Silva, pág 313. 

(4) Joao de Andrade Corvo. — Um anno na corte , pág. 58. Son curiosos los dos 
libros siguientes sóbrela rebelión de J640. "Apologético contra el tirano y rebelde 
iiBerganza y conjurados, y Arzobispo de Lisboa y sus parciales ; en respuesta á los 
"doce fundamentos del Padre IMascareñas. Zaragoza , 1642. — Defensiva contra el 
nfrenesí que le ha dado á Portugal en las últimas boqueadas del año admirable de 
til640. Y" desengaño de la vanidad lusitana. Recetado por Marcelino de Campo Claro, 
doctor de medicina política y dieta de buen gobierno. Dedicado á todo humano lector 
iicomo no sea portugués , á los rebelados al descubierto, ni á los obedientes al disimu 
iilo.ii Impreso en Alcalá de Henares. 1641. 



TOMAS RIBEIRO. 283 

»einpedraron nuestras bibliotecas con volúmenes de teolog'ia, pe- 
»sados como su espíritu (1). La esterilidad que nos acompaña 
»desde 1640, que condenó las letras adormeciéndonos el ingenio, 
»se produjo del mismo modo y con idénticos resultados en la len- 
»g'ua (2) . 

Efectivamente , en la patria de Camoes y de Barros no ha apa- 
recido desde 1640 hasta fines del siglo pasado, un solo poeta, ni 
un historiador , ni un filósofo. 

¿Cuál era el estado político y económico del vecino reino en esta 
última época? Prestemos atención á un publicista eminente. 

«El Portugal, este antiguo conquistador de las playas del África 
))y del Asia, este colonizador de una parte de la América, se habia 
»con vertido en una colonia singular en su género. Económicamente 
»hablando, éramos colonos del Brasil, en donde los Ministros cor- 
»rompidos de Juan VI, especie de rey Rene, sepultado bajo el som- 
»brero grasicnto de Luis XI, gastaban neciamente los impuestos, 
»ó los robaban para enriquecerse ó para enriquecer á favoritos sin 
»mérito ó á nobles degenerados. Politicamente hablando, éramos 
»colonos ingleses; nuestro ejército era una división inglesa, de la 
»cual casi únicamente los soldados habían nacido en este país. Un 
»general inglés nos gobernaba mediante una Regencia servil, que 
»nominalmente representaba en Portugal al Rey, el cual continua- 
»ba en Rio Janeiro. Y aun se habia llevado la impudencia hasta 
»el punto de imprimir descaradamente en la frente de nuestros pa- 
/>dres el sello de la servidumbre, colocando á un diplomático inglés 
»en el número de esos Regentes de teatro. Un tratado fatal había 
» colocado nuestro comercio á remolque del comercio inglés , y 
»nuestra industria habia sido completamente sacrificada á la in- 
»dustria inglesa. No era esta la acción, ó si se quiere, la presión 
»qae ejerce una nación grande , rica y poderosa sobre un pueblo 
»pobre, pequeño y débil, cuando la marcha de los siglos ha esta- 
»blecido entre las dos sociedades relaciones íntimas. La presión se 
»sufre porque es inevitable y obra del destino. Pero no era eso; era 
»una dominación insolente y brutal; era la mengua, la miseria y 
»el envilecimiento del esclavo (3).» 



(1) López de Mendoupa. "Memorias de literatura contemporánea, n pág. 185. 

(2) ídem id., pág. 225. 

(3) Alejandro Herculano. — ^'Carta sobre Mousinho da Silveira.» N.^» J..** de la Me- 
nta peninsular. 



234 TOMAS RIBEIRO. 

Tal era la situación de Portug-al al cabo de ciento sesenta años 
de separación. Si al menos hubiese ganado en independencia lo 
que habia perdido en grandeza y en cultura literaria! Pero ni eso! 

Examinemos ahora la opinión de algunos escritores contempo- 
ráneos sobre el Portugal de nuestros dias. 

«La tempestad fatal que está asolando este país es la inepcia y 
»la perversidad de sus hombres de Estado. Ved lo que han hecho: 
»una deuda enorme, al lado de la cual campea un déficit asombro- 
»so; un ejército en miniatura, convertido en un bando de esclavos 
»con librea, con el que hacen cabalgatas y lisonjean la vanidad de 
»los reyes, en nombre del cual devoran anualmente cinco mil con- 
»tos de reis: una infinidad de instituciones parásitas, á cuya vora- 
»cidad no basta todo el sudor de los hombres que trabajan: leyes 
»que embarazan la vida de la imprenta y coartan la libertad del 
»pensamiento: la triste sujeción del municipio y la concentración 
»despótica de todos los poderes: la venalidad pública: la desigual- 
»dad social, la esclavitud y la miseria en el pueblo, oprimido por 
»la multiplicidad de pesados tributos ; en suhia , la independencia 
»amenazada, cuasi perdida (1).» 

»E1 hecho es que bajo el punto de vista militar, el pais se halla 
»hoy en un completo estado de desorganización (2). 

»No soy yo quien lo dice: es el Sr. Paulino José de Sa Carneiro, 
»coronel de un regimiento y miembro de la Cámara de los Dipu- 
»tados, quien confiesa que no tenemos ejército. Es mi amigo el 
»Sr. D. Luis da Cámara Leme en su libro Consideragoes geraes 
^acerca da organisacao militar de Portugal, quien indicando el 
»modesto cuadro de que carecemos , demuestra que nos falta todo 
»para tener una fuerza militar con la que pueda contarse.... He- 
»mos roto todos los lazos de la subordinación y de respeto de los 
»gobernados para con los gobernantes , transformando las autori- 
»dades administrativas en galopines electorales. Hemos prestado 
»á la reacción religiosa , en nombre de la tolerancia , auxilio po- 
»deroso para minar la libertad. Llegan las elecciones generales. 



(1) "Questao de actualidade, por Joáo Bonanza. 2.* edición. Porto, 1868, pág:. 6. 

(2) "A política de Napoleón III. Ing-laterra e a iiniáo ibérica, n Lisboa, 1861, pá- 
gina 16. 



TOMAS RIBEIRO. ^35 

»y los influyentes de la localidad van á pedir al Gobierno candi- 
»dato, como las ranas pedian á Júpiter rey que las devorase. Áb- 
»dicacion completa de toda iniciativa individual. Abdicación com 
»pleta de los derechos políticos inenag-enables del ciudadano á los 
»pies del poder ejecutivo (1). 

»Teneraos un déficit igual á la mitad del presupuesto cobrable; 
»y una deuda publica que absorbe más de la mitad de ese presu- 
»puesto. El pueblo se niega á pagar los tributos. No tenemos 
»plazas de guerra , ni artillería , ni caballería que pueda dar una 
»carga , ni infantería que pueda marchar , ni armas del sistema 
»moderno, ni soldados que sepan tirar con las que tienen, ni mili- 
cia nacional, ni marina, ni colonias, ni aliados (2). 

»Salvas muy raras excepciones, el periodismo portugués es el 
»periodismo de las facciones; y organizado de esta manera ¿para 
»qué sirve? En vez de moralizar corrompe. A la sombra de la 
»libertad arruina la civilización. En vez de la idea buena tiene la 
»insinuacion malévola. En vez de la frase honesta, tiene el insulto 
»grosero ; la argumentación banal , sustituye al buen racio- 
»cinio (3). 

»Somos nosotros más felices ó mejores que nuestros abuelos? 
»y tanto que si esos buenos y honrados viejos hubieran adivinado 



(1) "Pontos neg:roSj por J. G. de Barros e Cunha. i. Lisboa, 1868. pág". 19 y 22. 

(2) "Hoje, por J. G. de Barras e Cunha. i. 2.* edición. Lisboa, 1868, pág". 9. A este 
opúsculo contestó D. Federico Guaridon Gallardo con este otro : " Cuestión de actua- 
iilidad. Breves consideraciones sobre el folleto Hoje , ofensivo á España, n Lisboa, 21 
de Agosto de 1868. 

(3) Portugal e Hespanhna. Duas palabras enérgicas sobre Portugal etc. , por Cos- 
ta Goodolphim. Lisboa, 1869, pág. 6. En un folleto anónimo nada sospechoso , puesto 
que es decididamente anti-ibérico, titulado : Surge Lusitania. Protesta solemníssima 
contra a uniao ibérica. Lisboa, 1869, pág. 26, leemos lo siguiente : "Una deuda flotan- 
tite interior y exterior considerable : un déficit monstruoso : una centralización que 
iitodo lo embaraza, y gran desigualdad de impuestos. No teiemos más que un simu- 
iilacro de ejército: una armada insuficiente para el servicio de guerra : nuestras colo- 
üuias entregadas á manos especuladoras extranjeras ó á régulos que se revelan: nues- 
iitra industria muerta: nuestro comercio oprimido por una fiscalización absurda: 
iinuestra agricultura enteramente olvidada de los poderes del Estado. En el fondo de 
ueste pavoroso cuadro millares de familias que mueren de penuria, pidiendo su sub- 
tisistencia á la caridad pública ; y son operarios sin trabajo, huérfanos y viudas de ser- 
Mvideres del Estado : viejos soldados, cubiertos de cicatrices que no tienen con que 
iicubrir su desnudez, ni con que matar el hambre." 



236 TOMAS RIBEIRO. 

»lo que llegamos á ser nosotros , nosotros herederos de sus nom- 
»bres, escarnecedores de sus ejemplos, y deshonradores de sus 
»castas y buenas costumbres , se habrían horrorizado como de una 
»abominacion del pensamiento de engendrar» (1). 

Los poetas que han pintado este cuadro de actualidad, no lo han 
hecho seguramente con tintas menos sombrías. 

"Ese reino que em praias distantes 
o estamdarte da cruz arborou; 
que depois n'essas luctas gigantes 
nunca o rosto ñas luctas voltou, 
ei-lo pobre, t¿o pobre que o mundo 
nem se lembra do seu existir. 
Dae-lhe esmola de um brado profundo 
tal vez possa da campa surgir. 

Ese reino que teve subidos 
táo lustrosos e eternos padroes : 
q'inda falla noss cantos sentidos 
do seu vate — do grande Camoes : * 
boje fráco, sem vida, sem brilho 
nem se lembra sequer do porvir 
dae-lhe esmola que debe um bom filho 
tal vez possa da campa surgir. 



Hoje que pouco valemos 
pecado vao sei de quem : 
que das quinas táo temidas 
ja se nao lembra ninguem (2). •• 

II Ai noble térra ! oh deus ! tudo has perdido: 
largo gemido eu soltó sobre ti ! 
pozeste a esphera n'um callar profundo 
e agora o mundo encara-te e sorri. 

Ai sim findaste ! que e morrer se a fronte 
croada inda honte de inmmortal fulgor 
curvas ao mundo humilde e envilecida 
sem n'essa vida se espetar a dor, 

Sim foste grande mas em fim caíste ! 
em fim sentiste n'alma a corrupqáo 
eis-te luctando em adversa sorte 
sentindo a morte no imo coragao ! 



(1) Antonio Feliciano de Castillio. Ante prólogo de la Primavera, 

(2) Luis Augusto Palmeirim, 



J 



TOMAS RIBETEO . 237 

Ai ! sim que sentes esvair-se a vida 
o térra querida, o doce meu paiz ! 
de ti que resta 1 a sombra do pasado ! 
teu negro fado e o seu assim o quiz (1). n 

"No mar q'Europa d 'África divide, 
entra como a esplorar o seio as ondas 
o sáxeo promontorio que de Sagres 

tem hoje nome 

AUi o herqo foi da lusa gloria 

crera-lo hoje sepulchral moimento 

d'essa gloria defuncto-Oh vergonha ! 

sao as torres d'Henrrique. Afasta os olhos, 

viandante nao vejas esse oprovio 

de a nagáo que a primeira foi no mundo 

em grandezas — outrora — ...hoje em miseria (2)..i 

"Nao bem como um cadáver ja corrupto 
a na^ao se disolve : e em seu letargo 
o povo involto na miseria dorme (3).ii 

Y ¿cuál es el porvenir que con su decantada independencia está 
reservado á Portug-al? Escuchemos los pronósticos desconsoladores 
enunciados por un tradicionalista, por un monárquico reformador 
y por un demócrata republicano. 

Dice el Vizconde de Juromenha, tradicionalista : 
« Tienen odio á los conventos , é hicieron de Portugal un vasto 
«convento de trapenses : se encuentran dos portugueses y ¿ de qué 
»manera se dan los buenos dias? Como aquellos frailes, las expre- 
»siones que salen espontánea y simultáneamente de los labios de 
»uno y otro son estas: — il faut mourir. Esto está perdido, no 
»tiene cura (4).» 

Dice el Vizconde de Almeida Garret, monárquico reformador: 
»üna nación grande podia ir viviendo y esperar mejores tiem- 
»pos, á pesar de esta parálisis que le detiene la vida del alma en 
»la más noble parte de su cuerpo. Pero una nación pequeña, es 



(1) Luis Ribeiro de Sotomayor, Poesías, 

(2) Ahneida Garret. Dona Branca. Canto III. 

(3) A. Herculano. A Harpa do crente. 

(4) O Istmo de Suez e os portuguezes, pelo vizconde de Juromenha» Lisboa, 1870. 
4ff. 3. 



238 TOMAS RIBEIRO. 

»imposible : ha de morir. Diez años más de barones, y del régimen 
»de la materia , y huye infaliblemente de este cuerpo agoni- 
»zantede Portugal, el último suspiro del espíritu. Creo esto fir- 
»memente (1).» 

Y dice Antero de Quental, demócrata republicano; 

« Portugal es una nación enferma , y del peor género de enfer- 
»medad, la languidez, el enflaquecimiento gradual que, sin fiebre, 
»sin delirio , consume con tanta más seguridad , cuanto que no se 
»7e el órgano especialmente atacado , ni se atina con el nombre 
»de la misteriosa dolencia. La dolencia, sin embargo, existe. El 
»mundo portugués agoniza, afectado de atonía , tanto en la cons- 
»titucion intima de la sociedad , como en el movimiento en la cir- 
wculacion de la vida política..,. Yo, por lo que á mi toca, dejando 
»á un lado la poesía y el sentimentalismo, me contentaré con afir- 
»mar á los patriotas portugueses esta verdad de simple buen sen- 
»tido : que en nuestras actuales circunstancias , el único acto po- 
»sible y lógico de verdadero patriotismo, consiste en renegar de la 
»nacionalidad (2).» 

Teófilo Braga, va más allá todavía : no cree en la existencia de 
la patria. 

«Eras más feliz que yo, porque creías en la existencia de la 
»pátria, á la que te has sacrificado (3).» 

Tales son , la historia , el presente y el porvenir de Portugal, 
según el dictamen de sus más ilustres escritores. Después de haber 
descendido hasta la nulidad en el orden científico y literario, des- 
pués de haber sufrido el yugo bochornoso de Inglaterra, se en- 
cuentra hoy sin ejército, sin armada, sin plazas fuertes , sin colo- 
nias , sin agricultura , sin comercio , sin artes , sin hacienda , sin 
costumbres parlamentarias y sin garantías de instabilidad para su 
mentida independencia. Pues si esto es evidente, si el pueblo del 



(1) Almeida Garret. — Viagens na minha térra, cap. XLII. 

(2) "Portug"al perante a revolu(?áo de Hespanha. Considera^áes sobre o futaro da 
upolitica portugueza no ponto de vista da democracia ibérica, por Anthero de Quen- 
tal." Lisboa, 1868, pág. 29 y 39. 

(3) "Historia do direicto portugiiez, por ,Theofilo Braga." Coimbra, 1868. En la 
dedicatoria á su hermano, asesinado en los desiertos de África. 



J 



tOMAS RIBEtRO. 239 

Marques de Pombal corroído por la inmoralidad administrativa, 
tiene una deuda enorme y un déficit creciente , si se halla en el 
periodo de la agonia, si sus horas están contadas, ¿qué ha ganado 
con separarse de Castilla? ¿Hubiera sido más lánguida su exis- 
tencia, ni más temeroso su futuro, permaneciendo unido á este 
otro estado peninsular? 

Y en presencia de este pasado humillante, de esta actualidad 
decadente y de este porvenir azaroso, ¿qué se propone nuestro 
querido amigo Tomás Ribeiro al lanzar un grito de guerra contra 
sus hermanos de España? Esa exaltación anti-ibérica, siempre es- 
téril para el bien, y siempre lamentable, se comprendia allá en 
los atrasados tiempos en que Mendes de Foyos Pereira celebraba 
la victoria de Montes Claros (1), y en que Jerónimo Babia redac- 
taba su Lampadario de Gkrystal (2) ; pero hoy es contraprodu- 
cente y anacrónico. Si Portugal ha de perder su preciada autono- 
mía, no será ciertamente por invasión de las armas castellanas. De 
otro lado está surgiendo su inminente peligro. En sus discordias 
intestinas, en la escasez progresiva de sus mermados recursos 
financieros, en la pérdida más ó menos próxima, pero inevitable, 
de las pocas y mal administradas colonias que le restan, ahí es 
donde está el Alcacer -Kevir de la nacionalidad lusitana. Esto 
pensaba el Duque de Pálmela, primer diplomático portugués en el 
presente siglo, cuando decia que, después de la separación del 
Brasil, no quedaba otro medio de salvación para su patria que la 
unidad peninsular. 

Deje , pues , Tomás Ribeiro su ingrata tarea ; no malgaste los 
talentos que Diosle ha concedido en detrimento de un pueblo ami- 
go. Si volvemos la vista atȇs, sea para recordar nuestros comunes 
orígenes y no para hacer revivir nuestras recientes discordias. La 
homogeneidad de la Iberia es antigua, como es antigua la libertad; 
su fraccionamiento es moderno , como es moderno el absolutismo. 
En la remota época goda, la España entera estaba ya reunida bajo 
el cetro poderoso de Suintila. A mediados del siglo XVII fué 
cuando se constituyó definitivamente el Portugal , « esa enmienda 
»hecha por los hombres á las leyes naturales de la geografía (3).» 



(1) F&nvx, renascida, tomo V, pág". 258. 

(2) Fénix renascida^ tomo III, pág". 1. 

(3) Historia gemral de España, por D. Modesto Lafuente. Madrid, 1869. —Tomo I, 
pág-. 91. 



240 TOMAS RIBEIRÓ. 

Para apropiarnos la gloria de los que en tiempos lejanos engran- 
decieron la Península, no admitimos sutiles distinciones de locali 
dad ; no preguntamos los Españoles cuál fué la cuna del inmortal 
Viriato, ni preguntan los Portugueses dónde nacieron Trajano el 
Magnifico y Teodosio el Grande. Españoles y Portugueses hemos 
sucumbido en Guadalete ; Portugueses y Españoles hemos peleado 
durante siglos para reparar aquel inmenso desastre. Seamos supe- 
riores á las preocupaciones sinceras pero mezquinas del vulgo in- 
consciente. Ya que no podemos devolver hoy á nuestra patria co- 
mún la unidad que no supieron conservar nuestros abuelos, no 
agrandemos con odios inmotivados la distancia que nos separa ; no 
dirijamos nuestras miradas á los campos de Aljubarruta, ni al 
puente de Alcántara Fijemos los ojos en el porvenir, y marche- 
mos serena, resuelta y confiadamente hacia él, fortaleciendo nues- 
tro corazón con nobles y levantados sentimientos de patriotismo, 
de progreso, de concordia y de fraternidad. 

A. Romero Ortiz. 



J 



ESTADO GENERAL DE INGUTERRA 

EN EL SIGLO XVIL 



(Conclusión.) 



CAPITULO VI. 



RELIGIÓN. 



Las diferentes religiones que fermentaban en el seno de la so- 
ciedad inglesa, muy principalmente en la época de 1660 y 1688, 
pueden reducirse á tres grandes religiones: el anglicanismo, el 
catolicismo y el puritanismo. 

La religión anglicana era la única cuyo ejercicio estaba autori- 
zado por las leyes del Estado. Sin embargo, de los seis millones de 
habitantes que contenia la Inglaterra, podian contarse cerca de dos 
millones entre católicos y puritanos, unos declarados, otros ver- 
gonzantes. 

La Iglesia anglicana se dividía en 2 arzobispados , 24 obispa- 
dos, 14 vicarias, 26 deanatos, 60 arcedianatos, 544 prebendas y 
9.725 parroquias. Las dotaciones del culto y del clero estaban 
ampliamente cubiertas con las rentas procedentes de los 40.000 
feudos, que éste percibia en virtud de su ya mencionado derecho 
de frankdlmoigne. El Arzobispo de Cantor bery, que era el prelado 
más opulento del reino, cobraba una renta anual de 4.000 libras: 
las demás sedes episcopales percibían mucho menos. De las par- 
roquias, solas 725 redituaban arriba de 100 libras; algunas SO 
y 60 libras, y la mayor parte producían con trabajo 50 libras de 
anualidad. 

Acerca de la constitución del clero, diremos que los prelados 

TOMO XVI. 16 



242 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

eran elegidos por el cabildo catedral, en virtud de un decreto de 
la Corona llamado Oongé d'elire; j en este decreto se designaba 
la persona que debía ser elegida, no pudiendo el cabildo elegir 
otra alguna sin incurrir en la pena del premuniré. El elegido 
recibía de la Corona la confirmación de su nueva dignidad, y 
entonces juraba obediencia y fidelidad al rey , reconociendo su 
superioridad sobre la Iglesia, y condenando al mismo tiempo las 
doctrinas de San Simón, que es lo que aún hoy se llama «hacer 
profesión de contra-simonia . » Después de estas formalidades, era 
consagrado é instalado en su puesto por el Arzobispo. 

La mayor parte de las parroquias estaban sujetas al derecho de 
patronatos, y de aqui era que la provisión de sus vacantes corres- 
pondía de consuno al diocesano y al patrono. Este proponía al 
Obispo « ordinario » el ministro que debia desempeñar tal ó cual 
capellanía ó beneficio [living], y en el plazo fijo de 28 días debía 
aquel admitir é instituir al nombrado, dando orden al Archidiá- 
cono para que lo instaura . 

La doctrina, ritos y ceremonias de la Iglesia anglicana son tan 
poco conocidos entre nosotros , que no nos parece inoportuno el 
dar aquí una idea sucinta de ellos. 

Los 39 cánones decretados por el concilio de Londres en 1571, 
son la base, la esencia y el todo de la fé anglicana. Por ellos ad- 
miten y reconocen los doctores la Trinidad, la Encarnación, la 
Resurrección, la Descensión á los infiernos, la Ascensión á los cie- 
los y la virginidad de María. Aceptan los tres credos de Nicea, de 
San Atanasio y de los Apóstoles; autorizan los libros del Nuevo y 
Viejo Testamento, exceptuando los de Esdras, Tobías, Judith, Es- 
ther y Macabeos; no reconocen más sacramentos que el Bautismo y 
la Comunión, pero consideran los otros cinco como actos laudables 
en el cristiano; permiten el matrimonio á los sacerdotes, sin re- 
probarles el celibato; creen que Roma ha pecado, como pecaron 
Alejandría y Antiochía-^ rechazan la doctrina de la transustancia- 
cion y la del purgatorio; no conceden á la Iglesia el derecho de 
convocatoria sin la venia del poder civil; niegan la autoridad 
espiritual y temporal del Papa y de sus concilios: y finalmente, no 
reconocen más supremacía que la de la Corona, ni más autoridad 
que la de las santas Escrituras. 

El servicio divino de los anglicanos es bastante parecido al de 
la misa de los católicos. El sacerdote, vestido de sotana negra y 



EN 1 L .-^lOLO XVII. 243 

bonete del mismo color, oficia delante de un altar cubierto con un 
paño blanco y adornado con ricas bandejas de plata, al que llaman 
«mesa de comunión.» Las oraciones propias del servicio son: el 
Padre Nuestro, los Mandamientos de la Ley, la Epístola, él Evan- 
gelio, el Credo, el Ofertorio, el Prefacio, el Trisagio, la Consagra- 
ción, la Comunión, la Gloria y el Benedicite. El sacerdote se co- 
loca, unas veces al Norte del altar, otras vuelve la cara al pueblo, 
ora inclinándose, ora postrándose de hinojos. En la Consagración, 
después de dividir el pan simbólico y llenar el cáliz de vino, eleva 
en sus manos ambos elementos, diciendo en alta voz: «Este es mi 
cuerpo: esta es mi sangre.» Después del Credo pronuncia un corto 
sermón, y durante el Ofertorio los sacristanes recogen las limosnas 
de los fieles para los pobres y para el culto. El pueblo entre tanto 
sentado, de pié, ó de rodillas, canta al son del órgano el Credo y 
la Gloria. 

El modo de administrar los Sacramentos es el siguiente: el que 
deseaba recibir la Comunión, debía manifestar con tiempo su deseo 
al sacerdote: si el feligrés era de buena conducta, empezaba por 
confesarse pecador y arrepentido; luego recibia Is absolución de 
sus culpas, y se le administraba al fin la Comunión con ambas es- 
pecies, pan y vino. Pero si el pecador era conocidamente de mala 
conducta, el sacerdote le negaba su solicitud. El comulgante debia 
arrodillarse en el acto de recibir el sacramento, pero esto no impli- 
caba adoración, sino reverencia, puesto que se creia que el cuerpo 
y la sangre de Cristo estaban sólo en el cielo y nó en las especies: 
la hostia era un pedazo de pan, del mejor y más blanco que podia 
encontrarse, el cual se masticaba como otra cualquiera materia 
alimenticia; y el vino se servia en un jarro de plata, llamado cá- 
liz, diferente del que usaba el sacerdote. El pan y vino consagra- 
dos que no habían sido consumidos por los comulgantes, no podia 
salir nunca de la iglesia Según la doctrina anglicana, todo cris- 
tiano debe comulgar tres veces alano, y una de ellas por Pascua 
de Resurrección. 

Las ceremonias que se usaban en los bautismos eran en un todo 
iguales á las que están en uso en la Iglesia católica; pero al hacer 
el sacerdote la señal de la cruz en la frente del bautizado, «no 
quería imitar la práctica supersticiosa de los Romanos, sino seguir 
respetando la antigua costumbre de la primitiva Iglesia.» 

En la celebración del matrimonio no se declaraba manifiesta- 



244 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

mente que aquel fuese un sacramento, pero se pronunciaban pa- 
labras doctrinales que eran una solemne condenación del divorcio. 
Era el matrimonio, según se expresaba el sacerdote, «un estado 
»santo, instituido por Dios en tiempo de la inocencia del hombre, y 
»que significaba la unión mística de Jesucristo con su Iglesia:» y 
por lo tanto, anadia: «aquellos que Dios une ahora, no pueden ser 
»separados por la mano del hombre. » 

La administración de los Santos Óleos para los moribundos no 
era conocida en la Iglesia anglicana. El sacerdote, sentado á la 
cabecera del lecho del espirante, leia en alta voz la visitación de 
los enfermos, le exhortaba á que se ratificara en su fé, le instaba 
á que legase una parte de su fortuna en favor de los pobres, reci- 
bía la confesión de sus pecados, lo absolvía, y le administraba la 
Comunión si el paciente la deseaba. 

Por lo demás, la Iglesia anglicana, marchando en muchos casos 
al igual de la católica, censuraba y escomulgaba, hacía rogati- 
vas, daba acciones de gracias, prescribía la vigilia, el ayuno y las 
obras pias; celebraba 29 dias festivos, además de los domingos, y 
negaba sepultura al hereje, al relapso, al suicida y al que infrin- 
gía ó se olvidaba de cumplir con sus Mandamientos. 

Leyendo detenidamente los 39 artículos del concilio de 1571, y 
examinando las ceremonias que usa la Iglesia anglicana, no po- 
demos menos de descubrir en ella un secreto deseo de adherirse al 
catolicismo; deseo coartado por la necesidad de transigir con el 
protestantismo. No parece sino que Crammer, autor del catecismo 
inglés (prayerhooJí) , sentia más desvio por los reformistas que por 
el Papa, y se hallaba más dispuesto á reconocer la autoridad del 
uno que los principios de los otros. Hoy, como siempre, la Iglesia 
anglicana es la que más se acerca á la católica, en rito y doctri- 
nas, y es también la que parece mejor predispuesta de todas las 
disidentes á volver al seno de la religión madre. Doctores de am- 
bas comuniones han deplorado amargamente aquella infundada 
separación que dio nombre al protestantismo anglicano. Los unos, 
deseosos de provocar la unión, han fundado el puseismo; los otros, 
apeteciendo lo mismo, predicaron el jansenismo. Pero la transac- 
ción es imposible: la Iglesia católica prueba la infalible armonía 
de su doctrina por la constante uniformidad con que han venido 
sosteniéndola desde su fundación los sucesores de San Pedro: va- 
riar esa doctrina por transigir con sus hijos rebeldes, seria demos- 



EN EL SIGLO xvn. 245 

trar la poca consistencia de una fé vacilante, seria minar la sólida 
base de su edificio, seria proporcionar un arma terrible á sus in- 
cansables enemigaos. La paz es imposible si el anglicanismo mili- 
tante no rinde sus armas á discreción. Señalado este medio como 
el único posible para conseguir aquel objeto, no podemos predecir 
la conducta que observará en lo sucesivo la Iglesia anglicana; pero 
si hubiéramos dicho en el siglo XVII que la unión era por entonces 
forzosa, indispensable; y con sólo reflexionar un momento en la 
terrible anarquia á que estaba sometida la reforma, se convencería 
cualquiera de esta necesidad. 

Lutero, sujetando al libre examen los principios religiosos que 
él mismo predicara, engendró un cisma en cada pensador. El ra- 
cionalismo creció 'en medio del protestantismo. Los doctores de 
Oxford y Cambridge fundaron á porfía innumerables escuelas en 
la época de 1660 á 1688; y al ver la decidida rivalidad en que 
unos y otros daban á luz nuevas _doctrinas , parécenos estar pre- 
senciando una guerra literaria , donde el capricho ingenioso y la 
novelesca fantasia luchan ante el tribunal de un público de entu- 
siastas. Unos opinaban por lo que les plugo llamar liberalismo: 
otros pretendian acogerse á la autoridad. Aquellos predica- 
ban que el espíritu del cristianismo consistía en la sociabilidad: 
éstos sostenían que los ministros de Dios debian huir del mundo. 
Los primeros santificaban el matrimonio ; los segundos hacian la 
apología del celibato. Aquí se llamaba á Roma la Iglesia Madre: 
allí se la designaba como la prostituta del Apocalipsis. Todo era 
contradicción, controversia, caos indescifrable. Sheldom , el es- 
céptico xírzobispo de Cantorbery, consideraba la Religión como un 
instrumento político , útil para el gobierno : Cudworth , ateo y pe- 
dagogo del Temple, comparabala razón con la fe, fortaleciendo 
la una y debilitando la otra; y More, adoptando la filosofía de 
Platón y de Descartes, concluyó por divinizar al hombre, para 
hacerlo así participe de la felicidad del Ser Supremo. 

Entre esta multitud de escuelas descollaban dos rivales que han 
conseguido con el tiempo absorber á las demás. Launa se llamaba 
Arminiana, y la otra Latitiidinaria ; nombres que después han 
cambiado en Puseista y Liberal. La Universidad de Oxford era 
el centro de la primera ; la de Cambridge suministraba jefes á la 
segunda. 

Los x\rminianos, siguiendo con algunas modificaciones la doc- 



246 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

trina del holandés Arminius , daban á la Iglesia romana el título 
de Madre , y la consideraban como cuna del verdadero cristianis- 
mo. Respetaban profundamente las prácticas antiguas del catoli- 
cismo, y se sometían á todo lo dispuesto por los cánones de los 
concilios ecuménicos. Rechazaban las llamadas ceremonias papis-- 
tas, pero querían conservar las de la Iglesia primitiva. No conce- 
bían que sus contrarios pudieran llamar hijo de idolatría á las 
suntuosas vestiduras sacerdotales, ni á las procesiones que solían 
hacer alrededor de sus templos ó altares. Defendían las imágenes 
y los objetos venerandos del culto católico , y deseaban la restau- 
rsLQÍon de los conventos de frailes y monjas. 

Los Latitudinarios guardaban solidaridad con todas las escuelas 
protestantes , asi nacionales como extranjeras. Derivaban su nom- 
bre de la latitud de sus principios. Según ellos, un prelado anglí- 
cano podía comulgar en la mesa de un calvinista; un doctor presbi- 
teriano debía tener voz y voto "en los Concilios anglicanos ; y un sa- 
cerdote de cualquiera de las sectas reformadas podía ser ordenado 
por otro de secta diferente. Los católicos eran los únicos excluidos 
de tan amable reciprocidad. «Todos los reformistas, decían, pue- 
»den salvarse; pero los católicos se condenan irremisiblemente.» 

Tal era la anarquía que destrozaba el corazón de aquella Igle- 
sia ; y en ella se fundaban los hombres pensadores para desear su 
unión con la de Roma. Semejante suceso hubiera dado mayor real- 
ce á la religión católica , y elevado á mayor altura el mérito in- 
disputable de los doctores reformistas. Como teólogos, hubieran 
sin duda contribuido á ilustrar más y más la doctrina católica , y 
á combatir con sus raciocinios , tan avezados á la controversia, los 
errores que alguna vez ^e han introducido entre nosotros , debidos 
á la humana debilidad. 

Para poder dar una idea exacta del anglicanismo en la época 
ya citada , conviene decir algo acerca del carácter, costumbres y 
conocimientos de sus ministros. 

Ilustración , al par que vanidad , escepticismo , codicia y liberti- 
naje, eran las cualidades distintivas del alto clero. Ya hemos ha- 
blado de sus continuas disensiones : más adelante pondremos de 
manifiesto sus apostasías y sus pérfidas maquinaciones contra el 
Trono de Ips Estuardos. 

Componíase el alto clero de un sinnúmero de profesores , tanto 
en la filosofía y en las letras como en la oratoria sagrada. Larga 



j 



EN EL SIGLO XVII. 247 

es la lista de aquellas notabilidades, y muy corto el espacio qm 
hemos destinado á esta resena, para que podamos darle entera ca- 
bida. Sin embargo , debemos confesar que nunca despuntó entre 
aquellos un matemático como el jesuíta Riccate , ni un filósofo-na- 
turalista como Sheiner , ni un controversista como Bourdaloue , ni 
un historiador como Orleans , ni un literato como Graciano, ni un 
helenista como Kirsher ; porque el clero anglicano no tuvo los ele- 
mentos con que contaron los PP. Jesuítas para instruirse. El pul- 
pito era el g-ran campo de batalla donde recogían los reformistas 
sus laureles; y asi debió ser, pues que vivian en una época de dis- 
cusión : pero tampoco podemos elogiarlos como perfectos oradores, 
porque muchos leian sus sermones , y otros los recitaban de me- 
moria, después de haberlos escrupulosa.mente corregido. El ver- 
dadero orador pronuncia antes su discurso ; luego lo corrige y da 
á la prensa. Algunos se jactaban de predicar ex tempore , esto es, 
improvisando; pero no era esta la habitual costumbre. Un reloj 
de arena , colocado al lado de la tribuna , anunciaba al predicador 
que era llegado el momento de terminar su sermón. A veces el pue- 
blo entusiasmado pedia que el orador continuase; pero si éste abu- 
saba de la paciei^cia de su auditorio, se le hacia callar tocando 
repentinamente el órgano. 

El doctor Tennisson , que era el predicador de moda , atraia una 
brillante concurrencia á la iglesia de San Martin. Sus apasiona- 
dos le llamaron el Bourdaloue del anglicanismo; y esto mismo 
prueba la gran reputación que tenia aquel orador francés entre 
sus mismos enemigos. El doctor Tillotson predicaba en San Lo- 
renzo , y era la segunda espada del pulpito ; un verdadero doctor 
anglicano que , colocado entre el romanismo y el calvinismo , no 
reconocía más autoridad que la Biblia , ni se separaba un ápice de 
su contenido : sus sermones sirven hoy dia en los cursos de elo- 
cuencia sagrada . Burnett , predicador de San Clemente , y Kenn, 
que después fué Obispo de Bath , amonestaba á los fieles con ín- 
fulas de profeta, prediciendo pestes é incendios, exterminio de los 
tiranos, plagas, en fin, que infundían un bellísimo horror en las 
masas populares. Las palabras más notables de sus discursos, que 
hemos examinado, son: «sangre, muerte, cólera de Dios, iracun- 
dos rayos , venganza celeste » y otras sublimidades análogas con 
que creían sus autores elevarse al rango de los Elias y Crisósto- 
mos. South, predicador de la catedral de San Pablo, pecaba en 



248 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

mansedumbre. Su auditorio, que se componía de aristócratas y 
palaciegos , no hubiera podido sufrir los inoportunos consejos de 
una moral severa. South lo comprendía : no alababa el vicio , pero 
encontraba virtudes donde realmente no existían. Su tema fa^^o- 
ríto era el origen divino del poder Real , amplificando su discurso 
con alusiones más ó menos directas al Monarca reinante, á la aris- 
tocracia del pais y á las clases privilegiadas; y cuentan que le fué 
bien con su sistema, porque un dia en que Carlos lo escuchaba con 
visible complacencia, exclamó al fin satisfecho : «Preciso será darle 
un Obispado 1» South, sin embargo, tenia un rival poderoso en el 
doctor Sherlock, que si bien le era inferior en talento disertador, le 
sobrepujaba en dotes oratorias. 

El público concurría á las iglesias más bien para juzgar del ta- 
lento de los controversistas que por escuchar la palabra divina. No 
gustaba de la erudición de Barroso, porque no hablaba á las pasio- 
nes, ni de la metafísica de Sprat, porque no producía entusiasmo; 
pero en cambio se agolpaba á las puertas del templo cuando al- 
guno de sus oradores favoritos tomaba la palabra para combatir á 
sus rivales. En estos casos, los predicadores, olvidando su propio 
decoro y la dignidad del lugar, se lanzaban epigramas y sarcas- 
mos, empleaban argucias, sofismas y hasta chistes inoportunos para 
atraerse la benevolencia del auditorio. El pueblo llegó á creer que 
la Iglesia era un teatro, donde los autores se esforzaban por me- 
recer aplausos ; y en efecto, formáronse bandos de partidarios, que 
á manera de los verdes y azules, aplaudían ó silbaban á los orado- 
res sagrados con escándalo de las gentes juiciosas; sin que basta- 
ran á reprimir estos desórdenes los monitorios de los Obispos , ni 
los esfuerzos de la autoridad civil. Sólo el látigo de la sátira con- 
siguió imponer silencio á los disertadores. Entre las muchas com- 
posiciones satíricas que corrieron entonces con este objeto, podemos 
citar una célebre balada que empieza asi : 

A deán and prebendary 
Had once a new vagary... etc. 

Los protestantes miraban la carrera eclesiástica como otra cual- 
quiera ; es decir, que no era el recogimiento, ni la piedad, ni el 
deseo de practicar la virtud lo que les inducía á emprenderla, sino 
la ambición de gozar y poseer en el mundo material. Para conse- 
guir esto, el joven levita empezaba por servir á un Lord en calí- 



EN EL SÍGLO XVII. 249 

dad de capellán ó pedagogo, esperando á fuerza de merecimientos 
ascender rápidamente en su carrera. Su posición era entonces se- 
mejante á la que ocupaba el filósofo griego en casa del patricio 
romano. Además de dormir en un zaquizamí del palacio, de ves- 
tirse con los desechos de su amo, y de sufrir las impertinencias de 
Milady, estaba obligado á divertirá los niños con juegos pueriles, 
á servir de hortelano y á llevar mensajes , recibiendo en recom- 
pensa de sus trabajos diez libras de sueldo anual: esto es 1.000 
reales mal contados. En la mesa de Milord le estaba reservado un 
medio asiento ; queremos decir que sólo comia á medias, pues ape- 
nas se consumían los manjares del primer servicio, una señal con- 
venida le recordaba que su presencia era innecesaria, y el cuitado 
capellán se veia obligado á abandonar su puesto cuando iban á de- 
vorar el pudding y demás platos del postre. De este modo conse- 
guía tras largos años de paciencia y de servilismo, que Milord lo 
recomendase al Rey ó al Ministro, y siendo asi, desde luego podia 
contar con un curato ó una mitra. Testigos son los obispos Wil- 
kins, que fué capellán de Lord Say ; Wake, capellán de Lord Pres- 
ton; Stilingfleet , de Lord Southampton, y Sprat, que lo fué de 
Lord Buckingham. 

Ciertamente que, los que asi inauguraban su vida sacerdotal, 
no debian esperar que la posteridad los incluyera en el catálogo de 
los santos ni de los mártires. De un vicio sólo estaban exentos aque- 
llos memorables obispos : de la hipocresía ; pero no sabemos si es 
más vituperable el hipócrita, que encubre sus defectos por no con- 
taminar á los creyentes, ó el que haciendo gala de ellos corrompe 
con su ejemplo, se degrada á sí mismo y desacredita á sus compa- 
ñeros. El Arzobispo de Canterbury, era ateo declarado ; el de Lon- 
dres, jugador y disoluto; el de Rochester relajado hasta la depra- 
vación ; el de Salisbury y el de Lincoln, no tenían más ambición 
que la del oro para poder vivir en el ocio y el regalo. No com- 
prendían la caridad cristiana. La limosna era, según ellos, el 
premio de la vagancia, y el mendicante era á sus ojos el 
enemigo capital de la religión cristiana. Estas doctrinas, predica- 
das en el pulpito, dieron origen á aquellas leyes neronianas, que 
condenaban al pobre á la infamia y á la muerte. Nada estaba más 
lejos del ánimo del prelado, que contribuir á la creación de obras 
pías, al alivio del huérfano , del anciano y del paralítico ; pero en 
cambio cifraba su orgullo en levantar teatros y palacios, ó en fun- 



250 ESTADO GENERAL DF INGLATERRA 

dar coleg'ios, academias, museos y bibliotecas. Aún existen monu- 
mentos que recordarán en lo futuro la liberalidad de aquellos mag- 
níficos señores: tales son, el teatro de Oxford, valuado en 14 000 
libras, el monetario de Lincoln apreciado en 10.000, los palacios 
episcopales de Londres y Canterbury, la preciosa biblioteca de 
Lambeth, sin contar los legados que dejaron al morir para el sos- 
tenimiento de cátedras de filosofía y lenguas muertas , dotaciones 
á las sociedades literarias, á los colegios de Oxford y Cambridge, 
etc., etc. 

En vano buscamos entre ellos un alma virtuosa, animada de 
aquel espíritu evangélico que inspiró á José de Calasanz y á Vicen- 
te de Paul; ni nos dicen sus historias, pinturas ó tradiciones, que 
haya sido imitado el ejemplo de un Tomás de Villanueva, distri- 
buyendo limosna á manos llenas, ó de un Carlos Borromeo, admi- 
nistrando el viático á Jos coléricos. Y no porque les faltase tiempo 
ú oportunidad, pues la peste de 1665 que hizo más de 100.000 víc- 
timas en Londres, y el incendio de 1666 que dejó sin hogares á más 
de 14.000 familias, fueron ocasiones muy píopicias en las que hu- 
bieran podido demostrar su celo. En vez deesto,es sabidoque la peste 
sólo sirvió de excusa á los infames envenenamientos y aleves ase- 
sinatos denunciados por Defoe, que si bien no pesan directamente 
sobre el clero anglicano , tampoco consta que haya puesto de su 
parte cuidado alguno para evitarlos. 

Por lo que toca al bajo dero, cabe decir que era ignorante, cre- 
yente y humilde, y por esta misma razón, él era el que sostenía el 
edificio del anglicanismo. El parson (cura) no entendía de contro- 
versias, ni sabia, ni quería raciocinar, ni transigía con Armínia- 
nos, Latitudinarios ni independientes. Acérrimo defensor de su rey, 
y enemigo implacable de los católicos, sólo sabía obedecer ciega- 
mente el uno, y odiar públicamente á los otros. El era quien pre- 
sidia los autos de fé, cuando se quemaban en efigie á Lord Peter 
(el papa), y á los cardenales, á los santos, á los inquisidores, y al 
Rey Felipe II, con su ayuda de cámara el Duque de Alba. 

En pago de este celo, por no decir fanatismo, el cura estaba 
condenado á vivir en la más estrecha pobreza. Su vestido se com- 
ponía de una sotana raida y una casaca llena de remiendos . Su ha- 
bitación era una casucha agujereada y techada con paja; y su ajuar 
era tan reducido, que á veces no bastaba á responder de sus cortas 
deudas, teniendo en tales casos que empeñar hasta el tintero y la 



EN EL SIGLO XVÍI. 25. 

Biblia para satisfacer á sus acreedores. Tal estado producia natu- 
ralmente su descrédito en aquella sociedad tan apegada á los inte- 
reses materiales. Y en efecto, la nobleza lo despreciaba por plebe- 
yo ; la clase media repugnaba su trato por inculto y grosero ; el 
boticario y el escribano de su pueblo, se arrogaban sobre él la pre- 
cedencia; y en fin, su sociedad se componía de lacayos y doncellas 
de servicio. 

Los que tengan idea del modo decoroso con que es tratado entre 
nosotros un sacerdote católico, no se diga en los palacios de los 
grandes, sino en la misma cámara real, se admirarán sin duda al 
saber que el estrado del par son era la cocina de la casa baronial. 
Allí tenia sus pasatiempos y sus amores; y por cierto que no era 
corta su dicha si lograba á fuerza de obsequios sobreponerse á los 
lacayos, y cautivar el corazón de alguna ama de llaves. Una prueba 
de esto fueron las quejas á que dio lugar aquella ley de Isabel Tu- 
dor, que prohibía á los curas casarse con las doncellas de servicio, 
sin expreso consentimiento de sus amos. El famoso predicador Je- 
remías Collier fué uno de los que protestaron con mayor calor 
contra aquella ley arbitraria, «sin duda, dice Macauley, porque le 
» tocaba de cerca. » 

Pero en medio de esta pobreza y humildad, el bajo clero se man- 
tenía incorrupto. Si €i par son no era un dechado de virtud, era 
al menos un modelo de honradez y de buenas costumbres, desinte- 
resado en los cargos de su ministerio, cristiano de buena fé, y obe- 
diente á la disciplina de su iglesia. Era además en sociedad , buen 
padre y buen esposo. Su ignorancia misma lo ponia á cubierto de 
las inculpaciones que pesaban sobre el clero superior. 

Hemos dicho que el Anglicanismo era la religión dominante en 
Inglaterra , y esto era debido, no sólo á la superioridad del nú- 
mero, sino á la escasez de campeones que sostenían la religión ca- 
tólica en aquel país. Nuestros doctores ingleses, estaban menos 
versados que los protestantes en materias de controversia, no 
porque les faltase talento, celo ó instrucción , sino porque no go- 
zaban, como sus contrarios , de la libertad suficiente para exponer 
sus doctrinas. La ley del reino vedaba á los católicos hablar 
desde el pulpito ó por medio déla prensa, y lo que es más, les pro- 
hibía que residiesen en las islas Británicas ; y si bien es cierto 
que aquella ley absurda era en esta parte desatendida , no por eso 
dejaba de ponerse en vigor cuando el |caso lo requería. Los Bur-^ 



252 ESTADO GENERAL T>E INGLATERRA 

nett, Wake y Stiling-fleet, podían, pues, lucirse con sus teorías 
sin gran riesgo de ser contradichos. Y asi sucedia, en efecto, pues 
era tal la escuela del Anglicanismo, que á nadie concedía la borla 
de doctor en Teología , sin asegurarse antes de sus fuerzas como 
escritor y controversista ; de modo que el nuevo teólogo que que- 
ría dejar bien establecida su reputación, inauguraba su entrada 
en la milicia eclesiástica escribiendo un «tract,» esto es, un fo- 
lleto contra el Papismo, de que nadie hacia caso , por lo mismo 
que nadie los impugnaba. Estas publicaciones que , aun en el día, 
son innumerables, se parecían todas unas á otras. «El culto Ro- 
mano, decían, es la idolatría ; la doctrina cotólica no ha sido siem- 
pre la misma; la iglesia es falible , y otras mil proposiciones y comen- 
tarios sobre las imágenes, la confesión, los sacramentos, etc., etc. 

Algunas , aunque muy raras veces , consentía la Iglesia angli- 
cana en tolerar un asomo de disputa razonada , pero verbal y se- 
creta , á fin de que nada traspirase al dominio del público inteli- 
gente. Entonces Fisher se las había con Land, Golden con Stí- 
língfleet, y Serjeant con Whíttby: reñían, gritaban, se decían 
mil injurias y la cuestión quedaba siempre en pié. 

Pero el continente católico poseía atletas vigorosísimos, que no 
perdían de vista la causa de sus hermanos de Inglaterra . Bossuet 
era en aquella época el más brillante, si nó el más ortodoxo, de los 
teólogos del catolicismo. Estimulado por Luis XIV, aquel hom- 
bre eminente se propuso y consiguió hundir en el polvo toda lo 
sabiduría de los «tractístas» anglicanos. Su Exposition de la doc- 
trine de VEglise Catholique, apareció entonces como un bri- 
llante meteoro en el nublado horizonte de ia Cristiandad. Dryden, 
menospreciando el encono de su Iglesia, tradujo esta obra al idio- 
ma inglés , y desde entonces no se habló de otra cosa en aquel 
país. Preciso era defenderse de tan rudo ataque. Los Anglicanos, 
en efecto, salieron á la palestra, pero aunque aplaudidos en Lon- 
dres, ninguno de ellos consiguió hacerse oír en el continente. La 
refutación más notable que conocemos de la obra de Bossuet es el 
«Catecismo» de Wake, donde ponía su autor en parangón la doc- 
trina de ambos credos con bastante habilidad, y combatía la auto- 
ridad del escritor francés diciendo : «que no podía ser aceptable, 
»porquela Sorbona y el Vaticano habían censurado su obra.» Esta 
acusación, fundada en un hecho cierto , prueba la constancia y la 
escrupulosidad con que la Iglesia Romana ha sostenido siempre sus 



I 



EN EL SIGLO XVII. 253 

doctrinas, no vacilando en censurar á sus más ilustres teólogos, 
siempre que estos, llevados de su g-enio controversista, han podido 
deslizarse en la exposición de sus sag-rados dogmas. Pero no por 
eso se debilitó la sensación que habia causado Bossuett en Inglater- 
ra. En Francia, el entusiasmo era difícil de describir. Por todas par- 
tes se oia hablar de conversiones al catolicismo . Las conferencias 
que se tenian en casa de Mlle. Duras, dieron por último resultado 
lo conversión del gran Turena. 

Entre tanto, Bossuet infatigable, no contento con sus triunfos 
en la tribuna sagrada , empleaba la prensa en auxilio de su causa. 
Bossuet atacaba: los Anglicanos se áeíenámn. S\i I ffist oiré des 
Variations le proporcionó una victoria aún más decisiva sobre sus 
contrarios. En ella, después de probar con incontestables argu- 
mentos la necesidad de la fe y de la autoridad religiosa, combatió 
al Anglicanismo desde su cuna , pintando con vivísimos colores 
los vicios de Henrique VIII, y la indecorosa conducta de Isabel 
Tudor, patrona de los Hugonotes. Los Ingleses volvieron á la pa- 
lestra. Burnett ocupó esta vez el lugar de Wake, publicando su 
History of Reform. Esta obra fué considerada en Inglaterra 
como una cumplida refutación de la de Bossuet ; así lo creyó, al 
menos, el Parlamento, dando las gracias de oficio á su afortunado 
autor. Pero Bossuet hacía cada dia nuevos prosélitos. El incrédulo 
filósofo Gibbon se declaró vencido después de devorar con ansia la 
última obra del teólogo francés. — «Leí, aplaudí, creí.» — Estas 
fueron sus palabras, que se hicieron merecidamente célebres entre 
los católicos. 

> Estas luchas religiosas , lejos de procurar algún alivio á los ca- 
tólicos ingleses, sólo servían para empeorar su suerte. Para com- 
prender esto, basta hacerse cargo de las circunstancias particula- 
res de la época de 1660 á 1688, que es la que vamos historiando. 
Se temia entonces en Inglaterra que estallase una conspiración, 
que llamaban papista, como la de 1604, cuya explosión no podia 
menos de inflamar y consumir el edificio revolucionario levantado 
á duras penas en 1548 y en 1640. Los políticos ingleses estaban 
en acecho de este golpe trabajando por confundir lo que apellida- 
ban «la malicia del Obispo de Roma. » El modo de salir airosos de 
esta crisis, era adoptar una política, no de resistencia, sino de ac- 
ción, revolucionaria, anti-católica , El Catolicismo llegó, pues, á 
ser considerado como el emblema del despotismo ; el Jesuíta se 



254 ESTADO GENERAL DK INGLATERRA 

pintaba como su agente, y el Papa como el tirano de la sociedad. 
Así como en el dia de hoy el solo nombre de los cosacos del Don 
eriza los cabellos á los ultra-liberales , en el siglo XVII los dra- 
gones de Luis XIV, restaurando el catolicismo en la Rochela, y 
los Tercios españoles entronizándolo en la Valtelina, infundían un 
pánico cruel entre los protestantes. La seguridad de la Iglesia re- 
formada se consideró en peligro, mientras no se destruyera de 
de raiz la religión de los supuestos tiranos del continente. 

Los hombres políticos sabían sacar partido del estado eferves- 
cente de la opinión pública. Los oradores del Parlamento comba- 
tían diariamente á los ministros echándoles en cara los supuestos 
progresos del catolicismo.— «Tan cimentada está en el reino, de- 
»cian, la religión del Papa, que ni Dios mismo podría desarraigar- 
»la.» — El teatro, fiel eco del Parlamento, se convertía también á 
menudo , como ya dijimos en su lugar, en una reunión política, 
donde se pedia á gritos la sang-re de los católicos. Los jefes de la 
Iglesia anglicana hacían circular monitorios y cartas pastorales, 
dirigidas á los párrocos para que se predica,ra desde el pulpito una 
santa cruzada contra la «prostituta del Apocalipsis». Este celo 
exter minador de los Anglicanos solia á veces templarse con la sa- 
ciedad de sus iras ; pero al menor acontecimiento político ó reli- 
gioso, despertaba de nuevo y volvían las persecuciones con más 
furor que nunca. En estos casos el Rey y el Parlamento, arrastra- 
dos por la fuerza de la opinión general , deponían y nombraban 
nuevos ministros que supiesen llenar el cupo de las exigencias po- 
pulares, y Buckingham , Essex ó Shaftesbury, jefes del movi- 
miento anti-católico, entraban entonces á legislar contra los pa- 
pistas. El bilí de recusación, el edicto contra los Jesuítas, el esta- 
tuto del premuniré y el acta «de herético comburendo , » son dis- 
posiciones que de ellos emanaron, y que rivalizan con las de Sylla 
en tiranía y ferocidad. Por ellas vemos que todo el que no asistiera 
á los oficios de la Iglesia anglicana, era considerado como papis- 
ta, y castigado con multas, con el destierro, ;ó con prisión per- 
petua, ó se le confiscaban sus bienes, ó se le azotaba en público, 
ó se k condenaba á muerte. El papista era además excomulgado y 
declarado «outlaw,» esto es, fuera de la ley. No podía heredar 
ni testar, ni abrazar carrera alguna facultativa, ni ejercer cargos 
públicos , ni gastar armas en propia defensa, ni acercarse á la dis- 
tancia de diez millas de Londres, ni separarse cinco millas de su 



EN EL SIGLO XVlí. 255 

residencia, ni entablar juicios de equidad (equity) con ning-uno, 
ni educar á sus hijos en la relig'ion católica, ni enviarlos al conti- 
nente para que alli se educasen. 

La alta nobleza era , como hemos dicho , católica en su mayor 
perte: y como se considerase de gran interés politico el destruirla, 
se ideó aplicarle en todo rigor la ley conocida por el nombre de 
bilí de recusación. Esta ley terrible no condenaba las familias á 
la muerte, pero las reduela á la miseria, porque creaba un sistema 
de multas tan crecidas y variadas que forzosamente debian agotar 
las fortunas más considerables. Asi, por ejemplo, les imponía una 
pena de 120 libras por no asistir á la Iglesia anglicana; 70 por oir 
misa; 100 libras por hacer una visita á Londres; 100 por cada hijo 
que educaran en el continente; otras 100 por no delatar ú hospe- 
dar á un jesuíta; 10 libras por cada sirviente católico, y otras 10 
por cada huésped católico que albergaran. Los nobles pagaban y 
hacían lo que se les prohibía; pero aquellos que no teman suficiente 
fortuna para sufrir tantos gravámenes, eran católicos en secreto, ó 
emigraban clandestinamente. Hubo noble que llegó á pagar anual- 
mente por el capítulo de sirvientes 600 libras esterlinas. 

La resistencia pasiva era el escudo con que desafiaba la nobleza 
el rigor del bilí de recusación. Las damas escondían á los jesuítas 
en sus retretes , ocultaban en los desvanes los ornamentos sagra- 
dos , y en los dias festivos abrían sus capillas al pueblo católico. 
Este acudia con sigilo a recibir los consuelos de su perseguida re- 
ligión; pero rara vez lograba burlar la vigilancia de la policía. 
Más sedientos de oro que solícitos por el cumplimiento de su de- 
ber , solían aquellos esbirros inventar pretextos ó fingir sospechas 
para allanar los palacios de la nobleza católica. La noche les pres- 
taba su misteriosa oscuridad. Nada era sagrado para ellos desde 
que conseguían introducirse en la vivienda de un sospecho- 
so. Ni el recato de las doncellas, ni el rubor de las casadas, ni las 
justas reconvenciones de padres , esposos ó hermanos, eran bas- 
tantes á contener sus iiMecorosas pesquisas. Todo pasaba por sus 
manos. Un supuesto relicario , una cruz oculta en el seno , les da- 
ba autoridad para rasgar los velos del pudor con lasciva compla- 
cencia. En el condado de Hereford , hubo noche de allanarse 50 
palacios. En Londres, donde se contaban menos de 17.000 vecinos 
sospechosos de catolicismo , habla épocas en que se cometían dia- 
riamente las más escandalosas violencias. 



256 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

No contento con esto , el partido anti-católico favorecía y pre- 
miaba la delación. El protestante que delataba á un pariente suyo 
noble , era premiado con la administración de los bienes de su vic- 
tima, á quien desde luego se le confiscaba su hacienda. Las con- 
secuencias de esta medida son fáciles de adivinar. Para no citar 
más que un ejemplo, racordarémos el nombre de Lord Foljambe, 
que acusó á su anciana abuela, y obtuvo de este modo el usufruc- 
to de sus cuantiosos bienes . 

A veces también los católicos se vallan de otros ardides para 
aligerar el peso tiránico que los abrumaba , como era , por ejem- 
plo , amenazar al Gobierno con que emigrarían en masa al conti- 
nente. Entonces la corona les ofrecía , por vía de alivio, una reba- 
ja temporal del importe de las multas que pagaban como católicos; 
pero con la condición que , pasado cierto tiempo convenido , vol- 
verían á pagar sus impuestos por entero, con más todo lo que de- 
bían al Estado por créditos atrasados. De modo que lo que venían 
á conseguir los infelices era un plazo de espera , unas treguas más 
ó menos dilatadas, que servían de preludióla mayores sufrimien- 
tos. Ni aun enmedio de aquella paz momentánea vivían seguros 
los contratantes , porque además de exigirseles una fianza para el 
pago de sus futuros compromisos , se les encarcelaba á la menor 
sospecha, ó se les designaba un punto de destierro, del que no po- 
dían salir sin incurrir en gravosas multas. 

Los católicos plebeyos sufrían mucho más que los nobles , por- 
que eran más que éstos, adictos á la religión que profesaban. 
Ellos eran en gran parte los que llenaban las cárceles en las épo- 
cas de mayor encarnizamiento, con gran quebranto de los mismos 
protestantes , que no querían sufragar los crecidos gastos del pre- 
supuesto carcelario. Los jueces no podían siempre organizar ju- 
rados que bastasen á sentenciar tantos supuestos crimínales. Esto 
no obstante , cuando se restablecía la calma, crecía la desventu- 
ra del mísero pueblo católico ; porque agobiados con las crecidas 
multas que le imponían , tenía que luchar desesperadamente entre 
la muerte y la miseria. Comisiones de apremios recorrían de con- 
tinuo los campos y poblaciones , persiguiendo al colono con sus de- 
mandas , que generalmente ascendían á la mitad de sus rentas. 
Añádase á esto las contribuciones que como subditos ingleses pa- 
gaban al Estado, y las exacciones que sufrían de los señores feu- 
dales , y difícilmente concebiremos un estado más lastimoso. Los 



EN EL SIGLO XVII. 257 

sirvientes católicos devolvian en multas más del 50 por 100 de sus 
salarios , esto es , que apenas les quedaba un tercio de lo que gana- 
ban con sus afanes, de modo que puede decirse que trabajaban 
gratis ocho meses del año. Y desgraciado del que ¡no tuviera con 
qué satisfacer la codicia de los comisionados de apremio : los cas- 
tigos más infamatorios le aguardaban. Asi no era extraño el ver 
aquellos indigentes azotados en público , sin recato ni honestidad, 
ó conducidos al banco de la vergüenza , donde se les marcaba en 
las orejas con un hierro candente. 

Pero estas penas afrentosas se trocaban en horrorosos suplicios 
cuando recalan sobre un Jesuíta. La ley autorizaba á todos los In- 
gleses indistintamente para que le dieran caza , como á un animal 
dañino ; y aun llegaron á establecerse ciertas bandas ó compañías 
que no tenian más ocupación que la de perseguir á los Jesuítas, 
prenderlos y asesinarlos. La cabeza de uno de aquellos religiosos 
era un trofeo , en cambio del cual recibían los asesinos premios tan 
crecidos como codiciados. 

Los Jesuítas , por su parte, con la perseverancia que los ha dis- 
tinguido en todas épocas , hablan jurado la conquista de Inglater- 
ra ante las aras del catolicismo. Para conseguir su objeto funda- 
ron tres seminarios principales , en Douai, Reims y Valladolid, 
donde enseñaban á sus educandos que la verdadera misión del je- 
suíta era perecer en Inglaterra por el triunfo de la fé católica. El 
número de seminaristas que contenia cada uno de estos estableci- 
mientos llegaba á 150, de los cuales sallan anualmente 50 misio- 
neros para las Islas Británicas. El Jesuíta debía aprender , entre 
otras cosas , á burlar la vigilancia de sus enemigos , pues desde 
que pisaba el territorio inglés, su vida era un misterio que nadie 
comprendía. Mudaba á cada instante de traje y de posada , recor- 
ría los palacios de la nobleza católica , y se introducía disfrazado 
en la cabana del labriego. Su actividad era al mismo tiempo sor- 
prendente. Donde quiera que encontraba un auditorio , allí levan- 
taba su pulpito , y predicaba la obediencia al Papa y el odio á la 
Reforma. Decía misa en todas partes; administraba la Comunión á 
quien se la pedia; sublevaba los ánimos contra el Gobierno, y orga- 
nizaba conspiraciones políticas en la oscuridad de los subterráneos. 

Pero tarde ó temprano llegaba el dia en que , descubierto y pre- 
so, el Jesuíta era entregado al furor de sus verdugos. Un tribunal 
eclesiástico (the high commission court) le formaba inmediata- 

TOMO XVI. 17 



258 RSTADO GENERAL DK INGLATIíRRA 

mente causa en virtud del estatuto «de herético comLurendo.» In 
terrogábanle sobre su asistencia á la Iglesia , sobre sus opiniones 
religiosas y sobre el poder del Papa. Preguntábanle qué palacios 
y clubs frecuentaba , qué personas conocía , y qué secretos habia 
podido extraer por medio de la confesión. Pedíanle revelaciones so- 
bre los planes de la diplomacia extranjera, y sobre todo cuanto pu- 
diera interesar á la politica inglesa. Para romper su obstinado silen- 
cio se le sometía á la prueba del tormento, suplicio arbitrario y no 
reconocido por las leyes criminales de aquel pais , pero que autori- 
zaba la especialidad del caso. Los instrumentos que ponian enjue- 
go aquellos verdugos eran iguales á los que entre nosotros emplea- 
ba la Inquisición en el desempeño de sus funciones, y los Ingleses 
que aun hoy dia aparentan asombro al oir referir los horrores del 
tribunal del Santo Oficio , ignoran ó fingen ignorar las atrocidades 
que la Comisión eclesiástica de su país autorizaba como preludio 
de la muerte del Jesuíta. Aún existen , para examen de los curio- 
sos , las máquinas llamadas Scavenger y Eack , que pueden rivali- 
zar dignamente con las que se inventaron eji otros países para mar- 
tirio de los herejes. El Rack , sobre todo , era una especie de basti- 
dor cuadrilongo en el que se colocaba el cuerpo de la victima, atado 
por las extremidades de los pies y las manos. Una palanca ó unas 
cuñas de madera, introducidas á martillazos por las cabeceras cor- 
redizas del bastidor , lo forzaban á alargarse uno, dos ó más pies, 
estirando al mismo tiempo el cuerpo del paciente , que llega á ad 
quirir un tamaño deforme por la dislocación de las conyunturas. El 
Jesuita Nichols, sometido á esta terrible prueba, hubo de revelar los 
secretos de la confesión á despecho de sus más fuertes companeros. 
Los Generales de la Orden Jesuita no se dejaban enternecer 
por las exclamaciones de los mártires. — «¿Quién resiste á tal su- 
»plicio?» decían los agonizantes. — «Los que han resistido á los 
»cannibales, á los antropófagos y á los salvajes del Paraguay, no 
»deben temblar ante unos herejes civilizados.» Esta réplica era un 
mandato, y el Jesuita estaba acostumbrado á obedecer. Entonces, 
para vencer su tenacidad, le imponían sus jueces la peine forte et 
dure, que era una muerte lenta y horrorosa. Colocábase al reo so- 
bre un bastidor cuadrilátero, en posición supina, tendido y atado 
por los pies y manos á los cuatro postes que formaban los ángulos 
de su lecho de muerte; luego le ponian pausadamente sobre el pe- 
cho ciertas cantidades de plomo, cuyo peso, calculado de antema- 



EN EL SIGLO XVII. 259 

no, iba quitándole poco á poco la respiración hasta que exhalaba 
el último aliento. Este suplicio solia durar dias enteros , y entre 
tanto mantenian á la victima con agua y pan de cebada á fin de 
que el hambre no abreviase su muerte. 

Cuando la pena del tormento se hacia inútil , por la confesión 
voluntaria delJesuita, se le daba muerte más pronta, pero no menos 
bárbara. No queremos detenernos por más tiempo en describir hor- 
rores: baste decir que hubo victimas que vieron quemar sus propias 
entrañas; y luego que la muerte poniafiná su martirio, un cortador 
de oficio descuartizaba el cadáver, para que fueran sus trozos sus- 
pendidos como trofeos de las puertas de la ciudad. La cabeza se 
clavaba en la punta de una cucaña elevada en el puente de Londres. 

Hemos hablado de la religión anglicana; réstanos hacer otro 
tanto respecto del puritanismo, que es sin duda la secta más impor- 
tante para nuestra historia. Puritanismo quiere decir á este respecto 
tanto como revolución religiosa: el puritano personifica la Reforma. 

Fuller lo define asi. «£1 Puritanismo fué concebido en el reinado 
»de Eduardo VI; nació en el de Maria; se amamantó en el de Isabel; 
»c recio en el de Jaime, y llegó á ser, en tiempos de Carlos I, un 
»Hércules que dio muerte á la jerarquia episcopal.» A esta pintu- 
ra podemos añadir que ese robusto .itleta era ya en la Restaura- 
ción un ciego y misero anciano que caminaba á pasos de gigante 
hacia la decrepitud. 

Y en efecto: el puritanismo del siglo XVII era la sombra de lo 
que habia sido. La idea permanecia, pero faltaba á sus sectarios la 
fuerza, la decisión y el entusiasmo que fueron las armas de los pri- 
meros reformistas. Butler, que vio postrado al coloso, acertó á 
darle el último golpe con la publicación de su Hudihras. Esta sá- 
tira, aunque muy inferior al Quijote , ha valido á su autor el ser 
comparado con nuestro Cervantes, según ya dijimos en otro sitio; 
comparación que se funda sin duda en la similitud de los argu- 
mentos de ambas obras, ó en los efectos que produjeron; pues puede 
decirse que si el Quijote concluyó para siempre con la caballería 
andante, el Hudihras dejó muy mal parado al puritanismo. No 
creemos inoportuno dar una idea de aquella novela satírica, por lo 
mucho que se roza con el asunto que tratamos. 

Hudihras y su compañero Ralph recorrían los condados de In- 
glaterra con el loable objeto de castigar el vicio y premiar la vir- 
tud. El primero era un juez itinerante, y el segundo un alguacil 



260 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

parlero y amigo de controversias: con esto, y con ser el uno pres- 
Húeriano y el otro independiente, tenía el autor materia larga para 
haber escrito volúmenes sin cuento, porque las disputas entre doc- 
trinarios no concluyen nunca, por mucho que se escriba ó hable. 
Pero Butler supo dar á su novela una extensión conveniente, y, 
aunque, á pesar de todo, aquella obra carece hoy dia de interés li- 
terario, es muy apreciable como documento histórico, por la exac- 
titud con que están allí pintadas las costumbres puritanas. A ella 
podrá recurrir el lector si las noticias que aquí insertamos no le 
satisfacen. 

El puritano , según nos le ha querido pintar , era un ridículo 
personaje que afectaba sencillez en el vestir, dolor y 'dignidad en 
el rostro, beatitud en sus expresiones y austeridad en sus costum- 
bres. Hablaba pausadamente y en tono nasal, y tenia además el 
prurito de mentar á cada paso el nombre de Dios. Para expresar 
tanta ridicula bienaventuranza inventó la sátira los adjetivos God- 
ley y Sabhatical, que se aplicaban indistintamente á su persona, 
acciones y palabras: Qodley de Qod (Dios), ^ que es como si dijéra- 
mos bendito; y Sahhatical de Sahhath, palabra bíblica que el puri- 
tano había adoptado en vez de la inglesa Sunday (domingo), por- 
que esta última se deriva de la idólatra lengua sajona, y Sabbath 
trae su origen del sagrado idioma hebreo. Así, por ejemplo, era 
Qodley el gastar el cabello corto y la casaca raida, el fijar los ojos 
en el cielo, el suspirar con frecuencia y otras gazmoñerías ; y era 
Sabbatical el que observaba con toda rigidez los preceptos del Sab- 
bathy como eran no comer ni beber con exceso en los días festivos, 
ni jugar al ajedrez, ni cazar zorras, ni leer novelas, ni frecuentar 
los teatros, ni cohabitar con la mujer propia, ni cantar, bailar ó 
demostrar regocijo. En estos días de rigorosa observancia estaba 
comprendida la Pascua, que debía solemnizar el puritano con ayu- 
nos y lamentos , en vez de entregarse á las indecorosas jubilacio- 
nes del vulgo . 

Inútil es decir que el catolicismo no tenía enemigos más enco- 
nados que los puritanos. Todo cuanto predicaba la Iglesia Romana 
era abominable según ellos. La virtud misma dejaba de serlo des- 
de que era practicada por los católicos. Si el puritano hubiera te- 
nido á su cargo el gobierno de su país, desde luego debia suponerse 
que hubiera movido cruda guerra á Roma y al Antecristo, hubie- 
ra restablecido la legislación de Moisés y el reinado de los santos, 



EN EL SIGLO XVII. 261 

y la Inglaterra, purgada de sus vicios, se hubiera trocado, por sus 
merecimientos , en un nuevo pueblo de Israel , en un pueblo de 
elegidos. Tales eran las ideas de aquellos visionarios. 

Considerado el puritano como filósofo , le vemos dominado por 
una idea fija, que simboliza todo un sistema de reacción religiosa. 
Esta idea, ó más bien, esta manía, fué lo que se llamó Hebraísmo. 
El puritano vivia en el mundo de la Biblia; preparar una revolu- 
ción para que volvieran los tiempos al estado que allí se nos pin- 
tan , tal era el móvil secreto de su conducta. Sólo asi se explica 
aquel afán por desenterrar nombres bíblicos , y aquella constante 
imitación de cuanto hicieron ó dijeron los Hebreos. Por eso vemos 
que los nombres de Guillermo y Elena fueron sustituidos con los 
de Isaac y Rehecca , mientras el templo gótico se convirtió para 
ellos en synagoga. A fin de dar impulso á este movimiento revo- 
lucionario, aparecieron profetas sin cuento, unos vaticinando y 
otros haciendo milagros, que lograron la palma del martirio, víc- 
timas en las garras de la policía. Durante la peste de 1665, pulu- 
laban en Londres los Jeremías y Bautistas. Uno recorría las calles 
desnudo, llevando en la cabeza un brasero de carbones encendidos 
y diciéndose intérprete de las iras del Cielo. Otro, imitando á Jo- 
ñas, gritaba con voz atronadora: «¡Cuarenta horas más, y Londres 
será destruido I » Los impostores se aprovecharon de la calamidad 
pública para influir en el ánimo de los ignorantes afligidos. Hubo 
quien vio en el Cielo una espada de fuego, y quien oyó la voz del 
Altísimo lanzando anatemas en el silencio de la noche. En las par- 
roquias de las aldeas aparecieron los rigoristas, que profesaban un 
horror invencible al vestido, y andaban por lo mismo in naturali- 
bus. En los páramos y desiertos se veían los ascéticos, que, á imi- 
tación de Cristo, ayunaban los cuarenta dias y cuarenta noches de 
la Cuaresma. También hubo quien practicó la poligamia , por ser 
costumbre característica de los antiguos patriarcas , y quien , si- 
guiendo el ejemplo de San Juan Bautista, bautizaba á los neófitos 
zambulléndolos en un rio. 

Entre estos profetas se cuentan tres , que llegaron á tener en el 
pueblo reputación de tales. Mugleton, el primero, pronunciaba 
anatemas contra todo el que no creyera que Dios tenía seis pies de 
altura y que el sol se hallaba distante cuatro millas de la tierra. 
Venner era una especie de comunista, que predicaba contra los ri- 
cos, los nobles y los reyes. Naylor, en fin, el que más llamó la 



262 ]:8TAD0 GENERAL DE INGLA.TEÍIRA 

atención pública, era un joven hermoso, que según la opinión del 
vulgo se parecía en un todoá Jesucristo. Sus discípulos le hicieron 
entrar triunfante por las calles de Bristol, y cuentan que el pueblo 
tendia por el suelo sus capas ó vestidos para que le sirvieran de ta- 
piz, cantando al mismo tiempo con entusiasmo ¡Hossannah! ¡Hos- 
sanah ! El Parlamento se ocupó de la suerte de este infeliz , como 
en otro tiempo el Sanedrín con Jesús. Una mujer declaró que 
lo habia visto morir y resucitar á las cuarenta y ocho horas de ha- 
ber sido sepultado. Empleáronse diez dias en insultarle y pedir su 
muerte, sin que el reo contestara á sus acusadores más que aque- 
llas célebres palabras «tú lo dices.» Por fin, Naylor fué preso, en- 
carcelado y azotado; pero no consiguió morir en una cruz. 

Recorría por entonces la campiña de Inglaterra un anciano vene- 
rable, vestido con un justillo de cuero, apoyado en un báculo y le- 
yendo un librito: la Biblia. A veces permanecía el dia entero recos- 
tado al pié de un árbol; otras se le veia pasear las praderas con la 
cabeza inclinada, en aire meditabundo. Era un ser inofensivo, so- 
brio, amable y caritativo con exceso. Vivia gin miedo ni pasión. De- 
ciase que era hijo de un zapatero, y que habia abandonado la casa 
paterna, porque habia oido una voz del cielo que le mandaba alejar- 
se del mundo para vivir entregado á la meditación y á la peniten- 
cia. Su nombre era Jorge Fox, fundador de la sectade losQuákeros. 

Esta secta, la más famosa entre todas las puritanas, merece 
examinarse con alguna detención. Los Quákeros rechazan todo rito 
ó ceremonia religiosa. No reconocen los dias festivos , ni admiten 
los Sacramentos, ni ven la necesidad de construir iglesias. Dicen 
que un templo es una casa con torre , y que un sacerdote es un 
hombre autorizado por otro hombre. — «El verdadero culto, decia 
)!>Fox, está en el recogimiento, que nos prepara á bien vivir y á 
»escuchar las inspiraciones del sagrado espíritu.» En cuanto á lo 
contenido en las Escrituras , opinaba que no debia ignorarse por 
ser parte esencial de la historia; pero que no era necesaria para el 
hombre religioso, porque el espíritu divino que todas las criaturas 
reciben de Dios era suficiente para iluminarlas. Condenaba la 
guerra como pasión sanguinaria , indigna del cristiano. Prohibía 
la pompa funeraria, los monumentos y hasta las lápidas mortuo- 
rias que no fueran de piedra tosca. Se oponía al lenguaje de la 
etiqueta, resistiéndose á dar á los príncipes el tratamiento de Al- 
teza ó Majestad , y mucho menos el de Gracia ó Señoría á los pre- 



EN EL SIGLO XVII. 263 

lados y nobles. También mandaba que el Quákero no se descu- 
briese la cabeza ante persona alguna ; que el saludo común fuese 
la palabra «¡friend!» (amigo); y que hablara con todos familiar- 
mente, usando el pronombre «thou» (tú) en vez de «you» (usted) . 
No permitía que se prestase juramento, ni en los tribunales ni 
fuera de ellos, y recomendaba la obediencia pasiva á toda autori- 
dad ó Gobierno constituido. Tal era , según Fox , el verdadero es- 
píritu del cristianismo. 

Pero los Puritanos no consiguieron jamas organizarse en un 
cuerpo unido; por el contrario , reinaba entre ellos la confusión y 
la anarquía. No tenían un credo de doctrinas. Cada cual, mar- 
chando fuera de la órbita de la autoridad y de la tradición , se 
encaminaba al individualismo. De aquí resultaron innumerables 
escuelas, aunque no todas merecen este nombre. Tales eran las de 
los Presbiterianos, Disidentes, No Conformistas, Brounistas, Sepa- 
ratistas, Antinomianos, Anabaptistas, Millenarios, Socinianos, In- 
vestigadores, Libertinos, Familistas, Entusiastas, Perfectistas, 
Zelosos, Ántitrinitarios , Escépticos, Quákeros y Baxterianos. De 
éstas, si descartamos las que hacían consistir su no-conformidad 
en razones filosóficas poco atendibles , ó de puro individualismo, 
diremos que los Baxterianos opinaban que la salvación habia sido 
ofrecida al hombre bajo la sola condición de «creer,» y que por lo 
tanto todos se salvaban sin atención á las buenas ó malas obras. 
Los Anabaptistas predi<;aban la necesidad del bautismo de los adul- 
tos, la superñuidad del vestido y la conveniencia de la poligamia. 
Los Brounistas componían el bando democrático del puritanismo, 
no reconociendo más autoridad que la voz del pueblo; y en fin, los 
Socinianos no creían en la Trinidad. 

Además de estos principios acogían los puritanos ciertas máxi- 
mas que atacaban más directamente el orden social, y que nos pa- 
rece oportuno consignar en este sitio. — «La conservación de sí 
»mismo, decían , es la ley fundamental de la naturaleza, y son 
»antí cristianas todas las leyes civiles que se le antepongan. — La 
»doctrína evangélica que recomienda el sufrimiento de la injuria, 
»no se opone á la resistencia. — El cristiano no debe acatar la doc- 
»trina de obediencia pasiva: sí los primitivos creyentes la observa- 
»ron fué porque el paganismo era la religión del Estado. — El que 
»mata á un tirano por revelación divina , no infringe la ley de 
»Díos, porque el hecho de Phínes es más que un ejemplo: es una 



264 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA 

»órden. — Los regicidas de Carlos I han sido instrumentos benditos 
»del Ser Eterno. — Todo lo hecho está bien hecho; y el que se so- 
>>mete á lo hecho, obedece á la mano de la Providencia, etc.» Hé 
aquí sancionados el eg-oismo, el regicidio y el fatalismo. 

La Universidad de Oxford censuró estas proposiciones en 21 de 
Julio de 1683; y desde entonces, alarmados los Anglicanos con el 
progreso de los Doctrinarios, resolvieron exterminarlos á todo trance. 
Era además notorio que una gran parte de los párrocos del reino 
profesaba opiniones semi -puritanas; y si no se acudia á remediar al 
mal, la religión anglicana caerla en olvido y menosprecio. Para 
cortar estos resultados se pidió y obtuvo de la Corona el llamado 
«bilí de uniformidad,» que contenia las siguientes disposiciones: 

1 .^ Todo miembro del clero debe prestar ciega obediencia á lo 
contenido y prescrito en el libro del Gommon Prayer (catecismo). 

2.* Ninguno que no haya recibido órdenes por mano de un 
Obispo anglicano podrá administrar los Sacramentos ni ejercer 
funciones eclesiásticas. 

3.^ Toda persona, de estado eclesiástico^ ó seglar, que desem- 
peñe curatos, ó prebendas, beneficios, dignadades , cátedras y aun 
pedagogías privadas, suscribirá una declaración en que manifieste 
la ilegalidad de hacer armas contra la Corona, bajo cualquier for- 
ma ó pretexto. 

Dos años después , la misma Iglesia obtuvo del Parlamento el 
«Coventicle Act.» Este acta declaraba ser conventículo, ó club ile- 
gal , toda asamblea que constare de más de cinco personas , y cuyo 
objeto fuera dedicarse á prácticas religiosas no autorizadas; y 
finalmente , dos anos más tarde se publicó el «five mile act , » que 
prohibía á todo disidente acercarse á la distancia de cinco millas 
de cualquier municipalidad. 

Estas tres actas fueron los instrumentos de que se valió la Igle- 
sia anglicana para combatir al puritanismo. Pronto se vieron las 
cárceles del reino encumbradas de puritanos ; y como no hubiese 
acomodo suficiente , por estar ya llenas de católicos , se improvi- 
saron calabozos y casas de detención , brindándose los particulares 
á hacer oficio de carceleros. 

Publicóse por este tiempo una obra titulada el Doomdale, donde 
se pintaban al vivo los padecimientos de los puritanos. Doomdale 
era el nombre de un lóbrego calabozo, donde Fox y otros notables 
compañeros suyos, gemían ya desde hacia mucho tiempo Era su 



EN EL SIGLO XVIl. 265 

carcelero un señor absoluto de vidas y haciendas, que , guardando 
para si los fondos que le pasaba el Erario para la manutención de 
los presos, los dejaba morir de hambre y de malos tratamientos. 
Alli se veian rodando por el suelo las cabezas sangrientas de los 
decapitados, que caian bajo el hacha del verdugo en cualquier si- 
tio y hora , á vista de los infelices que aguardaban igual suerte, 
sin que hubiera quien sepultara aquellos despojos , hasta que des- 
carnados por la fuerza activa de la putrefacción , servian luego de 
juguete á los malhechores detenidos. Otro opúsculo que hemos te- 
nido á la vista , el PJiarisee unmaked , describe los horrores de la 
cárcel de Neugate , donde se declaró una peste tan violenta , que 
no daba tiempo á los verdugos para consumar sus hechos inhu- 
manos ; y si esta autoridad no fuere suficiente , tenemos la de Ma- 
kintosh, que al hablar de las cárceles públicas dice asi : — «La mor- 
«talidad debió sin duda exceder á los cálculos más abultados, y la 
»peste debe considerarse como un rico presente de la Providencia , 
»que quiso poner término á tantos y tan horribles sufrimientos.» 

El sistema carcelario de Inglaterra , tal cual se conocia antes y 
después de la Restauración , bastaba por si sólo para caracterizar á 
las naciones más bárbaras del Asia. Muchas cárceles habia sin 
presupuesto señalado para su sostenimiento ; otras se arrendaban 
en subasta pública, y otras, en fin, eran establecimientos particu- 
lares, donde estos hospedaban á los presos por su cuenta y riesgo. 
El puritano que entraba en una de aquellas pocilgas, estaba obli- 
gado á pagar un derecho llamado «chummage,» que consistia en 
dar de comer un dia entero á los detenidos , ó repartir entre ellos 
y el carcelero una suma de dinero equivalente. De este modo con- 
seguia ser tratado con alguna humanidad , hasta que llegaba el 
dia de la vista de su causa. Un solo juez de primera instancia, sin 
intervención de jurado, componía el tribunal que iba á decidir de 
su suerte. La sentencia no podia menos de ser tan bárbara como 
inmerecida. Desde luego era de presumir que saldria condenado á 
la pena capital , á la trasportación , ó á morir entre cadenas ; y 
feliz el que escapaba con ser azotado , ó con sufrir que le cortaran 
la oreja , le abrieran la nariz , ó le marcaran á fuego el rostro, 
pues todos estos martirios reunidos no igualaban en crueldad á la 
sola pena de cadena perpetua. 

El desgraciado sobre quien recala esta última sentencia, era 
desde luego trasladado á un inmundo calabozo , y confundido con 



2(36 ESTADO GENERAL DE INGLATERRA EN EL SIGLO XVII. 

el parricida, con el idiota, con el ladrón y con el asesino. La coin- 
pañia de los locos le aterraba sobre todo , por temor á la rabia, 
muy común en aquellos tiempos. No se le permitía más cama que 
una estera , á menos de hallarse g-ravemente enfermo , en cuyo 
caso se le mudaban las sábanas cada diez ó doce meses. Estas cár- 
celes, además, no tenian cañerías, ni huecos suficientes de venti- 
lación , porque los empresarios, sujetos á pagar la contribución de 
ventanas (windoutax) estaban interesados en no abrir sino las muy 
precisas. De estas causas, unidas á los malos alimentos que recibian 
los presos, se originó la llamada fiebre ó peste carcelaria (gaol fe- 
ver), que, según las estadísticas probables, consumió más docenas 
que la cuchilla segregó unidades. Para dar una idea de la infec- 
ción que reinaba en estos sitios , baste decir que los jueces, al ha- 
cer sus visitas de costumbre , llevaban consigo sales , vinagres y 
espíritus fuertes para no desfallecer; y á pesar de esto, sus vestidos 
se contaminaban de tal modo, que aun después de lavados conser- 
vaban una fetidez insoportable. Y sucedía á menudo que las hojas 
del libro de memorias del visitador se tomaban de la peste, y era 
necesario secarlas al calor de la lumbre para poder escribir en ellas. 

Habia caldo en desuso la pena de la hoguera , que tan común 
llegó á ser en la época anterior á la revolución. Testigo es el cam- 
po de Smithfields , que hoy sirve de mercado , y que fué un reme- 
do del Campo Grande de Valladolid. Pero en cambio estaban en 
voga los descuartizamientos y los suplicios de la horca y el pillo- 
ry. La plebe gozaba de estos espectáculos con su acostumbrada fe- 
rocidad. El fanático encontraba á cada momento señales de triun- 
fo que aumentaban su celo. Si pasaba por la encrucijada de un 
camino, vela con satisfacción el tronco de un decapitado : si que- 
ría atravesar un puente, fijaba su vista en una cabeza sangrienta 
que parecía sonreírse en la punta de una cucaña: y si, curioso, se 
apostaba en escucha junto á los muros de Neugate, hondos suspiros 
y lejanos lamentos le revelaban un mundo de misteriosos crímenes. 

Tal era la Inglaterra religiosa del siglo XVIL 

Cuando después de recorrer aquella ominosa época, echamos 
una ojeada por los tiempos presentes, y vemos la libertad y la to- 
lerancia suceder á la opresión y al fanatismo, el corazón se ensancha 
y el historiador so felicita al legar á sus sucesores la plácida tarea 
de escribir una historia, limpia al menos dej sangre y de verdugos. 

Isidoro Gutiérrez de Castro. 



LA VENUS DE MÉDICIS. 



Por la fuerza del g-éiiio concebida, 
en un delirio de placer creada, 
eres la imagen del amor soñada 
que á la ventura celestial convida. 

Nada te falta para ser querida , 
hermosura, candor, juventud, nada: 
ay! quién al mármol de que estás formada 
llevar pudiera el fuego de la vida ! 

Más de una vez, cuando al pasar te veo 
del pedestal qneriendo desprenderte 
buscando á tu belleza digno empleo, 

los brazos tiendo á ti para cogerte. ., 
¡aberración sublime del deseo, 
que cura pronto el hielo de la muerte ! 



Florencia, 1868. 



POMPEYA. 



Henchida el alma de mortal tristeza 
penetro en ti , Necrópolis gigante, 
y de tu vasta inmensidad delante 
inclino descubierta la cabeza. 

De tu desierto Foro la belleza, 
de tus pinturas el matiz brillante, 
vivo me representan cada instante 
un pasado de gloria y de grandeza. 

Vi los escombros de Numancia un dia ; 
de Itálica y Sagunto el polvo vago 
que el viento arrastra en la extensión vacia. 

Doquier de la fortuna vi lo aciago; 
pero jamás sonó la mente mia 
ni tanta soledad, ni tanto estrago. 



Ñapóles, 1869. 



EN EL GOLOSEO. 



— Solo en la arena estoy; á mí, lictores ! 
Augusto Emperador, te desafío ! 
El Dios de los cristianos es el mió, 
y tu poder desprecio y tus furores. 

Cérquenme ya los tigres bramadores , 
que quiero en ellos ensayar mi brío , 
y una vez más el holocausto impío 
ofrece en el altar de tus errores 

Aún en la arena estoy! Reposo mudo , 
fatídico silencio , quietud santa , 
indecible terror hallo doquiera . 

Nadie responde á mi lenguaje rudo : 
sólo una cruz al cielo se levanta, 
donde la luna inmóvil reverbera! 

Manuel del Palacio. 

Roma, 1869. 

Nota. Estos tres sonetos forman parte de la colección que el autor ha 
formado, y que verá en breve la luz pública. 



CAMPAÍÍA FRANCO-ALEMANA. 



La guerra gigantesca que ha mantenido á la Europa en muda 
espectacion durante los cuarenta dias que acaban de trascurrir, 
tiene asombrado al mundo moral con sus horrores , y al mundo 
político con la previsión de sus consecuencias. Es preciso, sin em- 
bargo, dominar prontamente la emoción y darse prisa á reflexio- 
nar. Los hombres pensadores tienen el deber de considerar los pe • 
ligros para conjurarlos ó para combatirlos , y puesto que para lo 
primero va haciéndose algo tarde , hay que estudiar ya el modo 
de que los sucesos que puedan afectarnos directamente nos cojan 
prudentemente apercibidos . 

Cuando en los primeros dias de Agosto la Francia, no contenta 
con la renuncia del Principe prusiano á la candidatura para el 
Trono español , exigia del Rey Guillermo el compromiso de im- 
pedir en todo tiempo la aceptación de la Corona de España por un 
individuo da su familia , la opinión general de la Europa se sintió 
impresionada por la soberbia pretensión del Gobierno francés y un 
sentimiento de equidad la inclinó de parte de la Nación prusiana, 
en quien la prudente reserva y el comedimiento de los actos y de 
las palabras parecían entrañar la justicia y la razón. Las enormes 
cifras de soldados llamados á las armas en la Alemania del Norte, 
hicieron mucho menos ruido que el vocerío de los periódicos fran- 
ceses, porque en Prusia , clasificado el pueblo , organizado é ins- 
truido en la paz para la guerra, la convocatoria de varias ó de to- 
das las series de habitantes, para reforzar el ejército, es un hecho 
pensado, establecido y hasta acariciado por el país , como sistema 
peculiar de su fuerza. La prensa alemana , por cautela ó por dig- 
nidad, no dijo más de lo que era natural que digese para que su 



i 



CAMPAÑA FRANCO-ALEMANA 271 

discreción no se hiciese sospechosa. Los ejércitos de la Confede- 
ración , mandados por sus Príncipes, que como sus jefes naturales 
nadie extrañó ver en campaña, se organizaron, marcharon y ocu- 
paron rápidamente las lineas y posiciones que les estaban de ante- 
mano determinadas para el caso, y una densa nube de caballería 
ligera y la carencia de noticias sobre todo lo demás , sin que na- 
die se quejara ni denunciase aquel silencio, velaron los elementos 
que con carácter aparente de resistencia más que de agresión, 
oponía la Prusia y sus confederados al torrente francés que ame- 
nazaba invadir la Alemania . 

Francia , por el contrario , dando expasion á sus presuntuosos 
arranques , comenzó por exponer y clasificar en todos sus periódi- 
cos ?as cifras de soldados que pensaba allegar para la lucha; ex- 
plicó su organización , sus planes probables para la campaña , y el 
uso que se proponía hacer de sus triunfos. Después de dicho todo 
esto , fué cuando se vedó á sí misma la publicación de las noticias 
subsiguientes. Esta medida fué tardía, y su inoportunidad pareció 
medrosa, despertando la suspicacia y general disgusto. Coincidió 
con ella la salida de París del Emperador, que al marchar al ejér- 
cito huyendo de la Asamblea Legislativa , más temible para el Im- 
perio que las tropas prusianas , caracterizaba esta resolución decla- 
rando laMarsellesa marcha nacional. La minoría del Cuerpo Legis- 
lativo estimó esta debilidad , y agradeció la condescendencia pro- 
curando recrudecer la opinión contra el Imperio , excitar las pasio- 
nes de las masas turbulentas de la capital, y desautorizar á los Ge- 
nerales en cuyo prestigio debía fundarse la confianza del país y de 
las tropas. Acaso el Emperador comprendiendo la gravedad de es- 
ta situación , imaginó necesario para hacer la guerra empezar por 
reprimir á París ; pero juzgó preciso para esto levantar su popula- 
ridad, consiguiendo primero una victoria sobre los Prusianos. Era 
esto tan juicioso , por más que tuviera algo de arriesgado, que no 
podemos menos de suponerlo en el ánimo de Napoleón III ; pero la 
primera batalla fué perdida por el ejército francés , y los reveses y 
los errores tienen su lógica inñexible, como la tienen los triunfos y 
los planes acertados. Napoleón, pues, no pudo ya declarar y ejer- 
cer en la capital la dictadura que el estado de guerra reclamaba 
como necesidad imprescindible, y las reconvenciones y los apostro- 
fes, y los discursos envenenados de la izquierda del Cuerpo Legis- 
lativo se multiplicaron sobre el Jefe del Estado , su dinastía y los 



272 CAMPAÑA FRANCO- ALEMÁN A. 

Generales, haciéndoles más daño indudablemente que la metralla 
de los cañones enemigaos. Hacemos caso omiso , mientras la historia 
de esta guerra no explique sus detalles , de las inauditas decepcio- 
nes con que la administración militar francesa ha respondido al 
grito de alarma, descubriendo el vacio, la confusión y el desorden, 
bajo esa aparente perfección con que el sistema centralizador por 
excelencia de nuestros vecinos nos presentaba, en un bello cuadro 
sinóptico , el tesoro de recursos , la ingeniosa organización de las 
funciones administrativas , la precisión matemática de los servicios 
y la unidad vigorosa del espíritu nacional por el enlace y encade- 
namiento de todos los intereses. Tampoco hablaremos de la disci- 
plina militar, porque los Franceses, explicando siempre la de su 
ejército de una manera satisfactoria por la inteligencia , por la edu- 
cación y por el instinto belicoso de su pais, han desdeñado con 
alarde el principio de la subordinación absoluta, que en todos los 
demás ejércitos de Europa constituye y caracteriza esencial y for- 
malmente el espíritu de las tropas. 

En estas condiciones preliminares se han puesto y presentado en 
campaña, en las fronteras respectivas, los ejércitos franceses y 
alemanes.^ Bien sumadas las fuerzas regulares del primero, no han 
llegado á la cifra que en el estado de paz suponía el Imperio napo- 
leónico tener sobre las armas. Los innumerables batallones de 
Guardia móvil con que se contaba para el momento en que el pe- 
ligro de la patria aconsejase al país la resolución de poner en ar- 
mas todas sus fuerzas vivas, se han alistado perezosamente para 
la urgencia con que su auxilio era requerido : asustaron en Cha- 
lons y otros puntos al Gobierno y al ejército con su espíritu tur- 
bulento y sus actos de indisciplina , y es de presumir, aunque los 
Generales no lo han declarado por respeto á la dignidad nacional, 
que sean los cuerpos que por su abandono en la forma de hacer el 
servicio al frente del enemigo, por su falta de hábitos militares y 
de serenidad y firmeza en los combates , han ocasionado las sor- 
presas, los retardos en las combinaciones y movimientos estratégi- 
cos, las derrotas y los espantosos desastres que se han ido eslabo- 
nando en esta desgraciada campaña. La caballería ha debido ha- 
llarse en grande inferioridad respecto á la prusiana , no sólo en el 
número, sino en la forma de prestar el servicio que exigía la Ín- 
dole de la guerra. Sólo asi puede explicarse que las sorpresas , la 
interrupción de comunicaciones , la pérdida de convoyes y la ca- 



CAMPAÑA FRANCO-ALEMANA. 273 

rencia de noticias, las hayan experimentado los Franceses en su 
propio país, mientras los Alemanes, empeñados dentro del territo- 
rio enemigo, se han defendido de todos estos azares , y los han ex- 
plotado siempre afortunadamente sobre sus adversarios. No se ha 
hablado de defectos del fusil Chassepot, bastante bueno para no 
ser responsable de las batallas perdidas , aunque no sea bastante 
superior al de aguja para haber conquistado una indiscutible pre- 
ferencia; pero es muy presumible que la rapidez de los disparos en 
tropas que se han batido bien individualmente en muchos casos, 
pero que no se han acreditado por la subordinación á sus jefes y 
oficiales, haya producido un resultado negativo , apurando las mu- 
niciones en el primer periodo de los combates, y dejando la supe- 
rioridad inmensa del fuego á su enemigo, que ha atacado con cir- 
cunspección más previsora. Las ametralladoras, cuyo efecto tanto 
se ha exagerado desde su adopción en Francia, queriendo sin duda 
levantar con él la moral del soldado é intimidar al enemigo , han 
embarazado los movimientos de la infantería sin alcanzar á inuti- 
lizar el servicio de la excelente artillería prusiana , constituyendo 
además en cada jornada infeliz los más numerosos y celebrados 
trofeos de los vencedores. 

Sintetizado, pues, el cuadro de los meaios materiales del ejército 
francés, su organización y moral militar, y el estado político de 
su país, en cuanto era indispensable contar con sus disposiciones 
para la guerra, resulta que, con la sola excepción de una parte 
de Paris, la Francia, demasiado satisfecha de su bienestar, no es- 
taba por la lucha; que el Jefe del Estado, combatido rudamente 
por el partido republicano en la Cámara y fuera de ella, ha sido 
muy débilmente defendido por sus amigos al presagiar su caida; 
que el ejército regular francés era muy inferior en número á las 
necesidades de la guerra; que la artillería y caballería estaban 
atrasadas en material y en pericia, por consecuencia, acaso, de ese 
vértigo que después de la batalla de Sadowa ha dominado en la 
imaginación de los militares impresionables, atribuyendo al fusil 
nuevo, no sólo la superioridad sobre las demás armas, sino una 
supremacía absoluta; que la Guardia móvil ha sido un sacrificio 
para Francia y un cuidado y un peligro para su ejército, en vez 
de ser una reserva poderosa; que los Generales, viendo maltratado 
al Emperador, no han podido seguir sus inspiraciones con fé; pero 
viéndose maltratados á su vez, no han podido mirar con indife- 

TOMO XVI. 18 



274 CAMPAfÍA FRANCO- ALEMANA. 

renda los ultrajes hechos al Imperio, resultando de aqui las vaci- 
laciones, las dudas y el desconcierto; que las tropas, en fin, no 
han podido confiar en sus Generales, á quienes han visto, aherro- 
jados y sin prestigio, caminar de desacierto en desacierto, y no 
ha existido ni unidad de pensamiento ni acción colectiva en nin- 
gún combate, siendo consiguiente la derrota, y la falta de autori- 
dad en los primeros para repararla ó contenerla. 

El plan estratégico concebido por los Franceses para la campaña 
es aún una conjetura más ó menos racional, más ó menos autori- 
zada por algunas referencias que se han hecho públicas. Dicho se 
está que, juzgado á posteriori, esto es, después de conocidos los 
fatales resultados de la lucha, aun prescindiendo de las faltas que 
se hayan cometido en la ejecución, no puede ser apreciado satis- 
factoriamente; pero aun cuando hubiera sido la concepción más 
perfecta de la ciencia, ¿es posible que en las condiciones relativas 
en que acabamos de bosquejar al ejército francés al presentarse en 
la frontera delante de sus enemigos, se hubiera salvado la Fran- 
cia por la excelencia del trazado de las operaciones hecho en el 
gabinete de campaña del Emperador ó del General en jefe? ¿Ha 
sido simplemente la superioridad del número la circunstancia que 
ha dado la victoria á los Prusianos casi en todos los combates? No 
lo repetimos para insistir en las reconvenciones al ejército francés, 
digno de consideración , sin duda , en su desgracia por el valor 
heroico de sus verdaderos soldados; pero las sorpresas en la guer- 
ra, al frente del enemigo, no pueden nunca justificarse; las huidas 
en dispersión, arrojando las armas, como ha debido acontecer en 
algimas de las primeras acciones, á juzgar por una orden del ma- 
logrado General Decaen, imponiendo penas á los que olvidasen asi 
sus deberes, y los errores, que dan lugar en un combate á que se 
esté largo tiempo haciendo fuego á tropas del mismo ejército, su- 
poniéndolas enemigas, como ha acontecido en alguna batalla, no 
tienen más explicación que la indicada ai principio de este articu- 
lo cuando hemos aludido á la composición y á la disciplina del 
actual ejército francés; disciplina tolerable cuando se lleva de an- 
temano asegurado el camino de las victorias, pero de todo punto 
fatal cuando es necesario ir preparado á luchar con la adversidad 
y los reveses sucesivos. 

Fijemos ahora un momento la atención en los Alemanes para 
¿educir la apreciación más exacta posible respecto á lo sobreña- 



i 



CAMPAÑA FRANCO-ALEMANA. 275 

tural de sus triunfos , la superioridad de su organización , ó lo 
natural y lóg-ico de los resultados obtenidos. Esto importa al 
presente tanto más, cuanto que lo sorprendente del éxito de la 
campaña ha preocupado á la generalidad de las gentes lo bastante 
para dudar de la ciencia, desconocer la lógica de ciertos principios 
y atribuir fanáticamente el vencimiento á la superioridad del es- 
píritu y las condiciones de la raza. 

Juzgando de los raciocinios por inducción, en vista de los he- 
chos, puede suponerse que M. de Bismark, á quien se reconoce 
como el genio y principal actor de la política prusiana, al hacerse 
cargo de las eventualidades de la guerra ha discurrido de esta ó pa- 
recida manera: Prusia es una nación que por su situación geográ- 
fico-política necesita para conservar su integridad y mucho más 
para extender su territorio, hallarse constituida y fuertemente 
preparada para la guerra. Esta necesidad y esta constitución son 
ya históricas y por consiguiente ni el país, ni la Europa se sor- 
prenden de que el sistema de previsión militar se lleve hasta el 
último extremo . Suponiendo que la Prusia ó sus Estados confede- 
rados fuesen invadidos, la Alemania del Norte no habia de vaci- 
lar en poner en armas toda su población útil para el caso : ahora 
bien, ¿no es discreto tomar seriamente en cuenta esta suposición, 
aun cuando los ejércitos permanentes situados en ia frontera tra- 
ten de evitar tal contingencia? 

'' La declaración de guerra de la Francia ha determinado, pues, 
el levantamiento en masa y la organización militar de toda la 
Alemania del Norte, que ha esperado un momento sobre el Rhin 
el ataque de los Franceses, haciendo desde el primer dia, para ase- 
gurar el éxito de la campaña , lo que en esfuerzos sucesivos hu- 
biera sido acaso insuficiente y hubiera traído á las nacionalidades, 
sobre el sacrificio de hombres y recursos, la perturbación moral y 
administrativa, el desconcierto y la aflicción que han producido en 
Francia el alistamiento, la movilización y las medidas todas de de- 
fensa que se han realizado atropellada y estérilmente casi bajo la 
acción de los ejércitos enemigos. 

Inspirado el pensamiento ó aprovechada la oportunidad de adop- 
tar el plan de invasión en vez del de resistencia, la Prusia ha apli- 
cado después al ataque la misma teoría sentada para su defeus?i. 
Para cada batalla ha procurado hacer concurrir el mayor número 
posible de sus cuerpos de ejército ; en vez de hacerse preceder y 



276 CAMPAÑA FRANCO-ALEMANA. 

cubrir sus movimientos con sencillas g-uerrillas y descubiertas, ha 
lanzado delante de si una nube de caballería, perfectamente orga- 
nizada é instruida para hacer este importante servicio en una apa- 
rente dispersión, que le ha evitado todo combate serio; pero con una 
precisión, un concierto y unidad, que le ha permitido observar, 
reconocer , interrumpir y dificultar todos los servicios enemigos, 
ocultando completamente los de su ejército. A las ametralladoras 
y la fusilería francesa los Prusianos han opuesto constantemente 
una poderosa y bien manejada artillería , que se ha reproducido y 
multiplicado en todas partes. Las tropas alemanas no han reposado 
ni un momento sobre ninguna de sus victorias, apresurándose 
siempre á aprovechar por entero todas sus consecuencias y preve- 
nir los combates sucesivos. Nada se ha dicho de su administración; 
pero habla mucho en favor de ella el que ni aun los extraños ha- 
yan notado sus defectos, y la precisión con que hemos visto ejecu- 
tar todas las marchas y movimientos de las tropas. Todo, en fin, 
se ha concebido y ordenado de manera que fuese posible su ejecu- 
ción; todo se ha ejecutado como se habia prevenido: los Generales 
han conducido sus tropas como han considerado conveniente para 
el éxito de las batallas, sin temor de verse contrariados por resis- 
tencias nacidas del exceso de ardor ó falta de espíritu, y las tropas 
han ido al combate sin murmurar de sus jefes ni ensoberbecerse 
con sus triunfos. Los Alemanes no aparecen sorprendidos del éxito 
de sus operaciones, por más que haya debido causarles alguna ex- 
trañeza, como ha causado á la Europa entera, el estado en que han 
encontrado la Francia política, y consiguientemente la Francia 
militar. Han enterrado y sentido sus muertos; han curado sus he- 
ridos; han celebrado sus triunfos, y procurarán , antes de retirar- 
se, dejar garantida su preponderancia; pero no han hecho más rui- 
do que el de sus cañonazos, ni más demostraciones que las condu- 
centes á fortalecer los propósitos de su Gobierno y á acreditar su 
respeto á las leyes humanitarias ó terribles de la guerra fuera de 
la esfera de los combates ó en medio de sus horrores. 

La filosofía, pues, de este sangriento drama puede resumirse en 
estos sencillos términos : el Imperio Napoleónico ha sido herido de 
muerte por sus diputados republicanos en los momentos en que 
volvía la espalda á París para sostener la guerra á que le habían 
precipitado los partidos ardientes, y el pueblo alemán, encontran- 
do á la Francia en completa disolución, sólo ha tenido que luchar 



1 



CAMPAÑA FRANCO-ALEMANA. 277 

con los movimientos convulsivos de un Estado agonizante; los 
ejércitos y los pueblos son fuertes ó son débiles á medida que sus 
Gobiernos tienen conciencia de sus deberes, y los subditos cumplen 
con lo que á cada cual les determinen las leyes. Todo lo ocurrido 
es natural y lógico, y ni la ciencia política, ni el arte militar, ban 
sido contradichos , ni adquirido en esta dolorosa experiencia más 
que una nueva confirmación de sus principios y sus verdades de 
siempre. 

Y ahora , ocupándonos de nosotros mismos , séanos permitido 
preguntar qué propósitos deducirá España de esta elocuente lec- 
ción. Si el parlamento nacional tuviese una sola inteligencia y un 
solo sentimiento, á él debería dirigirse nuestra pregunta; pero el 
espectáculo que acaba de ofrecernos la Cámara francesa nos hace 
temer la discusión sobre ei asunto , tanto acaso como los peligros 
que importa conjurar. Todas las reflexiones que hemos consignado 
en este articulo, quedarían sin embargo faltas de conclusión, sino 
formulásemos al menos las siguientes interrogaciones que enco- 
mendamos al patriotismo de los hombres á quienes están entrega- 
dos los destinos de nuestro pais. 

¿Permiten á los pueblos de Europa las doctrinas y las prácticas 
de la civilización actual del mundo , el abandono de los medios de 
fuerza para sostener cada cual lo que considera su derecho, y la 
integridad de su territorio y sus instituciones? 

Sentada la posibilidad de la guerra ¿ conviene tener preparados 
los medios de hacerla con ventaja , aunque éstos exijan algunos 
sacrificios, ó es preferible por excusarse de hacerlos cuando no pa- 
recen absolutamente necesarios, exponerlo todo á una eventualidad 
desgraciada? 

Admitido el principio de que es discreto vivir gastando, á vuel- 
tas de tener la seguridad de conservar vida propia , ¿ debe renun- 
ciarse al sistema más perfecto, por ser el más caro y adoptarse por 
más barato el mediano ó el menos suficiente? 

¿Pueden estimarse seriamente como reservas otiles para los 
ejércitos en campana las milicias ciudadanas sedentarias, aunque 
se movilicen en momentos dados , y sea la que quiera la organi- 
zación que se las pueda dar? 

¿ Podria el pais disculpar en los poderes del Estado al hallarse 
comprometido en una guerra , el que por razón de economía , sus 
tropas se presentasen con armamento de condiciones inferiores á 



278 CAMPAÑA FRANCO-ALEMANA. 

las del que usan casi todos los ejércitos con quienes puede tener 
ocasión de luchar? 

Dada la fuerza mínima de infantería regular que podemos ne- 
cesitar para una guerra, aún cuando sea puramente defensiva; 
dada la existencia de un sistema de reservas que permita impro- 
visar parte de esta fuerza, ¿es posible improvisar del mismo modo 
la artillería y caballería , y el material de guerra proporcionado? 
Sino puede improvisarse, y es necesario para la guerra, ¿ cómo se 
justificarla su falta cuando llegase el caso de contar con estos ele- 
mentos? ¿Puede quedar duda, ante la experiencia que nos ofrecen 
las batallas recientes , de que el perfeccionamiento de las armas 
portátiles de fuego, lejos de rebajar, ha acrecentado la importan- 
cia de la caballería y artillería? 

¿Si hay algunas plazas fuertes, que por su situación estratégica 
han de ser incuestionablemente conservadas y sostenidas á todo 
trance, puede aguardarse á la proximidad ó el anuncio de una 
guerra para completar sus fortificaciones y pertrechos de defensa? 

Si hay en los mandos del ejército activo^ en la administración, 
en el cuerpo sanitario , y en las fábricas y establecimientos de la 
industria militar algunas individualidades gastadas , imperitas ó 
insuficientes, á quienes sostiene la afinidad política, la consideración 
de que por mucho tiempo ha sido respetada su misma inutilidad , ó 
el temperamento blando, pero punible en quien ejerce autoridad, 
de no hacer mal á su semejante, aunque este semejante pese las- 
timosamente sobre el destino de muchos seres y muchas cosas de 
grande interés para la patria, ¿es disculpable el dejar para más 
tiempo sin proceder con mano vigorosa reformando nuestro estado 
militar todo lo mejor que sabemos y podemos? 

¿Estamos, por último, en circunstancias de tomar desde luego 
en cuenta todas estas consideraciones , ó podemos sin riesgo dejar 
correr el tiempo, ante la situación actual de Europa, y esperar in- 
definidamente á que nuevas experiencias generalicen el conven- 
cimiento á riesgo de que los sucesos nos sorprendan discutiendo? 

Sometemos todas estas cuestiones al juicio de nuestros poderes 
públicos. 

17 de Setiembre, 1870. 

A. L. DE Letona. 



ONA TEMPORADA EN EL MAS BELLO DE LOS PLANETAS. 



CAPITULO XXXIV. 

PELIGRO DEL SEÑOR NOMARA : SALVACIÓN DE ESTE POR NOTTELY. 

Por ia tarde subimos al coche y nos dirigimos al muelle. 

El horizonte era grandioso por su mucha extensión. Las olas, 
de un tamaño enorme y rizadas en sus cimas por una fuerte ma- 
rejada que se habia levantado entonces, daban al mar un aspecto 
amenazador. 

Buques elegantes y de una construcción maravillosa, que por su 
volumen se semejaban á ciudades, se mecian majestuosamente 
entre las olas, ya azotando el aire con sus gallardetes, y ya la- 
miendo con ellos la superficie de las aguas. Ondeaban en extensos 
pliegues mil banderas de color azul , que llevadas aquí y acullá 
por un viento que arreciaba por momentos, dejaban ver, al través 
de sus caprichosos movimientos, las soberbias armas de aquella 
nación tan poderosa. Y encerraba este cuadro un dilatado muelle, 
sobre cuya superficie, toda de gran mérito, se elevaban á trechos 
corpulentas columnas, encima de las cuales se veian farolas. 

El gentío era inmenso, y los botes más grandes que nuestros 
guiches, y las lanchas mayores que nuestras fragatas, que cruza- 
ban de una á otra parte, eran infinitos. 

Campeaba orgulloso, al frente de la armada, el navio almirante 
más grande y ricamente empavesado que todos los demás. El cas- 
tillo de popa era un conjunto de magnificencia , pues además de 
los gruesos vidrios que daban paso á la luz y de los vistosos colo- 
res de que estaban pintadas las maderas, lo decoraban molduras y 



280 UNA TEMPORADA 

relieves de un trabajo delicado. Cuatro filas por banda de cañones 
daban al buque un aspecto aterrador. Las velas eran de púrpura 
y las banderas y gallardetes de una tela azul bordada de oro. 

El sonido de las trompetas y las salvas de artillería que hicie- 
ron á la vez todos los buques, anunciaron la llegada de los reyes. 

Los soberanos fluctuaron un momento entre pasar á la lancha ó 
quedarse; porque la mar, que se habia puesto un poco viva algu- 
nas horas antes, estaba entonces borrascosa. Sin embargo, se deci- 
dió el rey y entró en la lancha: su familia le siguió también. 
Durante el embarque y la travesía herian el aire los sonidos de 
las músicas de la guardia y las de los buques que estaban más cer- 
canos. La familia real llegó sin novedad á su destino. 

Después del monarca, ai cual acompañaron los principales seño- 
res de la corte y algunos individuos del cuerpo diplomático, entre 
los cuales figuraba Nottely, pasó la familia del Sr. Nomara, con 
la cual Íbamos nosotros. Era increíble lo que se había desmejorado 
Aneyda con los padecimientos anteriores ; pero el tinte melancó- 
lico que se notaba en su semblante la hacia, si era posible , más 
hermosa. 

Nottely y ella se miraron; pero aquella mirada , cuya significa- 
ción yo sólo comprendí , era un abismo de mudas reconvenciones 
por un lado, y de sentidas disculpas por otro. 

Subieron primero las señoras, no sin algún trabajo por los fuer- 
tes balances de la lancha . 

Como la mar estaba picada, todos los espectadores tenían fija la 
vista sobre los que subían. 

Llegó su turno al Sr. Nomara, el cual tuvo mucho trabajo para 
ponerse en la escalera ; pero colocado en ella pudo llegar á la 
borda, y ya iba á dar la mano á Sílaydí para saltar sobre cubierta, 
cuando una ola que llegó al buque, disparada como una bala, des- 
vió á éste en tal disposición que faltando el apoyo al Sr. Nomara, 
perdió el equilibrio y cayó en el mar. 

Un grito se escapó á la vez de todos los espectadores; y en tanto 
que Sílaydí, erizado el cabello , se habia quedado inmóvil , efecto 
de su dolor, se vio saltar rápido desde cubierta á un joven que fué 
á caer en el mismo sitio por donde habia desaparecido el anciano . 

i Era Nottely! 

La mar que se abrió para dar paso á aquellos dos hombres , vol- 
vió á cerrarse sobre ellos sin dejar rastro ninguno de su dirección. 



EN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 281 

Fué preciso oponerse alSr. Silaydi, que, recobrado del estupor 
que le habia causado la caída de su padre , quiso arrojarse detras 
del Sr. Nottelj; y lo hubiera efectuado , y hubiera acaso perecido 
sin los esfuerzos desesperados que se hicieron para contenerle. 

Los reyes y los grandes estaban en una inquietud mortal. 

La Princesa desmayada. 

Aneyda cayó, sin sentido, en los brazos de la señora Notissa. 

No es posible pintar la ansiedad de los espectadores en los cor- 
tos momentos que mediaron entre la desaparición del Principe y 
del Sr. Nottely, y la aparición de este nadando trabajosamente 
con un brazo , y arrastrando al Principe con el otro. 

— Pronto! pronto! gritó; cogedle. 

Y con toda la rapidez que nos fué posible , agarramos al Princi- 
pe por su túnica , le sacamos del agua, y le tendimos en la lancha 
casi exánime. 

En este momento saltaba en otra el Sr. Silaydi para volar al so- 
corro del anciano: con él iba un facultativo del Monarca. 

Mil y mil gritos de alegría resonaron en el aire; pero bien pron- 
to cesaron , cuando al ir á coger á Nóttely vieron que se hundia 
éste , dejando teñida de sangre el agua que le cubrió. 

Qué momento aquel ! ¡ Jamas me acuerdo haber pasado otro se- 
mejante ! 

— Sangre! — gritamos en la lancha. — Sangre! — gritaron los es- 
pectadores. — Qué habrá sucedido al Sr. Nottely? 

Ya estaba otro facultativo, además del primero, al lado del 
Príncipe ; ya éste había vuelto en sí llamando á su libertador, y 
Nottely no parecía. 

Silaydi, ocupado con su padre , no podía atender al joven. 

No pude contenerme ; y quitando mí manto, iba á arrojarme al 
agua , cuando un bulto que vino á la superficie me contuvo. 

— El esl — grité fuera de mí: — pronto, amigos, arrimad la 
lancha. 

— Pronto ! pronto! — gritaron un millón de voces. 

— Pronto! — gritó una voz más alta que las demás. Era la del 
Sr. Rodulio, que de pié sobre su lancha , estaba en un suplicio. 

Y pronto era preciso , pues cuando llegó la lancha, ya el bulto 
se sumergía. 

— Gran Dios! — dije; — no hace movimiento alguno : ¿estará 
muerto? 



282 UNA TEMPORADA 

Sin vacilar, agarré con una mano la punta de un cable , me ar- 
rojé al agua , y nadando con la otra y alargándola todo lo posi- 
ble, logré asir los cabellos de Nottely , por los cuales tiré con fuer- 
za , arrastrándole hacia mi : entonces le agarraron cuatro rubus- 
tos brazos , lo sacaron del agua, y lo tendieron en la lancha. 

Apenas le vio el cirujano, y observando que la sangre corria to- 
davia , dijo : 

— Aqui hay una herida, y es preciso reconocerla al punto. 

Y cortándole la ropa del brazo izquierdo , que era el que tenía 
más húmedo , vio que estaba herido de través, en su tercio infe- 
rior. 

— Y una arteria rota — dijo — al ver que la sangre salia á saltos. 
— Pronto, las pinzas de ligar, y un cordonete. 

Un ayudante le entregó las dos cosas. 

No, en mi vida he visto tanta prontitud y destreza como la 
que desplegó aquel hombre. En un momento estuvo ligada la ar- 
teria , reconocida la herida , y aplicado el aposito : después le ven- 
dó el brazo , y colocando al enfermo en una postura convenientea 
le dio una cucharada de un cordial , con la que no tardó en abril* 
los ojos, si bien volvió á cerrarlos al instante. 

— Veis, doctor? — le dije lleno de ansiedad — vuelve á cerrar los 
ojos. 

— Tranquilizaos — me dijo aquel hombre con severidad; — no mue- 
re el Sr. Nottely. Tened si, sumo cuidado en no moverle, y, so- 
bre todo, en no levantarle la cabeza. 

Tranquilizado, en efecto, córri hacia el Sr. Nomara. Estaba ten: 
dido en la lancha, y con la cabeza apoyada en el pecho de su hijo- 
á su lado estaba M. Leynoff. 

— Qué tal, señor, cómo os halláis? 

— Muy molido, Mendoza . pero demasiado bien , atendido el pe- 
ligro que acabo de pasar. Y Nottely ? 

— Pálido como un cadáver y sin conocimiento; pero, según dice 
el doctor , no morirá. 

— Gracias, gran Dios! gracias; — dijo el anciano levantando al 
cielo sus ojos. 

— Oh, Mendoza! — me dijo Silaydí;— no os separéis de él un mo- 
mento; os lo suplico. 

— Descuidad, Silaydi; ya sabéis cuánto le quiero. 

—Si, y muy bien se lo habéis probado. 



EN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 283 

— Ahora hacedine el obsequio de llamar al cirujano, — me dijo el 
principe. 

Llamado éste , se presentó al punto. 

— A qué atribuis , doctor, — le dijo el Sr. Nomara, — la herida 
del embajador? 

— A la punta de algún ancla, contra la cual debió tropezar, sin 
duda, cuando os cogió para salvaros. 

— Puede ser, puede ser— dijo el anciano. —Ahora hacedme el 
favor de ir á ver al rey para participarle nuestro estado, y rogarle 
que nos permita velver á casa. Vos, Mendoza, id con él para traer 
á las señoras. 

— Ya están áqui, — le contesté. 

En efecto , acompañadas de los Sres. Rodulio , Nolatto y Sul- 
fendy llegaron la princesa y su hija. 

Difícilmente podria explicarse el gozo de esta ilustre familia 
cuando se vio reunida. La princesa abrazó llorando á su esposo; 
pero Aneyda, no sólo le abrazó, sino que colgada de su cuello, le 
llenaba de besos y de lágrimas. • 

Mientras pasaba esta escena junto ál principe, pasaba otra igual 
al lado del embajador. El Sr. Rodulio, arrodillado junto á él, llo- 
raba como un niño; M. Leynoff le tenia cogida una mano; y el 
Sr. Nolatto le contemplaba con dolor. 

Pasadas las primeras emociones de Aneyda, la vi volverse hacia 
nosotros, y cuando percibió á Notte^y , inmóvil y cubierto de san- 
gre, perdió el color, se sentó al instante sin duda para no caerse, 
y ya no se movió ni desplegó los labios: parecia una estatua. 

Calmado por el cirujano el Sr. Rodulio, se llegó al principe y le 
dijo : 

— El rey, querido Nomara, nos mandó aqui para que te hiciése- 
mos presente lo mucho que habia sentido tu desgracia y la del emba- 
jador, si bien sabe ya que no corréis ningún peligro: permite, ade- 
más, que os retiréis; pero quiere que os acompañen sus cirujanos. 

— Está bien, — respondió el Sr. Nomara: — le darás las gracias 
en mi nombre y en el del embajador, porque vamos á marcharnos 
al instante. 

— Pues hasta la vista, que yo vuelvo también á dar cuenta al 
rey de vuestro estado. 

Idos los Sres. Rodulio y Nolatto, llamó el principe á los ciruja- 
nos y les dijo: 




284 UNA TEMPORADA. 

— Nos acompañáis, señores; así lo quiere S. M. 

— Con mucho gusto — contestaron ambos. 

— ¿Puede el Sr. Nottely ir en carruaje después que salgamos 
de la lancha ? 

— De ningún modo, contestó uno de ellos. 
-Pues cómo queréis que vaya? 

— En una camilla. 

—Pronto ; dad la orden para que una lancha se adelante, que 
busque una en el primer hospital que encuentre, y que nos espere 
con ella en el muelle mismo. 

Dada la orden , y marchando ya la lancha, la seguimos nosotros 
con despacio. 

De cuando en cuando , uno de los cirujanos tomaba el pulso al 
herido , y le daba una cucharada del cordial ; pero como no ha- 
blaba todavía, dijo una vez : 

— Ha perdido mucha sangre, sin duda con los esfuerzos que hizo 
para salvar al príncipe y salvarse á sí mismo. ¡Valiente joven! 

— Verdad que no corre ningún peligro, doctor? 

— Ninguno. 

— Qué dulce es esa palabra, amigo mió! 

— Parece que le queréis mucho. 

— No lo sabéis bien, — le contesté. 

A cada instante el príncipe y su hijo preguntaban por Nottely; 
y cuando el doctor les decia que seguía bien , brillaba en sus sem- 
blantes el más puro gozo. 

— Pero cómo no habla aún?— dije una vez al Sr. Nomara. 

— Porque está muy débil , señor ; ha perdido mucha sangre 
con los esfuerzos que hizo para salvaros y salvarse á sí mismo : 
algunos minutos más debajo del agua, y el embajador hubiera 
muerto. 

— Qué jó^en! — decia el Sr. Silaydi. 

— Es nuestro ángel tutelar, Silaydi, — repuso el príncipe. 

La princesa callaba. 

Aneyda, inmóvil y clavada la vista en Nottely , no desplegó los 
labios. 

Por fin, llegamos al muelle donde ya nos esperaba la camilla. 

Sacamos al embajador con el más exquisito cuidado , y lo colo- 
camos en ella. 

Cogido del brazo del Sr. Sulfendy y del de su hijo , salió el 



BN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 285 

Sr. Nomara , y entró en el coche. Tras él entraron las señoras, 
M. Leynoff, Silaydi, y el Sr. Sulfendy. 

— Yo voy con la camilla, — les dije. 

— Si, Mendoza, si, — contestó el principe: — pero tened entendido 
que no le lleváis á su casa, sino á la mia. 

— A la vuestra! 

— Si, Mendoza, á la mia, porque la de él está muy lejos , y po- 
dría perjudicarle un camino tan largo. 

—Bien, señor, le llevaremos á la vuestra. 

Cuando llegamos, subimos al herido en la misma camilla , y le 
colocamos en un lecho. Acabado esto, dijo el doctor: 

— Ahora no tenéis más que darle, cada dos horas, una cuchara- 
da de este cordial, algunos caldos, en corta cantidad, y un poco de 
agua azucarada. Ya daré una vuelta por aqui, antes de acostarme. 

M. Leynoff y yo nos empeñamos en no desamparar al herido; 
con que nos instalamos uno á los pies, y otro á la cabecera de su 
cama. 

El Sr. Nomara se acostó también , y á su lado estaban la prince- 
sa y su hija. El Sr. Silaydi iba y venia desde el cuarto de su padre 
al de Nottely, y del de este al de aquel. 

A las cuatro volvió el doctor, le tomó el pulso y le examinó con 
atención . 

— No hay cuidado — me dijo; — sigue perfectamente. 

— Y en qué lo conocéis, doctor? El no habla, ni se mueve, y si 
abre los ojos, vuelve á cerrarlos al instante. 

— No importa : el pulso se reanima, el calor se hace general , y 
el semblante ha perdido su extremada palidez ; miradle. 

Diciendo esto, acercó la luz al rostro del Sr. Nottely, que pare- 
cía otro efectivamente. 

— Si, si; tenéis razón. 

— Con que hasta mañana. 

— Vendréis temprano? 

— La primera visita será para él. 

Hice que M. Leynoff se fuese á acostar, y yo me quedé con el 
enfermo. 

Pasó la noche al parecer dormido ; y si no dormía , estaba á lo 
menos tranquilo : su respiración no era tan frecuente como en el 
camino y en la lancha, y los desmayos hablan desaparecido ente- 
ramente. 



286 UNA TEMPORADA 

CAPITULO XXXV. 

CURA Y CONVALECENCIA DEL SEÑOR NOTTELY. 

Principiaba á amanecer, cuando le vi abrir los ojos y pasearlos 
por el cuarto, como si quisiese reconocer dónde se hallaba: después 
los fijó en mi con intensión , sin hablar , y como aquel que trata 
de coordinar sus ideas. Por último, me dijo con voz apenas percep- 
tible: 

— Vos aqui, Mendoza ! 

— Si, querido Nottely; siempre junto é vos, siempre. 

Sin apartar los ojos de mi, me estuvo mirando lar^o rato, al ca- 
bo del cual dijo, procurando sonreirse: 

— Qué bueno sois ! 

— Si; pero no habléis tanto, porque os hará daño. 

y como si no le hubiese dicho nada, añadió: 

— Sabéis cómo sigue el principe? Me parece que le he salvado. 

— Y tanto como le salvasteis , querido ; bien caro os hubo de 
costar. 

— Si, si; me parece que me lastimé un poco. Ah ! si, ahora me 
acuerdo; tropecé con la punta de un ancla al tiempo de ir á co- 
gerle. 

— Diantre ! así nos lo dijo el doctor, y veo que tenia razón. 

— Qué doctor? 

— El que os curó el brazo. 

— El brazo! — dijo, procurando levantarse para verlo; — pero no 
pudiendo conseguirlo, añadió: 

— Es verdad, es verdad; lo tengo muy pesado y me duele bas- 
tante. 

— Pronto vendrá el cirujano y os lo aflojará. 

Volvió á pasear los ojos por el cuarto , y después de otro mo- 
mento de silencio dijo: 

— Pero esta no es mi habitación, Mendoza: dónde estoy? 

En casa del Sr. Nomara, querido. 

— En casa del Sr. Nomara! — dijo procurando incorporarse, y 
volviendo á caer al instante. — En casa del Sr. Nomara! Cómo asi? 

— Oh ! por Dios, no os mováis, Nottely. Estáis en casa del señor 



EN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 287 

Nomara, porque absolutamente no ha querido que os llevasen á la 
vuestra, y fué preciso obedecerle. 

Largo rato de silencio, durante el cual observé que se humedecían 
sus ojos y que suspiraba con frecuencia. Por último, volvió á decir: 

— En casa del Sr Nomara! Y Aneyda? Oh Dios mió! Me abor- 
recerá, me despreciará. 

— Nottely, no penséis en esas cosas que podrán haceros daño es- 
tando tan débil: dadme este gusto, os lo suplico. 

Mas como si no me hubiese oido, anadió: 

— Oh Mendoza ! ¿qué mano oculta , qué poder ó qué casualidad 
me ha llevado junto á esa mujer á quien no conocía, y á quien de- 
testo sólo porque me vi forzado á acompañarla cuando Aneyda 
podia verme? 

Al oir esto, me puse en pié, y dije: 

— Adiós, Nottely; me marcho. 

— Ah ! me dejais? — me dijo, lanzando sobre mí una mirada su- 
plicante. 

— No, si calláis, y ahora mismo si decis otra palabra. 

— Bien; callaré: qué cruel sois 1 

— ¿No veis, querido, que en el estado en que os halláis, no digo 
ya el hablar, sino el pensar en ciertas cosas puede ocasionar con- 
secuencias muy funestas? Esas conversaciones no son para ahora; 
dejadlas para cuando estéis mejor, y entonces hablaremos de ellas 
lo que queráis. 

— Os obedeceré, Mendoza, si me contestáis á una pregunta. 

— Qué pregunta ? 

—¿Creéis que haya desmerecido algo en el concepto de Aneyda 
por haberme visto junto á esa mujer? 

— No, Nottely; os juro que no. Aneyda es demasiado grande 
para pararse en esas pequeneces , que pudieron ser efecto de pura 
casualidad. 

— Callo, Mendoza, y estoy tranquilo. 

Y en efecto, no volvió á desplegar sus labios. Pero ¿qué hubiera 
sido del embajador si le hubiese dicho el estrago que habia causado 
en Aneyda su compañía con la forastera? 

El doctor entró, le tomó el pulso, y le aflojó la venda: en segui- 
da dispuso una bebida refrigerante, porque la reacción, según me 
dijo, era muy viva , y se marchó después de haber encargado la 
dieta, el silencio y la quietud. 



288 UNA TEMPORADA 

Apenas salió el doctor, entró M. Leynoff, que me sustituyó al 
lado del enfermo , mientras yo iba á ver al Sr. Nomara. Estaba 
éste preguntando al doctor por el estado de Nottely , cuando yo 
entré. 

— Ya sé, querido Mendoza, que sigue mejor nuestro Nottely. 

— Asi es, seiior: y vos ¿cómo os halláis? 

— Yo, amigo, perfectamente. Voy á levantarme para ir á ver al 
enfermo. 

— No hagáis tal cosa, señor, — dijo el cirujano, — porque en el 
estado en que se halla, no sólo le perjudica el hablar, sino también 
vuestra presencia. Creedme ; hasta mañana nadie debe entrar en 
su cuarto sino el Sr. Mendoza, que me parece le quiere demasiado 
para que no le cuide con esmero. 

Y volviéndose á mi, añadió: 

— Os ha hablado algo? 

— Si; y tuve que amenazarle con marcharme, para hacerle 
callar. 

— Y habéis hecho perfectamente . Mañana será otra cosa, por- 
que no le hará tanto daño hablar un poco.* 

Todo aquel dia se pasó en recibir recados de las familias más 
distinguidas de Romalia , y hasta los menestrales se agolpaban á 
la puerta para preguntar por los enfermos, á quienes querían en 
extremo. A las cuatro, estaba la calle atestada de carruajes, y á 
las cinco, llegó el Monarca acompañado de los señores Rodulio, 
Nolatto, Nomaty, y de los embajadores de Catilia y de Nostracia. 
La famila del Sr. Nomara bajó á recibirle al patio, donde quedó la 
escolta y todos los que le seguían, excepto los señores que acabo 
de nombrar, que subieron con S. M. Yo no bajé por no abandonar 
á Nottely . 

Dos cosas me afectaron aquella mañana : fué la primera, la lle- 
gada de los empleados y dependientes de la Embajada, á quienes 
me empeñé en recibir en mi cuarto, mientras M. Leynoff hacia 
compañía al enfermo. Ante todo, abracé cordialmente al Sr. Colo- 
by, y á los demás Nostracianos que nos hablan acompañado á la 
caverna de Russilio : entre ellos estaba el herido de gravedad , ya 
completamente curado Es imposible describir la alegría de aque- 
llos hombres cuando les aseguré que Nottely estaba fuera de peh- 
gro, é imposible tampoco dar una idea del tierno afecto que le pro- 
fesaban. 



I 



feíí EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 280 

La segunda fué ésta : me dirigía al cuarto del Embajador, des- 
pués de despedir á los Nostracianos , cuando al pasar junto á una 
ventana que estaba enfrente de aquel, percibí á Aneyda, que apro- 
vechando la ocasión en que , tanto la familia como los .criados no 
pensaban más que, unos en el monarca y otros en su séquito, se 
llegó quedito á la puerta, apoyó la mano en la pared, pegó á ella 
la cabeza, y en esta postura, y escuchando con ansiedad, perma- 
neció inmóvil. De cuando en cuando se volvia para observar si al- 
guno la miraba, y por último, se marchó de puntillas, después de 
haber llevado repetidas veces su pañuelo á los ojos. Se supone que 
tan pronto como la vi, me estuve quieto para dejarle gozar de aquel 
pequeño desahogo. ¡Y eso que estaba irritada contra el Embaja- 
dor ! . . . . 

— Olí Aneyda! — dije para conmigo;— mucho amas á Nottely! 

Al -tercer dia del suceso, entraron á ver al herido el Sr. Noma- 
ra y su hijo : alli estábamos nosotros. Fué tiernisima aquella pri- 
mera entrevista , y me persuado que el embajador pasó entonces 
uno de los mejores momentos de su vida, viéndose rodeado y feli- 
citado por personas que le eran tan queridas. 

>*T^Las palabras, Nottely, — dijo con su natural gravedad el se- 
ñor Nomara, — tienen poco valor en momentos como ,éste. Acabáis 
de salvar mi vida, habéis salvado la de Silaydi, y ambas conside- 
raciones, grabadas profundamente en lo más intimo de nuestras 
almas, hablan mucho más alto que pudieran hacerlo las p^-lo-bras. 

— Oh, señor... 

Iba á continuar, cuando «ntró el Sr. Rodulio, ei cual, sin salu- 
darnos siquiera, ni hacer el menor caso de no^otro^ , dijo con voz 
entrecortada y corriendo hacia ej eipjbajador: 

— Aunque os ahogue, he de abr^-zaros, tunante. 

Y le abrazó efectivamente. 

Ninguno de nosotros dejó de afectarse al ver la ternura de aquel 
hombre tan digno de aprecio por su noble franqueza y natura- 
lidad. 

Y el embajador, .conmovido á su vez por aquel cariño nunca 
desmentido, le abrazó también, pasando alrededor 4© su cuello el 
brazo sano. 

Después de él entró el Sr. Nomatty. Su visita fué , como .debe 
inferirse, de pura etique¡ta y ceremoniosa. 
Cuando quedamos solos, dije á Nottely : 

TOMO XVI. 19 



290 UNA TEMPORADA 

— Vamos , referidme ahora, como habéis conocido á esa foras- 
tera. 

— Es muy sencillo, Mendoza. Acababa de levantarme , cuando 
entró mi ayuda de cámara con una carta, en la que se me rog-aba 
que pasase á la calle de la Flor, número 2, donde me esperaba una 
señora que tenia que hablarme. Contesté en seguida, que tan pron- 
to como me desocupase de un negocio urgente, iria allá, y así lo 
hice efectivamente. Juzgad de mi sorpresa cuando me encontré con 
las dos mujeres que habéis visto. 

— Perdonadme, Sr. Nottely, — me dijo la joven después que la 
saludé, — si os hice venir á mi casa para entregaros esta carta de 
vuestro amigo el Sr. Coleydi. 

Este caballero, Mendoza, es uno de los más grandes señores de 
Tolayda, á quien traté bastante en mi último viaje á Catilia. No 
sé si habréis visto á un jovencito atolondrado que anda por aquí 
estos dias, llamado Catarrulo... 

— Si, si, le he visto en el café: me lo ensenó el Sr. Ricary , y es 
por cierto un tipo bien original. 

— Pues bien ; el padre de ese joven es el que me escribía, ro- 
gándome que recomendase esta señorita á mis parientes de Samey- 
da, adonde iba á ver á su tio. 

— Con el mayor placer, señorita, — le contesté: — ¿cuando que- 
réis la carta? 

— Mañana, si gustáis. 

— Esta noche os la traerá mi secretario. 

— Gracias. — Y ahora, añadió, mirándome de un modo que no ^ 
dejó de sorprenderme; — me concederéis otro favor? 

— Si está en mi mano, desde luego. 

— No conozco á nadie en Romalia: ¿tendréis la amabilidad de 
acompañarnos al paseo y al teatro ? 

Confieso, Mendoza, que hecha la pregunta, me acordé al ins- 
tante de Aneyda ; pero ¿ cómo negarse á una súplica que nada te- 
nia de particular, hecha por una dama, y una dama, además, re- 
comendada por un amigo? No pude, pues, menos de responderle 
afirmativamente. 

— De veras, — me preguntó , — de veras nos dispensáis ese favor 
sin molestaros? 

— A qué hora queréis que me halle aquí? 

— A las dos. 



ÜN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 291 

— No faltaré. 

Y me despedí. 

Lo demás, ya lo sabéis ; pero lo que no sabéis es el tormento que 
he sufrido cuando en el paseo vi á Aneyda, y cuando me hallé 
enfrente de ella en el teatro. Siempre me causaria repugnancia la 
mujer más hermosa de Saturno, si por su causa tuviese que dis- 
gustar á ese ángel ; pero luego que observé que las palabras y ma- 
neras de la forastera no correspondían á la idea que de ella me 
formé en un principio, entonces, no sólo me repugnó, sino que me 
negué resueltamente á la invitación que me hicieron para que co- 
miese con ellas y las acompañase al dia siguiente. 

— Comprendo, amigo, y comprendo demasiado vuestro fatal com- 
promiso, lo mismo que lo que debisteis haber sufrido. Paciencia, y 
quiera Dios que algún dia no veamos en este suceso algo más que 
casualidad. 

— Por qué decis eso, Mendoza? 

— Por nada; sospechas mias quizás. Ahora recogeos para que 
no os haga daño lo mucho que habéis hablado. 

Y me retiré. 



CAPITULO XXXVL 

DECLARACIÓN. 

En fin , al décimo dia salió el embajador de su habitación, pá- 
lido sí, pero con una palidez que le hacía más interesante. 

Ya de noche, nos paseábamos él y yo por una galería, cuando 
separó y me dijo: 

— Mendoza , hace calor y me siento sofocado : queréis qué baje- 
mos al jardín? 

—Por mí, no hay inconveniente ; pero temo que os haga daño 
el rocío. 

— No, porque me siento bien, y porque si así fuese, nos metería- 
mos en el pabellón. 

— Pues vamos. 

Y bajamos efectivamente. 

Al entrar en el jardín, aspiramos una blanda brisa impregnada 
de la fragancia que se desprendía de las flores. 



292 UNA TEMPORADA 

— Ah, que bien se está aquí, — dijo el Embajador mirando á uno 
y otro lado: — sentémonos, Mendoza. 

La atmósfera estaba serena ; ni el más leve celaje empanaba el 
azul purísimo del cielo. Miles de estrellas entre las cuales brillaba, 
espléndido, el más grande y lejano de los satélites de Saturno, 
aparecían diseminadas aquí y allá por el espacio, realzando con su 
luz plateada el misterio de la noche, abi como el silencio que rei- 
naba en torno de nosotros nos hacia sentir su sublime encanto. 
Además, la ancha faja luminosa que formaban los anillos, y que 
dividia el cielo en dos mitades ( puesto que se extendía desde el 
uno al otro extremo del horizonte), alumbraba los objetos con un 
suave é indefinible resplandor. 

— Qué espectáculo tan bello 1— exclamé. 

•^\Y cuánto no dice al alma que, replegada en si misma, lo 
contempla! — dijo el embajador. — ¡Si yo pudiera manifestaros lo 
que experimento dentro de mí, y las ideas que á mi mente se agol- 
pan en este instante I Si fuese capaz.. . 

[■; Un ligero ruido que oimos entonces, nos hizo mirar á una ala- 
meda que se extendía á espaldas nuestras, y por la cual vimos sa- 
lir dos mujeres que se acercaban hablando hacia nosotros. Cuando 
estuvieron cerca, dijo una de ellas: 

— No te canses, Nassala; k epreciaré siempre como al salvador 
de mi padre y de mi hermano; pero nunca.... 

— Oh, no prosigáis, — dijo Nottelj, adelantándose fuera de sí, 
adonde estaban las dos jóvenes; — no prosigáis, por Dios, ó me ve- 
réis espirar á vuestros pies. 

La aparición del embajador fué ,tan rápida é ioiesperada, qUiC 
ias jóvenes no pudieron menos de exhalar un grito. 

— Cuidado, — advertí yo, que de un salto me había puesto junto 
á ellas; — cuidado, no gritéis, pues podrán oíros, y creer que, lo que 
ha sido efecto de la casualidad, estaba convenido de antemano. 

Después^ acercándome á Nassala, le dije en voz baja : 

— Alejémonos un poco, si gustáis, y dejémoslos hablar, porque 
os jmro que lo necesitan. 

— Alejémonos, — contestó Nassala. 

Y como si lo hiciésemos sin objeto, nos apartamos algunos pa- 
sos de Aneyda y de Nottely, que estoy seguro, no lo notaron si- 
quier», puesto q'iae en el momento decía Aneyda al embajador: 

— En verdad , Sr. Nottely, que vuestra repentina aparición me 



EN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS 293 

asustó en uú principio, y me impidió comprender lo que deciais; 
mas ahora me alegro de ella , toda vez que me proporciona la oca- 
sión de haceros presente mi agradecimiento por el auxilió que 
prestasteis á papá. 

— Vuestro agradecimiento ! 

— Y también mi satisfacción por veros restablecido. Adiós, se- 
ñor embajador. 

Y Aneyda dio un paso para marcharse. 

— Un momento, un solo momento, por piedad! — dijo el emba- 
jador. 

—Qué me queréis? — repuso Aneyda parándose. 

— Quiero deciros, por primera y última vez, lo que sufro y lo 
que siente mi corazón. 

— Lo que siente vuestro corazón ! No 6é entiendo, caballero. 

— Escuchadme entonces, y me entenderéis, añadió el joven. Hay 
en Saturno un ser que adoro, y á quien he entregado toda mi 
alma desde el tiiomento qué le vi y tuve la dicha de acercarme á 
él. Hubo un tiempo, sueño farió ! en qüei cTéí poder inspirarle algo 
de la ternura que yo siento; mas al ver la indiferencia que me 
manifiesta, y el desden y frialdad con que me trata, mis esperan- 
zas mueren, mis ilusiones se disipan, y sólo me queda una triste 
y dolorosa realidad. 

Pero como de este ser pendia mi vida , sü indiferencia tiene muy 
pronto que matarme. Y mientras esto sucede , y en tanto que mi 
corazón herido sufíe tormentos superiores á sus fuerzas, no sólo no 
le aborrezco, porque esto me seria imposible, sino que voy á hacer 
fervientes Votos por su felicidad. Ahora que me habéis oido, podéis 
marcharos: adiós, Aneyda. 

Pero Aneyda, profundamente conmovida por el lenguaje solem- 
ne de Nottely, no se movió, y arrastrada per lo que dentro de si 
sentia, no pudo menos de decir: 

— Sin duda, al Jbablar asi, os teferis á la persona con quien re- 
cientemente os vi en el paseo y en el teatro ; mas no sé, en verdad, 
por qué os quejáis, puesto que, lejos de despreciaros, parecia, por 
el contrario, muy dichosa á vuestro lado. 

— Oh! — dijo Nottely con vehemencia:— vos no creéis lo que 
decis ; no podéis creerlo ; es imposible que lo creáis. 

— Si tal , señor embajador, y estoy segura de que no me engaño. 
Vos acompañáis á una joven de grandes atractivos por los sitios 



294 UNA TEMPORADA 

más públicos de Romalia , y esto no puede hacerse á no mediar un 
ínteres.... 

— Decid más bien un compromiso, y un compromiso ineludible 
que fué lo que me forzó á ello: os lo juro por mi honor, Aneyda. 

Y rápidamente contó el embajador cuanto le habia pasado con 
la forastera, después de lo cual volvió á decir : 

— Por lo demás, creedlo ; el ser de quien os hablo , á quien ado- 
ro, á quien dedico todos mis pensamientos , aquel cuyo recuerdo 
jamas me deja , y por quien daria mi misma vida, ese ser sois vos, 
Aneyda. 

— Yo! — dijo con emoción la joven. 

— Vos, á quien miro como mi Dios y mi todo en este mundo. 

— Con que es á mi á quien amáis? 

— A vos tan sólo; y puesto que he osado decíroslo, aborrecedme 
si queréis. 

A la pálida luz de los arcos , vi entonces á Aneida cubierta de 
virginal pudor, palpitante el seno, entreabiertos los labios, húme- 
da la mirada , y presa toda ella de una intensa y vivísima emo- 
ción. 

Tras un momento de silencio, volvió á decir el embajador : 

— Aneyda, tal vez os he ofendido; tal vez mi atrevimiento 
atrajo sobre mí vuestro enojo ; y si es así, decídmelo, decídmelo á 
mí , que por desagraviaros vertería hasta la última gota de mi 
sangre. Oh, no sabéis cuánto he sufrido , ni lo que sufro todavía, 
esperando la primera palabra que va á salir de vuestros labios, 
porque esa palabra , Aneyda , decidirá mi suerte , haciéndome el 
más feliz ó el más desdichado de los hombres. Decidla, pues, y sa- 
cadme de esta duda que me mata. 

Conmovida y con la cabeza baja escuchaba Aneyda al embaja- 
dor ; parecía que meditaba , y sólo después de un rato pudo decir 
con una naturalidad que la realzaba en extremo : 

— Pues bien , señor, no estoy enojada con vos. 

— Es cierto? Podré creer lo que decís? 

—Sí. 

— Luego no os soy indiferente? 

— Nunca me lo habéis sido. 

— Y aceptáis mi amor? 

— Con toda mi alma. 

' — Es decir que vos también,... 



EN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 295 

— Os amaba , y por eso he sufrido tanto , creyendo que amabais 
á otra. 

— Oh, Aneyda! — exclamó con fuego el embajador; — me hacéis 
el más venturoso de los hombres : y por esta noche, que no olvi- 
daré jamas; por esa luz que sobre nosotros proyectan nuestros sa- 
télites ; y por ese cielo teñido de azul y bordado de oro que cubre 
nuestras cabezas, os juro que vos y vuestra dicha serán mi único 
objeto en este mundo. 

— Os creo, señor, — dijo Aneyda; — os creo, porque yo, á mi 
vez , os prometo que no siendo á vos , á nadie uniré mi suerte en 
Saturno, aun cuando para cumplir esta promesa haya de perder la 
vida. 

Y dicho esto, alarg-ó su mano al embajador, que la estrechó en- 
tre las suyas radiante de felicidad. 

— Ya están avenidos, — dijo Nassala con voz muy baja: — sobre- 
manera me alegro de ello; y vos? 
— ¿ Podéis dudarlo ? — le contesté; — pero reunámonos á ellos. 

Y asi lo hicimos. 



CAPITULO XXXVI. , 

ENTREVISTA CON EL REY. — ENCUENTROS. 

Algunos dias después de lo que dejo referido, me hallaba yo al 
lado del embajador, cuando vinieron á llamarle de parte del rey. 

— Queréis acompañarme, Mendoza? — me dijo. 

— Iría con gusto, — le respondí, — pero como supongo que S. M. 
querrá hablaros de negocios, no me parece regular que esté yo 
alli. 

— Al contrario, amigo; vos y M. Leynoff sois para nosotros dos 
seres que ningún interés debéis tener en las cosas de Saturno; y 
como si alguno tuvieseis seria siempre por nosotros, nada nos im- 
porta que presenciéis todos nuestros actos. Con que, venid. 

Cuando llegamos, no hicimos antesala, pues aunque S. M. des- 
pachaba con dos ministros, tan pronto como supo que estábamos 
alli, nos mandó entrar. 

Nos recibió en una de sus habitaciones interiores, donde, como 
en todo el palacio, brillaba el oro y la magnificencia. 



296 UNA TEMPORADA 

— Hola, Nottely, — le dijo con visible interés el soberano, — 
cómo estáis? 

— Perfectamente, señor, y aunque asi no fuese, siempre estarla 
bien para servir á V. M. 

— Lo sé, Nottely. Y el brazo, qué tal? Os servís ya de él? 

— Sí, señor, algo torpe, pero no me incomoda. 

— Me alegro, primero par vos, y luego por mí, porque os ne- 
cesito. 

— A mí, señor? 

—Si. 

— Y para qué? 

— Ahora os lo diré. 

Y volviéndose á mí, añadió: 

— Y mi pequeño héroe, cómo está? 

—Gracias, señor; para servir á V. M. 

— A propósito, Nottely; mucho debéis qüerét á Mendoza. 

-^No lo sabe bien V. M., — dija con Viveza el embajador. 

— Ya lo creo. Diantre! salvaros dos veces la vida! pues no es 
nada. 

— Aparte de eso, señor, quiero á Mendoza por su mérito, por él 
mismo. 

— Bueno, bueno, no me opongo á que le queráis; estáis en vues- 
tro derecho, como yo lo estoy en el mió para ir aborreciéndole un 
poquito. 

— Cómo, señor!— dije algo inquieto: — ¿habré tenido la desgracia 
de faltar á V. M.? 

— Mucho que sí, amiguito,-^dijo entre risueño y enojado aquel 
bondadoso soberano. — Cómo! pasarse los ocho j los diez dias sin 
venir á verme, habiéndole encargado que lo hiciese con frecuen- 
cia! Eso ya es demasiado, caballerito, y si seguís así, me veré pre- 
cisado á tomar alguna medida seria . 

— Oh, señor! — dije hincando una rodilla y besándole la mano, J 
que me alargó al momeinto: — aunque no vea á V. M., no es por 
falta de cariño, sino por el temor de robarle un tiempo que tanto 
necesita, y qué tan dignamente emplea en hacer la dicha de sus 
subditos; pero pedidme, señor, la vida, y veréis si titubeo en darla 
por V. M. 

-^Yá sé que me amáis, Mendoza; pero como veo tantas vétífes á 
M. Leynoff, que siempre viene á palacio con Nomara, y á vos tan 



EN EL mIs bello DE LOS PLANETAS. 291 

pocas, no debéis extrañar que os reconvenga de este modo. Con 
qué, cuidado con faltar de nuevo, lo entendéis? 

—Si, señor; pero hasta en esas reconvenciones mismas no hace 
más V. M. que acrecer la excesiva bondad con que me honra des- 
de que tengo la dicha de vivir en sus estados. 

— Bien, bien, ya veré por los resultados si os enmendáis ó nó. 

Y volviéndose al embajador, añadió: 

— Mendoza, Nottely, no es un obstáculo para que hablemos de 
negocios, porque si algún interés tiene en las cosas de Saturno, 
siempre será á favor nuestro. Aunque enfermo, os creo al corrien- 
te, por Nomara, de todo lo de Catilia, cuyo soberano, confiado en 
el apoyo de Botayde, y en las huestes del príncipe de Nocuara, no 
ceja en su propósito de apoderarse de Talussa. Admite, sin em:bar- 
go, la conferencia; pero la conferencia no es, en mi concepto, otra 
cosa que un pretexto para acabar de hacer sus preparativos y unir 
las tropas aliadas á las suyas: por eso no me descuido , y hago 
también los mios. La Nostracia, cuyos intereses son los nuestros, y 
que está hl corriente de todo póf Coloby, se arma también; y tan 
pronto como la conferencia se concluya, vendrán sus tropas á Ro- 
malia para pasar aqui la gran revista. Sabíais esto? 

— Todo, señor, — respondió Nottely. 

— Ahora bien: como en este asunto la Nostracia y la Roquelia 
no tienen más que un pensamiento, quiero que esta noche misma 
marchéis vos y Nolatto á Catilia, á fin de que antes del dia seña- 
lado para la conferencia, tanteéis lo¿ ánimos de los demás emba- 
jadores para saber lo que piensan respecto de ella. Yo nada espero, 
como os dije, de la conferencia; pero como deseo que de nuestra 
parte esté á lo menos la justicia, ds encargo que no omitáis medio 
ninguno, salva, se entiende, la dignidad de ambas naciones, para 
obtener la paz, ya haciendo ver á los ministros, y aun al rey mis- 
mo, las consecuencias terribles de la guerra, y ya haciendo que 
adopten igual lenguaje los embajadores de las potencias aliadas 
nuestras. Bastan y sobran estas indicaciones para vos, que sois tan 
hábil diplomático como intrépido guerrero; y sólo os encargo (asi 
que os persuadáis de que la avenencia es imposible) que deis la 
vuelta inmediatamente. Ahora decidme, ¿se resentirá vuestra sa- 
lud si marcháis hoy? 

— De ningún modo, señor, y todo se hará como desea V. M. ' 

— Además, — añadió el rey, —^ el no haber vuelto Nostrendy, 



298 UNA TEMPORADA 

como habia ofrecido , á darme cuenta de la conversación habida 
con su tio, me hace ver, no sólo que es inevitable la g'uerra , sino 
que no se ha portado muy bien el tal sujeto : lo tendremos pre- 
sente. 

— Tiene V. M. más que mandarme? 

— No; podéis marcharos. Ah, no os olvidéis de veros con No- 
latto para conveniros en la hora que debéis salir : según me dijo, 
creo que será de noche, 

— Muy bien, señor. 

— Si de aquí á que salgáis , tengo alguna orden que daros , ya 
os avisaré. Estáis en casa de Nomara todavía? 

— Si, señor, pero hasta el medio dia y nada más. 

— Muy bien. 

Y volviéndose á mí, añadió : 

— Cuidado con otra, caballerito. 
— No volveré á faltar, señor? 

Y besando el embajador y yo otra vez su mano, nos marchamos. 
Cuando llegamos á casa entramos en jel salón , donde encontra- 
mos á Aneyda leyendo. 

— Tan sola, Aneyda! — dijo el Sr. Nottely. 

— Mamá acaba de salir con la señora Notissa y el caballero No- 
matty; Silaydi está en palacio, y M. Leynoff y papá se pasean en 
la huerta. 

Viendo yo la bella ocasión que á Nottely se le presentaba para 
despedirse de Aneyda, les dije ; 

— Aprovechad este momento, amigos, para despediros. 

— Para despedirnos! — dijo Aneyda perdiendo el color. 

— Por muy pocos dias, Aneyda, — dijo el Sr. Nottely. 

— Pues adonde vais, señor? 

Antes que respondiese el embajador, les dije yo : 

— Mientras habláis, voy á la huerta para entretener al príncipe 
y á M. Leynoff. 

Una mirada de gratitud fué la respuesta de los jóvenes. 

Hallé, en efecto, paseándose y hablando á los dos viejos. Con te- 
les, lo más detalladamente que pude, nuestra entrevista con el rey. 
y hablamos mucho de este asunto, que era muy del gusto del se- 
ñor Nomara. Habría una hora que nos ocupábamos de él, cuando 
dijo, el príncipe: 

— Quisiera ver á Nottely: sabéis dónde está, Mendoza? 



EN LOS SISTEMAS REPRESENTATIVOS. 299 

— Sí, señor; queréis que le llame? 

— Si no os molestáis 

— Voy al instante. 

Y corrí al salón. Cuando llegué, estaba á la puerta el embaja- 
dor á quien oí decir: 

— Y consentís? 

— Sí, — respondió Aneyda. 

— Esta misma noche? 

— Esta misma noche. 

— Y sin repugnancia, sin la más leve repugnancia siquiera? 

— Sin la más leve. 

— Qué feliz soy! 

Y al decir esto, salió el embajador, encontrándose conmigo. 
— Qué hay, Mendoza? ocurre algo? 

— El príncipe quiere veros. 

—Dónde está? 

— En la huerta. 

— Pues vamos allá. 

Iba á seguirle con intención de preguntarle á qué aludían las 
últimas palabras que había dicho á Aneyda, cuando vi entrar de 
puntillas en el cuarto de ésta al Sr. Nomatty . El embajador, absorto 
sin duda con la conversación que acababa de tener, nada percibió; 
pero viendo que me paraba, dijo: 

— No venís, Mendoza? 

— Id andando, que allá voy. 

Marchóse , y yo me dirigí á mi cuarto , porque tenia que pasar 
por delante del de Aneyda. Cuando llegué á la puerta , me paré 
un poco, y oí un murmullo como de personas que hablaban ; pero 
como nada tenia de agradable que saliesen y me hallasen allí pa- 
rado, continué mi camino con intención de quedarme á la puerta 
del mío y observar. No habia cinco minutos que estaba en ella, 
cuando vi salir al Sr. Nomatty acompañado de la doncella, con la 
cual hablaba animadamente, aunque en voz baja. 

— ¿Obsequiará este hombre, — dije para conmigo, — á esta mucha- 
cha, ó traerá con ella alguna intriga de otro género? 

Bajé á la huerta deseoso de preguntar al embajador el signifi- 
cado de aquellas palabras que le habia oído cuando salía del salón 
y que tanto me habían chocado ; pero nos llamaron á comer y no 
pude hacerlo. En la mesa, se continuó la conversación de la huer- 



áOO UNA TEMPORADA 

ta, es decir, sobre política ; pero el embajador, qtie atendía más á 
mirar á Aneyda que á otra cosa, habló poco. 

Acabada la comida , se despidió éste de la familia con aquella 
finura y amabilidad que le eran peculiares. El principe y M. Ley- 
noff le abrazaron tiernamente , y la princesa sólo le eticaígó que 
visitase á Nostrendy. Aneyda se despidió de él con la finura y 
reserva propias de su edad: sus ojos dijeron lo demás. 

— A qué hora pensáis salir? — preguntó el Sr. Nomara. 

— Lo ignoro todavía; pero sé que será de noche, según me di- 
jo S. M. 

Iba á abrazar á Silaydi, cuando éste le dijo : 

— No, amigo; todavía no. 

— Pues qué hay? 

— Que os acompañamos Mendoza y yo. 

— Hombre.... 

— Y como que no hay remedio, — dijo sonriendo el Sr. Silaydi, — 
marchemos. 

Y nos marchamos. 

Cuando llegamos á la embajada , nos abracó Nottely cariñosa- 
mente, y nos dijo : 

— Ahora; mis queridos amigos, permitidme que os deje.. Tengo 
que arreglar varias cosas, hacer cuatro ó cinco visitas, y mis pre- 
parativos de viaje. Con qué, hasta la vuelta. 

Bien sentía yo no hablar algo en particular coa Nottely, y , so- 
bre todo, no preguntarle el significado de aquellas palabras que, 
sin saber por qué , me habían chocado tanto ; pero como estaba 
allí Silaydi y me esperaba, me fué imposible hacerlo. \ Cuánto me 
pesó después no haberle llamado á parte á todo trance ! 

Jamás creí echar tanto de menos al embajador; experimentaba 
un vacío, que nadie, ni aun el mismo M. Leynoff, podía llenar. 
Silaydi notó mi tristeza, y como sabia la causa, me dijo con un 
interés que siempre tendré presente : 

— Cuánto lo sentís, Mendoza ! 

— No puedo negarlo, Silaydi ; amo mucho, y aún más de lo que 
creía, al embajador. 

— No lo extraño, porque le merece ; pero más debe amaros él á 
vos, que lé habéis salvado dos veces la vida. 

— Oh, éso no merece la pena, porque él hubiera hecho pót mí 
otro tanto. Lo qiíe me hace quererle más, aparte de su indiápu- 



SN KL MÁS BELLO DB LOS PLANETAS. áOl 

table mérito, es la amabilidad con q^e nos trató á M. Lejnoff y á 
mi, desde que nos vio en Saturno. Esto , querido Silaydi , en un 
mundo desconocido, y tratándose de hombres que debían serle tan 
extraños, nunca se ovida. Por eso, mientras viva, amaré con toia 
mi alma á vuestro padre. 

— Como él y todos.... os amamos á vos. 

— Ya lo sé. 

De una manera que no pudimos evitar, tropezamos con Nomatty, 
que venia con tres jóvenes Catilianos. Fué preciso saludarnos. El 
Sr. Nomatty se puso muy encarnado : habia antipatía entre este 
joven y nosotros. Hubo un momento de silencio bastante embara- 
zoso para todos , porque interiormente , estoy seguro que unos y 
otros deseábamos vernos á cien leguas de distancia. Por último, 
dijo el Sr. Nomatty : 

— 'Parece que se marcha Nottely : es asi , señores? 

— Así parece, — respondí yo. — Y vos , caballero Nomatty , no 
marcháis también? 

Esto lo dije con intención de hacerle hablar. 

— Hasta que sepa el resultado de la conferencia, nó. 

— Pero si el resultado es bueno, os quedareis, verdad? 

— Probablemente. Pero, señores, — añadió cortado por la frial- 
dad de Silaydi; — os estoy deteniendo, y queréis pasear. Dispen- 
sadme. 

Y nos separamos haciéndonos una profunda cortesía, pero sin 
darnos la mano. 

No habíamos andado veinte pasos, cuando vimos venir corrien- 
do y saltando á Cattarrulo. 

— Oh, señores, — dijo éste, después que se nos acercó: — ¡ cuánto 
celebro encontraros ! 

— Hola, amiguito, qué hay? 

— Un baile, caballero Mendoza, un gran baile al cual asistirá 
toda Romalia. Queréis qué os lleve? Soy el todo de la casa. 

— No, gracias, — le respondí; — tenemos que hacer esta noche. 

— Es que será brillante , y hay además muy liadas niñas : dos 
particularmente, que yo obsequio y que me aman con ferocidad, 
son adorables. Visten con un lujo y una elegancia que encantan. 

— Con que os aman, eh? 

— Qué sí me aman ! que si me aman 1 me idolatran. Queréis ver 
sus cartas? 



302 UNA TEMPORADA EN EL MÁS BELLO DE LOS PLANETAS. 

Y ya echaba la mano al bolsillo, cuando dijo Silaydi: 
— Nos esperan, Mendoza ; vamos pronto. 

— Adonde vais? al paseo? Voy con vosotros, — dijo al instante 
Cattarrulo. 

— No, amigo, — dijo el Sr. Silaydi; — vamos á evacuar un ne- 
gocio grave. 

— Lo siento , caballero Silaydi ; á fé mia que lo siento , porque 
acaso estarían allí mis dos divinas y os las enseñarla ; pero otro 
dia será. Adiós: soy todo vuestro. 

Y se marchó tan de prisa como vino. 

— Siento privaros de ese ente, Mendoza; pero, francamente, no 
lo puedo soportar. 

— En otra ocasión lo sentirla más, Silaydi. Queréis qué volva- 
mos á casa? 

— Si , aunque no sea más que por no tropezar con él. 
^Se continuará.) 

Tirso Aguimana dr Vbca. 



REVISTA POLÍTICA. 



INTERIOR. 

Self-government. — Esta frase , admitida ya en el idioma político corrien- 
te, expresa la organización de los pueblos libres, el gobierno de la Na- 
ción por la Nación misma, la dirección y administración de los negocios pú- 
blicos por los ciudadanos, sin tener en cuenta origen ni clase , la ausencia 
de toda tiranía , de todo imperio implantado ó ejercido por medio de la 
fuerza, el triunfo ordenado y pacífico de la opinión, y el respeto más escru- 
puloso á las leyes. 

O este fué el bello ideal de la Revolución de Setiembre, ó la Revolu- 
ción de Setiembre ha sido una de las más grandes aberraciones que registra 
la historia, y además un gran crimen social. Nosotros abrigamos el firme 
convencimiento de que el Self-government se consideró desde luego como 
la aspiración primera de las voluntades que pusieron en movimiento, en 
la ciudad de Cádiz y en los buques surtos en su bahía, las fuerzas que lleva- 
ron á término feliz el alzamiento de 1868. 

No ha de tener resultado práctico en el dia de hoy analizar los detalles 
de aquel gran levantamiento , cuyo aniversario acaba de pasar en medio de 
una inconcebible indiferencia , ni sacar á relucir la responsabilidad en que 
puedan haber incurrido, así los que poco á poco se han ido desviando de la 
tendencia altamente patriótica y conciliadora con que estalló el movimiento, 
como los que tal vez por culpable confianza entraron sin garantías en una 
especie de armisticio que pensaba olvidar pronto, según después se ha vis- 
to, una de las partes en él interesadas. 

El espectáculo no es nuevo , ni hay por qué sorprenderse : los partidos 
respetan poco ó nada prescripciones que la moral individual no puede dar al 
olvido sin incurrir en las más justas censuras. Mas si esto es cierto, no lo 



áÓ4 REVISTA POLÍTICA 

es menos que la ley de la expiación se cumple siempre, más ó menos tarde, 
sean colectividades ó individuos los que falten á los deberes más conocidos 
y vulgares de la moral pública. 

Sin que pretendamos nosotros que nadie esté completamente libre de 
responsabilidad, y dando por consiguiente al olvido los pasados errores ; 
¿quién que no tenga embotado el sentimiento del amor patrio, ha de mirar 
con indiferencia los males públicos ? Sólo un brutal egoísmo puede cegar á 
los que desconozcsm cuan preciso se ha hecho salir de esta anarquía, unas 
veces mansa y otras fiera, que extenúa, enflaquece y seca las fuentes de la 
riqueza pública y la virilidad moral de los pueblos. 

La Nacirn española presenta á nuestra vista un panorama semejante al 
que ofrecería un vasto jardin en que se hubiesen dibujado por mano hábil 
los cuadros, calles, puentes y paseos que debieran adornarle, y plantados 
los árboles, nacidos los arbustos, brotando las flores, un viento caliginoso, 
una atmósfera de plomo, da ausencia, en fin, de riego ordenado é inteligente 
cultivo, viniese á marchitar aquellos gérmenes de frescura, belleza y lozanía. 

Viene atravesando la patria hace meses por ese momento critico en que 
estarla el jardin durante el tiempo en que su fertilidad luchase entre la vida 
y la muerte, en que la savia de sus terrenos ^esc á jsecarse por completo, 
si ios aiidados del hombre no venian á darle vida^ ■ítunientando, cada hoira 
que se retardase el remedio, las probabilidades de una irremediable ruina. 

Las circunstancias por que atraviesa Europa, son las más á propósito para 
organizar de una manera definitiva el país , si se ponen de acuerdo ppcevia- 
mente los partidos que tienen representación en la Asamblea, para confería- 
la corona de España á un candidato quid satisfaga las ejdgendas idie la /Opi- 
nión pública. No vamos á discutir ahora cuál aería ej m^or; í^nsiosos de 
llegar al anhelado fin, hemos dicho y repetimos que^ en sentir pu^strOj el 
patriotismo obliga á aceptar como buena la solución monárquica qne remsí 
más sufragios en la Cámara Constituyente , (pues lo que urge §^ ^vsifc el 
principio monárquico de los obstáculos que laiS agitaciones del exterior jhan 
de opcaierle, si una gran trasf ormacion , que nadie adivina aliora, ím) B/d ve- 
rifica pronto. 

Los defensores de la candidatura del Grenepal JJspsfftero han cejado en 
BUS 3)ropósitos, já lo que parece : mientras tanto continúan defendiendo .^us 
parcides, con loable conseeiikencia, ladelSr. Duq^e de Montpensier. Jí^o 
falta quien crea que, tan luego como ge tajara ej Parlamento, pers<wias aut^ 
rizadas de partidos, diferentes presentarán á votación pública esta candidatu- 
ra, á fin-de conocer de una manera definitiva y terminanjte ios prosélitos pon 
que cuenta en la Asamblea. Mucho celebraremos que la noticia sea cierta, 



INTERIOR. 305 

no sólo porque si con este procedimiento se resolviese la cuestión monár- 
quica, el país ganaria mucho, sino porque aun derrotada la candidatura, 
los partidos recobrarían la unidad de acción de que hoy carecen, obligados 
amigos y adversarios á sacrificar unos por natural consecuencia, y otros 
por enemistad injustificada, algo de la rectitud de sus respectivas con- 
vicciones políticas. 

Las ardientes discusiones que ha levantado en la prensa, por desdicha, 
semejante candidatura, no sólo contribuyen á enemistar á los hombres que 
unidos podían haber hecho el bien de la patria, sino que desorganizan las 
antiguas agrupaciones políticas , levantando entre sus miembros más ca- 
racterizados barreras que pudieran llegar á ser insuperables. 

Nosotros que veríamos con el mayor gusto al Sr. Duque de Montpen- 
sier ocupando el solio de Castilla, deseamos que se promueva sobre su 
elección amplio debate, convencidos, como antes hemos Jdicho, de que es 
imposible que se prolongue por más tiempo el triste estado por que atra- 
viesan hoy los negocios públicos. 

Suba al trono, pues, el Sr. Duque de Montpensier, pero si la elección no 
es posible, no sirva de obstáculo su nombre para una reconstrucción polí- 
tica en que cobrando nueva importancia las ideas, se reconstruyan los parti- 
dos y termine la encarnizada y estéril lucha de los interesesjpersonales, para 
que pueda renacer la provechosa discusión y natural debate de los principios. 

Hemos dicho al comenzar esta Revista, que la Revolución habria sido 
un atentado social sino tenía por objeto establecer sobre bases sólidas el 
régimen representativo, y sin embargo nada hay más contrario á la índole 
verdadera de este régimen que el estado actual de la Nación española. 

Tienen razón, vergüenza nos da confesarlo, los periódicos poco amigos de 
la Revolución cuando dicen que jamas se ha visto un desconcierto igual ni 
parecido al que estamos observando ahora en todos los ramos de la política 
y la administración j tienen razón cuando se asombran de la deplorable ac- 
tividad con que se acometen algunas reformas, y tienen más razón aún 
cuando se escandalizan de la sobrada calma con que se toman disposiciones 
que el interés público reclama con urgencia. 

Nadie pone en duda que las instituciones parlamentarias, para consoli- 
darse y funcionar ordenadamente, necesitan descansar sobre un régimen 
municipal ordenado y perfecto. La ley de Ayuntamientos provocó, quizá 
con justicia, la revolución de 1840; la organización de los centros adminis- 
trativos de los pueblos fué el punto adonde dirigió constantemente sus tiros 
desde la oposición el partido progresista y democrático. Desacreditad el sis- 
tema que constantemente habéis defendido pon razón como fundamento 

TOMO XVI. 20 



áOé REVISTA POLÍTICA 

esencial de las libertades públicas, y habréis herido en el corazón las nue- 
ras instituciones. 

Pronto hará dos años que está éñcoíüeñdada á los |)artidos ultra- 
liberales exclusivamente la dirección de los negocios públicos generales y 
locales; ¿y cuál es el cuadro que presenta , ante un observador imparcial,, 
este país tres veces desdichado? 

tina languidez mortal no ménos triste que la pél^étua alarma en que 
otras veces hemos vivido, se ha apoderado del cuerpo social. El país ha per- 
dido casi por completo la esperanza de alcanzar dias mejores, y descuidando 
el cumplimiento de los debefes que la patria impone á los ciudadanos, 
mira con dolorosa resignación el desorden administrativo existente. Según 
aseguran publicaciones autorizadas, apenas se han hecho efectivos 30 millones 
de los 150 que por contribuciones debia ya haber percibido el Tesoro. Des- 
pués de dos años reina en los Municipios el más completo desorden ; apenas 
hay Ayuntamiento de importancia que tenga comente su presupuesto, 
cuyo importe actual, por otra parte, ha doblado sobre los anteriores, sin que 
se hayan establecido recursos de carácter permanente pafa satisfacer laá ne- 
cesidades locales más apremiantes. Es un verdadero escándalo la existencia de 
Diputaciones provinciales que no deben su existencia al régimen electoral 
vigente, y cuando se recuerdan los discutsos don que inaugutó su entrada 
en el Ministerio de la Gobernación el antiguo Alcalde de Madrid y Presi- 
dente de la Asamblea, no se concibe que aún estén en suspenso indefinido 
las leyes orgánicas, y lo que es más , que no se intente salir de tan extraño 
y vergonzoso trance , hasta dentro de cuatro¡meses , si un nuevo decreto, 
como ya va siendo costumbre, no suspende en su dia las elecciones manda- l 
das hacer en fines del próximo Enero. 1 

Apenas se reúnen en Madrid la mitad de los Concejales que debieran 
tener representación en el Municipio , y para que esto suceda es necesa- 
rio barrenar las leyes vigentes ó declararlas ineficaces por los mismos que • 
tienen obligación de cumplirlas. Para que asista á la Diputación Provin- || 
cial número suficiente de Diputados , es pi^eciso que la presida quien ha- 
biendo sido Ministro está para ello legítimamente incapacitado, dándose el 
ejemplo, hasta ahora nunca visto, de que desempeñe el cargo de Diputa- 
do ptovincial un alto funcionario del Estado. 

Si esto feucede en la capital de la Península; si aquí, ante la vista del Mi- 
nisterio, lafe cosas pasan de este modo; si la Corporación municipal, que sirve 
de modelo, y óuya conducta procuran imitar los Ayuntamientos de las 
provilicias, crea conflidos al Gobierno y se queja sin razón y por cabalas po- 
iiticáá de las determinaciones del Ministro de la Gobernación que fué ade- 



INTERIOR. ^"7 

máfe su jefe eü tiempos más felices, ¿qué sucederá en las poblaciones en que 
de6elnp€fián estas elevadas funciones adversarios políticos del Gobierno? 

El desorden que reina en la administración se extiende-, como siempre 
sucede en toda sociedad en que se pierde el respeto á la<5 leyes j á las cos- 
tumbres públicas, á otras esferas sociales. Cuando una de las personas 
más caracterizadas por su posición elevada y reconocido mérito en la vida 
pública se ci-ee en la necesidad de ejecutar un acto de gran importancia 
en nuestras relaciones internacionales sin tener en cuenta las instrucciones 
de su superior gerárquico, convencido de que así sirve mejor los intereses 
públicos; cuando una autoridad militar, de cuyo patriotismo y nobleza de 
carácter nadie puede dudar, no encmentt-a mejor manera dé perseguir á 
los que al fin combaten bajo una bandera política, que publicando disposicio- 
nes cuyo espíritu y letra no se conciben en el siglo en que vivimos; cuando 
para extirpar el bandolerismo se prescinde de toda forma jurídica, y sin res- 
peto á las leyes que garantizan el acierto de la justicia se lucha con los mal- 
hechores á brazo partido, se mata más que se castiga > se castiga más que 
se juzga, es indudable que la sociedad en que esto sucede está en peligro de 
llegar á uno de esos momentos en los cuales sin vigor toda autoridad ver- 
dadera y en descrédito las instituciones, el poder público queda á mer- 
ced del primer aventurero con atrevimiento suficiente para recogerlo del 
suelo en que abandonado yace. 

Estos males dan por resultado fatal que ansiosa de paz la sociedad aplau- 
da, como sucede ahora, la energía de las autoridades que por salvar los in- 
tereses permanentes de los pueblos menosprecian las leyes, estado social 
desde el cual se descubren ya las primeras señaléis de la tiranía. 

Siempre que este mal se apodera de una nación, sus efectos aparecen lúe - 
go en el organismo de los partidos políticos, pues estas fuerzas cambian de 
índole y naturaleza en los grandes desórdenes sociales, cesa entonces la no- 
ble emulación, la perseverancia, la disciplina, la fidelidad á los compromisos 
contraidos, y se deshacen en fin los elementos que contribuyen, en primer 
término, á que la libertad sea posible. 

Sin ocuparnos para nada de los carlistas, ni de los amigos escasos de la 
dinastía derrocada, ¿cuál es el estado en que se encuentran los elementos 
activos de la Revolución? Ni la juventud de la democracia-monárquica le ha 
servido de preservativo contra la disolución que aniquila á las antiguas par- 
cialidades. Una insurrección verdadera ha aparecido en las filas de esta bulli- 
ciosa agrupación, habiéndose apoderado el espíritu disolvente de la prensa^ 
desde donde tira con bala roja y sin piedad sobre su natural y antiguo Jefe. 
Si las cosas no vatian pronto , el partido progresista seguirá idéntica con- 



308 REVISTA POLÍTICA 

ducta, pues ya aparecen en las columnas de sus periódicos artículos ardien- 
tes en que se censuran con energía los vicios dominantes. La misma Union 
liberal, modelo un dia de disciplina, muestra síntomas poco en armonía 
con su antigua y poderosa organización. 

En las naciones en que el sistema representativo se practica con pureza, 
la mayoría gobierna , pero las minorías le ayudan con sus críticas, lo cual 
no existe sino en tanto que alimentan justas esperanzas de llegar pacífica- 
mente y por el influjo de las ideas á la dirección de los negocios públicos. 
Los antagonismos que desgarran el flamante partido republicano no puede 
considerarse como indicio de un mal común. Los celos, las envidias, las ven- 
ganzas, el odio á todo lo que se distingue en el seno mismo de esta parciali- 
dad, es^más que accidente, naturaleza propia y verdadera esencia de la escuela. 
Las dictaduras desde el poder supremo, gastan menos, por otra parte, 
al que las desempeña, que ejercidas desde los bancos del Parlamento, porque 
sujeto allí á la continua y agitada lucha de debates, tanto más estériles, 
cuanto más se alimentan de pequeñas pasiones, el dictador se encuentra fá- 
cilmente por bajo de individualidades poco respetables , lo que le despresti- 
gia y rebaja en el concepto público. 

De esto se deduce que es de necesidad absoluta salir de la situación polí- 
tica por que el país atraviesa, sin lo cual la experiencia viene demostrando 
ser imposible que cada poder ejercite sus atribuciones propias], recobrando 
el vigor necesario para que alcancen un desarrollo conveniente las fuerzas vi- 
tales de esta sociedad, que como antes hemos dicho se desmaya sin resor- 
tes que la impulsen por el camino de un ordenado progreso. 

Causa dolor pensar adonde llegaremos si la Asamblea Constituyente 
pone una vez más de manifiesto su impotencia para coronar el edificio de 
las nuevas instituciones. Si el G-obierno no se decide á patrocinar la candi- 
datura del Duque de Montpensier, y esta, como prevemos, sale derrotada 
de la Asamblea, es preciso que los hombres que desempeñan el poder, ins- 
pirándose en las verdaderas necesidades públicas, apoyen con toda su fuerza 
aquella solución legal que estimen más favorable para terminar el período 
constituyente. 

Nosotros seguimos creyendo que sólo existe un remedio para cortar los 
males del momento , y este remedio es la elección de Rey. No pierdan de 
vista los señores Ministros, que si dejamos pasar esta última legislatura sin 
elegir la persona que debe ocupar el trono vacante, hay grandes probabi- 
lidades de que la elección no se haga nunca, y que la Monarquía perezca 
ante la impotencia de sus mismos partidarios; ó que se levante al fin, cuan- 
do ya sea tarde, sobre el pavés de las armas, falta de la fuerza que le daría 



INTERIOE. 309 

un origen legal é incompatible , por consiguiente, con las libertades pú- 
blicas. 

Grandemente se equivocan , en nuestro sentir , los que crean que es po- 
sible fundar en España una Monarquía que tenga por base tratados inter- 
nacionales. Cada país tiene sus condiciones especiales de carácter que es pre- 
ciso respetar. El candidato que por sí solo pudiera alcanzar mayores simpa- 
tías f se trocarla pronto en una figura antipática y odiosa si viniese , no ya 
impuesto , lo cual no es posible , sino como consecuencia de protocolos en 
que nuestra voluntad no apareciese exclusivamente libre para resolver los 
destinos de la patria. 

Si^ por el contrario, el Gobierno se decidiese á fundar la Monarquía, ja- 
mas encontrará ocasión más propicia. Eotos los vínculos nacionales que 
formaban el antiguo equilibrio europeo, ¿quién tendría hoy derecho para 
mezclarse en nuestros asuntos ? Por más que veamos con tristeza que aún 
no hemos alcanzado la honra de figurar entre las naciones que ejercen in- 
fluencia en el mundo , y que siempre que se nombran los pueblos dispues- 
tos á poner enjuego su mediación para ajustar la paz, sólo se habla de In- 
glaterra, Eusia, Austria é Italia, la verdad es que destruida la antigua 
preponderancia francesa, y dueño el pueblo español de sus destinos por 
una revolución que ha proclamado la soberanía nacional, no hay Príncipe 
en Europa que si se viese apoyado resueltamente por la mayoría de la 
Asamblea, no viniera ufano á sentarse en el trono de San Fernando. 
;- Interesa á Prusia, por grande que sea su actual poder, establecer alian- 
zas en el Mediodía que le aseguren amistades que pudiera necesitar en un 
porvenir menos dichoso, pues la fortuna varía cuando menos se piensa en 
los pueblos como en los individuos, de lo que Francia es elocuente ejemplo. 
Aunque el engrandecimiento reciente de la nación italiana ha apagado tran^ 
sitoriamente el fuego republicano, oculto existe bajo el entusiasmo mo- 
nárquico que levanta la presencia del Rey de Italia en el Capitolio, 
dorado sueño para aquel pueblo durante siglos de esclavitud y de infortu- 
nio, y sin embargo la situación actual no deja de ¡presentar peligros, para 
contrarestar los cuales, el Rey Víctor Manuel se mostraria dispuesto á in- 
clinar el ánimo del Duque de Aosta á aceptar la corona, parajque la Mo- 
narquía se estableciese en España pronto. 

No necesitamos nosotros en verdad contar menos con alianzas capaces de 
ayudarnos en un momento supremo, que puede llegar antes de lo que se cree. 
En vano querrá olvidar el nuevo Gobierno de Francia que inconsciente- 
mente hemos sido causa ocasional de sus desastres, y más ó menos tarde se 
resfriarán nuestras relaciones con aquel país , cuyas desgracias presentes le 



310 REVISTA POLÍTICA 

harán más celoso de su influencia y más dispuestos á entrar en lucha con 
un enemigo de quien conserva agravios y que cree débil. Un sentimiento 
análogo, al que tememos pueda despertarse en un término no muy lejano 
en Francia, impulsó á Chateaubriand y á los Miristros de Luis XVIII á la 
harto triste y célebre expedición del Duque de Angulema. 

i Pobre país si nos encontrase una guerra extranjera en un estado de 
anarquía análogo al de 1823! 

Digan lo que quieran los partidarios de la paz á todo trance, ya que he- 
mos perdido una gran ocasión de levantar nuestra nacionalidad en el mundo, 
no arrastremos por más tiempo, sin pensar ni preparamos para lo venidero, 
una triste existencia. 

Los obstáculos exteriores que obligaron á dimitir al Príncipe Hohenzo- 
Uern , las influencias que abultaron la novelesca y algo mística imagina- 
ción de su madre, las dificultades que encontraba la candidatura del joven 
Duque de Genova, no existen. Cualquiera que sea la forma de Gobierno que 
se establezca en la nación vecina, por algún tiempo Francia necesita dedicar 
todas sus fuerzas á restañar la sangre perdida, cicatrizando las profundísi- 
mas heridas abiertas á su antigua grandeza, lo qije nos asegura por ahora, 
sin peligro, la más completa libertad de acción. Perdido para la Restaura- 
ción el apoyo moral que le daba la íntima amistad de los Emperadores 
con la ex- Reina Isabel, y las simpatías que inspiraba en el ánimo maternal 
de la Emperatriz el ex-Príncipe Alfonso, los hombres verdaderamente mo- 
nárquicos que no tengan envenenado el espíritu por odios inextinguibles, y 
sobre quienes no pese por sus actos una responsabilidad inolvidable, ro- 
dearían pronto al nuevo monarca, que podria contar con el apoyo de los ele- 
mentos más sanos de todos los partidos tan sólo con seguir la líne^ de 
conducta que le traza la Constitución del Estado en cuanto á los negocios 
políticos pueda referirse , y en la vida privada manifestar el respeto á los 
deberes domésticos que sabe cumplir cualquier ciudadano honrado. 

Rectitud política en la vida pública , rectitud moral en la vida privada, 
estos son los mejores ejércitos en que puede apoyarse el futuro Rey «le los 
Españoles. 

J. L. Ar.BAREDA, 



EXTERIOR. 



EXTERIOR. 



311 



Grandísima responsabilidad ante la historia tomaron para sí los hombres 
que atropelladamente proclamaron en Paris la Eepública el dia 4 de Se- 
tiembre. Sólo la ceguedad propia de la pasión de partido pudo ocultarles 
las graves dificultades políticas que iban á añadir á los desastres militares 
de su patria. El mismo paríido republicano debería lamentarse de que, 
aprovechándose de las tristísimas circunstancias del momento, se apodera- 
sen por sorpresa de las riendas del Gobierno; pero los partidos, y especial- 
mente los extremos , no se lamentan nunca de que se les dé el poder, aun- 
que sea sólo para su descrédito. 

Tres eran las grandes quejas que contra los Ministerios dirigidos por 
Ollivier y Palikao manifestaba de continuo la oposición republicana del 
Cuerpo Legislativo. Era la primera que los más graves negocios de la paz 
y de la guerra continuaban siendo tratados y manejados por el Gobierno 
lo mismo que antes del restablecimiento del régimen parlamentario, no co- 
nociendo de ellos la Cámara hasta que ya pra irremediable el daño causado. 
M. Jules Favre insistía en esta reclamación diariamente. Sobre todo, desde 
que habia comenzado la guerra, no cesaba de pedir que el Cuerpo Legisla- 
tivo , como producto del sufragio universal y legítima representación del 
pueblo francés, dirigiese por sí mismo la defensa de Paris y el armamento 
de toda la Francia. Pues bien: el Gobierno provisional, en el que el mismo 
Jules Favre es sin duda, hasta ahora , el Ministro de más influencia en las 
cuestiones políticas, comenzó por disolver el Cuerpo Legislativo y por sus- 
tituir á la acción administrativa de los doce Ministros , que representaban 
la mayoría de la Asamblea popular, y tenían su ooníianza y su apoyo, la 
acción dictatorial de nueve Ministros, que representan una parte de la mi- 
noría de aquella Cámara y del cuerpo electoral. 

Era la segunda queja, que los Ministros del Imperio, al mismo tiempo 
que encareoian la necesidad del concurso de todos los partidos para defender 
la patria invadida, no admitían á los republicanos á los cargos de más im- 
portancia en el Gobierno. La verdad es que los imperialistas , en sus últi- 
mos tiempos, buscaban con afán el apoyo de los oríeanistas y de los legiti- 
mistas, y que aceptaban con gusto el de los republicanos en cuanto era com 
patible con la existencia del Imperio; que, casi desde el principio de la guer- 
ra, tuvieron oscurecida la autoridad del Emperador , y acabaron por propo- 
ner al Cuerpo Legislativo, en la sesión de la noche de] 3 de Setiembre, que 
el Conde de Pahkao dejase de considerarse como jefe del Gobierno de la 
Emperatriz, para funcionar como lugarteniente de una Comisión nombrada 



312 REVISTA POLÍTICA 

por toda la Cámara, y en que habiaPx de estar representados todos los par- 
tidos. Los republicanos , desde el primer momento en que asaltaron el po- 
der, lo han monopolizado^ tratando como enemigos, no sólo á los que sir- 
vieron al Estado durante el Imperio, sino á todos los hombres monárqui- 
cos, sin exceptuar á los que durante dieciocho años han combatido con más 
energía y más éxito el régimen personal. 

Por último, se lamentaban á toda hora los republicanos de la excesiva 
preponderancia de París sobre los departamentos; atribuian á la centraliza- 
ción todos los desastres sufridos , y no tenian esperanza sino en que todas 
las provincias tuviesen parte en la dirección de los negocios públicos. Hasta 
tal punto olvidaron en el momento oportuno estas ideas, que el Gobierno 
formado tumultuariamente el 4 de Se'iembre, lo fué con los Diputados 
elegidos por París , añadiendo el General Trochu , aceptado como una im- 
prescindible necesidad del momento, y eliminando á M. Thiers, que no quiso 
ser miembro del primer Ministerío de la tercera Kepública. 

Esa tercera República no vino, pues, al mundo, ni para reunir todos los 
poderes públicos en manos de la Representación nacional, convirtiendo en 
Convención el Cuerpo Legislativo, ni á realizar las teorías descentralizado - 
ras, ni mucho menos á suprimir los exclusivismos y á agrupar en el Go 
bierno las fuerzas de todos los partidos; no vino," en suma, á reducir á ver- 
dad práctica ninguna de las teorías que sus partidaríos habian proclamado 
desde la oposición. 

En la opinión de la mayoría de las gentes, la misión de la República era 
la de hacer la guerra popular, la de imposibilitar las negociaciones diplomá- 
ticas mientras el invasor no fuese expulsado, la de sustituir á las armas de 
los ejércitos que habian sido vencidos , la decisión invencible de una gran 
nación, resuelta á pelear hasta los últimos extremos. Esa misión era com- 
prendida por todo el mundo como Víctor Hugo la ha descrito en una pro- 
clama que desde Le Eappel ha dirigido á los Franceses, diciéndoles : "Le- 
vántense todos los pueblos! tomen parte en el fuego todas las campiñas! llé- 
nense todos los bosques de voces atronadoras ! A las armas ! á las armas ! 
Salga de cada casa un soldado ! conviértase cada barrio en un regimiento! 
cada ciudad hágase un ejército! Los Prusianos son ochocientos mil; vosotros 
sois cuarenta millones de hombres! Levantaos y caed sobre ellos! Lila, Nán- 
tes, Tours, Bourges, Orleans, Colmar, Tolosa, Bayona, ceñid vuestra cin- 
tura con vuestras armas. Adelante! Lyon, toma tu fusil; Burdeos, toma tu 
carabina; Rouen, saca tu espada, y tú, Marsella, canta tu canción, y sé ter- 
ríble. Ciudades, haced bosques de picas, espesad vuestras bayonetas, en- 
ganchad las caballerías á vuestros cañones! Y vosotras, aldeas, coged vues- 
tra segur! No digáis que no hay pólvora, ni municiones, ni artillería; por- 
que las hay. — Además, los campesinos suizos no tenian más que hachas, 
los campesinos polacos no tenian más que hoces , los campesinos bretones 



EXTERIOR. 313 

no tenían más que palos, y todo se desvanecía delante de ellos! Todo presta 
auxilio á quien pone fuerza de voluntad. Estamos en nuestra casa ; las es- 
taciones nos favorecerán. Guerra ó vergüenza! Quien quiere, puede. TJn fu- 
sil malo es excelente cuando el corazón es bueno ; un trozo viejo de espada 
es invencible cuando el brazo es valiente. Los campesinos de España fueron 
quienes destrozaron el poder de Napoleón. A prisa, á prisa, sin perder un 
día, sin perder una hora, cada cual, rico, pobre, trabajador, menestral, la- 
brador, tome en su casa ó recoja del suelo todo lo que se parezca á un arma 
ó á un proyectil. Haced rodar las peñas , convertid los sulcos en fosos, le- 
vantad los pisos de las calles, combatid con todo lo que os venga á la mano, 
coged las piedras de nuestra tierra sagrada, apedread á los invasores con 
los huesos de nuestra madre la Francia! n 

El recuerdo de la conducta heroica de los Españoles en 1808 es invocado 
por los Franceses con mucha frecuencia en estos días : el ejemplo de Zara- 
goza es presentado diariamente á la imitación de las ciudades francesas por 
los periodistas de París. Pero nuestros padres pelearon seis años, y hubie- 
ran legado á sus hijos y á sus nietos la tarea de pelear, si hubiese sido ne- 
cesario, seis siglos. Nuestros padres antepusieron á todo, el deber de luchar 
oontra el invasor, y cuando en Setiembre de 1808 se reunió la Junta Cen- 
tral en Aranjuez para el primer ensayo de organización de un Gobierno na- 
cional, se había ya levantado en armas Madrid el 2 de Mayo, se habían 
lanzado á una guerra de exterminio Asturias, León, Santander, Galicia, 
Logroño, Sevilla, Cádiz, Granada, Badajoz, Cartagena, Murcia, Valencia, 
Aragón, Cataluña, las Baleares, Navarra, las Vascongadas, toda España; 
habían sido derrotados los Españoles en Cabezón , habían detenido á los 
Franceses en el Bruch, habían asombrado al mundo con el heroísmo de 
Zaragoza, habían hecho capitular á Dupont en Bailen. 

En la Francia de 1870, el entusiasmo era grande; los reveses primeros 
sufridos en la guerra, lo excitaron hasta el extremo. El Cuerpo Legislativo, 
secundado por el Senado y la Emperatriz, decretaba leyes sobre leyes, lla- 
mando á las armas á toda la población válida. Uno de los mismos Ministros 
se encontraba en el caso de soltar las riendas del Gobierno para coger el fu- 
sil de simple soldado. Los padres conducían á los hijos para que se alista- 
sen, ó se alistaban al mismo tiempo que ellos. Propietarios, magistrados, 
artistas, escritores, todos á porfía acudían al llamamiento de la patria. Por 
donde quiera se reproducían ejemplos de heroísmo patriótico, dignos de Es- 
parta. El Mariscal Conde de Palikao organizaba cada día varios batallones, 
cada semana un ejército. Sólo se pedia á Bazaine y á Mac-Mahon , que de- 
tuviesen menos de un mes á los Prusianos para que Francia pudiese tener 
armados y organizados militarmente, á más de un millón de sus hijos. 

Desde el día 4 de Setiembre , todo ese movimiento se ha hecho muy len - 
to, ó se ha paralizado. Cuando debían sentirse más los efectos de las medi- 



314 REVISTA POLÍTICA 

das adoptadas por las leyes últimamente hechas , apenas se nota señal de 
que produzcan resultado alguno. En ninguna parte se forma el núcleo de 
nuevos ejércitos , que distraigan las fuerzas prusianas, amenazándoles lle- 
var socorros á Strasburgo ó á Metz, ó invadir la Alemania del Sud. Bazai- 
ne y Ulrich quedan entregados á sus propios recursos. 

El temor de la guerra civil y de la guerra social ha hecho que los France- 
ses prosigan con menos ardor la guerra con el extranjero. Las pasiones, ex- 
citadas por las luchas de la política interior, han disminuido el vigor del pa- 
triotismo. Mientras el pueblo de París se entretiene en derribar las águilas 
imperiales, que en tantos puntos de las cuatro partes del mundo inspiraron 
el respeto, y fueron emblema de las glorias de Francia, se distrae algo de la 
idea de que el prusiano se acerca iracundo y terrible á la capital de la civili- 
zación moderna. Mientras se ocupa en cambiar el nombre á las calles , toda 
Alemania se lisonjea con la esperanza de hacer cambiar de nacionalidad la 
Alsacia y la Lorena. 

M. Luis Veuillot con su pluma, que á veces envidiaría Ju venal, pinta 
con rasgos sarcásticos la situación moral de París en los dias que siguieron 
á la proclamación de la Eepública. njls difícil saber, dice, si en el sosiego 
relativo que se ha notado en París desde el dia 4, hay más esperanza de 
una pronta paz que de una pronta victoria. El desconocido que proclamó la 
República, ¿quería renovar los prodigios de 92, ó sólo poner su tienda al 
abrigo de las bombas?... En nuestra opinión, el resultado de la aventura del 
domingo es que se ha avivado en las calles el fuego de la canción , y que la 
res )lucion de acudir al fuego de los baluartes ha aflojado en los corazones... 
En París hay mucho menos Francia de lo que se cree. Paris forma una nar 
cion aparte, y no se considera tanto capital de Francia como capital del 
mundo. Francia no es más que su arrabal, su cortijo, su granja... Hay 
gentes en Paris que dicen : n Porque la granja sea saqueada , lo cual es sin 
duda una gran desgracia, ¿se ha de pegar fuego á la casa? Y otras gentes, 
que no hubieran caido en la cuenta de eso, reconocen que esa razou pari- 
siense es muy buena, y que, en efecto, no hay que e:jcponerse á hacer arder 
la casa. La Marsellesa, las banderas, la caricatura, todo eso es bueno cuan- 
do los Prusianos están lejos todavía, y todo ese ruido tiene su lado de di- 
versión... Pero, en fin, es preciso no morir sino lo más tayde posible, y no 
exponerse á la lluvia absurda y brutal de las bombas." 

Si sólo usase ese lenguaje LUnivers, que es tan propenso á todas las exa- 
geraciones, significaría poco. Pero Le Siecle, republicano de la víspera, ex- 
clama por su parte indignado : m A los reductos ! Basta de abrazos , y de 
chanzas y de botellas!" Le Tenvps pide que se adopten medidas para reprímir 
el escándalo de que la mayor parte de ios llamados por la ley para empuñar 
las armas desiatiendan el cujuplimiento de esta obligación, y propone que 
así como se someten al públicp las lista? electorales para qu^ to<ios los ciu- 



EXTERIOR. 315 

(iadanos reclamen las inclusiones de nombres, que crean justas, se admitan 
las denuncias de los que debiendo correr á las filas del ejército y de la Guar- 
dia nacional no lo hacen. M. Blanqui aprovecha la ocasión de desarrollar 
sus doctrinas socialistas pidiendo la confiscación de los bienes de todos los 
ricos que abandonan sus casas de París á la aproximación del enemigo. Le 
Gaulois publica multitud de proyectos, que varios ciudadanos le comunican, 
con el mismo objeto de que se cumplan las leyes sobre el servicio militar. 
Otros diarios refieren que los pueblos, amenazados de la invasión francesa, 
se oponen á la formación de cuerpos de tiradores francos , habiéndose lle- 
gado en algunos hasta el extremo vergonzoso de denunciar al enemigo á los 
jefes encargados de dirigir á los guerrilleros. La Liberté cuenta que habiendo 
un ciudadano francés obtenido del Ministerio de lo Interior algunos cientos 
de carabinas y treinta mil cartuchos para armar una compañía de tiradores, 
el maire de la ciudad en que habita le obligó á desistir de su proyecto con 
toda clase de obstáculos y amenazas, habiéndose libertado con trabajo del 
riesgo de ser entregado á las tropas prusianas. 

Por su parte, el Gobierno republicano, en vez de proclamar una guerra 
sin tregua hasta libertar á la patria de la presencia de su invasor, se apre- 
suró á pedir la paz. El Cuerpo Legislativo habia votado, por unanimidad, 
en una sesión secreta, que no se aceptaría ni mucho menos se pediría la 
paz mientras hubiese un alemán armado sobre el suelo francés. El Empe- 
rador habia manifestado igualmente su resolución de rechazar las exigen- 
cias de las Potencias neutrales que intentasen mediar para imponer la paz 
á la Francia vencida. La minoría republicana, en la proposición que el 3 
por la noche presentó al Cuerpo Legislativo pidiendo la destitución de Na- 
poleón y de su dinastía, quería que se formase un Gobierno con i'la misión 
expresa de resistir á todo trance la invasión, y de expulsar al enemigo del 
terrítorio nacional. II 

Sin embargo, el mismo M. Jules Favre, que firmaba, el prímero, aque' 
lia proposición, y la presentó y la defendió, dirigia el dia 6, como Ministro 
de Negocios extranjeros, á los agentes diplomáticos de Francia, una circular 
muy bien escrita, muy digna en su forma, pero en la que, en suma , pedia 
la paz. "El Rey de Prusia, decia el célebre tribuno en aquel documento, ha 
declarado que hacía la guerra, no á la Francia, sino á la dinastía imperial. 
La dinastía está por tierra . La Francia libre se levanta. ¿Quiere el Rey de 
Prusia continuar una lucha impía que le será, por lo menos, tan fatal como 
á nosotros? ¿Quiere dar al mundo del siglo XIX el cruel espectáculo de dos 
naciones que se destruyen mutuamente , y que , olvidándose de la humani- 
dad, de la razón, de la ciencia, acumulan las ruinas y los cadáveres ? Puede 
hacerlo; pero él será responsable ante el mundo y ante la historia. Si es un 
desafío, lo aceptamos. No cederémoa ni una pulgada de nuestro territorio^ 
ni una piedra de nuestras fortalezas. Una paz vergonzosa serí^ una guerra 



316 REVISTA POLÍTICA 

de extenninio para un plazo corto. No trataremos sino para una paz dura- 
dera. Nuestro interés es el de la Europa entera, y tenemos motivo para es- 
perar que, libre ya de toda preocupación dinástica, la cuestión será plan- 
teada así en las Chancillerías. n 

Esta esperanza ha sido defraudada hasta ahora. Las Chancillerías de las 
Potencias monárquicas , no se han creido en el caso de mostrar mayores sim- 
patías á la Francia republicana que á la imperial. El Gobierno de París ha 
enviado á las Cortes de Londres, Viena y San Petersburgo á M. Thiers, 
que ha creido de su deber prestar á su país en esta crítica situación el tri- 
buto de su saber, de su experiencia, y de sus relaciones diplomáticas. Hasta 
el momento de ser escritos estos párrafos , no conoce bien el público ni el 
éxito, ni siquiera el objeto de la misión de aquel ilustre estadista francés. 
Pero lo cierto es, que todavía no está reconocida la tercera República por 
ninguna gran Potencia europea; y que puede tenerse por seguro que todas 
se hallan decididas á abstenerse de mediación ó intervención, que pueda 
comprometerlas en el conflicto, y limitarán sus -buenos oficios á comunicar 
á uno de los beligerantes las proposiciones que el otro haga. 

Francia paga en esto , como en otras muchas cosas , sus errores pasados. 
Durante los dias de su preponderancia napoleónica, extendió por la Europa, 
y le impuso más de una vez , la doctrina de4 la no intervención , haciendo 
así perder las costumbres de la diplomacia , y el sistema de los intereses 
solidarios, que mantenían el equilibrio europeo. Hoy, en su infortunio, 
Francia reclama la intervención de las demás Potencias, que no atienden á 
su ruego. No tiene que contar más que consigo misma. 

Si los neutrales se pusiesen de acuerdo , su intimación bastaria para que 
la Prusia evacuase el territorio francés , pues no podría mantener los ejér- 
citos alemanes delante de Metz y de Paris , si los Rusos , los Austríacos y 
los Italianos avanzasen con aire de amenaza hacia sus fronteras, apoyados 
por el auxilio, siempre eñcaz, de la Cran Bretaña. Pero lo poco que hacían 
los Gobiernos antes de la caída del Imperio, se ha convertido en abstención 
absoluta después de proclamada la República. 

La infeliz empresa de complicar con una revolución política interior la 
guerra nacional, ha empeorado la situación de Francia, considerada con rela- 
ción á sus partidos y á su propio pueblo, con relación á los neutrales , y 
con relación al enemigo. 

En lo interior ha quebrantado la unidad de la acción y el acuerdo na- 
cional para la resistencia, relajando la disciplina, tan necesaria para el buen 
éxito de los combates , y produciendo en unos puntos la guerra civil , en 
otros la anarquía , en otros el peligro de una invasión de socialismo. En lo 
exterior ha amortiguado los recelos que la victoria inesperada y excesiva 
de Prusia debía inspirar en los Gobiernos monárquicos , con los temores á 
la propaganda republicana. Y respecto del enemigo, ha aumentado las difi- 



EXTERIOR. 317 

cultades nacidas de los desastres militares , con las políticas que provienen 
de un estado de interinidad y de falta de legitimidad de los poderes pú- 
blicos. 

El Conde de Bismark no es hombre que desaprovecha las ventajas que 
sus adversarios le proporcionan. En una nota oficial, comunicada para su 
publicación á los periódicos de Eeims , declara falsos todos los rumores de 
mediación interpuesta por las Potencias neutrales, haciendo saber, que nin- 
guna ha manifestado semejante intención , y ad virtiendo que de todos mo- 
dos las tentativas de mediación no tendrían probabilidad de éxito, porque 
toca sólo á Alemania decidir acerca del asunto, y además nada puede hacerse 
mientras no haya en Francia un Gobierno reconocido por el país. Los de 
Alemania, añade el Canciller de la Confederación del Norte, podrían entrar 
en negociaciones con el Emperador Napoleón, único reconocido hasta 
ahora, ó con la Eegencia establecida por él, ó con el Mariscal Bazaine, que 
de él también tiene recibida su autoridad ; pero de ningún modo con e 
poder de hecho, existente en Paris, que hasta ahora no representa más que 
una parte de la izquierda del Cuerpo Legislativo disuelto. 

Esta nota del Conde de Bismark rechaza las palabras de la circular de 
Jules Favre, en que se decia que el Key Guillermo hacía la guerra al Em- 
perador y no á Francia, en términos bien categóricos, de la misma manera 
que las Potencias neutrales han desairado lá afirmación del Ministro francés 
de que mirarían con más simpáticos ojos la Eepública que el Imperio. 

Espectáculo a erdaderamente singular es el de que el Emperador Napo- 
león vea sus títulos al poder defendidos por el Ministro del Rey Guillermo 
contra los que componen el Gobierno actual de Francia. ¿Qué se ha pro- 
puesto con ello el Conde de Bismark? ¿Quiere de esa manera atizar más el 
fuego de la guerra civil en Francia, y dividir, sobre todo, las fuerzas de 
los defensores de Paris? ¿Pretende intervenir en el gobierno interior del 
pueblo francés, porque repugna á sus doctrinas feudales y autocráticas la 
idea de que el triunfo de las armas prusianas haya sido causa del estable- 
cimiento de la República? ¿O realmente hay un sincero temor de que el 
Gobierno provisional no ofrezca suficientes garantías para negociar con él? 

Lo peor es que su argumento está bien fundado. No se puede exigir con 
razón á Prusia que reconozca, para celebrar con él desde luego pactos de 
gran trascendencia, un Gobierno, que ni está reconocido por ninguna otra 
Potencia de primer orden, ni se halla legitimado por acto expreso del pue- 
blo francés , no faltando tampoco en la misma Francia ciudades muy impor- 
tantes que le niegan la obediencia, además de haber protestado contra su 
formación el Senado unánime y la mayoría del Cuerpo Legislativo, y de 
no llegar la noticia, á pesar de las semanas trascurridas , de que se le haya 
sometido el ejército mandado por el Mariscal Bazaine. 

El Gobierno francés se ha apresurado á reconocer lo falso de su posición; 



3l8 REVISTA POLÍTICA 

y píkra prepararse á salir de ella, ha anticipado las elecciones para una 
Asamblea Constituyente, que antes habia decretado que se celebrasen 
el 16 de Octubre, y ahora quiere que se verifiquen el 2. En una nueva cir- 
cular, M. Jules Favre reconoce lealmente que él y sus colegas no tienen 
poderes regulares para representar la Francia. Confiesa asimismo que el 
pueblo francés , cualquiera que sea la forma de gobierno que hoy adopte, 
es responsable de lo«5 actos dfel Imperio, que ha tolerado á su frente du- 
rante tantos años. Se ha notado además que Favre ha dejado de usar fra- 
ses como aquellas de su primera circular, en que declaraba que la Repú- 
blica francesa no aceptará ningún tratado de paz que la obligue á ceder una 
pulgada de su territorio ni una piedra de sus fortalezas. 

En Alemania , la opinión pública está excitada hasta un extremo indeci 
ble: el entusiasmo llega al delirio. Se pide de todas partes al Rey Guillermo 
que e:íija de Francia las condiciones más onerosas y humillantes ; que le 
íirrebate, sobre todo, la Alsacia y la Lorena. 

Gran error creemos que cometen» Prusia cediendo á esos consejos. Su 
grande obra es la unidad alemana, que tanto ha adelantado con la actual 
guerra. El Conde de Bismark lo comprende perfectamente : cuando le feli- 
citaban por la parte de gloria que pudiese tocarle por el gran triunfo de las 
armas aliadas en Sedan, declinó las feücitacipnes , alegando que nada es 
suyo en el éxito de las operaciones estratégicas , pero reivindicando para sí 
el mérito de que hubiesen peleado juntos Ice Bávaros y los Badeneses con 
los Prusianos. Esa es, en efecto, la empresa á que la diplomacia de Berlin 
debe aspirar en primer término. Para consolidarla , le conviene no olvidar 
las dificultades con que en adelante habrá de luchar. Antes era la más dé- 
bil, la más pequeña de las Potencias de primer orden; ño era, en realidad. 
Potencia de primer orden sino porque, siendo la menor de todas , todas las 
demás buscaban su alianza, y estaba segura de teñera su lado, para defen- 
derla en caso necesario, á alguna de ellas. En lo venidero, va á ser la más 
grande, la más fuerte, y por lo tanto, la más aislada: necesita asegurarse 
aliados contra coaliciones probables, Está rodeada de enemigos ó rivales, 
íla humillado á Austria en 1866, á Francia en 1870: va á excitar los celos 
de IngMerra, que no ve con gusto la aparición de nuevos poderes navales, 
creándose grandes fuerzas marítimas en el Báltico y en el mar del Norte; 
y por agua y por tierra, el aumento de su importancia será también visto 
con desagrado por Rusia. 

Su único a iado posible es Francia : con Austria no se entenderá jamás 
en las cuestiones alemanas; con la Gran Bretaña y con la Rusia no se po- 
drá poner de acuerdo en lo relativo al Báltico. De Francia no le separaba 
sino la querella del trazado de la frontera del Rhin; querella que puede que- 
dar suprimida hoy por medio de una paz magnánima, que respete la inte- 
gridad del territorio de Francia, y que adquiriría un carácter más amenaza- 



EXTERIOR. 319 

dor que nunca, si se impone al pueblo francés la humillación de perder la 
Alsacia y la Lorena. 

Una paz , que á la vergüenza de la derrota añada el dolor de la desmem- 
bración , jamás sería aceptada por Francia por largo tiempo. Se repondria 
de su desastre, se prepararía para una revancha terrible, y acaso antes de 
mucho tiempo la fortuna de las armas volvería á sonreirle. Cuidándose, 
más que de ninguna otra cosa, de readquirir su integridad territorial, con- 
traería alianzas con quien le ayudase á la empresa, haciéndole en cambio 
concesiones que fuesen fatales para las otras Potencias. Pasando de ser un 
poder moderador á ser un elemento terríble de trastorno , ni prohibiría á 
Austria que intervenga en líalia, ni á Inglaterra que monopolice la domi- 
nación de Egipto, ni á Rusia que marche contra Constantinopla, si esas 
condescendencias le aseguraban aliados para destruir los resultados de la ac- 
tual guerra. Todo eso , aun suponiendo que no quede , como sin duda que- 
dará, con fuerzas suficientes para luchar de igual á igual con Prusia antes 
de muchos años. 

El Conde de Bismark da, sin duda alguna, mucha más importancia á la 
consolidación de la unidad alemana, y al restablecimiento del Imperio Ger- 
mánico con la hegemonía prusiana, que á la satisfacción de vanidad patrió- 
tica de colocar autoridades prusianas, bávaras ó badeneses en S rasburgo y 
en Nancy. Falía ver si podrá resistir á la presión de la prensa y de las cor- 
poraciones alemanas, ó si la ruda altivez del militarismo prusiano cree que 
puede tratar impunemente á Francia como trató desde el siglo pasado á Po- 
sen, y en 1863 á Dinamarca, y en 1866 á Hannóver, á Hesse-Cassel y á 
Francfort. 

Fernando Cos-Gaton. 



NOTICIAS LITERARIAS. 



Conferencias dadas en Valencia, en el mes de abril de 1870 , por D. Luis María 
Utor, Director del «Conservatorio de Artes,» sobre los adelantos de la agri- 
cultura MODERNA Y LA INFLUENCIA QUE EJERCEN LOS ABONOS MINERALES. 

PRIMERA CONFERENCIA. 

Difícil es , señores , poder explicar en dos Conferencias todos los descu- 
brimientos que se han realizado en estos últimos tiempos sobre la mejor 
manera de cultivar los campos; pero ya que no pueda tratar esta cuestión 
con la extensión que su importancia requiere, voy á ver si consigo conden- 
sar en pocas palabras las nuevas teorías y experiencias que las comprueban, 
de modo que estéis en el caso de poder comprender la utilidad de penetrar 
decididamente y con completa confianza en las nuevas ideas, abandonando 
el sistema rutinario que hasta hoy ha seguido la agricultura 

No creo conveniente, ni tampoco me sería posible en las pocas Conferen- 
cias que vamos á dar, hacer la historia de los errores y del atraso en que 
ha vivido la agricultura: vosotros sabéis mejor que yo el estado de pobreza 
en que se encuentra, especialmente en algunas provincias de nuestro país: 
las cosechas, antes abundantes, disminuyen de una manera visible, y á con- 
tinuar así por algún más tiempo, las pocas tierras que aún conservan alguna 
fertilidad, quedarán estériles; es decir, que el rendimiento que produzcan 
no compensará los gastos y el trabajo del agricultor. 

Las ciencias naturales, y en especial la Química, se han encargado de es- 
tudiar las causas que influyen en la producción agrícola: hoy se sabe lo que 
antes era imposible determinar, los elementos que necesita cada planta para 
su desarrollo, los orígenes que suministran estos alimentos á los vegetales, 
y la cantidad que cada uno requiere para su mayor crecimiento. 

El análisis químico nos dice que toda planta está compuesta de dos sus- 
tancias de origen diverso: la primera se llama materia orgánica, y la segun- 
da materia mineral: no hay ninguno de vosotros que ignore que toda planta, 
cuando se quema, deja siempre un residuo incombustible, que es lo que 
constituye la ceniza, es decir, la materia mineral. 

Si queréis determinar en cada planta la relación que existe entre la ma- 
teria orgánica y la materia mineral , tomad un vegetal ó una parte de él, 
por ejemplo, la leña: pesad con cuidado el trozo de leña que hayáis elegido, 
y quemadlo : la materia orgánica se descompone, dando lugar á productos 
gaseosos que arden, y pronto veis que toda la materia orgánica se ha con- 
vertido en humo, dejando solamente un pequeño residuo, que conocéis con 



NOTICIAS LITERARIAS. 321 

el nombre de ceniza^ ó sea la parte mineral: si pesáis ahora la ceniza, sabréis 
que aquel trozo de leña contenia tres ó cuatro centésimas partes de materia 
mineral y los 96 ó 97 céntimos restantes estaban formados de materia or- 
gánica: repetid esta experiencia con cada planta, y tendréis determinada en 
cada caso la relación en que se encuentra la materia orgánica y la materia 
mineral en las diversas plantas que se cultivan para satisfacer las necesida- 
des de la vida ó para el alimento de los animales. 

Este estudio lo encontráis afortunadamente hecho: abrid un libro de Quí- 
mica, y aun las obras que se han escrito recientemente sobre la agricultura 
moderna, y allí veréis que la planta que produce el trigo está formada de 
97 céntimos (grano y paja) de materia orgánica y los tres céntimos restan- 
tes son de materia mineral : si examináis la composición del trigo que se 
produce en cualquiera de las provincias de España con el que se produce en 
otros países,* veréis que es idéntica; es decir, que siempre la relación entre 
la materia orgánica y la materia mineral es la misma. El análisis que ya 
encontráis hecho en casi todas las plantas os dice igualmente que la materia 
orgánica constituye en todos los casos la casi totalidad de la planta, es de- 
cir, los 97 céntimos próximamente. 

Puesto que la ciencia nos ha demostrado, de una manera que no deja la 
menor duda, que las plantas están compuestas de materia Jorgánica y de 
materia mineral, vamos ahora á examinar separadamente la composición de 
estas dos clases de materias, y luego veremos los orígenes que suministran 
estos cuerpos á las plantas. 

Empecemos por la materia orgánica, que su estudio nos va á servir de 
gran utilidad. 

A vosotros os llamará seguramente la atención que la materia orgánica 
de todas las plantas que sirven para el alimento de los animales, aunque di- 
versas en su forma, en su estructura, en su color, olor y sabor, estén siem- 
pre compuestas de cuatro elementos ó cuerpos simples, á saber, oxígeno, 
hidrógeno, carbono y ázoe: parece imposible que estos cuatro elementos so- 
lamente formen la gran diversidad de sustancias que constituyen la materia 
orgánica; pero á pesar de vuestra admiración, tenéis que creerlo; el análisis 
químico os lo demuestra sin que os quede el menor género de duda ; y no 
tan sólo os dice que estos cuatro elementos forman la materia orgánica, 
sino que os determina igualmente la proporción en que cada uno concurre á 
su formación. 

Conocidos ya los elementos que forman la materia orgánica, vamos á es- 
tudiar los orígenes que los suministran á las plantas ; y para no cansaros, 
especialmente á los que no conocéis la ciencia, procuraré usar un lenguaje 
sencillo que esté al alcance de vuestra inteligencia. 

El oxígeno lo toman las plantas del aire atmosférico, que, como sabéis, 
forma parte del aire que nos rodea , y hallándose en la Naturaleza en tan 
gran cantidad, no tendréis miedo de que las plantas dejen de tomarlo en la 
proporción que necesitan en cada caso : el hidrógeno lo toman las plantas 
del agua; de modo que el aire y el agua suministran el oxígeno y el hidró- 
geno que han menester para formar la materia orgánica : estos dos elemen- 
tos, aunque en distinta proporción, vienen á formar próximamente los 
50 céntimos de la planta; es decir, que la naturaleza se encarga de propor- 
cionar, sin ningún desembolso de parte del agricultor, casi la mitad de su 
peso. No me detengo á probaros que estos orígenes naturales sirven para 
suministrar á las plantas el oxígeno y el hidrógeno , porque no hay diver- 

TOMO XVI. 21 



322 NOTICÍAS LITERARIAS, 

gencia de opiniones entre las personas dedicadas á esta clase de estudios. 

Veamos aJiora cómo provee la natui-aleza á cada planta de la cantidad de 
carbono que necesita asimilar : este elemento lo toma del ácido carbónico 
que se encuentra en el aire y para que podáis comprender que se halla en 
proporción suficiente para dar este alimento indispensable á las plantas, me 
vais á permitir que os explique cómo se forma la cantidad de ácido carbó- 
nico que necesitan los vegetales. 

Todos los animales, en el acto de la respiración , consumen una cantidad 
de oxígeno que transforman en ácido carbónico : estas luces que nos alum- 
bran están desprendiendo igualmente este mismo gas ácido carbónico ; el 
carbón que se quema en nuestras cocinas, el que alimenta los hogares de las 
máquinas de vapor, de los hornos metalúrgicos y en general el carbón siem- 
pre que arde , se trasforma en ácido carbónico; la materia orgánica, cuando 
se quema ó cuando se descompone lentamente, forma, entre otros compues- 
tos, ácido carbónico; pues ahí tenéis el origen que proporciona el carbono á 
las plantas ; este gas, por la acción de la luz, es descompuesto por las partes 
verdes de los vegetales, apoderándose del carbono y restituyendo el oxígeno 
al aire. 

Sin esta admirable sabiduría de la naturaleza, sería imposible la vida 
animal ; vosotros sabéis bien que el ácido carbónico no sirve para entrete- 
ner la vida; si introducis un animal en una atmósfera de gas ácido carbó- 
nico ó de aire cargado de cierta cantidad de ácido carbónico, veréis qu<' 
pronto empieza á sentir un gran malestar, se asfixia y muere, ie falta el 
alimento indispensable de la vida, el aire respirable, el oxígeno ; si las plan- 
tas no se encargasen de descomponer el ácido carbónico que contiene el aire, 
sería imposible la vida de los animales ; las cantidades de ácido carbónico 
irian aumentando hasta llegar á formar un aire que ya no seria respirable, 
y produciría la muerte de los animales . 

No me detendré en demostraros que las plantas se apoderan del carbono, 
del gas ácido carbónico contenido en el aire, y me limitaré á deciros que 
esto se comprueba experimentalmente y de una manera directa. 

La cantidad de carbono que toman las plantas es bastante considerable; 
el término medio lo podremos calcular en 44 ó 15 céntimos ; tenéis ya otro 
elemento que la naturaleza se encarga de proporcionarlo de balde, de modo 
que el oxígeno, el hidrógeno y el carbono que forman los 94 ó 95 céntimos 
de las plantas, lo suministran el aire, el agua y el ácido carbónico que con- 
tiene el aire, es decir, los orígenes naturales. 

Ocupémonos del cuarto y último elemento que necesitan asimilar las 
plantas; como ya comprenderéis, el ázoe entra en pequeña proporción para 
formar la materia orgánica de los vegetales , y á pesar de ser tan corta la 
cantidad, que rara vez llega al 2 por 100, ofrece su estudio un gran inte- 
rés: no se hallan conformes los hombres de ciencia en la asimilación de este 
elemsnto : por esta razón debéis permitirme que trate esta asimilación con 
la detención que su importancia requiere; hay entre vosotros una preocu- 
pación grande respecto al origen que proporciona el ázoe á las plantas; hasta 
hace muy pocos años era general la creencia de que el ázoe no lo suminis- 
traba la naturaleza, de la misma manera que los otros tres elementos ; por 
esta razón no estrañeis que os dé á conocer extensamente los orígenes tam- 
bién naturales que so encargan de proporcionar|el ázoe á las plantas, y para 
que deis crédito á las teorías modernas que os voy á exponer, procuraré 
que al lado de cada principio teórico venga el hecho pi^áctico que le sirv^e de 



NOTICIAS LITERARIAS. 



^ 



comprobación. La agricultura^ según mi criterio^ no debe admitir ninguna 
teoría que no esté sancionada por la experiencia. 

La mayor pai-te de los sabios que se ocupan del estudio de las condicio- 
nes en que viven y se desarrollan las plantas , están conformes en admitir 
que los orígenes que suministran el ázoe^, son el amoniaco y el ácido nítrico; 
solamente conozco un distinguido profesor que cree que en algunos casos el 
ázoe lo toman las plantas del que se encuentra en el aire al estado de gas 
elemental ; pero en mi concepto esta idea equivocada proviene de haber apre- 
ciado mal algunos hechos • ojalá fuera cierto que las plantas se apoderasen 
del ázoe elemental que tan abundantemente se encuentra en la atmósfera! 

Las aguas de lluvia, que tanto influyen en el crecimiento y desarrollo de 
las plantas^ contienen cantidades notables de amoniaco y ácido nítrico. Es 
fácil adquirir la convicción de que las aguas de lluvia arrastran consigo el 
amoniaco y el ácido nítrico ; para ello se toman algunos litros^ 30 ó 40, y 
después de agregarles algunas gotas de ácido clorhídrico ó sulfúrico, se po- 
nen á evaporar lentamente hasta que quedan reducidos á uri pequeño volu- 
men , es decir^ á dos ó tres centilitros ; entonces se agrega una lechada de 
cal ó una disolución de potasa ó sosa, se calienta Suavemente, y con facilidad 
se adquiere la certeza de la existencia del amoniaco por su olor. Asimismo 
la ciencia nos demuestra experimentalmente, que el agua de lluvia contiene 
ácido nítrico. 

No tan solamente está demostrada la existencia del amoniaco y del ácido 
nítrico en las aguas de lluvia , sino que ha habido químicos notables, en 
Francia y en Alemania , que han determinado la cantidad que contienen. 
Bineau entre otros ha hecho numerosos ensayos , y ha deducido que, como 
término medio, se puede admitir que la cantidad de amoniaco que recibe 
cada hectárea de tierra por la acción benéfica de las lluvias, es de 27 kilo- 
gramos, que corresponde á 22 kilogramos de ázoe, y la cantidad de ácido 
nítrico que recibe la misma superficie, es de 34 kilogramos, que corres- 
ponden á 5 kilogramos de ázoe ; ya veis que solamente el agua de lluvia lleva 
consigo 27 kilogramos de ázoe que sirve para alimento de las plantas ; esta 
cantidad no es suficiente para suministrar todo el ázoe que necesitan las 
plantas, según veremos después, pero es un oxígeno que la naturaleza pro- 
porciona de balde y sirve para aumentar casi visiblemente el crecimiento de 
las plantas; ahora comprendereis por qué anhela constantemente la planta 
por agua; además de la materia azoada que lleva consigo, disuelve también 
pai-te del ácido carbónico que existe en el aire y después sirve de disolvente 
á las materias minerales que se encuentran en la tierra y que gozan tan 
importante papel en la vida de los vegetales. 

La cantidad de agua de lluvia que cae no es igual en todas partes, y des- 
graciadamente para vosotros las provincias donde en nuestro país llueve 
menos son las que formaban los antiguos reinos de Valencia y Murcia; 
])ero en cambio la cantidad de productos azoados que contienen varia en 
razón inversa de su abundancia. 

El agua de rocío, según nos demuestra la experiencia, contiene también 
nitrato amónico , que, aunque en corta cantidad , viene á aumentar diaria- 
mente la proporción de ázoe que cuentan las plantas. 

El aire atmosférico contiene igualmente amoniaco y ácido nítrico for- 
mado por la acción eléctrica, y si bien la cantidad que cada litro contiene 
es pequeña, debéis saber: L° que las plantas toman poco ázoe, ya os: he 
dicho que nunca llega al 2 por 100, y 2.° que las causas que contribu- 



324 NOTICIAS LITERARIAS. 

yen á la formación de estos productos azoados obran constantemente. 
^Queréis convenceros de que en el aire se encuentra constantemente el 
amoniaco? Eepetid la experiencia que os voy á citar, y adquiriréis el conven- 
cimiento de la existencia en el aire de esta preciosa materia feríilizante: 
tomad un kilogramo de arena, de huesos ó de carbón, y calentad estas sus- 
tancias por espacio de una á dos horas á una temperatura elevada, al rojo 
vivo, en una vasija cerrada, es decir, fuera del contacto del aire: dejadle 
enfriar, y cuando esto se haya verificado, exponedlo al aire por espacio de 
tres dias en una cápsula de porcelana, y encontrareis el resultado siguiente: 

El kilogramo de arena ha absorbido del aire 60 miligramos de amoniaco. 
El kilogramo de huesos n n 47 i? n 

El kilogramo de carbón n n 290 n n 

Estas sustancias, como comprendereis fácilmente, fueron calentadas á 
una temperatura tan elevada para destruir toda la materia orgánica; por lo 
tanto, el amoniaco que han absorbido no ha podido provenir de ninguna 
parte más que del aire. 

Las experiencias de Schonbein, citadas por Liebig en su precioso libro 
de las Leyes naturales de la Agricultura, os dicen que siempre que hay una 
combustión, ó cuando se forma ácido carbónico, se produce igualmente una 
pequeña cantidad de nitrato amónico, que, como sabéis, es la combinación 
del amoniaco y del ácido nitroso. Liebig admirado ante esta experiencia que 
tan viva luz arroja sobre la asimilación del ázoe y por consiguiente sobre 
las condiciones para la. vida de los vegetales, da las gracias al Todopoderoso 
por haberle dejado vivir para tener conocimiento de esta experiencia que 
sirve para explicar algunos hechos antes desconocidos. 

Además de estos orígenes naturales que proporcionan el ázoe á las plan- 
tas, existe todavía otro que es el más importante, el que contiene la mayor 
cantidad de este elemento; la tierra. 

El análisis practicado por un gran número de químicos notables de todos 
los países, nos enseña que la tierra contiene grandes cantidades de amoniaco 
y de ácido nítrico: estas sustancias provienen, además de la que suministre 
el agua de lluvia, de rocío y el aire atmosférico, de los despojos ó detritus 
vegetales acumulados por las generaciones de las plantas que en la tierra 
han muerto y de los despojos animales que contiene la tierra ó que el hom- 
bre le ha incorporado en forma de excrementos. Estas sustancias animales 
desaparecen al cabo de un cierto número de años y no dejan sino sus ele- 
mentos minerales. El ázoe de Jas partes combustibles se trasforma en amo- 
niaco gaseoso que se dispersa en las tierras próximas. En las capas geoló- 
gicas de la corteza sólida de nuestro globo encontráis grandes despojos de 
animales que pertenecen á espacies enterradas y atestiguan la vasta exten- 
sión de la vida orgánica en los tiempos anteriores á la época actual : los 
elementos azoados de estos seres, tranformados en amoniaco y ácido nítrico, 
juegan hoy todavía un papel de la mayor importancia en la economía del 
mundo vegetal y animal. 

Liebig, el sabio alemán que tantos trabajos ha hecho en beneficio de los 
adelantos de la agricultura moderna con el fin de hacer desaparecer toda 
duda sobre las cantidades de amoniaco y de ácido nítrico que existen en la 
tierra arable, da á conocer las experiencias hechas en algunas tierras. 

Schmid hizo el análisis de algunas tierras de Rusia y encontró que cada 
hectárea de tierra contenia: 



NOTICIAS LITERARIAS. 325 

Alo centímetros de profundidad 10.890 kilogramos de ázoe. 
A 20 M „ 4.950 II M 

A 30 i> M 3.630 !. n 



De modo que á una profundidad de 30 
centímetros la cantidad de ázoe es 



19.614 kilogramos. 



Isidoro Fierre ha hecho también el análisis de las tierras de los alrede- 
dores de Caen, y ha encontrado que cada hectárea contiene á la profundidad 
de un metro 19.620 kilogramos de ázoe, repartidos de la manera siguiente: 

En la 1 .' capa de 26 centímetros de profundidad 8. 360 kilogramos de ázoe. 

En la 2.^ i. 25 á 50 .. 4.959. 

En la 3.* .. 50 á 75 .. 3.479. 

En la 4.* ,i 75 á 100 ,. 2.816. 



19.614 kilogramos de ázoe. 

Observemos con atención lo que resulta del análisis de las diversas capas 
de la tierra arable, y veréis que constantemente las primeras capas, es de- 
cir, lo que realmente constituye la capa arable, son las más ricas en ázoe : en 
las capas más profundas se observa siempre que la cantidad de ázoe va dis- 
minuyendo. Las tierras cultivadas pierden evidentemente una cantidad de 
ázoe en cada cosecha; luego para que la capa arable contenga siempre mayor 
cantidad de ázoe que las capas más profundas, es evidente que este elemento 
lo toma la tierra de la atmósfera. 

Hagamos el análisis de las tierras de labor en nuestro país y encontra- 
reis siempre una cantidad de ázoe considerable : no existe tierra de pan 
llevar que no contenga por hectárea de 5.000 á 6.000 kilogramos de ázoe: 
comparemos esta cantidad con lo que las plantas quitan del suelo, y veréis 
entonces que no se apoderan más que de una fracción pequeña de la provisión, 
y que de todos los elementos nutritivos que necesitan las plantas el ázoe es 
el que debe agotarse más lentamente. 

Aquí os ocurrirá una pregunta que es de la mayor importancia ¿En qué 
estado se encuentra el ázoe que existe en la tierra? ¿Está bajo la forma de 
amoniaco y ácido nítrico, las 'os formas en que las plantas lo asimilan, ó 
se encuentra bajo otra forma distinta ? No es posible dar una contestación 
terminante á esta pregunta, pero vamos á referir experiencias que arrojan 
gran luz para resolver esta cuestión. 

Antes se tenía la creencia que todo el ázoe que existe en la tierra bajo 
la forma de amoniaco se separaba por la destilación con los álcali-cáusticos. 
Maya ha probado la inexactitud de este aser o : ha sometido varias tierras 
á la destilación con los álcaUs, y á pesar de mantener esta destilación por 
espacio de veinticuatro horas, siempre la tierra ha retenido algo de amo- 
niaco. 

Una experiencia directa nos servirá para demostrar que el amoniaco 
queda en gran parte retenido por las tierras y que es imposible separar por 
medio de la destilación con los álcalis todo el que contienen : tomemos un 
kilogramo de tierra y hagamos pasar una corriente de amoniaco hasta que 
quede completamente saturada: determinemos con exactitud la cantidad de 
amoniaco que la tierra ha absorbido. Sometamos ahora esta tierra saturada 
de amoniaco á la destilación con una legía de sosa, y observaremos que una 



326 NOTICIAS LITERARIAS. 

cantidad notable de amoniaco absorbido no puede ser separado por este 
medio. 

Ved por medio de las experiencias citadas por Liebig la comprobación 
de lo que os acabo de decir. A expresa las cantidades de amoniaco absorbi- 
das por las diferentes tierras á la temperatura ordinaria. B la cantidad de 
amoniaco que estas tierras han retenido después de haber estad'^ sometidas 
por espacio de doce á quince horas en el baño de María á la acción de una 
legía de sosa. 

Un millón de miligramos de tierra (un kilogramo). 

De la Habana. De Schleisheim. De Bogenhansen Arcillosa. 



^.—Amoniaco... 3.520 3.900 3.240 2.600 

-B.— Amoniaco... 920 970 990 [70 

Si comparamos en estas experiencias la relación entre la cantidad de 
amoniaco absorbida y la retenida^ se ve claramente que la facultad de rete- 
ner en estas circunstancias una cierta cantidad de amoniaco absorbida es 
muy desigual: la tierra de la Habana retiene un sexto, la de Schleisheim un 
cuarto y la de Bogenhausen un tercio del amoniaco absor])ido. 

Si ahora determinamos en diferentes tierras la cantidad total de ázoe que 
contiene un kilogramo por medio de la cal lodada. y después sometemos 
otro kilogramo á la destilación en un baño de María, empleando un legía de 
sosa^ veremos igualmente que no se desprende más que una cantidad de 
amoniaco, quedando retenida una gran parte. •• 

Las consecuencias que deduce Liebig de las experiencias hechas para de- 
terminaj" la cantidad de amoniaco que retiene una tierra al estado natural 
y otra que se ha sa'urado de amoniaco, son las siguientes: "Pues que calen- 
tando por espacio de cinco á seis horas con una legía de sosa una tierra que 
ha sido artificialmente saturada de amoniaco, se obtiene un tercio, un cuarto 
ó un sexto del amoniaco absorbido y no hay ninguna razón para creer que 
la porción retenida haya cambiado de naturaleza y no sea ya amoniaco , es 
evidente que si se somete á la misma operación una tierra al estado natural 
y que dé igualmente una cantidad de ázoe bajo la forma de amoniaco, no se 
puede deducir que el ázoe que no llega á desprenderse por la destilación al 
estado de amoniaco no se encuentre bajo la forma de amoniaco, n 

Poco importa para resolver la cuestión de la a imilacion del ázoe que se 
halle bajo una ú otra forma : lo que conviene que hagamos constar es que el 
ázoe contenido en las tierras obra absolutamente de la misma manera que 
el que contiene el estiércol de cuadra, según claramente se deduce de las ex- 
periencias hechas por Liebig con 800 quintales de estiércol de corral y el 
mismo peso de las tierras de Schleisheim y de Bogenhausen. 

Las deducciones de estas interesantes experiencias son que los abonos 
azoados deben su efecto exclusivamente á las sales minerales que contengM 
dicho abono, y de ninguna manera á sus productos azoados, y que si agre- 
gan á una tierra sales amoniacales, solamente produce el mismo efecto que 
si no se abonasen. 

Las tierras, en su inmensa mayoría, no necesitan que seles agregue 
como abono materias azoadas; sin embargo, en algún caso será conveniente 
emplear abonos azoados. En efecto, hay tierras muy ricas en carbonato de 
cal y en humus, en las que los fenómenos de descomposición que se veri- 
ficm en la capa arable ^ trasforihan una parte del amoniaco unido á la tierra 



NOTICIAS LITERARIAS. 32*) 

en ácido nítrico que la tierra no retiene y que penetra en las capas profundas 
al estado de nitratos de cal ó de magnesia. 

De las experiencias que acabamos de citar se deduce que las plantas to- 
man el ázoe de los orígenes naturales , es decir^ del amoniaco que existe en 
el atmósfera, del nitrato de amoniaco que contiene el agua de lluvia y de ro- 
cío , y de los productos azoados que además contiene la tierra arable. 

i Los orígenes de ázoe que acabamos de citar son suficientes para alimen- 
tar á las plantas de un elemento en todos los casos? Existen un gran núme- 
ro de plantas que necesitan poco ázoe, ó aunque necesitan mayor cantidad, 
lo toman en todas las épocas de la vida del vegetal de una manera constan- 
te, y en estos casos los orígenes naturales son suficientes para alimentar las 
plantas ; pero hay otras que necesitan mucho ázoe y no lo toman constante- 
mente, sino que hay un período, el de la fructificación, en que se asimilan en 
poco tiempo una gran cantidad de ázoes ; en este caso es conveniente y has- 
ta indispensable agregar á la tierra como abono sustancias azoadas , porque 
las plantas necesitan en un momento dado de una cantidad de ázoe que no 
pueden proporcionarle los orígenes naturales ; pero aun en estos casos no se 
debe agregar más que la parte que no puede proporcionar la tierra, jamas 
la totalidad del ázoe que necesita la planta; es decir, no debéis gastar en 
abonos la parte que la naturaleza os da de balde; y en todos casos no se 
debe devolver más que la parte que se exporte en forma de grano, fruto, etc., 
y la parte de planta que no se exporte, como la paja y demás partes verdes, 
debe emplearse en forma de estiércol para alimentar la planta en el cultivo 
inmediato; es decir, que para que la tierra conserve constantemente la misma 
fertilidad, se le deben devolver los productos azoados que se han exportado. 

Esta conferencia va siendo ya demasiado larga, y es preciso concluir : no 
extrañareis que me haya detenido un poco, no tanto como yo hubiera de- 
seado, en demostraros que existen orígenes naturales que suministran el 
ázoe á las plantas. Las ideas equivocadas que se tenían respecto á la agre- 
gación de abonos azoados en todos los cultivos, era preciso combatirlas por 
medio déla teoría fundada en los hechos ya comprobados por la experiencia. 

Esta primera conferencia ha sido puramente teoría, y ha tenido por obje- 
to demostraros que la materia orgánica de las plantas se forma asimilándo- 
se estas los elementos orgánicos que las constituyen , de orígenes naturales 
que nada cuestan al labrador : la próxima conferencia será eminentemente 
práctica, y trataré de demostraros la necesidad de agregar á la tierra las sus- 
tancias minerales que la naturaleza no se encarga de restituir, y terminaré 
haciéndoos conocer los efectos del estiércol, el guano y demás abonos que 
emplea hoy la agricultura. 



boletín bibliográfico. 



LIBROS ESPAÑOLES. 

Tenemos á la vista el primer número del Almanaque semestral del Co- 
mercio, de la Industria y profesiones, que bajo el título del Internacional 
acaba de publicarse en esta corte por la empresa de este nombre, estable- 
cida en la calle délas Huertas, núm. 40, principal. 

Creemos hacer un servicio al público llamándole la atención sobre las 
utilidades y ventajas que contiene esta publicación , y que sin enumerarlas 
todas , consisten las más principales en su bien eijtendida confección, distin- 
ta de la empleada hasta el dia en los anuarios de esta especie, y que facilita 
la comprensión aun para las personas menos avezadas á hojear almanaques 
industriales. Su circulación es necesariamente tan extensa, como que con- 
teniendo inscripciones de todas las poblaciones más importantes de España, 
Francia, Inglaterra, Portugal, América y otros países , los inscriptos reci- 
ben gratis el Almanaque por el solo pago de la inscripción , que es módica. 

La inteligencia está tan al alcance de todo el mundo , como que un voca- 
bulario polígloto, en cuatro idiomas, contiene las voces más usuales en el 
comercio y la industria de España, Francia , Inglaterra y Portugal. No es, 
como los anuarios conocidos, una colección de señas, sino un medio de pu- 
blicidad, lo mismo para los productores industriales como para los autores 
de obras científicas, literarias y recreativas. 

Tenemos una satisfacción en recomendar al público ilustrado esta publi- 
cación, que era ya una necesidad en España, y que desde luego aventaja á 
todas las de este género. 

Felicitamos, pues, á sus autores, y les auguramos un buen éxito en la 
empresa laudable que han acometido. 

El Internacional, Almanaque semestral del Comercio, de la Industria y 
Profesiones, se vende en la calle de las Huertas, 40, pral., se reciben sus- 
criciones y se facilitan datos importantes de esta obra. 

TiPOfiRAPf A DE GREGORIO ESTRADA , Hiedra , 7 , Madrid. 



PRUSIA 



ANTECEDENTES DE LA GUERRA DE 1870. 

LA GUERRA Y LA PAZ DE 1866. 



ARTICULO II. 

Berlin 13 de Agosto de 1866. 

Exigencias territoriales de la Francia. — Noticias y observaciones propias para 
comprender el presente estado de las cosas y su trascendencia. 

En mi carta anterior expuse la situación creada por la actitud 
de la Francia en presencia de los hechos que tienen lugar en estos 
países. La indicación de las exigencias del Gabinete francés, que 
habrá V. visto reproducidas en la mayor parte de los periódicos 
europeos, y han dado lugar ya á algunas explicaciones en el Par- 
lamento inglés, eran vagas y generales á la fecha en que yo es- 
cribía; pero podia presumirse ya que dichas exigencias eran de 
mucha consideración si habian de ser proporcionadas al engran- 
decimiento de poder que la Prusia realiza. 

Ayer, en efecto, tuve motivos para creerme bien informado sobre 
este particular y poder decir á V. que «las exigencias formuladas 
»aqui por la Francia son la frontera del valle del Sarre y la cesión 
»del Palatinado y del territorio hasta Bingen y Maguncia, con esta 
»plaza.» 

Estas noticias reducen á su verdadero valor las que circulan en 
la prensa europea, las cuales no son sino conjeturas no fundadas 
en el conocimiento de los hechos. El principio del Gabinete fran- 

TOMO XVI. 22 



330 pRusiA. 

ees es, á lo que parece, no exigir nada directa ai indirectamente 
de los Estados extraños á la Alemania, ni de los que considere 
como amigos en ella, y al mismo tiempo obtener á costa de estos 
últimos las compensaciones á que aspira, si bien estipulando in- 
demnizaciones en su favor. 

Asi, pues, no se trata de rectificación alguna de la frontera de 
Bélgica, ni tampoco de la adquisicioi del Luxemburgo. Tampoco 
se trata simplemente del restablecimiento de la frontera de 1814, 
que no daría á la Francia como limite francés sino una parte del 
valle del Sarre y el territorio comprendido entre Weissembourg y 
Berzgaben, la plaza de Landau con su radio y el rio Queicb hasta 
su desembocadura en el Rhin. 

Este engrandecimiento se considera, y seria en efecto, débil 
compensación para la Francia, cuya frontera actual, la de 1815, 
no difiere de aquella muy considerablemente. Por eso lo que la 
Francia pide, y lo que se ha llegado á formular por escrito, aun- 
que confidencialmente (1), es la incorporación, no sólo de la parte 
del antiguo departamento del Bajo-Rhin, de que fué desposeída 
en 1815, sino del departamento entero dé Mont-Tonerre con el 



(i) Estas noticias han sido confirmadas por la Gaceta de Colonia en los primero* 
dias del mes último de Agosto. Hé aquí lo publicado sobre el particular en dicho pe- 
riódico, bajo el titalo de Continuación de las revelaciones: 

Carta de M. Bemdetti al Conde de Bismark. 

«Mi querido Presidente: En contestación alas comunicaciones que envié de Nickols- 
burg"o á París, en consecuencia de nuestra conversación del 26 del mes último, recibo 
de Vichy el proyecto de convenio secreto, cuya copia es adjunta. Me apresuro á tras- 
mitirlo á V., á fin de que pueda examinarlo á su comodidad. Estoy, por lo demás, á 
su disposición para que conferenciemos sobre el particular cuando juzgue V. que ha 
llegado la ocasión de hacerlo. 

Domingo 5 de Agosto de 1866.— Firmado, Benedetti.» 

Texto del proyecto de convenio adjunto á la carta anterior. 

tS. M. el Emperador, etc., S. M. el Rey, etc. 

Artículo 1-° El Imperio francés recupera la posesión de las partes de territorio 
pertenecientes hoy á la Prusia, y que correspondían á la Francia al restablecerse sus 
fronteras en 1814. 

Art. 2.° La Prusia se compromete á obtener del Rey de Baviera y del Gran Duque 
dft Hesse, proporcionando indemnizaciones á estos Príncipes, la cesión de los lerrilo- 
rios que poseen en la orilla izquierda del Rhin (en los cuales se halla situada Maguncia), 
y á trasterir la posesión de dichos territorios á la Francia. 

Art. 3.° Quedan anuladas todas las disposiciones que ligan á la Confederación 
Germánica los territorios de que es soberano el Rey de los Países-Bajos, así como las 
relativas al derecho de guarnición en la plaza fuerte de Luxemburgo.» 



PRUSIA. 331 

territorio iiasta Bing:en y la posesión de la plaza de Maguncia. 

Estos territorios pertenecen actualmente á la Baviera y al Gran 
Ducado de Hesse, con excepción del valle del Sarre, que forma 
parte de las provincias prusianas del Rhin. A la Prusia directa- 
mente se le pide, pues, poco; pero al querer arrancar á la Baviera 
y á la Hesse porciones considerables de territorio, y fijar por tal 
medio el limite de la Francia en aquella parte del Rhin (ahora 
alemana), se entiende que la Prusia ha de indemnizar á ambos 
Estados en los arreg-los de que se ocupa actualmente en x\lemania. 

También forma parte de las exigencias de la Francia, que la 
fortaleza federal de Luxemburgo, situada en el territorio del Du- 
cado del mismo nombre, y guarnecida por tropas prusianas, haya 
de ser evacuada definitivamente en el porvenir por éstas y ocu- 
pada por tropas del Soberano del país. 

A estas noticias conviene añadir otras útiles para apreciar el 
curso de la nueva y grave faz en que han entrado las cuestiones 
que por aquí se ventilan. 

La Embajada francesa dio á conocer á este Gobierno las inten- 
ciones del Gabinete imperial el 5 ó • el 6 del corriente (1), y hubo 
de convenirse entre el Embajador y el Ministro de Negocios ex- 
tranjeros que este negocio seria tenido en completa reserva. Sin 
embargo, dos dias después, el asunto en general, no en sus por- 
menores, era el objeto de todas las conversaciones. Parece, pues, 
probable que de propósito deliberado se dejó traspirar en el públi- 
co que la Francia formulaba grandes exigencias de territorio ale- 
mán. El objeto de este proceder, conociendo estos países, era 
evidente: consistía en sobreexcitar la opinión y comprometerla en 
el sentido de la resistencia, en favor de la cual el sentimiento de 
los Alemanes es unánime en el Norte como en el Sur, y demostrar 
por tal medio á la Francia, de una parte, la imposibilidad para el 
Gobierno prusiano de acceder á sus exigencias, y de otra, la gra- 
vedad de la cuestión que iba á emprender si se resolvía á intentar 
por las armas el logro de aquellas exigencias. 

Esta notoriedad que se ha dado á los hechos ha aumentado con- 
siderablemente la gravedad de la situación , porque para la Fran- 
cia establece el compromiso de no retroceder, y para la Alemania 
el compromiso no menos serio de acudir á la defensa del territorio. 



(1) Véase la fecha de la carta de M. Benedetti, inserta en la nota anterior. 

* 



332 PBüsiA. 

Habiendo salvado dé este modo el plazo de negociaciones que 
hubieran podido prolongarse, la cuestión se halla planteada en es- 
tos momentos como una cuestión de guerra y de guerra inme- 
diata. Asi lo entiende aqui la opinión y el Gobierno, y así parece 
probable que lo entienda también el Gabinete francés desde que 
se decidió á formular sus pretensiones (1). 

Pero en la política mal segura y contradictoria que aquel Gabi- 
nete ha seguido durante el curso de los recientes sucesos , no es 
fácil prever sin embargo cuál será su conducta en la presente oca- 
sión. Dejar correr el tiempo y relegar á más tarde la acción enér- 
gica y armada tiene para él grandes riesgos, porque ese aplaza- 
miento dará tiempo para reunir en un solo y común sentimiento 
y en una sola y común acción, al Norte y al Sur de la Alemania, 
ahora todavía apasionadamente hostiles bajo el influjo de la guerra 
reciente, y la cuestión será entonces militarmente para la Fran- 
cia muy grave. Aprovecharse del estado presente de los ánimos y 
de las cosas, apoyándose en el descontento de los Estados del Sur 
para prometerles una organización futura de la Alemania , menos 
contraria á sus intereses y que limitara realmente el poder de la 
Prusia, y empeñando al Austria con la perspectiva de recobrar su 
posición en Alemania, á condición de no concluir la paz con aque- 
lla, sería sin duda más acertado, siempre que la acción de la Fran- 
cia ge hiciera sentir instantánea y rápidamente, de manera que 
previniese la de la Prusia , cuyas miradas están fijas ya en la for- 
taleza de Maguncia, posesionada de la cual crearía á la Francia 
una dificultad inmensa para el logro de sus proyectos. 

De cualquier modo que sea, no hay que desconocer que la cues- 
tión militar que se plantea está muy lejos de ser una cuestión fá- 
cil para la Francia, porque aun en los momentos presentes la 
Prusia tiene en pié de guerra un ejército de 630.000 hombres y 
posee el fusil de aguja. 



(1) La misma Gaceta de Colonia, al publicar los doeumentos trascritos en nota ante- 
rior, anadia lo siguiente: 

«La víspera ó la antevíspera del 5 de Agosto. M. Benedetti exigió del Conde de 
Bismark la promesa formal de las concesiones indicadas, añadiendo que si eran re- 
chazadas la consecuencia sería la guerra.» 

El Conde de Bismark respondió: «Sea pues la guerra: pero añadió, sin embargo, que 
no podia creer que la Francia tomase tan seriamente el asunto y tuviese en realidad 
la inteacion de realizar por medios violentos exigencias tan imposibles.» 



PRüsiA. 333 



Berlin^ 8 de Setiembre de 1866. 

Estado de la cuestión sobre compensaciones territoriales á la Francia.—Ocu- 
pacion de Maguncia por los Prusianos. — Espíritu de este país respecto de 

aquella cuestión. 

Desde la fecha de mis cartas anteriores las cuestiones sobre com- 
pensaciones territoriales á favor de la Francia no han tenido ulte- 
rior curso. Las seguridades trasmitidas á este Gobierno por su 
Embajador en Paris y de que di á V. noticia ya, se han mante- 
nido, y todas las indicaciones posteriores han venido á demostrar 
que en los momentos actuales no piensa el Gabinete imperial en 
dar un g-iro belicoso á las pretensiones formuladas. 

Para adoptar esta actitud puramente pacífica , aunque sea tem- 
poral, hubiera sido sin duda más prudente haber reservado toda 
indicación y no haber llegado á espeoificar aquellas, porque con- 
tra las aseveraciones que se han hecho oficiosamente por una parte 
de la prensa francesa, es un hecho positivo que, en los términos y 
de la manera que comuniqué á V. qu mi carta de 13 de Agosto 
último, dicha especificación se hizo aquí. 

La falta ha sido tan grave como incomprensible. Haber llegado 
á admitir aun por un momento que la Prusia se mostrarla dis- 
puesta á condescender con las exigencias que se lehacian, era des- 
conocer de la manera más completa este pais y las circunstancias; 
llegar al punto á que se llegó formulando las exigencias, había 
de tener por resultado necesario condenarse ó á la guerra inme- 
diata ó á retroceder, con daño irreparable de la consideración de 
la Francia y de su posición en el mundo , y con peligros muy se- 
rios para la situación interior de aquel pais. 

Esto es , sin embargo , lo que ha sucedido , y á la hora presente 
es un hecho bien establecido el paso hacia atrás que la Francia ha 
verificado, la especie de abdicación que de dicho paso resulta, y 
la contradicción manifiesta que revela respecto de la política ante- 
rior del Imperio, que tantas empresas guerreras ha acometido , ya 
por una idea, como él ha dicho, ya por intereses dudosos y leja- 
nos, en cuyo favor la opinión de la Francia ha estado muy lejos 
de pronunciarse, y que ahora abandona los que siempre ha con- 
siderado aquel pais como sus intereses más inmediatos y perma- 
nentes. 



334 PEüsiA. 

El estado de las cosas en cuanto á las relaciones aparentes entre 
la Francia y la Prusia, continúa pues siendo el que era cuando las 
seguridades dadas al Embajador de esta Potencia por el Empera- 
dor Napoleón fueron trasmitidas á este Gobierno. En París parece 
que se ha dado totalmente al olvivo el incidente, y no se ha vuelto 
á articular sobre él ni una palabra. Al mismo tiempo la prensa se- 
mioficial no ha cesado de dar sobre este asunto explicaciones tran- 
quilizadoras. La prensa oficiosa alemana ha seguido hasta cierto 
punto el mismo camino, si bien cuidando en toda ocasión de ob- 
servar que la Francia no tiene derecho ni á pedir ni á esperar nada 
de la Prusia. 

Pero el fondo de la situación es bien diferente. En Francia, la 
sobreexcitación del sentimiento público es profunda , sin que sea 
posible hacerse la ilusión de que llegue á modificarse en sentido 
contrario. La política de la Francia oficial no es ciertamente la 
política de la Francia real, y este hecho palpable y de que ha dado 
testimonio el Embajador de Prusia en Paris llamado por el Go- 
bierno para recibir sus noticias y sus juicios sobre las cuestiones 
pendientes, preocupa en Berlin , no porque abriguen aquí temores 
de que los pone á cubierto el temperamento nacional y las victo- 
rias recientes, sino por la perspectiva de una guerra inmediata en 
la que, si están lejos de creer que han de llevar la peor parte, ven 
sin embargo las consecuencias siempre funestas que la guerra 
lleva consigo. 

La política prusiana , en presencia de esta situación , no retro- 
cede ni se adormece con la esperanza de llegar á vencerla por me- 
dios pacíficos. Partiendo de la base de que la guerra es inevitable 
y de que si la Francia no la ha hecho sin dilación , es porque no 
se halla preparada, la Prusia se prepara, y para lograr las venta- 
jas de una posición superior el dia que la guerra estalle, no vacila 
ni aun en agravar aquella situación. Por eso cuando sabia muy 
bien, no sólo por el espíritu y los precedentes de la política fran- 
cesa, sino por las declaraciones más recientes de aquel Gobierno? 
que la posesión de Maguncia habia de ser considerada en Francia 
como el último rasgo de audacia y de provocación, no se ha dete- 
nido sin embargo en llevarla á cabo; y por eso al mismo tiempo» 
cuando el Rey de los Países Bajos manifiesta desde muchos meses 
hace su deseo de separar el Luxemburgo y el Linburgo de la Con- 
federación germánica, y ahora el de no formar parte por aquellos 



PRusiA. 335 

Estados de la Confederación del Norte , la Prusia se desentiende 
de la reclamación y persiste en conservar la plaza de Luxemburgo, 
que ocupa en virtud de antiguos tratados. En la perspectiva del 
porvenir, y puesto que se trata de la posesión de territorios sobre 
el Rhin, que habrán de ser disputados por las armas, la Prusia en 
suma se coloca desde ahora en la posición militar más ventajosa 
para defenderlos , sin tomar en cuenta lo que sus actos presentes 
pueden agravar la situación y el resentimiento de la Francia ; y 
desde hoy hasta que la crisis se resuelva definitivamente , puede 
tenerse por seguro, que ni un dia ni una hora dejará de la mano 
el trabajo de organización para la resistencia. Los que crean que 
habrá aquí un momento siquiera de abandono ó de ilusión, desco- 
nocen totalmente este pais. 

Berlín^ 8 de Setiembre de 1866. 

Efecto causado por la retirada de M. Droujni de Lhuis. — Algunas noticias 
sobre este cambio y sobre el nuevo Ministro de Negocios extranjeros de 

Francia. 

La retirada de M. Drouyn de Lhuis del Ministerio de Negocios 
extranjeros de Francia ha sido acogida en este pais como un tes- 
timonio de que el Emperador no quiere por ahora la guerra. No 
necesitaba el Gobierno prusiano esta prueba , porque está , como 
todo ei mundo ya , en el conocimiento de que el Imperio no se 
halla preparado para entrar en una lucha inmediata contra un pais 
armado tan formidablemente como está la Prusia : pero la seguri- 
dad que resulta de aquel acontecimiento se ha trasmitido al público, 
y éste se abandona á la confianza, al mismo tiempo que se exalta 
con la idea del poder del pais, capaz, en el común sentir, de impo- 
ner y enfrenar á la Francia. 

El Embajador de Prusia en Paris, que estuvo últimamente en 
Berlin por pocos dias , trajo , á lo que parece , misión de explicar, 
en nombre del Emperador y en el sentido indicado , la separación 
dé M. Drouyn de Lhuis de los negocios; de renovar las segurida- 
des de la buena voluntad de S. M. L , y de recomendar la mode- 
ración, á fin de no colocar al Emperador en una situación difícil en 
presencia de la opinión de la Francia inquieta y alarmada. Cómo 
ae entiende y se practica aquí la moderación, ya lo sabe V. por mi 
carta anterior. 



336 PRUSIA. 

El Conde de Goltz no parece, sin embargo, estar convencido de 
la posibilidad de que la paz se conserve indefinidamente Seg-un 
me refieren personas que le han hablado, cree, por el contrario, 
que si no se halla pronto un terreno común de inteligencia entre 
el Imperio y la Prusia , capaz de satisfacer las aspiraciones y los 
intereses de aquel pais, el Emperador será irresistiblemente arras- 
trado á la guerra , por no verse expuesto á serias dificultades in- 
teriores. Mi opinión es exactamente la misma, según lo habrá us- 
ted deducido de mis cartas anteriores (1). 

El Conde, valiéndose de un expediente que se ha empleado ya 
en Francia con éxito en otras ocasiones , y de que se pretende 
también en ésta sacar partido , ha atribuido á los antiguos parti- 
dos franceses, y particularmente á los orleanistas, la agitación que 
se ha creado y se sostiene en aquel pais contra el engrandeci- 
miento de la Prusia. El tema ha sido adoptado por la prensa pru- 
siana, que espera sacar de él buen partido para inñuir en el áni- 
mo del Gobierno Imperial. 

El ministerio vacante fué ofrecido por el Emperador á su Emba- 
jador aqui, M. Benedetti, que lo ha rehusado. Testigo éste de los 
hechos que han tenido lugar en estos países , y habiendo podido 
apreciar el espíritu y las tendencias del movimiento prusiano, no 
era fácil que participase, sobre todo en los últimos tiempos, de las 
deas que han prevalecido en París ; y siendo así era natural que 
rehusase la cartera que se le ofrecía. El Marqués de Moustier, en 
quien ha recaído la elección del Emperador, ha sido Ministro de 
Francia en Berlín. Conoce, pues, á la Prusia; pero no ha presen- 
ciado la última faz histórica de este pais, que se inició cuatro años 
hace con la entrada del Conde de Bismark en el poder. Personas que 
han tratado últimamente al nuevo Ministro de Negocios extran- 
jeros me dan de él el juicio siguiente: 

Verdadero gran señor por su nacimiento, su fortuna y su distin- 
ción personal, el Marqués de Moustier posee gran talento de nego- 
cios, habla en el antiguo estilo francés, sin frases ni anfibologías. 
Es egoísta, ambicioso y reservado, y no profesa sistema ni ideas 
determinadas. Consideran, pues, las personas á que me refiero, que 
será instrumento dócil en las manos del Emperador, y que cual- 

(1) ¿ Sería esta la época en que tuvo nacimiento el proyecto de tratado de alian- 
za (la idea era más antigua) publicado por el Times al iniciarse la guerra actual , y 
cuyo objeto era la incorporación de la Bélgica á la Francia? Es bien probable- 



pftusiA. 3S7 

quiera que sea el giro que éste desee imprimir á su política, halla- 
rá en el nuevo Ministro un cooperador inteligente y cómodo. 

Berliny 9 de Setiembre de 1866. 

Sobre una carta dirigida por el Emperador Napoleón á su Ministro del Inte- 
rior.-— Texto de dicha carta. 

A las noticias que en varias de mis cartas anteriores he comu- 
nicado á V. sobre la actitud de la Francia, respecto de los aconte- 
cimientos que acaban de realizarse en Alemania, puedo añadir 
hoy algunas relativas á la carta dirigida por el Emperador Napo- 
león á su Ministro de lo Interior, que la prensa europea ha anun- 
ciado aunque sin dar á conocer su contenido. Dicho documento es 
una confirmación completa de las noticias y juicios que anterior- 
mente he trasmitido á V. No puede quedar después de su lectura 
duda alguna acerca de la existencia del proyecto de compensacio- 
nes, ni de su comunicación aquí ; pero se habla en dicha carta de 
este asunto de modo que parece atribuirse exclusivamente la idea 
del proyecto á M. Drouyn de Lhuis. 

Es también artificiosa en el documento de que se trata la ma- 
nera de decir sobre haberse rehusado aquí lo que la Francia pedia . 
Negativa oficial no la ha habido, en efecto, porque tampoco hubo 
lespecto de aquellas exigencias masque comunicación confidencial. 

La proposición no llegó á presentarse oficialmente, al menos al 
Rey, y aun el Presidente del Consejo, obrando hábilmente, dijo, alo 
que parece, al Embajador de Francia: que jamás lo haria, á menos 
que no se le exigiese absolutamente, porque el Rey no accedería 
nunca á la cesión de una pulgada de teritorio alemán . Las propo- 
siciones, pues, en la realidad de las cosas, han sido desechadas aquí. 

En cuanto al secreto que se queria guardar en el asunto, y de 
que habla asimismo la carta del Emperador, V. sabe ya también, 
por una de mis anteriores, cómo, por quién y con qué intenciones 
hay indicios para creer que ha sido violado. El Emperador, sin em- 
bargo, no parece haber formado de ello una queja seria , asi como 
tampoco la forma de la ocupación de Maguncia y de las demás 
extensiones arbitrarias que la Prusia da á la inteligencia de las 
condiciones de la paz , y que realizan su engrandecimiento en gra- 
do tan superior alo que S. M. I. debia esperar. 

Parece también el Emperador en su carta sorprendido por la 
not cia que le dio su Emhajador, en el viaje que hizo reciente- 



338 PRusiA . 

mente á Paris , de que en caso de guerra la Alemania entera se 
levantaría contra la Francia , y hay en esto de sorprendente , que 
semejante noticia haya podido ser una revelación para el Empera 
dor, porque el hecho era evidente , no sólo de ahora , sino aun de 
tiempos anteriores á los acontecimientos que reúnen necesaria- 
mente en manos de la Prusia el poder alemán , dándole por lo 
m'smo mayor unidad y dirección. 

Resulta de aqui la ilusión que presidió á las proposiciones preli- 
minares de la paz, con las cuales se creyó que se establecía un ver- 
dadero dualismo en Alemania, favorable á los intereses de la Francia. 

El documento á que me refiero, es una prueba concluyente de 
la imprevisión inexplicable con que la política imperial ha prece- 
dido en el curso de las cuestiones que se han ventilado durante los 
últimos cuatro anos en Alemania; asi, pues, al dirigirse, como lo 
hace S. M. L á su Ministro del Interior para ordenarle que niegue 
y rectifique, por medio de la prensa, hechos que son reales y posi- 
tivos , lo que pretende evidentemente es evitar que la opinión se 
fije sobre aquellos hechos , y comprenda su verdadero valor é im- 
portancia. Este resultado, en el estado á que la discusión publicaba 
llegado, me parece imposible de conseguir. 

La carta del Emperador concluye con lo que pudiera llamarse 
la manifestación de una nueva política , que es la antítesis de la 
que la opinión de la Francia parece profesar. «El ínteres de la 
»Francia no es , dice el Emperador , aspirar á engrandecimientos, 
»sino ayudar á la Alemania á constituirse según sus necesidades.» 

Sincera ó nó esta política , es imposible desconocer las conse- 
cuencias que encierra para la Francia y para la Europa. 

P. S.—IO de Setiembre 1866. 

Adjunta remito á V. la copia de la carta del Emperador á que 
se refiere la mia anterior , y que he podido obtener después de es- 
crita esta. — La lectura justificará las observaciones que dicho do- 
cumento me ha sugerido. 

Carta del Emperador Napoleón al Marqués de Lavalette.— No tiene fecha.— 
Probablemente es del 16 de Agosto. 

Mon cher Marquis de Lavalette : 

J'appelle votre seríense attentíon sur les faits suivants : au mí- 
lieu des conversations qui ont eu líeu entre Benedetti et M. de 



pRusiA. 839 

Bismark, M. Drouyn de Lhuis a eu lldee d'envoyer a Berlín un 
projet de convention au sujet des compensations aux quelles nous 
pouvions avoir droit. Cette convention á mon avis devait rester 
completement secrete, mais elle a été ébruitée et lesjourneaux 
vont jusq'á diré qu'on nous refuse les provinces du Rhin. II resulte 
de mes conversations avec Benedetti que nous aurions toute rAUe- 
magne contre nous pour un fort minee avantage. II importe de ne 
pas laisser égarer Topinion sur ce point. — Faites dementir ees 
bruits dans les journeaux tr^s energiquement. J'ai écrit dans ce 
sens á M. Drouyn de Lhuis. II me renvoie aujourd'hui la Cor- 
respondence Ha vas ci-jointe. Faites faire des articles avec plus 
de ciarte. Le veritable intérét de la France n'est pas d'obtenir 
quelque agrandissement insignifiant de territoire mais d'aider 
TAllemagne a se constituer de la manniére la plus favorable á ses 
propres intéréts et á ceux de TEurope. 
üecevez l'assurance de ma sincere amitié. 

[Firmado) . — Napoleón . 

Berlín, 5 de Diciembre de 1866. 

Sobre el aumento y distribución del ejército prusiano. — Su fuerza aproxi- 
mada en pié de guerra para lo futuro. 

Mientras que bajo el impulso de los grandes acontecimientos 
del verano último , la Francia sorprendida y alarmada , estudia 
precipitadamente las cuestiones de armamento y de reorganización 
de su ejército , la Prusia que tenia resueltas ambas cuestiones de 
mucho tiempo atrás , y que ha revelado al mundo la excelencia 
de sus soluciones , se halla ya á la hora presente preparada para 
las eventualidades del porvenir , con la simple medida de desen- 
volver su organismo militar en las proporciones de su reciente 
engrandecimiento territorial. En estos momentos, no sólo están 
ya formados los cuadros de los nuevos regimientos de todas armas 
destinados á aumentar las fuerzas del ejército prusiano , sino que 
dichos cuadros se hallan en los puntos y en las guarniciones á que 
pertenecen, y los soldados reclutados en las nuevas provincias 
entrarán en sus cuerpos respectivos en el curso del mes actual. 
Desde ahora mismo por tanto se halla la Prusia ocupando las po- 
siciones estratégicas que aseguran su defensa, y dentro de un 
año , gracias á la instruecion tan rígida como sólida que da á sus 



340 PRUSIA. 

soldados, sus fuerzas habrán adquirido el grado de desenvolvi- 
miento necesario para hacer frente á todas las eventualidades. 

A fin de que forme V. una idea exacta sobre el particular , he 
hecho traducir el extenso cuadro adjunto de la distribución dada 
á los diferentes cuerpos del ejército prusiano , cuadro que establece 
al mismo tiempo el considerable aumento dado á éste , y que ha 
permitido hacer una gran promoción, cuyas ventajas han sido ge- 
nerales , y ha satisfecho por tanto las aspiraciones del cuerpo de 
oficiales. 

Por la inspección de dicho cuadro vendrá V. en conocimiento 
de que el ejército prusiano, que constaba antes de la guerra del 
cuerpo de la Guardia y de otros ocho cuerpos de ejército , se com- 
pone ahora de la Guardia y de once cuerpos de ejército , en los 
cuales entra relativamente por poco el contingente de los Estados 
de la Confederación del Norte. 

Estos Estados, cuya población, sin contar con la Sajonia Real, 
asciende á unos 2.800.000 habitantes, sometidos ai sistema pru- 
siano, pueden proporcionar 80.000 soldados. 

Los antiguos Estados convertidos en provincias , y que repre> 
sentan una población de 4.037.000 almas, pueden suministrar 
una fuerza de 170.000 hombres. 

El contingente de la Sajonia Real , cuando esta cuestión reser- 
vada por el tratado de paz á la resolución del futuro Parlamento, 
sea resuelta en efecto, dará lugar á la formación del 12° de los 
cuerpos de ejército de que la Prusia podrá disponer en lo futuro. 

La Sajonia Real cuenta 2.356.000 habitantes, y podrá por tanto 
poner sobre las armas 70. 000 soldados. 

De estos datos resulta que con los 
80.000 hombres de los Estados de la Confederación del Norte, 

ya unidos militarmente á la Prusia; con los 
170.000 procedentes de los países anexados, y con los 
70.000 procedentes de la Sajonia Real, agregados á los 650.000 
que la Prusia ha llegado á poner sobre las armas du- 
rante la última campaña , y que hubieron podido ele- 
varse hasta 
700.000 podrá este pais armar en lo venidero una fuerza de 



1.020.000 hombres. 



PRÜSTA. 341 

Para formarse una idea aproximada de la fuerza efectiva que la 
Guardia y los dichos doce cuerpos de ejército podrán reunir en el 
caso de g*uerra, se pueden hacer también otros dos cálculos, fun- 
dados respectivamente en la población y en el número de aquellos 
cuerpos. 

Según el primero , habiendo la Prusia puesto en pié de guerra 
durante la última campaña 650.000 hombres, y habiendo podido 
elevar en caso necesario este número hasta 700.000, con una po- 
blación próximamente de 19.000.000, resulta que con la población 
actual de los Estados prusianos (23.000.000 en números redondos) 
y de los Estados de la Confederación del Norte (6.000.000 próxi- 
mamente), en junto 29.000.000, podrá poner la Prusia en pié de 
guerra en lo sucesivo 

al pié de los 700.000 hombres 1.058.000 hombres, 

al pié de los 650.000, 990.000 hombres. 

Según el segundo cálculo , correspondiendo á cada uno de los 
nueve cuerpos de ejército que antes existían sobre la base de 
700 . 000 hombres, 78.000 próximamente (1), cuatro nuevos cuer- 
pos formarán un total de 312.000 hombres, que, juntos á los 
700.000, darían un resultado total de 1 . 120.000 hombres. 

Sebre la base de 650.000 hombres, el resultado por cada cuerpo 
de ejército seria de 72.000 próximamente; por los cuatro nuevos 
cuerpos 288.000, y por la totalidad del ejército 938.000. 

Todos los cálculos dan , según se ve , con escasa diferencia el 
mismo resultado , estoes, 1. 000. 000 de hombres próximamente. 
Esta es , en efecto , la fuerza con que la Prusia podrá contar en 
breve, y que dentro de un año estará completamente apta é ins- 
truida para entrar en campaña, si el porvenir reserva para enton- 
ces á la Europa la terrible eventualidad de una nueva guerra. 



(1) Esta asignación de fuerza es arbitraria en el sentido de que ascienda á tal cifra 
la de un cuerpo de ejército prusiano, que en la realidad cuenta aproximadamente en- 
tre 29 y 31.000 hombres. Se adopta únicamente tomando en conjunto la fuerza total 
del ejército de línea , la reserva y la landwerh , y dividiéndola por el número de los 
cuerpos de ejército, á fin de establecer el cálculo, 

X. 



SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 



(1) 



IX. 



SOLUCIONES SOCIALISTAS. — EL SOCIALISMO VIEJO. 

Fácil es inferir, por lo que ya dejamos enunciado, que en el or- 
den lógico de manifestación de los sistemas, el socialismo habia de 
constituir la segunda jornada que hiciesen los exploradores de 
esta ciencia , encaminada á buscar el origeh y encontrar el reme- 
dio de los males que aquejan á los pueblos , y han dado margen á 
que por muchos se crea entregado el mundo moral á los fatalistas 
vaivenes de dos principios contradictorios. El socialismo es, en 
efecto , la primera descomposición de las teorías comunistas , y 
aun pudiera decirse , bajo otro punto de vista , que ha pretendido 
ser entre los extremos antinómicos del individualismo y el comu- 
nismo, el término de conciliación, síntesis ó enlace, que como mé- 
todo de razonar señala la dialéctica Hegeliana. Pero entiéndale 
que esto es solamente aplicable al socialismo primitivo , ó si se 
quiere viejo , el cual difiere en esencia del que en nuestros dias 
agita las masas con tan poca cordura como provecho para ellas 
mismas. 

Lo primero que llama la atención en el estudio de sus fases es el 
rompimiento absoluto con las ciencms poliUca y económica. Consi- 
deró aquella que en la falta de libertad está enclavada la raíz de 
tantos males como registra la historia de los pueblos , y calculaTi- 
do que semejante falta no podia evitarse ó corregirse mientras que 
'd\o& poderes públicos no se diera distribución bien compensada. 



(1) "Véanse los niímeros 44 y 56. 



SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 343 

dedicó su afán á ordenarlos seg-iin nuevas combinaciones. Que esto 
fué un grande y trascendental movimiento no hay que ponerlo en 
duda , siquiera no se atienda más que á la sanción de los derechos 
del hombre , llevada afortunadamente á un estado superior ya á 
todo ataque. Pero las constituciones políticas no son, en realidad, 
más Ique fuerzas impulsivas del progreso, armisticios en la lucha 
que para este fin han sostenido los pueblos con denodada cons- 
tancia; recintos destinados á guarecer y conservar las mejo- 
ras conquistadas; no bastan, por tanto, para realizar Xañ fines so- 
ciales, aunque de incuestionable importancia sean sus funciones. 
Completarlas , pues , no desdeñarlas como en ademan hostil procla- 
mó la escuela societaria , es lo que el público interés y el buen sen- 
tido aconsejan; y completarlas y haciendo que bajo su protección 
y apoyo , en armonía con sus principios, y tanto más perfectamen- 
te cuanto más brille el fecundo de la libertad , y se desenvuelva y 
arregle lo que pudiera llamarse materia de la ciencia, es decir, el 
bien estar físico y moral de los individuos , intimamente enlazado 
con la producción y distribución de la riqueza. De esto fué de lo 
que vino á encargarse la Economía. • 

Decia de ella Bentham , que más bien debe mirarse como ciencia 
que como arte , ofreciendo mucho que aprender y poco que practi- 
car. Algo de exactitud hay ciertamente en esto , por más que no 
sea hacer poco el impedir la antigua y desastrosa ingerencia del 
Estado en lo que á la producción y movimientos de la riqueza se 
refiere ; pero de tal manera y con tan violenta latitud se ha inter- 
pretado , que ha ofrecido ocasión á que los adversarios ó desafec- 
tos á la Economía política hayan asentado que , contradiciendo su 
propio nombre , no es ciencia de gobierno , y á que crean que ha 
causado grave daño á la organización social con la tirantez de sus 
principios, y en especial el de la lihre concurrencia , al que hacen 
casi exclusivamente responsable de cuanto malo haya en la distri- 
bución de los beneficios del capital y del trabajo. No es, en verdad, 
buen método el de juzgar los méritos ó deméritos de una institu- 
ción ó principio por sus efectos , cuando no se ha planteado por en- 
tero , cuando su historia no ha sido más que la de una perpetua lu- 
cha con los principios opuestos , y con los intereses lastimados de 
los que vinculan sus condiciones de existencia en la protección y 
monopolio. De esa lucha procede lo que Proudhom ha llamado 
contradicciones económicas , y en la que fué á buscar la iilosQfia 



344 SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 

de la miseria !. . . . Pero sea lo que quiera de esto, que ahora no ha- 
cemos más que indicar, los antiguos socialistas contemplando los 
males que subsisten , y no la suma de los que han desaparecido, 
declararon impotentes á la Política y la Economía para reme- 
diarlos , y quisieron prescindir de una y otra. Algo parecido hi- 
cieron también en la Moral , puesto que calificaron de insuficientes 
é inarmónicos los esfuerzos, ya individuales, ya aunados, de la h^- 
neficencia y de la^/¿í?i^rojoi?tí5, que un célebre escritor ha estigma- 
tizado, Ví2.mk\\^Q\K falsa moneda de la caridad. ¿Qué agentes des- 
conocidos encontraron para sanar esos inveterados padecimientos? 
¿Cómo creyeron desterrar del mundo la ignorancia y la miseria, y 
hermanar todo género de intereses , y esto con prontitud , de un 
modo espontáneo, y sin trastornos?.... Si no lo han conseguido, 
tampoco tienen derecho á lisonjearse de haber empleado soluciones 
ni ideas nuevas. Desfigurando las diQ propiedad , capital y trabajo, 
volvieron al problema de la organización de este , con menor radi- 
calismo que los comunistas, y dándole también más moderadas 
proporciones ( 1 ) , pero concluyeron en resumen exasperando el 
antagonismo entre los mismos intereses qu^ de conciliar trataban. 
La breve exposición que de sus proyectos haremos en seguida , de- 
mostrará que el mal resultado fué consecuencia de un vicio ingé- 
nito del sistema. 

X. 

SAINT- SIMÓN. 

Si entrara en el plan que para estos ligeros estudios nos hemos 
propuesto , fácil empresa fuera dar el atractivo de las narraciones 
biográficas y anedócticas á esta parte de la historia socialista. 
Saint- Simón , Fourier , los discípulos de uno y otro, las tentativas 
para llevar á ejecución sus respectivas ideas, las vicisitudes y peri- 

( 1 ) Uno de nuestros escritores , — D Ramón de La Sagra , — aficionado á este li- 
naje de estudios , decia, hace ya algunos años , lo siguiente ; «Por organización del 
trabajo entendemos una organización que permita á cada trabajador ganar suficien- 
temente para vivir y educar su familia : una organización que no ponga todos los be- 
neficios del lado de los fabricantes, y la miseria del lado de los trabajadores.» Así 
planteado el problema, no ofrecía nada alarmante en sus términos, y sin embargo, 
soluciones han tratado de dársele profunda é inminentemente peligrosas. Sustituyen- 
do la palabra capitalistas á la de fabricantes , queda la idea generalizada compren- 
diendo todas las industrias , y forma el objeto final del período cuyo examen empe- 
zamos. 



SOBRE LA CíENClA SOCIAL. 345 

pecias que experimentaron , ofrecerían amplia materia para satis- 
facer la curiosidad de los lectores. Curiosidades de este g enero dis- 
traen los ánimos y los alejan de meditaciones serias ; por esto , y 
porque nuestro único propósito se reduce á rasguear concisamente 
el curso que ha seguido el pensamiento dominante en las ciencias 
sociales, muy poco ó nada habremos de tocar de esos recuerdos. 

Poco nos detendremos también , en lo que se refiere á la escue- 
la Sansimoniana. Fourier es el que ha dado sistema, carácter, 
importancia y hasta nombre al antig:uo socialismo , y es el que 
por tanto requiere más detenido análisis. Osado el primero al com- 
batir los vicios sociales ; generoso y humanitario en sus miras ; ri- 
diculo al querer constituir iglesia , propagadora de un nuevo cris- 
tianismo ( 1 ); imprudente al proponer la aholicio7i de la herencia, 
que consideraba como el mayor y más funesto de los privilegios de 
nacimiento ; inclinándose al comunismo cuando atacaba la propie- 
dad , en cuanto consagra para algunos el privilegio impio de la 
ociosidad', intentando modificar la familia por la completa eman- 
cipación de la mujer , asociándola al igual del esposo , á la triple 
función ;del templo, del estado y del hogar dcp(|piÍGO de manera que 
el individuo social qiie hasta ahora ha sido el hofhbre sólo, fuese en 
lo sucesivo el hombre y la mujer; dejando traslucir asi sus ideas so- 
bre el porvenir de la religión , el poder , la libertad y todas las 
grandes cuestiones que agitaban la Europa ; siguió una vida aza- 
rosa en las personas de su fundador y sectarios ; mantuvo con brio 
campañas de propaganda en el libro y el periódico ; hizo tristes y 
aun delirantes ensayos de práctica ; inñuyó algo en la revolución 
de 1830; vio su nombre asociado á las insurrecciones que siguieron; 
sufrió persecución como subversiva, y desapareció sin haber casi de- 
jado adelantos notables en los diversos ramos de la ciencia, que 
abordó con crecidas pretensiones. Eso , no obstante , algunos mé- 
ritos puede alegar á la consideración de la posteridad , que ya ha 
empezado para ella, cubriéndola cada vez más con esa niebla del ol- 
vido , que sólo disipan ó traspasan los vivísimos resplandores de las 



(1) No deja de ser interesante en estos momentos el recuerdo de la manera con 
que Saint-Simon atacó al catolicismo. El Papa y su Ig-lesia eran , á su juicio , culpa- 
bles de tres errores capitales , obstáculos al mismo tiempo para toda mejora humana, 
consistentes en la viciosa enseñanza de los legos, la mala dirección dada álosestudios 
en los seminarios , y la autorización concedida á dos instituciones inconciliables con 
el espíritu del cristianismo ; la Inquisición y los Jesuítas. 

TOMO XVI. 23 



346 SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 

grandes ideas. En efecto, al preg-onarse defensora de la clase mas 
numerosa y mas pobre , ha contribuido á sacarla de su abatimien- 
to ; al pedir la repartición de los beneficios sociales , se^un la me- 
dida de las capacidades y las obras de cada uno, convirtió en axio- 
ma la más fecunda de las ideas democráticas , la más indispensa- 
ble para que existan acordes el orden, la libertad y la justicia , y 
entró en la órbita de los sistemas societarios al proponer que todos 
los instrumentos del trabajo , tierras y capitales , se explotasen por 
asociación y gerárquicameyíte. Faltó, empero , á los sansimonianos 
el conocimiento de la verdadera índole de la ciencia social , y asi 
fué que sólo percibieron la luz á ráfagas; no apreciaron debidamente 
la indeclinable necesidad de poner en consonancia las considera- 
ciones á lo existente con la precisión de las reformas ; preocupados 
con su industrialismo dieron fuerza á la doctrina que mezcla des- 
póticamente al poder , representante del Estado , en el giro de los 
intereses particulares , y las excentricidades de su moral no ejer- 
cieron tampoco la mejor influencia en la pureza de los sentimien- 
tos. Su rápida travesía por el mundo removiendo cuestiones, que 
no dejan de agitarse, algo ha traído áfla grandejobra del progreso, 
semejante en su destino, como dice uno de sus historiadores, á esos 
globos que se elevan á la vista de la muchedumbre atónita , y su- 
ben . y disminuyen de volumen , y se pierden al fin en el espacio, 
pero que sirven en su corta y brillante carrera para que el aerósta- 
ta conozca el estado de las zonas atmosféricas , y el capricho de los 
vientos que han de asaltarle en sus futuros viajes. 



XI. 



CH. FOÜRIER. 

Ya hemos dicho que la escuela fourierista, falamteriana 6 
societaria, requiere un examen menos rápido, por más que también 
para ella haya empezado la posteridad con ese período de inflexible 
crítica, precursor frecuentemente en tales casos de la indiferencia y 
el olvido. La importancia que no sin todo fundamento llegó á con- 
quistarse, por consecuencia de los trabajos á que muchos y distingui- 
dos ingenios se dedicaron ; la originalidad de carácter, sinceridad y 
buena fé de su fundador y primer filósofo, y la marcada huella que 



SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 347 

estampó al pasar por el campo de la ciencia , justifican la mayor 
amplitud,— que sin embargo siempre será exigua en comparación 
con lo extenso de la materia, — con que vamos á considerarla. 

Tiempo hace que un literato francés dijo que si la critica es fá- 
cil, el arte en cambio es muy difícil: y la verdad de este ya tan 
vulgarizado axioma, se observa, con más grave daño que en la 
literatura, en las ciencias sociales, políticas y administrativas. 
Gastando la indudable fuerza de su raciocinio, empleáronse Fou- 
rier y sus discípulos , lo mismo que otros de sus predecesores , en 
impugnar acaloradamente ciertas doctrinas económicas , canoniza- 
das desde los tiempos del merecidamente célebre Adam Smith. 
Que no les faltaba razón en algunos casos, y que en muchos más 
cayeron en el extravío de achacarlas vicios y desórdenes, que al 
lado, pero no exclusivamente por ellas, se desarrollaron , puede 
muy bien deducirse de las indicaciones que más de una vez hemos 
consignado ; pero al entrar en el examen de los remedios que de 
aplicar trataban á los males cuya profundidad con tamaña viveza 
les conmovía ; ¡ cuántos escollos, cuántos desengaños, cuántos pro- 
yectos seductores como la belleza ideal é irrealizables como ella 
encuentra el que desapasionadamente los examina!... Y esto, por 
desgracia, ocasiona otro peligro, porque entre los recios ataques de 
la crítica y la desilusión de la práctica , fluctúa indecisa y pierde 
el rumbo la conciencia pública, y da principio el período vacilante 
en que la fé en las instituciones desaparece sin tener á mano otra 
que la sustituya , viniendo , como única consecuencia , las revolu- 
ciones mal preparadas , 

Fourier procuraba con ahinco evitar ese peligro; tenían un ad- 
mirable instinto de orden, y conocía perfectamente que si ley es 
de las sociedades irse trasformando, no es menos necesario que las 
nuevas formas se procure establecerlas pacíficamente en el lugar 
de las antiguas, excusando derribar éstas con violencia; deseo 
que traducía diciendo que la organización debía tener la íuerza de 
armonizar los elementos del progreso y de la estabilidad. Tan in- 
flexible era la persuasión que respecto al éxito de sus ideas le 
animaba, que manifiesta en varios parajes de sus obras no atre- 
verse á revelar todo el cúmulo de beneficios que había de producir 
el cumplimiento de sus planes, temeroso de que los hombres se pre- 
cipitasen á plantearlos sin dar lugar á la tranquila prueba, que 
era su constante anhelo. 



348 SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 

Pero al mismo tiempo no se aquietaba con bosquejos parciales, 
y por tanto incompletos ; no se avenia bien eso con la índole sin- 
tética de su espíritu. Quería hacer una obra perfecta, que abarcase 
la solución teórica y práctica de todos los problemas sociales, y 
buscaba al efecto un principio g-eneral y fecundo para constituir 
sobre él la base sólida de la ciencia, llegando en su candido entu- 
siasmo á figurarse que un razonamiento sencillo le había conduci- 
do á descubrir esa ley suprema, así como la caida de una manzana 
cuéntase que sirvió para descorrer á los ojos de Newton el velo que 
encubría el giro de los orbes. La Providencia , Dios, pensó Fourier, 
ostenta su poder y su sabiduría produciendo grandes resultados 
por medio de pequeñas causas ; la economía en éstas y la multipli- 
cidad en aquellos, es el más admirable distintivo de la creación; 
todo pende en ella de un solo principio, de una sola ley. La atrac- 
ción rige y gobierna la materia , así en las más remotas como en 
las mínimas distancias, así en las masas enormes de los globos ce- 
lestes, como en las imperceptibles moléculas de los cuerpos: la 
atracción, pues, debe ser también, por an|ilogía, la ley del mundo 
moral, el foco generador de las sociedades. En comprobación de 
esto, recordaría que los hombres se acercan unos á otros por una 
especie de fuerza de afinidad ; que las asociaciones se forman agru- 
pándose los individuos alrededor de un centro ; y que los moralis- 
tas fisiólogos han hecho notar que los afectos benévolos ó simpáti 
eos producen en los órganos una expansión que atrae y aproxima 
los individuos, mientras que los antipáticos excitan un movimiento 
opuesto, ó sea de retracción, que los separa. Como consecuencia 
de todo esto, dedujo que el trabajo no puede organizarse sino ha- 
ciéndose atractivo. Ingenioso en verdad era el sistema, pero el 
fundador y los discípulos de la escuela societaria, no repararon que 
adolecía de un capital defecto, puesto que no significa lo mismo la 
palabra atracción aplicada á la mecánica celeste , que cuando se 
traslada al gobierno del mundo moral , cuya mecánica se apoya en 
el libre albedrio. Lo atractivo en esa esfera, equivale á lo agrada- 
ble, y bajo este punto de vista no era desacertado investigar las 
causas que hacen repugnante al trabajo, y lo convierten en sinó- 
nimo de penas. En dos se fijó principalmente la crítica socialista, 
no sin abultar más de lo justo sus proporciones. 

La retribución que á los operarios proporcionan sus fatigas es á 
veces tan insuficiente, que con dificultad consiguen muchos de 



SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 349 

ellos lo más 'preciso para sostener su vida. Obran además en con- 
diciones adversas á la salud, en talleres incómodos, sin abrigo 
contra el rig-or de los elementos, y bajo la acción maléfica de otras 
infinitas causas ; y allí presa el obrero del fastidio que el aisla- 
miento y el malestar engendran, enervado por la continuidad de 
trabajo, degradado física y moralmente por su monotonía, y sin 
los estímulos de la emulación que da alientos para arrollar los ma- 
yores obstáculos, vegeta soportando como un tormento el trabajo, 
que es en realidad la vida bumana. Conoció Fourier y generalizó 
demasiado la intensidad de estos males, pero nótese que principal- 
mente se refieren á la industria fabril, la cual pretendía sanear com- 
binándola con la agrícola ; que no estigmatizaba , como después se 
ha hecho, el capital y el talento, ni el ínteres legítimo de estos dos 
poderosos resortes de la producción; y que no aspiraba á establecer 
la igualdad en el reparto de utilidades, sino sólo la proporcionali- 
dad, y como último é imprescriptible derecho el del mínimum, que 
ya antes hemos definido. Estos, que son los caracteres distintivos 
de la antigua escuela, no deben olvidarse. 

La investigación de los remedios -para aquel estado enfermizo, 
fué, en la teoría de Fourier, demasiado científica, ó si se quiere 
sistemática, y le sucedió en ella lo que á otros muchos moralistas 
que prestaron á sus estudios no poca parte de sus preocupaciones. 
Las clasificaciones, sobre todo en las ciencias morales, son difíciles 
y propensas á convertirse en arbitrarias ó caprichosas, y la de Fou- 
rier no vino á ser más que una de tantas, verdadera en el fondo, 
equivocada en los accidentes, y envuelta en ruda fraseología, que 
no merece perdamos el tiempo en referirla ; bastará decir , que re- 
conociendo en el hombre relaciones con el mundo exterior, con sus 
semejantes en particular, y con la sociedad , y analizando las pa- 
siones, que llamaba principio activo y motor (así como al cuerpo 
principio pasivo, y á la inteligencia principio regulador), esta- 
blecía que las que le ponen en contacto con el mundo exterior, son 
las correspondientes á los cinco sentidos, las cuales le inclinan al 
individualismo (tendencia al lujo, como él decía), que con la ha- 
manidad le enlazan las afectivas, ambición , amistad, amor y fa- 
milismo (tendencia á los grupos, si bien en pequeña escala), y que 
con la sociedad le relacionan las pasiones que llama distributivas, 
ó sea la afición á las intrigas, rivalidades ó co7itrastes, al entu- 
siasmo (producto de diversas pasiones), y á la variedad, que man- 



350 SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 

tiene el equilibrio en las facultades del hombre ; todas las cuales 
le impelen á reunirse en grandes grupos ó series, único medio de 
desarrollarlas y satisfacerlas. 

Poca dificultad cuesta preveer, al que esté algo acostumbrado á 
las elucubraciones de los modernos reformadores, que todo ese apa- 
rato filosófico, no ha de venir á parar en otra cosa, al realizarse, 
que en la casi negación del individuo, regimentándole en lo que 
llama series (cuya ley era un gran descubrimiento, á juicio de 
Proudhom, que sin embargo no nos dejó explicado el misterio de 
ese hallazgo). Esto es efectivamente lo que sucede; la realización 
de las teorías socialistas no ofrece grandes novedades, en medio de 
que á nada menos tienden que á un cambio intimo en el mundo 
moral y fisico, y ¡ cosa singular ! sus mayores afinidades se hallan 
al lado de los sistemas despóticos á fuer de centralizadores. La li- 
bertad de la ley seriana encajonarla á la humanidad en un carril 
proporcionalmente tan estrecho como el en que se mueven las so- 
cietariamente laboriosas hormigas. 

La organización, para ser completa — continuaba pensando Fou- 
rier — no debe contentarse con tener en cuenta al trabajador, sino 
también á la familia de que sea cabeza ; no ha de referirse sólo á 
una industria, sino á todas, sin excluir los trabajos intelectuales; 
no ha de entenderse únicamente con lo que se titula trabajo , sino 
también con el capital y el talento. Asociándolos asi, es como creia 
evitar la contradicción de intereses, que conceptuaba irremediable 
mientras prosigan aisladas y explotándose unas á otras. Ventaja lle- 
va esto á los proyectos comunistas; algo tiene aceptable, pero no de 
la manera que la escuela societaria la comprendía, queriendo soldar 
violentamente unas á otras, y á guisa de colmena, las familias, que 
calificaba de elemento alveolar de las sociedades. Es un error co- 
mún á los soñadores humanitarios, el de creer que los intereses de 
las familias libres son contrarios, cuando sólo son diversos en cuanto 
á sus medios ; diversidad que se armoniza por la división, agru- 
pación y correspondencia de los trabajos, principios fecundos de la 
ciencia económica, que la libertad sostiene y perfecciona, y que la 
coacción de cualquier género desnaturaliza y maleficia. 

Fourier, al descender á la práctica, sufrió la suerte común á los 
sistemas de esta especie : aisladamente explanó pensamientos úti- 
les; en conjunto hizo un todo irrealizable. Propuso, como elemento 
de su organización, un pueblo de 400 familias, establecidas en el 



SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 351 

terreno de una legua cuadrada , y para economizar los gastos de 
400 hogares y las pérdidas de brazos y tiempo precisas cuando 
cada familia atiende por si al pormenor de los quehaceres domés- 
ticos, ideó un edificio cómodo y hasta lujoso (el fdansterio) , para 
todos los asociados, en el que viviesen reunidos, pudiendo elegir 
allí vivienda independiente y acomodada á las facultades de cada 
uno; y anadió una cocina común, servida por una serie de hombres, 
mujeres y niños que espontáneamente adoptasen esta ocupación por 
estar en armenia con sus genios y aptitudes. Cada clase de trabajos 
se desempeñaria por los que más capacidad tuviesen formando 
series, por ejemplo de trabajos agrícolas , subdivisibles en grupos 
análogos á las diversas secciones de los que tocase de sempenar para 
el completo de ellos. Como los hombres suelen tener más de una 
vocación y aptitud se afiliarían en varias series y grupos, y traba- 
jarían dos ó tres horas al dia en cada uno, tiempo que conceptuaba 
suficiente, atendidas la abundancia de medios que creia consiguien- 
tes á su proyecto y la economía con que se pondrían en juego. 

De este modo se complacía en presumir lograda , hasta el pun- 
to más útil , la división del trabajo , puestas en acción todas las 
facultades del hombre , consultada su ¡tendencia á variar de ocu- 
paciones , y evitado , á merced de los grupos , el mal inherente al 
aislamiento , alcanzándose además las ventajas de la gran cultu- 
ra , por cuanto la explotación se practicaría en común , si bien los 
asociados conservasen el dominio de sus propiedades. Sutil y poco 
menos que ideal seria el derecho de propiedad, una vez establecida 
la explotación , según el sistema Fourierista. Para huir en esto el 
escollo del comunismo , establecía que la repartición de los pro- 
ductos se efectuase equitativamente entre el capital , el trabajo y 
el talento, de suerte que el que reuniese mayor suma de todas ó 
alguna de esas cualidades, percibirla un dividendo más crecido: 
en cuanto al trabajo, habría de retribuirse en proporción al tiempo 
invertido , dando preferencia á los necesarios sobre los útiles , y á 
estos sobre los de lujo (¡ reaparición parcial del error que produjo 
las leyes suntuarias!); pero como el talento nunca habla de perder 
su lote, el que trabajase en un articulo de lujo que necesitase 
aquella condición intelectual , recibirla su correspondiente premio 
á pesar de la postergación fulminada contra tal linaje de produc- 
tos. De todos modos el mínimum siempre habla de ser suficiente 
para cubrir las necesidades de la vida. 



352 SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 

No es posible dibujar en un cuadro tan pequeño como el de es- 
tos estudios, el extenso paisaje que, comprendiendo toda la crea- 
ción y todos los mundos , y todas las relaciones y analogías entre 
los seres orgánicos, quiso desenvolver Fourier en confuso montón, 
mostrando á veces las profundas intuiciones de su genio , cayendo 
otras muchas en delirios é ilusiones, ingenuas y de buena fé, pero 
que ofrecían blanco al ridiculo en aquel pobre sonador que atra- 
vesaba por medio de la vida , feliz en la contemplación del mundo 
armónico^ que creia ver brotar al golpe mágico de su idea. 

De propósito hemos omitido referir sus pensamientos sobre la cos- 
mogonía , la inmortalidad ó metempsícosis de las almas , que en la 
carrera planetaria andarían girando de uno en otro globo, de emi- 
gración en inmigración , intramundanas y extramundanas , etc. 
Lo que importaba fijar en esta ojeada histórica, es la doctrina que 
ha servido de base á los numerososos trabajos de la escuela, des- 
pojados ya de todo lo oscuro , fantástico ó extraviado , que tanto 
perjudicó al estudio é inteligencia de las obras de Fourier. Suce- 
dióle lo que dice M. Luis Reybaud (1); «los puntos serios de su teo- 
ría fueron desdeñados , pero se fijó la atención en todas las irregu- 
laridades de detalles , que se prestaban á la burla.» Su error capi- 
tal consistió en que al estudiar los males existentes , no se hizo 
cargo de la disminución que en extensión y en intensidad han ve- 
nido experimentando en las diversas épocas que marcan los pro- 
gresos de la civilización , y culpó exclusivamente de aquellos á las 
mismas causas que los han aliviado. De ahi ha procedido el sinies- 
tro desarrollo que después de él se ha dado al socialismo. 

«Nuestras sociedades están compuestas de clases que quieren con- 
servar lo que tienen , y de clases que quieren obtener lo que no 
tienen ; las primeras piensan que no pueden conceder sin perder, 
las segundas que no pueden ganar sin tomar.» Estas palabras, 
que copiamos de uno de los más entendidos expositores del socia- 
lismo (2), demuestran que es consecuencia indeclinable suya la re- 
aparición del funesto antagonismo, que ya vimos á Platón formular 
en su república ; y nos hace comprender que la escuela Falanste- 
riana no encontró la palabra de paz , que hiciese marchar bien 



(1) Estudios sobre los reformadores contemporáneos. 

(2) Esta proposición es la que hoy agita al nuevo socialismo. Las frases del origi- 
ual accorder satis perdre y gagner sans preñare, no pueden reproducirse bien en cas 
tellano. 



SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 353 

avenidos esos contrapuestos deseos. No era bastante para ello el 
organismo acompasado y un tanto maquinarlo de los grujios y de 
las falanges eslabonadas gradualmente basta llegar á la regencia 
humanitaria del globo , en la que todo se enlazara por una serie 
de gerarquías , que regularmente — supuesta por un momento su 
posibilidad — darían el resultado que las máquinas de muy com- 
plicado rodaje , entorpecer el movimiento , como sucede á todas las 
centralizaciones. A fuerza de aspirará mucbo con su sistema, re- 
velaba la impotencia de que adolecía, puesto que nada adelantaba 
de no llegar á conseguir , «que convergiesen todas las fuerzas 
para extraer del inagotable almacén del globo una suma más gran- 
de de elementos de felicidad , que permitiese dar á todos, á los que 
tienen y á los que no ,» ¡y para ese efecto se necesitaba nada me- 
nos que restablecer el equilibrio atmosférico , y por medio de una 
cultura unitaria cambiar radicalmente las actuales condiciones de 
la tierra ! Desenvolver esos pensamientos y anotar sus engaños, ni 
ya interesa á la ciencia, ni es propio de nuestro superficial trabajo. 
Fourier , según el juicio de Proudbom (cuyo testimonio es de 
peso en estas materias) fué un g'énio exclusivo, indisciplinado, 
solitario, pero dotado de un sentido moral profundo, de una sen- 
sibilidad orgánica exquisita , de un prodigioso instinto adivinato- 
rio . Todos sus pensamientos llevan el sello de ese genio tan pro- 
penso á las alucinaciones. De sus obras pudieran hacerse dos cla- 
ses de relatos ; uno que comprendiese sus ideas filosóficas , econó- 
micas y sociales , desenvueltas con la espontánea convicción de su 
genio , y de no infructuosa lectura ; y otro de las en que si bien se 
ostenta siempre la extensión de sus estudios , la fuerza de sus co- 
nocimientos , y aun su penetrante instinto adivinatorio , es con 
formas tan peregrinas , con suposiciones tan poco fundadas , y con 
visiones , por decirlo así , tan estáticas sobre las leyes y misterios 
de la creación, que si esto sólo fuese lo que hubiera de tomarse en 
cuenta , más bien que por destellos de ingenio tendrianse por de" 
lirios de un enfermo. Considerando sólo la faz primera, ó sea la 
exposición do su teoría científica dentro de la esfera de la posibili- 
dad , no pueden rnénos de apreciarse como dignos de meditación 
muchos de sus pensamientos , y de contemplarse con benevolencia 
la figura del pobre y solitario filósofo que , con tan grande fe , as- 
piraba á regenerar al hombre purificando sus pasiones,» levantán- 
dolas como medio de perfección, emancipándolas y combinándolas 



354 SOBRE LA CIENCTA SOCIAL. 

entre sí de manera que dejase de existir aquella intestina lucha 
que Pascal tenia por irremediable; que esperaba reformar el mun- 
do físico , y que trasladaba al moral la ley de atracción que á aquel 
otro tan ordenadamente sostiene y gobierna. «Los destinos, decia, 
son los resultados presentes , pasados y futuros de las leyes mate- 
máticas de Dios sobre el movimiento universal;» pero las leyes 
matemáticas , que son el fatalismo de la materia , no son aplica- 
bles al espíritu, cuya ley es la libertad, siendo por tanto una pura 
ilusión ^la unidad del sistema del movimiento para el mundo ma- 
terial y para el mundo espiritual» que creia haber demostrado 
con su teoría de la atracción apasionada. Nadie se ocupa ya de 
ella, y olvidados están los trabajos en que fundaba sus grandes tí- 
tulos de gloria (1); en cuanto á las más humildes ideas de que se 
sirvió para desenvolver la asociación domes tico- agrícola , fortuna 
suya ha sido no haber alcanzado estos tiempos en que veria cómo 
se ha torcido la corriente de su doctrina, llevándola á perderse en 
un caos más peligroso que el que creia haber armonizado . 

XII. 

UN EPISODIO^SOBRE EL SOCIALISMO EN ESPAÑA. 

Vamos á hacer un alto en el viaje que , siguiendo el curso de 
las corrientes socialistas, estamos realizando, y vamos en este mo- 
mento de descanso á recordar que, si bien España no cayese en la 
serie de extravíos que no hallaron al cabo de sus esfuerzos por toda 
invención más que imitaciones ó copias de repúblicas y estableci- 
mientos , cuyo espíritu tanta semejanza tiene con los institutos 
monásticos — excepción y todo menos que regla de las leyes de la 
sociedad — no por eso faltaron profundos filósofos y políticos que se 
anticipasen respecto á muchas de las principales ideas, que en son, 

(1) Si yo he descubierto la teoría de los cuatro movimientos, hay que echar enton- 
ces al fuego todas las teorías políticas, morales y económicas, y prepararse al aconte- 
cimiento más maravilloso y más afortunado que puede ocurrir en el nuestro y en to- 
dos los globos; al fasaje subito''del caos social á la armonía universal. «Estos cuatro movi- 
mientos cuya explicación constituye la primera y principal obra de Fourier, eran el 
social, el animal, el orgánico y el material. Luego añadió un quinto, el aromal ó sistema . 
de la distribución de los aromas conocidos ó desconocidos, que dirigen á los hombres 
y los animales, que forman los gérmenes de los vientos y epidemias, y rigen las rela- 
ciones sensuales de los astros.» A esto han llamado los intérpretes de la escuela atrac- 
ción de los cuerpos imponderables. Sirva de breve muestra del estilo científico de nues- 
tro socialista. 



SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 355 

y con el aplauso de novedad , nos han venido á importar desde 
otras tierras < Sólo* hay una diferencia notable, que redunda en 
honra de la verdadera ciencia, del verdadero tino práctico de 
nuestros ingenios, y es la de que sin la pretensión de reformadores, 
sin el orgullo de esos que se han llamado genios desconocidos , sin 
el intento de trastornar, sino de conservar mejorando, lo existente; 
pero al mismo tiempo , con el brio y resolución que distingue á los 
buenos estadistas, emitieron sus ideas y propusieron sus proyectos, 
muy lejanos de considerarlos perfectos , y mucho menos de darlos 
como panacea universal á todo género de males. Hé aquí por qué 
nos atrevemos á mezclar el nombre del ilustre Conde de Campo- 
MANES entre los que hemos mencionado en estos estudios : lo trae- 
mos aquí como un paréntesis , como un episodio interesante , con 
ánimo de hacer notar la ventaja que á los socialistas de allende el 
Pirineo ha llevado en la exposición de algunas ideas que estos han 
pregonado, alterando su naturaleza y consecuencias ; lo traemos 
para recordar que sus discursos sobre Id industria y educación po- 
pular, valen más en el fondo de sus principios prácticos (sin que to- 
dos hayan de tenerse por inconcusos) que los de muchos socialistas. 

Más de una vez, al recorrer nuestra historia literaria , nos ha 
ocurrido decir, que hay en ella nombres á los que para alcanzar 
celebridad europea sólo ha sobrado ser españoles. Y no quiere de- 
cir esto que semejante olvido sea ocasionado por ingratitud, pago, 
en verdad con que suele retribuirse á los que por veredas no tri- 
lladas se afanan en conducirnos á puerto seguro: las causas que en 
ello han influido son las mismas que han trabajado por arrinco- 
narnos en el campo de la civilización. Los buenos ingenios que en 
los dos últimos siglos meditaron acerca de los estorbos que impe- 
dían el desarrollo de nuestra prosperidad , ofrecieron sus proyectos 
como los pensamientos de un hombre de bien, sin aspiraciones de 
reformar el mundo , sin acordarse siquiera de afiliarse , cuando 
menos de convertirse en jefes de ninguna escuela económica ó po- 
litica ; caian sus ideas en una población que no habia empezado á 
sentir muy fuerte el estimulo que ahora impele, aun á los más hu- 
mildes, á agitarse; y fuera de los Pirineos, afectaban rechazar nues- 
tras obras en la ciencia los mismos que apenas han dejado de pug- 
nar por acorralarnos en la política. 

Sin la acción combinada de todas estas causas seria difícil com- 
prender que haya podido dejarse sumergida en la sombra la gloria 



356 SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 

que al ilustre Campomanes corresponde por sus trabajos y escritos 
en lo que hoy se llama economía social. Apenas habia publicado 
los discursos sobre la industria y educación popular, cuando ^,1 
historiador de América, Robertson, al ver el alcance y consecuen- 
cia de tales proyectos, daba la voz de alarma á las naciones qíie 
estaban en posesión del comercio lucrativo que los E spaTwles pro- 
curaban arrebatarles. Pocos autores hay, decia, aun en los países 
más versados en el comercio, que hayan llevado tan adelante sus 
investigaciones, con un conocimiento tan profundo de estos distin- 
tos objetos , y con tan pleno desprecio de las preocupaciones vul- 
g'ares ; ó que hayan reunido más felizmente la calma de los estu- 
dios filosóficos y el ardiente celo de un ciudadano animado por la 
pasión del bien público.» En efecto ; práctico sobre todo Campoma- 
nes, y conocedor del terreno, concibió un plan de modestas mejo- 
ras, en el que ruedan casi todos los principios, que, como buen me- 
tal , quedan en el crisol separados de la escoria de las modernas 
teorías. Sin aparato, sin exclamaciones fogosas , sin irritar las úl- 
ceras de la sociedad, tranquilo y afectuoso^ como un padre, aplicó 
sus doctrinas á una serie de reformas g-raduales , buenas á seme- 
janza de las de Solón , si no las mejores , para su tiempo. Así se 
distingue el verdadero hombre de Estado : el teórico en sus abs- 
tractas indagaciones vislumbra la perfección ideal, y á ella se en- 
camina sin rodeos ; pero en esa atmósfera imaginaria carece de 
punto de apoyo para enderezar el rumbo , y flota como los globos 
á merced de cualquiera ráfaga de viento. 

Campomanes dirigía sus tareas en beneficio de la clase del pue- 
blo más numerosa y poco adulada por la fortuna. Los males que 
las aquejan se arraigan en la ignorancia y la miseria , y á ambas 
procuró combatirlas escribiendo los dos citados discursos. Facilitar 
la enseñanza general primaria , y otra especial para las distintas 
profesiones , eran los medios adecuados al fin de que todos supie- 
sen ser buenos ciudadanos y diestros trabajadores; y esto trataba 
de conseguirlo por medio de bien organizadas escuelas. No descan- 
saba aquí su celo : la limpieza del cuerpo influye más de lo que se 
piensa en la pureza del alma ; por eso hacía del aseo una especie 
de deber á la clase artesana. Mas ¿cómo lograrlo todo? Por la ac- 
ción de los padres en la familia, de los maestros en el taller, y del 
Gobierno en áml?os. Tendiendo á esos fines , reformaba las legis- 
laciones gremiales , que aún no habia llegado la época de abolir. 



SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 357 

No sin razón miraba á la agricultura como base de la riqueza de 
nuestro país, y anhelaba para ella una protección sabia. «La mala 
inteligencia , escribía , de las leyes agrarias, daña en una nación 
tanto como las malas cosechas, y acaso más,» porque en efecto, 
« los temporales alternan , pero los sistemas mal entendidos obran 
permanentes y continuados perjudiciales efectos.» ¿Qué es la ri- 
queza? Al pensar en promover la dicha de las clases pobres, no po- 
día menos de ocurrir tal pregunta , y asi venia á tocarse lo que con 
titulo de derecho al trabajo sirve ahora de bandera para excitar 
las pasiones. Campomanes compendiaba racionalmente la discusión 
de las siguientes palabras : «La verdadera riqueza del Estado con- 
siste en que á nadie falte dentro del Reino ocupación provechosa y 
acomodada d sus fuerzas con que poder mantenerse y criar sus hi- 
jos. — La riqueza es el sobrante de lo necesario para el sustento del 
pueblo (1).» Estos dos axiomas, que más de una vez repite en diver- 
sos términos , encierran el criterio , la piedra de toque donde ensa- 
yar la bondad de los sistemas administrativos. D'Alembert los 
enunció de una manera más cortante en sus Elementos de Filosofía. 

«¿Sabéis cuál es la verdadera organización del trabajo? — pre- 
guntaban los discípulos de Fourier , resumiendo su sistema. — 
Pues es sencillamente, contestaban, la combinación de los trabajos 
agrícolas con los industriales.» Esto, que puede llamarse el gran 
hallazgo de esa escuela, constituía el alma de la industria popu- 
lar, ideada por Campomanes como recurso sencillo, hacedero y pa- 
cifico, para conseguir que no hubiese ociosos en el reino , y que 
todos ganasen con que mantenerse y criar sus hijos. 

«Todo el sistema de este discurso , escribía , se encamina á au- 
xiliar al labrador y su familia por medio de la industria, uniéndola 
en todo cuanto sea posible con la labranza. — Es preciso que los 
tres ramos de labranza , crianza é industria , se animen al mismo 
tiempo y con igu.il proporción. — La agricultura sin artes es lán- 
guida, porque la mujer, las hijas y los niños de un labrador donde 
no se ocupan en las fábricas, son una carga, aunque indispensa- 
ble, que abruma al jornalero, y enflaquece al labrador más aco- 
modado. — Inutiliza la institución de las sociedades en gran parte, 
cualquier descuido en la reunión de la industria común de hom- 
bres y mujeres. » Semejante combinación la consideraba fácil , di- 



(1) También decia que la buena política no debe permitir que haya mendig-os, ni 
que viva ocioso el que pueda irabaajr de cualquier modo. 



358 SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 

fundiendo entre los labradores la instrucción y los medios necesa- 
rios para que ejecutasen los artefactos de que hace uso más gene- 
ral el pueblo, y en los que se emplean las primeras materias indí- 
genas. Asi el trabajador del campo no perderla en el ocio las tem- 
poradas en que duermen las faenas agrícolas , y añadiría á su tra- 
bajo el de su mujer y el de sus hijos; y así también alcanzaba ese 
mayor desarrollo de inteligencia que origina la variedad en las 
ocupaciones. Deben preferirse los artefactos de más general uso, 
«porque las fábricas bastas utilizan al pueblo común , y en las 
finas los artesanos son meros jornaleros, apartados de la labor del 
campo : el dueño de la fábrica es un paseante por lo común que 
vive de la industria ajena.» Reprueba nuestro Economista la ex- 
plotación abusiva del trabajo al decir que «las fábricas populares 
no pueden prosperar por medio de compañías, ni de cuenta propia 
de comerciantes. Estos reducirían los vecinos y fabricantes á me- 
ros jornaleros dependientes de su 'ooluntad ; quedando los tales 
comerciantes y compañías con la ganancia, y el pueblo en la mis- 
ma miseria, y acaso mayor que la actual :>} y aun cree que seria 
más barato el trabajo de esta industria que el de las fábricas mag- 
nificas con gran número de telares , pues «la experiencia acredi- 
ta. .. . que en Flándes y Alemania se han aumentado las fábricas 
de lienzos por medio de la industria popular. Y es regla segura 
imitar en esta parte lo que ha probado bien en otros países indus- 
triosos.» No sería difícil hallar en tiempos más cercanos á noso- 
tros alguna prueba de lo que Campomanes indicaba. 

La Bélgica, — refiere el Sr. La Sagra en su informe sobre la in- 
dustria de aquel país en 1842, — nación un tiempo de costumbres 
puras y patriarcales , que sostenía su sistema industrial unido y 
asociado con la vida en familia y las tareas del campo, ofrece ya 
un incremento notable en la degradación de aquellas, y en el au- 
mento sucesivo de la generación ilegítima. » Hé ahí un hecho que 
hasta cierto punto aquilata el valor de los ideas de Campomanes; 
la fácil comodidad de la vida, y la pureza de las costumbres eran 
á su modo de ver la consecuencia precisa de sus proyectos , y uno 
de los países mejor administrados nos viene á mostrar al cabo de 
la senda opuesta, la relajación y la miseria. «La alianza de los 
trabajos agrícolas, con los de las manufacturas, es lo más útil, así 
para las costumbres como para la salud,» ha dicho el célebre Ba- 
rón de Degerando; tal era también el fundamento de la Industria 



SOBRE LA CIENCIA SOCIAL. 359 

popular, que han copiado los modernos pensadores, no sin extra- 
viarse en los funestos sueños del comunismo, ó en las engañado- 
ras ilusiones del falansterio (1), 

No es en esto sólo en lo que lleva la primacía Campomanes. 
Los apuros que obligan al labrador y al artesano á desprenderse 
prematuramente de los productos de su trabajo , ó á buscar el rui- 
noso auxilio de préstamos usurarios , han hecho proyectar, como 
medio de evitarlo, el establecimiento de depósitos comunales^ láñeos 
agrícolas^ etc. Pues bien , la idea cardinal de esos depósitos, fué ya 
explanada por el mismo, como una condición precisa para su indus- 
tria popular, en las siguientes frases: «Asi como hay pósitos para 
trigo, se podrían formar jOtí:r¿z acopiar las primeras materias^ dán- 
dolas fiadas á estas familias, y tomándoseles el importe á descuento 
de las manufacturas que trabajasen.» — «En cuanto Á suplir mate- 
riales y fondos , ya se toca en el discurso de la industria popular, 
que los pueblos lo podrán hacer á costa de los caudales públicos.» 
— «No se deben cobrar réditos de tales préstamos ó repuestos comu 
nes — — Aun de muchos pósitos de trigo.... se puede conmutar é 
invertir parte de su capital y caudal en estos repuestos públicos 
de las primeras materias. » La expresión de repuestos nos agrada 
por lo significativa, pues demuestra bien que esos almacenes comu- 
nales serian la provisión, el acopio de las clases trabajadoras. 

Hé aquí algunas de las importantes ideas que emitió nuestro 
Economista: muchas de ellas no han perdido su oportunidad á pe- 
sar del cambio que en situación y costumbres nos ha traido el cur- 
so de los tiempos. Nuestros labradores y artesanos, que no hace 
muchos anos se hallaban bajo más felices influencias que los de 
otros países, empiezan á resentirse de la agitación de estos. Los 
adelantamientos en las artes y en las ciencias , han dado á la in- 
dustria una extensión y una fuerza, que no cabe ya dentro de los 
estrechos limites de la agricultura, combinada con ella. ¿No hay 
algo, sin embargo de eso , que aprovechar en ideas semejantes á 

las de Campomanes? Nunca urge más que ahora dedicarse con 

decisión y buena fe á esta clase de estudios. Si en concepto de al- 
gunos economistas , el hombre es , como decia Cobden, un animal 
supernumerario, la verdadera economía nos enseña que el hom- 
bre y su bienestar son el objeto de las ciencias humanas. 

(1) Martínez de la Mata dejó ver esta misma idea en su Memorial, publicado en 1656. 

Alvaro Gil San2. 



EL CATOLICISMO Y LÁ FILOSOFÍA ALEMANA. 



II. 

Cuando escribiamos el primer articulo sobre el Catolicismo y la 
Filosoña alemana , no podíamos prever que tan pronto se hostili- 
zaran la raza germánica y la latina. 

Hace años que estudiando los sistemas filosóficos alemanes, y 
viendo la avidez con que la Francia los acogia , los comentaba y 
ensalzaba, temimos que una nación que abandonaba su tradición, 
su literatura y se ponia á escuela con Kant, con Hegel y con 
Krause, debia perder pronto la superioridad que poseia. 

En uno de los últimos números de la Revista dijo un escritor, 
á quien no conocemos y estimamos mucho, el Sr. Nunez de Arce, 
cuatro palabras, que elevan la cuestión entre Francia y Prusia á la 
altura desde la que únicamente puede ser justamente apreciada. 

Una nación cualquiera no puede vivir sin una filosofía que con- 
duzca á un dogma. Porque una filosofía verdaderamente grande 
atrae á todos los espíritus eminentes , á quienes de derecho corres- 
ponde la dirección de las sociedades, y la filosofía que los posee, 
por ellos posee y dirige la corriente de la Historia. 

Francia tuvo la alta honra de iniciar y difundir la filosofía de 
Descartes. Ninguna ejerció nunca una acción más poderosa, ni 
reunió nombres más ilustres de todas las gerarquías sociales. Su 
espíritu se difundió muy pronto por toda la sociedad penetrando 
y animando á todos los que pensaban , marcando con su sello todas 
las obras del siglo , y creando en fin una literatura que refleja en 
la pureza de su lenguaje , en la sencillez de sus reglas y en la no- 
bleza de los sentimientos, toda la elevación, toda la severidad 



EL Catolicismo t la pilosopía alemana. 361 

moral y todo el rigor metafísico que hay en el fondo del espiri- 
tualismo cristiano. 

Pero Francia debia conocer la verdad que encierran las palabras 
siguientes de San Pablo: «no seáis niños ni notantes, ni empuja- 
dos por el viento de toda clase de doctrinas , por las mentiras de 
los hombres y por la habilidad que tienen de seducir con arti- 
ficios.» 

De la vaguedad de las convicciones nace la vaguedad de la con- 
ducta, y no es de extrañar que el siglo XVIII, abandonando la 
tradición inmediata del XVII, hiciese caer á la Francia en un ver- 
gonzoso sensualismo, que suministra siempre alimento al amor 
propio , cierta dosis de opio á la conciencia y un velo que nos oculta 
nuestra tumba , término de todos nuestros progresos. 

El gran maestro del siglo XVIII, Voltaire, proclamó la filosofía 
de la sensación , diciendo: 

Et ce Locke en un mot dont la main courageuse 
A de l'esprit humain posé la borne hereuse. 

El feliz término , el dichoso limite , fijado por Locke al espíritu 
humano , era el sensualismo puro , que concluye con la tradición, 
con la autoridad y que aconseja á cada cual que marche solamente 
á la luz de su lámpara como condena la Biblia. 

La gran filosofía francesa, el esplritualismo cartesiano, fué 
desdeñada y aun ridiculizada por el superficialismo de Voltaire 
que tanto encarnó en el espíritu francés. Voltaire que tanto elo- 
giaba á Locke no tuvo para Descartes más que alguna frase des- 
deñosa. 

Descartes 

N'ayant jamáis lu pas méme TEvangile. 

Voltaire , acérrimo defensor de la tolerancia , creyó que la causa 
de la esclavitud del hombre consistía en los dogmas sobrenatura- 
les: que sobrepujando tales dogmas á la razón necesitaban para 
ser conservados del empleo de la fuerza y de la violencia. Le pa- 
reció por lo tanto el Cristianismo la más terrible calamidad de 
las naciones , y el destruirle el más glorioso servicio que á la hu- 
manidad podía hacerse. Porque siendo la intolerancia inherente á 
la revelación , las confundió en un mismo odio y juró por la des- 
trucción de ambas. 

Su espíritu de hostilidad á la Iglesia le hizo gritar en el Edipo: 

TOMO XVI. 24 



362 EL Catolicismo 

Nos prétes ne sont pas ce qu'un vain peuple pense, 
Notre credulité fait toute leur science. 

Es probable que Bossuet y Fenelon se hubieran reido al oir tal 
aserción, compadeciendo al buen critico. 

La verdad es que el volterianismo, pretendiendo ahogar al fana- 
tismo religioso , sembró el fanatismo de la incredulidad , ensal- 
z'indo el orgullo y la voluptuosidad, con romances obscenos y 
cuentos cínicos, á los que se habituó la capital de Francia y sus 
principales ciudades. 

Hé aqui por qué pensamos con el Sr. Nuñez de Arce que la 
Francia se encuentra hace tiempo vencida moralmente , porque se 
ha entregado en cuerpo y alma á sus propios contrarios , porque 
no ha salido del Volterianismo sino para entregarse al Krausismo, 
que aunque de escaso valor social , siempre sobrepuja al indiferen- 
tismo religioso. 

Pero dando de mano á estas reflexiones preliminares, volvemos á 
Tiberghien , quien , según lo expuesto en maestro anterior articulo, 
nos dijo: «O el Catolicismo ó el progreso, y no hay medio.» 

Los que no nos pagamos de palabras , preguntaríamos qué se 
entiende por progreso , metañsicamente considerado. El progreso 
tendrían que decirnos no puede ser más que la curación de una 
enfermedad y ó el desarrollo de un germen. Los católicos admitimos 
la primera definición y los racionalistas la segunda. 

Principiemos por ésta : Cuál fué el germen del hombre? El ra- 
cionalismo no ha encontrado otro génesis que el indicado y ex- 
puesto por Reynaud y Leroux , sabios franceses que han resumido 
toda la doctrina germánica. 

Ya hemos dicho que según los autores citados vivió el hombre 
en el seno de la naturaleza, como el niño en el seno maternal; 
que le era desconocido el mal en el estado embrionario en que 
vivió por espacio de veinticinco mil anos: que el mal después le 
hizo despertar, y luchando con él, fué venciéndole, creando una 
fuerza viva, que es el germen de todo progreso. 

Si hay quien rechace el misterio porque no le comprende, ¿quién 
comprenderá y admitirá el citado génesis racionalista por antí- 
frasis? Pero se nos preguntará si ese génesis no ha sido más pre- 
cisado por el racionalismo. Sí lo ha sido, y hé aquí cómo otro ra- 
cionalista le determina. 



Y LA FILOSOFÍA ALEMANA. 363 

«Fué en las regiones polares, donde el hombre nació del mono, 
»como el mono nació del animal inmediatamente inferior. Después 
»de varios resfriamientos del globo, el mono bajó al Mediodia, 
»pero al bajar dejó en el polo al que debia sucederle , el hombre. 
»Este primer hombre debió engendrar á otro más perfecto, que 
»después de un nuevo resfriamiento, empujaria á sus padres hacia 
»los climas más cálidos» (Lecouturier). 

Es justo confesar que esto es más explícito, pues ya sabemos que 
las regiones polares fueron la cuna del género humano ; que nues- 
tro primer padre fué un mono , aunque no ha explicado el racio- 
nalismo quién fué nuestro abuelo ó el padre del mono , á no ser 
que el mono fuera el prolem sine matre creatam. 

Lo cierto es que el progreso es el desarrollo de un mono , y si 
los monos no se trasforman ahora en hombres , será debido á que 
habrán cesado los resfriamientos del globo. 

Contendríais la risa ¡oh mis Sisones I ¿si al contemplar tal cuadro 
os llamaran? 

Y con toda sinceridad preguntamos: ¿Cuál génesis debe la razón 
admitir ; el hombre del Cristianismo , que Dios hizo como debia 
ser , ó el hombre mono , ó el germen que la naturaleza elabora en 
su seno que le sostiene en un estado embrionario ; que le arroja 
en seguida al mal , para que el mal le pulimente y perfeccione y 
para que le hiciese inteligente y libre? 

Ah ! sólo las bizarrías alemanas , las estravagancias de la filo- 
sofía sensualista , pueden admitir al hombre que pasa de la ani- 
malidad á la espiritualidad, aguijado por el mal. Es preciso igno- 
rar qué es una idea, qué es inteligencia, qué es razonamiento, 
qué es lenguaje para caer en tales absurdos. 

Pues por más que á un animal dotado de los sentidos más finos, 
le estimule y aguijonee el mal, nunca llegará á tener conocimiento 
del derecho , de la virtud , del honor : por más que le impresionen 
la luz , el sonido , la electricidad , el calor , nunca inventarán las 
teorías físicas que las explican. Por más trasformaciones que el 
animal experimente, por más que baje de las zonas polares á las 
templadas, no podrá adquirir la facultad de pensar ; porque la sen- 
sación en si misma , sea afectiva ó representativa, no es un grado, 
ni aun el más Ínfimo del pensamiento , no es el principio ni aun 
el bosquejo , para los que han saludado la metafísica. 

Los sensualistas , que temen tanto encontrar en el hombre un 



:^64 EL CATOLICISMO 

alma, como á una vibora en el bolsillo, son los que pueden admi- 
tir que de la animalidad pueda surgir el pensamiento. 

Si el progreso es el desarrollo de un germen , hay que buscar, 
como el mismo Reynaad lo dice, en el estado salvaje, en las pro- 
fundidades de los bosques , los materiales para los primeros capí- 
tulos de los anales del género humano. Porque el estado salvaje 
es el más vecino de la naturaleza, según el racionalismo. En este 
caso, todos los progresos debieran tender á volver á dicho estado, 
como Rousseau queria, con más lógica, por cierto , que todos sus 
descendientes. Y de toda esta doctrina podiamos decir lo que Vol- 
taire escribía á Rousseau . «Al leer vuestras maravillas de la vida 
salvaje, veinte veces he sentido el deseo de andar en cuatro pies.» 
Y nadie se admire, pues todos conocen políticos cuyo ideal es casi 
idéntico á la vida real de los salvajes. 

El estado salvaje no es el más vecino á la naturaleza, sino el más 
lejano de ella- La razón es sencilla, no puede llamarse natural sino 
lo que es impresión del autor de la naturaleza, lo que entra en el 
plan asignado á cada ser, escrito en sus funpiones y en sus propie- 
dades. ¿Y son nuestras propiedades y funciones acomodadas para 
vivir en los bosques? 

«El estudio de los salvajes , según el mismo Reynaud , paten- 
tiza que la muerte es considerada entre ellos como una cosa sa- 
grada, misteriosa. Por todas partes existen trazas de un culto, y 
es sobre las tumbas donde hay seguridad de encontrarlas. Parece 
que hay en el fondo del hombre un cierto instinto religioso, que el 
espectáculo de la muerte despierta, más que ninguna otra circuns- 
tancia de la vida. » 

Mas, por qué no buscáis la causa de ese instinto religioso? ¿No 
prueba que hay en el hombre algo más que la pura animalidad? 

La suposición del estado originario de pura naturaleza , priva 
al hombre de la rectitud, del claro conocimiento de Dios , del amor 
infuso de este primer ser, y de toda la grandeza de su destino. Le 
hace nacer en la ignorancia, y por esto tal estado sólo es concebi- 
ble en los sistemas que destruyen la metafísica. Según estos siste- 
mas antimetafisicos , el conocimiento depende de las sensaciones, 
ó porque las sensaciones lo son todo en el pensamiento, ó porque 
el pensamiento, no teniendo más que ideas divinas, todo llega á 
ser Dios , y en este materialismo ó panteísmo , el alma no puede 
ser más que una energía física ; ó por que el pensamiento no te- 



Y LA FILOSOFÍA ALEMANA. 365 

niendo más que ideas humanas , se vé falto de fuerzas para elevarse 
por encima de las impresiones sensibles , y para percibir la reali- 
dad de los objetos que le sobrepujan. Porque si el conocimiento se 
funda en las sensaciones , debe ser fruto de la experiencia y del 
tiempo, y el hombre no pudo gozar de él desde el principio. En 
este sistema sensualista, la ignorancia y la concupiscencia forman 
el estado natural del hombre. La esencia del espiritualismo filosó- 
fico y católico que une inmediatamente el hombre á Dios y le pro- 
pone por modelo, es la idea de la perfección en la ciencia , en la 
justicia, en la virtud, en la felicidad. La esencia de los otros sis- 
temas que, aislando al hombre de Dios, le dejan asimismo por 
modelo, le aplican sólo á la naturaleza corporal, y no ofrecen más 
dogmas que el Jucnndus sensus cura remota de Lucrecio. 

No hay, por tanto, en tales sistemas idea de perfección: se toma 
al hombre en su condición actual y no se concibe nada de superior 
á que pueda referirse ; lo que es , es lo que debe ser. Los males y 
los bienes resultan de su constitución y se compensan. Por estos 
sistemas antimetafísicos , el hombre nació defectuoso y miserable; 
la vida salvaje es la primitiva ; el progreso es el desarrollo del 
salvajismo. Pero el progreso supone una relación natural entre el 
ser que progresa y un tipo á que se refiere. En el naturalismo no 
no hay tal tipo. No hay más que el Fatum longum ordinem ve- 
rum. Quién concibe el progreso en tales sistemas? Hé aquí por qué 
podemos decir con un critico : « El espiritu filosófico del último si- 
glo no fué masque un espiritu de contradicción aplicado alas creen- 
cias. La costumbre y la autoridad destruidas, cada uno se ha for- 
mado hábitos y maneras según su naturaleza. Deplorables épocas 
en las que cada uno pesa todo con su propio peso, y marcha á la luz 
de su lámpara. No creemos progresar marchando hacia precipicios.» 

Para entrar en el examen de la otra definición del progreso, hay 
que atender á la naturaleza del hombre, y nadie extrañe que lo 
que corresponde á la pura metafísica, no pueda explicarse más que 
metafisicamente. 

El hombre es doble, dijeron los antiguos : hay en él algo más 
que un cuerpo. Por qué? Oigamos á un filósofo: «Hé aqui mi cuer- 
po, dice : ocupa una pequeña porción en el espacio; supongo á 
mis miembros inmobles ; cerrados todos mis sentidos , y á pesar de 
esto, recorro las tierras y los mares, mido la inmensidad de los 
cielos ; me trasporto á los lugares que deleitan ; desterrado, veo mi 



366 EL CATOLICÍSMO 

patria ; prisionero , vivo fuera de mi calabozo : converso con los 
ausentes ; escucho su habla ; me enternezco con su sonrisa ; evoco 
lo que ya no existe ; imagino lo que no es ; desde las cimas del 
presente, retorno al pasado y me lanzo al futuro; ser de un dia, 
concibo la eternidad; ser limitado, por todas partes concibo lo que 
no tiene limites. El ser que contiene todas estas maravillas , no es 
pues el cuerpo. » 

«Hé aquí mi cuerpo : todos sus órganos están equilibrados , ex- 
perimento la plenitud del bien estar que corresponde á la pleni- 
tud de la salud. ¿Y de qué procede, á pesar de esto, que me sienta 
oprimido por el temor, abatido por la tristeza, turbado por los pe- 
sares , conmovido por la esperanza, ulcerado por los remordimien- 
tos, consumido por el amor y agitado por el odio? El yo que gi- 
me, que suspira, que espera, que tiembla, que se acusa, que ama 
ó detesta, no es pues el cuerpo».... 

El hombre es doble , ¿ quién duda del espíritu que en él piensa? 

Guardaos de mirar como contestado lo que debe mirarse como 
incontestable : lo que se acostumbra á mirar como problemático 
acaba por ser dudoso. ¿Quién duda que hay dos naturalezas que 
asocian en su persona la vida y la inteligencia? ¿Quién duda de la 
superioridad del alma? 

Cualquiera vé que su alma está dotada de la facultad de compren- 
der la verdad, de apreciar lo justo, de gustar el bien. Cualquiera 
se entusiasma al contemplar que una naturaleza más excelente que 
la que los sentidos perciben , impera en él y en todas las criaturas , 

Cuanto más se estudia, más se admira de poseer verdades eter- 
nas , rayos descendidos de la luz divina y luz que le muestra y le 
asocia á la razón eterna. 

Y desde aquí percibe que no puede gozar de si mismo, ni con- 
servar su poder, sino siguiendo los designios de Dios , obedecien- 
do á la ley que impuso á su espíritu, de consultar en todo á la ra- 
zón eterna, en la que nos movemos, vivimos y somos. Por esto el 
hombre se enorgullece de encontrar en los principios de su razón 
el gobierno de su persona y los grandes titules de su dignidad. 

Siendo todo esto evidente de suyo, ¿puede alguno poner en duda 
cuál de las dos naturalezas debe reinar sobre la otra? ¿Puede pre- 
guntar si la razón debe someterse al dominio de les sentidos , ó re- 
cibir las inspiraciones de los apetitos orgánicos? Es concebible 
que la voluntad, despreciando su independencia, se pongan al ser- 



Y LA FILOSOFÍA ALEMANA. 367 

vicio de los instintos del animal? Ah ! no. El hombre se vé coloca- 
do muy alto, porque advierte que refleja en su pensamiento la inte- 
ligencia que le concibió; porque sabe lo que ignoran las otras cria- 
turas , de dónde viene y adonde va. El hilo de sus ideas le con- 
duce á su creador y con él le estrecha. Admirado de contemplar 
en su espíritu siempre presentes ideas eternas , advierte que es- 
tas ideas son propiedades de un ser eterno ; que cuando en ellas se 
arraiga, se arma de todo su poder, se coloca en el seno de Dios, y á 
esta altura, las ideas de verdad, de bien y de justicia se establecen 
como soberanas, y resistirlas es empeñarse en una lucha homicida. 

El que desconoce á Dios , ignora á la vez el fundamento de sus 
ideas, carece de convicciones, marcha á la incierta luz de los sen- 
tidos, ha perdido sus honrosos títulos; y los instintos, los intereses, 
el capricho, la fuerza bruta, le empujan en diversas direcciones, 
le abisman en mil extravíos. 

Hé aquí lo que la filosofía nos enseña de consuno con el catoli- 
cismo sobre la naturaleza del hombre : que no debe estimarse éste 
sino por sus cualidades interiores ; que no debe amar más que el 
bien, ni vivir sino para hacer triunfar la verdad y la justicia en si 
mismo y en la sociedad á que corresponda. Solamente los que des- 
precian el estudio lento, pacienzudo de la metafísica, los que tie- 
nen más gusto por saltar por generalidades políticas ó históricas, 
son los que pueden dudar de las verdades anteriores. 

Pero dando un paso más hacia nuestro objeto: si el hombre, filo- 
sóficamente considerado, es lo que llevamos indicado; ¿qué es, tal 
cual la experiencia nos le muestra? La experiencia nos dice que 
apenas pisa el hombre los umbrales de la vida, se encuentra sub- 
yugado por el instinto de la nutrición : que el sentido del gusto le 
hace emplear su inteligencia en buscar los objetos que puedan sa- 
tisfacer á aquel instinto: que el mismo deseo nace en seguida para 
todo lo que deleita á los demás sentidos, y que unos y otros le do- 
minan tan pronto, que antes que pueda comprender y gustar los 
deleites morales, se ve tiranizado por la sensualidad. 

Pero á la par que el cuerpo crece y se desarrolla , los sentidos, 
más imperiosos é indomables, no dejan á la inteligencia otro ser- 
vicio que el de satisfacerlos. 

Y después, el espectáculo de la vida sensual, que por todas par- 
tes le circunda, enardece su concupiscencia y corrompe la savia de 
su alma. Sacrifica los bienes de ésta, y consagra todas sus afeccio- 



368 EL Catolicismo 

nes á los bienes del cuerpo. Poco á poco se establece en su espíritu 
el reino de la materia, y asi la vida sensual ahoga la vida moral, 
haciendo de la primera la apoteosis de la existencia. Cree encon- 
trar la imagen de sus méritos en los bienes que posee , en el lujo 
de sus vestidos y de sus muebles, ó lo que es igual, en su corteza 
piensa encontrar su sustancia. 

Y al contemplar todo esto, que la experiencia nos muestra á to- 
das horas, podemos preguntar: ¿es la sensualidad ó la razón la so- 
berana del mundo? ¿Sirve la inteligencia más que para plegarse á 
las exigencias del cuerpo? ¿No parece que Dios haya condenado al 
hombre á la esclavitud de los sentidos? Si al crear al hombre, dice 
un filósofo, hubiera dicho Dios á la materia: hé aquí un alma á tu 
servicio ; ejerce sobre ella un imperio absoluto ; sus facultades de 
conocer y amar son tus esclavas, ¿habria obra más bien rematada? 

Y si después del individuo observamos á las sociedades, ¿encon- 
tramos por ventura una aplicación más perfecta de las ideas mo- 
rales? ¿Vemos más que guerras continuas entre naciones y parti- 
dos, que sin cesar se disputan el dominio d^l mundo? 

Siendo esto conforme con la realidad y la experiencia, ¿por qué 
rehusa el hombre aceptar el destino exclusivamente animal? Esto 
le es insoportable: la ignorancia le parece un crimen; por taparla, 
se paga de sutilezas y palabras ; prefiere más ser monedero falso, 
que pasar por indigente. 

Es en el hombre además un indicio, ó más bien una prueba evi- 
dente de su degradación, la necesidad de un estudio'incesante para 
robustecer su inteligencia. El espíritu, como el cuerpo, dice un fi- 
lósofo, no puede vivir sino con el sudor de su frente. Si no estudia 
incesantemente, le dejan atrás los progresos de las ciencias; el sa- 
ber de hoy es la ignorancia de mañana. Extraña enfermedad la de 
nuestro espíritu: no puede descansar sin debilitarse: como los moli- 
nos de los arroyos, si no andan en invierno se hielan. 

La contemplación de estas tristes realidades hace conocer al 
hombre que el espíritu ha perdido sus alas; que no puede salir de 
la prisión de los sentidos; que no puede elevarse á la región de la 
verdad, de la belleza y del bien, y de aquí sus continuos quejidos, 
de aqui su poesía melancólica de todas las edades. Omnis creatura 
ingemiscit, decia San Pablo. Video melioray probo que et deterio- 
ra sequor, decia Ovidio. 

De la doctrina expuesta resulta que hay un contrasentido en las 



Y LA FILOSOFÍA ALEMANA. 369 

cosas, un desorden en la condición de los seres; que el mundo está 
siempre en crisis , y que su aator no supo al parecer lo que hizo. 
¿Cómo explicar este contrasentido? 

El catolicismo le explica por la caida, sin la que, decia Pascal, 
es todo más inexplicable que la caida misma. 

Platón, que es sin duda la primera autoridad en filosofía, fué el 
primero que reconoció que las ideas morales son inconciliables con 
los desórdenes que reinan en el hombre, y por lo mismo no podia 
admitir que saliese de las manos del Creador este cuerpo en rebe- 
lión permanente con los principios morales. Si se veia precisado á 
reconocer que el cuerpo habia sido hecho para el servicio del alma, 
sentia á la vez que el alma está crucificada como en un instru- 
mento de suplicio. 

A fuer de meditar. Platón dedujo que el hombre es una verda- 
dera antitesis; que el género humano es indigno del Creador; que 
el hombre no se encuentra en su estado natural ; que debia haber 
experimentado alguna catástrofe , y que la tiranía de los sentidos 
que sufre debia ser el castigo de un crimen cometido en una exis- 
tencia anterior. 

Suponiendo la idea de la preexistencia, que por si nada explica, 
Platón se conforma en todo con el cristianismo, sobre la caida pri- 
mitiva, que es el fundamento de la doctrina católica. 

Y hemos dicho que la preexistencia con la que el racionalismo y 
las falsas filosofías pretenden explicar la desigualdad de condicio- 
nes y los males de la humanidad, nada explica, porque tendríamos 
que exponer y probar el origen del mal en los seres preexistentes. 
La preexistencia, por tanto, no hace más que recular la dificul- 
tad, y no ha merecido serias impugnaciones. 

Siendo la caida primitiva un hecho confirmado por la metafísica 
y la historia , claro es que el progreso no es más que la curación 
de la enfermedad contraída en dicha caida. Si el hombre sufrió tal 
caida, preciso es que se levante para marchar hacia sus grandes 
destinos: si salió del orden por el pecado , preciso es vuelva á en- 
trar en el orden para encontrar los bienes que ansia. ¿No es esto 
evidente de suyo? 

¿En que consistió la caida y la degradación? En que el pensa- 
miento y el amor del hombre se separaron de su autor ; en que la 
inteligencia y la voluntad abandonaron sus vias naturales, sepul- 
tándose en la esclavitud y en la idolatría. ¿Podia esperar su reden- 



370 EL CATOLICISMO 

cion de los dioses que él mismo habia fabricado? Cuanto más confia 
en ellos, más se abisma. ¿Podia esperarla de las instituciones civi- 
les? Las Constituciones del antiguo mundo hacian al hombre es- 
clavo del Estado, y lejos de elevar al hombre á Dios, le hacian ba- 
jar al rango de las cosas físicas. Los veinte siglos de experiencia 
sobre la influencia de las Constituciones , demuestran que no era 
dado á las fuerzas de la humanidad el sacarla de su caida, pues 
que eran esas mismas fuerzas las que le habian debilitado, las que 
le habian hecho caer. Era preciso, por tanto, una fuerza por cima 
de las suyas, una fuerza sobrehumana para levantarla. 

Se nos dirá que esto es discurrir como católicos, y nosotros deci- 
mos que asi discurren los Krausistas. Oigamos al mismo Tiberghien. 

«La religión del Edén debió ser el monoteísmo. Las tradiciones, 
»en defecto de pruebas, — como si las tradiciones no fueran prue- 
»bas, — están de acuerdo en este punto. Las inducciones mismas 
»están en favor de esta opinión. Si se consultan los libros de la In- 
»dia, de la Persia y de la Palestina, se conoce que los monumentos 
»más antiguos son los más favorables á 1^ creencia en un solo 
»Dios , y que el politeísmo en Oriente no es más que una mutila- 
»cion del monoteísmo.» 

»Pero siendo así, ¿cómo explicar la adoración de los dioses y de 
»los ídolos? El pasaje del monoteísmo al politeísmo demuestra una 
»caida; esto es incontestable. Admitir dioses, después de haber re- 
»conocido á un solo Dios, no es progresar; es caer. La caida, pues, 
»es un hecho real , no una hipótesis, y este hecho se verifica de 
»nuevo por las leyes del desarrollo de la humanidad, confirmada 
»por las tradiciones. El recitado bíblico no debe ser repudiado, sino 
»solamente despojado del carácter maravilloso con que se le ha se- 
»llado, y de las consecuencias desastrosas para el orden moral, que 
»el dogma católico ha deducido.» 

La caida, según los Krausistas, es un hecho , y no una hipóte- 
sis, como lo es el pasaje de la creencia de un solo Dios á la creen- 
cia de muchos. Por lo tanto, no principió el hombre por la igno- 
rancia y el salvajismo; no es el progreso más 'que el retorno á las 
verdaderas creencias, la curación de una enfermedad, la del poli- 
teísmo. Esto mismo dice la Biblia. Pero el recitado de ésta, aña- 
den, debe ser despojado del carácter maravilloso con que se le ha 
sellado por el catolicismo. Pero ¿quién encuentra ese carácter ma> 
ravilloso en que Dios ordenara al hombre una cosa fácil de cum- 



Y LA FILOSOFÍA ALEMANA. 371 

plir, en que éste le desobedeciera, y que, abandonando á su autor, 
se sumergiese en la ignorancia y en la miseria? 

¿No es, por el contrario, natural que si el espíritu debe estar uni- 
do á las ideas superiores, que constituyen la razón eterna, goce de 
toda luz en dicha unión? Que si la unión es completa, como lo fué en 
el principio, goce el hombre de todo su poder? Que si se rompe por 
la caida, el hombre se degrade? Que si reanuda por la redención, el 
hombre se levante y camine de progreso en progreso? ¿Hay teoría 
más lógica que esta? Todo lo que nos rodea es maravilloso, y nada 
lo es más que nuestra existencia espiritual para los que examinan 
qué es una idea, de dónde nace, cómo se enlaza con las demás, y 
cómo vigoriza al hombre. Los que desprecian los estudios metaf isl- 
eos no comprenderán nunca científicamente la caida ni la re- 
dención. 

Y cuando todo esto se estudia prolijamente, se pasma uno al oir 
á Tiberghien que la caida, según el catolicismo, ha producido con- 
secuencias desastrosas para el orden moral, como si el orden fuera 
explicable sin la caida y la redención. 

¡Qué moral la de estas gentes! 

La caida que no motiva males, como motivan todas las caldas, 
aunque caigamos sobre alfombras, no pudiendo negarla los Krau- 
sistas, la explican del siguiente modo : 

«La caida, añade Tiberghien , es el memento crítico que separa 
» entre sí las dos primeras edades de la vida. Como el niño nace en 
»el dolor y comienza su evolución espontánea al desprenderse de 
»su madre, la humanidad dejó el edén en la agonía y comenzó su 
»existencia aventurera desprendiéndose de Dios. Después de haber 
» vivido en paz con sus semejantes y con todos los seres del mundo, 
»los hombres adquirieron gradualmente la conciencia y el sentí- 
»miento de sus fuerzas, de su saber, de su independencia; exalta- 
»ron su poder, el orgullo penetró en sus almas y rompieron vio- 
»lentamente las relaciones íntimas que les unían á Dios y á 1íi 
»naturaleza. Así cayeron en el desorden, en el mal, en el error y 
»entraron insensiblemente en un período de oposición, de lueha, 
»de guerra; se vieron condenados á no contar más que consigo 
»mismos y á buscar penosamente en el aislamiento y en la inquie- 
»tud una nueva ruta y nuevos medios de cumplir sus destinos. 
»Esta crisis, fundada en el desarrollo natural de la humanidad, 
»no fué un mal en si misma. Era necesaria para que la humanidad 



372 EL CATOLICISMO 

»pu(iiese adquirir la experiencia de la vida y desplegarse en plena 
»libertad en el conjunto de sus órganos.» 

Cuando hemos leido y meditado el anterior pasaje, hemos dicho; 
ó nuestra razón es limitadísima de suyo, ó la de tales filósofos no 
está en sus goznes. 

Si, el Krausismo quiere decir, porque es preciso adivinar para 
entenderlos, que el estado inconsciente precedió al concienzudo, 
como el niño que se desprende de su madre para entrar en la vida 
personal y activa, es decir, lo mismo que decia Reynaud sobre el 
estado embrionario, sobre el seno de la naturaleza, etc., etc. 

Mas no seria tal su pensamiento , pues que añade que viviendo 
con Dios vivió el hombre en paz con sus semejantes y con los de- 
más seres. No pudo vivir con Dios y en paz con sus semejantes in- 
conscientemente; sin conciencia no hay vida moral. 

Si vivió conscientemente con Dios y á la vez en paz con sus se- 
mejantes, vivió feliz y contento, como dice la Biblia. 

Si se desprendió de Dios, cayó en la ignorancia, en la esclavi- 
tud, en la idolatría, como dice la historia; ^i tal desprendimiento 
no es una caida, será porque el desorden, el error y los males son 
bienes y progresos. 

Si estos males nos hacen adquirir la fuerza, el saber, la inde- 
pendencia, como el autor supone, el hombre hizo bien en emanci- 
parse de Dios. 

Y por lo mismo, cuanto más de Dios se aleje y se interne en la 
vida aventurera de las pasiones y de las guerras , más progresará 
en todos sentidos. 

Por la estupenda doctrina expuesta, hé aquí lo que los Krausis- 
tas deben decir á Dios: «Nos engañamos pensando que por la caida 
nos debilitamos é hicimos miserables, Al contrario, por ella nos 
encontramos en nuestra condición natural, como vos quisisteis. 
Nuestro error, creyendo al catolicismo, fué grave, pues que estáis 
contento con nuestra actual condición, y porque nuestras inclina- 
ciones al mal son la pasta de que nos formasteis. Los males de la 
caida no son más que una ilusión, y las creencias sobre el dogma 
católico un delirio universal. » Hé aquí la conclusión del Krausismo . 

Que nuestros lectores mediten si la doctrina católica de la caida 
es más metafísica, más moral y más lógica que la del Krausismo, 
y vengamos á otro punto con el de la caida ligado. 

La caida supone la redención: una sin otra son ininteligibles, 



Y LA FILOSOFÍA ALEMANA. 373 

como lo asevera otro krausista, Juan Reynaud. «En efecto, dic9, 
si Jesucristo encarnó, era preciso fuese para un fin proporcionado 
ala grandeza de este incomparable milagro; porque si Dios, que 
no obra jamas en vano, hubiera querido solamente despertar entre 
los hombres el conocimiento del divino tipo de su perfección , hu- 
biera infaliblemente seguido una via más sencilla. Mas si habia 
un motivo para que Jesús se hiciese hombre, le habia también 
para que sufriese; y como no se puede encontrar tal motivo en una 
naturaleza sin tacha, habia que fundarle en la culpabilidad radical 
del género humano, cuya enormidad podia exigir la intervención 
de un tal reparador. Asi, pues, no puede creerse en la realidad de 
la historia de Jesucristo sin creer en la realidad de la de Adán.» 

Es preciso confesar que esto último es lógico ; y sobre lo pri- 
mero después nos ocuparemos de toda la teoria de Reynaud. La 
caida y la redención se suponen y engastan estrechamente ; y ha- 
biendo dicho lo suficiente para dar una idea sobre la primera , nos 
cumple hablar de la segunda. 

Pero al tratar de Jesús, nos encontramos con el obstáculo de la 
obra del Doctor Strauss, que tanto ruido ha causado, y que tam- 
poco merecia causar, si se medita que es preciso algo más que un 
sistema para derribar al cristianismo . 

La obra de Strauss, hija directa del racionalismo , nos presenta 
el Evangelio, en sus hechos milagrosos, como un conjunto de 
mitos; á Jesucristo como un ser de razón, sin ninguna realidad; 
á su doctrina como la sabiduría de todos los siglos en su desarrollo 
humanitario. 

Se ha dicho que por tal sistema era fácil hacer de Napoleón I 
y sus doce Mariscales un Apolo y los doce signos del Zodiaco , y 
tienen razón, porque el racionalismo padece una monomania mis- 
tica, que le es precisa para prescindir por completo de la historia, 
su constante enemiga. Derribando toda certidumbre histórica, 
pueden hacer de Alejandro, de César y Constantino diferentes 
mitos que entretengan á los poco escrupulosos en lógica. 

Ya se ha dicho á Strauss que un mito no puede ser más que la 
figura de una época fabulosa , en la que la imaginación suple la 
ausencia de una tradición cierta. Pero suponer un mito en una 
época tan reciente, en una nación civilizada, que poseia una lite- 
ratura, una filosofía y una historia escrita, hasta con minuciosidad, 
es una ocurrencia que una razón serena no se cansa de admirar. 



374 EL CATOLICISMO 

Los Evangelios no datan de una época fabulosa, desprovista de 
tradición; los Evangelios están justificados por los contemporáneos 
de Jesús, y el mismo Strauss confiesa que si los mismos Evangelios 
fueron redactados por los que llevan su nombre , la hipótesis mis- 
tica cae por sí misma. Pero si los Evangelios no son de los que 
llevan su nombre, ¿de qué obra histórica podemos estar ciertos? 
Y si no son de sus autores, ¿cómo se formaron? 

Hé aquí la explicación de Strauss. Dejando á un lado el mito, 
porque unas veces le adopta y otras de él prescinde, los Apóstoles, 
dice, no pensaron escribir ia vida de su Maestro, como Jesús mis- 
mo tampoco pensó. Dispersados los Apóstoles por la vasta exten- 
sión del Imperio romano, obligados por sus destinos á separarse 
unos de otros, terminaron su carrera antes del fin del primer si- 
glo. Mas el recuerdo de las acciones de Cristo no se habia borrado 
de ellos. Habia sido objeto de sus conversaciones y de sus predica- 
ciones con los discípulos más queridos , y éstos repitieron después 
lo que habían oído de tan bella historia. Mas si los Apóstoles tras* 
mitieron lo que habia pasado ante sus ojos, no se conservó des- 
pués entre sus sucesores. 

Pasando de boca en boca esta historia, debió cargarse de extra- 
ños elementos ; debió perder su pureza primitiva. Los diferentes 
escritos no compusieron en un principio un todo bien coordinado; 
poco á poco tomaron una forma regular como la que hoy tienen. 
Cuanto más crédito se les ha atribuido , se les ha concedido más 
antigüedad. Se les dio por autor al Apóstol que habia suminis- 
trado los primeros materiales, y formada de este modo la historia 
evangélica, es como supone Strauss se introdujo en ella el mito. 

De aserciones en aserciones, todas gratuitas y fáciles de forjar, 
llega Strauss á su objeto, el de mostrar en Jesús un personaje 
ficticio. Parece á veces le atribuye cierta especie de existencia 
real; mas después, no viendo la necesidad de conservar esta exis- 
tencia, que quisiera prestarle, nos dice ingenuamente «que todo 
»lo que dice de Cristo debe de entenderse de la humanidad. "í) |Qué 
lógica, qué crítica!» 

Divide después el Evangelio en tres períodos: historia del naci- 
miento y de la infancia de Jesús; historia de su vida, é historia de 
sus últimos instantes. 

La historia del nacimiento no es más que la reunión de mitos 
filosóficos ó dogmáticos, ideados exprofeso para apoyar ciertas 



Y LA FILOSOFÍA ALEMANA. 375 

opiniones preexistentes respecto al Mesías, y para formar un ar- 
reglo de circunstancias que realizase lo que se esperaba de él. 

Debia proceder de David; debia nacer de una Virgen, según 
Isaías, y su vida principió por el Bautismo, hecho histórico, con- 
vertido en mítico por la imaginación de Strauss. 

El mito prosigue engrosando, y principia por la elección de los 
doce Apóstoles, que para Strauss no significa más que las doce 
tribus de Israel. ¿Quién no reconoce los caracteres del mito en los 
milagros de Jesús? Míticas las curas de los enfermos; míticas las 
resurrecciones de los muertos; míticas las tempestades calmadas; 
mítico el cambio del agua en vino, y mítica la trasfiguracion. 

Todo es igualmente mítico en los últimos instantes de Jesús, y 
Strauss señala cuatro grandes mitos á su muerte: el trastorno de 
la naturaleza, que tiene su paralelo en todas las mitologías; el 
lanzazo inventado para la apología; los guardias colocados en el 
sepulcro para hacer creer la resurrección; la ascensión, último 
mito que corona todos los otros. 

Si se quiere encontrar la historia de Cristo descargada de todo 
el aparato mítico, encontraremos, según Strauss, que Jesús no fué 
más que un Judío piadoso, ilustrado, discípulo de Juan Bautista. 
Este discípulo imaginó un dia que él podia ser el Mesías, y se 
separó de su precursor y escogió á sus discípulos. Sus reprimendas 
á los Fariseos motivaron que éstos le hiciesen morir como á un 
perturbador. Su doctrina era muy buena, no obstante de que no 
la poseemos tal como él la predicara. Pero este Cristo, así fabri- 
cado por el hábil Doctor, y desnudándole de todo mito, ¿nos que- 
daría para siempre? Nó. Esa historia, compuesta sólo de mitos, 
¿será más que un gran mito filosófico, cuyo fondo es la idea de la 
humanidad'^ Y concluye aseverando: <^Todo lo que los autores sa- 
grados refieren de Cristo, debe entenderse de Idihumanidad, » Este 
Dios, hecho hombre, anunciado por los Evangelios, es la Jinmani- 
dad, porque es la unión del principio divino y del principio hu- 
mano. Este Niño de la Madre visible y del Padre invisible, es la 
humanidad, que es el ser dotado de un poder milagroso. Es la 
humanidad la criatura sin pecado y sin mancha. Está al abrigo 
de todo reproche. La falta es del individuo, y desaparece cuando 
se mira la historia de la especie toda entera. Es ella la que muere, 
resucita y sube al cielo; se despoja por la muerte de su envoltura 
grosera; asciende á una vida espiritual más noble, más digna de 



376 EL CATOLICISMO T LA FILOSOFÍA ALEMANA. 

ella, que, desprendiéndose de las trabas que la retienen en la tier- 
ra, se une al espíritu infinito que reina en los cielos.» 

Hé aquí en cueros el sistema de Strauss, desenvuelto en dos 
grandes volúmenes, que son la expresión del cristianismo humani- 
tario, tan en voga en nuestros dias. Pensamos que su sucinta ex- 
posición basta para que cualquiera se admire de cómo un romance 
que prescinde de la historia y se adhiere á abstracciones idealistas 
y chocantes, pueda ser leido y admitido por hombres pensadores y 
de regular criterio. {Qué siglo I 

«El método, dice Edgard Quinet, que Wolf y Nieburh aplicaron 
á Homero y á Tito Livio , Strauss lo ha aplicado al cristianismo: así 
como Homero y la historia romana se desvanecieron como un humo 
en manos de los dos primeros. Cristo desapareció á su vez en el 
trabajo del último. Los recitados de los cuatro evangelistas no son 
más que una serie de alegorías y de fábulas como las de Esopo y 
la Fontaine; en una palabra, un mito. El Cristo, en este sistema, 
no es más que un sueño, una epopeya mítica, que va á unirse á 
la epopeya griega y á la epopeya romana.... Si os sometéis sin 
crítica á las premisas del simbolismo alemán, vais á parar á las 
cuestiones sobre los milagros de Voltaire.» 

¡Oh grande, poderoso, burlesco Proteo, infernal Voltaire! Hé 
aquí la religiosa Alemania, que cae en vuestras manos, en las 
garras de Satanás, que la desgarran bajo el ala del ángel Abba- 
dona. ¿No sois vos quien resucitáis bajo esta nueva forma, y que 
para mejor engañar el mundo, revestís como vuestra túnica la de 
la ciencia alemana? ¿Dónde huir? ¿Dónde ocultarse? ¿Dónde sal- 
varse? Habia un ruiseñor alemán que llenaba con sus melodías las 
florestas de la Heresinia. Los pueblos corrían en tropel á escuchar 
su voz encantadora. Sentían al oírle volver á entrar en sus cora- 
zones la fé que habían perdido y la poesía de los antiguos dias. Un 
soplo divino los reanimaba, y sus almas se lanzaban sobre las alas 
de este pájaro misterioso para recorrer las esferas melodiosas. Pero 
hé aquí que una serpiente se habia deslizado hasta el tronco de la 
próxima encina. El ruiseñor la percibe y se oculta, y sea por te- 
mor, sea por amor, sea por un encanto más poderoso que el suyo, 
cae revoleteando en la impura boca de la serpiente, que le dice: 
¿Me conocéis? Soy el escepticismo. Los pueblos, al oír esto, se 
retiraron y lloraron durante tres dias.» 
Béjar, Setiembre 16 de 1870. ( Se continuará.) 

NlCOMEDES MaETIN MaÍEOS. 



1 



LOREisrzo mecí, 

GENERAL DE LOS JESUÍTAS. 



ARTÍCULO PRIMERO. 

No nos proponemos escribir la biografía de este célebre perso- 
naje, que falleció en prisión, después de extinguida por Clemen- 
te XIV la Compañía de Jesús. Las vivas polémicas que acerca 
del General Ricci se han cruzado entre amigos y enemigos de los 
Jesuitas , nos han decidido á publicar algunos fragmentos de car- 
tas originales del General , que revelan en gran parte su carácter 
y pueden ser decisivos para resolver entre las censuras ó elogios 
de amigos y adversarios. 

Suprimida la Compañía de Jesús y desterrados los Jesuitas de 
Portugal , Ñapóles, Francia, España y Ducado deParma, por cau- 
sas de nadie ignoradas , comenzaron estas Cortes la negociación 
diplomática para conseguir del Papa la extinción completa de la 
Compañía. De común acuerdo se dejó la dirección de este negocio 
al Rey de España ; pero las indecisiones , la resistencia de los Je- 
suitas , la necesidad de reunir el Santo Padre las pruebas de las 
acusaciones fulminadas contra los religiosos y otras causas , hicie ■ 
ron que la negociación se arrastrase lánguida y trabajosa , hasta 
el punto de creerse algunas veces completamente abandonada, 
á pesar de los vivos deseos de todas las Cortes de las casas de Bor- 
bon y de Braganza , que deseaban ver justificadas y confirmadas, 
por el Breve de extinción , las medidas violentas adoptadas contra 
los Jesuitas en sus respectivos Estados. Mucha parte de que no 
avanzase en Roma el deseo de la Casa de Borbon, consistía en la 
falta de una persona hábil y decidida que tuviese las prendas de 
TOMO x\i. 26 



378 LORENZO RICCI, 

carácter necesarias , y talento bastante para hacer triunfar allí los 
proyectos de los reyes interesados. D. Tomás Azpuru, Arzobispo de 
Valencia', por sus costumbres , su estado y excesiva bondad y ca- 
rácter, no era el hombre á propósito para luchar, ni con las manas 
y dilaciones de la Curia romana,'ni con el Cardenal de Bernis, em- 
bajador francés, quien no parece interpretó siempre fielmente, 
durante el curso de la negociación, las órdenes oficiales de su 
Corte ; ni era capaz de calmar las fogosidades del agente portu- 
gués , que queria llevar las cosas precipitadamente y con gran 
rudeza de formas. Pero nuestra Corte no queria indisponerse con 
Azpuru, y á no ser por la muerte de este embajador , ocurrida en 
Italia , no habrian conseguido las Cortes Borbónicas tan pronta- 
mente el anhelado Breve. Después de la muerte de Azpuru, la es- 
cena se transforma con la presencia en Roma de D. José Moñino, 
Conde después de Floridablanca , y embajador nombrado espe- 
cialmente para dirigir y terminar la negociación. Moñino desplegó 
tanto talento, energía y habilidad, que destruyó en poco tiempo 
todos los obstáculos que se oponían al objeto de su viaje. A los 
aplazamientos contestaba con nuevas y enérgicas reclamaciones; 
contra las lisonjas y ardides de Bernis , invocaba las órdenes ter- 
minantes de su Corte, encargada exclusi'v amenté, con acuerdo de 
todas las demás , de la dirección de este asunto ; y á los libelos, 
sátiras é intrigas de los Jesuítas amenazados , oponia las más vi- 
vas intimaciones contra sus autores. De este modo, y eficazmente 
secundado por el Rey de España y sus Ministros , cerró Moñino á 
Clemente XIV todos los caminos , y consiguió el Breve de extin- 
ción y disolución de la Compañía de Jesús, que tiene la fecha de 21 
de Julio de 1773. En un papel expedido desde Roma, en 18 de 
Agosto del mismo año, y que está archivado en Simancas, se dá 
en los siguientes términos cuenta de la extinción de la Compañía 
en Roma. 

«El dia de San Roque, á las ocho y cuarto de la noche, de orden 
de Su Santidad fueron ocupadas todas las casas de los Jesuítas de 
esta Corte, con ministriles por fuera y soldados por dentro, habien- 
do intimado la abolición de la Compañía ; cerrados todos los archi- 
vos, cuartos de habitación y todo lo demás , sacadas las camas á 
los corredores donde duermen y viven con soldados de vista, y el 
General con ocho soldados con bayoneta calada. —Mañana á la no- 
che es el término de los tres dias para no sé que fines , y veremos 



GENERAL DE LOS JESUÍTAS. 379 

las resultas , como también la bula que se publicará, cuya data es 
de 21 de Julio, j el Breve de 6 del corriente. » 

La extinción de la Orden , como cuerpo, no abrió las puertas de 
los Estados Borbónicos á los que á ella pertenecían, y aunque se 
los toleraba en los Estados de Roma , afluyeron más principal- 
mente los expulsados que pudieron hacerlo, á Rusia , Prusia y 
Austria. Catalina II y María Teresa proteg-ierou bastante á los Je- 
suítas , aunque la seg-unda se adhirió al fin á la extinción y les 
ocupó las temporalidades ; pero el paladín defensor de los Jesuítas, 
en aquella época, fué el rey filósofo Federico II. Este principe re- 
sistió y desobedeció el Breve ; conservó la corporación de los Je- 
suítas en sus Estados, y en su correspondencia explica la causa de 
esta conducta, al parecer tan anómala. En una carta de Voltaire á 
Federico el 8 de Noviembre de 1773, le decia : «Cuéntase que An- 
tonio hizo el viaje de Brindis á Roma en una carroza tirada por leo- 
nes. Vos engancháis zorras á la vuestra, pero les pondréis un freno 
en la garganta, y si fuese necesario las atareis por los rabos , y les 
daréis fuego como Sansón.» Federico le contestó: «He conser- 
vado los Jesuítas para favorecer la instrucción de la juventud. El 
Papa les ha cortado el rabo y no pueden ya servir, como las zorras 
de Sansón, para abrasar las cosechas de los Filisteos. Además, la 
Silesia no produce PP. como Guignard , ni Malagrida. Nuestros 
alemanes no tienen las pasiones tan vivas como los pueblps meri- 
dionales. Si estas razones no os convencen , alegaré otr^ más po- 
derosa. Prometí en la paz de Dresde que la religión quedarla in 
statu quo en mis provincias. Entonces habla Jesuítas, y estoy 
obligado á conservarlos. Los príncipes católicos tienen para estos 
casos un Papa que, con la plenitud de su poder, los absuelve de sus 
juramentos ; pero como á mí nadie puede absolverme, me veo obli- 
g-ado á cumplir mi palabra , y el Papa se creerla manchado si me 
bendijese : capaz seria de cortarse los dedos con que hubiese dado 
la absolución á un maldito hereje de mi calaña.» No sólo en esta 
carta , sino en otras de la misma correspondencia se habla de tan 
extraña protección ; de manera, que cuando el Papa y los princi- 
pes más católicos reprobaban y disolvían la Compañía de Jesús, la 
cismática Catalina y el hereje Federico los acogían y protegían, 
y los buenos PP. admitían la protección de estos príncipes, si bien, 
como decía Federico, anulado el tercer votp y con el nuevo unifor* 
me que les había dado el Papa. 



380 LORENZO RICCI, 

Publicado el Breve de extinción y disuelta la Compañía en 
Eoma, su General el P. Lorenzo Ricci permaneció en esta ciudad 
sin sufrir más vejaciones que cualquier otro jesuita ; pero la pu- 
blicación de un libro atribuido al ex-jesuita Romberg-h contra la 
autoridad del Sumo Pontífice : la correspondencia entre Ricci y el 
Rey de Prusia sorprendida por la policía papal : la persecución 
contra el vicario apostólico de Breslau y otros fervorosos católicos 
promovida por los Jesuítas, y las caricaturas, escritos y libelos es- 
parcidos por toda Europa contra la persona, autoridad y ¡disposi- 
ciones de Clemente XIV, obligaron á éste á mandar se formase 
proceso al General Ricci y á los asistentes jesuíticos, apoderán- 
dose de sus personas y encerrándolas en el castillo de SanfÁngel. 
El Papa mandó, en 19 de Junio de 1775, que la congregación en- 
cargada de la extinción de la Compañía formase el proceso á Ricci 
y asistentes, y también otro al jesuita Valentano por falsas profe- 
cías. El tribunal de la congregación puso en libertad algunos Je- 
suítas presos, entre ellos á los asistentes de España y Portugal, 
Montes y Guzman, que por su avanzada edad no inspiraban rece- 
los ; y cuando se seguía el proceso á Ricci, recibió Moñino una 
carta del Cardenal Corsini, encargado de custodiar á los presos, 
anunciándole, que Ricci había caído gravemente enfermo, atacado 
de fiebre maligna, complicada con su habitual padecimiento del 
pecho, habiendo sido preciso administrarle los Santos Sacramentos 
en la noche del 23 de Noviembre de 1775. 

En efecto, el ex-General de la Compañía falleció el día siguien- 
te, siendo sepultado con sigilo en la iglesia de Jesús. El capellán 
que asistió á Ricci en sus últimos momentos, recibió de él instruc- 
ciones, disponiendo de un crucifijo y otras alhajas de escaso valor 
que se habían de distribuir entre varias personas. No consta que 
en aquel trance hiciese nombramiento de vicario, pero sí que an- 
tes de la supresión de la Compañía le tenia hecho, porque este 
nombramiento le pudo recoger la congregación que hacía veces 
de tribunal, cuando se apoderó de los papeles de Ricci al tiempo 
de prenderle. Lo auténtico, indudable y oficial es la protesta de 
su inocencia hecha por Ricci en el momento de recibir el Santísi- 
mo Viático. Hé aquí su texto, literalmente traducido al castellano. 

« Estando en la presencia de Jesús Sacramentado, que en breve 
me ha de juzgar, protesto no haber dado motivo alguno para la 
supresión de la Compañía ; y de esto me hallo bien informado por 



GENERAL DE LOS JESUÍTAS 381 

las continuas relaciones que tengo como superior de la misma . 

Pero como sólo Dios es el que todo lo sabe, no puedo ser respon- 
sable en un todo. 

Cerca, pues, de mi última hora, protesto que no tengo en esto 
la menor causa, pero creo que todo depende de la voluntad de 
Dios ; perdono á todos de corazón y pido al Señor toda clase de 
bienes para todos. 

Por último, protesto que cuanto he dicho lo he dicho por decoro 
de la Compañía y de la Religión. » 

Por más que haya quien no crea en la sinceridad de la protesta 
anterior de Ricci, nosotros creemos en ella, porque seria preciso 
suponer, para negarla, que el ex-General fuese un incrédulo ma- 
terialista, ó que pretendiese salvar la fama de la Compañía en este 
mundo, aun á trueque de la perdición de su alma. Ni lo uno ni 
lo otro puede creerse de Lorenzo Ricci, y nos fundamos para ello 
en la correspondencia intima de que vamos á ocuparnos. 

Cuando se verificó la expulsión en España á consecuencia de la 
pragmática de 1767, se halló en la habitación del P. Carlos Nec- 
toux. Prepósito general provincial de Burdeos, refugiado en el co- 
legio de San Sebastian desde la expulsión de Francia, una colección 
de cartas autógrafas delP. General de la Compañía, Lorenzo Ricci, 
Esta colección se compone deciento trece cartas dirigidas al P. Nec- 
toux y dos al P. Garnier, Prepósito general de la provincia de 
Lyon. Las fechas de todas estas cartas comprenden los años 
de 1760 á 1766. También se hallaron diecinueve minutas de cartas 
del P. Nectoux desde el año 1763 á Enero de 1767. Testimonio de 
ambas correspondencias se sacó por el Licenciado Don Joaquín An- 
tonio Gallardo y Ulloa, con intervención de Don Luis del Valle y 
Salazar; y este testimonio se halla en el folio 107 y siguientes, 
legajo 690 de la sección de Gracia y Justicia del Archivo general 
de Simancas ; habiéndole remitido Salazar al Gobierno en carta 
de 5 de Agosto de 1767. ^ 

Esta larga correspondencia escrita en buen latín, aunque no 
tan bueno como las diecinueve minutas del P. Nectoux, versa 
más principalmente sobre asuntos particulares de la provincia de 
Aquitania, cuyo Prepósito residía en el colegio de Burdeos. Todo 
lo relativo al personal jesuítico de aquella provincia, está tratado 
con tan escrupulosa minuciosidad, que manifiesta el perfecto co- 
nocimiento que el General tenia desde Roma de todas las personas 



382 LORENZO RlCCI, 

que pertenecían á la Compañía, y la exactitud de sus registros 
secretos. 

Si para juzg-ar al P. Ricci, aun prescindiendo de la protesta que 
dejamos trascrita, se hubiese de tener sólo presente el conjunto de 
esta correspondencia, preciso será reconocer que este juicio más le 
favorecerla que le perjudicarla en su fama, desmintiendo el colo- 
rido sombrío, astuto y aun pérfido, con que algunos escritores le 
han presentado al público. Cierto que éñ varios pasajes de esta 
correspondencia se ve al Jesuíta defender los intereses mundanos 
de la Compañía más de lo que cumple al adepto de los principios 
evangélicos; pero aparte de esta inclinación que fácilmente se 
comprende, el P. Ricci aparece un hombre moderado, de indispu- 
table talento , de gran ilustración , nada violento , conciliador en 
las soluciones, de cierta moral práctica, y de notable suavidad de 
formas. Reveíanse en este personaje condiciones de honradez, bas- 
tardeadas por las máximas de los escritores jesuítas, admitidas en 
la Compañía, de que él mismo á veces se lamenta, y cuya correc- 
ción considera necesaria si Dios la sacase con bien de la tormenta 
universal levantada contra ella. Dadas las* circunstancias críticas 
en que llegó á verse el P. Ricci, estas cualidades hacen más bien 
su elogio que su censura, y nos parece muy ajeno á la verdad el 
harto propagado juicio contrario en daño de este infeliz personaje, 
que murió en estrecha prisión, y que en los instantes supremos en 
que no se miente, hizo tan patética y solemne protesta de su ino- 
cencia. Quédese, sin embargo, para el examen de los críticos el 
juicio imparcial de este misterio histórico, y en lo que á su escla- 
recimiento pueda contribuir , ocupémonos ya de algunos pasajes 
de la correspondencia de Ricci, que merecen los honores de la pu- 
blicidad. 

En carta de 7 de Enero de 1761 da gracias á Nectoux por su 
celo en conservar incólume la pobreza de la Compañía, deseando 
que en el corazón de todos se conservase lo mismo para mayor 
perfección de los socios é incremento de la Sociedad. Habla luego 
del hermano Juan Latrapy, que aparecía haberse enriquecido , y 
dice: «que es preciso examinar si el peculio que posee es producto 
de dinero adquirido por medios ilícitos opuestos á la pobreza reli- 
giosa, ó adquirido sin la debida facultad para ello : en el primer 
caso, el Prepósito podría privarle completamente del peculio, des- 
tinándole á los usos que creyese oportunos , en pena de haber de- 



GENERAL DE LOS JESUÍTAS. 383 

linquido gravemente contra la pobreza religiosa; pero si no cons- 
tase el delito, la pena no deberia ser tan excesiva, pudiéndole de- 
jar una parte de los frutos para sus usos propios, con licencia del 
superior, como le habia ya indicado en otra carta. » 

Obsérvese que el General supone que Latrapy pueda haber ad- 
quirido el peculio por medios ilícitos , y entre estos contarse tal 
vez el robo, la estafa, detentación de fondos, etc. : sin embargo, 
Ricci no previene en tales casos la restitución , sino el empleo del 
peculio adquirido por tales medios en los usos que el Prepósito juz- 
gue más oportunos; y como estos usos serian indispensablemente 
favorables á la Compañía, el General sanciona en su mandato el 
principio de que el bien de la Compañía debe preferirse á todo, y 
que ésta puede aprovecharse del dinero robado ó estafado por uno 
de sus socios, sin estar obligada á la restitución. Esta máxima es 
muy general entre los escritores jesuítas. 

En 8 de Abril de 1761 manda el General al Prepósito encargue 
á todos los padres de la casa profesa de Burdeos, «que al recibir li- 
mosnas no oculten á los bienhechores , que los sacerdotes de la 
Compañía no pueden recibirlas en compensación de misas, porque 
no les es lícito recibir por ellas limosna.» El mandar que se des- 
engañe á los bienhechores que la Compañía no debe recibir limos- 
nas por decir misas, ¿no supone que antes de este encargo se reci- 
bían limosnas sin desengañarlos? En esta misma carta intima 
enérgicamente á Nectoux no permita salga del colegio ningún so- 
cio sin ir acompañado de otro. 

La considerable y fraudulenta quiebra sufrida por el P. Lava- 
lette. Prepósito de la misión de Martinica, que causó la ruina de 
numerosas familias en esta colonia, París, Marsella y otras ciuda- 
des comerciales , ocupando la atención de los tribunales y Parla- 
mentos franceses , preocupa vivamente el ánimo de Ricci , com- 
prendiendo lo perjudicial que era para la Compañía , y aun para 
su existencia en los dominios del Rey Cristianísimo, por las reve- 
laciones á que daba lugar este negocio eminentemente escanda- 
loso y criminal. En carta de 20 de Abril de 1761 empieza á tratar 
con Nectoux de este grave asunto, y le dice: «No se me oculta el 
pésimo estado de las cosas espirituales y económicas de la Marti- 
nica: nada he omitido para remediarlas; pero cada día han surgido 
impedimentos que han destruido mis consejos, aun después de em- 
pezarse á realizar. » Añade , «que habia nombrado cuatro visitado- 



384 LORENZO RICCI, 

res sucesivamente para América, y que por circunstancias desgra- 
ciadas ninguno de ellos habia recibido sus cartas ó las habia reci- 
bido tarde , j que rogaba á Dios no sucediese lo mismo al quinto 
que habia nombrado.» Que, como á los otros, habia mandado y en ■ 
cargado á éste, se dedicase á remediar unos y otros males, vendiese 
fincas, y pagase á los acreedores de cualquier modo, encaminando 
á Europa al P. Antonio (Lavalette). Por último, que nada habia 
omitido para conjurar estos males, lo cual ya se habria verificado 
si la guerra marítima no lo hubiese impedido . No sé lo que pasa 
ó se piensa en Paris, y no veo claramente el partido que he de adop- 
tar, sin gran peligro, al extremo que han llegado las cosas.» Más 
adelante exclama: «¡Conozca Dios á los que fueron causa del mal, 
ó á los que no impidieron su progreso, y no siguieron mis con- 
sejos, que aun no siendo órdenes, habrian impedido los peligros 
que ahora tememos!.... No alcanzo lo que Dios quiere de la Reli- 
gión y de mí, á quien tan justísimamente rodea de tantas amar- 
guras (1).» 

En carta de 29 del mismo mes , dice á Nectoux : « que cuando 
la Divina Providencia dispuso complicar á todas las asistencias de 
la Compañía en Francia , en el enojosísimo negocio de la misión 
de Martinica, y emplazarlas para pagar las deudas contraidas por 
el P. Antonio Lavalette en nombre de la misión , le habia tras- 
mitido una copia de las cartas que sobre este asunto habia escrito 
el padre provincial de Francia: puesto que litigándose con las 
asistencias del reino, debe estar enterado de todo, y de su opi- 
nión , asi como de lo que quiere se diga en su nombre al Parla- 
mento de Paris. También le manda copia del nombramiento de 
Procurador general que hace en favor del padre provincial de 
Francia, y le exhorta, ruega y conjura, para que en unión de todos 
los demás representantes de la Sociedad en Francia, procuren de- 
fender elj)restigio de la Compañía y prevenir su ruina.» 

El 20 de Mayo del mismo 1761, le dice: «Se ha dispuesto y 
mandado, que los bienes de la Compañía en la Martinica se entre- 
guen á los acreedores por las causas que V. R. indica en sus car- 
tas.... ¿Es de admirar (exclama) que los consejos poco religiosos 



(1) Ignoscat Deus iis qui vel mala dederant caasam , vel progressum non impedi- 
vere, meisque consiliis non adquieverunt, cuiii ne praeceptis ag^erem, prohíverem 

illa ipsa pericula quac nunc timemus Quid a Religione, quid a me velit Deus qui 

in tantas angustias conjecit justissime, non video. 



GENERAL DE LOS JESUÍTAS. 385 

de algunos , aumenten mis dolores ? » Añade en 27 de Junio si- 
g'uiente : « Que después de haber oido el dictamen de todos , ha 
resuelto nombrar á Nectoux Procurador general para este nego- 
cio de la Martinica, con facultades amplias, y sin reconocer otro 
superior que el General. Le da algunas instrucciones cardinales 
que ha de seguir, debiendo consultar á ios cinco provinciales del 
reino de Francia. Le manda expresamente deliberen todos juntos 
si convendria mandar un comisionado á Marsella para que tran- 
sija con los acreedores, y designa al P. Gabriel Prost, pero al fin lo 
deja á su elección.» Después de otras prevenciones secundarias, 
señala la conducta que debe seguirse, y dice: «En este dificilísi- 
mo negocio debo mandar muchas cosas, unas públicas , otras se- 
cretas. Implorareis públicamente el auxilio divino en vuestras 
deliberaciones, principalmente en las graves, como lo hacemos 
aqui nosotros por vosotros; negociese con gran moderación de 
ánimo este asunto con aquellos interesados que sea preciso tratar; 
que nadie se irrite; que á nadie se dé motivo de ofenderse; que no 
se adopte ninguna medida precipitadamente, sino con ánimo tran- 
quilo y maduro examen ; manifiéstese á todas las provincias igual 
cariño ; por lo que si fuese necesario pedir consejos particulares, 
pídanse á personas que no sean sospechosas, que no sean de ima- 
ginación ardiente , que no inspiren prevención á las partes , y que 
se guien por la afición al Instituto y por el bien común , no por 
afecciones privadas ó por cuasi enemistad. Manda se le dé cuenta 
de todo sin ocultarle nada, y que se le obedezca fielmente, porque 
si así no se hiciera , Dios no los iluminaría en sus consejos , y el 
mismo San Ignacio , vigilante en la obediencia y caridad y ven- 
gador de la inobediencia, anularía lo hecho.» 

En cuanto á las instrucciones secretas, previene : « Que ante to- 
do se concille la transacción con los acreedores, y que se procure 
obtener una dilación con las condiciones más equitativas que se 
pueda Para conseguirlo, deberá echarse mano de personas extra- 
ñas á la Compañía, pero que sean sus amigos fieles y peritos , por 
medio de los cuales se transijan los créditos en Marsella y en las 
demás ciudades de Francia. Para pagar los créditos deberán empe- 
ñarse ó venderse los bienes no sólo de la misión de Martinica, sino 
los de las demás misiones : si esto no bastase , deberán empeñarse, 
ó sino venderse, los bienes inmuebles comunes de las provincias de 
Francia, y por último los de los colegios y casas de la Compañía.» 



386 LORENZO RICCI, 

Encarga al P. Delamarche de todo lo perteneciente á los bienes 
de la Martinica y demás islas , como visitador de ellas. Previene 
que las ventas se hagan con toda precaución y con la mayor uti- 
lidad posible en medio de las dificultades de la guerra ; pero in- 
troduce la siguiente cláusula preceptiva. «Cuídese, sin embargo, 
de no privar á las misiones de los recursos suficientes , de modo 
que puedan perecer, porque esto, ni quiero, ni puedo quererlo sin 
dañar mi conciencia. En todo lo que las circunstancias permitan, 
(añade) y aprovechando ocasión oportuna, se debe suplicar al Rey, 
que privada la Sociedad de casi todos sus bienes en Francia , no 
permita su completa ruina, y que el error de algunos no redunde 
en fraude de todos : pero cuidando con gran diligencia de no im- 
portunar demasiado la regia benignidad.» 

Esto es lo principal que resulta de la correspondencia de Ricci 
en el escandaloso negocio de la quiebra de Lavalette. La Compañía 
era vivamente atacada en Francia por los Galicanos , Jansenistas 
y Enciclopedistas, y sostenida únicamente por el partido llamado 
de los Devotos, y á su frente Mme. Louis^, hija del Rey. El pro- 
ceso Lavalette puso á los Parlamentos en el partido de los enemi- 
gos de los Jesuítas, resonando en su recinto todas las quejas, in- 
jurias y diatribas contra la Compañía. El Duque de Choiseul y los 
demás Ministros eran también sus adversarios. No deben, pues, 
admirar los temores de Ricci por la existencia de la Sociedad en 
Francia y que preveyese su ruina. Sin el proceso Lavalette habría 
sido difícil decidir al rey á que decretase la expulsión ; por eso 
Ricci se dedica cuidadosamente á disminuir los malos efectos de 
este desgraciado y fatal negocio, procurando se pague á los aeree 
dores, aconsejando la dulzura á fin de no suscitar nueva queja y 
transigir en todas partes, valiéndose de personas que pasen por 
imparciales y de buena opinión, pero que sean amigas del institu- 
to jesuítico. Aunque los Tribunales hubiesen declarado compro- 
metidos todos los bienes de la Compañía en Francia , al pago de 
las deudas de la misión de Martinica , nunca habrían faltado me- 
dios á los Jesuítas para eludir en gran parte estos compromisos; 
pero Ricci no quiere se usen otros que los de la dilación para sa- 
car mejores condiciones, estando siempre en ánimo de pagar y no 
defraudar á los acreedores. Obsérvese, sin embargo, una circuns- 
tancia que manifiesta y pone en descubierto al Jesuíta á costa del 
hombre honrado. Pagúense las deudas de la Martinica, dice, con 



GENERAL DE LOS JESUÍTAS. 387 

los bienes de su misión , de los demás de América y de los de la 
Compañía de la misma Francia ; pero si del pago de estas deudas 
pudiese resultar la supresión de las misiones por falta de recursos, 
entonces no se pague , porque la existencia de la Compañía y de 
sus misiones es antes que todo , y mi conciencia me prohibe per- 
mitirlo. Aquí se ve que la conciencia de un Jesuíta no es del mis- 
mo género que la de los hombres de bien que se arruinan y con- 
denan á la miseria con sus familias antes que dejar de cumplir sus 
compromisos y pagar sus deudas , mayormente cuando provienen 
de operaciones mercantiles, como provenían las de Lavalette , de- 
dicado al comercio contra los Estatutos de la Compañía, cuyos su- 
periores lo sabían, toleraban y animaban, lucrándose con las esta- 
fas , robos y demás excesos cometidos por el Prepósito de la Mar- 
tinica. Riccl no aparece enteramente censurable en este negocio, 
pero en él domina el Ínteres de la Compañía sobre las más tri- 
viales nociones de moral. 

^Se concluirá.) 

Cayetano Manrique. 



OBSERVACIONES 

HISTÓRICO-LEGALES 

SOBRE ALGUNOS HECHOS DE FERNANDO I. 



En el último tercio del siglo X, vemos por doquiera vencidos 
y humillados á los cristianos de España; pero las luchas, disensio- 
nes y consiguiente disolución del Califado *de Córdoba , dan nuevo 
impulso en el siglo XI á la reconquista, que avanza con celeridad 
haüta entonces no vista , merced , no sólo á tales circunstancias, 
sino también al denuedo, perseverancia y sagaz política de monar- 
cas como Fernando I y Alfonso VI de León y Castilla y Sancho 
Ramij-ez de Aragón, y al valor de guerreros como el Cid Campea- 
dor y Alvar Yañez. De las empresas y conquistas de Fernando I 
he de tratar brevemente con la mira de dejar en su punto la ver- 
dad en algunas cosas en que se ha ocultado, bien que no á todos, 
á muchos eruditos nacionales y extranjeros. 

Por el Occidente de España ó Algarhe tuvieron principio estas 
conquistas, siguiendo el camino ya indicado por anteriores monar- 
cas leoneses como Alfonso V, muerto sobre Viseo en 1027, y Ber- 
mudo III, de quien nos dice el Cronieon Conimhricense que hizo 
algunas excursiones en la provincia de Portugal, y aun tomó 
prisionero al rey que llama Oimeia el Cronicón , y que acaso no 
seria más que un gobernador ; bien que con notable error de fecha 
en todo esto, pues se coloca en la era 1083, esto es, en el año 1045, 
cuando es cosa averiguada, sin duda ninguna, que Bermudo mu 
rió en 1037 peleando en el valle de Tamaron contra Fernando de 
Castilla, su cuñado, y García de Navarra. Fernando comienza sus 



1 



OBSERVACIONES HISTÓRICO-LEGALES, ETC. 889 

empresas por la conquista de Sena ; toma á continuación á Viseo, 
Lamego y (3oimbra ( respecto á la cual ocurren dudas que luego 
he de examinar); vuelve después sus armas hacia otros lugares 
y fortalezas del Duero, como San Esteban de Gormaz, Vado de Rey 
y Berlanga, de que se apodera ; cerca á Talamanca, que parece no 
logra rendir; toma algunas otras poblaciones; sitia apretadamen- 
te á Alcalá de Henares, poniendo al Rey de Toledo Yahay-al- 
Mamum en el trance y caso de rogarle que levante mano en la 
devastación de su reino , ofreciéndole espléndidos regalos , y obli- 
gándole con ponerse á si y á su reino debajo de su poder y am- 
paro. Encaminase luego al reino de Sevilla , el más ancho y opu- 
lento de los mahometanos ; le hace la guerra con rigor extremado, 
forzando al Rey Al-Motadhid-ben-Abbad á ofrecerle tributo y el 
cuerpo de Santa Justa. Y por último, recorridos el Occidente, el 
Centro y Mediodía de España , vuelve sus armas hacia el Oriente 
con su acostumbrada furia, invadiendo el reino de Valencia, cuya 
capital sitia y está á punto de rendir , causando á los Valencianos 
deshecha derrota en una emboscada que les previno cerca de Pa- 
terna ; bien que acometido de su última enfermedad, tuviera que 
regresar á León, donde á muy poco dio el alma. 

Concuerdan en esto casi todos los escritores , conformes con el 
testimonio de las crónicas cristianas , y de los manuscritos y me- 
morias arábigas ; pero en el orden de los acontecimientos y en las 
fechas de cada uno se advierte variedad lastimosa é incomprensi- 
ble en versiones. Juan de Mariana coloca en 1039 las conquistas 
de Sena, Viseo y Lamego, y en 1040 la de Coimbra (1). Narra á 
continuación las restantes empresas de aquel rey hasta 1053, en 
que coloca la traslación del cuerpo de San Isidoro, entregado por 
Al-Motadhid en vez del de Santa Justa, y la derrota y muerte de 
García de Navarra en Atapuerca ; y por último , pone á fines del 
reinado de Fernando, muerto en 1065, su expedición á los Celtí- 
beros y al reino de Valencia. Fray Prudencio de Sandoval (2), co- 
loca en 1038 las conquistas de Sena, Viseo y Lamego, y en los 
años inmediatos las de otros lugares y fortalezas entre el Duero 
y el Tajo, y la entrada en tierras de Toledo. Después de la guerra 
con García, pone la expedición á Sevilla y la traslación del cuerpo 



(1) Historia de España, lib. IX, cap. 11. 

(2) Historia de los Reyes de Castilla y León. 



390 OBSERVACIONES HISTÓRICO-LííGALlís 

de San Isidoro en 1063, y la toma de Coimbra en 1064, refiriendo 
á continuación y como última de Fernando, la guerra de Valencia 
en 1065, año de su muerte. 

Pero esta narración y orden no satisfacia á los eruditos, porque 
introducía confusión en la historia de Fernando I , y no se com- 
padecía con el testimonio más autorizado y verídico que pudiera 
darse : Quien lea, en efecto, el Cronicón del Silense (1) verá estas 
palabras : « Fernandus itaque Rex talihus impeditus (por los re- 
beldes ánimos de algunos magnates , y la envidia 'de su propio 
hermano García) spatio sexdecim annorum ultra suos limites nihil 
confllgendo peregit » palabras que demuestran el error de poner el 
comienzo de las conquistas de Fernando en 1038 ó 1039, ora se 
cuenten estos dieciseis años desde 1035, en que por muerte de 
su padre, Sancho el Mayor, entró á reinar en Castilla Fernando I, 
ora se cuenten desde 1037 en que, por muerte de su cuñado Ber* 
mudo III, entró á reinar en León. Forzoso es asimismo tener en 
cuenta que el Silense parte siempre del año en que Fernando co- 
menzó á reinar en León, y que incurre en el yerro de suponer que 
este fué el de 1038, cuando consta que Bermudo III murió en 1037, 
por su epitafio en San Isidoro de León, y que este mismo año rei- 
naban en León Fernando y su mujer Sancha, hermana de Ber- 
mudo, por la escritura de donación del lugar de Tela , que estos 
reyes hicieron al monasterio de Arlanza y que cita Sandoval (2). 
Contando dieciseis años cumplidos desde el de 1038, échase de 
ver que no hizo Fernando I guerra á los Musulmanes hasta aca- 
bado el de 1054. 

Don Modesto Lafuente, en su ieida y celebrada Historia general 
de España (3), coloca en la primavera del año 1055 la primera ex- 
pedición de Fernando, con la toma de Sena; las conquistas de 
Viseo y Lamego en 1057. y en 1058 la de Coimbra. Refiere .^,1 
año 1059 las entradas en las comarcas vecinas al Duero, y al 
de 1060 las luchas en el reino de Toledo, narrando la expedición 
al de Sevilla como acaecida en 1062. Coloca en 1064 la entrada 
en la provincia celtibérica, y á continuación, ya en 1065, sin duda, 
la batalla de Paterna y sitio de Valencia. Esta narración de los su- 



(1) Florez. España Sagrada. T. XVII. 

(2) Historia de los Reyes de Castilla y León. 

(3) ParteXI,hb. I,cap.XXIL 



SOBRE ALGUNOS HECHOS DE FERNANDO I. 391 

eesos tiene á su favor el testimonio del Silense , y, en lo sustancial, 
todos los de más valia. Fernando no guerreó contra los Musulma- 
nes por espacio de dieciseis años , ni por consiguiente hasta des- 
pués de 1054. El Silense, á más de esto, nos dice que emprendió 
la guerra contra los Infieles , terminada la primavera del año si- 
guiente al de la muerte de su hermano García de Navarra, que no 
es dado poner sino en 1054 (1), pues el mismo cronista la refiere 
en el citado año. Asi que en punto á lo más principal de estos 
sucesos, no cabe negar el acierto con que los narra y ordena Don 
Modesto Lafuente. Por lo que mira á las conquistas de Viseo, 
Lamego y Coimbra, sigue la autoridad del padre Florez , desvián- 
dose también, en cuanto á la última, del parecer de Sandoval, que, 
como ya he dicho, la supone acaecida en 1064. En lo de la expe- 
dición á la provincia celtibérica sigue en parte al Silense , y en 
lo del cerco de Valencia y derrota de Paterna, el testimonio de 
Ebn Bassam en su Dragisa (2). 

Por lo tocante á las fechas en que fueron tomadas Viseo y La- 
mego , no procede debate alguno , cuando el Silense narra su 
conquista á continuación de la de Sena, pero sin expresión del 
año ; y de la conquista de Coimbra no es mi ánimo resolver la dis- 
puta que aún existe , atento que son fuertes las razones con que 
Florez , desviándose del testimonio de Sandoval y del común sen- 
tir, la coloca en 1058, y que no conozco las disertaciones criticas 
y cronológicas de Ribeiro sohre la historia y jurisprudencia de 
Portugal y en las que, dice Dozy, claramente se demuestra haber 
sido tomada Coimbra en 1064. De las restantes empresas y con- 
quistas de Fernando I, tampoco es dado todavía incluir las fechas 
precisas : trabajo que pide la atenta comparación de las crónicas 
y documentos cristianos con el de las historias arábigas. Baste con 
que, hasta ahora, tengamos la ie D. Modesto Lafuente por la más 
verídica y bien entendida relación de estos sucesos, bien que haya 
de confesarse que el francés Carlos Romey (3) , en lo más sustan- 

(l ) Fernandus Rex postquam inortuo fratre et cognato, omne regnum 
suum sibi 3Íne obstáculo subactum videt ; jam securus de patria reliquum 
tempus in expugnaiidos Barbaros et ecclesias Christi corroborandus ágese 
decrevit. Igitur transacto hyemali tempore, oestatis initio... Portugalem pro- 
fectus est... primo Ímpetu oppidum Sena cum aliis circumparentibm castellis 
^7^^;<]^í¿^¿.— Silens, cron. 

(2) Man. de Gk)tha, cit. por Dozy. 

(3) Histoire d'Espagne depuis les premiéis temps jwsqu'^ nos jours. 



392 OBSERVACIONES HISTÓ RICO-LEGALES 

cial los refirió en idénticos términos , á causa de lo mucho que en 
todo se somete á la autoridad de Florez. 

Por escribir antes que Lafuente no es maravilla que el Conde de 
Circourt en su Historia de los Mudejares de España, prosig-a en 
1038 la conquista de Sena, primera entre las de Fernando, si- 
guiendo, sin más crítica, el dicho de Sandoval, bien que hubiera 
podido leer y tener más en cuenta de lo que lo hace, á su compa- 
triota Romey. Pero no es únicamente entre los extranjeros donde 
continúa adoptándose la relación del Obispo de Pamplona: este 
error persevera aún entre nosotros. Don José Amador de los Rios 
estampa en su excelente Historia critica de la Literatura Espa- 
ñola las siguientes palabras: «Imitando el nobilísimo ejemplo dado 
por el fundador del reino de Castilla en las regiones occidentales 
que arranca denodado á la pujanza de los Mahometanos (Sena, 
1038), dejaban estos por segunda vez de ser vendidos como escla- 
vos suh corona, al sucumbir vencidos, entrando, con la antigua 
raza mozárabe, á formar parte de los vasallos de los reyes (1)» 
y D. Francisco Fernandez y González, en su Memoria sobre el Es- 
tado social y político de los Mudejares de España, premiada por 
la Academia de la Historia, da noticia de las conquistas de Sena, 
Viseo y Lamego en el mismo ano de 1038; de suerte que á nadie 
parecerá excusada tarea la de desvanecer un error perpetuado 
hasta nuestros dias y por tan doctas personas autorizado. 

Dejando aparte la relación de estos sucesos, hecha por Juan de 
Mariana, infiérese, de lo que dicho llevo, que el adoptar la de San- 
doval ha sido la causa de tal yerro en los escritores posteriores, 
no descubriéndose otra que á ello pudiera inducirles. Fióse el 
buen Obispo de un diario del maestro Andrés de Resende y an- 
ticipando con tanto exceso las primeras conquistas de Fernando, 
puso entre estas y las siguientes, á que por punto general asigna 
sus verdaderas fechas, largo tiempo, contra el testimonio del Si- 
lense. Según éste, divídese el reinado de Fernando I en dos perío- 
dos bien distintos y determinados: el primero de cuidados interio- 
res en que Fernando se ve estrechado á hacer guerra á su cuñado 
y á su hermano, y á entender, sobre todo, en sosegar y atraerse 
los mal seguros ánimos de los Leoneses: el segundo, de guerra 
continua con los Musulmanes, en que sólo da al reposo brevísimas 



(1) Tomo II, pág. 168. 



SOBRE ALGUNOS HECHOS DE FERNANDO I. 393 

temporadas. Extiéndese el primero desde 1035, ano en que co- 
menzó á reinar en Castilla, bien que antes, desde 1032 por lo me- 
nos, tuviese nombre de rey, hasta 1054, año de la rota y muerte 
de su altivo y desasosegado hermano García de Navarra en los 
campos de Átupuerca: abraza el segundo desde el siguiente de 
1055 hasta el de 1065; ano en que, á27 de Diciembre, dia martes, 
pasó de esta vida el Rey de León y Castilla. El Silense no mezcla 
ni junta en ocasión alguna los sucesos propios de uno y otro, ni 
con él á la vista es posible confundirlos. De varios sucesos no 
dice, á la verdad, las precisas fechas; por lo cual ha dado materia 
á las investigaciones de los eruditos y dejado pendiente la disputa 
sobre la que debe asignarse á la conquista de Coimbra. Mas lo 
principal en esto es la distinción entre ambos periodos, antes re- 
feridos, y por la cual no es posible fijar la conquista de Sena ni 
otra alguna en los comienzos del reinado de Fernando, ni interca- 
lar entre unas y otras las desavenencias y guerra de los dos re- 
yes, el de Navarra y el de Castilla. Los escritores todos defieren 
al testimonio del Silense, y asi no es razón apartarse de él en punto 
de tanto interés. 

Punto de interés digo que es este, porque según se adopte una 
ú otra versión, cambia de faz el reinado de Fernando I. Pintar 
desde los primeros años al Monarca castellano en guerra con los 
Moros: interrumpir ésta á lo mejor y sin dar la razón de ello: co- 
locar entre unas y otras expediciones taras tan graves y pacificas 
como el Concilio de Coyanza (1050) y domésticas discusiones como 
las habidas con García de Navarra, dan al curso de este reinado 
aspecto muy diverso del que ofrece ateniéndose á la narración del 
Silense. Fernando no emprendió antes de 1055 sus expediciones 
contra los Musulmanes, por estorbárselo poderosos obstáculos. Ta- 
les fueron la guerra que en 1037 le movió á deshora su cuñado 
Bermudo de León y la encendida con su hermano García de Na- 
varra en 1054. Sin esto, hubo de tener á la continua desabrimien- 
tos con gentes de poder y valía, y aun temores de mayores cosas. 
Decidióle á guerrear con los Moros el tener todo su reino sometido 
y pacífico; y comenzadas ya sus terribles invasiones en los domi- 
nios de los reyes de Taifas^ no levantó mano ni las puso fin sino 
con su muerte. El estado de su reino, sus relaciones con los demás 
reyes cristianos, sus deudos todos ellos, y hasta su carácter y per- 
sonales prendas, se revelan de diferente modo en cada cual de las 
Toaro XVI. 26 



394 OBSERVACIONES HISTÓRICO -LEGALES 

dos versiones. Por esto no es cosa baladí ni siquiera asunto reser- 
vado á la erudición exquisita el esclarecimiento de estas cues- 
tiones. 

Lo último es causa de que no piense en este lug-ar en discutir y 
verificar las fechas en que fueron conquistadas cada una de las 
muchas poblaciones de cuenta arrebatadas por Fernando I á los 
Musulmanes, y de sus numerosas expediciones contra ellos . Acep- 
tado el punto principal , que es el de sus comienzos , y siguiendo 
el común parecer sobre el orden de tales acontecimientos , no es 
asunto de gran monta para los no eruditos de profesión, el averi- 
guar si fué tomada, por ejemplo, Coimbra en 1058 ó en 1064. Que 
el Rey de León y Castilla fatigó primero con sus armas el Occiden- 
te de la Península, después el Centro y Mediodía, y el Oriente á la 
postre, es cosa averiguada y en que no se ponen dudas; y que en 
estas empresas no hubo interrupción de largo tiempo , ha sido mi 
ánimo demostrar, y creo haberlo conseguido. 

No siendo mi propósito dar raras noticias con el testimonio de li- 
bros peregrinos ó archivados documentos, sino desvanecer una opi- 
nión muy extendida, no he entrado en el examen de otros escrito- 
res, por juzgar más acertado ceñirme á los muy conocidos, y que, 
puede decirse, andan en manos de todos. Como los libros á que me 
he referido corren aun entre los que no hacen profesión de doctos 
y escudriñadores de verdades históricas, fácilmente pudiera engen- 
drar en el ánimo de los lectores confusión no pequeña, sobre todo 
al ver en los posteriores á la historia de Lafuente que se apartan 
de su relato escritores eruditísimos y renombrados. Dar la razón á 
quien la tiene y explicar la divergencia de los demás , ha sido mi 
único intento. De esta manera no se lastima la verdad histórica ni 
padece el crédito de los que han incurrido en el error que combato. 

Dejando aparte la narración de Juan de Mariana, cuyo precioso 
libro siempre se ha estimado más como selecta obra literaria y ri- 
quísimo tesoro de avisos y documentos políticos, que como historia 
exacta y verídica de los sucesos, es fácil advertir que ni Sandoval, 
que autorizó y divulgó la relación de estos hechos , aquí censura- 
da, ni los que después de él han escrito, siguiendo sus huellas, son 
merecedores de crítica acerba y rigorosa. ¿Quién podrá tachar de 
escritor ligero y propalador de desaciertos al insigne Obispo de 
Pamplona, tan diligente en la averiguación de la verdad y en alle- 
gar los más raros y peregrinos documentos para su estudio y com- 



m 



SOBRE ALGUNOS HECHOS DE Í^ERNANDO I. 395 

probación, sin perdonar fatiga para escudriñar los pasados sucesos 
en antig^uos libros y memorias , privilegios , diarios é inscripcio- 
nes? Abundan en el dia los materiales para el conocimiento de la 
historia, si se compara nuestra edad con aquella en que vivió el 
docto Sandoval, y otro inferior en diligencia y saber puede notar 
yerros en que hubo de caer, sin culpa ni negligencia por su parte. 
Su más preciada obra, que es la Historia de los cinco reyes, es aca- 
bado modelo de extraordinaria y bien digerida erudición históri- 
ca, bien que el libro todavía en si tenga algo de crónica que le 
impide llegar á la altura y dignidad de la historia. Si en él se ad- 
vierten omisiones ó inexactitudes, recuérdense los aciertos, y no se 
dé al olvido el inmenso trabajo con que el autor pintó , ordenó y 
publicó las noticias de que hoy todos disfrutamos. 

Los que en el punto de que aqui se trata le han seguido en to- 
do, gran disculpa tienen, y nadie podrá censurar con rigor extre- 
mado el que se adhieran á voto tan calificado y de tanto peso como 
es el del insigne Obispo de Pamplona. El dicho y parecer de escri- 
tores de tal valia arrastran á los que en ellos estudian, sin que sean 
poderosos á estorbarlo, y son muchos los casos en que un historia- 
dor de fama ha inducido á error á los más sagaces y despiertos. 
De haber pasado por alto el testimonio del Silense ó haberle teni- 
do en poco, es de lo que puede tachárseles únicamente; pero aun en 
esto hay que tener presentes ciertas circunstancias que en manera 
alguna son para olvidadas. 

Es frecuente en Sandoval apoyarse , al historiar los hechos de 
los cinco reyes , en documentos y aun crónicas de nadie conocidos 
al presente, de modo que pueden darse por perdidos. Como no es 
licito tenerlos por ficciones del buen obispo , es con esto mayor la 
adhesión que á su testimonio se presta en todo , al punto de que 
pasan por ciertos sucesos y cosas del siglo XI por aquél referidas, 
y de que se ignoran los datos primitivos y fehacientes (1). Asi 
que , á pesar de no ser igual este caso , no es maravilla que aun 
entre muy eruditos se peque por conformarse con el testimonio de 



(I ) Sirva de ejemplo lo siguiente. En la historia del ^Qy Don Alonso 
el y I cita con frecuencia Sandoval al Obispo Don Pedro de León, cuya cró- 
nica no es hoy conocida , y apoya en su autoridad la narración de varios he- 
chos , el de la batalla de Salatrices, habida con los Almorávides en 1106, entre 
otros , en la que sahó mal herido Alfonso VI de una pierna , de que aún no 
estaba curado al ocurrir en 1108 el tremendo desastre de Uclés. Escritores 



39(5 OBSERVACIONES HISTÓR ICO-LEGALES 

Sandoval , y es muy de alabar que algunos hayan dado en el blan- 
co de la verdad recurriendo á otros datos y juzgándolos con acer- 
tada crítica. Don Modesto Lafuente, aunque no el primero, siguió 
este camino en el punto de que se trata, y su narración tengo di- 
cho que es la mejor y más bien ordenada de cuantas se hallan en 
los libros más conocidos y usuales entre nosotros. Notar los acier- 
tos es grata tarea , y débese tributar aplauso á los escritores que 
contribuyen al esclarecimiento de la verdad histórica. Si alguien 
tiene por cosa de poco precio y por demás fácil y llana el haber es- 
crito de estas guerras y conquistas al modo de Lafuente , recuér- 
dese que no mucho antes y después de él , se han referido de muy 
diverso modo y por personas doctas : lo cual aumentaria la estima- 
ción en que debe tenerse. 

Dedúcese de cuanto dicho llevo que en la historia del insigne 
Fernando se advierten diferencias de consideración en los escri- 
tores de más nota , por lo tocante á las fechas que asignan á sus 
p-uerras con los Musulmanes : que sobre todo en lo relativo á las 
primeras y más antiguas , Sandoval y los que le han seguido , di- 
fieren notablemente de los que, como Romey y Lafuente, se atie- 
nen al testimonio del Silense y á la autoridad de Florez : y que 
estos últimos llevan razón y están en lo cierto , pues todos , sin 
excepción , tienen el del Silense por testimonio irrefragable en 
las cosas del primer Fernando ; de suerte que el fallar en contra 
más procede de inadvertencia y no tenerlo presente , que de des- 
echarlo por razones y argumentos de peso. Aún queda larga tarea 
á los amantes de la verdad histórica , en los acontecimientos del si- 
glo XI, tan fecundo en ellos por muchos y diversos estilos: pero á 
mi juicio quedará siempre como indisputable que Fernando I no 
comenzó á guerrear contra los Moros hasta 1055 , y que perseveró 
en ello sin cesar hasta su muerte. Los que en adelante escriban, 
deberán tener muy en cuenta la narración del Silense , sin salirse 
del camino seguido por Lafuente. 



de nota estiman esta batalla como caso verdadero, y defieren al dicho de 
Sandoval, sin tener á la vista la antigua memoria que le sirvió de fundamen- 
to. V. Dozy, Eecherches sur Vhistoire politique et litteraire de VEspagne 
pendant le moyen age. —Lafuente, Hist. gen. de Esp. part. II, 1. II. o. III. 

Emilio Arjona y Lainez 



EURICO, 

POEMA DE ALEJANDRO HERCULANO. 



El nombre de Alejandro Herculano es una gloria de la raza 
latina. Sucesor de Tácito, bien puede comparársele con él, no sólo 
por la identidad del estilo, por lo severo de sus juicios, y por la 
fiel exactitud con que al hablar de -ios hechos los describe y co- 
menta, analiza y juzga, sino además por la energía con que ana- 
tematiza á la sociedad en que vive, y la grave austeridad con que 
á manera de profeta de antiguos tiempos legendarios condena á 
sus coetáneos al más profundo desprecio, y trata de corregir sus 
vicios por el cauterio, sin curarse de halagar en nada las vanas y 
pueriles hinchazones patrióticas, tan perjudiciales á los propios, 
como ridiculas y grotescas á los extraños ojos. Asi como el gran 
historiador de los Germanos, en aquellos ciclos de decadencia, en 
que los Emperadores , asentados en trono de oro , con diadema de 
estrellas coronada la cabeza , imprimian su innoble planta sobre 
la encorvada espalda del abyecto plebeyo , hacíanse servir en los 
más bajos oficios por los orgullosos patricios, engalanados con las 
más ricas preseas , solícitos á su voluntad , y viviendo sólo de su 
aliento, y no contentos con erigir en su lecho un ara impura don- 
de todas las liviandades se consagraban , deshonradas y prostitui- 
das las matronas, elegían por concubinas á las deidades olímpicas, 
y celebraban bodas con las celestes majestades del Asia y del Áfri- 
ca, instituyendo fiestas á la conmemoración de tamañas impieda- 
des, en medio de la bacanal de todos los romanos pueblos, levanta 
poderoso su voz de trueno, y con su vibrante palabra azota al vi- 



398 E ÚRICO. 

cío, conmueve en sus más hondos misterios la dormida conciencia, 
maldice al César, afrenta al innoble cortesano , hace teñir con el 
carmin de la verg-üenza el rostro del descendiente de los aguerri- 
dos soldados de Gracco y Mario, y de los honrados ciudadanos del 
Aventino, increpa duramente á los asalariados del Pretorio, mise- 
rables instrumentos de la tiranía, y viles conspiradores contra 
Roma en provecho suyo y de sus torpes compradores, é indignado 
y arrogante vuelve los ojos á aquellas indisciplinadas huestes que 
con la rota de Varo causaron la muerte á Augusto, y en tan grave 
aprieto ponian á los infames ó débiles descendientes de su casa, 
como única salvación para la humana sociedad, y justo castigo de 
la indignidad á que los suyos, por la pendiente de la mayor de las 
ignominias arrastrados, llegaran; del mismo modo, y por semejante 
manera, el insigne historiador de Portugal, convencido de libera- 
lismo, y declarado enemigo del jesuitismo y la mogigatocracia, 
severo y firme, dechado de probidad y de ciudadanos modelo, vien- 
do que la pureza del régimen constitucional se enturbia á causa 
de mezclarse con las cenagosas aguas que la corriente del egoismo 
y del interés y de la ambición incomensurable arrastra, que la 
moralidad de la familia, puesta al contacto de las prostituidas cos- 
tumbres de nuestra época de transición , baja de su alto solio para 
confundirse entre tantos falsos ídolos como la hipocresía levantar 
pretende, que la energía del carácter se afemina y debilita pres- 
tándose éste á oir con sonriente complacencia palabras de oro que 
la general venalidad en sus oidos vierte , y que á compás que el 
lujo asiático asciende, sin proporción alguna con el capital que le 
sostiene, que la inmoralidad crece, que el valor de la honradez se 
sofisma con mentidas excusas indignas de generosos pechos , que 
la vida pública se desvirtúa, y que en ella la confusión , la infor- 
me amalgama de encontradas ideas puestas á servicio de insacia- 
bles apetitos , la inseguridad , y el malestar , reinan sin rival ni 
correctivo , con varonil entereza , al propio tiempo que rinde á su 
patria el culto de amor que á toda alma sana inspira, levantando 
sobre el pedestal de su grandeza , el imperecedero é incomparable 
monumento de su historia, sin piedad y sin temor sacude con 
violenta mano el látigo de la crítica y de la censura sobre la cor- 
rompida generación que le escucha con fingida indiferencia, 
aunque con verdadero temor, y renegando de tanta abyección y 
más aún de los vanos alardes de independencia que los depreda- 



EURico. 399 

dores de la política, y los especuladores del patriotismo de conti- 
nuo hacen, ataca rudamente á la nación, á la que con su genio 
tanto enaltece, y condensa en estos versos de su soberbia composi- 
ción Semana Santa intitulada , su altivo pensamiento en formas 
diversas, y de distintos modos expresado, en sus diferentes y 
todas magnificas obras : 

Minha patria onde existe? Ela somente 
oh! Iembran9a da patria acabmnhada, 
un suspiro tambem tu me has pedido 
un suspiro arrancado aós seios d'alma, 
pela offuscada gloria é pelos crimes 
dos homes que hora sao e pelo oprobio 
das mas ilustres das naíjoes da térra , 
A minha triste patria era tan bella 
e forte e virtuosa, e ora o guerreiro 
o sabio e o homen bon acola dormen. 
Acola nos sepulchros esquegidos 
que á sus netos infames nada contan 
da antigua honra é pudre antigos f eitos 
o esclavo portugués agrilhoado , 
carcomirselhes deixa juncto as lonjas 
os deccepados troncos desse arbusto 
por mao delles plantado á liberdade 
é por tiranos derribado en breve 
quando patrias virtudes se acabaran 

como contio da infancia 

e zem como un cadáver ja corrupto 
á nagáo se disolve: e en seu letargo 
ó povo envolto na miseria dorme 



Alejandro Herculano es un gran historiador, conciso, verdade- 
ro, enérgico en el pensamiento y la expresión ; gran filósofo, co- 
nocedor del corazón humano , y sabio escalpelista de sus pasiones, 
como de la alta providencial razón que los hechos humanos presi- 
de, y de los que deduce multiplicadas consecuencias; y nervioso y 
sublime poeta, no en conceptos delicado, ni sutil en la forma, que 
los sonidos de su lira no se asemejan á los que la brisa arranca á 
la lira cólica al vibrar en sus cuerdas , sino severo , grandílocuo, 
imponente, profético, tempestuoso, lenguaje mitad de monje, mi- 
tad de escéptico, frió como la duda unas veces, brioso como la ju- 
ventud otras, no pocas solemne y majestuoso como el desierto. 
El historiador es más gigantesco que el poeta ; por eso el cantor 



400 EÜRICO. 

de la Semana Santa ya citada , de la Arrahida, famosa composi- 
ción en la que comparando la vida del campo con la de las ciuda- 
des, dirig-elas una increpación que recuerda y trae á la mente 
aquella sublime del profeta , como rayo abrasador sobre las mon- 
tañas de Gelvoé lanzado, y de la Cruz mutilada, emblema mis- 
tico bajo el que cubre y santifica la libertad, adquiere mayor boga, 
y logra estrepitoso aplauso , cuando entrando por el campo de la 
leyenda , á la clara luz de la verdad histórica , en prosa viril y 
correcta , vuelve á la vida antiguas épocas y remotos personajes, 
levanta derruidos castillos y hace saltar de sus tumbas renombra- 
dos guerreros, y engarzando en la corona de laureles á la Aboba- 
da, el Monge del Cister y Mestre Gil, el inapreciado brillante de 
su E úrico, lega con su nombre y su Historia un nuevo imperece- 
dero monumento que Walter Scott le envidiara por su verdad y 
Cervantes aplaudiera por su lenguaje 

Como género de transición es la novela difícil y espinosa. El 
arte y la ciencia , la imaginación y la razón , lo espontáneo y lo 
reflejo, dividense el imperio, y no lidian batalla, sino que se her- 
manan y auxilian, lo que hace más difícil su cultivo- La novela 
no es la poesía, mas tampoco es la ciencia ; no es la manifestación 
pura del ideal estético, y no es á su vez la expresión completa de 
la verdad ; pero como que es todo esto á la vez de modo armónico 
y concertado , quien en su ancha é ilimitada esfera se mueve , si 
airoso ha de salir de su empresa, necesita unir, á las poco comunes 
dotes de poeta , las de pensador severo y espíritu científico , que 
con tan rara frecuencia se dan por igual en el hombre. Y si de la 
novela en general , pasamos en particular á la histórica, reviste 
su culto caracteres tan determinados y relevantes , y tan dignos 
de estudio , como poco comunes. En ella , fuerza es retratar fiel- 
mente un período histórico , particularizando , puntualizando con 
exactitud su manera de ser, y la forma peculiar que se le asigna; 
los personajes han de ser los mismos que la tradición nos presenta, 
con su propio ropaje, su misma fisonomía , su lenguaje caracterís- 
tico ; la acción no ha de contradecir la verdad del hecho, ni ha de 
estar desprovista , al ser estudiada en su desenvolvimiento, de esa 
crítica filosófica tan indispensable, y sin la que toda expresión de 
ella pierde su legítima importancia; y al mismo tiempo, sin que 
dañe á la fidelidad y á la razón , debe el autor derramar á ma- 
nos llenas esas fragantes flores que sólo crecen en imaginado- 



EURJCO 401 

nes ardientes , oreadas por las auras de la poesía , sin las que el 
hecho no pasa de recuerdo frió, la acción no es sino enfadosa nar- 
ración de antiguos cronicones sólo digna, y los personajes con 
sus pasiones, sus luchas, sus amores, sus rivalidades ó sus odios 
no llegan á otra cosa que á sutiles y mal delineadas sombras, he- 
ridas un momento por un rayo luminoso , que se pierden como en 
linterna mágica, dentro de la niebla densa que á la cámara oscu- 
ra aprisiona. El novelista, por tanto , es poeta é historiador , filó- 
sofo y autor dramático. Herc ulano en su E úrico es todo esto ; es 
el poeta arrogante, pindárico, que en cada frase encierra un afec- 
to, y en cada linea hace palpitar una viva é interesante oposición 
de caracteres y pasiones, todos enérgicos, y bien sostenidos todos; 
es el historiador , discreto narrador , pensador profundo , espíritu 
analítico que todo lo descompone y desentraña, resurgiéndolo á la 
vida sin detpanar su propio colorido ; es filósofo severo y razona- 
dor, para quien los hechos dentro de sí propios muestran clara y 
positivamente , tanto la causalidad que los engendra , como las 
consecuencias que derivan ; y es autor dramático, gran conocedor 
de los afectos humanos, que con arte notable contrapone, y entre 
los que sabe empeñar viva y animada lucha , mediante que las 
situaciones crecen en interés , y mantienen preso de simpatías al 
lector, que subyugado por el altivo vuelo de la imperial águila, 
sigúela anhelante con la vista hasta perderla más allá de los tras- 
parentes celajes de la azul techumbre. Por eso , porque con tal 
estudio y tal amenidad está escrita , Enrico es una novela que ha 
de merecer á la crítica estimación sincera , valiendo á su esclare- 
cido autor justo cuanto espléndido renombre. 



II. 



Eurico, noble guerrero, emparentado con Rodrigo, del más 
alto linaje entre los Godos, hermoso de cuerpo y nada feo de espí- 
ritu , antes por todo extremo inexcedible en tan rara belleza, de 
voluntad firme y energía indomable de carácter, en vano pretende 
reducir á partido al obstinado padre de Hermengarda, Favila, Du- 
que de Cantabria , una de las mas preciadas joyas de la corte de 
Toledo, prendada de amores por tan bizarro galán, y á su despecho 
y en ofensa de su pasión, obediente esclava ante el mandato 



402 EURico, 

paterno que la vedara unir su nombre al del famoso Gardingo. 

El infeliz Eurico^ rompe sus vestiduras , y preso en el cilicio, 
marcha á Oartesia, donde macerando el cuerpo en oración conti- 
nua y en incesante ayuno, no logra aniquilar el fuego vivo de su 
despreciada pasión, y como Jocelyn, siente abrasarse en el huma- 
no afecto , en vano tentando por la mística escala ir ascendiendo 
á costa de dolores, y despojarse en cada peldaño de un girón de 
la apresadora vestidura con que encarcelara á su alma amor inexo- 
rable y mal vencido. ¡Con qué rasgos tan enérgicos, con qué con- 
cisión tan sublime , junta Herculano los tormentos de su héroe, y 
cómo con una sola palabra gráfica, elocuentísima, incomparable, 
hasta en sus más ocultos arcanos, presenta de relieve, sacándola 
por completo á la luz, sin que la menor niebla la empañe, aque- 
lla pasión mundana , que tras largos años de terrible lucha é in- 
cesante pugilato, como que rinde y subyuga á la religiosa y divi- 
na , á que el infeliz sacerdote abriera todo su ser, ganoso de ser 
por ella esclavizado , y de obtener merced á su voluntario cauti- 
verio la santificación de su conciencia con el abandono de sus 
terrenos delirios I 

La vengativa sana de los Witizas, trama indignas conspiracio- 
nes contra Rodrigo : el oro de los Árabes no suena mal en los oidos 
de los descontentos, y monarquía, religión, patria y honor venden 
gustosos á la satisfacción de iras personales y miserables envi- 
dias. Eurico , aunque desterrado , no ha sido echado al olvido por 
su grande amigo Theodomiro, el noble gobernador de la Bética, y 
el Duque de Córdoba, avisado por él , en .nerviosa y admirable 
carta, á la que contesta con otra no menos admirable, de los ma- 
les que á la patria afligen , y las grandes tormentas que en el 
horizonte de su futuro van formando añejos odios y ruines ven- 
ganzas, siente hervir en su pecho el amortecido vigor de los com- 
bates , y decidido y brioso apréstase á los nuevos y sangrientos 
que prevé. Por última vez cruza las altas sierras , y sentáudose en 
escarpada roca, da al aire con sonora voz los tristes cantos que su 
melancólica musa y los recuerdos de su perdido amor le inspira- 
ran, y por última vez los humildes campesinos, al declinar de la 
tarde, precedido de las brumas del crepúsculo, é incendiados sus 
rayos por el postrer destello del sol poniente, le ven atemorizados 
cruzar á su lado como temeroso fantasma, que un momento aparece 
para sumirse á seguida en el nebuloso manto de la cercana noche. 



EURICO 403 

Los Árabes , comandados por Muza , ponen la planta en el sa- 
grado santuario de la patria ; por todas partes se oye el crugir de 
las armas, el sonar de las trompas , el gritar estridente de las 
huestes, la voz imperiosa de mando, los cantos guerreros , de tan 
atrás no oidos, y mal entonados por los legionarios ; y en Toledo 
como en Brindis , en las ciudades como en las campiñas , en las 
chozas como en los palacios, la palabra guerra repitese en desa- 
brido tono, y todos los corazones laten entre temerosos y esperan- 
zados, y todos los brazos sustentan, trabajosamente en general, — ¡á 
tal punto habia llegado la degradación de aquellos torpes hijos de 
briosos conquistadores del imperio ! — el pesado y terrible acero, 
por el orin enmohecido. El momento fatal se acerca; en Crissus, 
junto al Guadalete , reúnense las enemigas huestes ; terrible es el 
combate, espantoso el cuadro que á mi vista se ofrece ; tres dias 
dura; á la postre , la fiera altivez visigoda cede y se abate ; sólo 
Theodomiro lucha sin tregua , sólo el temible caballero negro y 
aquel incógnito guerrero de enlutadas armas, para quien todo li- 
naje de hazañas y todo heroísmo son corta empresa á su valor 
indomable, y ante el que no hay gumia que se resista ni cimitarra 
que no se quiebre, es el que no retrocede, ni cae desfallecido, y el 
único que hasta cerrar la noche no abandona el campo, desapareci- 
do después sin ser de nadie visto , como si el genio de las sombras 
fuera no ya su protector , sino su siervo obediente , y á su voluntad 
hubiera inundado de tinieblas los ojos radiantes de alegria y de 
gloria de los fieros Mahometanos. Es tal la admirable manera por 
la que describe Herculano tan triste suceso, que todo el que á él 
quiera asistir, no tiene necesidad más que de leer el precioso capi- 
tulo á narrarle consagrado. 

La conquista es un hecho; pero la patria no ha muerto. Los 
Godos se doblegan ai poder de los Sarracenos, las poblaciones 
abren sus puertas, y las campiñas ofrecen vasto y ameno susten- 
táculo á las notantes tiendas de los Árabes. El sol se ha oscure- 
cido , los ojos de los vencidos no ven sino sombras , la monarquia 
toledana se ha derruido para siempre. Aún hay una esperanza, 
Pelayo ; aún hay un asilo á los desgraciados y bizarros , Cova- 
donga. En las ásperas montañas levántase el santuario de la pa- 
tria; si los más cobardes ó ambiciosos sucumben, aún hay España, 
aún hay corazones honrados y pechos valerosos que á defenderla, 
una cierta y segura muerte arrostrando , se aprestan , y el vence- 



404 EURICO. 

dor , aun en medio de su triunfo , dirige de continuo sus miradas 
hacia aquel retiro de la virtud y el patriotismo , y á cada alga- 
rada de los invencibles soldados de la tradición g-ermana , siente 
enojo mezclado con inexplicable miedo, que al fin le decide á aco- 
meterlos sin tregua ni reposo. Reverdece la lucha, enciéndense de 
nuevo las pasiones , y una nube de sangre empaña el claro cielo 
de la Península. 

En el convento de la Virgen Dólorosa , camino de León , acó- 
jese la hermana de Pelayo , temerosa de ser victima de las fieras 
cohortes del sultán ; mas bien pronto las vencedoras huestes enca- 
minan sus pasos á las libres montañas asturianas , y una vez con- 
quistada León , caen como hambrientos chacales sobre aquel asilo 
á la oración consagrado. Prevenida Chrimilde, la noble abadesa, 
alienta á las vírgenes del Señor al sacrificio , y arrodilladas ante 
las sagradas aras , y levantando en armonioso coro himno sublime 
por el presbítero de Carteia compuesto , esperan resignadas á que 
el fiero alfanje desgarre sus carnes , y triture sus amantes y mís- 
ticos corazones. En medio de ellas, vestida^ de blanco, esplendente 
de hermosura, con la rodilla en el suelo, y quién sabe si su pen- 
samiento en antiguos y no olvidados amores, y en los rosados 
labios el canto sagrado , está Hermengarda , cuya hermosura in- 
cendia el alma de Abdalasis , quien la liberta de la muerte , para 
entregarla prisioners á los innobles eunucos de su serrallo. 

Pelayo en Covadonga en vano procura noticias de ella : un dia 
al declinar de la tarde , y acompañado de Gustilo , guerrero des- 
conocido , pero en cuyas fieras faccioues se revela un carácter in- 
domable y un valor invencible , llega hasta él , el bucelario Al- 
fonso, quien, espirante, cuéntale su desgracia y su deshonra. El 
noble descendiente de reyes llama á los suyos , requiere la espada 
y exhórtales á seguirle. Todos responden á su llamamiento, todos 
se disponen á la marcha, sólo uno se opone: Gustilo. Mas cuando 
tachan con fieras palabras su cobardía , propone , después de des- 
cubrir que es el Caballero negro, acometer, ayudado de doce des- 
heredados de todo afecto humano , de entre los escasos caballeros 
de Pelayo, la empresa de arrancar de entre los brazos del hijo de 
Muza á la hermosa hermana del ilustre Duque de Cantabria. 
Sanción , indomable guerrero con once de los suyos se ofrece , y 
Gustilo despídese de su jefe, diciéndole, dentro de ocho dias ten- 
drás á tu hermana ó habremos perecido todos. 



EURICO. 405 

Al resplandor de la incendiada Segisamon, en medio de la noche, 
vése la tienda del hijo de Muza. La guardia negra vela á su 
puerta. Cuanto el lujo oriental habia en aquel entonces ideado, 
ornaba la mansión guerrera del adalid del Profeta. Cantos de fiesta, 
ruido de platos, perfumes delicados que entre el humo de los pe- 
beteros en himno suave se levantan y desparcen por todo el ámbito, 
risas estúpidas, concierto de bacanal, en fin. Muza rodeado de sus 
temibles jefes y de los Godos traidores, se entrega al placer, como 
descanso del combate. Pasadas largas horas queda solo en su tienda, 
aparece el jefe de los eunucos, y á poco Hermengarda. Magnifico 
es el diálogo que entre la honrada dama y el enamorado árabe se 
trama; resiste aquella, éste suplica primero, más tarde amenaza, 
y cuando todos los medios eixipleados son ineficaces , y la noble 
doncella sale triunfante de todas las pruebas, el implacable 
amante intenta violentarla. Entonces un caballero, armado de 
negra vesta aparece. Abdalasis marcha furioso á su encuentro, 
mas en su camino interpónese el puñal del bizarro guerrero , y el 
infame islamita rueda por el suelo bañado en su propia sangre. 
El Caballero negro , que se habia introducido á favor de las som- 
bras en el campo enemigo, asesinando á los guardas desprevenidos, 
tendido y agonizante el enemigo jefe , coge á la dama , monta á 
caballo , y de los suyos seguido atraviesa el campamento , y ven- 
ciendo con engaño la repugnancia de las avanzadas , marcha á 
escape á las montañas. Pero hay largo y abierto camino hasta 
llegar á ellas: los Árabes conocedores del suceso, ármanse y siguen 
á los fugitivos ; sus corredores caballos pronto les ponen casi al 
par de ellos; se necesita un supremo esfuerzo de valor. El Caba- 
llero negro ordena á los suyos seguir á la carrera con la hermosa 
doncella hasta ganar el bosque , y él , bravo y enardecido , vuél- 
vese hacia los seis primeros caballeros alárabes , y empeña des- 
igual y tremenda batalla , con objeto de hacerles perder tiempo y 
terreno. Su pericia, su ánimo sereno, y su valor bizarro, prés- 
tanle ayuda para sostenerse por algún tiempo ; pero los enemigos 
se multiplican , el grueso de la fuerza avanza , toda resistencia es 
temeraria, y entonces Gustilo, dando á sus contendientes furiosa 
arremetida , que retroceder les hace breves pasos , aprovecha ese 
instante , vuelve su corcel brioso , y clavando en sus heridos ijares 
el cortante hierro , sale á escape en dirección al bosque , burlando 
el encono y la habilidad proverbiales de sus valientes enemigos. 



40(3 EURICO. 

Los instantes son preciosos , uno sólo de desaliento es la muerte. 
Gustilo salva el bosque, y la trailla de furiosos caníbales que le 
asedia, pierde el derrotero en aquel intrincado laberinto de ma- 
leza y añosos troncos ; los acompañantes de la libertada cautiva 
han lleg-ado al castro romano , á cuyo lado se derrumba tormen- 
toso el rio Salia , y cuyas aguas es fuerza atravesar , porque en la 
opuesta orilla está la salvación y la vida. Mas un robusto roble, 
por los aldeanos volcado, sirve de puente, y Hermeng-arda , estre- 
mecida por el peligro , fija la mirada en el espumoso abismo , que 
como monstruo horrendo parece preparado á devorarla en sus pro- 
fundos senos, cae de rodillas, y en vista del inminente peligro 
entre sollozos mal comprimidos exclama : No puedo, abandonadme. 
Gustilo llega , los Árabes que como alanos diestros y experimen- 
tados han adivinado el serpenteante sendero que al castro guia, le 
siguen de cerca, y es imposible perder un solo momento. Terrible 
y apretado lance. Oculto el rostro tras del guerrero casco , negro 
fantasma, á buen seguro presagio de desventuras, Gustilo siente 
vacilar su corazón ante el nuevo y tremgido obstáculo que á su 
arriesgada empresa se opone, i Quién se atreve á pasar en sus 
brazos por et estrecho tronco á Hermengarda"^ pregunta iracundo. 
Nadie responde ; sólo el grito del vigía les anuncia la llegada de 
hs Árabes. Resistir con las armas fuera empresa loca; aban- 
donar la dama, villanía imposible; y en brazos de un guer- 
rero atravesar con ella el puente , arriesgado empeño del valor, 
que podia traducirse en asesinato de la dama y suicidio del caba- 
llero , arrastrados ambos por la vertiginosa corriente del iracundo 
Salia. Los Árabes, repite el vigía. Gustilo avanza al roble , coge 
en sus brazos á Hermengarda , y con leve paso al par que seguro, 
suspendida la vida del más ligero desvanecimiento , empieza á 
atravesar el fatal madero, al tiempo que los]Arabes, precedidos de 
una densa columna de polvo, entran en el castro. Gustilo vence, 
sus compañeros le siguen , y cuando los corredores Árabes ponen 
confiados la planta en el roble , la framea del ardoroso Sanción 
entra como silbadora sierpe en las raíces^del añoso tronco, vacila, 
y separado de la tierra , con fragoroso estrépito húndese en las 
aguas , levantando montañas de espuma, entre las que desaparecen 
absorbidos por el monstruo los infelices islamitas. Hermengarda 
está libre : Gustilo y sus caballeros han eclipsado , con su hazaña, 
los más preclaros y renombrados hechos de los héroes legendarios, 



EURico. 407 

y Herciilano al darlos vida, y presentarles llenos de acción, fuer- 
tes con su entusiasmo, admirables por su valor , en la alta escena, 
que su poderoso ingenio creara , préstales tan sing-ular brillo , y 
por tal manera circunda sus hermosas figuras con tan santa au- 
reola de simpatía , que es vano intento pretender dar idea de lo 
que su libro vale , y cómo en él palpita en todos los momentos el 
genio vigoroso é inexcedible, y propósito sin razón querer elogiarle 
como por su mérito extraordinario se merece. 

En la gruta de Covadonga, magnifico palacio del insigne Pela- 
yo, Gustilo y Hermengarda esperan ansiosos él resultado de la ba- 
talla que con los Árabes el gran jefe de los Godos empeñara. El 
Caballero negro ^ Gustilo, es el presbítero de Cartela, es Eurico. Al 
reconocerle Hermengarda, retrocede horrorizada. Se aman, y el 
voto religioso les impide unirse; se aman, y el honor de entram- 
bos es insuperable obstáculo á la pasión más pura y encantada. Su 
desesperación es horrible, sus frases de fuego; los recuerdos les 
matan, el presente les enloquece. 

¡Situación eminentemente dramática! ¡Lucha de afectos que 
traspasa lo humano! ¡Diálogo lleno de vida, y por lo mismo tre- 
mendo! Esta sola página vale un libro. 

El dolor un punto detiene el latido de los dos enamorados cora- 
zones, y los petrifica. Hermengarda no puede resistir, y vencida 
por su inmensa desgracia desfallece. Eurico, al verla medio muer- 
ta, perdida la color, inerte, sale de la gruta, empuña la espada, y 
allí donde más se enseñorea la muerte acude presuroso, y la al- 
canza, tan gloriosa para su nombre, como para su alma desgarra- 
da, benéfica. Hermengarda vuelve en sí; un triste presentimiento 
la lleva al sitio donde yace muerto su amante, y cae desvanecida 
á sus plantas. Cuando Pelayo vuelve vencedor, y marcha en busca 
de su hermana, la encuentra en el campo, no muerta, como creía, 
sino loca. 

III. 

La obra de Alejandro Herculano, de la que acabo de hacer una 
descripción somera, titúlala su autor poema; y si bien es verdad 
que por sus condiciones más parece novela histórica, por su fondo, 
por la manera de presentar los personajes, por lo escultural de la 
forma, y por la elevación del lenguaje, no anduvo muy descami- 



408 EURico, 

nado el gran escritor colocándola en tan alto rango. La grave en- 
tonación, los rasgos severos con que describe á los personajes, lo 
escaso del diálogo, que se distingue por su grandeza, y no por su 
vivacidad; la expresión completa de una acción eminentemente 
dramática, encerrada en cada capitulo, mejor dicho, canto; la ma- 
nera grave y serena de referir, y la exposición natural, ajena de 
todo extremo ó desvario, del hecho determinado y concreto, sin 
jamas apartarse del papel de narrador, ni dejarse llevar, ora por 
el sentimiento, ora por la inspiración del instante: prendas son 
épicas en alto grado, que imprimen carácter á la composición y 
acentúan de modo enérgico el cuadro, tan bien pensado como ad- 
mirablemente expuesto. 

Pintar la tristeza, el dolor de la vida del monge, propónese el 
gran escritor portugués; y para llevar á cabo su empresa no se 
forja á capricho una acción, ni crea personajes fantásticos, ni bus- 
ca efectos de imaginación, sino que, volviendo los ojos á su más 
acendrado amor, la historia, en ella, sin desvirtuarla, sin mentir- 
la, encuentra rico venero, que su talento sabe beneficiar á mara- 
villa, contentándose con, al evocar la gran figura del gardingo 
Eurico, protestar enérgicamente, no de palabra, sino con el ejem- 
plo, contra el celibato religioso, que el acerado genio de Grego- 
rio VII impuso á los elegidos, para, trasfigurándoles en ángeles, 
salvarlos de la corrupción y mantenerlos en imperecedera viri 
lidad. 

El mismo propósito, aunque buscando medios muy diversos 
para realizarle, inspiró á Lamartine su Jocelyn. El poeta francés 
encontró en la gran revolución del 89 motivo para esforzar los 
rasgos del protagonista, y en la pasión delirante , y en el amor 
sublimemente expresado, el contraste más admirable y la antite- 
sis más violenta. Eurico es el guerrero austero, el héroe germano, 
siempre ávido de la gloria del combate, patriota sincero, y amante 
severo, tanto como despechado é iracundo. Jocelyn es todo dulzu- 
ra, amor, encanto, misticismo. Educado en el cristianismo, dedi- 
cado por sus padres al sacerdocio, la primera pasión que llena su 
alma virgen es el amor de la religión: victima del terror más tar- 
de, huye á refugiarse en el hueco de una gruta forjada por la na- 
turaleza, adonde, desdichas parecidas, el huracán de la adversi- 
dad, lleva á Laurenee: dos años de continuo trato, de misteriosa 
simpatia, de identidad de gustos y aspiraciones, labran poderosa- 



EÜRICO. 409 

mente en los tiernos corazones de los dos jóvenes; pero cuando la 
confianza es ya completa, y perfecta la intimidad, Laurence des- 
cubre al neófito el secreto de su existencia, y el velo que ocultaba 
á duras penas el volcan que abrasaba el corazón de Jocelyn, se 
desgarra, amedrentándole: Laurence es una hermosa joven ; el 
afecto que el pretendido ministro del altar la profesaba, es amor, 
amor humano, amor de sexo, amor que, por puro y celestial que 
sea, si llena el espíritu, halaga al propio tiempo el seutido; amor, 
en fin, vedado al sacerdote. Desdicha grande, pero reparable. El 
neófito aún no ha pisado las gradas del altar, aún no se ha consa- 
grado al culto de Dios, aún no ha recibido el orden sagrado; to- 
davía es libre ; la pasión que dedicara exclusivamente á Dios, 
puede, sin ofenderle, partirla con aquel ángel de luz, que tanto 
dice á su corazón, y que es para él el compendio de la felicidad y 
de la hermosura. Mas el destino le veda tamaña felicidad: un 
obispo encarcelado, y sujeto al fallo de la Convención, en la hora 
de la muerte le llama para que, como sacerdote, le absuelva y 
disponga para entrar dignamente en la última morada. Jocelyn 
vacila; la bendición del obispo puede imprimirle el orden sagrado 
y separarle por siempre de Laurence; con su sacrificio, puede salvar 
un alma, y animoso, por la religión, que tan místicamente adora- 
ra, arrostrar quizás el martirio. Pero, ¿y Laurence? Su sacrificio 
alcanzaría á aquella desgraciada; su abnegación heroica sería la 
sentencia de muerte de su amor; su sublime desprendimiento la 
condenación eterna del alma de aquella mujer. Duda; humilde, pide 
ai obispo que aparte de sus labios el cáliz de la amargura, y entre 
sollozos, se niega por fin á tan tremendo sacrificio. El anciano le 
reconviene por su cobardía, al propio tiempo que le desgarra con 
su inmenso dolor, y alucinado, esclavo del deber, inerme ante la 
doliente súplica del moribundo, cede, y recibe la investidura sa. 
cerdotal, sepultando en la amargura eterna el alma de Laurence, 
ñor de misterioso perfume, tronchada por el tallo cuando aún su 
corola ostentaba brillantes y virginales tintas. La situación es 
idéntica , mas qué diferencia tan notable entre el dolor de la es- 
plendente y fastuosa figura sugerida al poeta por su poderosísima 
fantasía, y la severa, ruda y magnífica del héroe legendario, 
evocada por el historiador, y traída á la vida á través de los siglos 
y las sombras del pasado! 

El gardingo á quien desdeña el padre de su Hermengarda, huye 

TOMO XVI. 27 



^ 



410 EURTCO. 

del mundo, viste el cilicio, y desde el convento de Carteia, con voz 
melancólica y acento enérgico , entona himnos sagrados , en los 
que á la alteza y virilidad del pensamiento, se une y deja sentir 
cierta vaga tristeza sombría, feroz, que no conmueve, aterra. El 
pobre monge, llamado á la guerra por las circunstancias, viste la 
negra armadura que tan bien sienta con el luto de su corazón, y 
afrentando á la muerte, no sólo eclipsa con las suyas todas las ha- 
zanas , alcanzando vida eterna el que iba en busca del misterio 
de las tumbas, sino que, perseguido de continuo por la desgracia, 
cómo si el destino se complaciera en probar incesantemente aquel 
espíritu varonil y esforzado , tiene que luchar por su amada , y la 
ve en ajenos brazos, y la expone al supremo peligro, y hasta Pe- 
layo la encomienda á su guardia , cuando su pecho, ahogado por 
tantas emociones , estaba próximo á estallar roto en pedazos. Los 
martirios de Jocelyn , son de una tristeza suave , que empaña los 
ojos con llanto , y vela la imaginación con una finísima gasa de 
melancolía ; las gigantescas desventuras de Eurico, estremecen el 
alma, y la espantan. Aquel es la creación romántica de un poeta 
sentimental ; este es el gigante de la tradición, esculpido en már- 
mol por el cincel de un genio austero y altivo , poeta sombrío, es- 
critor áspero y desabrido , y razonador severo. Jocelyn dilapida el 
tesoro de su sentimiento, exhalándole en ayes, y llenando los aires 
con sus quejas. Eurico, sufre y calla, como sino quisiera que ni un 
ápice de dolor huyera de su seno, aliviándole. Jocelyn, cuando se 
descubre á Laurence, y la confiesa su secreto horrible, se deshace 
en llanto, se pierde en amarguísimas quejas, y quizá igualando á 
su amada, maldice de su sacrificio, reniega de su fe, abjura de su 
religión, blasfema, queriendo apartar de su corazón la amargura, 
por medio de sueños de imposible constancia y fidelidad sacrilega. 
Eurico, cuando reconocido por la que fuera el único amor de su 
vida, que eternamente habia de dolerle en el alma , la declara el 
fatal secreto de su estado, se mantiene sereno, firme, sin protestar 
contra su suerte, ni derramar una lágrima, ni palidecer, subyu- 
gando su propio dolor, con lo cual le aumenta, é imponiendo á sus 
labios el silencio de la muerte. Jocelyn, como si quisiera engañar- 
se y engañar á su amada, al verle postrada en tierra y como muer- 
ta, exclama: 

"Laurence, eveille-toi 
Ohl reviens á mes cris! oh! si tus vis, j'abjure 



I 



EÜRICO. 411 

mes infames vertus, et mon sacre parjure, 

Je n'ait rien prononcé! plus d'autel! plus d'adieu. 

Dans ton cceur, dans tes bras, ah! c'est la qu'est mon Dieu ; 

c'est la que je n'aurai de flamme que ta flamme, 

d'autre ciel que tes yeux, d'autre ame que ton ame. 

L'enfer n'est pas posible avec un tel amourln 

Eurico sonriendo tristemente ante los proyectos de felicidad que 
Hermeng-arda, al reconocerle, para lo futuro sueña, con voz doliente 
y aspecto severo rompe su silencio para decirla : « Soy el presbí- 
tero de Carteia», y una vez pronu iciada la terrible sentencia, y 
ante la inmensa desesperación de la mujer que adora, sufre y ca- 
lla. Evaporar el perfume del dolor, dejándole escapar del pecho, 
es de él no ser dig-no, y sólo las grandes almas son las que sufren 
inmensas y tremendas desgracias. Jocelyn es un alma de mujer, 
perfumada por el ambiente de la poesía. Eurico es un héroe de los 
ciclos homéricos. Igual diferencia hay entre Hermengarda y Lau- 
rence. Aquella vive sin su Eurico, conservándose pura hasta en- 
contrarle, y cuando le reconoce, pierde la razón; esta al separarla 
la desgracia de su amado, ahoga su dolor, prostituyéndose : la pri- 
mera es un ángel ; Laurence, una desgraciada. 

Comprendido de este modo el carácter del poema, quien á él acu- 
da para distraer sus ocios , halagar su imaginación , perderse en 
descripciones fastuosas de mundos de armonía, habitados por espí- 
ritus de luz, y cielos cristalinos, y soles esplendentes, y amores im- 
posibles, y ensueños gigantescos, llenos del perfume de lo descono- 
cido, matizados de ñores de eterna fragancia, y hermosura eterna, 
no abran el libro, no recorran sus páginas , que en tan admirable 
obra tales desvarios fantásticos no se exhiben. Eurico es antes 
que todo una leyenda histórica, concebida y desarrollada á la ma- 
nera de las de Walter Scott, es decir, más verdadera que la misma 
historia. Quien en ella busque la descripción fiel de las costum- 
bres, usos, leyes, hábitos, ideas y vida de aquella celebrada época, 
á partir de la que, si el Imperio visigodo cae avergonzado y mise- 
rable, condenado á sufrir la esclavitud impuesta por el árabe, en 
justa expiación de su corrupción y desenfreno, el espíritu de nacio- 
nalidad, y la viril energía de los restos de los antiguos héroes, bajo 
el comando de Pelayo , se levantan , preparando á los indígenas á 
la gloriosa reconquista de su independencia, léase entonces el Eu- 
rico, que crónica y poema, novela é historia, si persigue un pensa- 






112 rtüRico. 

miento, — el dolor ó la infamia á que el celibato impuesto condena 
una existencia, — en lo que se refiere al tiempo y los personajes de 
la acción que en él se desarrolla, es tan fiel, tan exacto, está tan 
lleno de interés y de verdad, que es muy de dudar, que haya libro 
alguno cuya lectura pueda aprovechar ¡tanto al ánimo estudioso 
que quiera contrastar con toda precisión la degradación de la cal- 
da del Imperio toledano , y la resurrección sublime de la patria, 
llevada á cabo en tan remota época por el admirable genio y la 
grandeza de alma del más alto héroe de la Iberia. En vano es decir 
que el cronista, sin salirse jamás de los términos de la narración, 
ñagela la tiranía, increpa la incontinencia, esfuerza la varonil en- 
tereza del pueblo , admira y deifica el amor, y apoteotiza conde- 
nándole, el sacrificio de^quellos antiguos cenobitas, que privados 
por la ley de gracia , de los tiernos afectos del corazón , de la luz 
celestial que de su seno irradia la familia , de los encantos de la 
paternidad y aun de los dulces ensueños de la pasión más virginal 
y honesta, vivian en una lucha impía entre el espíritu enfermo y 
el cuerpo dolorido, imponiendo á éste los más rudos castigos para 
de ese modo cumplir con el precepto divino, que no es otro en la 
revelación católica, que la destrucción de la naturaleza, ó aun me- 
jor, la glorificación del suicidio. 

Tal es, pues, la obra del insigne Herculano. El pensamiento que 
la inspira es eminentemente filantrópico; las bellezas de ejecución, 
exceden, si cabe, al pensamiento ; dígaseme si imparcial y desapa- 
sionadamente juzgando, nombre tan ilustre sólo debe ser res- 
petado en Portugal, ó si ha contraído suficientes méritos para con 
la inmortalidad, y para ser considerado por España como una glo- 
ria de la Península. 

Lisboa, 7 de Setiembre de 1870. 

Gonzalo Calvo Asensio. 



PÉRDIDA DEL BUQUE INGLÉS CAPTAIN. 



La pérdida total de este barco, ocurrida en los mares del cabo 
Finisterre la noche del 6 al 7 de Setiembre, no sería asunto digno 
de la Revista de España, si sólo se tratase de describir una catás- 
trofe más ó menos patética, de la que fueron victimas sobre 500 
personas. Hoy que en las batallas de Weissenburgo y de Sedan re- 
sultan miles y miles de cadáveres, apenas llamarla la atención el 
relato de un suceso en que sólo mueren 500 hombres. Pero el bu- 
que náufrago respondía á una idea nueva, era un experimento 
que hacia la ciencia naval del siglo XIX para concluir de una vez 
con el antiguo sistema de construcciones; y habiendo fallado la 
novedad de un modo tan horrible, creemos deber tratar el caso 
con alguna extensión para que sirva de enseñanza á los que todo 
lo creen hoy posible y haga desconfiar á los que todo lo esperan de 
\'d perfectibilidad infinita de los conocimientos humanos. Hay le- 
yes físicas imposibles de variación , y principios hidrostáticos im- 
posibles de olvidar, si es que hemos de seguir por el verdadero ca- 
mino de la ciencia. Los que se abandonan á caprichosas teorías, y 
los que al tratar -filosóficamente algún punto hidrostático dejan 
algo al acaso, marchan por sendas extraviadas que al fin los llevan, 
sin remedio, al abismo del error. Más adelante veremos cómo el 
capitán inglés Coles se equivocó al trazar el plano del buque 
Captain. Antes diremos algo sobre los barcos blindados, para que 
nuestros lectores, ajenos á los conocimientos de arquitectura na- 
val, comprendan bien el atrevido paso que intentó dar Goles en 
esta ciencia y que tan caro le costó, pues que le costó la vida. — 
Sin alargarnos á los tiempos antiguos ni citar para nada á la Chi- 



414 PÉRDIDA 

na, bástenos decir que después de la guerra de Crimea construye- 
ron los Franceses una fragata que llevaba protegidos sus costados 
con planchas de hierro de grueso tal, que ninguna bala de los 
calibres hasta entonces conocidos podia atravesarla. La Qloire, 
que asi se llamaba el buque, fué por unos meses la máquina de 
guerra más potente que flotaba sobre los mares. Ella sola era ca- 
paz de destruir una escuadra, sin temor de que la ofendiesen, pues 
mientras podia lanzar toda clase de proyectiles sobre el enemigo, 
los que éste le disparase resbalarian sobre la coraza que la prote- 
gía. — Mas el poderlo de la Gloire fué efímero. — Los Ingleses 
cpnstruyeron, en poquísimo tiempo, buques mejor acorazados que 
el francés, y los artilleros de todas las naciones se aplicaron y con- 
siguieron fabricar cañones tan potentes, que atravesasen las plan- 
chas de la Gloire como si fueran de sencilla madera. Y desde en- 
tonces se viene riñendo la batalla entre las corazas y los cañones, 
habiendo llegado aquellas á un espesor de 12, 15 y más pulgadas, 
y éstos á los monstruosos calibres de 400, 500, y hasta de 1.000, 
sin que aún sepamos de parte de cuál de los combatientes será la 
victoria, aunque vislumbramos que tal vez las corazas venzan . 

Los Americanos , que procuran adelantar en todo, separándose 
no obstante siempre que pueden de los sistemas europeos, adopta- 
ron el blindaje para sus buques, pero modificaron la construcción 
de ellos , haciéndolos más bien para defensa de sus costas y nave- 
gación de sus caudalosos rios que para lanzarlos á los océanos á 
desafiar las tempestades. Hicieron, pues, unos barcos tan rasos que 
apenas sobresalían del agua un metro. — Sus costados, lo mismo 
que la cubierta, iban resguar lados con planchas de blindaje y 
montaban el cañón en una torrecilla ó reducto formado al centro 
del buque. El primero de estos se llamó el Monitor, nombre que 
después se ha hecho genérico á todos los vasos construidos por 
aquel sistema. Los primitivos monitores no llevaban palos ni jarcia 
alguna, y á distancia de una milla sólo se les distinguía la chi- 
menea de su máquina y la torre ; blancos insignificantes para el 
tiro de canon, toda la ventaja en los combates estaba por parte de 
ellos. Asi fué que en la guerra de los Estados-Unidos prestaron 
servicios especiales. 

Mientras tanto la vieja Europa construía fragatas de tipos más 
ó menos parecidos á los buques hasta ahora usados en las escua- 
dras. La marina española también contó barcos blindados, y la 



DEL BUQUE INGLES CAPTAIN. 415 

Numancia fué el primero de esta clase que arboló nuestra bandera. 
— Á pesar de no ser cosa enteramente nueva, infundían cierta des- 
confianza los blindados, para lanzarse con ellos á grandes navega- 
ciones. — Eran buques de tamaños extraordinarios, pues algunos, 
como la Numancia, median cerca de 100 metros de largo y des- 
plazaban 8.000 toneladas. La gruesa coraza que defendía sus 
costados, era un enorme peso que habia de influir grandemente en 
la amplitud de los balances que dieran estos monstruosos cascos. 
— Perplejas estaban las marinas todas con sus acorazados listos, y 
todas haciendo tiempo para encontrar ocasión de resolver la espe- 
cie de problema que estaba pendiente. — El Gobierno español de- 
terminó por fin que la Numancia se trasladase á Lima en su viaje 
de prueba. Hecho éste con toda felicidad, si bien no ajeno de peli- 
gros y cuidados, quedó ya abierto el camino de los grandes océa- 
nos para que los cruzasen sin miedo, pero con precaución, los 
nuevos barcos. Los Ingleses echaron á la mar el Occean, y los 
Americanos, que no tenian fragatas y querían ser más atrevidos 
qne los Españoles y los Ingleses, mandaron un monitor á Europa y 
otro á California. Por los puertos de España se andubo exhibiendo 
e] MiantonomoaJí, especie de reptil marítimo, navegando entre dos 
aguas, y conduciendo en su buche á unos cuantos desgraciados 
marinos, que sin ver la luz del sol y sin respirar más aire que el 
que les entraba por una especie de cañón de chimenea , se arries- 
garon á pasar el golfo en tan extraña , incómoda y malsana em- 
barcación. Verdad es que al Miantonomoah lo acompañaron en su 
viaje tres ó cuatro buques más y que con gente de ellos se remu- 
daba todos los días la casi asfixiada tripulación del monitor. Sí 
bien los Americanos hicieron estos viajes , más evidenciaron con 
ello su osadía marinera que la bondad de sus construcciones. Pro- 
bado, sin embargo, que el monitor era el mejor buque de combate, 
los Ingleses, que á nadie quieren dejar la delantera en asuntos na- 
vales, se aplicaron á construir tipos especiales de esta clase de bar- 
cos á fin de sacar uno que sin perder ninguna de las ventajas del 
monitor, fuere buque propio para luchar contra las olas y para 
vencer los temporales. Dos ingenieros británicos de mucho crédito 
dedicaron sus conocimientos á ejecutar la nueva idea. Reed y Co- 
les. El uno es ingeniero del Almirantazgo, y el otro era capitán 
de navio. Cada cual presentó un tipo del nuevo buque y el Go- 
bierno inglés se decidió por el de su ingeniero. Construyóse el 



416 PÉPDTDA 

Monarchy que es un buen barco de combate y de mar, pero que no 
es el verdadero tipo monitor que se quería y del cual el capitán 
Coles presentaba un proyecto perfecto. 

Lo mismo en Inglaterra que fuera de ella, se dividieron las opi- 
niones respecto al monitor, tipo Coles. Mientras unos lo atacaban 
diciendo que, tal cual su inventor lo presentaba , era un barco in- 
útil para la mar, otros lo defendían y lo proclamaban como el desi- 
derátum de todo oficial de marina. Después de mucbas dudas y 
largas discusiones , el Gobierno británico se decidió á hacer la 
prueba y autorizó á Coles para que dirigiese la construcción de su 
bello ideal, que se llevó á cabo en los astilleros de M. Laird, á ori- 
llas del rio Mersey. Mientras se trabajaba en el nuevo buque, bau- 
tizado con el nombre de Gaptain , siguieron las discusiones y las 
disputas sobre sus ventajas é inconvenientes, y no faltó quien se 
acercase al capitán Coles aconsejándole que hiciera algunas varia- 
ciones al plano de su buque y le diese una forma de costados por 
el estilo de la que tenian los del Monarch. Pero Coles no queria ni 
que le hablasen de este barco, pues era justamente el competidor 
del suyo. Asi fué que, sin apartarse en nada de la idea primitiva, 
se acabó la construcción del Qaptain. 

Por aquel tiempo publicaba el Times lo siguiente: 

«¿Se sabe si el nuevo buque Captdin, tan bueno para luchar con 
los otros barcos, podrá combatir con la mar?» 

Nadie respondió categóricamente á esta pregunta, y por fin cayó 
al agua el competidor del Monarch. 

Tenia 102 metros de largo, 16 de ancho; su máquina, de 900 
caballos. Medía 4.272 toneladas, y su roda, muy saliente, le ser- 
via de espolón. Llevaba dos torres giratorias de 8 metros de diá- 
metro, y dentro de ellas iban los gruesos cañones que constituían 
su armamento. Eran éstos rayados, de 7 pulgadas y 22 toneladas 
de peso. Los proyectiles huecos que disparaban eran de 270 kilo- 
gramos, y se cargaban aquellos monstruos con 30 kilogramos de 
buena pólvora inglesa. El aparejo era igual al de las fragatas de 
primera clase, por lo cual desplegaba al viento 3.000 metros cua- 
drados de lona. Los palos eran de hierro, de tamaño extraordina- 
rio, y formado cada uno de tres piezas en figura de trípode, con 
objeto de que al girar las torres no hubiera impedimento alguno 
para jugarla artillería en cualquier dirección. 

Demás está advertir que todo el buque estaba fuertemente blin- 



DEL BÜQUR INGLÉS CAPTAIN. 417 

dado, y que el casco apenas sobresalía dos varas sobre el agua, la 
cual bañaba y barría de continuo la cubierta é imposibilitaba el 
andar por ella mientras se iba navegando. Este inconveniente lo 
salvó Coles poniendo un pasadizo de torre á torre, sobre el cual iba 
la gente de guardia, y desde donde se hacían las maniobras. 

El 23 de Marzo último salió por primera vez al mar con objeto 
de probar sus máquinas. A las nueve de la mañana dejó á Spit- 
head, se dirigió hacia el Oeste , y se puso al abrigo de la isla de 
Wight para evitar las fuertes rachas de viento que soplaban de 
cuando en cuando de las dunas de Bonchurch y de Ventuor. La 
mar combatió un poco al Captain y le barría la cubierta. En las 
seis horas que duraron las pruebas dieron sus máquinas el resul- 
tado siguiente: 

Con la proa al Oeste y viento fresco del Norte al Nordeste, pre- 
sión del vapor de 1P,80 á 1F,34; vacio de los condensadores de 
O'", 672 á O", 640; número de revoluciones por minuto: máquina de 
estribor, 74,16 á 76,1; máquina de babor, 73,26 á 75,6. A la 
vuelta á Spithead con rumbo al Sudeste, presión de 1P,80 á 
1P,11; vacío, 0™,660 á 0™,672; número de revoluciones por minu- 
to: máquina de estribor, 75,9 á 70,3; máquina de babor, 76,4 
á 69. 

La potencia media indicada , durante las seis horas de prueba, 
fué de 6.133 caballos efectivos. 

El consumo de carbón en el mismo tiempo, 50 toneladas. Pro- 
medio de consumo para una hora, 8.467 kilogramos. 

La temperatura en la cámara de los maquinistas se elevó hasta 
70° Farenheit. 

La prueba de las máquinas del Captain dio un resultado brillan- 
te, pues el buque llegó á andar 14,5 millas por hora. 

El 10 de Mayo volvió á salir á la mar, acompañado de su riva^ 
el Monarch, para hacer las últimas experiencias comparativas y 
deducir por ellas de parte de cuál sistema estaba la ventaja. El Al- 
mirante Spencer Robinson iba, comisionado por el Almirantazgo, 
para ser el juez que decidiera. Diez ó doce días duraron las prue- 
bas, y de ellas resultó que el Captain andaba á la máquina más 
que el MonarcJiy y además que sus movimientos de balance eran 
tan suaves, que bajo este punto de vista igualaba y superaba á los 
blindados más tranquilos de la marina británica. Sus torres gira- 
ban con gran facilidad, y los cañones siempre estuvieron en dispo- 



418 PlíttDlDA 

sicion de hacer fuego aunque la mar se hallase algo alborotada. 
Por último, los temores que había respecto á la habitabilidad del 
buque se desvanecieron por completo , pues nadie cayó enfermo 
mientras duró el crucero de experiencias. Mr. Coles y los apasio- 
nados de su sistema ponderaban al Captain como el mejor de los 
buques posibles. Talbot Bourgoyne, joven de treinta años y acre- 
ditadísimo capitán, fué nombrado comandante de este rey de los 
mares. Los oficiales de más favor interpusieron sus influencias para 
n